jueves, julio 12, 2007

Me llamo Brown; Sam (O) Brown

Hablábamos ayer de Alan Smithee y su dilatada carrera sirviendo como tapadera a los verdaderos responsables de según qué desaguisados cinematográficos (o a los directores ofendidos y vejados, que de todo hay), pero, incluso antes de que este seudónimo empezase a perder vigencia, ya hubo otros profesionales que optaron por nombres alternativos. Las razones eran muy variadas, pero en algún caso tuvo bastante que ver con un cabreo de demasiados octanos como para conformarse con el seudónimo oficial. Es lo que le ocurrió a Blake Edwards cuando a principios de los 80 se le contrató para escribir y dirigir una comedia de acción protagonizada por dos de las estrellas más rutilantes de Hollywood: Clint Eastwood y Burt Reynolds (ya, ya sé que cuesta creerlo, pero Reynolds era mucho Reynolds por aquel entonces; en 1978, ambos actores incluso aparecieron juntos en la portada de Time). Todo iba bien, hasta que las diferencias creativas de Edwards con Eastwood provocaron que el creador de El guateque acabara abandonando el proyecto; fue reemplazado como director por Richard Benjamin.

La película, que originalmente iba a llamarse Kansas City Jazz, cambió su título por el de City Heat (aquí, Ciudad muy caliente, 1984), pero el guión original de Edwards permanecía (con los inevitables cambios impuestos por las dos estrellas). Este se negó a que su nombre apareciera en la película, y firmó el guión con el seudónimo Sam O’ Brown que, ya es casualidad, tiene las mismas iniciales que “Son of a Bitch”; algo así como si un guionista español firmara con el nombre de “Hector del Puerto”, no sé si me entienden. Edwards se largó con tres millones de dólares en el bolsillo (que tenían que pagarle hiciera o no la película) y su siguiente cinta fue la bastante floja El gran lío (1987). No le fue mucho mejor a Ciudad muy caliente que, aunque recaudó 50 millones de dólares en Estados Unidos, apenas cubrió gastos debido a su alto coste de producción y a los elevados salarios de las estrellas. Pero el principal motivo es que al final fue, sencillamente, una comedia sin gracia.

miércoles, julio 11, 2007

The Alias Men

Ese y no otro es el significado del anagrama que forma el nombre de Alan Smithee, uno de los directores más conocidos del mundo -cuenta incluso con algún club de fans- a pesar de no haberse puesto jamás detrás de una cámara. No estamos desvelando ningún secreto si contamos que Alan Smithee no existe, sino que es el seudónimo oficial adoptado por los directores de Hollywood cuando tienen algún tipo de problemas para firmar una película con su nombre.

La historia de Smithee es lo bastante dilatada como para que no puedan clasificarse todos sus títulos de la misma manera. Es verdad que el motivo principal para el uso de este nombre es que la película en cuestión sea una castaña pilonga, como decían nuestros abuelos. Pero puede haber otras razones, que en ocasiones han llevado a más de un director de prestigio más que sobrado a utilizarlo. Uno son los problemas de autoría, como ocurrió en la película La ciudad sin ley (Death of a Gunfighter, 1969). La comenzó a dirigir Robert Totten, pero por indicación de la estrella, Richard Widmark, fue sustituido por Don Siegel. Este sintió que no era justo utilizar su nombre en una película que no había dirigido en su totalidad, y la firmó como Smithee… hay que decir que, aunque La ciudad sin ley es muy buena, Siegel no se había convertido aún en el clásico que es hoy. Pero en 2007 las cosas han cambiado, Siegel no se puede quejar, porque lleva años muerto, y quizá por eso la reciente edición en DVD de esta película presenta como dirigida por Siegel, y a Totten, que le den morcilla.

Otro motivo también muy frecuente para recurrir a Smithee es que el director sienta que se le ha arrebatado el control creativo de su película. Si este es el caso, debe argumentar sus motivos ante el Director’s Guild para que le autoricen a usar el nombre. A veces esta pérdida de control no se refiere al estreno de la película, sino a sus versiones televisadas, que en Estados Unidos pueden ser alargadas o despojadas de sus escenas más crudas. Es lo que hizo David Linch con la versión para TV con metraje extra de su (para mí, humildemente) irregular Dune. Martin Brest lo ha utilizado en la versión televisiva de su Esencia de mujer (aquí entre nosotros, cualquiera con la desfachatez suficiente como para volver a filmar el clásico de Dino Risi debería firmar como Smithee el resto de su vida), y Michael Mann con El Dilema y Heat, entre otros.

Pero lo más común es que los nombres firmados por Smithee sean, en una palabra, horripilantes. En su filmografía encontramos cosas como ¡una segunda parte de Los pájaros, de Hitchcock!, una tercera parte de Piraña, una cuarta de Hellraiser y una cosa titulada Bloodsucking Pharaohs in Pittsburgh, que no he visto pero que, con un título tan estrambótico, estoy deseando ver alguna vez.

Se supone que Smithee está más o menos retirado hoy en día, pues hace tiempo que su nombre ha dejado de ser oficial, y ahora se prefiere que cada director escoja un seudónimo distinto para cada ocasión. Pero no crean, sigue coleando: en 2003 se le ha visto dirigiendo Fugitives Run, una comedia canadiense protagonizada por David Haselhoff, que no debe ser solo para firmarla con seudónimo, sino para hacerse directamente la cirugía estética.


P. D. Este es el primer post en la historia del blog que meto a petición popular, pero seguro que algunos de los que me lo han pedido conocen muchas más cosas sobre Smithee. Así que venga, y que no decaiga.

martes, julio 10, 2007

Réquiem por un peso pesado

Al regreso de las vacaciones, me he enterado del cierre de la revista Premiere. Resulta inconcebible, es una de esas publicaciones que uno no se esperaba que pudieran desaparecer. Durante muchos años, fue para mí una compra obligatoria cada vez que el trabajo o las vacaciones me llevaban a Estados Unidos. Concretamente, recuerdo un paseo por Nueva York donde en un puesto callejero encontré varios ejemplares a mitad de precio, buena parte de los cuales fueron a parar a mi maleta.

Sin embargo, con el tiempo reconozco que fui dejando de comprarla. No del todo, pero había dejado de ser mi primera opción a la hora de leer revistas de cine. Para mi gustó, se había ido haciendo más pesada y, al mismo tiempo, más delgadita. Quiero decir que tenía menos páginas (también redujeron el formato), menos fotos y una enorme cantidad de texto, o al menos así lo parecía, que se iba haciendo cada vez más pesado y aburrido de leer. Otro problema: si el tema de portada no te interesaba, había pocas posibilidades de encontrar algo interesante en el interior. Supongo que estos factores le hicieron perder competitividad frente a nuevas alternativas, más interesantes y amenas, como Empire o Total Film.

Lo malo es que nos quedamos sin su famosa Power List, el especial que publicaban una vez al año donde presentaban a las cien personalidades más poderosas de Hollywood. Era una lista que devoraba no sólo el público lector, sino los propios interesados, para ver en qué puesto estaban y cómo había variado su posición respecto al año anterior. También indicaban en cada ficha los puntos fuertes y débiles de cada uno (fue muy comentada la de Schwarzenegger en 1991. "Punto débil: muy sensible cuando se le pregunta por biografía no autorizada"). Los primeros puestos estaban copados siempre por productores, a secas o que compaginaban su trabajo con la dirección (Spielberg raras veces se caía de los cinco primeros). Había también algunos superagentes como Michael Ovitz, y los actores empezaban a aparecer a partir del puesto número diez; Tom Cruise no se bajó de ahí durante muchos años.

Siempre es una pena que cierre una revista, sobre todo una con un pasado tan justificadamente lleno de condecoraciones. Peores están las cosas por aquí, donde hay que conformarse con Fotogramas (que usaba material de Premiere, puesto que pertenecen a la misma editorial, Hachette), tan floja que ni vale la pena abrirla, y con Cinemanía, que desde que empezó es un verdadero zurullo. En las más culturetas, Reseña también ha caído, y sólo aguanta Dirigido Por y sus críticos del Tendido 7 (eso sí, cuando les gusta una película, suele ser buena de verdad). Y nadie parece tener previsto sacar nada nuevo. ¿Quizá es en la Red donde está el futuro de las publicaciones sobre cine?

lunes, julio 09, 2007

Doble mutilación

En 1978 el director Stanley Donen, que ya tenía en su currículo títulos del calibre de Cantando bajo la lluvia (1952), Siete novias para siete hermanos (1954), Dos en la carretera (1967) y, muy especialmente, aquella maravilla que fue Charada (1963), realizó un experimento: Movie, Movie, una película que en realidad eran dos, en un homenaje a los cines de programa doble que abundaban en las ciudades norteamericanas en los años 40, especializados en proyectar cintas de lo que se llamaba “serie B”. Y Serie B pura es lo que nos mostraba Donen englobando en su título dos peliculitas de lo más tópico de unos cincuenta minutos de duración cada una: la primera, Dynamite hands, era una “de boxeo” donde no faltaban los mafiosos ni la rubia despampanante de turno; y la segunda, titulada Baxter’s Beauties of 1933 homenajeaba sin pudor ni rubor a los musicales de Busby Berkeley de los años 30. Por si esto fuera poco, entre una película y otra se emitía el trailer de una tercera -Zero Hour, una “de guerra”- que, por supuesto, no existía. A pesar de las buenas críticas que cosechó, el intento fue un fracaso. A España no llegó hasta 1982, y en Madrid sólo se estrenó en una sala, los hoy llorados Alphaville.

Casi treinta años después, dos maestros de la fotocopiadora como Robert Rodriguez y Quentin Tarantino han repetido la jugada con Grindhouse (2007) que retoma la fórmula de Donen corregida y aumentada: cada uno de ellos ha dirigido una película -la de Rodríguez se llama Planet Terror y la de Tarantino, Death Proof- que se presentan juntas, en otro falso programa doble. Pero hay diferencias: para empezar, aquí no se busca homenajear a la serie B de antes de la Segunda Guerra Mundial, sino a la serie Z de películas cutres y baratas que se proyectaban en los cines de sesión continua -llamados a veces grindhouses (plantas trituradoras de carne), de ahí el título- en los años 70 y que abundaban en tiroteos, sangre, mutilaciones y sexo explícito. Vamos, lo que estos dos nos han estado enseñando durante toda su carrera, con lo cual no les ha costado mucho rodar dos cintas que actualizan esos temas, tratándolos aún más a lo bestia (lo mejor, la chica a la que le falta una pierna y que, en lugar de prótesis, lleva un rifle de asalto incrustado en el muslamen). Por no faltar, no faltan ni los falsos trailers, que en este caso se refieren nada menos que a cuatro películas inexistentes (entre ellas, Werewolf Women of the SS, nada menos, dirigido por Rob Zombie). En total, el experimento dura nada menos que 191 minutos, frente a los 105 de la película de Donen.

Claro que hay un problema, que denuncia enérgicamente el crítico Antonio José Navarro en el último número de la revista Dirigido Por, Grindhouse ha sido un fracaso de taquilla en Estados Unidos; así que sus productores, los inescrupulosos hermanos Harvey y Bob Wenstein, de quienes ya he hablado en alguna ocasión, han decidido cortar por lo sano en un intento de recuperar pérdidas en el mercado europeo. Aquí Planet Terror y Death Proof se estrenarán como dos películas independientes, con algunos minutos de metraje añadido.

Como resultado de esta maniobra, pasan dos cosas: una, que tendremos que pasar por taquilla dos veces para ver lo que en realidad es una sola película. Dos: que el concepto de falso programa doble queda muerto y enterrado porque esto no es más que la mutilación de una obra que no fue concebida para su exhibición a cachos. ¿Y qué ocurre con los trailers? ¿Pondrán dos en cada cinta, o directamente decidirán pasar de ellos y colocarlos como extras en el DVD?

Eso sí, si me permiten una anotación personal, no creo que, aunque Grindhouse se estrenara íntegra, el efecto fuera muy auténtico. Porque no me imagino un homenaje a los cines de programa doble proyectado en un multiplex a toda pantalla con sonido Dolby y butacones ergonómicos. Eso podía tener su gracia si se recuperara alguno de nuestros cines de sesión continua, extinguidos desde la llegada del vídeo: en Madrid me acuerdo del Becerra, del Granada, del Fundadores, del Covadonga (el “Covacha”)… verdaderas grindhouses a la española.

jueves, junio 28, 2007

Recuerdo de Harrison


Mucho estamos metiendo por aquí últimamente a Harrison Ford, pero es que es el protagonista de una anécdota que hoy tengo especial interés en contar. Como es bastante bien sabido, la carrera del que acabaría siendo el actor más taquillero del mundo tardó en despegar. Durante los años 70, como sus papeles en La conversación (1974) y American graffiti (1973) no le daban bastante para comer, se ganó la vida durante mucho tiempo como carpintero. Pero no un carpintero cualquiera, sino uno de esos que te construye casas enteras si es necesario. De hecho, su primer encargo fue un estudio de grabación para el cantante Sonny Bono, ex marido de Cher.

Y en uno de esos encargos estaba cuando le llamaron para decirle que el papel de Han Solo en La guerra de las galaxias (1976) era suyo definitivamente, después de pasar por varias pruebas y competir con otros aspirantes como un joven Christopher Walken. Sin demasiada confianza en el futuro de la película, Ford estaba trabajando en la casa de una actriz bastante conocida, y le contó lo que ocurría. ¿Le importaría que pospusieran la obra unas semanas, mientras filmaba su papel? La actriz le dijo que no había problema. Ford incluso dejó allí sus herramientas, dispuesto a reemprender el trabajo en cuanto terminara el rodaje.

No volvió nunca. Ni siquiera a recoger sus herramientas. Finalmente, la actriz las dejó expuestas dentro de su garaje bajo un cartel que rezaba “Harrison Ford se dejó esto aquí”.

Bueno, les contaba esto porque no me gustaría hacerles una cosa parecida, pero… el caso es que Pasa las palomitas va a permanecer inactivo unos días, que los blogueros también tenemos derecho a vacaciones. Me largo a un sitio sin ordenadores, sin cobertura, sin nada… y aunque hubiera cobertura, tampoco la pensaba utilizar. Me llevo el bañador y un montón de libros, no obligatoriamente de cine.

Nos vemos el lunes 9 de julio y, si la bendita conexión que tengo se porta medio bien, espero poder ir ofreciéndoles un blog paulatina y sensiblemente mejorado. Mientras tanto, les hago una sugerencia, sobre todo a los que lleven poco tiempo pasándose por aquí. ¿Por qué no se dan una vuelta por los archivos? Seguro que descubren algo interesante.

martes, junio 26, 2007

Clichés y velocidad

Después de la que liamos aquí hace un par de días con los clichés, me gustaría abundar un poco más en el tema. Pero en esta ocasión, vamos a dejarle la palabra a una de las personas que más sabe de clichés cinematográficos en el mundo: William Goldman (en la foto). Y si sabe tanto, es porque los utiliza constantemente en su trabajo de guionista, que hasta la fecha le ha reportado dos Oscar. O sea, que este chico no es un cualquiera. Y en su libro Which Lie did I Tell? (Creo que hay traducción española) habla de los diez clichés más clásicos del cine. Algunos ya los hemos visto aquí, pero voy a mencionar algún otro:

Los informativos de televisión normalmente contienen una escena que afecta personalmente al protagonista, y que se emite en el mismo momento en que enciende el aparato.

Cualquier cerradura puede abrirse en cuestión de segundos con un clip o una tarjeta de crédito, a menos que sea la puerta de un edificio en llamas, y haya un niño dentro.

Y el archiconocido que nos va a ocupar en la entrada de hoy:

Siempre se encuentra sitio para aparcar enfrente del edificio a donde va uno.

Este cliché, como otros muchos que hemos visto aquí, tiene su porqué, y ese porqué es, sencillamente, la velocidad. Para ilustrar el tema, Goldman escribe dos escenas de un guión imaginario. En la primera, vemos a Mel Gibson conduciendo su Ferrari por Wall Street; aparca justo enfrente del Ayuntamiento de Nueva York, y sube las escaleras del edificio. Y en la segunda, que dura tres páginas, vemos a Mel en su Ferrari en un embotellamiento verdaderamente gallardoniano, con coches por todas partes y ni un sitio en perspectiva. De repente, queda uno libre; Mel dirige el Ferrari hacia él, pero… se lo quita una gorda con una furgoneta. Recorre todos los aparcamientos de la zona. Completos. Se muerde las uñas, mira el reloj. Se tira media hora dando vueltas por Wall Street… Y Goldman se lo pasa como los indios describiendo esta escena. Así son las cosas en la vida real, pero como en la película no nos interesa ver a Mel buscando aparcamiento, hay que abreviar. Por eso siempre hay sitio para aparcar, por eso los taxis se paran en cuanto la estrella levanta el brazo, y por eso nadie dice buenos días ni adiós cuando contesta el teléfono. Es cuestión de agilizar la acción, de ganar todo el tiempo posible.

Es una explicación perfecta, aunque no es aplicable a muchos de los tópicos que hemos repasado aquí. De todos modos, Goldman remata el capítulo con una sentencia genial: cuando un coche llega a una casa, y vemos todo el recorrido hasta que se detiene en la entrada, sólo puede haber una razón para demorarse tanto en ese momento: que haya un monstruo dentro de la casa.

lunes, junio 25, 2007

En busca del arca... adaptada


Bueno, pues aquí lo tenemos. Esta es la primera imagen oficial que se ha presentado de Harrison Ford vestido otra vez de Indiana Jones para la esperadísima nueva entrega de la saga, todavía sin título, que se sepa, pero cuyo rodaje ya está definitivamente en marcha. Y debe ser cosa del maquillaje, o del Photoshop, o de los efectos especiales de George Lucas, pero el tío está que parece que no pasan los años. Total, que cuando se estrene en 2008 ya serán cuatro las películas protagonizadas por el arqueólogo del látigo… ¡Un momento! ¿He dicho cuatro? De eso, nada. Existe una quinta película protagonizada por Indiana Jones, y la historia de su rodaje es todavía más difícil de creer que el argumento de las cuatro cintas oficiales.

Los responsables de esa otra película no son Lucas y Spielberg, sino Chris Strompolos y Eric Zala, dos amigos del cole que tenían, respectivamente, diez y once años cuando En busca del arca perdida llegó a los cines de su estado natal, Mississippi. Como millones de niños en todo el mundo, quedaron completamente fascinados por la peli. Pero, a diferencia de esos millones de niños, a ellos no les bastaba con jugar a ser Indiana Jones en el recreo o en el patio de casa. No, lo que estos dos amigos planeaban era volver a rodar la película… con ellos de protagonistas.

¡Y lo consiguieron!. Les llevó más de siete años, que a esas edades suponen el paso de la niñez a la mayoría de edad. Para cuando la terminaron, ambos habían evolucionado y su amistad había dejado de ser tan estrecha como al principio. Atrás quedaron años donde consiguieron una cámara en VHS e invirtieron todo su tiempo libre, su dinero y el de sus padres en la búsqueda de decorados, vestuario, efectos especiales y amigos que accedieran a interpretar los principales papeles. Chris fue Indiana Jones; Eric, el malvado nazi Toth. Y la primera escena que rodaron fue la persecución de Indiana Jones por los indios hobito, interpretados por unos rubísimos compañeros de clase en taparrabos. Y si se están preguntando cómo se rodó la famosa escena de la bola de piedra rodando detrás de Harrison Ford, el escenario fue el garaje de la casa de uno de ellos, donde Chris corría delante de una inmensa "piedra" hecha con alambre y trapos.

En busca del arca perdida- la adaptación quedó completada en 1989, cuando las tres partes oficiales de Indiana Jones habían sido estrenadas. Su presupuesto fue de unos 8.000 dólares, y tuvo incluso estreno oficial, en un auditorio de Gulfport alquilado para la ocasión, con 200 amigos de los cineastas -que acudieron de smoking y en limusina, como mandan los cánones -invitados a la premiere. Después, cada uno de ellos siguió su camino, aunque Eric de vez en cuando hacía una proyección para sus compañeros de universidad.

Pasaron los años, y la llegada del vídeo doméstico aceleró las cosas. Eric regaló copias de la película a algunos amigos, y una de ellas acabó en un maratón de cine patrocinado por Harry Knowles (fundador de la página de cotilleos cinetográficos Ain’t-it-Cool News). El público de la sala no se esperaba ver aquello, pero enseguida comenzó a reírse y a aplaudir sin parar. Se trataba de ver cómo aquellos críos se las iban a apañar para imitar la siguiente escena espectacular de la cinta original… y siempre lo conseguían de un modo más que decente. La película se convirtió en una cinta de culto, aunque no podía exhibirse comercialmente por utilizar personajes que eran propiedad de Lucasfilm.

Lo cual no impidió que un día, los precoces cineastas recibieran una carta de un espectador que había visto su película y quería felicitarles por haber desarrollado un tributo tan “emotivo y detallado”. La carta estaba firmada por Steven Spielberg.

¿Increíble? Pues sí, pero completamente cierto. Si pinchan en los links que he ido dejando, podrán obtener más información sobre esta película. Pero no crean que la historia termina aquí; parece que en Dreamworks están lo bastante interesados en la historia como para desarrollar, a su vez, otra película que narre la historia de estos chicos. El cine refleja la vida, la vida imita al cine… y surgen historias que a ningún guionista podrían habérsele ocurrido.

domingo, junio 24, 2007

Clichés de domingo

En toda escena de lucha que tenga lugar en una cocina, la cabeza del protagonista estará a punto de ser sumergida en una freidora con aceite hirviendo.


Cuaquier padre cuyo hijo vaya a participar en una función escolar, o en un partido de béisbol de su instituto, llegará tarde a la misma aunque le haya prometido no perdérsela (o, mejor dicho, especialmente si le ha prometido no perdérsela)… pero sólo si es al principio de la película. Si ocurre en las últimas escenas, acudirá por fin a tiempo y todos serán felices.


Todos los gays son tipos majísimos que suelen vivir en el apartamento de al lado del / la protagonista. Si la película es una comedia, le servirán de paño de lágrimas. Si es un thriller, serán asesinados, o heridos gravemente, por el psicópata de turno, como un aperitivo antes de que se lance a por la estrella.


Cualquier coche arranca a la primera, salvo cuando a uno le persigue un serial killer armado con un hacha o una sierra mecánica; en ese caso, sólo se pondrá en marcha en el último segundo.


En las películas nunca llueve (aunque estén rodadas en Inglaterra) salvo cuando la lluvia es importante para recalcar alguna situación dramática.


En las películas nunca nieva, salvo en Navidad (aunque estén rodadas en Hawai).


Nadie cierra el coche con llave, ni tiene que perder tiempo buscando sitio para aparcar, ni espera a que un taxista le devuelva el cambio.


Los porros aparecerán en cualquier película española con protagonistas menores de 25 años.


Todas las enfermedades terminales empiezan por una tos.


Sólo duermen con pijama los hombres casados.


Cuando un actor tiene una pesadilla, invariablemente se despierta pegando un salto y quedándose sentado en la cama inundado en sudor, algo que a mí no me ha ocurrido ni aquella vez que soñé que me quedaba encerrado en un ascensor con Jose Luis Moreno (y sus muñecos).


(Algunós son de producción propia, y otros recopilados de aquí y allá. Pero en esta página tienen muchos más. ¿A alguien se le ocurre otro?)

sábado, junio 23, 2007

A vueltas con lo mismo (2)

Voy a hacerles una confesión: estoy muy contento de que en este blog, cada vez que sale a colación el tema del cine español, la inmensa mayoría de las críticas vayan dirigidas exclusivamente a la (falta de) calidad de sus películas, y se eviten determinados adjetivos insultantes (por lo general, de tipo político) hacia sus componentes, muy habituales en otras páginas web.

Dicho lo cual, lo de esta semana, si me lo permiten, ha sido de traca. Ahora resulta que diversas asociaciones de actores se han quejado también de la nueva Ley del Cine porque, dicen, no se reconoce su trabajo. Exigen que se les de categoría de creadores y, de paso, ejem, ejem, que no se les excluya del sistema de ayudas públicas, enfocadas entre otras cosas, a la formación de la profesión...

Hombre, desde luego aquí estamos de acuerdo en algo: los actores españoles, en efecto, necesitan preparación. La inmensa mayoría. Por ejemplo, para que les enseñen a hablar. O a llevar una corbata -ni hablemos de un smoking o un traje de época- sin que parezcan tan envarados como un niño en la primera comunión. Otra cosa es que esa preparación se la tengamos que pagar entre todos. No es por personalizar, pero a mí la ayuda económica para cursar la carrera de periodismo me la dieron mis señores padres, y ni por un momento se me ocurrió pedir ayuda al Estado para que financiara mis futuras exclusivas. Por supuesto que algunos compañeros de clase estudiaron con beca; pero eso es otra historia…

Ahora, aquí lo que chirría es lo de creadores. ¿Creadores de qué? No lo acabo de entender, porque ya desde las tendencias en crítica cinematográfica marcadas por Cahiers du Cinema (ya hay edición española, por cierto, y muy recomendable), predomina en Europa la idea de que el verdadero creador de una película es el director. Y, si me apuran, el guionista. Un actor, diría yo, sólo puede considerarse creador cuando colabora en el guión o se pone detrás de la cámara. De otro modo no es más que una herramienta en manos del director, que es el que tiene que saber lo que necesita de cada intérprete y la manera de conseguirlo. Sorprende la cantidad de grandes actores que reconocen, en sus memorias o en entrevistas, que ellos son únicamente eso, una herramienta, y que su misión es ponerse en manos de quien dirige, sin darse más aires.

Porque, si nos ponemos en plan creativo, como decían en mi pueblo, aquí o follamos todos, o la puta al río. Exijo automáticamente una subvención para este blog. ¿O es que aquí, modestia aparte, no hay creación a punta pala? Difundir información sobre el cine ¿No es contribuir a la cultura? Y ya puestos, toda la comunidad de blogueros ¿no tiene derecho a exigir lo mismo? Un blog de ciencia, un blog de literatura, no un blog de arte ¿no son creativos, no participan en la difusión de cultura tanto o más que la última entrega de Torrente? Pues lo dicho; pueden ir enviándome el cheque a Pasa Las Palomitas, y que sea de una cantidad lo bastante generosa como para que el amigo Vince pueda dedicarse únicamente a crear, y no pase agobios psicológicos, emocionales y, muy especialmente, económicos.

Bromas aparte, una vez más hemos oído muchas quejas y nada de autocrítica. Venga a reclamar derechos, y a olvidarse de los deberes, por ejemplo: hacer películas que interesen al público. La ministra de cultura ha dicho que estas medidas proteccionista no serían necesarias si la gente fuera a ver más películas españolas. Hombre, claro. Y si las películas españolas fueran mejores, la gente iría a verlas sin cuotas ni obligaciones, como ocurre cada vez que se estrena un título que vale la pena… sea del país que sea.

Bueno, bastante rollo les he colocado ya. Queda mucho por decir, y si quieren, insistimos otro día. De momento, mañana volvemos a las anécdotas. Eso sí, como siempre, siéntanse libres de opinar todo lo que les parezca.

viernes, junio 22, 2007

Estrellas por sorpresa

Hablábamos el otro día de los actores que, por diversos motivos, tras haber rodado sus escenas, desaparecen del montaje final de las películas. El caso opuesto sería el de los actores que aparecen fugazmente en una película, a veces para decir una sola frase y poco más; es lo que se llama un cameo, y lógicamente, tiene mucha más gracia cuanto más famoso sea el actor que lo protagoniza. A mí uno de los que más me ha gustado últimamente es el de la primera película dirigida por George Clooney, Confesiones de una mente peligrosa (2002), que narra la historia de Chuck Barris, creador de alguno de los programas más cutres (y de mayor éxito) de la historia de la televisión. Uno fue, por cierto, El gong show, con el que TVE, siempre atenta a cultivar el nivel académico de los espectadores, nos está castigando estos días; y otro, también emitido en España, aquél concurso (no recuerdo el nombre) en el que una chica debía elegir pareja entre tres concursantes masculinos, sin saber qué aspecto tenía cada uno, basándose sólo en las preguntas que les iba haciendo. Bueno, pues en una escena correspondiente al concurso vemos que entre los tres candidatos hay un tipo regordete, calvo y con gafas… y los otros son son Brad Pitt y Matt Damon, semidisfrazados con barbas y bigotes postizos. Lógicamente, la chica escoge al feo.

Pero los cameos no tienen por qué estar protagonizados sólo por actores. Aquí tienen una lista de directores a los que les gusta asomarse por la pantalla. Y luego, en ocasiones las estrellas invitadas ni siquiera pertenecen al mundo del cine. Por ejemplo, el escritor Boris Vian, que interpretó a un sacerdote en Nuestra señora de París (1956), de Jean Delannoy; Peter Benchley, autor del Best-seller Tiburón, que aparece en la adaptación de su novela como un reportero de televisión; George Bernard Shaw, en Major Barbara (1941),que sale como uno de los fieles que asisten a un acto religioso… Y no podemos olvidar a los políticos, desde Lech Walesa, que aparece brevemente en El hombre de hierro (1981) de Andrzej Wajda como el padrino de la boda del protagonista, hasta Joaquín Leguina, que en el policiaco español Demasiado para Gálvez (1980) sale haciendo ni más ni menos que de guardia civil.

martes, junio 19, 2007

Estrellas invisibles


Ayer concluía la entrada sobre E.T. preguntando en qué escena de la película salía Harrison Ford. La verdad es que la pregunta, como se pueden imaginar, tenía truco. Es cómo preguntar en qué escena de Reencuentro (1983) aparece Kevin Costner. Porque, al parecer, Ford –a la sazón esposo de Melissa Mathison, guionista de la cinta– si filmó una escenita, eso que se llama un cameo, haciendo el papel de director del colegio donde va Elliott. Pero Spielberg pensó que el actor llamaría demasiado la atención, y la cortó en la sala de montaje.

En cuanto a Costner, si recuerdan Reencuentro, trata de ocho amigos que se reúnen un fin de semana para asistir al entierro de otro amigo, que se ha suicidado. En el reparto tenemos a William Hurt, Tom Berenger, Glenn Close, Jeff Goldblum… y Kevin Costner, que interpreta, precisamente, al amigo muerto, y que en un principio iba a aparecer en una serie de flashbacks. Pero Laurence Kasdan, el director, decidió que después de todo, su personaje no pegaba, y eliminó todas sus escenas. Eso sí, le compensó dándole un papel protagonista en su siguiente película, Silverado (1985).

Hay otros muchos casos de actores eliminados de la pantalla por obra y gracia del montaje. En 1982 Werner Herzog filmó Fitzcarraldo, la epopeya de un alemán –interpretado por Klaus Kinski– que se empeñó en fundar un teatro de ópera en pleno Amazonas. El rodaje fue tan largo, difícil e infernal como es habitual en Herzog, hasta que después de varios meses en la selva el coprotagonista de la película, Mick Jagger, abandonó, no está claro si porque tenía compromisos con los Rolling Stones, o porque acabó hasta las narices. Más recientemente, cuando Michelle Pfeiffer rodó la enésima película sobre profesor que llega a instituto conflictivo y tiene que enderezar a sus alumnos (Dios, cómo me aburre ese género), Mentes peligrosas (1995), contó con Andy García en el papel de su compañero sentimental. Finalizado el rodaje, Pfeiffer, que además de estrella era productora, decidió que su novio sobraba. Adiós, Andy.

Y luego están los casos en los que quien desaparece no es un actor, sino un personaje. En 1949, Joseph L. Mankiewicz quiso llevar a la pantalla la novela Carta a cuatro esposas. Cuando terminó el guión, se lo llevó al productor Darryl F. Zanuck, pero este lo encontró demasiado largo... Y por eso la película, al final, se tituló Carta a tres esposas.

lunes, junio 18, 2007

Marcianitis total


Se cumplen estos días 25 años desde el estreno de E. T., el extraterrestre (1982), una película que su director siempre ha considerado que está entre las más personales que ha hecho y, al mismo tiempo, las que más rico le han hecho; es lo mismo que le ocurriría años después con La lista de Schindler (1993), filmada sin excesivas esperanzas de que constituyera un éxito comercial, sólo porque a Spielberg el corazón le pedía contar esa historia. No sólo fue otro éxito, sino que le consiguió el Oscar al Mejor Director que había estado persiguiendo durante años.

¿Cuánto dinero ha hecho E. T.? Es difícil saberlo. Además de su rendimiento en taquilla (por cierto, hacerla costó solo 10,5 millones de dólares, muy poco incluso para 1982) las 52 licencias de explotación del personaje que Spielberg concedió a diversas empresas pudieron muy bien, según estimaciones de la época, generar más de mil millones de dólares en ventas. Su lanzamiento en VHS tardó años, y constituyó otro acontecimiento en sí mismo. Y de los lanzamientos en DVD y los derechos para televisión, mejor ni hablamos.

Y luego tenemos la famosa anécdota de los chocolates. Ya saben que en los estudios hay ejecutivos que se dedican a buscar todo tipo de marcas comerciales deseosas de aparecer en las películas (pagando, claro). A esta técnica se le llama product placement, y Spielberg es un verdadero monstruo en este aspecto (se ha dicho que El mundo perdido recuperó costes incluso antes de su estreno sólo por los todas las marcas que pagaron por aparecer en ella). Bueno, pues hay en E. T. una escena muy recordada, en la que el marcianito encuentra el camino de la casa de Elliot siguiendo un rastro de chocolatinas de colores, y los comerciales de Amblin intentaron conseguir un contrato con Mars, la empresa fabricante de los M & Ms. No estaban interesados. En su lugar, se apuntaron los de Hersheys cuyo producto, Reese’s Pieces, es muy similar... Y nada más estrenarse la película, se convirtieron en el chocolate más vendido en Estados Unidos (Aquí, la historia completa).

Pero queda la gran pregunta. ¿Es E. T. una buena película? Si quieren mi opinión, desde luego que sí. No llego al nivel de Sheila Benson, crítica de cine de Los Angeles Times, que la consideró “la película de la década y posiblemente de la siguiente década”, pero sí que la considero, si no una obra maestra, una película solidísima, con un director igualmente sólido detrás. Con iniciativas del calibre de filmar su mayor parte con la cámara a la altura de los ojos de un niño, porque está es una película de niños que conocen a otro niño, y que, mientras nos hacen reír y nos emocionan, nos sacan al niño de dentro, ese que tenemos ahí y que nunca ha terminado de irse… Y eso a pesar de la vara que nos dieron con los chistecitos sobre “mi caaaaaasaaa”, o de la temible versión rodada aquí por los hermanos Calatrava…

¡Ah! Por cierto. ¿A qué no saben en que escena de E. T. sale Harrison Ford?

jueves, junio 14, 2007

...Y nos fuimos de boda



Cuando Arnold Schwarzenegger se casó con Maria Shiver, la familia Kennedy se las arregló para prohibir la circulación de todo tráfico aéreo por encima de su propiedad, donde iba a tener lugar la boda. La zona vetada comprendía un radio de dos millas y una altitud de 800 metros sobre el nivel del mar. De este modo se consiguió mantener a raya a los paparazzi.

Cuando Madonna se casó con Sean Penn, no hubo prohibición de tráfico, y los helicópteros de los fotógrafos sobrevolaron libremente la zona. Penn expresó su disgusto escribiendo FUCK YOU en grandes letras sobre la arena de la playa.

Durante la boda de Frank Sinatra con su cuarta esposa, Barbara Marx, cuando el sacerdote pronunciaba los votos rituales, al llegar a “en la riqueza y en la pobreza”, Sinatra le cortó: “En la riqueza, en la riqueza”.

Y películas sobre bodas hay muchas: Un día de boda (1978), de Robert Altman, Cuatro bodas y un funeral (1994), La boda de Muriel (1994) La boda de mi mejor amigo (1997)… Sin contar las películas que acaban en boda, de las cuales sigo prefiriendo por encima de todas Historias de Filadelfia (1940). Si quieren más películas sobre bodas, pinchen aquí.

Pero hay otras bodas.

No salen en la pantalla ni son protagonizadas por estrellas, en su lugar, conciernen a nuestros seres queridos; y esas no nos las querríamos perder por nada del mundo. Aunque signifiquen viajar cientos de kilómetros con tal de estar allí a la hora de ver llorar a la novia y tirar el arroz.

Es mi caso. Así que, si me disculpan, voy a desatender el blog por unos días. Pero no crean que me aparto de las películas del todo: ocurre que el sacerdote que oficia la ceremonia es, además, crítico de cine… y uno de los mejores de este país.

Nos vemos el lunes. Y, como cantó Sabina, "que todas las lunas sean lunas de miel".

miércoles, junio 13, 2007

Estrellas y astros

En el último número de Vanity Fair publican unos extractos de los diarios de Ronald Reagan, que aparecerán, creo, el mes que viene en las librerías norteamericanas. Hay mucha política y poco cine, como cabe esperar de la época en que fueron escritos, pero me llama la atención una anotación de finales de los años 80:

“Una señora en California que se dedica a la astrología ha aparecido diciendo que Nancy y yo somos clientes suyos. Que la hemos consultado para todo, incluso para la elección del gabinete. Es absurdo. Ni la conocemos ni hemos tenido ningún contacto con ella”.

Este desmentido es más que significativo. Entre las muchas cosas que se dijeron de los Reagan -especialmente en España, donde a determinada gente le faltaba tiempo para creerse cualquier cosa sobre ellos- estaba, efectivamente, que eran unos locos de la astrología; incluso se publicó que Reagan creía en ella desde joven, y que la había utilizado como guía en su carrera cinematográfica y, más tarde, en la política. Supongo que la “señora” a la que se refiere es Joan Quigley, que llegó a publicar un libro titulado What does Joan say? Sobre sus múltiples servicios astrológicos para la pareja presidencial.

En fin. ¿A quién creemos? ¿A los periodistas de lo oculto, que durante años le sacaron partido al tema sin molestarse en contrastar ni un solo dato? ¿A Joan, que indudablemente sacaría tajada del asunto? ¿O al propio interesado? ¿Y cuántas cosas más se publican sobre la vida privada de las estrellas que están basadas en puros rumores?

En fin, de todos modos, aquí hay una pequeña lista de estrellas de Hollywood de las que se ha dicho que son o fueron aficionadas a la astrología… y seguro que en alguna, será mentira: en los clásicos tenemos a John Barrymore y el matrimonio Mary Pickford y Douglas Fairbanks, del que se dice que les hacían las tablas astrales cada día; luego estarían Marilyn Monroe, Cary Grant, Marlene Dietrich, Steve McQueen, Tyrone Power… y Shirley MacLaine. Bueno, creo que de esta última sí nos lo podemos creer. ¿No?

martes, junio 12, 2007

A vueltas con lo mismo

El 58 por ciento de los españoles considera al cine que se hace aquí “mediocre” y “de poco interés”, según una encuesta que acaba de publicar Sigma 2.

Está bien saberlo. A fin de cuentas, llevamos años conociendo la opinión del cien por cien de los directores de cine español, según la cual su cine es el mejor que jamás se haya hecho sobre la superficie del planeta; lo que pasa es que no nos enteramos porque las multinacionales de Hollywood nos han abducido el cerebro para que vayamos a ver sus bodrios.

Detrás de esta encuesta, no muy sorprendentemente, se halla la larga mano de las cadenas de televisión que, como sabrán, están obligadas por ley a invertir en cine español. Nunca se han negado a hacerlo, pero lo que no quieren es que les obliguen a meter su dinero en proyectos a los que no le ven viabilidad económica ni de público (que, en el caso que nos ocupa, viene a ser lo mismo). Alejandro Echeverría lo ha dicho muy claro, y estoy completamente de acuerdo con él: “El cine español es un chiringuito, y tiene que convertirse en una industria”. Creo que las ayudas públicas son necesarias; pero también creo que debería tenderse a reducirlas, a medida que la industria del cine aprendiera a independizarse como tal.

También tengo escrito en este blog -y lo repito ahora- que en los últimos tres años el cine español ha sufrido una campaña en su contra sin precedentes, por los sectores más ultramontanos de la sociedad. Y, de la misma manera, tengo escrito también que eso no es excusa para no practicar un poco la palabra menos utilizada en nuestro celuloide: la autocrítica. De hecho, quizá con menos críticos y más autocríticos de cine nos fueran mejor las cosas. Creo, sinceramente, que el cine español en conjunto no ha evolucionado lo que se dice nada en las últimas décadas. Las películas de hoy parecen hechas hace veinte años. Los mismos recursos, los mismos guiones y, en no pocos casos, los mismos equipos diciendo lo mismo. Si las películas fueran mejores, no habría campaña que pudiera con ellas.

Bueno, lo de hoy no es una anécdota. Es, si quieren, un desahogo. Desahóguense también si les apetece, que es sano.

lunes, junio 11, 2007

Citas mal citadas


Diego A. Manrique es, sin duda, una de las primeras firmas de nuestro país en cuanto a crítica y crónica musical se refiere. Una verdadera enciclopedia del rock y del pop, y además un periodista sólido, con formación, cultura y mucha mili, de esos de los que cada vez quedan menos. Pero en cuestiones de cine no anda tan puesto, según se deduce de la primera frase de su artículo de hoy en El País: “El chiste ya circulaba en 1974. lo popularizó Billy Wilder en Primera plana: ‘No le digas a mamá que soy periodista; dile que trabajo en un burdel’”.

Pues no. Que el chiste es auténtico, vale. Que tiene unos cuantos años encima, también. Pero, salvo que el Alzheimer esté empezando a jugarme malas pesadas, yo juraría que no aparece por ninguna parte en la película de Wilder (por cierto, acaba de salir en DVD). Es lo malo que tiene citar de memoria (yo soy el primero que lo hace, a veces), o informarse de oídas. Seguramente ustedes se las conocen todas, pero aquí hay otras frases archiconocidas que, en realidad, nunca se han pronunciado en la gran pantalla:

“Tócala otra vez, Sam”. Aquí la culpa la tiene Woody Allen, que tituló de esa manera su obra de teatro, que luego fue llevada a la pantalla con el título (en España) de Sueños de seductor. Lo que verdaderamente se dice en Casablanca es “Tócala, Sam. Toca As time goes by”.

“Yo, Tarzán; Tú, Jane”. Tampoco. Lo más parecido que llegó a decir Johnny Weismuller en sus interpretaciones del hombre mono fue “Tarzán. Jane”, mientras se señalaba a él y a su señora, alternativamente. “Ongawa, Chita” creo que sí que lo dice. Por cierto ¿Alguien sabe qué narices quiere decir “Ongawa”?

“Elemental, querido Watson”. Bueno, este es el caso opuesto. Sherlock Holmes sí que ha pronunciado esta frase en innumerables películas; donde no la dijo jamás fue en las novelas y cuentos originales de Arthur Conan Doyle.

Son precisiones muy conocidas, y a lo mejor me estoy poniendo un poco tiquismiquis y tampoco es para tanto... Total, una de las mejores frases sobre la exactitud de las citas la dijo (y es cierto que la dijo) Groucho Marx: “Cíteme diciendo que me han citado mal”.

domingo, junio 10, 2007

Tiernos infantes

En su día vi Speed, incluso pagando entrada, y reconozco que me entretuvo. Anoche vi que estaban pasando por televisión Speed 2, una de las segundas partes más innecesarias de la historia del cine. La han puesto muchísimo en la tele -supongo que para intentar recuperar las pérdidas en taquilla con los derechos de antena-, y nunca he aguantado más de quince minutos. A Sandra Bullock no hay quien la soporte, el resto del personal parece oligofrénico, Willem Dafoe, a años luz de sus mejores trabajos con Schrader, se limita a poner esa cara de psicópata que le sale hasta dormido, y por si todo esto fuera poco, sale hasta una de esas niñas repelentes a que tan aficionados son en Hollywood.

Vamos a plantear hoy un tema políticamente incorrecto, si ustedes quieren, pero creo que ya va siendo hora de que alguien lo diga: los niños en el cine americano son intragables. Insoportables. Estrangulables. Especialmente en películas tipo catástrofe, donde siempre van a aparecer en el momento menos oportuno, estorbando la trama, descubriendo ellos solitos cosas que todo un ejército de adultos es incapaz de ver, soltando frases de marisabidillo sin que nadie les suelte un soplamocos y, lo peor de todo, ningún director se atreve a cargárselos (a su personaje, quiero decir), porque quedaría muy insensible, así que ya sabemos que estamos condenados a aguantarlos hasta el final.

En ocasiones, sin embargo, se produce el milagro y tenemos a unos niños no sólo perfectamente integrados en la trama, sino imprescindibles para ésta, y que no sólo no molestan sino que se hacen (más o menos) entrañables. Pienso en los enanos de La taberna del irlandés (John Ford, 1963), en los hijos de Atticus Finch en Matar un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962), o en la pareja de hermanos de La noche del cazador (1955). Pero rodar con niños ya es otra cosa: precisamente en La noche..., las escenas con niños están dirigidas por el protagonista masculino, Robert Mitchum, ya que Charles Laughton, el director, encontraba a los niños “insoportables”.

Y luego los hay que, ya desde principios de su carrera, se encontraron con directores que se las sabían todas. El de la foto es Jackie Cooper, nacido en 1922, y uno de los pocos actores infantiles que continuaron trabajando en la edad adulta (entre otros muchos papeles, interpretó a Perry White en las películas de Superman). Cuando tenía nueve años de edad, rodó Skippy, película dirigida por su tío Norman Taurog, en una de cuyas escenas tenía que echarse a llorar. Pero el llanto no le salía; por fin, Taurog encontró la solución, y le amenazó con matar a su perro de un tiro si no empezaba a llorar inmediatamente. La amenaza fue tan real que el niño estalló en lágrimas al momento, y bastante impresión debió dejarle, porque muchos años después, cuando escribió su autobiografía, la titulo… Please, Don’t kill my dog.

miércoles, junio 06, 2007

Unas fotos para "nota"

Ahora resulta que Mister Spock hace fotos. Bueno, Mister Spock no, pero sí el actor que le ha dado vida durante yo que sé cuántos años en la serie televisiva y cinematográfica de Star Trek. Lo que ocurre es que, harto de ir por el cine con las orejas puntiagudas, Leonard Nimoy ha concentrado sus esfuerzos en la fotografía y estos días expone una selección de sus mejores trabajos en Madrid. Por algunas que he visto, tienen buena pinta. Aunque, cuando se trata de actores y fotografía, siempre me acuerdo de Jeff Bridges.

Lo de Bridges es curioso. Lleva más de treinta años siendo cabeza de cartel, pero nunca ha alcanzado la categoría de superestrella. No conozco a ninguna mujer que no considere que está como un tren de Cercanías, pero jamás se le ha dado la publicidad de un sex-symbol. Y por el camino nos ha regalado algunas estupendas interpretaciones entre las que destaca por derecho propio la de ese personaje único, épico, inolvidable, genial, que fue El Nota, en una de las mejores películas de los Coen, El gran Lebowski.

El caso es que, hace ya bastantes años, a Bridges le regalaron una cámara panorámica, de esas que sólo hace fotografías anchísimas, y comenzó a llevársela a los rodajes. Con el tiempo, se convirtió en habitual que para cuando acabara una película hubiera tirado una buena serie de imágenes (la de arriba pertenece a Tormenta Blanca, que rodó en 1996 con Ridley Scott); con ellas confeccionaba cuadernos, que regalaba a los miembros del equipo como recuerdo.

Hace unos años publicó una selección de sus mejores fotos en un libro titulado Jeff Bridges Pictures, cuyos beneficios iban destinados a obras de caridad del Motion Picture Television & Fund. Si están interesados en la actividad de Bridges como fotógrafo, sólo puedo recomendarles que se pasen por su página web. Y si no, también, porque el diseño de este site es de los más originales, y al mismo tiempo sencillos y acogedores, por los que uno ha pasado. Parece, literalmente, que se lo ha currado él en una tarde libre. Dentro, más información sobre películas, sobre sus fotos y, si alguno de ustedes tiene una cámara panorámica, consejos para utilizarla sacándole el máximo partido. Y créanme, este chico sabe de lo que habla. Cuando actúa y cuando fotografía.

martes, junio 05, 2007

Entre rejas

¿Puede alguien explicarme en qué narices estaban pensando hoy los dos principales diarios nacionales para dedicar su contraportada a un personaje tan innecesario como Paris Hilton? ¡Dos tercios de página en cada uno, señores! ¿Quieren que me crea que en estas últimas veinticuatro horas no habían pasado en el mundo cosas de más enjundia? Seguramente sí; pero claro, no tenían foto. Está claro que ni siquiera la prensa que se pretende seria está a salvo de ser atacada por el peligro amarillo.

Y es que nada como un buen famoso entrando en la cárcel. Antes y ahora. Todavía hoy, algunas detenciones han estado a punto de costarles la carrera a sus protagonistas, y estoy recordando, por ejemplo, el caso de Hugh Grant, (aquí tienen su foto policial... y la de algunos famosos más) que tuvo que realizar una vergonzante sesión de arrepentimiento público en el programa de Larry King por hacer algo, cielos, tan reprobable y depravado como irse de putas. Ya se sabe que eso sólo lo hacen los famosos, que son unos degenerados; de ningún modo los honrados padres de familia que se escandalizaron públicamente por el episodio.

Lo que ocurre es que antes las estrellas de cine -tranquilos, que no estoy metiendo aquí a la Hilton, ni loco- estaban relativamente protegidas gracias al paraguas que extendía sobre ellos la máquina de publicidad de los estudios. Estoy pensando, por ejemplo, en la detención de Robert Mitchum en los años 40 por tenencia y consumo de marihuana, algo que sigue estando penado hoy en día, pero que en esa época era considerado signo inequívoco de drogadicción. Otros actores habían visto sus carreras destrozadas por menos, y el protagonista de Adiós, Muñeca se salvó únicamente gracias a la tremenda presión ejercida por Howard Hughes, dueño de la RKO y, por tanto, jefe y amigo de Mitchum.

Pero eso no podía saberlo la noche que lo detuvieron. De hecho, estaba tan convencido de que su carrera se había terminado que, cuando el policía le pidió sus datos para hacerle la ficha, al preguntarle por su profesión, contestó amargamente:

- ex actor.

lunes, junio 04, 2007

Alcoholismo al viejo estilo (2)


La verdad, el post de hoy es una especie de reedición de uno que publiqué hace unos meses. Entonces se trataba de que Robin Williams había confesado haber vuelto a caer en el vicio nefando del alcoholismo y anunciaba su ingreso en una clínica de desintoxicación, y yo decía por aquí que para alcoholismo de verdad, el de antes, y ponía algún jugoso ejemplo.

Bueno, pues ahora es Lindsay Lohan la que ha ingresado en un centro de desintoxicación, de esos que tan eficaces son para solucionar estos problemas cuando de estrellas se trata, por lo menos de cara al exterior, y de los que ya hablaremos otro día… La diferencia es que Robin Williams, por lo menos, tiene unas cuantas películas buenas en su haber y Lindsay Lohan… sí, hombre… espérense un momento… leñe, es que uno a estas horas está de lo más espeso… Bueno, se admiten sugerencias.

Pero el caso es que la noticia me ha pillado trabajando en un articulillo sobre la pareja Richard Burton - Elizabeth Taylor, y claro, es acercarse a la vida de esos dos, y el alcohol empieza a fluir a borbotones. Sobre todo en el caso de Burton, fluía tanto que consiguió matarle prematuramente, con sólo 59 años de edad. Pero es que lo de este hombre se salía un poco de la norma; la primera botella de vodka caía con los bloody marys de después del desayuno; la segunda, durante la tarde. Cuando estaba representando Camelot en Broadway, apostó que podía beberse una botella de vodka en cada función sin que se notasen los efectos, y escogió a Julie Andrews, que no estaba enterada de la apuesta, para que hiciera de árbitro. Terminada la jornada, le preguntó: “¿Qué te he parecido hoy, Julie?”, y ella contestó: “Un poco mejor que de costumbre”.

Obviamente, semejante nivel de consumo le costó la vida. Una pena, porque, entre otras muchas cosas, Burton era un enorme conocedor de los clásicos, que consumía los libros con la misma voracidad que las botellas. Siempre quiso ser escritor, pero nunca tuvo la determinación ni la disciplina. Dejó, de todos modos, un diario que es una delicia de leer... Quizá, de haberlo logrado, sus demonios internos hubieran quedado aplacados con una eficacia que la bebida no consiguió darle.

domingo, junio 03, 2007

"Como alcaide vuestro que soy, os debo una explicación"

Es lo que tienen las sobremesas de domingo; le entra a uno la pachorra y se traga cualquier cosa que pongan por la tele. En este caso, La última fortaleza (Rod Lurie, 2001), una de prisiones, en este caso militares, protagonizada por Robert Redford y mi querido James Gandolfini, que interpreta al coronel a cargo de la prisión donde transcurre la trama. La peli, pues bueno, entretenidilla pero del montón, perfecta para una soñarrera de fin de semana. Pero ese no es el tema de hoy.

El tema es más bien que la peli constituye un nuevo ejemplo de la Teoría de los Alcaides de Vince (a ver si me acuerdo algún día de hacerles una pequeña recopilación de mi saber teórico), que viene a decir más o menos: todo alcaide de prisión que aparezca en una película de Hollywood será, por definición a) un sádico, b) un psicópata, c) un hijo de mala madre o d) las tres cosas juntas. Sin bromas, creo que es la profesión más vilipendiada por el género. Citando así, de memoria, estas son algunas películas de prisiones donde sus alcaides no habrían desentonado demasiado en los juicios de Nuremberg: La leyenda del indomable (Stuart Rosenberg, 1967), Rompehuesos (Robert Aldrich, 1974), Encerrado (John Flynn, 1989), Fuga de Alcatraz (Don Siegel, 1979) Locos de remate (Sidney Poitier, 1980), La fortaleza escondida (Stuart Gordon, 1993), Cadena perpetua (Frank Darabont, 1994), y aquí tienen algunas más. El problema es el de siempre: la estrella hace el papel de recluso, y por tanto el malo le toca al que está al mando del cotarro. Aunque a veces se pasan…

Pero ¿es que no hay ninguna película yanqui donde el alcaide sea un tipo medianamente normal, un tío majete, incluso? Pues sí; por ejemplo Brubaker (198) de Stuart Rosemberg, donde el alcaide es el protagonista de la película y está interpretado por… Robert Redford. Pero tampoco se libra de la Teoría: Redford viene a sustituir a un alcaide más malo que la tiña, y al final de la película, llega otro que se supone va ser todavía peor. Si es que no hay manera…

viernes, junio 01, 2007

Más vale prevenir... o no

Se cumplen estos días 25 años de la muerte en accidente de la princesa Gracia de Mónaco o, como un servidor prefiere recordarla, de Grace Kelly; qué casualidad, precisamente anduve por Mónaco hace algunas semanas. No había estado nunca, y la verdad, aunque la zona es bonita y el Principado muy espectacular, no me acabo de sentir a gusto en un sitio donde tienes que tener un Lamborghini para que no te miren como a Paco Martínez Soria.

Grace Kelly no tuvo ese problema; de entrada, venía de familia rica. Además, gozaba de los elevados ingresos propios de una estrella cinematográfica y, como último detalle, se la había ligado el príncipe Rainiero. Así que se encontraba en Mónaco como en su casa. De hecho, fue su casa para los restos, allí crió a sus tres modélicos hijos y contribuyó a la perpetuación de uno de los más hermosos y cercanos paraísos fiscales que hay en el planeta. De camino, el cine la perdió para siempre. Aunque hubo algunos intentos de hacerla volver a las pantallas -uno de los más intensos, a cargo de su amigo Alfred Hitchcock-, nunca llegaron a nada, en buena parte por la oposición de su marido.

Con el tiempo se han ido conociendo los aspectos más oscuros de lo que en su día se vendió como un cuento de hadas. Pero hay algo que se suele olvidar, y es que la boda de Rainiero de Mónaco era, ante todo, un asunto de estado. No voy a aburrirles con los detalles, pero es necesario reseñar aquí que el príncipe heredero de Mónaco no puede morir sin descendencia; si eso ocurriera, el Principado pasaría automáticamente a ser parte de Francia, con lo que se acabaría el chollo para sus muy privilegiados residentes, familia real incluída.

Así que, antes de que el compromiso se hiciera oficial, Grace Kelly tuvo que someterse a un reconocimiento médico para certificar que podía tener descendencia. No era la primera vez que Rainiero exigía algo así. De hecho, antes de conocerla había vivido seis años de noviazgo con la actriz francesa Gisele Pascal, pero el compromiso se rompió cuando tres informes médicos la declararon estéril. Desconsolado, Rainiero tuvo que buscarse otra mujer.

Un tiempo después, Gisele se casó con otro hombre… y tuvo un hijo.

jueves, mayo 31, 2007

Los sueños, sueños son

Si se pasan por Londres hasta el próximo 9 de septiembre, tienen la oportunidad de acercarse por la Tate Modern Gallery y echarle un vistazo a la exposición Dali & Film. En ella se recogen todas las colaboraciones que el artista de Cadaqués hizo -o intentó hacer- para Hollywood en los años 40 y 50, y promete ofrecer todo el material que diseñó para Walt Disney, los Hermanos Marx… y Alfred Hitchcock.

Cuando se habla de Dalí y el cine, las secuencias oníricas que creó para Recuerda (1945) son lo primero que le viene a uno a la mente. Hitchcock decidió contratar al pintor no por efectos publicitarios -como sospechaba el productor de la película, David O. Selznick- sino porque buscaba a alguien de una gran capacidad de ejecución gráfica que fuera capaz de trasladar un sueño a la pantalla, alejándose de los tópicos que utilizaban imágenes borrosas y musiquita de arpa.


El problema es que Dalí se pasó. La escena que hemos visto todos en la película, y que dura unos minutos, se prolongaba durante veinte en el montaje original, e incluía ideas tan desmesuradas como Ingrid Bergman convirtiéndose en directo en una estatua de yeso. Pero Selznick opinó que cortaba demasiado el desarrollo de la película y tenía una longitud excesiva. Eso sí, fue rodada, existe y por lo que he podido leer, esta exposición la presenta en su totalidad. Ingrid Bergman, que se mostró muy apenada por los cortes, dijo de esta secuencia que "debería estar en un museo". Bueno, pues ya lo está.

Pero convendría aclarar ahora un malentendido: esa escena, la más famosa de toda la película, no la dirigió Hitchcock. Tras algunas discusiones con Selznick, el director se marchó a Londres a negociar un nuevo contrato con un productor inglés, dejando el sueño sin rodar. Selznick recurrió a William Cameron Menzies, director de la época muda y principios del sonoro, que era sobre todo un excelente director artístico con dos Oscar en su haber. Fue Menzies quien dirigió las secuencias, pero como no dio a su trabajo ninguna importancia, no quiso aparecer en los títulos de crédito. Cuando Recuerda se convirtió en un éxito, Hitchcock no vaciló en arrogarse todo el mérito de las escenas. Este malentendido se ha aclarado en los últimos años, gracias a la insistencia de los herederos de Menzies.


miércoles, mayo 30, 2007

¡Brrrrrrrrrr!


Voy a hacerles una pequeña confesión personal: mi afición por el cine comenzó con las películas de terror. En los años de la preadolescencia y posteriores, fui desarrollando un interés creciente por los clásicos de la Universal, o por las películas -que me siguen entusiasmando- de la Hammer Films. El que esa época coincidiera con la publicación en España de la revista Famous Monsters of Filmland -de la que aún guardo la colección entera, no es por fardar- supongo que ayudó lo suyo.


Hoy no me interesa tanto ese género como antes. Creo que la casquería fina, los ordenadores y la acción tipo videojuego se han cargado un tipo de cine que tenía mucho de psicología, de dominio de los actores, de insinuación, en ocasiones de introspección personal. Pero sigo agradeciendo una buena película de terror, de vez en cuando. Ayer, sin ir más lejos, vi una con Guillermo Toledo. Y ustedes se preguntarán, ¿Pero cuándo ha hecho Guillermo Toledo una película de terror? Y la respuesta es obvia: cualquiera de las que ha hecho le pone a uno los pelos de punta.


Bueno, dejémonos de bromas (y si se mete aquí algún fan de Toledo, que me perdone). El caso es que me he encontrado con una lista de lo más curiosa, que paso a incluirles en este enlace por si quieren echar un vistazo. Recopila los cien momentos más terroríficos de la historia del cine. El primero, lógicamente, es el que ilustra la entrada de hoy, y la verdad es que no podía ser otro. Pero en los 99 restantes se encuentra uno cosas la mar de curiosas, junto con otros grandes clásicos. De entrada, una película no tiene que ser propiamente de terror para incluir una escena terrorífica; por eso aquí tenemos, por ejemplo, El Padrino II Parte y Dumbo (bueno, a mí Walt Disney, y ahora sí que no estoy de broma, siempre me ha dado miedo; sus películas y él). Y, aunque la lista incluye películas sobradamente conocidas, a lo mejor la escena señalada no es la que uno tendría en mente… Pero si se piensa bien, se verá que está elegida con criterio.


Bueno, ya está bien de rollo. Dense una vuelta y, si quieren, me cuentan. Y para aquellos a los que no les gusten los sustos… Pues, leñe, como en el chiste: haber elegido muerte.

lunes, mayo 28, 2007

La salvación de la revista People

Bueno, pues se retira. La verdad es que lleva amenazando con hacerlo bastante tiempo, y cada vez que lo dice acaba asomándose de nuevo a la pantalla y regalándonos otra nueva interpretación. Sin embargo, parece que ahora la cosa va de veras. En los primeros días de este blog, ya metí alguna entrada sobre Paul Newman, pero si tuviera que resumir su figura recurriría a una antigua frase de autor desconocido (al menos, para mí): “Una estrella de cine es alguien con quien el sexo opuesto querría irse a la cama y con quien su mismo sexo querría tomarse una copa”.

De Newman hay muchas referencias en los libros del guionista William Goldman, que trabajó con él en varias ocasiones. Lo define como “la menos estrella de las superestrellas con las que he trabajado”, y recuerda como durante el rodaje de Dos hombres y un destino, mucha gente de su equipo le avisaba de que ese joven actor llamado Robert Redford le estaba robando demasiados planos, tenía demasiada presencia en la película. Cualquier estrella de Hollywood a la que le digan algo así se le encenderá a luz roja, porque todos están obsesionados con el protagonismo absoluto, y hará valer su peso para que se aumente su presencia en la cinta… o para que se reduzca la del otro actor. Newman nunca hizo nada de eso. Estaba seguro de sí mismo, y el protagonismo de otros actores no le preocupaba.

Y en cuanto a su atractivo, recuerdo una anécdota que contaba un editor de revistas hoy felizmente jubilado (felizmente para los que tuvimos el infortunio de trabajar con él, o con algún subordinado suyo, quiero decir): que la revista People, cada vez que tenía que subir su precio, sacaba a Newman en la portada. Sabían que el magnetismo de esos ojos azules actuaría como imán irresistible para los lectores, a los que no les importaría empezar a pagar un poco más si a cambio se llevaban a Newman a casa.

Por cierto, les sonará raro, pero a mí nunca me ha gustado mucho Dos hombres y un destino. Está bien, eso sí, pero… de sus películas, prefiero de lejos El golpe. Y, como su mejor interpretación, me quedo con El buscavidas, de Robert Rossen. Sin olvidar aquella gansada ambientada en el mundo del hockey sobre hielo que se llamó El castañazo y con la que siempre me he muerto de risa, precisamente, por lo bruta, brutísima que es.

domingo, mayo 27, 2007

Qué tiempos aquellos (2)

Este fin de semana se han prodigado las noticias y los aniversarios, y vamos a ver si hay tiempo y ganas para ir tratándolos en el blog en los próximos días. De entrada, tenemos lo de Star Wars. O, como la llamamos los de mi quinta, La guerra de las galaxias. Se cumple el treinta aniversario de su estreno, pero, yo no sé por qué extraña metamorfosis, la celebración de ese aniversario se ha transmutado en el Día del Orgullo Friki. O sea, en cines y convenciones repletos de tontolabas con la cara pintada y espadas láser de fabricación casera (por lo general, mangos de escoba cubiertos de pintura fluorescente). Y uno que recuerda que en sus tiempos “Friqui” no era más que una tienda de listas de boda superpija que había en lel barrio de Salamanca…

Uno también recuerda más cosas. Sobre La guerra de las galaxias hay tanto escrito y filmado, se han recopilado tantos miles de anécdotas sobre el rodaje, los protagonistas, la repercusión mediática, el fenómeno Star Wars, que intentar meter aquí algún dato original oscilaría entre lo pretencioso y lo ridículo. Prefiero hablar de las circunstancias en las que la vi. En cómo eran las cosas entonces. Creo que fueron cuatro meses, cuatro, los que tuve que esperar hasta que fui lo bastante afortunado como para encontrar una sesión donde hubiera entradas; si hoy tuviera que esperar cuatro meses después del estreno de cualquier película… podría ir directamente a comprar el DVD.

Por aquel entonces, se daba una paradoja curiosa: las películas buenas se estrenaban en muy pocos cines. En tres o cuatro, como mucho, y cuando empezaba a escasear el público en las capitales, comenzaban su gira por provincias. Una película que se estrenaba en seis o siete cines de Madrid era, por definición, un churro; una de calidad no solía pasar de las tres salas. Como aún no existía un mercado del vídeo y en televisión no se pasaban hasta dentro de muchos años (nunca menos de cinco), no había prisa por retirar los grandes estrenos de las pantallas. Y qué pantallas, señores. Hubieran hecho falta los ojos de un camaleón para abarcar la del Real Cinema, en la madrileña Plaza de la Ópera, que fue donde entré en el universo Star Wars. Desde luego, el mejor sitio para dejarse apabullar por ese crucero imperial que surgía desde la esquina superior derecha de la pantalla y parecía estar saliendo toda una eternidad.

A ese respecto, sí que recuerdo una anécdota, que es una de mis favoritas. Tiene que ver con los días previos al estreno, cuando George Lucas y su entonces esposa, Marcia, estaban aún trabajando en el montaje final. Marcia Lucas era montadora, y por todo lo que se comenta, una gran conocedora de su oficio, y a ella se debe una frase lapidaria que pronuncio justo antes de un pase previo, uno de esos preestrenos que se hacen en Estados Unidos para juzgar la reacción del público y ver si es necesario cambiar alguna cosa:

- Si el público no aplaude cuando el Halcón Milenario aparece al final para salvar a Luke, no tenemos película.

Según cuenta John Baxter, biógrafo de Lucas, en aquel pase previo los aplausos comenzaron mucho antes. En la batalla espacial del principio; cuando el Halcón Milenario entra en el hiperespacio por primera vez; en la lucha con los cazas imperiales; y cuando al final el Halcón reaparece por sorpresa para participar en la batalla final, la gente, más que aplaudir, saltaba de sus asientos, tiraba al techo las gorras de béisbol (yanquis, ya saben…), aullaba, aplaudía y parecía que iba a echar el cine abajo. Tenían película.

Yo tenía trece años entonces. Y sin tanto aullido y tanto salto como describe Baxter, recuerdo exactamente cómo el Real Cinema también se vino abajo. ¿Son los años que han pasado, es lo que uno ha envejecido, o es que las películas ya no nos emocionan como entonces? ¿Cuándo vieron ustedes su primera Guerra de las Galaxias?

viernes, mayo 25, 2007

Guardián de la moral

Nos habíamos quedado el otro día en Will Hays, que durante años, y por su cargo de Presidente de los Productores y Distribuidores de Películas de America, fue en la práctica el principal censor del mundo del celuloide. Por la imagen pueden ver que no era precisamente Errol Flynn y que una visita al dentista no le habría venido nada mal. Pero me temo que, como todo profesional de la censura, la podredumbre no se limitaba a sus dientes, sino que estaba profundamente incrustada en su cerebro.

El origen del reinado de Hays fueron los escándalos que protagonizaron muchas de las estrellas de cine durante la etapa muda: Wallace Reid, muerto a los 32 años por exceso de alcohol y drogas; Charles Chaplin acusado de bigamia y de simpatizar con los comunistas; Fatty Arbuckle, condenado por violar a una chica con una botella durante una fiesta salvaje… Poco importa que muchos de estos escándalos no fueran reales o sus circunstancias hubieran sido exageradas por la prensa amarilla de la época (al lado de la cual, Aquí hay tomate parece una ONG); en el país con mayor número de puritanos por metro cuadrado, aquello era suficiente para que Hollywood se convirtiera en sinónimo de sexo y depravación. Y los productores decidieron autocensurarse antes de que su floreciente negocio se fuera a pique por presiones populares o, incluso, acciones directas del gobierno.

Will H. Hays era presidente del Comité Nacional Republicano bajo el mandato del presidente Warren G. Harding, y fue la persona designada para velar por que la moralidad de Hollywood se mantuviera prístina. En los primeros tiempos, las cosas estuvieron tranquilas: Hays lanzó una lista de temas que no se podían tocar, y de otros que sí, aunque cuidadosamente. Pero con la llegada del cine sonoro, surgieron nuevos peligros, entre ellos películas con argumentos más elaborados y que, por tanto, pudieran tratar temas inconvenientes, y la amenaza siempre presente de las palabrotas. Había que hacer algo, y de hacerlo se encargaron Martin Quigley, editor católico del Motion Picture Herald, y Daniel J. Lord, profesor de arte dramático, que cogieron las recomendaciones de Hays y las convirtieron en un Código aceptado por la industria cinematográfica el 31 de marzo de 1930, y conocido en la industria como el Código Hays.

Este Código estuvo presente durante muchos años. Vamos a repasar algunos de sus puntos:

Los triángulos amorosos podían tratarse, pero siempre y cuando al final siempre prevaleciera “el matrimonio, la santidad del hogar y la moralidad sexual”.

Las escenas de pasión no debían “ser explícitas ni demasiado vívidas, por ejemplo estrechando los cuerpos, con besos lascivos y prolongados, con abrazos evidentemente lascivos o con posturas que puedan levantar pasiones” (en su aplicación práctica en las películas, esto quería decir que los besos no podían durar más de tres segundos, y siempre con la boca cerrada).

Sobre el uso del lenguaje, los juramentos “jamás deben ser utilizados como un elemento de comedia”, y el nombre de Jesucristo no debía utilizarse, salvo en sentido piadoso.

Los bailes que aparecieran en pantalla no debían ser “sugerentes”. “Los bailes del tipo Can-Can… son malos. La llamada danza del vientre es inmoral, obscena y totalmente inapropiada”.

Y, por supuesto, entre los temas estrictamente prohibidos estaban las “perversiones sexuales” o las relaciones sexuales entre las razas negra y blanca.


Hay mucho más, pero tampoco se trata de que el post se haga eterno. Aquí cada uno tendrá su opinión, pero a mí, cada vez que leo esto, me entran unas ganas enormes de atar al señor Hays a una silla y obligarle a tragarse los tres Torrentes uno detrás de otro...

jueves, mayo 24, 2007

Más que palabras


Tenía pensado que dejáramos por hoy Lo que el viento se llevó pero, a riesgo de ponerme pesado, hay alguna otra historia que me gustaría compartir. ¿Se han fijado en que es una de las películas con mayor número de frases convertidas en clásicas? Puede que la otra sea Casablanca, (aquí tienen una lista de las cien más famosas de la historia del cine) pero en Lo que el viento... encontramos piezas inmortales como “A Dios pongo por testigo que nunca volveré a pasar hambre”, “Mañana será otro día” y, desde luego, la que hay que decir en inglés para cogerla con toda su fuerza: “Frankly, my dear, I don’t give a damn”, con la que Rhett Butler le termina diciendo a Scarlett O’Hara, sin mucha delicadeza, que hasta aquí hemos llegado, chata.

La frase en cuestión trajo cola. En España se tradujo como “francamente, querida, me importa un bledo”, con lo que nunca llegamos a enterarnos mucho de la polémica. Pero en Estados Unidos, “damn”, (“condenación”) era entonces un término bastante fuerte que nunca se había utilizado en una pantalla de cine. Y en aquellos tiempos estaba todavía vigente el Código Hays, implantado por el fascista puritano que le dio el nombre. Pero ni siquiera la amenaza de Hays podía detener a Selznick, que voló hasta Nueva York y se pasó cuatro horas discutiendo con el censor, explicándole que la palabra “damn” era esencial para retratar la crudeza de los sentimientos de Butler.

Finalmente, Hays accedió. De todos modos, la película fue multada con 5.000 dólares, por “violar el código de producción”, pero como el presupuesto ya andaba rondando los cuatro millones de dólares, es de suponer que Selznick no le daría mayor importancia.

Los americanos tuvieron que esperar doce años para que se oyera otro “damn” en la pantalla (no sé en qué película, por cierto), pero aquí no tendremos que esperar tanto para seguir con Hays. Más sobre esta buena pieza mañana, hombre, que me he quedado con munición.

miércoles, mayo 23, 2007

El misterio Cukor

Como resultado del post de ayer, me quedó una cierta curiosidad por repasar exactamente qué ocurrió para que George Cukor fuera despedido del rodaje de Lo que el viento se llevó, así que me he puesto a indagar en la biblioteca. Desgraciadamente, no hay unanimidad, aunque creo que podemos descartar la supuesta homofobia de Clark Gable como motivo principal. Pero una de las fuentes más fiables es, sin duda, el propio productor (y verdadero artífice) de la película, David O. Selznick.

Tan megalómano, tan obsesivo, tan tiránico y tan genial como todos sus contemporáneos, esos magnates que con su habilidad forjaron la leyenda del Hollywood clásico, Selznick era conocido por el mote de "El gran dictador". No por su carácter despótico, sino porque no cesaba de dictar en todo el día a un ejército de secretarias. Sus memorandums -a veces de hasta veinte páginas de extensión- concernientes a los detalles más insignificantes de una película ocuparon, tras su muerte, dos mil cajas de archivo, que conservaba además correctamente organizadas.

Algunos de estos memos fueron seleccionados y editados por el historiador del cine Rudy Behlmer, en un libro apropiadamente titulado Memo from David O. Selznick. Son sólo 500 páginas, así que cabe imaginar que apenas constituyen una pequeña parte… Pero echemos un vistazo a Lo que el viento se llevó y encontramos un memo enviado a George Cukor el 8 de febrero de 1939 donde Selznick le pide que establezca un sistema de trabajo que le permita ver cada escena de la película completamente ensayada antes de que comenzara su filmación. Sólo cinco días después, el 13 de febrero, aparece un comunicado de prensa donde dice:

“Como resultado de una serie de desacuerdos entre nosotros sobre muchas de las escenas individuales de Lo que el viento se llevó, hemos decidido mutuamente que la única solución es escoger a un nuevo director en la fecha más temprana posible”.

¿Qué ocurrió? En una nota a pie de página, Behlmer aclara que los archivos de Selznick no contenían ninguna información sobre el despido de Cukor, pero cita unas declaraciones del productor fechadas en 1947: “Me pareció que, mientras Cukor era insuperable cuando se trataba de dirigir las escenas íntimas de la historia de Scarlett O’ Hara, carecía de la grandiosidad de vista y sentimiento que necesitaba la producción”.

Y Cukor, por su parte, declararía en 1968: “Mi teoría, después de todos estos años, es que para David Selznick Lo que el viento se llevó fue el esfuerzo supremo de su carrera; estaba enormemente nervioso con todo (…) Por primera vez, quiso venir al plató y ver cómo dirigía algo que ya habíamos decidido antes. Era enervante”.

Creo que queda bastante claro que no se entendían, y que Victor Fleming fue bastante más obediente… Aparte, que Cukor le cayera mejor o peor a Gable, eso ya es otro cantar.