domingo, diciembre 23, 2007

Mundo de juguete

Más que una única Navidad, podríamos decir que lo que hay son millones de ellas, cada una a la medida del que las vive y las recuerda. Analizándola fríamente, tiene tantos puntos negativos como positivos; el consumismo, las reuniones por obligación, las cenas de compromiso, la copa de la empresa y las masas de compradores en el centro de las ciudades estarían entre los primeros. En el segundo apartado… bueno, aquí es donde cada uno aporta lo suyo. A mí, ya ven, a pesar de todo lo enumerado, me siguen gustando (lo que odio con toda mi alma es la noche de fin de año); el problema es que, a medida que se van cumpliendo años, hay cada vez un mayor número de navidades pasadas que van imponiendo su recuerdo en la presente. No nos ocurre con los cumpleaños, con los aniversarios de boda… pero con la Navidad, sí. Difícil saber por qué.

Quizá sea porque estos son los momentos del año donde más nos presiona la memoria de la niñez, aquella época en la que estos días eran días mágicos, y nos pasamos la vida adulta intentando recuperar esas sensaciones, volver a aquel mundo donde vivías confortado por el amor y calor; hasta el frío tenía una particular calidez. Pero no es fácil. Aunque las señales siguen ahí, la edad parece habernos embotado los sentidos. ¿Por qué los adornos del árbol ya no nos llaman como antes? No hablo solo de las bolas de colores; yo recuerdo las casitas nevadas colgando de las ramas, o los diminutos muñecos de nieve, con su chistera y su zanahoria; más que adornos, parecían eran una mezcla de juguete y dulce, una versión más artística del turrón y el guirlache.

Salir a la calle con nuestros padres en los días previos a la Navidad no tenía nada que ver con la vorágine actual y, si lo tenía, no nos dábamos cuenta de ello. Había gente, desde luego, pero sólo parecíamos tener ojos para la iluminación de las calles; un simple abeto decorado con bombillas de colores nos parecía un prodigio, como si por unos momentos hubiéramos ido a parar a ese mundo de juguete que habíamos atisbado en las casitas del árbol o en las figuritas del belén.

Ir al cine era también una experiencia, sobre todo en una ciudad de provincias: estaba asociado con el frío y tenía mucho de expedición, por aquellas calles atestadas con los villancicos sonando sin parar por los altavoces municipales. Y se iba a ver películas de niños, de dibujos, o de lo que hubiera, porque en un sitio con seis cines, donde los estrenos de la capital llegaban cuando llegaban, poco se podía hacer, y lo habitual eran películas de serie de segunda o tercera mano. Recuerdo, por ejemplo, algunos zorros y, desde luego, muchos tarzanes, felices en su selva artificial, columpiándose en taparrabos, insensibles al frío que se padecía en la ciudad del otro lado de la pantalla.

En televisión, la oferta era todavía peor. Había poco, y además, en blanco y negro. Y, como ocurre en Semana Santa, parecían poner siempre las mismas películas. En todas ellas había mucha nieve, grandes muñecos en el jardín, familias felices y niños repelentes. Y se cantaba mucho. En inglés, además. Unos villancicos educadísimos al lado de la chimenea, sin zambomba ni panderetas. Y poco a poco, año a año, fuimos conociendo esos villancicos extranjeros que nos fueron transmitiendo el ambiente navideño con la misma eficacia, si no con más, que nuestros bullangueros clásicos con los peces en el río o la burra que va hacia Belén cargada de chocolate, que tantas bromitas ha provocado en determinado ambientes de la zona de Cádiz.

Y una de estas escenas es la que les traigo hoy. Pocas voces han cantado mejor este villancico que esta pareja de sinvergüenzas. Eso sí, en su decorado de Hollywood, tan perfecto, tan a la medida, que parece como si Crosby y Sinatra hubieran conseguido colarse dentro de una de esas casitas de juguete que colgaban del árbol de mi infancia.

Tengan todos una Feliz Navidad, y nos vemos allá por el dos de enero.

Vince

miércoles, diciembre 19, 2007

Los Reyes... no son nadie

El amigo Lynx, frecuentador de este blog, incluía el otro día en el suyo una convincente lista de razones por las que hay que preferir a los Reyes Magos antes que a Papa Noel. Yo estoy completamente de acuerdo en todas, y aún se me ocurre alguna más… Pero qué quieren que les diga, si hemos dejado que ese gordinflas seboso, explotador de elfos sin contrato y vestido siempre como una lata de Coca-Cola (compañía con la que, sospecho, tiene algún acuerdo poco honorable) les gane por la mano a nuestros Reyes de toda la vida, más culpa tenemos. Papa Noel tiene sopotocientas películas dedicadas a él, por no hablar de especiales de televisión, shows navideños, aparición como artista invitado en series de divas y anuncios comerciales... Y los Reyes Magos, ¿qué tienen?

Probablemente yo esté equivocado, pero juraría que la única película que el cine español ha dedicado a los sabios de Oriente fue la producción de dibujos animados Los reyes Magos, estrenada en 2003, que por cierto, constituyó un éxito de taquilla y contribuyó a abrir la animación como uno de los dos géneros en los que nuestro cine, por fin, empieza a quitarse las legañas (el otro es el terror). Un poco tarde, si quieren mi opinión. Porque yo juraría que a lo largo del siglo XX el cine español no les ha dedicado ni una sola película. Si algún lector tiene datos al respecto, que avise.

¿Quiere esto decir que los Reyes Magos, salvo esta excepción, nunca han aparecido en el cine? No exactamente; lo han hecho de vez en cuando, pero bastante camuflados. Uno de los casos más recientes es Tres Reyes (1999), la peli de David O. Russell, donde son tres marines que acaban ayudando a la población iraquí en la primera Guerra del Golfo. Luego tenemos La primera noche de mi vida (1988), de Miguel Albadalejo, donde se las arreglaba para meter algo parecido a los Reyes Magos en un barrio de la periferia de Madrid. Y luego, sin lugar a dudas, tenemos Tres Padrinos (1948), de John Ford. Un western, ni más ni menos. Pero un western navideño.

El argumento de esta película merece recordarse: los tres padrinos, con John Wayne al frente, son en realidad tres bandidos que piensan atracar el banco del pueblo de turno. Perseguidos por el sheriff, optan por adentrarse en el desierto para escapar. Allí encuentran a una mujer moribunda con un bebé en brazos, que les pide que cuiden de él. Tras morir la mujer siguen su periplo, ahora con el recién nacido, en busca del pueblo más cercano. Sólo Wayne lo consigue, y el pueblo al que llega se llama, ya es casualidad, New Jerusalén. Por si las cosas no quedaran claras, cuando un deshidratado John Wayne entra en el saloon con el bebé en brazos, el pianista está tocando Noche de Paz. Aquí no se ha visto demasiado, pero en Estados Unidos es considerada -con toda justicia- una película de Navidad.

Así que no nos quejemos. ¡Hasta los americanos tienen más imaginación para filmar a los Reyes Magos que nosotros!

P. D. Sobre el post anterior, donde les hablaba del especial de vacaciones de La guerra de las galaxias, ¡he encontrado un bloguero español que consiguió verlo! Aquí les dejo su crónica, para que vean que no les exageraba; no tiene desperdicio (la crónica, se entiende, no el especial).

lunes, diciembre 17, 2007

Desastre galáctico

Seguro que esto les ha pasado alguna vez: están de viaje en alguna parte, encuentran algo que les gusta, pero no están seguros de comprarlo o no, al final no lo hacen y luego, de vuelta a casa… se arrepienten. Es lo que me ocurrió hace unos años, cuando en una librería de Estados Unidos ví un libro titulado Los cien mayores errores de la televisión. Lo cogí, lo hojeé, pero, como tenía ya bastantes libros en la cesta, al final decidí dejarlo. Luego, cuando he vuelto al país, no lo he encontrado de nuevo. Una pena, porque el libro trataba exactamente de eso: de las mayores equivocaciones cometidas por los ejecutivos de la televisión estadounidense. Y de una de ellas es de la que vamos a hablar hoy.

Corría el año 1978 y George Lucas era, sin duda alguna, el nombre más caliente de Hollywood. Con La guerra de las galaxias (1977) no sólo había conseguido el taquillazo del año, sino sentado las bases de una nueva manera de entender el negocio del cine, basada en la comercialización de todo tipo de productos relacionados con la película. Todo el mundo quería más Star Wars, y nadie estaba dispuesto a esperar a que llegara la anunciada segunda parte. En estas, la cadena CBS tentó a Lucas con una oferta: filmar un especial Star Wars para la televisión. Se escribía una historia, se rodaban algunas escenas con los actores originales, y las escenas en el espacio se llenaban con planos descartados del metraje de la película. Lucas accedió, pero aparte de alguna reunión preliminar, no estuvo implicado personalmente en el proyecto. Cuando lo vió en televisión, casi le da algo.

¿Qué había ocurrido? Bueno, para empezar la historia original era bastante chorra: Han Solo y Chewbacca viajaban en el Halcón Milenario al planeta natal de este último, donde le esperaba su familia para celebrar lo que ellos llamaban “El día de la vida” que, según las interpretaciones, podía referirse a la Navidad o al Día de Acción de Gracias, pues el especial se emitió a caballo entre dos fechas. Por el camino se veían perseguidos por un par de destructores imperiales, mientras la princesa Leia y C3PO intentaban ayudarles desde la base rebelde. Luke Skywalker y R2D2 también salían, aunque no tengo muy claro para qué… y al final, por supuesto, conseguían llegar todo el mundo era feliz, cantando y bailando.

Vamos, no es precisamente el guión de El acorazado Potemkin, pero es que, encima, las cosas se complicaron: la CBS, viendo el filón publicitario que tenía en sus manos, quiso alargar la duración del programa, de una hora a dos. Para ello metieron todo tipo de morcillas, como alguna escena de la cantina en Mos Eisley, con números musicales entre humanos y extraterrestres. También salían como invitados el grupo Jefferson Starship (por aquello del nombre, supongo). Y, como ni así se llegaba a las dos horas, añadieron una película de dibujos animados de veinte minutos de duración que recordaba la trama de la película original y que veía uno de los críos wookies (parece que en planeta de Chewbacca tenían televisión) mientras esperaba que llegara su papá.

Claro, de tanto batiburrillo no podía salir nada coherente. La crítica la destrozó, y Lucas desde entonces ha utilizado todo su poder para retirarla de la vista del público. Jamás ha salido en vídeo, ni se ha vuelto a emitir. Pero durante años han circulado copias piratas, obtenidas a partir de los afortunados que grabaron en vídeo la única emisión. Internet también ha hecho lo suyo. Aquí tienen una página Web dedicada íntegramente a este programa, y si van a You Tube y teclean en el buscador “Star Wars Holiday Special” o “Star Wars Christmas Special”, se encontrarán con algunos clips con escenas originales.

Eso sí, ustedes verán si se los quieren tragar. Porque para encontrarle la gracia a esto hay que ser muy, pero que muy friki…

domingo, diciembre 16, 2007

Navidades alternativas (¿Las necesitamos?)


Y a medida que los días se van haciendo más fríos, la noches más cortas y El Corte Inglés más multimillonario, ¿No va siendo hora de que hablemos de las películas de Navidad? En primer lugar, cabe hacerse una pregunta. ¿Por qué existen? Ah, claro, porque hay niños. Pero eso es una cosa, y otra es suponerse que todos los críos del planeta sean cursis, medio lelos o lelos del todo, y que se traguen todas esas sobredosis de almíbar con las el cine, especialmente el norteamericano, tiende a cargar este tipo de cintas “para toda la familia”. Visto lo que consideran “para toda la familia”, no me extraña que en Estados Unidos tengan una epidemia de diabetes infantil.

Hablando en serio, el asunto de las películas navideñas no deja de ser más bien polémico. ¿Deben existir? ¿Nos gustan o las odiamos? ¿Son mera colonización yanqui, con el gordinflas de Santa Claus por todas partes, o transmiten valores y buenos sentimientos universales? Y ya puestos, ¿Cómo es que a Vince Vaughn (Dios Santo, que ese tipo sea tocayo mío… y yo ni siquiera me he ligado a Jennifer Aniston) no le han metido en la cárcel después de la última abominación con que ha invadido cientos de pantallas de nuestros cines?

Pues miren, para que no digan que no tengo espíritu navideño, voy a dejarles hoy una pequeña lista de películas de Navidad alternativas. Y, como siempre, se aceptan sugerencias y opiniones:

Plácido (1961) de Luis García Berlanga. Empezamos por la más descarnada, pero eso no quita para que siga siendo genial, de cuando Berlanga estaba en su apogeo. Ahora, no creo que la veamos por la tele en estas fechas; poner esta peli sobre la Navidad en Navidad es algo así como emitir La vida de Brian en Viernes Santo (tampoco sería mala idea)…

¡Qué bello es vivir! (1946), de Frank Capra. Bueno, esta de alternativa no tiene nada, de hecho, es la película navideña por excelencia, y aún así… ¿Es que la tienen que echar en Navidad SIEMPRE? Por Dios, hay otros 364 días en el año para disfrutar de ella.

Arma letal (1987) y Jungla de Cristal (1987). Pues sí, los dos clásicos del cine de acción, tiros y tentetieso de los ochenta ocurren durante los días de Navidad; así que entran aquí con todo derecho. ¡Yipi-kai-yay!

Pesadilla antes de Navidad (1993), un prodigio salido de la fábrica de ideas de Tim Burton, como años después lo haría La novia cadáver (2005), igualmente prodigiosa pero en mi opinión, inferior. Esta sí que consigue hacer disfrutar a chicos y grandes, aunque la verdad es que la trama está a caballo de Navidad y Halloween… pero cuela.

Gremlins (1984), de Joe Dante. Aquella escena de los bichejos del título cantándole villancicos a la viejecita del pueblo y casi cargándosela del susto… ¿Qué quieren que les diga?

De momento eso es todo. Tengo pendiente, si les parece bien, una entrada con anécdotas sobre la historia y el rodaje de ¡Qué bello es vivir! Pero, antes, mañana vamos a hablar de una de las peores películas de Navidad que jamás se hayan hecho. La verdad es que fue, más bien, un especial para televisión, pero originado por una legendaria saga cinematográfica y un todopoderoso director / productor. Seguro que los más espabilados ya saben de lo que estoy hablando.

P. D. Sobre la entrada anterior, sólo quería aclarar que el Truman Capote de la foto era… el verdadero Truman Capote. Lo siento por los que hayan picado, pero no pude resistir la tentación. A veces uno se levanta traviesillo...

jueves, diciembre 13, 2007

El (otro) show de Truman

Por fin conseguí ver Historia de un crimen. Este título, no demasiado imaginativo, es el que le han puesto en España a Infamous, la segunda película sobre Truman Capote rodada el año pasado, y estrenada unos meses después de la más conocida Capote. Las dos cintas tratan, más o menos, sobre lo mismo: la redacción de A sangre fría, y las consecuencias que tuvo sobre el escritor su implicación profesional y personal en la historia. Su destino ha sido bastante diferente: Capote la ha visto mucha gente, y ha supuesto el Oscar al Mejor Actor para Philip Seymour Hoffman. Historia de un crimen ha pasado casi desapercibida, y eso que tiene un reparto mucho más conocido: Sigourney Weaver, Jeff Daniels, Daniel Craig, Gwyneth Paltrow y una Sandra Bullock que, no se lo van a creer, pero está estupenda. En cuanto al papel de Capote, está interpretado por el actor inglés Toby Jones, y después de verle sólo puedo concluir que Hoffman le ha robado el Oscar. Como suena. Que conste que Hoffman está muy bien, pero el trabajo de Jones va mucho más allá, sobre todo a la hora de representar al Truman locaza, cotilla y estridente, pero al mismo tiempo encantador y seguro de sí mismo que en la otra película apenas se avista, con una imagen mucho más contenida.

Cuando Hollywood se pone a filmar dos versiones de la misma historia, cosa que ha ocurrido ya varias veces -es tan fácil que no voy a poner ni ejemplos; trabajen ustedes un poco-, las comparaciones son odiosas. En este caso, para mí la mejor sería una combinación de ambas películas. Pero hay un actor que me chirría en Historia… Daniel Craig. El último 007 interpreta a Perry Smith, uno de los dos asesinos, el que trabó mas amistad con Capote y, a juzgar por el retrato que de él nos hace en A sangre fría, el que se dejó llevar por su compañero Dick Hickock para cometer los asesinatos. Aquí está el problema. Daniel Craig es buen actor, de eso no cabe duda. Pero también es una mala bestia, con una mirada que da escalofríos. Y cuesta mucho creer que su Perry Smith se vaya a dejar manipular por nadie; ni por Hickock ni por Capote.

De los tres actores que han interpretado a Smith, el mejor sigue siendo, sin duda, Robert Blake, que le dio rostro en la adaptación cinematográfica de A sangre fría. Fue una elección personal del director Richard Brooks, que incluso encontró un cierto parecido físico entre actor y personaje. Y, ya saben, la vida imita al arte: en 2001, el propio Blake fue acusado de asesinar a su mujer, en una especie de secuela del caso O. J. Simpson. Al igual que Simpson, consiguió evitar la cárcel (o algo peor, que esto es Estados Unidos…), pero los costes del juicio le arruinaron, y no ha vuelto a saberse gran cosa de él. Algunos lo habrían considerado justicia poética, pero hubiera sido excesivo que el actor muriera de la misma manera que su personaje de años atrás...

Por cierto, una pregunta sobre la foto de esta entrada. ¿Cuál de los dos Capote creen que es, Hoffman o Jones?

lunes, diciembre 10, 2007

Tesoro oculto

Hemos hablado en ocasiones en este blog de las descargas por Internet; de si vale la pena comprar o no películas, y del morro que tienen las productoras cobrando lo que cobran por los lanzamientos. También del asunto de los extras, y de muchos DVDs rellenos de supuestos contenidos extra que, en realidad, no son más que horas y horas de pura filfa. Y una conclusión a la que he llegado es que, si fueran un poco más decentes con los precios y con los contenidos, probablemente la gente descargaría menos y compraría más.

Sucede, a veces, que hay algunos DVDs baratos y con un contenido que sorprende por su calidad. Es de lo que les quería hablar hoy. Hace unos días anduve de compras. Entre las películas que cayeron está Bullitt, el clásico de Steve McQueen rodado por Peter Yates en 1968, que ha pasado a la historia del cine por su persecución a toda caña por las calles de San Francisco. Bueno, pues el DVD que me compré corresponde a la edición especial de dos discos lanzada por la Warner. Con esta colección hay que tener cuidado: por ejemplo la edición especial de Amarcord no está mal, pero la de Uno de los nuestros es flojita, con ganas. Y en la de Bullitt, los extras del disco 2 corresponden a un documental sobre Steve McQueen de una hora y media de duración, superficial (pasa de puntillas sobre los aspectos más negativos de su vida) pero muy entretenido, y otra cosa que en la carátula se anuncia, así, sin más alharacas, como “la magia del proceso de edición en el cine”.

Aquí llegó la sorpresa: porque resulta que ese extra consiste en un documental de 90 minutos sobre la historia del montaje, que es de lo mejor que estos ojitos se han visto en años. Scorsese, Spielberg, Lucas, Jodie Foster, Sean Penn, Tarantino, son algunos de los actores y directores que aparecen en él hablando del trabajo de los montadores, con ejemplos prácticos de cómo su labor es imprescindible a la hora de conseguir que una película nos sorprenda, nos conmueva, nos divierta o nos aterrorice. Con escenas de por lo menos cincuenta películas distintas, comenzando por el Hollywood clásico y llegando hasta Matrix, Cold Mountain, Titanic... Por supuesto, también aparecen algunos de los mejores montadores de Hollywood, entre ellos la gran Thelma Schoonmaker, mano derecha de Scorsese en casi toda su filmografía. Una maravilla, que justifica por sí sola la compra del DVD. De hecho, en otros países se vende como un DVD aparte. Y esa joya la tienen ahí, semioculta, como si fuera parte del relleno.

Aquí tienen algo más de información. Pero, entre nosotros, por sólo nueve euros, que es lo que vale más o menos esta edición, es un pedazo de regalo navideño. Para los amigos cinéfilos… o para ustedes mismos, qué caray.

domingo, diciembre 09, 2007

Atracón

Pues sí, lo de este puente ha sido un verdadero atracón de cine español, y además en soportes de lo más variado: DVD, televisión, cine. Cuatro películas han caído, algunas por primera vez, otras revisitadas. Aquí les dejo un breve resumen estimatorio, por nivel estricto de preferencia, de más a menos:

El espíritu de la colmena (Victor Erice, 1973). A veces con las películas pasa como con los perros: un año de edad equivale a siete. Esta tiene ya 34 años, y sigue como una pera, sin necesidad de liftings. Más allá de la historia que cuenta, y de uno de los mejores trabajos de fotografía que se hayan visto en el cine patrio, sorprende que pocos directores españoles, por no decir ninguno, hayan tomado lecciones de Erice sobre la elipsis, la supresión de diálogos innecesarios, el uso de la cámara y las miradas para decirlo todo. Ese tramo central, de unos veinte minutos de duración, donde se cuentan tantas cosas y apenas se dicen dos frases. Y lo más prodigioso es que estamos tan embebidos en la trama que no nos damos cuenta hasta después de que nos han narrado la historia no a base de verborrea, sino a base de cine.

El orfanato (Juan A. Bayona, 2007). Pues no, aún no la había visto. Me habían llegado sobre ella comentarios de lo más variado, y no todos elogiosos. Pues soy de los que le ha gustado. La comparación con Los Otros es inevitable, pero no porque esta película le robe cosas, sino más bien porque tanto Bayona como Amenábar se han inspirado en las mismas fuentes, y así, claro… Aunque le sobran clichés (“verás tú el bote que pega el patio de butacas con esta escena de la mano de la muerta”) y planos exteriores del orfanato (vale que el edificio es muy bonito, pero al vigésimo paseo de la cámara por la fachada uno empieza a cansarse), creo que gana esta, quizá porque me ha tocado mucho más la escena final, donde la historia de Peter Pan (¡y de Wendy!) cobra todo su sentido a la hora de ligar la trama, y desde luego, por Belén Rueda, cada vez más un valor infalible de cualquier película en la que se meta.

Atún y chocolate (Pablo Carbonell, 2004). Bueno, esta la pusieron el sábado en Versión Española, y me la tragué. Pero aquí no soy imparcial: es que está rodada en Barbate y Zahara de los Atunes, dos pueblos que conozco muy bien, y siempre entretiene ir reconociendo paisajes, calles, playas… ¡Y la inevitable tienda de Zahara, donde se compra el tabaco, el periódico, las revistas, el bronceador y el bestia-seller para leer en la arena!. Por lo demás, flojita, con momentos divertidos, sobre todo si se es de la zona. Un problema: si uno no es andaluz, o lo es pero no tiene acento -caso de un servidor- no intenten imitarlo, porque queda fatal, y si lo intentan, no lo hagan llenándolo tó de zeta y penzando que azí uno zuena andalú a tope. Si Carbonell hubiera tenido esto en cuenta, su interpretación chirriaría menos.

Las largas vacaciones del 36 (Jaime Camino, 1976). La Guerra Civil vista desde las casas de verano de unos burgueses catalanes, donde se refugian a medida que va avanzando la contienda. En su día llamó la atención por ser de las primeras películas que se apartó de casi cuarenta años de cine oficial (franquistas buenos, republicanos cabrones) para presentar la versión contraria (franquistas joputas, republicanos guays). El problema es que el guión es flojo y cae una y otra vez en tópicos, que luego además serían retomados por películas posteriores sobre el mismo tema; el reparto hace lo que puede, pero de donde no hay, no se puede sacar. Flojita hace treinta años, y prescindible ahora.

Y eso ha sido todo por hoy. ¡Esto sí que ha sido un puente cinematográfico… y no el de Landa y Bardem!.

sábado, diciembre 08, 2007

Quiero ese pavo, y lo quiero ya

Hace algunos años, cuando uno era un periodista considerado, la Navidad era otra cosa; cada diciembre me llevaba a casa una generosa ración de cohechos que casi todos los días del mes se depositaban diligentemente sobre mi mesa. No se crean que estaba solo en esto, por cierto: estas fechas tan señaladas son definitivas para que los chicos de la prensa saquemos a plena luz nuestra vena de gorrones. Hace un tiempo, un amigo que entró a trabajar en cierto diario acentuado y global, me lo comentaba:

- Es acojonante, tío. En el periódico hay una reglamentación que impide aceptar regalos en la redacción por un importe superior a veinte euros. Pero llega la Navidad y es que el parking se llena de jamones, cajas de vino, lotes de Navidad y yo qué sé qué más.

- Tú lo has dicho, chaval.- Expliqué yo. - La reglamentación impide aceptar regalos superiores a veinte euros en la redacción. No dice nada del parking.

Les contaba todo esto porque, entre tanta caja de vino, libro ilustrado, edición especial de DVD o teléfono móvil, para mí la Navidad no empezaba hasta que llegaba el calendario. Este calendario me lo enviaba la empresa donde empecé mi carrera periodística, y desde que cambié de aires sus sucesivas ediciones han estado colgadas en mi casa, año tras año. Para mí es mucho más que algo para consultar los puentes. Tiene lazos con el pasado, con mis comienzos, con amigos que aún conservo. Una vez se lo dije al remitente: el día que me falte el calendario, me hundes.

Bueno, pues este año no me ha llegado. Misterio. Olvido, traspapeleo, descuido o algo así, parece que voy a tener que afrontar 2008 con otros aires. ¿No me puedo comprar otro calendario? Claro, y además, en el chino de la esquina me regalan uno cada vez que pido el menú del día. Pero a veces, como se suele decir, no es por el dinero, es por el detalle. Y si no, veamos el caso de Clint Eastwood.

¿Cuánto dinero tiene Clint Eastwood? Es difícil de saber, porque los contratos de sus películas incluyen muchas veces su función como director, productor, actor y últimamente, compositor, todo en un lote. Pero cabe suponer que es perfectamente capaz de comprarse un pavo sin que su economía sufra en exceso. El caso es que la Warner, la productora que ha respaldado la mayoría de sus películas, tenía la costumbre de enviar como regalo de Navidad un pavo a sus colaboradores más destacados. Clint, lógicamente, entre ellos. Y, según cuenta Patrick McGilligan en su biografía no autorizada de la estrella, los días anteriores al envío, en las oficinas de Malpaso el actor y director se dedicaba a dar la brasa a sus secretarias mañana, tarde y noche: “¿No ha llegado el pavo todavía?”. Cuando llegaba, se lo enviaban a su madre, se supone que para la cena de Navidad.

Un año las cosas se complicaron, y estaba claro que el pavo no iba a llegar a tiempo. En lugar de decírselo a su jefe, la secretaria de Clint habló directamente con la Warner. La solución fue enviar a un ejecutivo con el pavo, en vuelo regular. Y, para asegurarse de que el bicho llegaba bien, no viajó en el compartimiento de carga, sino en un asiento, al lado del ejecutivo en cuestión. Y en primera clase, además.

No me digan que, cuando Eastwood le hincara por fin el diente, el pavo no tuvo que saberle un poco a victoria.

lunes, diciembre 03, 2007

Ese duro oficio de guionista...

Se llama Mel, o por lo menos ese es su nombre artístico, y es humorista gráfico. Me fijé en él hace unos años, cuando publicó en el Diario de Cádiz la serie John Guiri, donde narraba las aventuras de un yanqui de Kansas que pasaba las vacaciones en Cai, rodeado de paisanos. Buenísima, divertida, genial. Ahora ha recalado en El Jueves, y en el número de esta semana ha publicado este punto de vista sobre la huelga de guionistas en Hollywood, y sobre el trabajo de los guionistas en general.

Me ha parecido tan acertada que se la coloco aquí, para que la echen un vistazo. Pulsen sobre las imágenes para agrandarlas y poder leer, y ya me contarán.

Y aquí tienen el blog de Mel, por si quieren echar un vistazo a más trabajos suyos.




domingo, diciembre 02, 2007

Rick no hay más que uno


Entre los aniversarios que se han celebrado estos días, resulta que también han caído los 65 años del estreno de Casablanca. Vaya por Dios. Yo es que no entiendo esa moda de empezar a celebrar el 65 aniversario de algo, en vez de los 50 años, o los cien, que era lo habitual. ¿Quiere eso decir que la jubilamos? Quizá no fuera mala idea, y así podríamos dejarnos de tanta mitomanía y ver esta cinta como lo que realmente es: una buena película, un clásico que ha resistido el paso del tiempo con más o menos dignidad… y al que se le notan también un poco las costuras.

Pero miren, este aniversario me viene bien para desfacer un entuerto que gira alrededor de esta película, y que cogió especial fuerza en los años 80, cuando Ronald Reagan fue presidente de Estados Unidos: la historia de que Reagan había estado a punto de protagonizar Casablanca. La olea de antireaganismo (no diré yo que injustificado) que recorrió España en esa época sirvió como gasolina para convertir la chispa inicial en un incendio, y la referencia apareció abundantemente en la prensa siempre que se hacía necesario a) mitificar Casablanca o b) meterse con Reagan. Pero la verdad es que la historia tiene muy poco de cierto.

Esta leyenda urbana (pues no es otra cosa) tiene su origen en una noticia publicada en The Hollywood Reporter el 5 de enero de 1942, donde la Warner Brothers anunció que su nueva producción, Casablanca, iba a estar protagonizada por Ronald Reagan, Ann Sheridan y Dennis Morgan. Pero esto tiene su explicación: estos tres actores estaban bajo contrato del estudio, y en aquella época, en la que se filmaban muchas más películas que hoy, era normal que los pasaran continuamente de un rodaje a otro para justificar sus elevados sueldos. En cuanto el productor Hal. B. Wallis comenzó a trabajar en serio en el proyecto, todo cambió. Ingrid Bergman reemplazó a Sheridan, y el papel de Victor Lazslo, que le hubiera correspondido a Dennis Morgan, fue a parar, tras considerar a muchos otros actores, a Paul Henreid.

En cuanto a Reagan, después de ese anuncio nadie volvió a considerarle para el papel. Otra leyenda sobre la película dicen que George Raft -cuya relación con la carrera de Bogart merece una entrada de por sí- también sonó para interpretar a Rick. Pero la prueba definitiva la aporta el historiador americano Rudy Behlmer en su libro Benihd the Scenes, donde aporta la fotocopia del memo enviado por Jack Warner a Hall Wallis, y en el que se lee lo siguiente:

“Querido Jack: he estado pensado muy seriamente el asunto de George Raft en Casablanca, y lo he discutido con Mike (Curtiz), y los dos pensamos que no debería estar en esta película. Bogart es perfecto para el papel y se está escribiendo específicamente para él, así que creo que deberíamos olvidarnos de Raft para este proyecto”.

Solucionados todos los temas de reparto, pues. Por cierto, ¿saben que en los 80 Casablanca se convirtió en una miniserie de televisión? Y el actor que interpretó a Rick fue David Soul, conocido sobre todo por la serie Starsky & Hutch. No he tenido ocasión de verla... pero sospecho que hubiera preferido a Reagan.

jueves, noviembre 29, 2007

Concierto privado

Aquí donde me ven, fui uno de los afortunados en conseguir entradas para el concierto de Bruce Springsteen el pasado domingo en Madrid. No voy a decirles como lo logré, porque tendría que explicar dónde están enterrados los cadáveres… El caso es que es la cuarta vez que veo al Boss en directo y, probablemente, sea la que más me haya gustado. Una anécdota para los amantes de los cotilleos: Ramón Calderón. Qué hacía en ese concierto el presidente del Real Madrid es algo que escapa a mi comprensión. Llegó el tío de chaqueta y corbata, lo más indicado para un concierto de rock; mientras todos los demás estábamos pegando botes, don Ramón estaba como una estatua en su silla, consultando no se qué en su teléfono móvil. Y finalmente, a eso de los tres cuartos de hora de concierto, desapareció; no sé a dónde, pero me da que no fue a fumarse unos petas para darse marcha…

Ya les digo, el concierto fue una gozada, pero hubo otro concierto del Boss, este bastante más personal, que hubiera dado un brazo por ver.

Verán: mis gustos musicales son bastante variados, pero tengo tres ídolos personales e intransferibles: Frank Sinatra (heredado de mi padre, que lo ponía todo el santo día), Bob Dylan (heredado de mis hermanos, que son bastante mayores que yo) y Bruce Springsteen (este sí que es de cosecha propia). Y hubo una ocasión en que tocaron juntos de forma espontánea. Lo cuenta J. Randy Tarraborrelli en su magnífica biografía de Sinatra (publicada en España por Ediciones B). Todo empezó cuando Frank se aproximaba a su ochenta cumpleaños, y comenzó a hablarse de organizar un programa de televisión en su honor. El problema era que el cantante no quería saber nada del asunto; la idea le horrorizaba, y su mujer, Barbara, no sabía qué hacer para convencerle. Finalmente, decidió invitar a cenar a su casa Dylan y a Springsteen -que iban a participar en el programa- para ver si eran capaces de hacerle cambiar de opinión. Para mantener un aire más tradicional, también invitó a Eydie Gorme y Steve Lawrence.

Tal y como se esperaba de ellos, Dylan y Springsteen se pasaron dos horas echándole flores a Sinatra y diciendo lo mucho que su música había significado para ellos, para sus padres, para todo el país. Poco a poco, a medida que corría el Jack Daniels, Sinatra se fue ablandando. Cuando los tres estaban ya borrachos como cubas, Dylan y Springsteen se turnaron en el piano y se dedicaron a cantar canciones de Sinatra. Al final, cuando todo el mundo se fue, Frank dijo a su mujer: “Estos tíos son geniales, deberían venir más a menudo. Hay que invitar a casa a Bruce y a Bob por lo menos una vez al mes”. A lo que su mujer, estiradísima en todos los sentidos, contestó tajante: “por encima de mi cadáver”.

Ese es un concierto al que me habría encantado asistir. Y no me vengan con que la anécdota de hoy es más musical que cinematográfica: a fin de cuentas, estos tres han salido en el cine...

martes, noviembre 27, 2007

Perillanes

Ya tenemos encima la Navidad, incluso mucho antes de que sea Navidad. No sé si falta mucho para que empiecen con la campaña navideña en septiembre… Al final, cuando llega de verdad, uno está hasta las narices de tanta lucecita, tanta publicidad, tanto villancico y tanto turrón. Eso sí, por el camino tenemos cosas tan tradicionales como el anuncio de Freixenet, que este año va a correr a cargo de Martin Scorsese, nada menos. Y alejándose de las burbujitas de todos los años, ya nos han adelantado (por cierto ¿qué narices hacen los informativos de televisión convirtiendo en noticia un anuncio publicitario que, de todos modos, van a emitir?) que este año la trama es muy diferente: un homenaje a Hitchcock, nada menos, con asesinato, intriga y, por supuesto, brindis y botella de cava.

Así que tenemos a un clásico homenajeando a otro clásico. El director de Malas calles ha explicado que el traje que lleva el protagonista es una copia del de Cary Grant en Con la muerte en los talones. Sin embargo, sólo hay que verlo para darse cuenta por lo que hemos podido ver hasta ahora, el argumento recuerda sobre todo a la segunda versión de El hombre que sabía demasiado (1956), protagonizada por el otro actor fetiche de Hitchcock, James Stewart, y concretamente, a la escena cumbre, con el atentado durante el concierto en el Albert Hall.

Aunque es una película que en su día disfruté muchísimo, la verdad es que a mí Hitchcock se me ha caído bastante con los años. Y eso que, si fuese estudiante de cine, ver todas sus películas sería una obligación ineludible. En cada una se va a encontrar una innovación en el montaje, el enfoque, el uso de la cámara, la narrativa. Son escuelas de cine, todas ellas. El problema son los personajes. Hitchcock no fue una persona demasiado agradable ni, de acuerdo con sus biógrafos, demasiado… humana, para entendernos. Y esa falta de humanidad se nota en sus películas. El ser humano no le interesa, salvo para utilizar su psicología para sus propios fines. Por eso se le dan tan bien los psicópatas, y le queda tan desdibujada la gente normal. Hay excepciones, como la conmovedora historia de Cary Grant e Ingrid Bergman en Encadenados, pero ahí contó con la ayuda de Ben Hecht en el guión y la colaboración no oficial de Clifford Odets para las escenas de amor. Y, siempre, con actores inmensos, como Grant, Stewart, Montgomery Clift… capaces de tapar sin despeinarse cualquier agujero en su personaje.

Hitchcock abunda en anécdotas, eso sí, y precisamente hay una relacionada con El hombre que sabía demasiado, la película homenajeada por Scorsese. Recordemos que la trama gira sobre el intento de asesinato de un embajador; según cuenta Hitchcock en el clásico libro de François Truffaut, cuando realizó un casting para el papel, pequeño pero significativo, del diplomático, le llegó un montón de fotos de actores que podían hacerlo… y todos tenían perilla y aire aristocrático. Cuando entrevistó a algunos de ellos, todos le decían que habían hecho de embajador o de ministro en tal o cual película. Como no quedó muy convencido, encargó otro casting: pidió a sus ayudantes una fotografía de todos los embajadores extranjeros destinados en Londres… Y ni uno solo llevaba perilla.

Así que cogió a un señor regordete y calvo, que era un reputado actor de teatro de Dinamarca. Y es que, por mucho que las películas nos hayan hecho creer lo contrario, los embajadores no llevan perilla, los detectives no llevan gabardina (los periodistas tampoco, se lo aseguro), y los malos no se retuercen las puntas del bigote.

miércoles, noviembre 21, 2007

"¡NO ME ADMIRE MÁS!"

Pues mire, don Fernando, ahora que ya no está usted con nosotros, y por lo tanto no puede pegarme uno de sus gritos mayestáticos (aunque, con esa voz que Dios le dio, sospecho que podría hacerse oír desde el más allá, si le diera la gana), siento decirlo, pero le voy a seguir admirando. Llevo haciéndolo muchos años porque, no se cabree, motivos no faltan: como director se lleva usted en la faltriquera, por lo menos, dos obras maestras: El extraño viaje (1964) y El viaje a ninguna parte (1986). Como escritor, tiene unas magníficas memorias y una de las obras de teatro más aclamadas de los últimos treinta años, Las bicicletas son para el verano (1982). Como actor, qué le voy a decir; es que las entradas de este blog tienen una extensión limitada… Ah, y no se me olvidan cosas como las series El Pícaro y Juan Soldado, verdaderos tesoros en aquella TVE donde ya se empezaba a oler a transición. Claro que también quedan por el camino interpretaciones en películas mediocres (las películas; a usted no le recuerdo mediocre jamás), algunos fallos garrafales como realizador (Fuera de juego (1991), sin ir más lejos), y una trayectoria como novelista a veces manifiestamente mejorable… Y, si me lo permite, en los últimos años, un cierto empeño en granjearse una curiosa reputación como energúmeno. Nadie es perfecto; ya lo dijo aquél.

Supongo que los periódicos de mañana se desharán en sesudas alabanzas al talento de este genial actor, director, escritor y cascarrabias, pero yo me voy a conformar con meter aquí una anécdota sobre él. Inédita, además, porque no se ha publicado en ninguna parte: esta me la contó un músico profesional que trabajó con él hace unos años en la banda sonora de algunas de sus películas. Las sesiones de trabajo solían celebrarse en la propia casa de Fernán-Gómez que, por lo demás, era un estupendo anfitrión… salvo por un pequeño detalle.

La cuestión es que, cuando ya llevaban un rato ahí, Fernán-Gómez interrumpía el trabajo para traer algo al personal. ¿Qué les apetecía, un cafetito, un te, un whisky…? Aquí estaba el truco. Si había más de uno que se apuntaba a tomarse un copazo, don Fernando sacaba un Ballantine’s, un J & B… es decir, un blended normal y corriente. Pero si nadie más quería whisky, entonces lo que sacaba era su pedazo de reserva de doce años, sabedor de que podía degustarla sin competencia. Todo fue más o menos bien, hasta que una tarde un músico que estaba trabajando con él le dijo: Oye, ¿sabes que me está apeteciendo a mí también un whiskycito, viendo lo a gusto que te lo estás tomando tú…? Así que Fernán-Gomez tuvo que ver con horror creciente como la sesión de trabajo se alargaba y el nivel de consunción del doce años bajaba de manera apreciable… Hasta que, por fin, no pudo más, se levantó y pretextando no sé muy bien qué excusa, puso a los músicos en la bendita calle.

Así que descanse usted en paz, don Fernando, que seguro que en el Cielo hay barra libre y etiqueta negra en abundancia. Vamos, es que como no la haya, me temo que le van a oír...

domingo, noviembre 18, 2007

"¡Americanoooos...!"


La verdad, a un servidor le gustan los aniversarios como a cualquiera (de hecho, este blog se nutre abundantemente de ellos), pero el que se ha celebrado esta semana ha sido de lo más rarito: 55 años del rodaje de ¡Bienvenido, Mister Marshall!. ¿55? ¿Y por qué no 54? ¿o 56? A ver si va a ser por aquello de la rima, porque si no, otra explicación no encuentro. Bueno, da igual: como en Guadalix de la Sierra, pueblecito donde se rodaron los exteriores, se han vuelto a engalanar (aunque no tanto como entonces) para celebrar este aniversario de rima fácil, vamos a hablar un poco de uno de eso que se suele denominar un clásico con mayúsculas, en este caso con todo merecimiento. Cada persona que la haya visto tendrá, probablemente, su momento favorito: el mío es el de la arenga de Don Cosme, el cura del pueblo, sobre la panda de pecadores que acecha en el país de las barras y estrellas:”Hay cuarenta y nueve millones de protestantes, cuatrocientos mil indios, doscientos mil chinos, cinco millones de judíos, trece millones de negros y diez millones de… nada”.

¡Bienvenido, Mister Marshall! abunda en anécdotas, alguna de las cuales consiguió dar al entorno de la película un tono más berlanguiano que la propia cinta. La más conocida tuvo lugar en el Festival de Cannes (donde se presentó a concurso y consiguió una Mención Especial del Jurado, algo muy a tener en cuenta en la paupérrima proyección internacional de que gozaba nuestro celuloide por aquel entonces) y la culpa la tuvo el actor Edward G. Robinson, miembro del jurado de ese año, que se escandalizó al ver un plano con una banderita de Estados Unidos arrastrada por la lluvia hasta una alcantarilla: aquello era un insulto, un agravio, una agresión directa a su país. La cosa tenía su explicación: Robinson había estado bajo la lupa del Comité de Actividades Antiamericanas, que le habían puesto en su punto de mira, como a tantos otros, por presunto simpatizante izquierdista. A consecuencia de ello, quedó tan escocido que no perdía ocasión de manifestar su patriotismo a la menor oportunidad.

El de Robinson no fue el único incidente protagonizado por la película en Cannes: como maniobra publicitaria, a la productora no se le ocurrió otra cosa que inundar Cannes con billetes de dólar que llevaban impresos los rostros de José Isbert y Lolita Sevilla… con la consecuencia de que director y productores acabaron en la comisaría acusados de falsificación. La cosa, afortunadamente, no pasó de un susto. Otro más.

Y la tercera anécdota tuvo lugar en Madrid, cuando llegó a España el nuevo embajador norteamericano, en un momento en que estaban a punto de firmarse los tratados internacionales entre la dictadura franquista y el gobierno de Truman. Y de repente, el buen señor, cuando entraba en Madrid por la carretera de La Coruña, se topó con una pancarta que la cruzaba de lado a lado donde se leía la frase “¡Bienvenido, Mister Marshall!”. Inmediatamente pidió una explicación al Ministerio de Asuntos Exteriores, y como consecuencia los responsables de la película tuvieron que aclarar las cosas en la Dirección General de Seguridad.

Con estos antecedentes, está claro que la fama de provocador que ha arrastrado siempre Luis García Berlanga no le viene de nuevas.

viernes, noviembre 16, 2007

Sembrao

No me resisto a incluirles hoy este párrafo glorioso que me he encontrado en el número de noviembre de Dirigido Por... Lo firma Alejandro G. Calvo y es el final de su crítica de la película de Icíar Bollaín Mataharis, a la que ha tratado con un cariño similar al que recibiría Lewis Hamilton entrando en una sidrería. Pero no se queda ahí:

“Atendiendo entonces a recientes lamentables producciones nacionales -Siete mesas de billar francés (Gracia Querejeta), Las trece rosas (Emilio Martínez-Lázaro), Salir pitando (Álvaro Fernández-Armero) ¿Y tú quién eres? (Antonio Mercero)- y aprovechando el auge del cine de terror -particularmente (Rec) de Jaume Balagueró y Paco Plaza- se podría decir sin riesgo a equivocarse que el panorama cinematográfico español es realmente terrorífico”.

Párrafo polémico do los haya, y por eso lo pongo hoy aquí. Bueno, por eso y porque, como decimos en mi pueblo, el amigo G. Calvo ha estado sembrao. Independientemente de que tenga razón o no. Pero para eso están ustedes.

jueves, noviembre 15, 2007

Que no se mueran los feos

El pasado día 11 murió Delbert Mann, director cuya mayor parte de su carrera está enterrada en la televisión, donde se encargó de la realización de innumerables telefilmes y episodios de series. Hizo unas cuantas películas, también, algunas tan apreciables como Mesas separadas (1958), que le supuso el Oscar al mejor actor a David Niven. Pero, sobre todo, se le recuerda por Marty (1955), un título semiolvidado hoy (y eso que está en DVD), que en su día supuso una pequeña revolución, además de arrasar en la ceremonia de los Oscar de ese año.

La historia de la realización de Marty tiene más de hollywoodiense que su propia trama. La película narra la historia de amor entre un carnicero del Bronx y una profesora de instituto, dos personajes solitarios, sin encanto, sin glamour, gente completamente normal, como la que uno se cruza en la calle a diario, es decir, algo absolutamente opuesto a lo que era la línea clásica de Hollywood por aquel entonces. Siempre se ha especulado con que los productores de la cinta, Harold Hetch y el actor Burt Lancaster, decidieron filmarla convencidos de que perdería dinero y podrían utilizarla para deducir impuestos. Tanto si esa historia es verdad como si no, lo cierto es que no se gastaron mucho: 350.000 dólares, un director novato en cuestiones de cine -Mann- y, como protagonista, un actor secundario conocido sobre todo por sus papeles de mala bestia en De aquí a la eternidad y Conspiración de silencio: Ernest Borgnine.

Y sonó la flauta, como suele decirse, quién sabe si por casualidad. Estrenada en un principio en el circuito de salas de arte y ensayo, corrió el boca a boca y el público comenzó a abarrotar los cines. Un público compuesto no precisamente por intelectuales, sino por gente de la calle, trabajadores normales y corrientes, que de repente se encontraron con una historia donde su vida y su mundo quedaban retratados con fidelidad y con cariño. Hubo muchos carniceros también, claro. De hecho, Borgnine fue premiado por el Sindicato de Carniceros del Distrito de la Bahía de Santa Mónica por interpretar “a los carniceros de América como miembros amistosos, humildes, sinceros y dignos de la raza humana”. No fue el único premio para el intérprete: ese año se llevó a su casa el Oscar al Mejor Actor, venciendo a James Cagney, James Dean, Frank Sinatra y Spencer Tracy; Delbert Mann ganó como Mejor Director, y Marty como Mejor Película. Fuera de Hollywood, también se convirtió en la primera película americana en ganar la Palma de Oro en el Festival de Cannes.

Casi nada. Y, si quieren mi opinión, todo ello se debió a la decisión de colocar en el papel de Marty a Borgnine, un gran actor, pero feo como un tito, que además todavía no era una estrella en el momento en que hizo la película (después, las cosas cambiaron). Se me viene a la memoria otra peli, esta de 1991, que tenía una trama relativamente parecida: Frankie and Johnny, donde se nos cuenta la historia de amor entre un cocinero y una camarera de una cafetería neoyorquina, también gente anónima, normal y corriente. En el cine, fueron interpretados por Al Pacino y Michelle Pfeiffer; y cuando la ví, aunque el trabajo de ambos era excelente, no podía quitarme de la cabeza que eran estrellas de cine multimillonarias interpretando a dos perdedores; y no me lo creía. Por contraste, la obra teatral en la que la cinta está basada fue representada en Broadway por F. Murray Abraham y Kathy Bates. Ese es el reparto que a mí me hubiera gustado ver.

martes, noviembre 13, 2007

"¡Todos iguales para mí seréis...


…trece, catorce, quince y dieciseís!". Y con estas inmortales líneas de La venganza de Don Mendo damos comienzo a la entrada de hoy, martes 13 de noviembre. A mí, la verdad, esta fecha no me dice ni fu ni fa, como el resto de las supersticiones. ¿Quiere decir que toda la humanidad, lo que se dice toda, va a tener en el día de hoy una suerte perra? Pues tampoco, porque, entre otras cosas, no entiendo porque nosotros tenemos mala suerte los martes y trece, y los yanquis los viernes que caen en la misma fecha. Para mí, la mayor desgracia del viernes y trece son toda una serie de películas a cual más repugnante. En cuanto a nuestro martes y trece, pues me acuerdo de lo de todo el mundo; de la empanadilla. Y no, ni me preocupan las fechas fatídicas, ni los gatos negros, ni la sal derramada, ni los espejos rotos. Ni, por supuesto, los horóscopos; los Tauro somos muy escépticos.

Pero claro, si nos acercamos al mundo de las estrellas, la cosa cambia. Me ha dado por buscar supersticiones, y debe de ser por la personalidad, digamos, volatil, de muchas de ellas, por el miedo a perder la posición privilegiada por la que tanto han luchado, por lo que hay algunas que abundan en manías y miedos de lo más variado. Con la ayuda del imprescindible libro de Coral Amende Hollywood Confidential y otras fuentes, he pensado en celebrar el día de hoy con una pequeña selección. Vamos allá:

John Garfield. Uno de los mejores actores que hayan aparecido en la historia del cine negro o, simplemente, en la historia del cine. Su amuleto era un par de zapatos viejos, que aparecen en alguna escena en todas sus películas.

Danny Aiello. Amuleto. Una moneda bendecida por el Papa Juan Pablo II.

Edward G. Robinson. Amuleto. Un dólar de plata.

Patrick Swayze: Amuleto. Un cetro tachonado de joyas que él llama “mi varita mágica” y que, según parece, se lleva a todos los rodajes y obliga a todo el mundo a tocarlo para crear en el plató un ambiente de paz espiritual y buen rollito.

Luis García Berlanga: Superstición. Mondadientes (según su biógrafo Antonio Gómez Rufo); lo hace por tener siempre a mano algo de madera para tocar en caso de necesidad, una manía que, al parecer, comparte con Martin Scorsese.

Truman Capote: Supersticiones. Todas. En el libro Conversaciones íntimas con Truman Capote, el periodista Lawrence Grobel le preguntó por ellas. Para abreviar, la respuesta fue: “¡Recite la lista entera, y vamos a olvidarnos!”.

Y luego tenemos casos como el de la película El ojo del diablo, dirigida por J. Lee Thompson en 1966, y protagonizada por David Niven y Deborah Kerr. En un principio se iba a titular Trece, pero los productores pensaron que les daría mala suerte en taquilla y decidieron rebautizarla. Les sirvió de poco… ¿Alguien se acuerda de ella?

domingo, noviembre 11, 2007

De clásicos con los "populares"

Mis noches de fin de semana son cada vez más raras últimamente. La del último sábado la pasé en la COPE, donde fui como invitado al programa La luna de COPE por razones que no tienen nada que ver con este blog, y por tanto se las ahorro. Pero es cierto que, si el mundo es un pañuelo, las tertulias de la radio lo son más todavía, y a mí me tocó sentarme al lado de un chaval con marcado acento de Cádiz que había escrito un libro sobre cine. Me lo presentaron como Jose Manuel, pero en cuanto vi su nombre completo me sonó la campanilla: Jose Manuel Serrano Cueto, que dio la casualidad de que apareció en este blog de guest star con motivo de la publicación de su exhaustivo libro Horrormanía. Enciclopedia del cine de terror. Me presenté, le hablé de mi blog (sorpresa; lo conocía) y luego, como hubiera dicho Umbral, pues pasamos a hablar de su libro.

Lo de este chico es grave, la verdad. Además de hacerse este tocho imprescindible para los amantes del cine de escalofrío y tentetieso, ahora reincide con otro volumen, pero mucho más específico: De monstruos y hombres. Los reyes de la Universal (Editorial T & B, Madrid, 2007), dedicado a los grandes nombres clásicos sin los cuales el cine de terror no sería lo que es hoy. Boris Karloff, Bela Lugosi, Lon Chaney jr., desde luego, pero también Colin Clive, John Carradine, Elsa lanchester... y, espero, (no tuve tiempo de ver si salía o no, pero seguro que no se le ha pasado) Jack Pierce, el jefe de maquillaje del estudio, responsable de aquellas creaciones que ponían los pelillos de punta a los espectadores de los años 30.

De lo que no estoy tan seguro es de que sigan teniendo tanto efecto en los espectadores de hoy. Pero, paradójicamente, eso fue, según me contó, lo que le llevó a escribir el libro: la necesidad de que la gente joven conozca los clásicos. “Porque hay mucha gente que me dice que les encanta el cine de terror”, me contaba. “Pero lo más antiguo que conoce es La noche de los muertos vivientes”.

Se podrá argüir que estas películas se han quedado más viejas que un chiste de calendario, y que, teniendo en cuenta todo lo que ha avanzado el genero, más que miedo dan risa basilisa. Pero también lo es que la necesidad de conocer los clásicos es básica en cualquier género artístico -y el cine, muchas veces, lo es- por el que se sienta un mínimo interés. Además de que ese envejecimiento de las pelis, a poco que se rasque, es bastante relativo: ¿Se ha superado hoy la sensibilidad y la poesía de La novia de Frankenstein? ¿Y cuántas películas hay más estremecedoras que La parada de los monstruos?

A la hora de admirar el cine actual, no se deberían despreciar los cimientos en los cuales se basa. Este libro puede ser una buena manera de empezar, aunque, desde luego, nada como ver las películas originales. Que si no, acaba pasando lo que le sucedió a Peter Bodganovich cuando estaba dirigiendo una película y le indicó a un joven actor que repitiera una toma “con más clase, más soltura… como Cary Grant”. La respuesta del actor fue, desde luego, estremedora: “¿Como quién?”

miércoles, noviembre 07, 2007

Trepa que trepa que trepa...

Bueno, pues esta semana ya han sacado la edición en DVD de Spiderman-3. ¡Hasta seis formatos distintos!. Disco sencillo, disco doble, disco triple, con más extras, con menos, yo qué se. Demasiada fanfarria para una película que es la más floja de las tres producidas hasta ahora, y un buen ejemplo de cómo hasta a las franquicias más rentables les viene bien una temporada de descanso.

El caso es que yo me estaba acordando de que esta multimillonaria serie de la Sony no es la primera en llevar al cine al trepamuros. En los años 70, la televisión americana emitió una serie de telefilmes, realizados con más voluntad que buenos resultados. El episodio piloto, y algunos episodios dobles, fueron estrenados en España como películas de cine, una práctica más habitual de lo que parece en los años 70. Y fíjense, que recuerdo en mi más o menos tierna infancia, habérmela tragado en un cine de Madrid que estaba lo que se dice petao, lleno hasta la bandera, de chavales a los que les importaba un pito la cutrez del argumento y la hipercrutez de los efectos especiales, con tal de ver por primera vez en imagen real a un personaje que llevábamos años leyendo en los tebeos de la desaparecida editorial Vértice. En el esforzado papel protagonista no estaba Tobey Maguire, que por lo demás yo creo que no había ni nacido por aquel entonces, sino un tal Nicholas Hammond, del que nunca más se ha vuelto a saber gran cosa.

Los que hayan crecido en la revolución digital pueden encontrar aquella adaptación chocante, e incluso grotesca. Pero a mí me encanta recordar que algún día fuéramos capaces de tragarnos y sumergirnos en una versión tan simplona, a falta de algo mejor. Aquí les dejo unos minutillos del episodio piloto; a ver si son capaces de aguantarlos.

Después del The End

Hablábamos aquí hace unos días de la muerte de Deborah Kerr. Hoy toca hacerlo de la de su marido, el escritor Peter Viertel. Uno de tantos europeos (nació en Alemania) cuya familia emigró a Estados Unidos huyendo del nazismo, dedicó toda su vida a ese trabajo, tan duro como gratificante, que es aporrear las teclas de la máquina o del ordenador esperando que de ahí salga algo que merezca la pena dar a leer a los demás. También tuvo tiempo para su otra gran pasión, el surf. Y para casarse con Kerr en 1960 y permanecer a su lado 47 años.

De Viertel he hablado en alguna otra entrada de este blog. Hace años le entrevistaron en su casa de Marbella para un suplemento dominical, y me llamó la atención lo que las fotos dejaban entrever de su entorno; se adivinaba una habitación con mesa, libros, periódicos y muchos papeles, donde iba poco a poco fabricando sus obras. La luz natural que iluminaba la imagen daba la idea de una estancia luminosa, donde el sol llega multiplicado por la proximidad del mar. La tabla de surf, nos explicaba el periodista, no estaba lejos. Y de la lectura del reportaje se desprendía la imagen de un señor al que los años le habían acabado permitiendo tomarse la vida con calma, entre horas de escritura, ratos de surf y paseos a la tienda de la esquina a por el periódico, como otros tantos jubilados alemanes e ingleses que vienen a pasar unos últimos años apacibles rodeados de buen clima. Confieso que terminé de leer la entrevista con una profunda envidia.

Hoy no le siento envidia ninguna, sino admiración; al parecer, llevaba tiempo mal, con una de esas enfermedades que no queremos ni mencionar los que hemos perdido por ella a amigos o parientes. Fiel a su reputación de tipo duro, que para algo se las había visto en los rodajes con Huston y Bogart, aguantaba, sabiendo que no podía dejar sola a su esposa, a la que el Alzheimer, por su parte, le estaba comiendo poco a poco la memoria de cuarenta años de vida en común. Y ha sido tras su muerte cuando él ha tirado la toalla, pensando quizá que la soledad y la enfermedad iban a ser una carga demasiado dura. O, sencillamente, que sin su mujer ya no valía la pena seguir resistiendo.

Muchas veces nos hemos preguntado qué ocurre con los protagonistas de una película después del cartelito de The End. En este caso, ya lo sabemos: la película se alargó durante cuarenta y siete años y, si existe otra vida, puede incluso que esté en camino una secuela infinita. Aquí las dejo la portada de su última novela, publicada hace sólo unos meses. Por si les apetece.

lunes, noviembre 05, 2007

¿Son o no son?



Un asiduo de este blog (algunos hay) me preguntaba el otro día por qué no metía nunca entradas sobre dibujos animados. La verdad es que no había caído en la cuenta; supongo que es porque intento que los posts tengan un mínimo enganche con la actualidad, y hasta el momento no se había prestado ninguno. Pero miren, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, o que acaban de sacar una edición en DVD El libro de la selva, voy a meter un rollete sobre ella, en el que intentaré aclarar algún malentendido.

El libro de la selva suele ser la película de Disney preferida incluso por aquellos a los que no les gustan las películas de Disney. Lo cual no quiere decir que sea la mejor; de hecho, tiene bastantes fallos si la comparamos con obras maestras como La bella y la bestia (1991). Pero, desde luego, es la más simpática. Si se ve en versión original (algo recomendable para TODAS las películas, pero muy especialmente para las de dibujos), uno se encuentra con tesoros como Louis Prima poniendo su voz inconfundible al Rey Louie (en I wanna be like you, una de las mejores canciones que ha salido nunca de la casa Disney) y con aquel gran, grandísimo actor llamado George Sanders, especializado en poner su magnífica dicción británica (nació en Rusia de padres ingleses) en personajes cínicos, inmorales y aristocráticos, y al que aquí se escogió para que diera voz al malvado tigre Shere Khan.

Y luego, están los buitres, que es el tema principal de este post. Recordemos que El libro de la selva se estrenó en 1967, hace cuarenta años, en una época en que cierto cuarteto de Liverpool estaba haciéndose, en palabras de uno de sus integrantes, “más famoso que Jesucristo”. La influencia de los Beatles se dejaba notar por todas partes por aquel entonces, y de repente, en medio de esta película, nos encontramos con cuatro buitres con melenas que no dejan de tener un cierto aire… Si los buitres de El libro de la selva son o no una caricatura de los Fab Four ha surgido en muchas conversaciones más o menos cinéfilas durante años.

Pues la respuesta es no.

El libro de la selva es la última película en la que Walt Disney estuvo involucrado personalmente; de hecho, moriría antes de verla terminada (y no, no le congelaron; que uno tenga que seguir repitiendo ciertas cosas...). Pero, de acuerdo con algunos informes, el equipo de animadores sí jugó con la idea de convertir a los buitres en caricaturas directas de los Beatles. Disney se negó en redondo, argumentando que en pocos años la gente se olvidaría de los músicos y la caricatura no tendría ningún sentido; y él intentaba siempre que sus películas fuesen atemporales. Así que los pajarracos se parecen un poco… Pero no del todo.

La verdad es que Disney no andaba desencaminado. Se equivocó pensando que los Beatles iban a pasar de moda tan pronto, pero aunque su música sigue vigente (y que dure), es cierto que las nuevas generaciones ni conocen la pinta que llevaban entonces, ni les importa. Y la mejor prueba de que hizo bien está en Aladdin (1992), una magnífica película que se ve lastrada por las imitaciones que hace el Genio (es decir, Robin Williams) de algunos actores de Hollywood entre los que se cuenta ¡Rodney Dangerfield!. ¿Alguien, americano o no se acuerda de este tío?

P. D. La película El libro de la selva tiene muy poco, o nada, que ver con la obra original de Rudyard Kipling. Pero quien no se haya leído aún este libro, uno de los más hermosos que se hayan escrito jamás, ya se puede ir corriendo a la librería más próxima, y que no le vuelva a ver yo por aquí hasta que se lo acabe.

jueves, noviembre 01, 2007

El difunto en el sillón

Lo dije el año pasado y lo repito este: Halloween me toca las narices hasta puntos insospechados. No creo que nadie me pueda acusar de antiamericano, pero una cosa es no tener prejuicios hacia Estados Unidos y otra muy distinta las tragaderas de pitón que estamos mostrando hacia la colonización cultural. ¿Qué es eso del Jalouin, por el amor de Dios? ¿Desde cuándo nos ha dado por usar las calabazas para otra cosa que no sea comérselas? ¿Y quién fue el anormal sin la más mínima idea de inglés que colocó en las películas esa tontería del “truco o trato”? Por si algún encargado de doblaje de películas yanquis se lee esto, que sepa que “trick” se puede traducir por “travesura”, y “treat” no significa “trato“, sino “golosina”. Puestos a hacer el gil del candil, hagámoslo bien.

Lo siento, pero para estas cosas, en casa somos más españoles que Don Pelayo. Aquí, buñuelos, huesos de santo y el Tenorio, como manda la tradición. Y, como la tradición de este blog también manda colocar en él anécdotas de cine, les voy a contar una que no tiene nada que ver con el Jalouin ese, pero sí con los difuntos.

Como historia tiene una autoría un poco difusa, ahora verán por qué, pero su protagonista es uno de los galanes legendarios de la historia del cine: John Barrymore. Por desgracia, además de ser un enorme actor, era también un enorme alcohólico, y su hígado le acabó fallando en 1942, a los 60 años de edad. Antes de morir, pasó unos días en casa de otro actor con tendencias autodestructivas, Errol Flynn, con quien le unía una gran amistad. En la víspera de su muerte, algunos amigos de Flynn sobornaron a un empleado de la morgue, sacaron el cuerpo de Barrymore, lo llevaron a casa de Flynn y allí lo dejaron sentado en un sillón, en la pose más natural posible. El alarido de Flynn cuando entró en el salón y se encontró con el cadáver de su amigo, mejor ni se lo cuento. El actor confesó no haber podido pegar ojo en toda la noche.

Que la bromita es de un gusto manifiestamente mejorable está claro; no lo está tanto quiénes fueron los autores. Paul Henreid dijo en una ocasión que la idea la tuvo Peter Lorre durante el rodaje de Casablanca, y que contó con la ayuda de Humphrey Bogart y dos amigos más. Henreid incluso confesó haber puesto el dinero para sobornar al empleado del depósito, pero negó haber participado activamente en la broma. Lo que hace esta versión poco creíble es que Bogart y Barrymore no eran amigos, sino más bien todo lo contrario. Más fiables son las fuentes que atribuyen la autoría de la broma a otro amigo de Flynn, el director Raoul Walsh: su autobiografía, algunas biografías sobre Walsh y la autobiografía del propio Flynn.

Pero es buena broma para el día de difuntos, ¿eh? A mí me recuerda la famosa frase de Gila: me habéis matao a la hija, ¡Pero me he reído…!

martes, octubre 30, 2007

¡Copiooooooones!

Entre los títulos que tengo seleccionados para ese libro que nunca escribiré, titulado Las 50 peores películas del cine español, ocupa un lugar preferencial El regreso de Al Capone, dirigida (es un decir) por Jose María Zabalza, y protagonizada por un Jesús Puente involuntariamente descacharrante. Hace muchos años la pasaron por televisión, y de puro cutre que era se me saltaban las lágrimas… de risa. Imagínense un intento de representar el cine de gángsters norteamericano con actores (y presupuesto) español. El momento más surrealista era cuando Puentone decide que bueno, bueno, bueno, pues nos vamos a retirar al chalet de Miami, que ya me he cargado a mucha gente… ¡Y aparece en bañador en una piscina rodeada de rocas de granito del tamaño de una casa! Si Madrid no es el Chicago de los años 30, pretender que Torrelodones sea Miami entra ya en el terreno de lo lisérgico. Si la vuelven a echar, no se la pierdan: les garantizo 84 minutos de risas y vergüenza ajena.

¿Y a qué viene esto? Pues a que me acordé de esta peli el pasado domingo, cuando eché un vistazo al suplemento dominical de El País. Dejen que les explique: desde hace unos diez años, la revista norteamericana Vanity Fair publica un número anual dedicado al cine. En ese número destaca por méritos propios una galería fotográfica con las principales estrellas del momento, retratadas por la cámara de Annie Leibovitz y gente de parecido caché. Suelen ser espectaculares, y sólo por ellas vale la pena coleccionar los números. Pues bien, en el especial de este año, debieron pensar que sólo con la galería se quedaban cortos, y se montaron toda una película de cine negro con argumento propio (arriba tienen el cartel) y dieciséis fotos de caerse de espaldas, aparte de por su calidad por el elenco de estrellas que participaron en ellas: Bruce Willis, Alec Baldwin, Tobey Maguire, Robert de Niro, Angelica Huston, Sharon Stone, Pedro Almodóvar, Penélope Cruz, Forrest Whitaker, Sylvester Stallone, Judi Dench, Jack Nicholson… si quieren, sigo. El reportaje, por cierto, ha sido publicado en España por el suplemento dominical de La Vanguardia, y no quiero ni pensar lo que habrán debido de pagar por él.

Pues bueno, los chicos de El País Semanal decidieron hacer algo parecido, pero a la española. En la portada, junto a una foto Arturo Valls y Natalia Verbeke ataviados (más o menos) como en una película americana de los 50, se leía: “25 actores ruedan una serie de amor y suspense en exclusiva para este número”. la apertura del reportaje incidía en lo mismo: “un espectáculo con veinticinco grandes actores nunca visto antes en España”.

Nunca visto por quienes no se hayan comprado Vanity Fair o La Vanguardia, se entiende. Porque lo que han hecho en EPS es "inspirarse" en la idea de la revista de Conde Nast. Así, en lugar de las estrellonas que aparecían en la versión original, tenemos a Ángel de Andrés, María Adánez, José Coronado, Tito Valverde, Jose María Pou, Carmen Machí los chicos de Cámara Café y Antonio Resines. En lugar de la Leibotivz, detrás de la cámara está Pedro Walter, mucho gusto… y el resultado es tan cutre y desangelado, tan quiero y no puedo, como la película de Jesús Puente. Eso sí, mucho menos divertido.

Si quieren comparar, aquí tienen las fotos de El País Semanal.

Y aquí, el reportaje original de Vanity Fair.

lunes, octubre 29, 2007

Conclusiones de una encuesta (o El Síndrome de las Películas de Cárceles)


Bueno, pues ya se cerró la encuesta que colgué aquí hace unos días, y en primer lugar, me gustaría dar las gracias a todos los que han participado. Es la que ha tenido mayor número de votos, si bien la cantidad de participantes es aún algo baja con respecto al número de visitas. Para la próxima vez anímense más, leñe, que nadie se hernía por hacer clic con el ratón.

Bueno. Pocas dudas pueden quedar sobre el soporte preferido de ustedes los lectores para ver películas: todavía hoy, en pleno siglo XXI y con los formatos alternativos en plena invasión, no hay nada como el cine. En segundo lugar, hay prácticamente un empate entre el DVD y las descargas de Internet, que a fin de cuentas, pueden enclavarse también dentro de la categoría del DVD, ya que lo descargado se ve en la televisión de casa. Y de la televisión en abierto... mejor lo dejamos.

Si les soy sincero, esperaba más porcentaje de respuestas afirmando que se lo descargaban todo. Es una tendencia que no para, y creo que, problemas legales aparte, está afectando de forma negativa a nuestra manera de ver y apreciar el cine. Y para explicarlo tendré que exponer la famosa Teoría de Vince sobre el Síndrome de las Películas de Cárceles. Vamos allá:

Todos hemos visto muchas películas que transcurren en cárceles o campos de concentración, muchas de ellas magnificas: La gran evasión (1963), Fuga de Alcatraz (1979), Cadena perpetua (1994) y esa joya olvidada que es La evasión, dirigida en 1960 por Jacques Becker. Y todas tienen un punto en común: la escasez. Los presos se las tienen que apañar con muy poca cosa; hay quien tiene un libro, una revista porno, más cigarrillos que los demás, un paquete con comida que su mamá le ha enviado desde Oklahoma o así… y por eso, aparte del argumento principal, en estas películas se transpira una sensación de valorar hasta el límite las escasas posesiones de cada cual. Todo vale, porque hay muy poco, y cualquier nuevo hallazgo se celebra como un tesoro. Se presta atención a cosas que ningún hombre libre miraría dos veces o, si lo hiciera, sería para calificarlo como basura.

Pues bien, algo parecido nos está pasando con el cine. Antes, cuando el único soporte signo de tal nombre eran las salas, el proceso de ver películas, creo yo, se valoraba más. Había que elegir título, trasladarse a la sala, a veces ¡hacer cola!, cola que no garantizaba que hubiera entradas para la siguiente sesión. Y las películas de estreno que se le escapaban a uno se repescaban en los cines de sesión continua. A partir de ahí, entraban en el olvido y la única opción para volver a verlas -o verlas por primera vez- eran los reestrenos de verano, o nuestra querida Filmoteca.

Hoy el cine se nos sale por las orejas. No sólo es la cantidad de DVDs que se encuentran en cualquier quiosco de prensa medianamente bien provisto; es que además están las descargas. Un lector de este blog (Max) comentó el otro día que un amigo suyo tenía 70 películas en un disco duro portátil, y me quedé con ganas de contestarle: ¿Sólo 70? Hay verdaderos psicópatas en el arte de la descarga, que van llenando más y más memoria con película que se bajan, casi, por deporte. Ya las verán. Y si no las ven, no pasa nada. Da igual ocho que ochenta. Scorsese que Van Damme. John Ford que Jerry Bruckheimer. Es gratis. Y es fácil. Al final, a algunos les harían falta un par de vidas para verse todo el cine que tienen acumulado. Cuando la verdad es que, si apreciaran el cine y se molestaran en elegir los títulos, les sobraría tiempo para ampliar verdaderamente sus conocimientos sobre cine, y para valorar y apreciar lo que ven.

Es mi punto de vista, y supongo que ustedes tendrán el suyo. Déjenme terminar con un ejemplo personal: durante un viaje a Las Vegas, eché un vistazo al buffet del hotel. Había de todo. De hecho, había tanto, que se perdían los papeles intentando abarcar con la vista (ni hablemos de con el estómago) todas las posibilidades alimentarías, entre hamburguesas, salchichas, carnes al corte, marisco y una selva de ensaladas. Salí de allí y me comí un sándwich en un restaurante, sándwich que tuve la satisfacción de elegir yo mismo en el menú. Y qué quieren que les diga, con el cine me gusta hacer igual.

domingo, octubre 28, 2007

La última rata

A la respetable edad de 89 años ha muerto Joey Bishop, el último miembro superviviente del poco respetable Clan Sinatra de Las Vegas, conocido también como el Rat Pack. Queda en pie únicamente Shirley MacLaine, que es algo así como miembro honorario. Pero todos los demás - Frank Sinatra, Dean Martin, Peter Lawford, Sammy Davis jr.- pasaron hacer tiempo a peor vida, y digo a peor, porque es difícil imaginarse que allá donde haya ido esta tropa se lo estén pasando mejor que en sus años gloriosos.

La suya es una historia concentrada en unos pocos años -pongamos, más o menos, la mayor parte de la década de los 60- y ambientada en los mejores casinos de Las Vegas, animada por docenas de chicas, aromatizada con miles de cigarrillos, engrasada con propinas de cien dólares a los aparcacoches, regada con ríos de Jack Daniels y protegida por la sombra de la Mafia. Eran, sencillamente, los reyes de la ciudad, aunque no deja de ser una pena que el resultado artístico de aquellos tiempos haya quedado reducido a unas grabaciones musicales mediocres, y a algunas películas -La cuadrilla de los once (1960), Tres sargentos (1962), Cuatro tíos de Texas (1963)... - francamente olvidables.

El mayor espectáculo producido por el Rat Pack era el Rat Pack mismo, cuando subían al escenario del Sands a hacer el show de cada noche. Show que consistía, básicamente, en gansadas de todo tipo, a los que Bishop, que no era cantante sino cómico, se prestaba con entusiasmo. Era difícil, si no imposible, ver a alguno de los intérpretes completar una canción; si Sinatra comenzaba con It was a very good year, en cuanto entonaba la primera frase: “When I was seventeen…”, Martin le gritaba desde los bastidores. “… eras un plasta”. Risas. No pasaba nada. Sinatra atacaba la segunda estrofa: “When I was twenty one…”, y Martin volvía a la carga: “…seguías siendo un plasta”. Pero la gente abarrotaba la sala con tal de verles en persona.

Hay un libro en español que recoge la historia del Rat Pack (aquí lo tienen) y que tiene numerosas y magníficas fotos de una época irrepetible. Sobre el texto no puedo decirles nada porque no lo he leído, pero supongo que estará bien, porque me conozco la mayoría de las fuentes que ha utilizado el autor. Buenas opciones para los que hablen (o lean inglés) son Dino, la magnífica biografía de Dean martin escrita por Nick Tosches, o Rat Pack Confidential, de Shawn levy, que no es tan "confidential" como dice el título, pero es una buena recopilación de datos.

Sin embargo, convendría aclarar un malentendido: este no es el verdadero Rat Pack. Aunque todo el mundo lo llame así, el Rat Pack original fue creado en Hollywood unos años antes y, sí, incluía a Sinatra, pero fue fundado y dirigido por Humphrey Bogart y bautizado por Lauren Bacall, tras ver la pinta que tenían sus integrantes después de una noche de juerga (“parecéis una panda de ratas”, les dijo, y ahí empezó todo). Otros miembros eran David Niven, Judy Garland, Irving Lazar o el hostelero Mike Romanoff. Cuando Bogart murió y Sinatra montó su propio círculo de amigotes en Las Vegas, la prensa le encasquetó el nombre. Pero él nunca lo utilizaba, e incluso lo odiaba: con su habitual modestia, prefería llamar a su pandilla The summit (la cumbre).

P. D. Esta entrada tenía que haberse publicado el viernes, día de la muerte de Bishop. Pero un fin de semana bastante ajetreado me ha obligado a desatender el blog. Mañana hablamos de la encuesta, que ya está cerrada y por la que les agradezco a todos su participación.

miércoles, octubre 24, 2007

Independiente con cerebro

¡Qué bien aguanta Doce del Patíbulo! La pusieron el otro día en Telemadrid y, aunque no la ví entera, volví a tragarme una buena ración. Me la sé de memoria, y no me preocupa volver a verla cuando sea, que es una de las señas de identidad de la calidad de una cinta. A la dirección de Robert Aldrich se une un reparto duro como una roca: Lee Marvin, John Cassavetes, Charles Bronson, Donald Sutherland, Telly Savalas, Ernest Borgnine… y todo contribuye a que sus dos horas y media largas se pasen en un suspiro.

Eso sí, una cosa que nunca me ha dejado de sorprender de esta película es que es una verdadera patada en los esos mismos a la corrección política. No sólo es que el comando protagonista esté compuesto en buena parte por criminales y tarados; es que su misión consiste, sencillamente, en un asesinato en masa. Recuerden: tienen que entrar en una lujosa mansión que es como un club social para oficiales nazis y cepillarse a todos los que puedan, lo que por cierto hacen con gran eficacia encerrándolos a todos en el sótano, y luego inundándolo de gasolina y echando granadas de mano por los respiraderos. Chuck Norris al lado de estos tíos es una madre superiora.

Precisamente fue este aspecto de la película lo que no acabó de convencer a una de sus estrellas, John Cassavetes. Este cineasta es reconocido mundialmente como uno de los grandes genios del cine independiente, con obras en su haber como Maridos (1970), Una mujer bajo la influencia (1974) o, quizá la más conocida de todas, Gloria (1980) interpretada por su mujer, Gena Rowlands, y de la que luego se haría una nueva versión, más bien inaguantable, con Sharon Stone. Los directores europeos que reconocen a Cassavetes como una de sus influencias son legión, comenzando por nuestro Almodóvar.

Pero Cassavetes era un rebelde, un rebelde de los de verdad, no de los que van por ahí con vaqueros rotos y sin afeitar para mostrar al mundo que son más antisistema que nadie. Él hacía, con sus películas, literalmente, lo que le daba la gana. Las rodaba cómo quería, las montaba como quería y si eso suponía enfrentarse con el estudio que le había facilitado el dinero, pues que así fuera. Lógicamente, sus obras cosecharon excelentes críticas pero, por lo general, no solían dar muchos beneficios. Su amigo íntimo, Peter Falk, contribuyó en alguna ocasión con el dineral que recibía por interpretar a Columbo. Y a veces la jugada les salía bien, y a veces no.

Mientras rodaba su película Faces (1968) la Universal lo prestó a la Fox para que participara en Doce del Patíbulo. Aunque necesitaba el dinero para completar su obra, Cassavetes nunca quiso intervenir en ella. Odiaba la violencia, y el guión era todo lo violento que podía ser. Le parecía una película ofensiva, innecesaria. Pero su interpretación como el fanfarrón Viktor Franko fue tan modélica que le ganó una nominación al Oscar al Mejor Actor Secundario.

Cassavetes siempre quedó agradecido a Robert Aldrich por haber relanzado su carrera de actor. Sobre todo porque, a partir de entonces, cada vez que necesitaba dinero para una de sus obras, aceptaba cualquier papel bien pagado y de ahí iba tirando. Lo cual, si quieren mi opinión, es un privilegio: ganar mucho dinero haciendo algo para lo que vales... y luego poder gastártelo en hacer lo que te gusta.

(Las películas de Cassavetes han sido reeditadas en DVD por la FNAC. Si les apetece, ya saben).

lunes, octubre 22, 2007

Volando voy

Con un par de años de retraso, el gigantesco Airbus 380 ha iniciado por fin sus vuelos comerciales. La empresa que antes lo ha puesto en vuelo ha sido la muy sofisticada Singapore Airlines, y a ésta le seguirán otras. Sobre este monstruo de dos pisos se han escrito muchas cosas, no todas buenas: algunos hablan del problema que supondrá para los aeropuertos manejar semejante cantidad de pasajeros y maletas; otros hablan de riesgos de seguridad. Pero nadie se ha planteado el principal peligro que se nos viene encima con la puesta en marcha de este trasatlántico de los cielos: una nueva película de la serie Aeropuerto.

No me vengan con que hace ya 27 años desde que se estrenó la última de la serie; más años tiene La aventura del Poseidón y bien que nos colocaron una nueva versión el año pasado. Y, teniendo en cuenta que las películas de la serie se distinguían por transcurrir en los aviones más grandes y más modernos del mundo. ¿Alguien puede asegurar que estamos libres de peligro?

La verdad es que la serie de Aeropuerto se las traía. La primera se rodó en 1970, basada en un bestia seller del escritor -hoy algo olvidado- Arthur Hailey, y no estaba mal del todo (Jacqueline Bisset ayudaba lo suyo). Pero las siguientes, metidas ya de lleno en la moda de pelis de catástrofes, se convirtieron en una catástrofe en sí mismas: Aeropuerto 75 entró con todos los honores en el libro Las 50 peores películas de todos los tiempos, y Aeropuerto 80 (donde se cambiaba el tradicional Jumbo por un Concorde)… bueno, los que sepan inglés pueden desternillarse con esta prolija crítica de los chicos de The Agony Booth.

Las películas de la serie respondían todas a la misma fórmula: juntar a un montón de estrellas -alguna de primera fila, pero también viejas glorias, rostros televisivos y, como no, el inevitable y estrangulable niño sabelotodo-, subirlas al avión y hacerlas pasar por las situaciones más descabelladas posible: un avión que se estrella contra otro, obligando a un piloto a entrar en la cabina desde un helicóptero para hacerse con los mandos; un Jumbo que se estrella en el mar y queda sumergido, con todos los pasajeros atrapados bajo el agua; un Concorde que se pone a esquivar misiles supersónicos como si tal cosa, y que los engaña abriendo la ventana de la cabina (por cierto, mientras vuelan al doble de la velocidad del sonido, con dos bemoles) y disparando una pistola de bengalas…

Con todo, la mejor crítica a estas películas no vino de ningún profesional especializado, sino del periodista David Kamp que en octubre de 2003 escribió Hooked on Supersonics, un artículo magistral en Vanity Fair, donde repasaba los 27 años de historia del Concorde. Y comenzaba su texto analizando el reparto de Aeropuerto 80, con Sylvia Kristel, Eddie Albert y Charo Baeza entre esos pasajeros que, supuestamente, tenían el honor de subirse al avión comercial más exclusivo del mundo. “Como le dirá cualquier experto en aeronáutica, eso es una fantasía descabellada: ningún Concorde ha llevado jamás tanta cantidad de morralla entre sus pasajeros”.

¿Tendremos Aeropuerto 08? Yo, por su acaso, me vuelvo a ver Aterriza como puedas. ¿Ha estado alguno de ustedes en una prisión turca?