lunes, marzo 12, 2007

Dos por el precio de una

Las bibliotecas públicas se están convirtiendo en sitios cada vez más recomendables para encontrar películas con algunos años y verlas por primera vez con calidad DVD. Y además, "by the face". El fin de semana pasado me traje El coloso en llamas (1974) (no me miren con esa cara, también he aprovechado para volver a ver La costilla de Adán), que vi por primera vez en el cine Proyecciones de Madrid con diez añitos de nada, aunque eso de “vi” tiene mucho de eufemismo, pues me pasé la mayor parte de la peli con los ojos tapados, del acongoje (que bonita palabra ¿eh?) que me estaba dando.

Ahora no ha sido para tanto, claro, pero déjenme decirles que la peli, sin ser ninguna maravilla, aguanta muy bien. Casi no se le ve el cartón, es la más entretenida de todo el subgénero de catástrofes de los años 70 y, aunque todo el reparto tiene claro que no va a ganar ningún Oscar (bueno, Fred Astaire fue nominado), hacen eso que se dice cumplir dignamente con el papel. Lo curioso de El coloso… es que en realidad no es una película: son dos.

A principios de los años 70, aparecieron en las librerías estadounidenses dos novelas con el mismo tema: un incendio en un rascacielos. Una fue The Tower, de Richard Martin Stern (publicada en España por Pomaire con el título de Rascacielos), y la otra, The Glass Inferno, de Thomas M. Scortia y Frank M. Robinson (en España, El infierno de cristal, publicada por Bruguera en su colección Libro Amigo). Los derechos cinematográficos de cada una fueron adquiridos por dos estudios diferentes: Warner y Fox. En lugar de estrenar casi a la vez dos películas sobre el mismo tema (cosa que, como todos sabemos, ha ocurrido recientemente en más de una ocasión), decidieron unir fuerzas y producir conjuntamente una única cinta. Fue la primera vez que ocurría aquello en la historia de Hollywood.

Y lo divertido es cómo se nota esta dualidad: no sólo la película está basada en dos novelas (el guionista Stirling Silliphant cogió siete personajes de cada uno de los libros), sino que además tiene dos directores (Irwin Allen, también productor, en las escenas de acción; John Guillermin en las demás), dos estrellas, Steve McQueen y Paul Newman, que cobraron el mismo sueldo (un millón de dólares más el 7,5% de la taquilla) y tienen exactamente el mismo número de líneas de diálogo (por imposición de McQueen, que no quería verse superado por Newman); e incluso el título original, The towering inferno, es una mezcla de los de los libros.

Pero, como colofón, lo que siempre me ha parecido más incongruente de esta película es la ciudad donde transcurre. En las novelas, los rascacielos están situados en Nueva York y en Los Ángeles; quizá por aquello de “ni pa ti ni pa mí”, decidieron situar la película en San Francisco. ¿Alguien se puede creer que nadie vaya a emplazar el rascacielos más alto del mundo en una ciudad conocida, entre otras cosas, por su enorme propensión a los terremotos?

4 comentarios:

LE BLOG dijo...

Mira tú, yo es que esas pelis de catástrofes en plan incendios y accidentes de avión no puedo verlas porque efectivamente, aunque ya he pasado-y hace mucho- la edad de diez añitos, me sigue entrando el "acongoje".

mirash dijo...

Aunque es cierto que "El coloso en llamas" está bastante lograda para su época, en lo que se refiere al cine catastrófico, prefiero el actual. Qué le vamos a hacer, las tecnologías avanzan, y los efectos especiales mejoran.

Wannabegafapasta dijo...

No sé si se habrá Vd. dado cuenta, pero en la edición en DVD han cambiado el doblaje español, que ya no tiene las maravillosas voces setenteras de Luis Carrillo o Ángel María Baltanás, sino que tiene un nuevo redoblaje que suena más a peli porno que a otra cosa.

Vince dijo...

Pues no, Wannabe, no me he dado cuenta, porque yo los DVDs los veo en versión original... Pero si la pasan por la tele un día de estos, procuraré fijarme.

Por cierto, descomunal su crítica (destructiva) de "La sombra del viento"... Pero, qué quiere que le diga, yo me lo pasé muy bien con el libro. Quizá porque no esperaba alta literatura.