viernes, septiembre 28, 2007

Jodie cogió su fusil


Y la lió. La llegada de la última película de la actriz de El silencio de los corderos ha sido recibida con eso que se llama división de opiniones, pero al mismo tiempo con cierta susceptibilidad por parte de un sector de la crítica, que la acusa de estar recuperando el espíritu de las películas de justicieros que tanto proliferaron en los años 80.

El argumento de La extraña que hay en ti (The brave one), dirigida por Neil Jordan, nada menos, trae desde luego algunos recuerdos de ese tipo de películas: al principio de la cinta, Jodie pasea por Central Park con su novio (el iraquí macizo de Perdidos), cuando unos delincuentes les asaltan, les golpean, a él le matan y, como estamos en el siglo XXI, graban la fechoría en su teléfono móvil. Desde ese momento, Jodie se compra una pistola y dedica, primero a cargarse a los responsables del asesinato y luego, según le va cogiendo gustillo a la cosa, a cualquier chorizo que se le ponga por delante.

No he visto la película, y hasta que lo haga no pienso juzgarla. Así, sobre el papel, parece que si en lugar de Jodie Foster tuviéramos a Charles Bronson, estaríamos ante una entrega más de la serie que comenzó en 1974 con El justiciero de la ciudad. En los 80 a Bronson, que seguía en sus trece, se le unieron Chuck Norris, Stallone, Dolph Lundgren, Steven Seagal y un sinfín de intérpretes de cuarta (los que acabo de mencionar son sólo de tercera) protagonizando engendros que se apilaban en las estanterías del videoclub.

Pero el género de vigilantes es un fenómeno de los 70. James Wolcott recordaba en un artículo publicado en Vanity Fair en 2002 (The executioners) como en los inicios de estas películas se encuentran tres que lo abordan de formas muy diferentes, y que constituyen, si no tres obras maestras, sí tres cintas muy, muy respetables: Perros de paja (1971), de Sam Peckimpah; Harry el Sucio (1971), de Don Siegel, y Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese. Curiosamente, las tres (incluso la de Harry después de la conversión de Clint en cineasta políticamente correcto) se han librado de la oleada de acusaciones de fascismo (no voy a decir que, en algunos casos, sin razón) que en la década siguiente caerían sobre Bronson y sus colegas y que ahora, por lo que se ve, parecen estar a punto de caer de nuevo sobre Foster ¡Y Neil Jordan!.

Pero, si verdaderamente quieren ver una película donde se trata de los peligros de tomarse la justicia por la propia mano, busquen donde sea Incidente en Ox-Bow, western dirigido en 1943 por William A. Wellman con un linchamiento como tema principal. Sin sangre, sin apenas acción, pero con intensidad y talento fotograma a fotograma, puede mover mucho más a reflexión sobre este tema que todos los justicieros urbanos de gatillo fácil que llegaron décadas después.

miércoles, septiembre 26, 2007

Mentirijillas

Pues ya tenemos en la cartelera una película de esas que me gustan a mí, es decir, de las que nunca serán un taquillazo pero llaman la atención por el tema que cuentan. Se trata de La gran estafa (Hoax), protagonizada por Alfred Molina, Stanley Tucci y el flamante nuevo premio Donostia, Richard Gere (un día de estos vamos a tener que hablar sobre el por qué de ese galardón a un tipo que tiene bastante más presencia mediática que talento actoral). Y la película me interesa por el tema que trata: la falsa biografía de Howard Hughes publicada en los años 70 por el periodista Clifford Irving.

Para quienes no conozcan la historia, vamos a hacer un breve repaso: en los últimos años de su vida, el multimillonario Howard Hughes (el retrato que hizo Scorsese en El aviador sobre sus primeros tiempos es bastante exacto) se hizo famoso por su comportamiento excéntrico y por convertirse en un recluso al que poquísimas personas tenían acceso. De repente, el periodista Clifford Irving apareció con su Autobiografía de Howard Hughes, escrita, según aseguraba, tras numerosas entrevistas celebradas con el magnate, que había accedido a romper su silencio para recibirle exclusivamente a él. El libro, lógicamente, fue un bombazo, por lo menos hasta que escritor y editorial fueron demandados por el (numerosísimo) equipo de abogados de Hughes, que negaba la autenticidad de la obra.

Finalmente, Irving fue incapaz de demostrar la veracidad de su libro. Aunque había proclamado contar con grabaciones, cartas y documentos exclusivos de Hughes, no presentó ni uno solo de ellos en su defensa. En 1972 fue condenado a prisión -donde pasó catorce meses- y a indemnizar a sus editores con 765.000 dólares. Pero por lo menos tuvo éxito en una cosa: en sacar al ermitaño Hughes de su escondite, pues el magnate habló en público por primera vez en diez años para denunciar a Irving en una conferencia telefónica, y negar haber tenido ningún tipo de contacto con él.

Por cierto, en España, el libro lo publicó la extinta editorial Sedmay, conocida por apuntarse al carro editorial de todo lo que pudiera sonar a escándalo (otra de sus joyas fue El día que perdí… aquello, donde famosos de ambos sexos recordaban el momento de su jura de bandera), con una portada de lo más curioso: el título era Autobiografía de Howard Hughes, pero con una cruz roja tachando las letras “auto”. En la solapa interior se aclaraba, creo recordar, que a pesar de la polémica que rodeaba la autenticidad del libro la última palabra la tenía el lector y bla, bla, bla.

De todos modos, no es la primera vez que se rueda una película sobre este tema. en 1974, Orson Welles rodó Question Mark (Fake), un semidocumental sobre lo verdadero y lo falso, lo auténtico y la falsificación. Uno de sus protagonistas era el pintor Elmyr d' Hory, especialista en pintar cuadros que imitaban el estilo de los grandes maestros con tal perfección que ningún especialista podía distinguirlos de los originales; el otro era Irving, que en un completo cierre de círculo, había escrito en 1969 una biografía de d'Hory, esta más auténtica que la de Hughes.

No sé que tal será La gran estafa; ya les digo que estoy deseando verla. Pero, si no han visto Question Mark y se la encuentran en algún videoclub (improbable), biblioteca pública (también) o en alguna emisión de madrugada de un canal televisivo ignoto (esto ya tiene más posibilidades), no se la pierdan. Y eso, a pesar de que buena parte de lo que Welles nos cuenta en ella... es también mentira.

lunes, septiembre 24, 2007

Un chico serio


Chuck Norris no ha sido, desde luego, el único actor (venga, vamos a ser buenos y llamarlo así) famoso por no cambiar nunca su expresión facial. Salvando no ya distancias, sino océanos, en los albores del cine como tal encontramos a Buster Keaton. Los amantes del cine mudo se pueden dividir, quizás, en dos categorías: chaplinianos y keatonianos, y la causa de esta división es decidir quién desprendió más genialidad en sus cortos.

Keaton se hizo famoso por no sonreír jamás en la pantalla. El mote con que se le conoció en España “el gran cara de palo” era una traducción literal de uno de sus apodos más populares en Estados Unidos “the great stone face”. Pero esa seriedad era precisamente la clave de su comicidad, la de una persona envuelta en situaciones que provocarían en otro reacciones extremas -reír, gritar, gesticular- y en las que Keaton se desenvolvía con completo hieratismo, como si la cosa no fuera con él. Su explicación a esta estrategia fue, según declaró a la revista Ladies’ Home Journal en 1926 (en un artículo recuperado por la revista Casablanca en 1982, que es, lógicamente, el que yo tengo): “me di cuenta (…) de que nunca pertenecería a la clase de cómicos que pueden bromear con el público y reírse de él. El público tenía que reírse de mí”.

Hubo otro motivo: “En todos los años en que estuve trabajando en los teatros de revista con mi padre y mi madre (…) nunca hablé, sonreí ni reí. En el curso de la representación mi padre y yo solíamos golpearnos con escobas, proporcionando así la ocasión para mis extrañas caídas y tumbos. Y si por casualidad se me ocurría reírme, el siguiente golpe sería mucho más fuerte. (…) Ni siquiera podía lloriquear”.

Se cuenta, de hecho, pero no lo he podido comprobar, que en una de sus películas (creo que en El héroe del río, de 1927, pero de nuevo aquí ando un poco perdido. Si alguien me puede iluminar, que deje un recadillo) el estudio obligó a Keaton a sonreír en la última escena. En el estreno, las cosas fueron bien hasta que se llegó precisamente a ese momento; en cuanto vieron sonreír al cómico, a los espectadores les faltó poco para quemar el cine. Hubo que volver a rodar el final, y dejar a Keaton dar paso al The End con su cara de palo de siempre.

domingo, septiembre 23, 2007

Gansada de domingo


Vale que nunca ha sido un gran actor; de hecho, sus películas son infames. Por si fuera poco, en los últimos años Chuck Norris se ha retirado del cine para perpetrar en televisión una de las series más violentas, fachas y desorbitadas que mis ojitos han tenido ocasión de ver, Walter Texas Ranger, toda una invitación a hacer turismo en el estado de Bush; ya para empezar, la letra de la canción de la serie te avisa: "Cuando estés en Texas, mira detrás tuyo / porque ahí es donde van a estar los Rangers". ¿Se imaginan? ¡Por favor, no me den de yoyas, les juro que no sé nada de ese video de Michael Moore que hay en mi mochila!.

Con todo, a mí no me cae mal. En los años 80, junto con Jean-Paul Belmondo, este chico fue el rey del videoclub, con sus películas alquilándose como rosquillas (ya he contado en alguna otra parte la anécdota de la señora que, para pedir al dependiente su ración de vídeos para el fin de semana, le soltó: ¿Y NO TIENES NINGUNA DEL CHINORRIS?). Además, que se sepa, nunca se ha metido en ninguna bronca en la vida real, y ha declarado que huye de las situaciones violentas como de la peste; normal si se es un verdadero maestro de artes marciales, y no un macarra como Jean-Claude Van Damme, que tiene varias denuncias por practicar patadas con la población civil. Pero claro. Tanto años haciendo de tío duro, durísimo, que no sonríe porque a lo mejor le sale una hernia, acaban cobrándose su precio. Y desde hace algún tiempo Chuck es el destinatario de un montón de chistes de Internet que le presentan como una mala bestia tan mala bestia que da mala reputación al resto de las malas bestias. Hace tiempo, un visitante de este blog me dejó unas cuantas en un comentario. Pueden ver la lista casi completa en www.chucknorrisfacts.com

Aunque quizá lo mejor sea echar un vistazo al vídeo (es el primero que cuelgo. ¿Saben lo difícil que es escribir con los dedos cruzados?), donde en un programa de televisión americana contrastan al verdadero Chuck Norris con algunos de esos chistes, e incluso se los hacen leer en voz alta. Hay que decir que Chuck se lo toma con mucha deportividad, e incluso se ríe en plan cuñaaaaao. Qué desilusión: era humano, después de todo.

jueves, septiembre 20, 2007

La carretera

Se cumple estos días el cincuenta aniversario de la publicación de On the road, la novela emblemática no sólo de su autor Jack Kerouac, sino de todo aquel movimiento, tan social como literario, que sacudió Estados Unidos en los años 50 y que ha quedado para la historia con el nombre de generación beatnik (o beat, según gustos). Como cabía esperar, nuestra prensa se ha llenado de artículos donde sesudos escritores y columnistas han usado a Kerouac para hablar de ellos mismos, o sea, para recordar los tiempos en los que leyeron On the road y lo que el libro significó para ellos en aquellos años suyos de juventud y rebeldía. Hasta que llegaron la hipoteca, los trienios y, en algunos casos, el coche oficial.

Pues miren, no se van a librar de que yo haga lo mismo: leí On the road con dieciséis años, una edad estupenda para escapar de inquietudes y confinamientos más o menos imaginarios viajando línea a línea en la trasera del coche de Neal Cassady. A este siguieron otros -Los vagabundos del Dharma, Ángeles de desolación- y luego la huella que dejaron se fue borrando a medida que mis gustos y curiosidades se adentraban en otros autores y otros estilos. El libro -en edición de Bruguera de 1980- sigue aquí, en casa, aunque apenas lo he abierto desde entonces, entre otras razones, por miedo a que se me derrumbe en una relectura, como pasa con tantas novelas (y películas) que mitificamos en la adolescencia.

¿Pero esto no era un blog sobre cine?

Claro, y a eso vamos. On the road es una novela que, aunque jamás se ha llevado al cine, constituye uno de los proyectos más queridos de Francis Ford Coppola, que ha anunciado repetidas veces su intención de filmarla. Y ha habido intentos, esbozos de guión, tanteos con el reparto, pero de alguna manera el proyecto nunca acabó de despegar (ahora dicen que llegará en 2009, aunque Coppola sólo producirá). Sin embargo, yo me estaba acordando de otra película que se acercó de manera impecable al mundo de los beatniks. El cartel lo tienen ahí arriba. En España se estrenó como Generación perdida (1980) y su director fue uno de los realizadores norteamericanos más interesantes de los 70, John Byrum. No está basada en ningún libro de Kerouac, sino en las memorias de Carolyn Cassady, la mujer de Neal -el miembro más importante de la generación, y el único que jamás escribió una línea-, interpretada aquí por Sissy Spacek. El resto del reparto está a su altura: John Heard como Kerouac y Nick Nolte como Neal Cassady. Tanto me gustó esta película que conseguí el póster en el Rastro de Madrid, y estuvo clavado en mi habitación durante bastantes años.

Ya les digo, las cosas cambian, y los gustos también. Y la verdad, tengo más ganas de volver a ver Heart beat que de releer On the road. Si la encuentran, no se la pierdan. Y si no han leído On the road, pues láncense, sobre todo los más jóvenes. Aunque ha pasado el tiempo, estoy seguro de que sigue siendo un libro imprescindible para ciertas edades, antes de que lleguen esos días en los que uno se da cuenta de que el alma le va pidiendo aparcar el coche. Pero, mientras tanto... carretera y manta.

miércoles, septiembre 19, 2007

El presidente de EE UU ha sido asesinado... ¡En Salamanca!

O por lo menos, lo será el año que viene. Este es el argumento de la película Vantage Point, que será estrenada en la primavera de 2008, y que se ha rodado íntegramente en la ciudad, con un reparto que incluye a Dennis Quaid, Sigourney Weaver, William Hurt y Forrest Whitaker (a la izquierda, una foto del rodaje, y aquí, el trailer). Desde luego, toda una oportunidad para los salmantinos de darse a conocer en todo el mundo, y un buen ejemplo del tema del último post, sobre el valor del cine para dejar plasmado en la historia el retrato de ciudades y escenarios reales.

De hecho, últimamente España parece estar de moda en el cine americano. Woody Allen rueda en Barcelona; El ultimátum de Bourne ofrece numerosas escenas filmadas en Madrid. Lo que ocurre es que esto está produciendo un efecto colateral que yo, personalmente, encuentro de lo más molesto. No se si recordarán, hace unas semanas, hablando del rodaje de Walkirie en Alemania, comentaba que este pedazo de superproducción había recibido cinco millones de euros en subvenciones públicas. Y recientemente, en Cataluña se ha producido una situación similar, ya que al parecer la película de Allen se ha beneficiado de ayudas cuyo importe no está claro, pero que algunos llegan a situar en veinte millones de euros.

A mí esta cifra me parece muy, muy exagerada, porque por lo general, el presupuesto de las películas de Woody ni se acerca de esa cifra. Pero ese no es el tema, como diría aquel. Lo importante es que dudo mucho que Tom Cruise o Woody Allen necesiten subvenciones europeas para llevar adelante sus películas. Al segundo lo está financiado Dreamworks, por el amor de Dios, y no creo que se pueda decir que Spielberg tenga problemas de liquidez. En cuanto a Vantage Point, no tengo noticias de si el ayuntamiento de Salamanca (o la comunidad de Castilla y León, da igual) ha contribuido económicamente al rodaje; pero de ser así, me parecería igual de mal. La política de subvenciones puede ser aceptable o no, funcionar mejor o peor; pero de ninguna manera puede justificarse que se beneficie de ella una industria multimillonaria.


Eso sí, considero en cambio que los ayuntamientos deben dar todo tipo de facilidades para unos rodajes que contribuirán a proyectar la imagen de la ciudad en todo el mundo. Aunque los ciudadanos, a veces, tengan que pagarlo con buenas dosis de paciencia. Ya lo dijo Antonio Banderas cuando cortó un día entero el centro de Málaga para el rodaje de El camino de los ingleses: “Parece mentira lo rápidamente que pasas de hijo adoptivo de la ciudad a hijo de la gran puta”.

lunes, septiembre 17, 2007

La noche y la ciudad

Retomo el blog después de algunos días sin dar señales de vida; trabajo, viajes, ya saben… el caso es que no he andado tan ocupado como para no ver el artículo que Vicente Molina Foix publicó en El País el día 14, donde hablaba de los rodajes en Madrid; más exactamente, de las dificultades de rodar en Madrid comparado con otras capitales europeas.

Coincido con él en que es una verdadera pena, y no sólo por Madrid. ¿No nos hemos fijado nunca en el papel que juega el cine a la hora de retratar el estado de ciudades y pueblos en momentos concretos de su historia? Sin salir de Madrid, si uno quiere echar un vistazo al aspecto de la capital a mediados de los años 50 no tiene más que ver Historias de la Radio (1955) y seguir a Pepe Isbert mientras recorre el Paseo de la Castellana vestido de esquimal… Unos años después, en Opera Prima (1980), Fernando Trueba nos presentaría a otro Madrid y otros madrileños… Cada uno tendrá sus recuerdos en este aspecto, pero yo les confieso que soy capaz hasta de tragarme alguna de las películas de Cine de barrio en cuanto veo algunos exteriores que me traen de vuelta al Madrid de mi infancia (y, en cuanto pasan a interiores, cambio de canal).

Curiosamente, este es un campo en el que el cine europeo le ha sacado muchísima ventaja al norteamericano. Por lo general, el Hollywood clásico lo filmaba absolutamente todo en decorados, tanto los interiores como los supuestos exteriores que podían transcurrir en cualquier país del mundo (la Casablanca de Bogart se parece a la ciudad original como un huevo a una castaña. Pero claro, a muchos nos gusta más el café de Rick que cualquier local que podamos encontrar en la ciudad auténtica), mientras que el cine del viejo continente, con presupuestos mucho más ajustados, recurría a escenarios naturales. Y bien que se agradece, unas cuantas décadas después. ¿Dónde podríamos encontrar un mejor retrato de la Italia de los últimos cincuenta años que gracias a las imágenes que tomaron De Sica, Visconti, Rossellini e, incluso a su manera y sobre todo en La dolce vita, Fellini? Más o menos al mismo tiempo, aunque el cine de Hollywood comenzaba a asomarse al exterior, en mi opinión no tuvo en general la habilidad o la intención de captar el espíritu de sus ciudades y pueblos de la misma manera que el cine europeo (aunque hay excepciones tan conocidas como la de la película que ilustra el post de hoy).

De todos modos, este tema del rodaje en las ciudades tiene un aspecto menos atractivo, que últimamente se está poniendo bastante de actualidad. Quédese para mañana.

lunes, septiembre 10, 2007

Mentira más, o mentira menos

Hablábamos por aquí hace unos días del montaje que nos venden en los extras de los DVDs y de cómo los supuestos making of están llenos de bulos montados por los estudios dedicados a ensalzar las cualidades de la estrella de turno. Ya dije entonces que no es una práctica nueva en Hollywood. De hecho, me he puesto a buscar, y he encontrado unas cuantas falsedades aplicadas a algunos de los astros más célebres de la historia del cine. Por ejemplo:

Gregory Peck (en la imagen, en una de sus películas más famosas). Se libró de luchar en la Segunda Guerra Mundial por una lesión en la espalda. Esto es cierto, pero como se la hizo durante una clase de baile en la Universidad, a los publicistas del estudio no les pareció lo bastante serio: la versión oficial fue que se había lesionado mientras competía en el equipo de remo.

David Niven. Siempre estuvo orgulloso de su herencia escocesa, y los estudios -y él mismo- se encargaron de publicitar que Escocia había sido su lugar de nacimiento. La verdad es que nació en Londres, pero supo guardar el secreto tan bien, que el hecho no se descubrió hasta después de su muerte.

Richard Burton. No es ningún secreto que el actor procedía de una familia humilde del País de Gales. Pero cuando comenzó a hacerse famoso, esto no les bastó a algunos periodistas, que llegaron a publicar que los catorce miembros de su familia vivían con un dólar a la semana.

Y luego yo, para serles sincero, daría un brazo y la yema del otro por saber cuál es la estrella del cine a quien se refiere Groucho Marx en su libro Groucho y yo, cuando narra un viaje en avión que hicieron los dos juntos: dicho actor se había hecho famoso, entre otros papeles, por sus interpretaciones de aviador heroico en las películas de guerra, pero en la vida real subirse a un avión era algo que le ocasionaba un pánico cerval. El vuelo en cuestión, según cuenta Groucho, fue una odisea, con el actor presa del terror, clavando las uñas en los reposabrazos y convencido de que se iban a estrellar al minuto siguiente, hasta el punto de que la azafata prácticamente le insinuó que, si se tranquilizaba, esa noche se iría a la cama con él. Pero ni por esas.

¿Quién podría ser? Yo apuesto por James Cagney, que hizo varias películas interpretando a un as de la aviación (Aguilas heroicas, de Howard Hawks en 1936 y Capitanes en las nubes, de Michael Curtiz, en 1942) y que, en efecto, en la vida real tenía pánico a los aviones. Pero es sólo una suposición y, por supuesto, se agradece cualquier información que puedan aportar.

jueves, septiembre 06, 2007

El discreto encanto de la bordería

Pasando por delante del quiosco, veo que los chicos de la revista Psichologies dedican su portada del mes a los atractivos de ser borde. Como era de esperar, la foto que ilustra el tema es un gran retrato del doctor House. La verdad es que el cine nos ha presentado multitud de personajes bordísimos en la pantalla (una de las mejores borderías jamás pronunciadas en una película corrio a cargo de Groucho: “Nunca olvido una cara, pero en su caso voy a hacer una excepción”), y ha contado con un número aun mayor de personajes odiosos detrás de ella. El caballero de la foto se llama Harry Cohn.

Cohn era un magnate. Un magnate de los de antes, los que crearon los estudios literalmente de la nada y controlaron las carreras y las vidas de las miles de personas que trabajaban para ellos. Su estudio era la Columbia Pictures y, aparte de ser el responsable de la producción de un buen número de obras maestras, se las arregló para ser el directivo más odiado en una comunidad que no andaba precisamente falta de especimenes semejantes. King Cohn, la biografía que de él hizo el periodista Bob Thomas, abunda en anécdotas sobre el particular. “Yo soy el rey aquí. Quien quiera que coma mi pan, canta mi canción” era su manera de definir su puesto, y sus modelos de dirección estaban algo alejados de la Harvard Business School. Amigo personal de Benito Mussolini, no sólo tenía una fotografía dedicada del Duce en su mesa, sino que había diseñado su despacho para que fuera exactamente igual que el del dictador italiano. Largo, interminable, cualquier visitante tenía que recorrer una considerable distancia hasta llegar a la mesa del jefe, que en ningún momento dejaba de taladrarle con esa mirada que pueden ustedes adivinar por la foto. “Para cuando llegan aquí”, solía decir orgulloso, “ya se han meado encima”.

Curiosamente, tras su muerte los comentarios no fueron tan unánimes como cabría esperar. John Wayne dejó clara su opinión sobre él: “Era un hijo de puta”, pero John Ford, amigo íntimo de Wayne, también dijo que “era la clase de persona en la que un apretón de manos era más fiable que un contrato redactado por todos los abogados de Filadelfia”. De todos modos, la mejor frase sobre Harry Cohn, como no podía ser menos, la acuñó él mismo: “Yo no padezco úlceras. ¡Yo las provoco!”.

miércoles, septiembre 05, 2007

Paja

“¡Tres horas de extras!” “¡Doce horas de extras!” “¡Más extras que en todas las pelis juntas de Cecil B. deMille!”. Cuando aparecieron los DVDs, se vendió como una de sus grandes ventajas frente al VHS la inclusión de contenidos extraordinarios, que permitían extender el disfrute obtenido con el visionado de la película. Hoy, más de diez años después, tras haber colocado unos cuantos cienes y cienes de títulos en mi reproductor, y haber analizado exhaustivamente los extras -cuando los había- me temo que he llegado a una conclusión decepcionante: los extras de los DVDs son una verdadera estafa.

No es que, de vez en cuando, no se encuentre material que vale la pena: por ejemplo, siempre son curiosas las escenas eliminadas, sobre todo si van acompañadas de algún comentario del director sobre las razones que le llevaron a quitarlas; precisamente los comentarios del director pueden ser muy ilustrativos -los de Coppola en la trilogía de El Padrino son una mina y, aunque les cueste creerlo, también los de John Mc Tiernan en La jungla de cristal- y algunas ediciones de clásicos incluyen buenos documentales -p.e. Matar un ruiseñor-, pero ¿El resto? El resto es material promocional rodado al mismo tiempo que la película, pensado precisamente para incluirlo en el DVD, y cuidadosamente seleccionado para no proporcionar ningún tipo de información fidedigna. Tomemos las entrevistas al reparto, sin ir más lejos: todo el mundo se deshace en elogios hacia sus compañeros, hacia el director y, faltaría más, hacia la película, por mucho que uno haya leído en fuentes generalmente bien informadas que la verdadera camaradería entre los miembros del reparto estaba más o menos a la altura de la de Alonso y Hamilton. Hasta las "tomas falsas" son sospechosas de haber sido preparadas para incluirlas en el material extra.

Y, dentro de este circo, hay casos muy divertidos. Cuando alquilé Misión imposible 2 vi que el DVD venía cuajadito de extras. Qué detalle, porque las pelis para alquiler se ofrecen muchas veces mondas y lirondas… luego me di cuenta de que en realidad sólo había un extra, pero repetido media docena de veces: Tom Cruise. Extra número uno: Tom rodando sin dobles las escenas peligrosas. Extra número dos: Tom escalando sin dobles (y sin cuerda) las montañas de Utah. Extra número tres: el director John Woo, que no olvida quién le paga, hablando de las pelotas tan gordas que tiene Tom y de cómo se lo hizo pasar mal al rodar tantas escenas de riesgo sin utilizar dobles, llegando a temer por la vida de su estrella. Extra número cuatro…

Bullshit, como diría aquel. Es cierto que Tom Cruise no utilizó un doble en las escenas peligrosas de MI2; utilizó seis. Y, tal y como cuenta Edward Jay Epstein en La Gran Ilusión, es completamente lógico: ningún estudio se arriesgará a que su estrella filme escenas potencialmente peligrosas, cuando hay gente especialmente preparada para hacerlo en su lugar. Y no ya por que pueda matarse; sólo con torcerse una rodilla obligaría a suspender el rodaje durante un periodo de tiempo, causando pérdidas que fácilmente podrían ascender a varios millones.

Pero eso da igual. Se trata de vender la película y a la estrella, incluso mintiendo como bellacos. Claro que eso lo ha hecho Hollywood toda la vida; pero ahora te obligan a comprártelo. ¿Y quién quiere gastar tanto dinero en relleno cuando el relleno es paja?

martes, septiembre 04, 2007

¿Y qué es exactamente un mal director?

Llevamos un par de días hablando de malos actores, y quizás no deberíamos dejar de lado a los directores, que esos también tienen lo suyo… Claro que, a la hora de determinar quién es un mal director, la cosa puede ser complicada. Habrá quien diga: hombre, claro, Ed Wood (el pobre Wood nunca se recuperará de la película que le dedicó Tim Burton… aunque es cierto que era espantoso), otros no se irán tan lejos y sacarán a Mariano Ozores, y luego tenemos a Tony Scott, Peter Greenaway, Alan Parker, y otros que en los últimos años han provocado profunda división de opiniones en la prensa internacional. Pero hay casos más flagrantes, de gente cuya incompetencia ha ocasionado que ningún productor con un mínimo sentido común les haya dejado acercarse de nuevo a una cámara. ¿Se acuerdan de Elaine May?

Nacida en Filadelfia en 1932, May se hizo un nombre en el mundo del espectáculo gracias a sus apariciones en clubes, televisión y teatro, donde hizo un buen número de contactos que le facilitaron la entrada al mundo del cine. Tras algunos comienzos como guionista y directora, donde se ganó merecida reputación de ser una perfeccionista de carácter, digamos, difícil, le llegó la oportunidad en 1976 de dirigir Mickey and Nicky, una comedia protagonizada por John Cassavettes y Peter Falk, grandes amigos en la vida real. El rodaje estuvo lleno de complicaciones, causadas en buena parte por el empeño de la directora en repetir las tomas hasta cincuenta veces, y aún no quedar satisfecha con el resultado. Cuando el estudio ordenó interrumpir la filmación, May había rodado 300.000 metros de película (la media de una película son unos 20.000, que quedan reducidos a algo más de 3.000 tras el montaje). Pero aun quedaba lo peor. May pasó más de un año montando la película, hasta que la Paramount se la quitó de las manos. Tanto esfuerzo no se tradujo en ningún resultado notable: Mickey and Nicky (que se estrenó aquí, aunque no recuerdo el título español) fue un fracaso de público y crítica.

Podría pensarse que tras semejante peripecia pocos querrían repetir con May. Pero un par de años después, tuvo un bombazo al coescribir con su amigo Warren Beatty el guión de El cielo puede esperar (1978) y colaborar con él de nuevo en Rojos (1981). Así que Beatty pensó en ella para escribir y dirigir una comedia musical que protagonizaría él, junto con Dustin Hoffman: Ishtar. Nunca lo hubiera hecho.

Todo lo que había ocurrido en Mickey and Nicky se repitió en el nuevo rodaje, pero corregido y aumentado. Buena parte del mismo tuvo lugar en Marruecos, y cuando May aterrizó en las localizaciones seleccionadas por su equipo, no le gustaron las abundantes dunas del desierto; ordenó que las allanaran a golpe de bulldozer. Luego, retomó su costumbre de ordenar toma tras toma de la misma escena, sin dar a los actores ninguna pista de los motivos que la llevaban a tanta repetición: lo único que decía era “otra vez”. Las últimas semanas de rodaje, estas en estudio, requirieron cambios en el guión y la composición de nuevas canciones que debían interpretar los protagonistas. Con tres meses de retraso sobre la fecha prevista, May había rodado 104 horas de película. Y, tras más de un año de trabajo en el montaje y los ajustes de última hora, por fin la Columbia se preparó para estrenar una comedia que, según descubrieron, no tenía gracia ninguna, y que les había costado la enorme cifra para la época de (dicen) 51 millones de dólares.

Ishtar fue uno de los grandes fracasos de los 80, con apenas una tercera parte de su presupuesto recuperado en taquilla. Durante años, el título fue sinónimo en Hollywood de todo lo que no se debe hacer a la hora de preparar una película de éxito. Elaine May ha vuelto a trabajar, ocasionalmente, como guionista (Primary Colors, por ejemplo), pero nunca ha vuelto a ponerse detrás de una cámara. ¿Ed Wood? Un santo, por el amor de Dios.

(La información para este post está sacada del libro Fiasco. A History of Hollywood's Iconic Flops, de James Robert Parish, que espero algún editor tenga el buen sentido de publicar en nuestro país).

domingo, septiembre 02, 2007

¿Pero qué es exactamente un mal actor?

A raíz de la última entrada del blog, donde expresé mi convicción de que el finado Jose Luis de Vilallonga ha sido, dicho sea con todo el respeto, un actor verdaderamente nefasto, me preguntaba si hay otros casos donde pueda darse tanta unanimidad sobre la falta de talento. Y es que actores malos, malos de verdad, hay muy pocos. En este sentido, cuando la semana pasada leí la crítica que Javier Ocaña escribía sobre La carta esférica, de Imanol Uribe, me llevé una sorpresa al ver cómo decía sin cortarse un pelo que Aitana Sánchez-Gijón “nunca había mostrado tan claramente sus limitaciones interpretativas”. Hombre, ya era hora. Parece que esta chica ha gozado durante años del bulo de la crítica para pasearse por las cintas demostrando una incapacidad total. Y lo curioso del asunto es que, sin ir más lejos, cada vez que he hablado de ella en este blog me he encontrado con que no soy, ni de lejos, el único que piensa así.

En otras ocasiones las cosas no están tan claras. Hay actores excelentes con interpretaciones nefastas. Pienso, por ejemplo, en Jose Luis Gómez, uno de nuestros grandes talentos,que en Beltenebros (1991) de Pilar Miró exhibía un festival de muecas que no lo superaban ni Jim Carrey y Robin Williams juntos. Y luego hay actores que, por mucho que se esfuercen, no conseguirán jamás convencer a la totalidad de los críticos. En este sentido, uno de los libros imprescindibles para cualquier aficionado español al séptimo arte es la Guía del Video-Cine, de Carlos Aguilar donde, a la manera de la mítica Halliwell’s Film Guide, recoge fichas y crítica de todas las películas, españolas y extranjeras, estrenadas en nuestro país. Pero hay un problemilla… el amigo Carlos no aguanta a Paul Newman, y por tanto no desperdicia ocasión de darle alguna colleja que otra en las reseñas, por breves que sean, de las películas protagonizadas por él.

Y luego están los que lo tienen claro y lo asumen. Por si alguien no lo reconoce, el actor de la fotografía es Victor Mature, que en los años 40 y 50 protagonizó numerosas películas en Hollywood, entre ellas alguna obra maestra como Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946) de John Ford, o El beso de la muerte (Kiss of Death, 1947) de Robert Aldrich, aunque se le recuerde, sobre todo, por el taquillazo Sansón y Dalila (1949), de Cecil B. de Mille. A pesar de ello, durante toda su carrera tuvo que aguantar las pullas de los críticos un día sí y otro también. (Terenci Moix recordaba que entre los aficionados españoles en los años 50, se solía decir “eres más pasmarote que Victor Mature”). No pareció importarle mucho, y es bien conocida la anécdota de los impedimentos que sufrió cuando intentó hacerse socio de un exclusivo club de golf de Beverly Hills. “Lo siento”, le dijeron, “pero aquí no aceptamos actores”. A lo que él contesto. “Pero yo no soy actor. ¡Y tengo setenta y seis películas que lo dejan bien claro!”.

viernes, agosto 31, 2007

Pues la verdad...


La verdad, no me gusta hablar mal de nadie; muchísimo menos de los muertos. Y muchísimo menos si esos muertos acaban de fallecer. Pero tampoco estoy de acuerdo con la avalancha casi obligatoria de cumplidos que invariablemente sucede al fallecimiento. Así que no creo estar cebándome en el cadáver de nadie si digo que ayer ha pasado a mejor vida uno de los peores actores que he visto jamás en la pantalla.

Sus amigos -y tenía muchos- hablan y escriben estos días de la extensa filmografía de Jose Luis de Vilallonga, y de sus trabajos con directores como Louis Mallé, Fellini, Blake Edwards… es cierto que trabajó con todos ellos, y no es menos cierto que en ninguna de sus películas hizo nada destacable. Sus títulos más memorables lo son a pesar de su presencia, no gracias a ella. Lo mejor que puede decirse de sus papeles es que no estorba, o que estorba poco. Y donde menos ha molestado ha sido en las astracanadas de Berlanga de la serie Nacional… donde todo el mundo está tan desquiciado que uno más, bien peque por exceso o por defecto de gesticulación, no desentona.

En fin. Recuerdo, eso sí, haberme leído en su día con genuino interés su libro El Rey, y algunos de sus artículos, por lo menos aquellos en los que no se dedicaba al tema de contarnos lo variada e interesante que había sido su vida sentimental, pero como actor… Ahora, ya lo he dicho, nada como tener amigos en determinadas esferas. Verán como cuando se muera Arturo Fernández habrá bastante más gente que discuta su talento que con Vilallonga. Y el chatín, por lo menos, ha conseguido crear un personaje… que siempre es el mismo. Pero eso también le pasaba a John Wayne.

miércoles, agosto 29, 2007

Agitado, no batido



Hace un par de días, mencioné como de pasada el dry martini y comenté que valdría la pena extenderse algo más sobre el tema. Y es que no me negarán que se trata del cóctel más cinematográfico que jamás haya existido. Cóctel, no bebida, porque entonces competiría con otras como el champán (que tan popular se hizo desde aquellas comedias norteamericanas de los años 30) o el whisky (este, presente en el cine negro y, en su vertiente más primitiva en los westerns; personalmente, no comprendo cómo un tío puede tirarse dos semanas cabalgando por el desierto y, nada más llegar al pueblo, en vez de pedirse un vasito de agua, calzarse tres pelotazos de bourbon a palo seco); hablamos de eso que en otros tiempos se llamaban "combinaciones". Y aquí, en el séptimo arte, el dry martini es el rey, hasta el punto de que cuando se pide en un bar, sobre todo en ciertos bares, uno casi está esperando oír el sonido de la claqueta, como si la sola mención del cóctel, o su presencia física, con la copa traslúcida por el hielo y la corteza de limón, se bastaran para transportarnos al mundo de una película inexistente. Como La rosa púrpura de El Cairo, pero al revés.

Eso sí, ¿Agitado o batido? Es una de las muchas maneras en que se ha traducido (mal) la precisión “shaken, not stirred” con que 007 encarga sus martinis de vodka. La mejor manera de pasar esto al español sería, posiblemente, “en coctelera” o “en vaso mezclador”. En la coctelera, la mezcla se sacude (“shake”) y en el caso mezclador, se remueve (“stir”) ginebra, vermut y hielo. La diferencia está, al parecer, en la cantidad de hielo que se derrite en cada operación, y que puede afectar a la pureza del resultado. Como no soy un experto en coctelería, no lo tengo muy claro.. Aunque la ciencia tiene también algo que decir al respecto.

En el mundo del cine, el verdadero rey del dry martini no es James Bond, sino Luis Buñuel. El director aragonés era un verdadero fanático de esta bebida, y en sus recomendables memorias nos dejó su propia receta para lograr el martini perfecto. Tomen nota (aquí tienen el texto completo aunque, eso sí, en inglés):

"Pongo en la nevera todo lo necesario, copas, ginebra y coctelera, la víspera del día en que espero invitados. Tengo un termómetro que me permite comprobar que el hielo está a unos veinte grados bajo cero.

Al día siguiente, cuando llegan los amigos, saco todo lo que necesito. Primeramente, sobre el hielo bien duro, echo unas gotas de Noilly-Prat y media cucharadita de café, de angostura, lo agito bien y tiro el líquido, conservando únicamente el hielo que ha quedado, levemente perfumado por los dos ingredientes. Sobre ese hielo vierto la ginebra pura, agito y sirvo. Eso es todo, y resulta insuperable”.

Así que ya saben. Eso sí, este bloguero les recuerda que no se debe beber sin moderación, y mucho menos sin invitar a los amigos. Salud.

(La ilustración de hoy es un homenaje a Seth Macfarlane, el tipo que más me hace reír actualmente en televisión, exceptuando los informativos de Sánchez Dragó).

martes, agosto 28, 2007

Tom y su subvención

A la hora de tocar el siempre espinoso tema de las subvenciones o ayudas públicas al cine, no estaría de mal recordar un par de datos que, curiosamente, siempre son olvidados por sus enemigos más acérrimos, a saber: todos, absolutamente todos los países europeos, cuentan con programas de ayudas públicas para su industria cinematográfica. Muchos de ellos destinan a este fin bastante más fondos que España, fondos que se mantienen independientemente de la ideología del gobierno de turno. Derechas, izquierdas o centro, consideran necesario apoyar a su industria.

Ya que estamos hablando del caso, desconozco cómo funciona la cosa en otros países, pero sí tengo alguna idea del proceso en el cine español. A grandes rasgos: la ayuda a una película nunca puede superar el 30 por ciento de su presupuesto. El resto del dinero hay que buscarlo en entidades privadas. Y el productor -no el director ni los actores- sólo tendrá acceso a esa cantidad a los dos años de la fecha de estreno. Puede -y debe- discutirse si este sistema es o no mejorable, pero desde hace unos años, es el que tenemos. Y, como ya les he dicho, no somos los únicos.

Pero queda la pregunta del millón (y nunca mejor dicho). ¿Subvenciones para qué? Mi opinión -estrictamente personal, y aquí cada uno, por supuesto, puede poner la suya- es que este tipo de ayudas deben ir encaminadas a promocionar un determinado campo -festivales, exposiciones- o a contribuir a su difusión -llevar una película a los Oscar o a Cannes cuesta mucho-, y que las ayudas a las producciones deben ser miradas con lupa, caso por caso. No creo que Almodóvar, a estas alturas, con su fama y sus contactos, necesite dinero público para hacer sus películas; como tampoco veo que, por motivos muy distintos, haya que darle un duro a cosas como Ekipo Ja!, perpetrada por el rubio de los Cruz y Raya, que se ha convertido en la segunda película española más vista del año.

Y otro que tampoco creo que necesite subvenciones es Tom Cruise, que no sale en la foto de hoy sólo para hacer bonito. La imagen corresponde a Valkirie, la película que está rodando actualmente en Alemania donde da vida a Claus von Stauffenberg, uno de los oficiales que intentaron asesinar a Hitler durante la II Guerra Mundial. La cinta ya ha provocado bastante polémica por diversos motivos: desde las chorradas habituales de que no quieren a Cruise en Alemania por ser cienciólogo (yo creía que las creencias de cada persona, bien sea estrella de cine o bloguero, son cosa suya, pero debe ser que Tom va infectando a la gente allá por donde pasa), a un accidente ocurrido durante el rodaje donde han resultado heridos once extras. Cuando la prensa daba cuenta de este último hecho, el pasado día 21, comentaban como de pasada lo siguiente: “el filme cuenta con subvenciones públicas de unos cinco millones de euros”.

¿Perdón? ¿Subvenciones? ¿a Valkirie? Verán, es que no estamos hablando precisamente del último proyecto indie, sino de una superproducción en toda regla. El director es Bryan Singer, que tiene detrás películas de la talla presupuestaria de los X-Men, o el último Superman. Y en cuanto a Cruise, su tarifa para ponerse delante de una cámara empieza en los 20 millones de dólares, más porcentaje de los beneficios brutos (sólo por la primera Misión Imposible, se calcula que ganó unos 70 millones en total). No están precisamente necesitados de fondos. Así que no entiendo de dónde han salido esas subvenciones públicas, ni con qué finalidad se les han concedido, cuando con ese dinero hay para hacer tres o cuatro películas como La vida de los otros.

Las subvenciones pueden ser mayores o menores, quizá, según van opinando algunos en la encuesta, ni siquiera deberían ser; pero ya que existen, lo más lógico sería procurar repartirlas con algo de lógica. Y en esta lógica no entran los estudios de Hollywood (United Artists, en este caso) ni las megaestrellas. Me he enrollado un poco, pero me he quedado a gusto, eso sí. Espero sus opiniones.

lunes, agosto 27, 2007

Deconstruyendo a Bond




Ya, ya sé que ayer dije que hoy iba a tocar el asunto de las subvenciones (aunque de modo un tanto particular), pero la programación televisiva me ha obligado a cambiar de tercio. Quédese para mañana -esta vez sí, sin falta- el post prometido, y vamos al tema que se nos ha colado, inspirado por la emisión, esta noche a las diez, de la película Vive y deja morir, dentro del ciclo dedicado al agente 007 que Telemadrid lleva emitiendo todo el verano.


Teníamos a Bond un poco abandonado desde el estreno de Casino Royale, y la verdad es que Vive..., dentro de la serie, es bastante particular. Constituyó el segundo intento de los productores de reemplazar a Sean Connery y, después del (semi) fracaso obtenido con George Lazenby, Albert R. Broccoli y Harry Saltzman no quisieron correr riesgos. No les bastaba con conseguir por fin a Roger Moore como protagonista (antes no habían podido por los compromisos del actor con la serie El Santo); se trataba de lograr que el público lo aceptara como Bond, sin fisuras de ningún tipo. Y esta vez, en lugar de apostar con el continuismo, como con Lazenby, huyeron como la peste de muchos lugares y escenas que Connery había hecho familiares, para evitar que el público hiciera cualquier comparación (que siempre son odiosas). Así, si ven ustedes (por lo menos los lectores de Madrid) esta noche la película, estas son algunas de las cosas que echarán de menos:



1. Bond no lleva smoking en ninguna escena (ni siquiera en el cartel publicitario).


2. Tampoco pide ningún martini de vodka, agitado o removido (por cierto, un día de estas vamos a tener que aclarar este tema, y otras cosillas, sobre el martini. Me lo apunto).



3. 007 no va al despacho de M para que este le encargue la misión; en lugar de eso, es M (y Moneypenny) quienes van a su casa (por cierto, una de las poquísimas veces en la serie en que vemos el domicilio de Bond).



4. El actor Desmond Llevelyn, y su personaje Q, no aparecen por ninguna parte, para evitar la famosa escena de “preste atención, 007” donde se le hace entrega de los gadgets habituales. Sí lleva un reloj lleno de trucos, pero es Moneypenny quien se lo da.



Por supuesto, una vez el público aceptó a Moore como Bond, todas estas escenas regresaron en las siguientes películas. A todo esto, hay rumores de que la nueva entrega de Bond tendrá un tono mucho más ligero que Casino Royale… ¡Después del papelón que ha hecho Daniel Craig! ¿Le acabaremos viendo arrugado como una pasa y levantado una ceja?


Mañana retomamos las subvenciones (salvo imprevistos, ejem…). Mientras, sigan votando.

domingo, agosto 26, 2007

Vuelta de vacaciones

Bueno, ya va siendo hora de sentarse de nuevo detrás del teclado, aunque sólo sea para saludar y disculparme por estas semanas en las que he dejado desatendido el blog. Ya dije en un post anterior que no me gustaba despedirme a la francesa, pero me temo que en este caso se han juntado varios factores. Uno, el agotamiento producido por meses anteros de trabajo sin vacaciones (o sea, lo que le pasa a todo el mundo). Dos, un pequeño bajón psicológico sobre el cual no me voy a extender porque este blog no está para darles la lata con mis asuntos personales y tres… que no sé dónde se han metido ustedes, pero leñe, es que en todo el mes de julio los comentarios han brillado por su ausencia. Curiosamente, el número de visitas no ha descendido, pero debe ser que el calor les atascaba los dedos en el ordenador; y ya he dicho mil veces que en mi blog, que es el suyo, ya que no me llevo ni un duro por hacerlo, al menos espero participación. Así que, visto lo visto, decidí tomarme vacas, y no precisamente las de Julio Medem.

En estas, semanas, de todos modos, el blog no ha permanecido inactivo. Algunos visitantes han comenzado a usar el servicio de consultas, y me gustaría animar a todos a que no se corten de preguntarme cosas. Un detalle que se me olvidó poner sobre el particular: ES GRATIS. Así que si tienen alguna duda que yo pueda contribuir a resolverles, no duden en escribir.

Y también he recibido algunos comentarios en entradas antiguas. El mejor, uno que prácticamente me acusaba de pertenecer al Ku Klux Klan por mi texto sobre la película Hurricane, con Denzel Washington. Dios Santo, ¿cómo han podido descubrirme y averiguar que este blog está hecho en Alabama? A ver si me acuerdo de quitar las cruces quemadas del jardín…

En fin, que vamos todos a tomarnos la vuelta de vacaciones con el mejor ánimo posible. De momento, y como es domingo, les dejo una encuesta a la que me gustaría que contestaran, ya que tiene relación directa con el próximo post. En efecto, mañana voy a hablar de las subvenciones al cine… pero quizá no de la manera en que ustedes esperan.

Una vez más, y como decía siempre Jack Lemmon antes de empezar a rodar: “It’s magic time!”

miércoles, agosto 01, 2007

"Películas que no traten de nada"

¿Qué sentido tienen hoy en día el cine de Bergman, el de Antonioni? Es para preguntárselo, después del devastador doble golpe que ha privado al cine en menos de 48 horas de dos de sus grandes maestros. Y yo me lo preguntaba, porque tanto uno como otro eran cineastas difíciles, sobre todo en los tiempos que corren. Sus películas son lentas, densas, su narrativa -la de Antonioni, sobre todo- confusa. Hay que estar predispuesto a verlas y a aprender de ellas. Son eso que se llamaban antes películas “para pensar” y que interesan tan poco en unos tiempos donde nadie parece tener interés en pararse a sumergirse en una obra hecha con cuidado, con pasión y (me encanta esa palabra) con “mensaje”. Claro que en Hollywood siempre se ha dicho que “si quieres un mensaje no lo metas en una película, mándalo por la Western Union”.

Con todo, son películas que volvieron loco a Hollywood. Creo que alguien ha apuntado en el blog que sin Bergman no habríamos tenido a Woody Allen (Desde luego, no habríamos tenido Interiores ni Septiembre), y del mismo modo, puede decirse que sin Antonioni no habríamos tenido algunas películas de la quinta de directores que tomó Hollywood en los años 70. Coppola ha reconocido en más de una ocasión que La conversación está fuertemente influída por Antonioni, y Brian de Palma llegó al extremo de hacer un remake (malísimo) de Blow up, donde no se quemó mucho las pestañas para buscar el título: se titulaba Blow out y lo protagonizaba un John Travolta con pinta verdaderamente siniestra.

En cuanto a la influencia de Antonioni en Hollywood… Peter Biskind cuenta cómo pudo comprobarlo un joven director llamado Paul Williams cuando en 1967 presentó un proyecto en la MGM… y se lo rechazaron, con el argumento de “no, no, no ahora lo que queremos son películas que no traten sobre nada… como esa de Blow-up”.

lunes, julio 30, 2007

Jaque mate


En 1968, Ingmar Bergman visitó Roma, y conoció a Federico Fellini. Los dos directores dieron un prolongado paseo por la ciudad, acompañados de sus respectivas esposas, Liv Ullmann y Giulietta Massina. Se cayeron muy bien; tanto, que ese mismo día comenzaron a hablar de hacer una película juntos, que se titularía Love Duets. La parte de Fellini se titularía La ciudad de las mujeres, y la de Bergman, Paredes Blancas.
En 1970, convocaron una rueda de prensa para anunciar el proyecto conjunto. Después, se fueron a cenar a Da Cesarino. Y allí fue cuando Fellini preguntó a Bergman en qué estaba trabajando en ese momento. El sueco le contestó que preparaba una película sobre la muerte. Sin quererlo, había mencionado uno de los temas preferidos de Fellini, que se lanzó en plancha:
- Hace unos seis meses estuve a punto de morir, así que creo…
- Hace unos años yo estuve muy enfermo, y pensé que me moría. - Le interrumpió Bergman.
- Sí, pero yo me estaba muriendo de verdad. Estaba completamente muerto a efectos prácticos, así que lo sé todo sobre el tema. - Cortó Fellini.
- Una vez me pusieron una inyección que me causó una especie de muerte clínica durante cinco horas. - Contraatacó el sueco.
- ¿Cinco horas? Me parece muy poco tiempo como para hacerse una idea tan clara de lo que es la muerte.
La cosa siguió así durante un buen rato, con cada uno porfiando por demostrar que sabía más que el otro sobre aquello que Raymond Chandler llamaba El Gran Sueño; en los meses siguientes, el proyecto de película conjunta se fue enfriando, y al final nunca llegó a materializarse. Cada uno filmó sus películas por separado: la de Fellini se tituló, tal y como estaba previsto, La ciudad de las mujeres, y Bergman cambió el título a la suya por La Carcoma (que hoy se recuerda, sobre todo, por haber estado protagonizada por un actor tan poco adecuado para el papel como el norteamericano Elliott Gould).
Fellini acabó de descubrirlo todo sobre la muerte hace unos años; y hoy le ha tocado a Bergman perder la partida de ajedrez.
El tópico es decir que seguro que se han vuelto a encontrar donde sea, y están preparando alguna película juntos.
Pero a mí no me gustan los tópicos. Y a Bergman tampoco le gustaban. Quizá por eso ha dejado una obra tan sólida tras de sí.

jueves, julio 26, 2007

El futuro de Hollywood


Un buen amigo de este blog (y de este bloguero) me ha pasado un libro que tenía ganas de leer desde que vi hace poco un anticipo en La Razón. Se titula La gran ilusión. Dinero y poder en Hollywood, el autor es Edward Jay Epstein y lo ha publicado Tusquets. Es, por lo que he podido ver hasta ahora, un ensayo exhaustivo y repleto de información sobre el funcionamiento del Hollywood moderno, donde quedan al descubierto muchos engranajes de la fábrica de sueños, y se tocan sin tapujos temas como la fórmula por la que se guían todas las superproducciones, la progresiva infantilización del público, la tremenda importancia de los mercados alternativos (DVD, televisión de pago) o la intencionalidad política de las películas (esto último no tiene nada de nuevo, y a ver si hablamos de ello algún otro día).

Sólo he tenido tiempo de hojearlo, claro, pero nada más empezar me he encontrado con un texto referente a El señor de los anillos. El retorno del rey (2003) que, como recordarán, se llevó once Oscar en la ceremonia de 2004, que me ha parecido más que significativo. Se lo reproduzco a continuación:

El señor de los anillos. El retorno del rey la crearon principalmente animadores informáticos. En la filmación de más de mil planos de la película -más del 70 por ciento del número total de planos- no intervino ninguna cámara. Estas partes las crearon técnicos digitales que trabajaban para empresas autónomas de gráficos de ordenador en lugares remotos del mundo. Algunos planos se crearon a partir de cero, mientras que otros combinaban actores de carne y hueso con capas creadas digitalmente. (…) La mayoría de los compositores digitales, especialistas en incendios, artistas del rotoscopio, modelistas digitales, vaqueros digitales, creadores de software y coordinadores de captación del movimiento que trabajaron en El retorno del rey estaban separados tanto en el tiempo como en el espacio de la acción que tenía lugar en el plató y prácticamente no tenían ningún contacto personal con los actores, el director, el personal de producción o siquiera unos con otros. Mientras que en este caso el proceso dio resultados asombrosos -como atestiguaron los once Oscar-, también auguró un futuro para Hollywood que dependería mucho más de las manipulaciones del ordenador que de las de la cámara”.

Si me apuran, quizás podríamos añadir que dependerá mucho más del ordenador que del director, el guionista o los actores. En todo caso, el párrafo da que pensar.

miércoles, julio 25, 2007

Lleno, por favor

¿Recuerdan que hace unos días les estaba contando los usos y costumbres de las estrellas? Una de las principales máximas a seguir era que las estrellas de cine nunca llevan dinero encima (Rock Hudson dixit). Precisamente me estoy acordando de un par de anécdotas sobre el particular, una de las cuales tiene como protagonista a Elvis Presley, de cuya muerte se cumplen hoy treinta años.

Al igual que Sinatra, Elvis rodó bastantes películas. A diferencia de Sinatra, la mayoría de las que hizo eran bastante malas. Se salva, quizá, El barrio contra mí (1958), aunque sólo sea por la canción que le dio su título original, King Creole, y Viva las Vegas (1964), en parte por el mismo motivo, y muy especialmente por estar coprotagonizada por la comestible Ann-Margret, que, según confiesa en su autobiografía, tuvo una relación más que intensa con El Rey.

Un día, ambos salieron a dar un paseo por Los Angeles en la nueva Harley-Davidson de Elvis. Al llegar a la zona de Venice, la moto se quedó sin gasolina. Por suerte, había una gasolinera cerca. El problema fue que Elvis no tenía un centavo encima, y Ann-Margret, tampoco. Pero eso no es demasiado problema cuando uno se llama Elvis Presley; basta con firmarle un autógrafo al sorprendido encargado para que te llene el depósito con su mejor sonrisa (al día siguiente, Elvis envió a uno de sus ayudantes a pagar el combustible).

Otros tenían incluso menos problema con el dinero. En cierta ocasión, Gary Cooper iba en coche con Lee Marvin, y pararon a repostar. En aquella época, antes de la popularización de las tarjetas de crédito, era cosa muy común pagar con cheques, y es lo que hizo Cooper. El gasolinero, entusiasmado al ver la firma, le dijo: “No pienso cobrarlo. ¡Lo voy a enmarcar!”. De vuelta en el coche, Marvin preguntó a Cooper:

- ¿Cuántos de los cheques que firmas llegan a cobrarse en el banco?

- Ah, pues uno de cada diez, aproximadamente.

martes, julio 24, 2007

Películas que no veremos



¿Qué tienen en común la detención del atracador de bancos conocido como El Solitario y la batalla de Bailén? Nada, en principio; pero no me negarán que ambas historias no son una base excelente para una película. El primer caso podría dar lugar a un magnífico thriller, de esos que, para más morbo, se anuncian como “basado en hechos reales”, y el segundo a una producción histórica repleta de acción, sangre y muerte, recordando la primera vez que en Europa se le dio caña de lomo a las fuerzas de Napoleón. Sin embargo, creo que hay pocas posibilidades de que veamos una ni otra. Cualquier asesino en serie o criminal norteamericano tendrá dedicado, como mínimo, un telefilme o, con más suerte, una excelente superproducción, al estilo de Zodiac, de David Fincher (en la foto). Y en cuanto a los conflictos históricos… Todos los españolitos nos conocemos la historia de El Álamo –que tiene dos películas dedicadas, la de John Wayne de 1964 y la de John Lee Hancock, excelente, de 2004-, pero la mayoría no tiene la menor idea de lo que pasó en esa población de Jaén hace 199 años.

El segundo centenario de la batalla de Bailén sería una magnífica fecha para estrenar esa producción española con, un suponer, Carmelo Gómez como el general castaños y Pilar López de Ayala como María Bellido. Pero creo que ya nos podemos ir olvidando. Para emprender un proyecto como ese hace falta una industria cinematográfica que realmente funcione, dispuesta a arriesgar –porque esta hipotética película, para hacerla bien, saldría desde luego bastante cara- y a meterse en temas que, bien contados, podrían interesar al público, como han hecho las cinematografías norteamericana e inglesa, entre otras, desde que el cine es cine. Con la sana idea de crear una película que meta al cine en las salas a saco, y forrarse con la recaudación conseguida legítimamente. En su lugar, seguimos utilizando a excelentes profesionales en proyectos con mucho onanismo mental y poco talento.

En cuanto a la historia de El Solitario, no me digan que no ven, por ejemplo, a Luis Tosar con su mejor cara de paranoico y pegando tiros como un descosido. Aquí la historia se beneficiaría, además, de que tiene un final. Volviendo a Zodiac, a la que he mencionado antes, a pesar de haberse estrenado hace poco ,casi ha desaparecido ya de las pantallas, y eso que la crítica la ha puesto por las nubes de forma casi unánime. ¿Puede deberse a que la gente ya conoce el final, ya sabe que Zodiaco (lo pongo así, en español, porque si no me suena a barca hinchable) no fue capturado jamás y su identidad sigue siendo un misterio al día de hoy?. Y una película sin final, por muy fascinante que sea su desarrollo, siempre acaba decepcionando un poco.

Quizá por eso la primera aparición de Zodiaco en el cine tuvo otra resolución. Fue en Harry el Sucio (Don Siegel, 1973) nada menos, donde Clint Eastwood se enfrentaba a un asesino en serie llamado Scorpio. Scorpio está basado claramente en Zodiaco, aunque no desvelamos ningún secreto si decimos que, al final de la película, Harry lo cose a tiros. El cine, siempre arreglando la realidad. Pero a lo mejor por eso nos gusta.

lunes, julio 23, 2007

Firmamento sin estrellas


Por fin, el sábado pasado -con mucho retraso, lo confieso, y espero que esto no me haga perder puntos como bloguero cinematográfico- fui a ver La vida de los otros. Reconozco que, tras un principio que se me antojaba demasiado previsible, la historia comenzó a coger fuerza, y ya me enganchó hasta el final. Y qué actores. Todos ellos ajustados como un guante a su papel, no tanto los dos protagonistas -que también- como ese secundario que interpreta al superior de la Stasi, siempre dispuesto a medrar para seguir trepando por el escalafón y a vampirizar el trabajo de sus subordinados; o esa actriz de teatro, tan insegura, tan imperfecta, tan humana al fin y al cabo. Creo que hay un factor que contribuyó a aumentar la credibilidad de la película: no conocía a ninguno de los actores. Por lo tanto, no podía verles a ellos, pues desaparecían con toda comodidad dentro de sus personajes.

Creo que ese es un inconveniente del Star-System, potenciado hasta el límite en esta era de la imagen. La presencia exagerada de las estrellas de cine en los medios de comunicación se complementa con películas hechas a su medida, muchas veces evitando papeles negativos, conflictivos, antipáticos. Algunas tienen verdadero talento, pero lo suelen ocultar detrás de guiones acomodaticios y directores que en lugar de gritar “¡acción!” o “¡corten!” sólo les dicen sí, bwana. No quiero decir que estas cosas pasen continuamente, pero desde hace unos años, cada vez más a menudo. Por eso se agradecen las películas a contracorriente, llenas de seres humanos. Ahora, esperen a que hagan el remake americano, con Tom Hanks (por ejemplo) en el papel que aquí borda Ulrich Mühe, y me cuentan.

Pero ya que estamos hablando de estrellas, no me resisto a incluirles aquí este pequeño listado de instrucciones, muy útiles para distinguir a una verdadera estrella de un simple primer actor. El autor es Rock Hudson, que siempre decía que las incluiría en un libro que pensaba escribir (nunca llegó a hacerlo) titulado Cómo ser una estrella de cine. Son las siguientes:

a) Una estrella de cine nunca hace reserva en un restaurante: entra, y al momento tiene mesa disponible.
b) Una estrella de cine nunca mete dinero en un parquímetro: jamás le multan.
c) Una estrella de cine nunca se equivoca; la culpa es siempre de otro.
d) Una estrella de cine nunca abre la puerta de casa a las visitas ni contesta al teléfono (Hudson, decían sus amigos, rompía esta norma constantemente).
e) Una estrella de cine nunca pregunta el precio de nada.
f) Una estrella de cine nunca hace deporte: su cuerpo es perfecto por naturaleza.
g) Una estrella de cine nunca lleva dinero encima.
Creo que mañana vamos a seguir con este tema de las estrellas, que da para mucho. Mientras, los que no hayan ido a ver La vida de los otros (aunque, conociéndoles, sospecho que yo he sido el último), ya pueden pasar por taquilla. Y ya tenemos encuesta nueva, así que ¡a votar!

jueves, julio 19, 2007

Fidelidad literaria

En el misterioso Canal 8 Madrid, del cual ya he hablado en alguna otra ocasión --pues uno se puede encontrar allí con cualquier película, desde obras maestras a saldos de Cine de Barrio- están emitiendo estos días El último viaje de Robert Rylands, película que ha pasado a la historia del celuloide español por motivos extracinematográficos: fue la primera cinta dirigida por Gracia Querejeta, y estaba basada en la novela Todas las almas, de Javier Marías. Pero el escritor consideró que la película no retrataba fielmente el espíritu de su obra, a pesar de que los Querejeta -Elías, padre de Gracia, era el productor- le habían prometido hacerlo así, y les demandó para exigir que se retirara su nombre de la película, así como cualquier referencia a que estuviera basada en una novela suya.

Que yo sepa, es el único caso en que un escritor ha presentado una demanda semejante. En España, sin ninguna duda, y puede que en cualquier otro país. Lo más curioso es que ganó, con lo que el resultado final de todo esto es una película que recuerda mucho a un libro de Javier Marías, pero que no está basada en ningún libro de Javier Marías. Poco debía de saber de cine el juez que dictó sentencia. Las adaptaciones cinematográficas que traicionan no sólo el espíritu del libro sino también su calidad, son legión (yo, sin ir más lejos, le tengo una manía especial a la adaptación de El nombre de la Rosa, que, opino, no sólo traiciona el espíritu del libro, sino que es malísima), y la mayoría de los escritores prefieren seguir la máxima del muy adaptado Arturo Pérez-Reverte: desde el momento en que has cobrado, te callas. Y si no, no haber vendido los derechos.

¿Creen que el mundo del cine no es consciente de los despropósitos que puede llegar a cometer? Sí lo es, y casi desde sus mismos comienzos. En 1936, cuando se encontraba a punto de emprender la filmación de Romeo y Julieta (1936), el productor Irving Thalberg contrató como asesor al doctor William Strunk jr, especialista en Shakespeare. Cuando este preguntó cuál iba a ser su cometido en la película, el magnate lo resumió en una sola frase:

- Intente proteger a Shakespeare de nosotros.

miércoles, julio 18, 2007

Improvisaciones

En el Muy Interesante de este mes, Jesús Marchamalo habla en su página de los Hermanos Marx y la contraseña “¡Greenbaum!”. Tal y como recuerda Harpo Marx en sus memorias, este nombre era utilizado por su madre Minnie, la verdadera responsable del éxito de los Hermanos, cuando estaban comenzando en el vodevil y había que meter a sus chicos en vereda. Greenbaum era, sencillamente, el banquero que tenía la hipoteca sobre la casa de los Marx en Chicago, y del trabajo de los hijos dependía que los plazos pudieran pagarse puntualmente. Minnie utilizaba el nombre cuando veía que sus hijos comenzaban a desmadrarse excesivamente en el escenario, improvisando sin parar, hasta que acababan más concentrados en divertirse ellos que en divertir al público.

La palabra daba resultado: en sus condiciones económicas, no podían permitirse ser despedidos. Claro que las cosas cambiaron cuando triunfaron en Broadway con su propia compañía, y eran demasiado ricos y famosos como para preocuparse porque nadie les despidiera. Como otros muchos cómicos norteamericanos, los Marx contaron con algunos de los mejores escritores estadounidenses para que escribieran sus obras; pero a diferencia de otros cómicos, no dependían al cien por cien de los textos escritos para ser graciosos. Y, como les aburría representar la misma comedia noche tras noche, se convirtieron en reyes de la improvisación. Aquí nadie podía igualar a Groucho. Una noche, durante una de sus escenas más tranquilas, Harpo quiso cogerle fuera de guardia y apareció en el escenario persiguiendo como loco a una rubia mientras hacía sonar constantemente su bocina. Groucho no se lo pensó dos veces:

- Es la primera vez que veo a un taxi persiguiendo a un pasajero.

Claro que tanta improvisación, que continuó cuando se pasaron al cine, no les hizo demasiado populares entre el gremio de escritores y guionistas. De hecho, es aquí donde encontramos las críticas más negativas contra el grupo de cómicos. Sin ir más lejos, Herman Mankiewicz declaró: “Nunca supe lo que era el bicarbonato hasta que escribí una película para los Hermanos Marx” (Curioso que dijera esto porque, oficialmente, no escribió ninguna... pero les produjo tres). George S. Kaufman, guionista de Los cuatro cocos, El conflicto de los Marx y Una noche en la Ópera, dijo: “Los cuatro cocos era una comedia. Los Hermanos Marx son cómicos. Conocerlos fue una tragedia”. Y S. J. Perelman, que trabajó con ellos en Pistoleros de agua dulce y Plumas de caballo, no se anduvo precisamente por las ramas: “Cualquiera que haya trabajado en una película de los Hermanos Marx ha acabado diciendo que preferiría que le encadenaran a una galera, y que le flagelaran cada diez minutos hasta que la sangre saliera de todo su cuerpo, antes de volver a trabajar para esos hijos de puta”.

lunes, julio 16, 2007

Naves en las puertas de Tanhausser


Se han cumplido estos días 25 años desde el estreno de Blade Runner, y para celebrarlo, parece que todos los fans de esta película vamos a disfrutar por fin de lo que tanto tiempo hemos estado esperando: una buena edición en DVD. Creo que, a diferencia de ese fuego de artificio para pijos que es Matrix, a Blade Runner sí le podemos otorgar sin problemas la categoría de clásico, igual que a Alien (1979), la película anterior de su director. Ridley Scott nunca ha vuelto a estar tan fino como entonces. Y le ayudó no poco el cuidadísimo diseño de producción, que por una vez en el cine de ciencia-ficción estuvo acertado, y creó decorados, ambientes y vestuarios que el paso de los años no sólo no ha envejecido (algo frecuentísimo en el género), sino que los ha ido haciendo más familiares.

El culto a Blade Runner va más allá de sus cualidades cinematográficas, y abarca club de fans, numerosas páginas web e incluso algún libro dedicado íntegramente a la película (Future Noir. The Making of Blade Runner, de Paul M. Sammon. No está traducido al español, pero la edición se puede conseguir en tiendas especializadas). En él se cuentan anécdotas como las primeras opciones para el protagonista antes de que Harrison Ford aceptara el papel: cuando en 1975 se compraron los derechos del libro de Philip K. Dick en que se basa la cinta, la primera opción fue ¡Robert Mitchum!. Dustin Hoffman llegó a estar muy involucrado en el proyecto, y celebró varias reuniones con Ridley Scott antes de dar la espantada.

Pero la anécdota más conocida de esta película es la concerniente a su final, que lógicamente todos ustedes conocen. El que vimos en su día, cuando Rick Deckard descubre que su amada Rachel es un replicante pero sin fecha de terminación y los dos se largan felices en una nave que sobrevuela floridos bosques, fue impuesto por el estudio, que rechazó el final original de Scott (el único lógico posible en una historia tan negra; Rachel también muere). Como este no quiso rodar un metro más de película, las tomas aéreas de los bosques son material sobrante del principio de El Resplandor (1979) de Stanley Kubrick.

Tiene su cosa que a pesar de ese final, la película haya resistido hasta convertirse en un clásico. Puede que los diálogos tuvieran mucho que ver, sobre todo ese hermosísimo discurso del moribundo Roy Batty (interpretado por Rutger Hauer, otro que nunca ha vuelto a brillar a esta altura). Eso de "he visto naves en llamas más allá de la puerta de Tanhausser" ¿No nos hace sentir como un escalofrío visual?

domingo, julio 15, 2007

"Un lugar donde nadie se atrevía a ir..."

Y el éxito de Broadway para esta temporada es… ¡Xanaduuuuuu! Sí, no me miren con esa cara, que no me lo estoy inventando. Según informa la IMDB, la versión teatral de uno de los musicales más cursis de la década de los 70 ha sido estrenada en Nueva York, y ha encandilado a la práctica totalidad de los críticos; puede incluso convertirse en el sleeper del año. Hombre, ha habido otras películas de trayectoria no muy brillante que han sido un bombazo en su adaptación a las tablas - Los Productores es el mejor ejemplo- pero ¿Xanadú?.


Aclaremos a los lectores más jóvenes que este nombre no se refiere únicamente al centro comercial de San José de Valderas; tras el éxito de Grease en 1978, la Universal pensó que sería una buena idea crear un musical a la medida de su protagonista femenina, Olivia Newton-John, para acabar de lanzarla como estrella cinematográfica. Con Lawrence Gordon y Joel Silver (sí, sí, el de las sagas de Arma Letal y La Jungla de Cristal, que probablemente produjo para bajarse los niveles de azúcar que debieron quedarle después de esto) como productores, se pergeño una historia que presentaba a Olivia como una musa griega (!) que bajaba a la tierra a ayudar a un joven pintor a realizar su sueño de abrir un legendario club musical, el Xanadú del título. Para juntar a espectadores jóvenes y maduritos convencieron, no sé cómo, a Gene Kelly para que saliera de su retiro y consiguiera la peor despedida del cine que pueda imaginarse para una leyenda del musical. La banda sonora -que se vendió muy bien, todo hay que decirlo- a corrió a cargo de Olivia y la ELO. Y la película, un verdadero foco epidemial de alipori, se hundió en las taquillas.


Sin embargo, Xanadú ha ido dejando con los años algunos efectos colaterales curiosos. Por un lado, cuenta con numerosos clubes de fans que le han dedicado incluso páginas web y que, no me cabe duda, habrán ido en tropel a hacer cola para ver la adaptación en Broadway; por otro, fue la película que convenció a un joven llamado John Jb Wilson de la necesidad imperiosa de crear los premios Razzie, que desde entonces se otorgan a las peores películas del año, cuando la vio en un programa doble junto con Que no pare la música, otro musical del mismo año, este protagonizado por los Village People y que merecería una entrada para él solo en este blog, no sólo por ser mala, sino también por constituir (y que me perdonen los gays que puedan asomarse por aquí, porque no lo digo con fines peyorativos) una de las mayores mariconadas que hayan filmado nunca.


En fin, ¿se acuerdan de la letra de la peli? “A place / where nobody dared to go”, es decir, “un lugar donde nadie se atrevía a ir”. Y, sin querer, se estaban refiriendo a los cines donde se proyectaba.

P. D. NINGÚN DOMINGO SIN ENCUESTA
Como podrán ver, el blog ha sufrido algunos cambios en los últimos días. Nuevo nombre (aunque la dirección no ha variado, ni lo va a hacer), nuevos links y una dirección de correo para que comenten y pregunten con total libertad cualquier cosa que no les quepa en los comentarios. Como a mí me gusta fomentar la participación -que se está muy solito detrás de este teclado- a partir de este domingo se incluye una encuesta sobre cualquier tema cinematográfico que esté más o menos de actualidad. Arriba a la derecha, según se entra en el blog. Tienen toda la semana para responder. Es solamente un click. ¡Anímense!

viernes, julio 13, 2007

Salario mínimo

Hoy se ha estrenado en España Fast Food Nation, película dedicada a destripar (y nunca mejor dicho) los entresijos del mundo de las hamburguesas, pizzas, y demás delicatessen. Su argumento está basado en el libro del mismo título escrito en 2001 por Eric Schlosser, y que en su día me leí nada más salir en Estados Unidos por motivos profesionales (aquí en la estantería de detrás lo tengo. Si les apetece echarle un vistazo, Grijalbo ha publicado la edición española). La película es una producción semi independiente, esto es, de poco presupuesto, en cuyo reparto nos encontramos con actores de talla como Greg Kinnear, con viejas (pero bien conservadas) glorias, como Kris Kristofferson… y con Bruce Willis, en un papel breve pero significativo. Preguntado su director, Richard Linklater, como convenció al protagonista de Luz de luna para que participara en la película, respondió que, simplemente, le enviaron un mensaje y contestó que sí.

Willis acaba de embolsarse alrededor de 25 millones de dólares más porcentaje de taquilla por la cuarta entrega de La jungla de cristal (que llega a España en septiembre). Pero no es la primera vez que rebaja su sueldo, o incluso lo elimina, si le ofrece un proyecto que le apetece. El sexto sentido no se hubiera realizado sin él; el papel le gustó tanto que aceptó trabajar sin salario, a porcentaje. Claro que, como la película al final fue un bombazo, cabe suponer que la cosa al final le salió rentable…

Supongo que cabe imaginar que unos tíos que cobran semejantes millonadas por sus películas podrán estirarse de vez sueldo cuando y trabajar por amor al arte, ¿No? Pues no crean, hay de todo, como en la viña del Señor. Sabida es la capacidad que tiene Woody Allen para fichar a estrellas para sus películas por el salario mínimo, pero es que Allen también tiene mucha capacidad para conseguir a sus actores nominaciones a los Oscar, y cuando huelen a Oscar, cualquier estrella se olvida del dinero. Pero no todas son así.

¿Recuerdan Límite 48 horas? (Walter Hill, 1982) Fue la primera película de Eddie Murphy después de su descubrimiento en el programa Saturday Night Live, y por ella le pagaron la considerable cifra (entonces) de un millón de dólares. Su compañero de reparto era Nick Nolte, que ha alternado su participación en superproducciones bien pagadas con trabajos en cine independiente o películas de bajo presupuesto. El caso es que, cuando ambos actores se reunieron en 1990 para rodar la segunda parte (48 horas más), Murphy llevaba años cobrando tarifas de diez millones de dólares para arriba por películas más o menos tragables (y algunas, intragables). El caso es que, cuentan, entre ambos actores se desarrolló un diálogo muy similar a este:

- Nick, he visto estas películas que has estado haciendo y sin fantásticas. Me encantaría trabajar en una.

- Bueno, Eddie, sabes que son producciones que se hacen con muy poco dinero. Si haces una, no puedes esperar que te paguen tu sueldo habitual.

- Ah, no; entonces, ni hablar.

Sí aceptó rebajar su sueldo para trabajar en Dreamgirls (2006), porque se olía la nominación al Oscar. Y la consiguió, al mejor actor secundario. Pero cuando perdió ante Alan Arkin, lo llevó tan mal como para abandonar inmediatamente la ceremonia. Mejor suerte la próxima vez… si accede de nuevo al salario mínimo.