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jueves, febrero 21, 2008

Vaya marrón, señores

Una de las grandes noticias de los Oscar de este año es que… Clint Eastwood no está nominado. Eso va a ser porque no tiene película, porque si no, sospecho que le veíamos otra vez con el smoking y con su madre al lado, que si el hijo se conserva bien yo no sé qué tomará la señora, y quien sabe si llevándose otra estatuilla a casa; es indiscutible que pocos cineastas han sido tan bien tratados por la Academia como Eastwood. Si quieren mi opinión, merecidamente. Pero las cosas no han sido así siempre, y la fructífera relación de Clint con los Oscar se ha hecho esperar muchos años.

Ahora cuesta de imaginar, pero las hemerotecas están ahí, aparte de los que tenemos una buena colección de revistas de cine, claro; y es un hecho que los mismos críticos que hoy ponen por las nubes a Eastwood se dedicaron a atacarle sin compasión durante los años setenta y ochenta: violento, facha, macarra, todo a la vez, y estos calificativos se aplicaban sin demasiado discernimiento tanto a las películas que protagonizaba como a las que también dirigía. Nadie se molestaba en recordar que uno de sus primeros intentos como director fue drama intimista protagonizado por William Holden, Primavera en otoño (1973). Los únicos que tenían fe en Clint como director eran los chicos de Cahiers du Cinema que, por cierto, también se han tirado años defendiendo el talento cinematográfico de Jerry Lewis.

Pero si Clint anduvo ausente de los Oscar durante mucho tiempo no fue por nada de esto, sino por una historia bastante curiosa.

En 1973, Eastwood era ya una estrella de pleno derecho gracias al éxito de Harry el Sucio (1971), y como tal, le pidieron que presentara un premio en los Oscar. Así que se presentó en el Dorothy Chandler Pavillion cuando faltaba poco para la ceremonia, y se encontró con Howard Koch, el productor, que acudía a él con expresión de angustia total. Faltaban pocos minutos para empezar la ceremonia, y Charlton Heston, que debía ser el primer presentador, no había llegado (luego se supo que había sufrido un pinchazo). ¿Podría sustituirle Clint?

"Ni hablar", contestó éste. "No estoy preparado. ¿Por qué no se lo pides a Gregory Peck o a alguno de esos?" "No están disponibles". "¿Pero qué voy a decir?"

"Tú tranquilo; sólo tienes que leer lo que va saliendo en el teleprompter".

El teleprompter, como saben todos los presentadores de telediarios que leen este blog, es esa pantalla situada ante los ojos del que habla -pero oculta al público- donde el texto va pasando, y facilita una lectura natural. Así que, si uno sabe desenvolverse más o menos, no hace falta ni que se lo aprenda. Pero el horror llegó cuando Eastwood salió al escenario… y se encontró con que el texto que iba apareciendo estaba lleno de chistes referentes a la carrera de Charlton Heston. Que si Moisés por aquí, que si Los diez mandamientos por allá… sin saber qué hacer, acabó improvisando como pudo hasta que Heston llegó al escenario a tomar su lugar.

Se sintió tan mal por el episodio, que aseguró a Koch que nunca volvería a la ceremonia. ¿Y si te nominan?, le preguntó éste. Bueno, entonces sí, pero lo veía muy improbable, con el tipo de películas que hacía. Los dos tuvieron razón: Eastwood tardó veinte años en regresar a los Oscar, y cuando lo hizo, fue para llevarse a casa varios premios por Sin Perdón.

domingo, febrero 03, 2008

Zarrapastroso's night (2)


Escribo cuando faltan pocas horas para que comience un año más la plasmación más fidedigna de las inmortales palabras de Marlon Brando en Apocalypse Now: El horror, el horror… Para que vean que soy un chico coherente, me remito a la entrada que publiqué aquí hace ahora un año referente a la gala de los Goya. Entonces, por desgracia, no me equivoqué en mis predicciones, y sospecho que tampoco voy a hacerlo ahora, porque, si el espíritu de John Ford no le remedia, me temo que esto es lo que vamos a padecer a partir de las diez de la noche:

1. Un presentador que se dedicará a plagiar momentos de la gala de los Oscar, concretamente las parodias de las películas nominadas que se han convertido desde hace años en la seña de identidad de Billy Crystal cuando presenta la cerrémonia. Claro que no hará solo eso: empleará material original donde, sospecho, volverá a confundir la chocarrería con el descaro y el mal gusto con la trasgresión.

2. Un discurso oficial lleno de victimismo sobre lo mal que va el cine español, por culpa, evidentemente, de las multinacionales americanas que, como todos sabemos, nos obligan a ver sus superproducciones por la vía de la coacción directa. Aquí es posible que me equivoque, porque bien es cierto que en los dos últimos años, esta tendencia al lloriqueo ha cesado; si quieren hablar de algo serio, podrían denunciar que el cine de todo el mundo, Hollywood incluido, está sufriendo un bajón de espectadores y plantear cómo habría que enfrentarse a la piratería y a los nuevos soportes de visionado.

3. Un auditorio lleno en tres cuartas partes, con abundancia de asientos vacíos, indicando que el cine español no tiene suficientes profesionales interesados en acudir a la gala como para llenar el Palacio de Congresos de Madrid… que es grande, pero no tanto.

4. Camisetas, vaqueros, rostros sin afeitar, acento barriobajero y cheli que explica por sí sólo por que nuestros actores, sobre todo las nuevas generaciones, parecen incapaces de interpretar personajes que no pertenezcan al universo de lo marginal. ¿Smoking? ¿Chaqueta y corbata? ¿Desodorante? ¿Ducha diaria? Cosa de carcas, voto a bríos. (Eso sí, menos mal que las chicas siempre salvan el conjunto, y este año está nominada esa alegría para la vista y excelente actriz que es Maribel Verdú).

5. Chicle. Mucho chicle. Toneladas de chicle, en las quijadas de los asistentes, sin que ni siquiera la obligación de subir al escenario detenga un momento su afición a la gimnasia mandibular. Aún recuerdo el año pasado a la mujer de Agustín Almodóvar masca que te masca que te masca mientras las cámaras la enfocaban en primer plano.

6. Y, en conjunto, la misma sensación de grupo de amíguetes encantados de conocerse que en ningún momento ejercerán la más mínima autocrítica sobre su trabajo y sobre sus consecuencias sobre la marcha de nuestro cine. Y eso, a pesar de las honrosísimas y merecidas excepciones que demuestran que, cuando una película española es buena, no tiene problemas en llenar las salas. Aquí y en el extranjero.

¿Me equivoco? La solución, esta noche, para los que tengan la paciencia de verla.

lunes, mayo 21, 2007

Equilibristas en Cannes

El Festival de Cannes celebra estos días su 60 edición, y con ese motivo en la prensa han proliferado los artículos conmemorativos, los recuerdos… y las anécdotas. Ayer me acordé de una cuando vi en televisión a Geraldine Chaplin, que ha acudido a Cannes a presentar El orfanato, la última película de Guillermo del Toro (Belén Rueda es la protagonista femenina) mostrándose sonriente, colaboradora, afable…. El caso es que esta no es la primera vez que Geraldine Chaplin va a Cannes. Pero otras estancias suyas han sido algo más movidas.

El año en cuestión fue 1968; las consecuencias del mayo francés se estaban dejando sentir por toda Europa, y el festival de cine no fue una excepción. Aunque en principio iba a ser celebrado como estaba previsto, a medida que se acercaban las fechas abundaban las acusaciones de que era un símbolo “elitista y capitalista” y, por tanto, había que convertirlo en un “festival de diálogo”. La mejor manera de conseguirlo era el boicot, y para ello se celebraron varias reuniones en los aledaños del Palacio del Festival. En efecto algunos cineastas -Louis Malle, Terence Young- y miembros del jurado dimitieron de sus puestos, y otros intentaron impedir la proyección de sus películas.

Ese fue el caso de Geraldine Chaplin y su entonces marido, Carlos Saura, que habían ido a presentar Pippermint Frappé. Pero sus intentos de impedir la proyección no se limitaron a la protesta verbal. Mejor dejemos que lo cuente Roman Polanski, que ese año era miembro del jurado:

“Saura y su compañera Geraldine Chaplin trataron de impedir el desarrollo de la función encaramándose al proscenio y agarrándose a las cortinas para mantenerlas corridas. Las descorrieron de todos modos, y Saura y Chaplin se quedaron colgando. Cuando, por fin, se impuso la fuerza de la gravedad y la pareja cayó al escenario, los espectadores se levantaron de sus butacas y se armó una trifulca. Algunas figuras cayeron sobre las macetas de begonias y geranios de abajo. La película se proyectó durante unos minutos, parpadeando sobre los cuerpos enzarzados en una violenta pelea y confiriendo a toda la escena un aire fantasmagórico… en un involuntario homenaje a Federico Fellini”.

O, me permito añadir yo, superando algunas de las más logradas escenas rodadas por el padre de Geraldine.

jueves, febrero 22, 2007

"Sólo para este ensayo..."



Como Penélope Cruz, además de ser nominada, es presentadora de uno de los premios, es seguro que estos días estará liada con los ensayos de la gala. Si las cuentas no me fallan, los organizadores llevarán ya varios días de preparación (y de actos previos como el almuerzo de los nominados, al que pertenece esta foto de hace un par de años, con Clint Eastwood y Tim Robbins) y mañana será el ensayo general. En los Oscar actuales, nada se deja al azar.

La cosa funciona más o menos así: los presentadores llegan al Kodak Theatre, ensayan su entrada y repasan el texto que les han escrito. Si tienen algunas objeciones -y más de uno las tiene- aún se está a tiempo de cambiarlo. Al ensayar la entrega, abren el sobre, donde está el nombre de uno de los nominados en la categoría correspondiente, escogido completamente al azar. Pero, para evitar malentendidos, durante los ensayos siempre se utiliza la fórmula “Sólo para este ensayo, el Oscar es para Fulano”. Entonces, uno de los extras (no confundir con los llenabutacas de hace unos días), que está sentado precisamente en la butaca que ocupará Fulano, se levanta, sube al escenario, pronuncia un discurso de agradecimiento inventado y se va con el presentador por la salida prevista.

Aunque parece fácil, a veces pasan cosas; Schwarzenegger quejándose porque el encargado del teleprompter (la pantalla de televisión situada frente al escenario) hacía correr el texto demasiado deprisa; o Steven Spielberg, encargado de dar el Oscar a la Mejor Película en 2004, resistiéndose a leer el nombre que apareció en su sobre de ensayo, El Retorno del Rey, que fue el título que finalmente ganó. Lo solucionó diciendo: “Sólo para este ensayo, el Oscar es para La gata sobre el tejado de zinc”.

Pero el objetivo final, como ya les he dicho, es que no quede lugar para los imprevistos. En otros tiempos las cosas se dejaban más al azar, y pasaba lo que pasaba. Por ejemplo, en la ceremonia de 1938, cuando Alice Brady ganó el Oscar a la mejor actriz secundaria por In Old Chicago. Como no pudo recogerlo en persona por tener una pierna rota, un caballero impecablemente vestido lo aceptó en su nombre, dio las gracias, y se marchó. Unos días después, se supo que Brady no había enviado a nadie a recoger el premio en su lugar; el representante era un impostor que robó el Oscar delante de todo el público.

Si quieren mi opinión, esa sí que fue una actuación brillante.

martes, febrero 20, 2007

Sí al "fart", no al "fuck"

Los organizadores de la ceremonia de 2000 se encontraron con que el cambio de milenio les traía una complicación políticamente incorrecta: La canción Blame Canada se había colado entre las nominadas. ¿Cuál era el problema? Varios. En primer lugar, el tema pertenecía ni más ni menos que a la película South Park, basada en la serie de dibujos animados para adultos (para adultos creciditos) que había triunfado en el canal de cable Comedy Central y, posteriormente, en todo el mundo. Su paso al cine era evidente, como evidente fue que, si la serie de televisión se pasaba varios pueblos, la peli se iba a pasar estados enteros. No tardó en ser calificada como la película con más tacos de la historia del cine.

Blame Canada era, con mucho, el tema más suave de la banda sonora, y aún así ponía a caldo a los canadienses, llamaba “zorra” a la cantante de ese país, Anne Murray, se metía con Celine Dion, empleaba varias veces la palabra fart (“pedo”) y completaba la faena con la estrofa “My boy Eric used to have my picture on his shelf / But now when he sees me he tells me to FUCK MYSELF” (“Mi chico Eric solía tener mi foto en su estantería / pero ahora cuando me ve me dice que me vaya a… bueno, a eso”). Esta última palabra era impronunciable en televisión, y las demás iban a suponer un enorme trabajo de relaciones públicas. Y quedaba el problema más importante: ¿quién iba a cantarla?

Tradicionalmente (y una de las pocas veces que no ha sido así fue en 2006) se intenta que las canciones nominadas corran a cargo de sus intérpretes originales. Pero en este caso, las voces de la canción las habían puesto Trey Parker y Matt Stones, los creadores de South Park, que no tenían ninguna experiencia como cantantes; ni hablemos de interpretar el tema en directo ante una audiencia de millones de personas. El tercer intérprete original, la actriz Mary Kay Bergman, se había suicidado seis meses antes. Y no se trataba solo de encontrar a algún cantante profesional dispuesto a interpretar la canción; es que, encima, su imagen tenía que adecuarse mínimamente a ella. Digamos que Celine Dion y Michael Bolton no tardaron en quedar descartados.

La solución fue Robin Williams. Al ser un fanático de South Park, no costó convencerle de que interpretara la canción en directo. Richard Zanuck, coproductor de la gala de se año, negoció con la cadena ABC: Williams podía decir fart, pero, desde luego, no fuck. Y Anne Murray mandó un mensaje: no importaba que la llamaran "zorra", porque entendía que la canción tenía una intención ante todo paródica.

El resultado fue visto por espectadores de todo el mundo; Williams apareció rodeado de dos docenas de cantantes y bailarines, y de una docena más de bailarinas vestidas de policía montada; fue el mejor número de la noche, pero quedó bastante claro que Blame Canada ya había hecho bastante con estar nominada: ganó Phil Collins por la canción You’ll be in my heart, compuesta para la película Tarzán, de la Disney. Y por cierto… ¿alguien es capaz de tararearla?

lunes, febrero 19, 2007

La importancia del apellido



El otro día mencionábamos a Roberto Benigni, y hay que recordar que cuando ganó su inexplicable Oscar, el premio se lo entregó Sofía Loren, que a la hora de leer el nombre del ganador, lanzó un sonoro “¡Robeeerto!”, anticipándose al ¡“Peeedroooo!” que Penélope Cruz lanzaría al año siguiente, y del que ya nos hemos ocupado en alguna ocasión en este blog.

Con esto de los nombres hay que tener cuidado; en ambas ocasiones, no había más Pedros ni más Robertos nominados, pero no siempre ha sido así. A veces, los presentadores se han dado cuenta y han especificado el apellido del ganador (en alguna ocasión, haciendo una pausa maliciosa entre nombre y apellido), pero en una gala en concreto las cosas no fueron así. Fue en la entrega de premios de 1933 (en esa época se celebraban durante una cena, no en un teatro), cuando llegó el momento de entregar el Oscar al Mejor Director. El presentador, Will Rogers, abrió el sobre y soltó la siguiente parrafada: “Bueno, bueno, bueno, ¿Qué les parece? He estado siguiendo la carrera de este joven durante mucho tiempo. Le he visto surgir desde abajo, y quiero decir desde abajo de verdad. No le podía haber pasado a una persona mejor. ¡VEN A POR ÉL, FRANK!”.

Al instante, Frank Capra, nominado por Dama por un día, se levantó de su mesa y se dirigió hacia el escenario mientras hacía señas a los iluminadores para que le enfocaran… y se detuvo en seco cuando vio que éstos dirigían las luces a Frank Lloyd, nominado como él y ganador por Cabalgata. Capra tuvo que volver a su sitio mientras todo el mundo le miraba; según contó en su autobiografía, fue uno de los momentos más tristes de su vida…

… Claro que se resarciría al año siguiente, cuando su película Sucedió una noche (1934), consiguió un pleno: Oscar a la Mejor Película, Mejor Guión, Mejor Actor, Mejor Actriz y Mejor Director. Y en esta ocasión, los focos sí que le iluminaron a él.

P. D. He visto por fin Apocalypto, que en general me ha parecido una película de muchos quilates, aunque le faltan y le sobran algunas cosas. ¿Pero quiere alguien explicarme que hacía un niño de doce años (como mucho) viendo esta animalada en los multicines de Las Rozas? Creo que aguantó veinte minutos hasta que la bestia pard… quiero decir, la madre que tuvo a bien llevarlo, le sacó de la sala. La calificación de edades para las películas puede que no sea tan estricta como cuando éramos niños nosotros, pero, desde luego, está por algo. Espero que la criatura no haya tenido demasiadas pesadillas.

sábado, febrero 17, 2007

O te pasas o no llegas

La limitación en los discursos de agradecimiento en la gala de los Oscar que comentábamos ayer responde a una doble finalidad: primera, no aburrir al público, y segunda, mantener la duración de la ceremonia dentro de unos límites razonables. Desde hace algunos años, estos “límites aceptables” tienen un tope de tres horas y media, impuesto por la retransmisión televisiva. Más tiempo significaría que la ceremonia finalizara después de medianoche en el horario de la Costa Este de Estados Unidos, con lo cual millones de espectadores tendrían que irse a la cama sin conocer los ganadores de los premios más importantes. Algún organizador de la gala ha dicho, medio en broma, “bueno, pues esto se arregla entregando el premio a la Mejor Película al principio”. Pero claro, no se trata de eso...

Ese es el motivo de que en la ceremonia anterior algunos de los Oscar menores se entregaran con todos los nominados en el escenario (una idea chocante que espero no se repita este año), y de que la duración de las canciones se corte, y de que, en general, se haga todo lo posible para no pasarse del tiempo previsto. No siempre se ha conseguido. Y, en ocasión, ocurrió todo lo contrario, dando lugar a un final de gala completamente surrealista.

Fue en 1958, el sexto año en que la gala se retransmitía por televisión (entonces se ocupaba la cadena NBC). La ceremonia, presentada entre otros por Jerry Lewis (no he encontrado fotos de la gala, así que arriba tienen una de sus numerosos shows benéficos) tenía que haber acabado con la actriz y cantante Mitzi Gaynor interpretando la canción There’s no business like show business con los ganadores y presentadores situados tras ella haciendo los coros. Pero, mientras se representaba el número, avisaron a Lewis de que faltaban veinte minutos para que el programa cumpliera la duración estipulada por la televisión. El cómico salió al escenario y gritó: “¡veinte veces más!”, y lo curioso es que la mayoría de las estrellas obedecieron sin rechistar. Para hacer más entretenida aquella repetición incesante de la canción, algunas comenzaron a bailar en parejas: Cary Grant lo hizo con Ingrid Bergman; Natalie Wood con su marido, Robert Wagner; Tony Randall, con Eva Marie Saint; Maurice Chevalier, con Rosalind Russell; el compositor Dimitri Tiomkin con Angela Lansbury; Bob Hope, con Zsa Zsa Gabor, y Dean Martin (que aprovechó para acercarse bailando al podio de los premios y agarrar un Oscar) con Sofía Loren, todo más o menos amenizado por los comentarios de Lewis. Por fin, la NBC decidió cortar la emisión cuando Lewis comenzó a dirigir la orquesta y a interpretar un solo de trompeta. Para entonces, muchas de las estrellas se habían cansado de bailar y habían abandonado el escenario, y el patio de butacas estaba medio vacío.

Lewis nunca volvió a presentar los Oscar, aunque la culpa no fue tanto suya como del productor de la gala de ese año, Jerry Wald, y de una ceremonia que siempre es, hasta cierto punto, imprevisible. Total, con que algunos de los premiados hubieran hablado un poco más...

jueves, febrero 15, 2007

Peligro: plastas


No, con el título no me estoy refiriendo a los aquí presentes Will Ferrell y Jack Black, (aunque hay opiniones para todo). Los pongo porque hace un par de años aparecieron en la ceremonia de los Oscar para cantar una canción titulada You’re boring donde se cachondeaban de la tendencia de los premiados a soltar unos discursos interminables mientras el público asistente se aburría, se aburría y se aburría. No les faltaba razón, y es que la longitud de las palabrillas de agradecimiento ha sido siempre una de las principales preocupaciones de los organizadores. Éstos no se cansan de repetir que los premiados tienen a su disposición una sala de prensa donde cuentan con todo el tiempo del mundo para darle las gracias a quien quieran, y que en el escenario deberían intentar abreviar. Pero es inútil.

Desde 1985 se estableció la norma de los 45 segundos; ese es el tiempo máximo para dar las gracias, después del cual la orquesta empieza a tocar para indicar sutilmente al galardonado que hasta ahí. Pero la verdad es que es un plazo bastante elástico, y está pensando sobre todo para los premios menores: los ganadores de los cinco Oscar principales suelen enrollarse como persianas, y nadie les corta.

Otros, sencillamente, no hacen caso. Cuando Martin Landau ganó en 1995 el Oscar al Mejor Actor Secundario por Ed Wood, comenzó por dar las gracias a Tim Burton y continuó con Disney, Johhny Depp, los maquilladores, los periodistas, sus agentes, su hija, su mejor amigo, su hermana, toda la Academia, la rama de actores de la Academia… para entonces, el actor podía ver en los monitores de televisión situados delante suyo la frase POR FAVOR, ACABA, parpadeando en letras rojas, pero siguió adelante. Cuando llevaba dos minutos y siete segundos hablando Landau paró para tomar aliento, y fue cuando Gil Cates, organizador de la gala, dio la orden “¡Música y que le jodan!”.

No se crean que ha sido el peor caso. Cuando Greer Garson ganó el Oscar a la Mejor Actriz en 1943 por La señora Miniver se lanzó a un discurso de agradecimiento que duró cinco minutos con quince segundos, y en el que le dio las gracias incluso “al médico que me trajo a este mundo”. El monólogo dio lugar a tantos chistes que se dice que la actriz evitó volver a hablar en público durante más de un año.

Otros han sido más concisos, y además les ha dado tiempo para dejar alguna frase para la historia: “¿Puedo empeñarlo?” (Groucho Marx), “Espero que esto no sea una equivocación, porque no pienso devolverlo por nada del mundo” (Yul Brinner), y una de mis favoritas personales, la de Fernando Trueba: “Me gustaría creer en Dios para darle las gracias, pero sólo creo en Billy Wilder. Así que gracias, señor Wilder”.

Por cierto, espero que la entrada de hoy no les haya parecido demasiado larga…

martes, febrero 13, 2007

Solo ante el "streaking"



Siento no haber encontrado una imagen mejor para ilustrar la entrada de hoy, porque se refiere a una de las mejores anécdotas de toda la historia de los Oscar. Ocurrió en la ceremonia de 1974, y le tocó padecerla a David Niven, uno de los presentadores de la noche. El actor inglés estaba a punto de presentar a Elizabeth Taylor, que entregaría el premio a la Mejor Película, y anunció que a continuación aparecería en el escenario “alguien que ha supuesto una importante contribución en el mundo del espectáculo…” pero en lugar de la actriz de los ojos violetas, el que surgió tras la cortina fue el caballero que se ve en la imagen, haciendo el signo de la victoria y llevando puesto únicamente el reloj y el bigote.

Al principio, Niven quedó perplejo mientras el servicio de seguridad retiraba al streaker y el público en el patio de butacas, literalmente, se tiraba por los suelos. Por fin, no pudo más, y empezó a reírse el también. Cuando todo el mundo hubo recuperado la compostura, Niven por fin habló: “Esto, de algún modo, tenía que pasar. (Más risas del público). Pero piensen, damas y caballeros, que las únicas risas que ese hombre conseguirá en su vida habrán sido por desnudarse y enseñar sus vergüenzas”.

Niven tenía razón. Robert Opal, que tal era el nombre del nudista, consiguió a consecuencia de su acto una efímera fama como cómico, aunque lo más normal era que le invitasen a fiestas, donde también se desnudaba, y a algún show de televisión (donde permanecía vestido). En 1979 lo encontraron asesinado en el sex-shop de su propiedad, en San Francisco.

Y me hubiera encantado colgarles el vídeo, pero me ha fallado You Tube. De todos modos, es frecuente que ofrezcan la escena en los documentales sobre los premios. Si es así, no se lo pierdan. Me he reído más aquí con David Niven que en muchas de sus películas.

Nice job if you can get it



Es el título de una canción que Sinatra cantaba con Count Basie, y creo que viene que ni pintada aquí. Hablábamos ayer de una manera de ir a la ceremonia de los Oscar y encima cobrar, y esta es consiguiendo un trabajo para el que todos los años se presentan cientos de voluntarios: el de seat-filler o, traducido libremente, llenabutacas.

¿Qué hace exactamente un llenabutacas? Pues lo que su nombre indica: sentarse en los asientos que queden vacíos hasta que regrese su ocupante original. El objetivo es conseguir que el teatro dé una buena imagen durante la retransmisión televisiva, y que no se vean huecos entre la gente. Hay que aclarar que en los Oscar nadie, por muy estrella que sea, puede entrar o salir de la sala durante la ceremonia. Sólo puede abandonarse la butaca cuando se gana un premio o en los intervalos de publicidad, por otra parte muy abundantes. Cuando se reanude la retransmisión, no puede quedar ningún asiento sin ocupar.

Los llenabutacas dividen sus tareas en tres campos: están los ojeadores, que localizan los asientos que quedan vacíos; los llenabutacas en sí, que los ocupan, y los corredores, que les llevan a toda velocidad hasta su sitio. El tiempo que vayan a estar allí depende de las circunstancias: si chimeneas humanas como Leonardo DiCaprio o Russell Crowe salen a echar un cigarrito, probablemente estarán de vuelta para el próximo intermedio. En cambio, si se ocupa el asiento de un premiado puede uno contar con unos tres cuartos de hora, hasta que termine la inevitable ronda de entrevistas. Y luego están los que tienen la suerte de quedarse allí la ceremonia entera porque hay alguna cancelación de última hora, o una emergencia como ocurrió cuando la hija de Will Smith se puso enferma, y el actor y su esposa (en la foto) dejaron la entrega para llevarla al hospital.

No es fácil ser seleccionado para esta tarea: primero, hay que tener buen aspecto y no desentonar llevando un smoking (lo que, ya de entrada, descalifica a casi todos los actores del cine español) o un traje de noche en el caso de las chicas. Después, hay que practicar para llegar hasta el asiento sin dar pisotones o molestar a los que ya están sentados. Y luego está el comportamiento que hay que observar cuando a uno le toque sentarse al lado de una estrella y que se resume en dos palabras: no molestar. Pedir autógrafos está absolutamente prohibido, y no hay que dirigirle la palabra a menos que ella se la dirija a uno (la mayoría de las estrellas lo hacen, de todos modos). Si el llenabutacas está sentado junto a un nominado, puede desearle suerte.

A cambio de todo esto reciben un sueldo, y varios recuerdos de los Oscar como camisetas, gorras, etc. Y muchos repiten varios años. ¿Les parece un trabajo inaguantable... o les he puesto los dientes largos?

lunes, febrero 12, 2007

Al fondo hay sitio (pero no mucho)



A la ceremonia de los Oscar asisten los miembros de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood.

Pues vaya castaña de blog, dirán ustedes. Pero es que la cosa es más complicada de lo que parece. Hay un problema principal: la Academia tiene más miembros de los que pueden caber en ninguno de los locales que se han elegido para el acto. Literalmente, no hay sitio para todos. Contar con más butacas disponibles ha sido uno de los motivos por los que los premios estuvieron bailando durante unos años de un local a otro, pasando del Dorothy Chandler Pavilion, que puede albergar a casi 3.200 personas, al Shrine Auditorium, con capacidad para casi 6.500 (aunque ya no se celebren en ninguno de estos dos sitios).

Pero incluso todas esas butacas pueden no bastar. Veamos: estrellas, magnates y superagentes suelen ocupar las ocho primeras filas del local, zona donde también están los sitios reservados para los productores de la gala, las autoridades de la Academia, el presentador y sus invitados. A los nominados suelen colocarles cerca de los pasillos del centro, para que puedan salir sin muchas complicaciones en caso de ganar. Cada nominado recibe dos entradas para la gala, una para él y otra para su acompañante (aunque algunos, como Sean Penn el año que ganó, han conseguido hacer suficiente presión como para obtener alguna más). Y estamos hablando solo de las categorías principales; los nominados a los premios menos notables empiezan a sentarse a partir de la fila ocho, compartiendo la zona con invitados de la Academia y patrocinadores de la retransmisión televisiva. Y no nos olvidemos de las cámaras repartidas por el patio de butacas, que también ocupan el sitio equivalente a varios asientos.

Así que no queda demasiado espacio para los restantes miembros de la Academia. La solución es una lotería: los sitios vacantes se rifan entre todos los miembros que no han sido invitados, pero los ganadores deben pagar por ellos, a precios que, por lo menos a mediados de los 90, oscilaban de 50 a 200 dólares por asiento dependiendo de dónde les hubiera tocado. Es una manera de asegurarse de que sólo irán a la ceremonia aquellos que estén interesados en ir, y que nadie se dejará dos entradas sin usar en su casa.

Sin embargo, hay otra manera de asistir a la ceremonia y, quizás, acabar contemplándola desde un lugar completamente privilegiado. Y además, cobrando. Mañana lo vemos.

P. D. Sólo quería avisar que, a partir de hoy, existen dos maneras de acceder a este blog. La primera es la de siempre, tecleando la dirección. La segunda es a través de la página web de la revista Muy interesante, la publicación líder en España en el campo de la divulgación y una de las mejores revistas que se hacen en el panorama de la prensa actual. Y esto lo seguiría diciendo aunque no me hubieran hecho el honor de formar parte de los primeros títulos en su comunidad de blogeros.