Mostrando las entradas con la etiqueta repartos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta repartos. Mostrar todas las entradas

miércoles, julio 09, 2008

Viaje con nosotros


Cuenta Antonio Muñoz Molina que Fernando Fernán-Gómez escribió una obra de teatro en cuyo primer acto se contaban las paranoias de un cabeza de familia: este buen hombre estaba convencido de que todas las decisiones tomadas por el gobierno tenían el único y exclusivo fin de amargarle la existencia. Por ejemplo, cogía el periódico y empezaba a despotricar: “¡Claro, ahora van y suben el pollo! Y dicen que es por la inflación… ¡Pues no! Lo que pasa es que, como saben que me gusta el pollo, pues lo suben para fastidiarme…”. O bien: “¿Pues no se han puesto a hacer obras en la calle tal? ¡Claro, como es la que cojo todos los días para ir al trabajo, la llenan de obras, para obligarme a dar un rodeo y tardar más!”.

Como se pueden imaginar, la mujer y los hijos no pueden más de él, hasta que empieza el segundo acto… ¡Y éste tiene lugar en un consejo de ministros, donde efectivamente, se dedican sólo a pensar qué pueden hacer para putear al protagonista!

Me acordé de esto el lunes, cuando vi que en La Sexta echaban la película de John Hughes Mejor solo que mal acompañado (horrible traducción del original Planes, Trains & Automobiles), protagonizada en 1987 por Steve Martin y John Candy. Miren, bórrense del blog ahora mismo si quieren, pero a mí me gusta esta película, aunque solo sea porque, a lo largo de su metraje, consigue llevar la Ley de Murphy hasta su máxima expression: TODAS las cosas malas que pueden pasarle a una persona en un viaje ocurren aquí, hasta el punto de que cabe empezar a pensar, como el personaje de Fernán-Gómez, si no habrá un poder superior empeñado en amargarnos la vida.

Si no saben el argumento se lo resumo: el ejecutivo interpretado por Martin tiene que estar en Chicago a tiempo para celebrar el Dia de Acción de Gracias (son yanquis ¿qué quieren?) con su familia; pero una tormenta de nieve causa primero un retraso en su vuelo, y luego un desvío, y le deja más colgado que un calcetín, con la única compañía del gordo patoso interpretado por Candy para acompañarle en su viaje. No estropeo nada si digo que, al final, todo sale bien, y el ejecutivo y el gordo quedan amigos para siempre.

A mí Mejor solo… me recuerda, en cierto modo, a otra película, Los encantos de la gran ciudad (Arthur Hiller, 1970) donde a una pareja de recién casados les pasaba de todo y por su orden durante un viaje a Nueva York. La diferencia es que, en aquella película, Jack Lemmon –con lo que yo le quiero- estaba de lo más histérico e inaguantable; y aquí tanto Steve Martin como John Candy están perfectamente ajustados a sus personajes (quiero decir que no se pasan de muecas). Además, sin mucho esfuerzo podría entrar en la categoría de road-movie, que es uno de mis géneros favoritos, a ver si algún día hablamos de él... Y es difícil no acordarse de ella cuando uno se enfrenta con pérdidas de maletas (me ha pasado), retrasos injustificados (también) o, yo qué sé, una huelga de transportistas (esto nos ha pasado a todos, y no hace mucho).

Por cierto, un detalle: todas las compañías de aviación, tren o alquiler de coches que aparecen en la película son ficticias. Ya se sabe que ninguna empresa de aviación permite, y es comprensible, que su nombre aparezca en una película sobre desastres aéreos (de ahí que haya tantas empresas inventadas, como la famosa Oceanic, que no sólo sale en Perdidos), pero ¿Que nadie del sector de viajes quiera dar la cara en una cinta donde aparecen retrasos, gente tirada en los aeropuertos, cambios (a peor) en la clase del vuelo, compañías de alquiler de coches que se equivocan y encima te insultan…? ¡Cobardes!

miércoles, abril 30, 2008

¿El fin del morbo?


Nunca he terminado de entender el morbo de Al Pacino y Robert de Niro. El morbo por verles trabajar juntos, quiero decir. Supongo que la cosa tiene su origen no sólo en su enorme peso como actores en el cine americano de los 70, sino en que los dos interpretaron a padre -Vito Corleone- e hijo -Michael Corleone- en la segunda parte de El Padrino, pero sin que en ningún momento llegaran a aparecer al mismo tiempo en pantalla. Cosa lógica, porque sus escenas transcurrían en épocas diferentes. Desde entonces, siempre se ha especulado con la posibilidad de verles juntos en una película. La cosa pareció solucionarse con Heat (1995), de Michael Mann, donde De Niro era un sofisticado atracador de bancos, y Pacino, el policía encargado de detenerlo. Pero tampoco, porque los mitómanos contemplaron con desilusión cómo el único momento en que compartían pantalla fue en la famosa escena de la cafetería, que encima está rodada en plano contraplano, es decir, que tampoco se les llega a ver juntos en ningún momento.

Algunos, en el colmo del mosqueo, han llegado a decir que ni siquiera rodaron esa escena al mismo tiempo, sino que cada uno dijo su papel por separado; un rumor que se desmiente cuando se ve la escena con atención: el cogote que vemos en cada momento pertenece, efectivamente, al otro actor.

Bueno, pues ahora parece que se acabó el morbo: este otoño se estrena Righteous kill, donde, por lo que anticipa el trailer, parece que nos vamos a hartar de verles compartir pantalla en el papel de dos policías de Nueva York a la caza de un asesino en serie especializado en liquidar criminales que han salido libres por tecnicismos legales. Yo en este tipo de cosas, no soy demasiado mitómano, y aunque me consta el atractivo de verles trabajar juntos, hubiera preferido que esto lo hubieran hecho cuando ambos tenían menos años y estaban al cien por cien de su fuerza interpretativa -Pacino está más arrugado que el kleenek de un alérgico, y De Niro parece el hermano gordo de Tony Soprano-. Por otro lado, no deja de ser curioso que De Niro haya trabajado ¡tres veces! con la otra estrella carismática de esa época, Dustin Hoffman, sin que se haya producido un revuelo comparable. Y recordemos que, por lo menos, de una de las películas que protagonizaron -Los padres de él (2004)- cuanto menos se diga, mejor. Esperemos que no pase aquí lo mismo, y que Righteous kill valga la pena de ver… salga quien salga.

De todos modos, volviendo a la famosa escena de la cafetería en Heat, queda la duda de por qué en ningún momento aparecen los dos actores en un plano general. Sobre esto tengo una teoría personal e intransferible, basada únicamente en la intuición: los dos están interpretando a personajes que están en lados opuestos de la ley. Uno es un policía, el otro un criminal. Y, aunque se caigan bien, como ellos mismos se encargan de aclarar, si sus caminos se vuelven a cruzar no vacilarán en matarse. El plano contraplano, en este caso, sirve, creo yo, para delimitar esa barrera insalvable entre uno y otro. Un plano general estropearía esa sensación de distancia, daría una falsa impresión de que, en el fondo, tienen mucho en común; y no es el caso.

Ya les digo, es sólo una opinión personal. Y, si se pasan por Los Ángeles, apunten esta dirección: 9101 Wilshire Blvd. Beverly Hills, CA. Es la de Kate Mantillini el lugar donde se filmó la conversación, y por tanto, un lugar de peregrinaje para los mitómanos. Pero de cafetería nada, ¿eh? Es un restaurante de cuatro estrellas, así que preparen la Visa. ¿La mesa donde se sentaron Pacino y De Niro? La 71... Pero creo que está más solicitada que el número de móvil de Brad Pitt.

martes, abril 08, 2008

Demasiadas hormigas

El otro día, la verdad, hablamos mucho de política y poco de cine. Y no podemos dejar así a Charlton Heston, que sobre todo y ante todo ha sido un actor con una impresionante lista de títulos en su haber. Ahora, a la hora de escoger el mejor, cada uno tendrá sus opiniones, aunque yo quisiera precisar que no es exactamente lo mismo una película con Charlton Heston que una película de Charlton Heston, no sé si me explico. Verán: es indiscutible (creo) que, por ejemplo, Sed de mal (1958) es uno de los mejores títulos en los que Heston ha intervenido, pero el verdadero protagonista de la cinta es su creador y director (y actor), Orson Welles. En cambio, El planeta de los simios (1968), o El último hombre vivo (1971) son películas de Heston, y la segunda, por cierto, mucho más recomendable que ese remake tan aséptico que rodaron el año pasado al servicio de Will Smith.

Así que, si me preguntan por la película de Heston que prefiero, yo elegiría Cuando ruge la marabunta (1954). Su director, Byron Haskin, siempre se desenvolvió más en el campo de los efectos especiales, y salvo su versión de La guerra de los mundos, rodada el año anterior, poco más tiene de destacable. Pero aquí dio en la diana. O pudo ser el guión de Ranald MacDougall. O la química entre Heston y Eleanor Parker. O todo junto. Pero a mí esta película me sigue pareciendo una obra irreprochable, redonda, perfecta. Algunos la han considerado como una antecesora de las películas de catástrofes que tan populares fueron en los setenta (Heston intervino en algunas porque, como él mismo reconoció, “trabajábamos solo unos cuantos días por un cheque de siete cifras”) por aquello de que al final la Marabunta del título se dispone a papeársele a Heston toda la plantación (en la censuradísima España de los cincuenta, cuando se estrenó, dio pie al chiste popular de “Pues yo la he visto en París. ¡Y en lugar de hormigas eran putas!”), pero es mucho más que eso.

Pocas veces he visto una historia igual. Leiningen, ese dueño de una plantación, duro como el pedernal, que concierta una boda por correo con una mujer a la que nunca ha visto. Cuando esa mujer, Joanna, llega a la selva él la rechaza al enterarse de que es viuda y, por tanto, ha conocido antes a otro hombre. Heston llena la pantalla con un machismo magnético, brutal (hay incluso un intento de violación), pero ella no se queda atrás, le planta cara y acaba sacando todo su miedo, toda la debilidad que lleva toda su vida ocultando tras esa fachada de animal. Y entonces, de verdad, se enamoran. Si Heston interpreta aquí a un macho con todas las de la ley, Parker crea una mujer con todas las letras, una mujer ante la que hay que quitarse el sombrero. Y los dos están como para hacerles la ola desde el patio de butacas.

De hecho, la historia de amor entre sus protagonistas tiene tanta fuerza, que al final cuando llegan las hormigas, a lo que parece que vienen es a incordiar. Que de verdad, que no hacían falta, que estábamos completamente absortos en la historia de esos dos personajes, y que si al final se hubieran ido a la plantación de al lado, pues casi mejor. Y si no, pues leñe, que Leiningen se hubiera comprado un bote de Cucal, y asunto arreglado.

jueves, enero 10, 2008

Más malos que la tiña

“Cuanto más conseguido esté el malo, más conseguida estará la película”. Es una de las frases más célebres de Alfred Hitchcock, y desde que la pronunció, la historia del cine no ha hecho más que darle la razón (siempre que en la película haya un malo, claro). Este año parece que vamos a tener dos buenos ejemplos de esta máxima.

El primero es nuestro producto nacional, Javier Bardem, que está en lo que parece el principio de una larga ristra de premios por su papel en No Country for Old Men, la última de los Coen. El actor ha definido a este psicópata terminal como “un personaje bombón”, y no es para menos. Por lo que he podido ver de la película (Por cierto ¿Por qué narices tenemos que esperar cuatro meses desde la fecha de su estreno en Estados Unidos para disfrutarla aquí? Que estamos en el siglo XXI…), consigue ponerle los pelos de punta al público en cada una de las escenas en las que aparece, porque no se sabe lo que va a hacer… aunque se intuye que no será nada bueno, y a lo largo de la cinta va dejando tras de sí más muertos que Chuck Norris cuando le pican las almorranas. Aunque, si quieren mi opinión, yo creo que su personaje es tan malo porque lo que realmente busca es vengarse de su peluquero. ¿Pero cómo se ha dejado convencer el tío para que le hagan ese corte a tazón?

Hay otro malo que nos llegará en verano, y estoy deseando verlo. Heath Ledger, en la próxima entrega de Batman, Dark Knight, ha tomado el papel del Joker. Déjenme decirles antes de nada que a mí me gusta casi todo lo de Tim Burton. Y entre las cosas que no me gustan, están los Batman. Dos chorradas como la copa de un pino que aquí se tragaron muchos sin masticar aludiendo a la inventiva visual del director, a su estética ultramoderna, y bla, bla, bla. Chorradas, ya les digo. Tuvo que llegar Christopher Nolan para ofrecernos una visión del superhéroe mucho más fiel a los cómics en Batman Begins, con un actor protagonista -el eficacísimo Christian Bale- al que el papel de Bruce Wayne le sentaba como un guante.

Porque uno de los grandes fallos de los Batman de Tim Burton era el reparto. Michael Keaton de protagonista, por Dios… y, si quieren mi opinión, ningún papel estuvo peor adjudicado que el del Joker. La cosa fue más o menos así: cuando se supo que la película estaba en marcha, comenzó a correrse la voz de que el único actor capaz de interpretar al payaso psicópata era Jack Nicholson. La cosa había comenzado con Bob Kane, el creador de Batman, que ya dijo a principio de los 80 que era su elección personal. Se produjo el efecto bola de nieve, con cada vez más gente pensando que si Nicholson no interpretaba al Joker la película no tendría éxito… y Jack se dejaba mimar. Tanto se dejó mimar que, cuando por fin firmó, lo hizo por unas cifras que daban (y dan) vértigo: seis millones de dólares de sueldo base, más un porcentaje sobre la recaudación (bruta), más otro porcentaje sobre las ventas de la banda sonora, más otro porcentaje sobre los juguetitos y gadgets derivados de la cinta… En total, su biógrafo John Parker estima que muy bien pudo haber sacado por su papel unos sesenta millones de dólares.

¿Y qué nos dio a cambio? Una interpretación histriónica, llena de guiños a la galería, con un personaje que parecía grotesco en todo momento, y gracioso en ocasiones. Nada que ver con el malvado original. Los que hemos seguido los cómics de Batman durante años sabemos que el Joker no tiene nada de gracioso y casi, ni de humano. No busca el dominio del mundo, ni hacerse millonario. Hace el mal porque sí, según una idea personal y retorcida de la diversión, que le ha llevado a matar y mutilar a miles de personas. Aunque parezca un payaso, muchos guionistas -entre ellos Frank Miller- han sabido ir más allá y explotar su vena de personaje terrorífico.

Y esto es lo que parece que nos vamos a encontrar. Heath Ledger no es una estrellona buscando complacer al público, sino un actor que, sospecho, se ha metido en el papel con uñas y dientes. Y me estoy relamiendo de pensar que lo haya conseguido. Cuando preguntaron a Nolan por qué lo había elegido para hacer de Joker, contestó: “Porque no tiene miedo”. Ahí tienen una de las primeras fotos del personaje que han aparecido. Si este tío da risa, José Corbacho es un sex symbol.

Más malos, por favor. Que, desde que Hannibal perdió los dientes, estamos muy necesitados.

martes, enero 08, 2008

La verdad sobre Harry

Tenía unas cuantas cosas pendientes que ir metiendo en este blog los primeros días de enero, cuando me he enterado de la muerte de George MacDonald Fraser. Maldición. La verdad es que me lo veía venir, porque el hombre estaba ya muy mayor, pero no por esperada la noticia afecta menos. Se sabe que en el entierro de Ernst Lubitsch, alguien le comentó a su discípulo y amigo Billy Wilder: “Se acabó Lubitsch”, a lo que este contestó al vuelo: “Peor. Se acabaron las películas de Lubitsch”. Bueno, pues hoy me toca a mi decir: no sólo se acabó George MacDonald Fraser: también se acabó Harry Flashman.

Esta entrada, si quieren, es más literaria que cinematográfica, pero quienes hayan disfrutado como yo de la saga de Flashman reconocerán que no es para menos; para los profanos, indicaremos que las novelas de la serie -publicada en España por Edhasa- recorren la vida de Harry Flashman, hombre de acción, genio militar, caballero sin tacha y uno de los pilares del heroismo militar británico de finales del siglo XIX. Por lo menos, en la versión oficial. Porque en sus diarios, escritos en los últimos días de su larga vida, Sir Harry no tiene el menor empacho en retratarse como el mayor cobarde, traidor, pelotillero, golfo, borracho y oportunista que haya pasado por los ejércitos de su Graciosa Majestad. No existe episodio militar de su época en el que no haya estado envuelto -desde la Carga de la Brigada Ligera al tráfico de esclavos, pasando por la Guerra Civil americana, la guerra del Opio y la masacre de Little Big Horn-, y en el que no se las haya arreglado para portarse como una verdadera rata y salir con vida atribuyéndose las hazañas de otros. Una joyita, vaya. Y precisamente por eso, un personaje irresistible que ha atraído millones de lectores en todo el mundo, entre ellos este bloguero de ustedes.

Si las novelas son más que recomendables, ello no se debe solo a la calidad (enorme) de Fraser como escritor, sino a su habilidad para recorrer algunos de los episodios históricos más relevantes de la época, y a meter en la trama personajes reales, desde Otto Von Bismarck a Jack London, pasando por el general Custer o la princesa Ravolanova de Madagascar. Por si fuera poco, cada novela incluye apéndices con abundante bibliografía sobre los hechos y personajes que en ella aparecen, lo que permite al lector curioso ampliar horizontes. Y luego, por supuesto, está la prosa, más británica que Winston Churchill y David Niven juntos. Los que sepan ingles no pueden bajo ningún concepto perderse estas novelas en versión original.

Claro que, cuando hablamos de cine… la verdad es que Fraser fue también guionista, si bien contribuyó a pocas películas memorables, aunque adaptó Los tres mosqueteros en al menos tres ocasiones; se recuerda más su guión para Octopussy (1983), quizá el Bond más aburrido de toda la etapa de Roger Moore. Pero peor suerte tuvo su personaje: Flashman fue llevado a la pantalla en 1975, en una cinta dirigida sin demasiada puntería por el casi siempre interesante Richard Lester (amigo de Fraser) que se estrenó en España con el horrendo título de El cobarde heroico.

La cosa no funcionó y, si quieren mi opinión, por varios motivos: primero, cogieron la novela más floja de toda la serie de Flashman, Royal Flash, que no es sino una adaptación bastante personal de El prisionero de Zenda. Y luego, eligieron como protagonista a Malcolm McDowell, actor bastante horrible y completamente inadecuado para interpretar a Flashman que, recordemos, es capaz de engañar hasta a su madre con su porte de héroe militar.

Hubo un intento, y no más. Quizá la muerte de Fraser anime a alguna productora a hacer otro intento con Flashman. Desde luego, se lo merece. Mientras tanto, hoy no les voy a decir que se vayan a ver ninguna película: corran más bien a una librería y prepárense para morirse de risa.

domingo, diciembre 02, 2007

Rick no hay más que uno


Entre los aniversarios que se han celebrado estos días, resulta que también han caído los 65 años del estreno de Casablanca. Vaya por Dios. Yo es que no entiendo esa moda de empezar a celebrar el 65 aniversario de algo, en vez de los 50 años, o los cien, que era lo habitual. ¿Quiere eso decir que la jubilamos? Quizá no fuera mala idea, y así podríamos dejarnos de tanta mitomanía y ver esta cinta como lo que realmente es: una buena película, un clásico que ha resistido el paso del tiempo con más o menos dignidad… y al que se le notan también un poco las costuras.

Pero miren, este aniversario me viene bien para desfacer un entuerto que gira alrededor de esta película, y que cogió especial fuerza en los años 80, cuando Ronald Reagan fue presidente de Estados Unidos: la historia de que Reagan había estado a punto de protagonizar Casablanca. La olea de antireaganismo (no diré yo que injustificado) que recorrió España en esa época sirvió como gasolina para convertir la chispa inicial en un incendio, y la referencia apareció abundantemente en la prensa siempre que se hacía necesario a) mitificar Casablanca o b) meterse con Reagan. Pero la verdad es que la historia tiene muy poco de cierto.

Esta leyenda urbana (pues no es otra cosa) tiene su origen en una noticia publicada en The Hollywood Reporter el 5 de enero de 1942, donde la Warner Brothers anunció que su nueva producción, Casablanca, iba a estar protagonizada por Ronald Reagan, Ann Sheridan y Dennis Morgan. Pero esto tiene su explicación: estos tres actores estaban bajo contrato del estudio, y en aquella época, en la que se filmaban muchas más películas que hoy, era normal que los pasaran continuamente de un rodaje a otro para justificar sus elevados sueldos. En cuanto el productor Hal. B. Wallis comenzó a trabajar en serio en el proyecto, todo cambió. Ingrid Bergman reemplazó a Sheridan, y el papel de Victor Lazslo, que le hubiera correspondido a Dennis Morgan, fue a parar, tras considerar a muchos otros actores, a Paul Henreid.

En cuanto a Reagan, después de ese anuncio nadie volvió a considerarle para el papel. Otra leyenda sobre la película dicen que George Raft -cuya relación con la carrera de Bogart merece una entrada de por sí- también sonó para interpretar a Rick. Pero la prueba definitiva la aporta el historiador americano Rudy Behlmer en su libro Benihd the Scenes, donde aporta la fotocopia del memo enviado por Jack Warner a Hall Wallis, y en el que se lee lo siguiente:

“Querido Jack: he estado pensado muy seriamente el asunto de George Raft en Casablanca, y lo he discutido con Mike (Curtiz), y los dos pensamos que no debería estar en esta película. Bogart es perfecto para el papel y se está escribiendo específicamente para él, así que creo que deberíamos olvidarnos de Raft para este proyecto”.

Solucionados todos los temas de reparto, pues. Por cierto, ¿saben que en los 80 Casablanca se convirtió en una miniserie de televisión? Y el actor que interpretó a Rick fue David Soul, conocido sobre todo por la serie Starsky & Hutch. No he tenido ocasión de verla... pero sospecho que hubiera preferido a Reagan.

lunes, octubre 22, 2007

Volando voy

Con un par de años de retraso, el gigantesco Airbus 380 ha iniciado por fin sus vuelos comerciales. La empresa que antes lo ha puesto en vuelo ha sido la muy sofisticada Singapore Airlines, y a ésta le seguirán otras. Sobre este monstruo de dos pisos se han escrito muchas cosas, no todas buenas: algunos hablan del problema que supondrá para los aeropuertos manejar semejante cantidad de pasajeros y maletas; otros hablan de riesgos de seguridad. Pero nadie se ha planteado el principal peligro que se nos viene encima con la puesta en marcha de este trasatlántico de los cielos: una nueva película de la serie Aeropuerto.

No me vengan con que hace ya 27 años desde que se estrenó la última de la serie; más años tiene La aventura del Poseidón y bien que nos colocaron una nueva versión el año pasado. Y, teniendo en cuenta que las películas de la serie se distinguían por transcurrir en los aviones más grandes y más modernos del mundo. ¿Alguien puede asegurar que estamos libres de peligro?

La verdad es que la serie de Aeropuerto se las traía. La primera se rodó en 1970, basada en un bestia seller del escritor -hoy algo olvidado- Arthur Hailey, y no estaba mal del todo (Jacqueline Bisset ayudaba lo suyo). Pero las siguientes, metidas ya de lleno en la moda de pelis de catástrofes, se convirtieron en una catástrofe en sí mismas: Aeropuerto 75 entró con todos los honores en el libro Las 50 peores películas de todos los tiempos, y Aeropuerto 80 (donde se cambiaba el tradicional Jumbo por un Concorde)… bueno, los que sepan inglés pueden desternillarse con esta prolija crítica de los chicos de The Agony Booth.

Las películas de la serie respondían todas a la misma fórmula: juntar a un montón de estrellas -alguna de primera fila, pero también viejas glorias, rostros televisivos y, como no, el inevitable y estrangulable niño sabelotodo-, subirlas al avión y hacerlas pasar por las situaciones más descabelladas posible: un avión que se estrella contra otro, obligando a un piloto a entrar en la cabina desde un helicóptero para hacerse con los mandos; un Jumbo que se estrella en el mar y queda sumergido, con todos los pasajeros atrapados bajo el agua; un Concorde que se pone a esquivar misiles supersónicos como si tal cosa, y que los engaña abriendo la ventana de la cabina (por cierto, mientras vuelan al doble de la velocidad del sonido, con dos bemoles) y disparando una pistola de bengalas…

Con todo, la mejor crítica a estas películas no vino de ningún profesional especializado, sino del periodista David Kamp que en octubre de 2003 escribió Hooked on Supersonics, un artículo magistral en Vanity Fair, donde repasaba los 27 años de historia del Concorde. Y comenzaba su texto analizando el reparto de Aeropuerto 80, con Sylvia Kristel, Eddie Albert y Charo Baeza entre esos pasajeros que, supuestamente, tenían el honor de subirse al avión comercial más exclusivo del mundo. “Como le dirá cualquier experto en aeronáutica, eso es una fantasía descabellada: ningún Concorde ha llevado jamás tanta cantidad de morralla entre sus pasajeros”.

¿Tendremos Aeropuerto 08? Yo, por su acaso, me vuelvo a ver Aterriza como puedas. ¿Ha estado alguno de ustedes en una prisión turca?

viernes, octubre 12, 2007

El truco definitivo

Lógicamente, a la nueva versión de La huella le están cayendo palos por todos los lados. Lo más que se dice de ella es que es un esfuerzo digno, y que la interpretación de Michael Caine es fantástica (vaya novedad). Pero claro, el problema es que el original sigue estando ahí. Como una losa. Y también tiene una interpretación fantástica de Caine, acompañada por otra no menos fantástica de Sir Laurence Olivier. Y, por si fuera poco, detrás de la cámara estaba uno de los que, al menos para un servidor, ha sido uno de los grandes, grandísimos directores de todos los tiempos: Joseph Leo Mankiewicz. Es una obra maestra, una película imbatible. Cualquier nueva versión tiene, por lo tanto, todas las de perder. Y cabe preguntarse porqué Hollywood sigue con esta afición a hacer remakes de títulos clásicos, a los que no les hace ninguna falta una revisión.

La huella (hablo siempre de la primera versión) es una película que basa su argumento en sorpresas continuas. Pero ese no es su único apoyo. Todos los que la apreciamos la hemos visto más de una vez, así que ya nos conocemos todos los giros, todos los trucos. Pero la fuerza de guión, dirección y actores nos arrastra de una escena a otra, disfrutando con cada plano, con cada frase, y saboreando con anticipación lo que va a venir después. Es la mejor muestra de su calidad.

Pero claro, las sorpresas del guión son uno de los puntos clave de la película, así que cabe preguntarse ¿Cómo las han resuelto en la nueva versión? Hay algunos trucos que se utilizaron en la primera que no pueden volver a utilizarse aquí, y no me refiero sólo a trucos argumentales. Recordemos: la versión original sólo tiene dos actores. Pero hay más personajes. O, por lo menos, parece que los hay. Se habla de ellos, se les describe, en ocasiones se les espera, y en ocasiones, incluso aparecen. Pero siguen siendo sólo dos actores. La película original lo solucionó creando un reparto completamente ficticio: cuando empieza la cinta, después de los nombres de Michael Caine y Laurence Olivier, aparecen los siguientes: Alec Cawthorne, John Matthews, Eve Channing, Teddy Martin. Ninguno de ellos existe en realidad, pero se incluyeron en el reparto para que el espectador no supiera exactamente el número de personas que intervenían en la trama. Curiosamente, en la nueva versión repite Eve Channing (debe estar un poco mayorcita, ¿no?) y hay una pequeña aparición del premio Nóbel Harold Pinter -que se ha encargado del guión-, pero en la pantalla de un televisor.

Por lo demás, la estructura se mantiene. Otra cosa que vamos a echar en falta: aquella mansión llena de muñecos, donde destacaba el maniquí de un marinero que batía las palmas y se reía con una carcajada que daba pesadillas. Y lo vamos a echar en falta porque el actor que grabó esa risa horripilante era el mismísimo Laurence Olivier. Si alguien va a verla, que me cuente.

lunes, agosto 27, 2007

Deconstruyendo a Bond




Ya, ya sé que ayer dije que hoy iba a tocar el asunto de las subvenciones (aunque de modo un tanto particular), pero la programación televisiva me ha obligado a cambiar de tercio. Quédese para mañana -esta vez sí, sin falta- el post prometido, y vamos al tema que se nos ha colado, inspirado por la emisión, esta noche a las diez, de la película Vive y deja morir, dentro del ciclo dedicado al agente 007 que Telemadrid lleva emitiendo todo el verano.


Teníamos a Bond un poco abandonado desde el estreno de Casino Royale, y la verdad es que Vive..., dentro de la serie, es bastante particular. Constituyó el segundo intento de los productores de reemplazar a Sean Connery y, después del (semi) fracaso obtenido con George Lazenby, Albert R. Broccoli y Harry Saltzman no quisieron correr riesgos. No les bastaba con conseguir por fin a Roger Moore como protagonista (antes no habían podido por los compromisos del actor con la serie El Santo); se trataba de lograr que el público lo aceptara como Bond, sin fisuras de ningún tipo. Y esta vez, en lugar de apostar con el continuismo, como con Lazenby, huyeron como la peste de muchos lugares y escenas que Connery había hecho familiares, para evitar que el público hiciera cualquier comparación (que siempre son odiosas). Así, si ven ustedes (por lo menos los lectores de Madrid) esta noche la película, estas son algunas de las cosas que echarán de menos:



1. Bond no lleva smoking en ninguna escena (ni siquiera en el cartel publicitario).


2. Tampoco pide ningún martini de vodka, agitado o removido (por cierto, un día de estas vamos a tener que aclarar este tema, y otras cosillas, sobre el martini. Me lo apunto).



3. 007 no va al despacho de M para que este le encargue la misión; en lugar de eso, es M (y Moneypenny) quienes van a su casa (por cierto, una de las poquísimas veces en la serie en que vemos el domicilio de Bond).



4. El actor Desmond Llevelyn, y su personaje Q, no aparecen por ninguna parte, para evitar la famosa escena de “preste atención, 007” donde se le hace entrega de los gadgets habituales. Sí lleva un reloj lleno de trucos, pero es Moneypenny quien se lo da.



Por supuesto, una vez el público aceptó a Moore como Bond, todas estas escenas regresaron en las siguientes películas. A todo esto, hay rumores de que la nueva entrega de Bond tendrá un tono mucho más ligero que Casino Royale… ¡Después del papelón que ha hecho Daniel Craig! ¿Le acabaremos viendo arrugado como una pasa y levantado una ceja?


Mañana retomamos las subvenciones (salvo imprevistos, ejem…). Mientras, sigan votando.

lunes, julio 16, 2007

Naves en las puertas de Tanhausser


Se han cumplido estos días 25 años desde el estreno de Blade Runner, y para celebrarlo, parece que todos los fans de esta película vamos a disfrutar por fin de lo que tanto tiempo hemos estado esperando: una buena edición en DVD. Creo que, a diferencia de ese fuego de artificio para pijos que es Matrix, a Blade Runner sí le podemos otorgar sin problemas la categoría de clásico, igual que a Alien (1979), la película anterior de su director. Ridley Scott nunca ha vuelto a estar tan fino como entonces. Y le ayudó no poco el cuidadísimo diseño de producción, que por una vez en el cine de ciencia-ficción estuvo acertado, y creó decorados, ambientes y vestuarios que el paso de los años no sólo no ha envejecido (algo frecuentísimo en el género), sino que los ha ido haciendo más familiares.

El culto a Blade Runner va más allá de sus cualidades cinematográficas, y abarca club de fans, numerosas páginas web e incluso algún libro dedicado íntegramente a la película (Future Noir. The Making of Blade Runner, de Paul M. Sammon. No está traducido al español, pero la edición se puede conseguir en tiendas especializadas). En él se cuentan anécdotas como las primeras opciones para el protagonista antes de que Harrison Ford aceptara el papel: cuando en 1975 se compraron los derechos del libro de Philip K. Dick en que se basa la cinta, la primera opción fue ¡Robert Mitchum!. Dustin Hoffman llegó a estar muy involucrado en el proyecto, y celebró varias reuniones con Ridley Scott antes de dar la espantada.

Pero la anécdota más conocida de esta película es la concerniente a su final, que lógicamente todos ustedes conocen. El que vimos en su día, cuando Rick Deckard descubre que su amada Rachel es un replicante pero sin fecha de terminación y los dos se largan felices en una nave que sobrevuela floridos bosques, fue impuesto por el estudio, que rechazó el final original de Scott (el único lógico posible en una historia tan negra; Rachel también muere). Como este no quiso rodar un metro más de película, las tomas aéreas de los bosques son material sobrante del principio de El Resplandor (1979) de Stanley Kubrick.

Tiene su cosa que a pesar de ese final, la película haya resistido hasta convertirse en un clásico. Puede que los diálogos tuvieran mucho que ver, sobre todo ese hermosísimo discurso del moribundo Roy Batty (interpretado por Rutger Hauer, otro que nunca ha vuelto a brillar a esta altura). Eso de "he visto naves en llamas más allá de la puerta de Tanhausser" ¿No nos hace sentir como un escalofrío visual?

domingo, junio 03, 2007

"Como alcaide vuestro que soy, os debo una explicación"

Es lo que tienen las sobremesas de domingo; le entra a uno la pachorra y se traga cualquier cosa que pongan por la tele. En este caso, La última fortaleza (Rod Lurie, 2001), una de prisiones, en este caso militares, protagonizada por Robert Redford y mi querido James Gandolfini, que interpreta al coronel a cargo de la prisión donde transcurre la trama. La peli, pues bueno, entretenidilla pero del montón, perfecta para una soñarrera de fin de semana. Pero ese no es el tema de hoy.

El tema es más bien que la peli constituye un nuevo ejemplo de la Teoría de los Alcaides de Vince (a ver si me acuerdo algún día de hacerles una pequeña recopilación de mi saber teórico), que viene a decir más o menos: todo alcaide de prisión que aparezca en una película de Hollywood será, por definición a) un sádico, b) un psicópata, c) un hijo de mala madre o d) las tres cosas juntas. Sin bromas, creo que es la profesión más vilipendiada por el género. Citando así, de memoria, estas son algunas películas de prisiones donde sus alcaides no habrían desentonado demasiado en los juicios de Nuremberg: La leyenda del indomable (Stuart Rosenberg, 1967), Rompehuesos (Robert Aldrich, 1974), Encerrado (John Flynn, 1989), Fuga de Alcatraz (Don Siegel, 1979) Locos de remate (Sidney Poitier, 1980), La fortaleza escondida (Stuart Gordon, 1993), Cadena perpetua (Frank Darabont, 1994), y aquí tienen algunas más. El problema es el de siempre: la estrella hace el papel de recluso, y por tanto el malo le toca al que está al mando del cotarro. Aunque a veces se pasan…

Pero ¿es que no hay ninguna película yanqui donde el alcaide sea un tipo medianamente normal, un tío majete, incluso? Pues sí; por ejemplo Brubaker (198) de Stuart Rosemberg, donde el alcaide es el protagonista de la película y está interpretado por… Robert Redford. Pero tampoco se libra de la Teoría: Redford viene a sustituir a un alcaide más malo que la tiña, y al final de la película, llega otro que se supone va ser todavía peor. Si es que no hay manera…

martes, abril 10, 2007

Cambios ¿necesarios?

Leo por ahí que están preparando la segunda parte de La gran aventura de Mortadelo y Filemón. Cosa lógica, ya que la primera fue un éxito de taquilla. Lo que no me cuadra es el nombre del director: desaparece Javier Fesser, y en su lugar tendremos a Miguel Bardem. Y digo que no me cuadra porque la película anterior sobre los personajes de Francisco Ibáñez fue en buena parte un empeño personal de Fesser y porque, por otra, quizá fuera el único cineasta español capaz de llevar a cabo un proyecto como ese.

Javier Fesser tiene, por lo menos, un corto que me parece una maravilla, Aquel ritmillo (1995) y otro muy divertido aunque bastante más disperso, El Secdleto de la tlompeta (1995). Su primer largo, El milagro de P. Tinto (1998) tenía momentos desternillantes, otros muy ingeniosos… y un grave caso de elefantiasis, porque a la película le sobraba por lo menos media hora. Pero nadie puede negar que tiene eso que se llama (y que tanto escasea por nuestro cine) una visión propia, un mundo particular que sabe trasladar a la pantalla, y en el que Mortadelo y Filemón encajaban como un guante.

La noticia no aclara si la ausencia de Fesser es personal u obligada, pero hay otro cambio que me llama la atención: Benito Pocino no será Mortadelo. Los productores han decidido sustituirlo por Edu Soto, que en los últimos años ha alcanzado una enorme popularidad por su interpretación de El Neng (entre otros personajes) en el programa de Buenafuente. Supongo que es una decisión lógica, pero también algo triste. Benito Pocino es un funcionario de correos que lleva más de veinte años intentando abrirse paso como actor. Su peculiar físico, desde luego, no ayuda, pero un día resultó que ese mismo físico era perfecto para interpretar a Mortadelo y, de la noche a la mañana, se vio convertido en protagonista. No perdió la cabeza, de todos modos; y para rodar la película pidió una excedencia en su puesto, sabedor de que estas cosas, a veces, son flor de un día.

Como así ha sido. A los productores, además, no parece haberles importado algo que yo siempre he considerado fundamental en las secuelas: que deben contar, en la medida de lo posible, con el mismo reparto y equipo, lo que posibilita concebirlas (y verlas) como una única película de duración excepcional. Los cambios me chirrían, pero igual soy el único. Total, en Francia también han cambiado al actor que hace de Asterix…

sábado, marzo 24, 2007

Indigestión


Hace unos años, me aficioné a la lectura de las novelas de Robert B. Parker. Quienes no las conozcan, puede que recuerden la serie de televisión sobre el detective privado Spenser, que operaba en Boston y estaba interpretado por Robert Urich. En la serie (y en las novelas) aparecía de vez en cuando un personaje llamado Hawk, para echar una mano al protagonista. Hawk era un negrazo calvo de dos metros, impecablemente vestido, con un sardónico sentido del humor y que se dedicaba a actividades dudosas, de esas que implican tirar de Magnum 44 por un quítame allá esas pajas.

Hawk animaba notablemente las tramas en las que intervenía. Sin embargo, los productores de televisión debieron pensar que el personaje era tan atractivo como para merecer eso que se llama un spin-off, así que le dieron serie propia: A man called Hawk. En Estados Unidos apenas aguantó una temporada. Por aquí la pasó Antena 3, y puedo asegurarles que era malísima.

¿Qué ocurrió? Que Hawk es un excelente personaje… secundario. Exactamente igual que Ratón, el psicópata sin escrúpulos que aparece en las novelas de Easy Rawlins, escritas por Walter Mosley. Funcionan en segundo plano, y se estropean en cuanto se les saca al frente, cuando comenzamos a conocer demasiado sobre ellos. Exactamente igual que está pasando con
Hannibal Lecter.

Cuando Anthony Hopkins ganó el Oscar por su interpretación en El silencio de los corderos, hubo quien apuntó que, en justicia, deberían haberle premiado como actor secundario, si se tiene en cuenta el tiempo que aparece en pantalla. Pero eso era parte de la fascinación del personaje: sabíamos que era un psiquiatra de gran inteligencia, exquisitos modales, amante del lujo, y aficionado a comerse a la gente. Poco más. Y tampoco era necesario mucho más, pues su figura dominaba toda la película, incluso cuando no salía, y los puntos oscuros sobre su personalidad sólo contribuían a aumentar su atractivo.

Lo malo vino después. La fiebre de secuelitis que afecta al cine actual ha hecho que se le dediquen al psiquiatra otras tres películas, todas basadas en novelas de Thomas Harris. La última, Hannibal Rising, ha llegado a las librerías casi al mismo tiempo que su adaptación cinematográfica y, se nos cuenta, ahonda en los orígenes del personaje, en su infancia y juventud. La jibamos, Maria Manuela. Ahora nos enteramos de que Hannibal Lecter es como es porque durante la Segunda Guerra Mundial unos nazis malísimos secuestraron y devoraron a su hermana pequeña, lo que motivó una venganza despiadada por su parte y su posterior metamorfosis en monstruo.

Todo el misterio del personaje, evaporado. Resulta que hay una explicación, que no justificación, para sus actos. Y con esa explicación, se derrumba todo el interés. Una de las mejores frases de El silencio de los corderos es cuando Lecter explica a Clarice Starling: “A mí no me sucedió nada, agente Starling. Yo sucedí”. Tanta repetición sobre el personaje ha conseguido arruinarla. Hannibal se nos ha muerto de indigestión.

Por cierto, la entrada de hoy se lee muchísimo mejor con unas habas y un buen chianti...

lunes, marzo 12, 2007

Dos por el precio de una

Las bibliotecas públicas se están convirtiendo en sitios cada vez más recomendables para encontrar películas con algunos años y verlas por primera vez con calidad DVD. Y además, "by the face". El fin de semana pasado me traje El coloso en llamas (1974) (no me miren con esa cara, también he aprovechado para volver a ver La costilla de Adán), que vi por primera vez en el cine Proyecciones de Madrid con diez añitos de nada, aunque eso de “vi” tiene mucho de eufemismo, pues me pasé la mayor parte de la peli con los ojos tapados, del acongoje (que bonita palabra ¿eh?) que me estaba dando.

Ahora no ha sido para tanto, claro, pero déjenme decirles que la peli, sin ser ninguna maravilla, aguanta muy bien. Casi no se le ve el cartón, es la más entretenida de todo el subgénero de catástrofes de los años 70 y, aunque todo el reparto tiene claro que no va a ganar ningún Oscar (bueno, Fred Astaire fue nominado), hacen eso que se dice cumplir dignamente con el papel. Lo curioso de El coloso… es que en realidad no es una película: son dos.

A principios de los años 70, aparecieron en las librerías estadounidenses dos novelas con el mismo tema: un incendio en un rascacielos. Una fue The Tower, de Richard Martin Stern (publicada en España por Pomaire con el título de Rascacielos), y la otra, The Glass Inferno, de Thomas M. Scortia y Frank M. Robinson (en España, El infierno de cristal, publicada por Bruguera en su colección Libro Amigo). Los derechos cinematográficos de cada una fueron adquiridos por dos estudios diferentes: Warner y Fox. En lugar de estrenar casi a la vez dos películas sobre el mismo tema (cosa que, como todos sabemos, ha ocurrido recientemente en más de una ocasión), decidieron unir fuerzas y producir conjuntamente una única cinta. Fue la primera vez que ocurría aquello en la historia de Hollywood.

Y lo divertido es cómo se nota esta dualidad: no sólo la película está basada en dos novelas (el guionista Stirling Silliphant cogió siete personajes de cada uno de los libros), sino que además tiene dos directores (Irwin Allen, también productor, en las escenas de acción; John Guillermin en las demás), dos estrellas, Steve McQueen y Paul Newman, que cobraron el mismo sueldo (un millón de dólares más el 7,5% de la taquilla) y tienen exactamente el mismo número de líneas de diálogo (por imposición de McQueen, que no quería verse superado por Newman); e incluso el título original, The towering inferno, es una mezcla de los de los libros.

Pero, como colofón, lo que siempre me ha parecido más incongruente de esta película es la ciudad donde transcurre. En las novelas, los rascacielos están situados en Nueva York y en Los Ángeles; quizá por aquello de “ni pa ti ni pa mí”, decidieron situar la película en San Francisco. ¿Alguien se puede creer que nadie vaya a emplazar el rascacielos más alto del mundo en una ciudad conocida, entre otras cosas, por su enorme propensión a los terremotos?

jueves, marzo 08, 2007

El superhéroe sin película

Parece que se han cargado al Capitán América. Por lo menos, en el último número de su colección le acaban de pegar un tiro y se dice que en los próximos meses tratarán de las reacciones que en el universo Marvel se producen como consecuencia de la desaparición de personaje tan emblemático. Es decir, el mismo truco que DC Comics empleó en los años 90 con Superman, y con idéntica finalidad: subir las ventas. Pero es algo dudoso que esto vaya a funcionar de nuevo. Lo que cualquier lector de comics aprende en cuanto tiene un poco de rodaje, es esta verdad inmutable: en los tebeos de superhéroes nunca muere nadie. Siempre hay resurrecciones, dobles, hermanos gemelos, robots, clones o todo junto dispuestos a solucionar lo que parecía una situación irreversible.

A veces lo que contribuye a subir las ventas de una colección es una película. Pero el Capi no se ha beneficiado demasiado de la fiebre por llevar al cine a todos los superhéroes que se pongan a tiro. Segundones como Blade o el Motorista Fantasma lo han logrado; este año llegan nuevas entregas de Spiderman y Los cuatro fantásticos (que, para mí, ha sido siempre el grupo de superhéroes más inaguantable de la historia), y el año que viene, un nuevo Batman, la primera del Hombre de Hierro y, quizá, Hulk II. Pero nada de Capitán América. Quizás es que un personaje que se pasea por ahí con la bandera yanqui en el traje y en el escudo correría el peligro de no ser demasiado popular entre según qué público. Aunque justo es decir que, en los años que llevo leyéndole, nunca le he visto derrocando gobiernos en Sudamérica o torturando iraquíes: él a lo suyo, que son los nazis (¡Todavía!) o los científicos megalómanos sin más ideología que destruir o dominar el mundo, según gustos.

De todos modos, sí hay una película sobre el Capi, filmada en 1990; lo que ocurre es que es de esas tan malas que da risa verlas. Aunque había en ella un par de aspectos curiosos: el primero, el villano, el científico nazi conocido como Cráneo Rojo, no aparecía con el uniforme y la máscara con los que durante años le hemos visto en los cómics, sino con traje cruzado y un pelo engominado que le hacían parecer un Mario Conde con viruela… y el segundo, el actor que encarnaba al Capitán: Mark Salinger, al que hemos visto recientemente en 24, y que tiene como particularidad ser hijo del escritor J. D. Salinger. Con un niño que hace esas cosas, no me extraña que el padre haya decidido no dejarse ver demasiado.

Claro que Spiderman también conoció unas adaptaciones super cutres, y ahí le tienen, triunfando. ¿Tendremos algún día película con genuino sabor americano?

domingo, marzo 04, 2007

Padres e hijos


En mi opinión, cuando uno no tiene tiempo de ver todo el cine que se estrena, es necesario hacerse una lista de preferencias. La mía divide las películas en tres categorías: uno, las que hay que ir a ver al cine de modo ineludible; dos, las que se repescan en DVD; y tres, las que se ven cuando las pasan por la tele, y si no se ven entonces, pues tampoco pasa nada. Ayer por la noche echaron una de las últimas, Tiempo de matar (Joel Schumacher, 1996) y me la grabé, para a lo mejor verla esta tarde.

Esta película tiene la particularidad de ser la única que, hasta el momento, ha reunido a Donald y Kiefer Sutherland, aunque padre e hijo no aparezcan nunca juntos en ninguna escena. Ya apunté aquí, hace unos meses, que una buena manera de verles trabajando juntos sería que Sutherland padre compusiera uno de sus inolvidables malos malísimos de la muerte para la próxima temporada de 24. Pero llama la atención las parejas de padres e hijos con gran potencial para el espectador que nunca se han llegado a formar, o cuando lo han hecho, ha sido tarde y mal. Por ejemplo, los Douglas: Michael y Kirk sólo han aparecido juntos en una película llamada Cosas de familia (2003), que apenas tuvo repercusión más allá de ver cuál de los dos, padre o hijo, se había hecho más estiramientos de cara. También era bastante flojita En el estanque dorado (1981), que reunió por única vez a Henry Fonda con su hija Jane; pero al menos se intentó darles un guión sólido y además estaba Katherine Hepburn…

Hubo otro momento en que los Douglas pudieron trabajar juntos. Fue cuando se habló de filmar la novela de Ken Kesey Alguien voló sobre el nido del cuco. En los años 60, Kirk Douglas había representado el papel protagonista en la versión teatral de la obra y, aunque en ese momento no tuvo éxito, estaba loco por conseguir que alguna productora se interesara por llevarla al cine.

Finalmente, en 1974 consiguió coproducirla junto con su hijo Michael, pero con una condición: no podría interpretar al protagonista, Randall McMurphy, porque ya estaba demasiado mayor. Tuvo que resignarse a dejar el papel a Jack Nicholson, y en su autobiografía deja claro que fue uno de los mayores sacrificios de su carrera profesional: “con esa cinta gané más dinero que con cualquiera en la que haya actuado, y devolvería encantado hasta el último centavo si hubiera podido interpretar ese papel”.

miércoles, febrero 28, 2007

¿Pero a mí de qué me suena Alan Arkin?



Esa es la pregunta que pueden hacerse muchos espectadores a la hora de repasar la carrera del flamante ganador del Oscar al Mejor Actor Secundario, que se ha impuesto a nominados más conocidos pero de trayectoria menos dilatada, como Eddie Murphy -del que se cotillea que no soportó perder, y nada más darse el premio se largó del Kodak Theatre con un cabreo de mono; buena noticia para los llenabutacas que ocuparon su puesto el resto de la gala- o Mark Whalberg. La verdad es que llevamos toda la vida viendo a Arkin, haciendo todo tipo de películas en todo tipo de papeles; eso, cuando no está trabajando en Broadway, escribiendo o dando clases de interpretación.

Alan Arkin es un todoterreno. Su formación teatral a prueba de bomba le ha preparado para enfrentarse con cualquier cosa; en los últimos años es verdad que se le puede ver haciendo sobre todo de abuelito más o menos entrañable, pero uno de sus primeros papeles fue el del psicópata que acosa a Audrey Hepburn en Sola en la Oscuridad (Terence Young, 1967), aunque muy poco antes había aparecido en la comedia de Norman Jewison ¡Qué vienen los rusos! ¡Qué vienen los rusos! (1966), que le valió su primera nominación al Oscar (La segunda llegaría en 1969 por El corazón es un cazador solitario). Mucho antes de que Mel Gibson y Danny Glover volvieran a poner de moda las buddy movies con la serie Arma Letal, Arkin protagonizó Una extraña pareja de polis (1974) junto a James Caan; en 1991 destacó como el mecánico que ayuda al protagonista de Rocketeer, una película de aventuras nada despreciable y llena de guiños a leyendas del Hollywood clásico. Al año siguiente estaba metido en uno de los mayores dramas llevados a la pantalla en los últimos años, Glengarry Glen Ross.

Pero Arkin tiene también en su haber una película rara, rara, rara. O maldita, como ustedes quieran, considerando que tuvo que sustituir ni más ni menos que a Peter Sellers, y además en su papel más famoso. Tras los éxitos de La pantera Rosa (1963) y El nuevo caso del Inspector Clouseau (1964), el actor inglés se negó a interpretar por tercera vez al muy cretino polícía de la Sureté (volvería a hacerlo en 1975), y los productores de la serie le ofrecieron el papel a Arkin. La película, estrenada en 1968, se tituló Inspector Clouseau (el título español fue El rey del peligro) y, teniendo en cuenta que tampoco estaba Blake Edwards tras la cámara, el batacazo en taquilla fue monumental.

La película ha permanecido en el olvido, hasta que el año pasado fue editada en DVD -esta vez con su título original- junto con todas las demás de la serie de La Pantera Rosa. Creo que se puede conseguir por unos siete euros, pero yo la vi hace años y la verdad, tampoco recuerdo que fuera para tirar cohetes.

viernes, febrero 02, 2007

Queremos tanto a Walter



Su verdadero nombre era Walter Matthow. Sin embargo, cuando en 1974 hizo un papelito (lo que más bien se llama un cameo) en Terremoto, disfrazado como el borracho de un bar, eligió aparecer en los títulos finales como Walter Matusschanskayasky. Desde entonces, muchos creyeron que ese era su verdadero nombre.

Era un melómano furibundo, y un gran admirador de Mozart. Como dijo de él su amigo Billy Wilder, “para Walter, Beethoven ya es heavy metal”. Por desgracia, también fue un jugador compulsivo, que perdió varios millones de dólares a lo largo de toda su vida.

Billy Wilder quiso contar con él como protagonista masculino de La tentación vive arriba (1954), pero el estudio no quiso emparejar a Marilyn Monroe con un actor desconocido, y obligaron al director a elegir a Tom Ewell, que había interpretado la obra en el teatro. En 1966, Wilder le juntó con Jack Lemmon en En bandeja de plata, película que le convirtió en una estrella y le hizo ganar un Oscar al Mejor Actor Secundario.

Durante el rodaje de esa película, sufrió un ataque al corazón que obligó a detener el rodaje durante cinco meses. La última escena que rodó antes del infarto es cuando, casi al final de la película, un taxi le deja enfrente de la casa de Lemmon, y la primera que rodó tras recuperarse es la que va justo después, cuando entra en el piso. Fijándose bien, se puede apreciar la pérdida de peso que sufrió entre una escena y otra.

En Primera Plana (1974) fue el director que todos los periodistas hubiéramos querido tener: tramposo, marrullero y capaz de cualquier cosa por una exclusiva, pero conocedor de todos los trucos de la profesión y listo como el hambre. Y de él aprendimos que nadie se lee nunca el segundo párrafo de una noticia.

Se llamaba Walter Matthau. ¿Y por qué estamos hablando hoy de él?

Porque hoy hace un año que perdí a la mujer que me trajo a este mundo, y Matthau era uno de sus actores favoritos. En los primeros tiempos del vídeo le llevaba a casa todas las películas de Matthau que podía encontrar, sabiendo que le harían reír y disfrutar. También le encantaba Jack Lemmon; pero se lo pasaba mejor con Matthau…

…y, qué quieren que les diga, a la hora de acordarse de los seres queridos, uno no es muy de misas.

Un beso muy fuerte, madre.

lunes, noviembre 27, 2006

Zafarrancho en el casino



Bueno, pues vamos a acabar este monográfico sobre James Bond (cosa que habría hecho hace un par de días si contara con una conexión decente) hablando un poco del mayor despropósito relacionado con el personaje: la versión de 1967 de Casino Royale. Los que no la hayan visto no acabarán de entender por qué tiene tan mala fama; los que sí, puede que todavía estén intentando entender de qué iba aquello. Yo soy de los segundos y recuerdo habérmela tragado por primera vez hace más de veinte años en casa, en los tiempos del vídeo. Como por aquel entonces todas las cintas que tenía el videoclub de mi barrio eran piratas, incluída ésta, en un principio pensé que la copia estaba incompleta. Aquello no podía ser; seguro que faltaban escenas. No tenía pies ni cabeza.

Pero no. La culpa de que aquello no tuviera sentido ninguno no era del videoclub, sino de los responsables (es un decir) de la cinta. Como ya hemos comentado en otro post, Ian Fleming vendió los derechos de su novela por separado, de modo que Casino… no formaba parte del paquete adquirido por Eon Pictures. El comprador fue Gregory Ratoff y, tras su muerte, pasaron al productor Charles K. Feldman, que intentó sacar tajada de la fiebre Bond produciendo la película con Sean Connery como protagonista. Al no ser esto posible, decidió hacer una parodia, y no reparó en gastos. Comenzó contratando a tres guionistas: Wolf Mankowitz, John Law y Michael Sayers, que pronto se vieron reforzados por Ben Hecht, Terry Southern y Billy Wilder. Tras reírse mucho con Qué tal, Pussycat?, decidió fichar también a Peter Sellers y Woody Allen, este último como guionista además de como actor.

A la hora de empezar el rodaje, no había un director, sino cinco: John Huston, Ken Hughes, Val Guest, Robert Parrish y Joe Mc Grath, y no había exactamente un James Bond, sino tres personajes que podían responder a la descripción: David Niven, Sellers y Allen. Para cuando se comenzó a rodar, se añadieron a todo este personal dos directores más: Richard Talmadge y Anthony Squire.

Nunca hubo un guión terminado, y el rodaje estuvo plagado de problemas. Peter Sellers no se hablaba con Orson Welles, que interpretaba a Le Chiffre, porque pensaba que le robaba protagonismo: sus escenas juntos están rodadas, en su mayor parte, en plano contraplano, con los actores recitando sus líneas a un stand-in. Luego, Sellers abandonó el rodaje sin completar sus escenas, y nadie pudo obligarle a volver, así que su personaje muere repentinamente a mitad de la película. Paralelamente, Feldman iba fichando a estrellas internacionales para que hicieran breves apariciones, obligando a los guionistas a inventar nuevas escenas para justificar su presencia (sin ir más lejos, Peter O’Toole aparece vestido de escocés y tocando la gaita durante no más de diez segundos, y se limita a decir la frase: “Soy Peter O’ Toole”). David Niven no tardó en darse cuenta del berenjenal en el que se había metido, y dijo que Casino Royale sería o bien un clásico de la comedio o “la mayor cagada que se haya visto desde la última inundación”.

Fue más bien lo segundo. Por cierto, costó ocho millones de dólares, el doble que el Bond oficial de ese año, Sólo se vive dos veces, y se hundió en taquilla.

Y para terminar, una pregunta para curiosos: ¿En qué comedia española, relativamente reciente, pueden verse al principio unas escenas de este Casino Royale? Como pista sólo les diré que sale esa monada sin talento conocida como Aitana Sánchez-Gijón. Mañana dejamos a Bond. ¿Alguien ha visto ya el nuevo Casino…?

miércoles, noviembre 22, 2006

Los segundones

Cuando se habla de los actores que han interpretado a Bond, hay una cierta tendencia a menospreciar el trabajo de George Lazenby y Tymothy Dalton que, con una y dos ocasiones respectivamente, son los que menos veces han encarnado a 007. Suele decirse también que son los que peor lo han hecho. No estoy de acuerdo. Aprovechando que MGM ha lanzado nuevos DVDs con excelentes ediciones de toda la serie, yo aprovecharía para repasar Al servicio secreto de su majestad (1967), y 007, Alta tensión (1987), que considero superiores a bastantes Moores e incluso a algún Connery. Dalton fue contratado como Bond como sustituto de Pierce Brosnan, que todavía estaba comprometido con la serie televisiva Remington Steele. Actor de una sólida formación teatral, incorporó al personaje una mezcla de rudeza y humanidad que llevábamos años sin ver, con tanto levantamiento de ceja como habíamos sufrido. Pero su segunda película, 007 licencia para matar, tuvo unos resultados de taquilla tan bajos (¿Qué hacía Bond combatiendo a un señor de la droga, como si fuera Don Johnson?) que obligaron a los productores a hacer un parón y replantearse toda la serie. Cuando comenzaron Goldeneye, Dalton no tenía demasiadas ganas de repetir, y Brosnan estaba disponible.

Más sangrante es el caso de George Lazenby. Este modelo australiano no tenía ninguna experiencia como actor, cuando su nombre comenzó a considerarse para sustituir a Sean Connery, nada menos. Con la idea de encajar en la imagen, antes de ser recibido por los productores Broccoli y Saltzman se hizo confeccionar un traje por el sastre de Connery, y luego fue a una exclusiva barbería de Londres para que le hicieran el mismo corte de pelo. Por una de esas casualidades de la vida, en la silla de al lado estaba Albert C. Broccoli. Cuando Lazenby se fue, comentó con el barbero: “Ese tipo sería un buen James Bond”. Pocas horas después, se lo encontró en sus oficinas.

El problema que tuvo Lazenby es que le tocó la película más difícil: Al Servicio Secreto de Su Majestad sigue fielmente la novela de Fleming, incluyendo la boda de Bond al final, y el posterior asesinato de su mujer. Y muchos espectadores no dejaron de añorar a Connery en un momento tan trascendental. Con todo, funcionó bien en taquilla, y Lazenby fue invitado a repetir el papel. Su agente le recomendó que no lo hiciera, porque Bond, le dijo, era un personaje sin futuro. Lo peor es que le hizo caso.

Toda la carrera posterior de Lazenby se redujo prácticamente a hacer imitaciones de James Bond en películas de cuarta y series de televisión. Si todavía conservaba su licencia para matar… debería haberla usado en su agente.