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martes, octubre 21, 2008

Retazos de Marilyn

Parece que estamos otra vez con Marilyn; coincidiendo con el 45 aniversario de su muerte (que ya suena a fecha raída por los pelos) Vanity Fair (la de verdad, no esa caricatura para pijos que pasa por ser su edición española) publica un reportaje sobre “sus archivos secretos” donde prometen desvelar nuevos datos sobre su muerte. Aún no lo he leído, como no he leído –lo confieso- el libro que le dedicó Norman Mailer ni la reciente biografía de Donald Spoto, a pesar de tener en casa ambos volúmenes desde hace años.

¿Por qué me da tanta pereza Marilyn? De entrada, nunca he sido muy mitómano, y las figuras tan infladas tienden a provocarme más rechazo que atracción. Me ocurre lo mismo con James Dean, al cual nunca terminé de verle esas arrobas de talento (prefiero mil veces a Montogomery Clift, y creo que en Gigante Rock Hudson, sí, sí, Rock Hudson, se lo come con patatas), sobre todo cuando es su temprana muerte lo que las ha convertido en iconos, más que su trabajo estrictamente cinematográfico. Podemos llegar a olvidarnos de que esta gente también hizo películas. Y creo que eso es lo que me ocurre: Marilyn es una presencia tan ubicua, un símbolo tan repetido, que llega a hacerse inabarcable. No hay una obra que la encuadre por completo, y todo lo que llegamos a ver en cada nuevo libro o reportaje sobre ella, son retazos, algunos completamente prescindibles en un puzzle que con los años ha ido cogiendo un excesivo número de piezas.


Marilyn tiene unas trece películas consideradas principales. Dos de ellas están entre mis favoritas de toda la vida: Eva al desnudo (1950) donde tiene un papelín, y la que yo creo es la mejor comedia jamás filmada, Con faldas y a lo loco (1959). En las restantes hay mucha calidad, pues lo que no se le puede negar es su habilidad para trabajar con directores de primera fila. La lista quita el aliento, y no creo que haya muchas estrellas capaces de igualarla, no, por lo menos, en tan pocos años: Billy Wilder en Con faldas… y en La tentación vive arriba (1955); John Huston en Vidas Rebeldes (1961); Otto Preminger en Río sin retorno (1954), George Cukor en El multimillonario (1961), Howard Hawks en Los caballeros las prefieren rubias (1953), Joshua Logan en Bus Stop (1956), o Laurence Olivier en El príncipe y la corista (1957), quizá la prueba más evidente de que el mejor escribano echa un borrón, pues es, creo, la que peor ha envejecido de las suyas.

Las anécdotas sobre los problemas que creaba en los rodajes son legión, entre retrasos, crisis nerviosas, repeticiones sin cuento y la presencia de profesoras de interpretación con las que intentaba paliar su inseguridad, y que provocaban continuos enfrentamientos con los directores. Algunos de sus compañeros de rodaje, como Robert Mitchum, se compadecieron de sus problemas; otros, directamente, la odiaron. Pero, como dijo Billy Wilder, “yo tengo una tía simpatiquísima y encantadora que le cae bien a todo el mundo y siempre es puntual. Pero nadie pagaría ni un centavo por ir al cine a ver a mi tía”.

Se dice que uno de sus mejores retratos fue el cuento que Truman Capote escribió sobre ella: Una hermosa criatura; está en Música para camaleones y, como (casi) todo lo que escribió Capote, desde luego es magistral.

También ha salido este libro, que me permito recomendarles. No me voy a andar con rollos: los dueños de esta editorial son amigos míos, pero aunque no lo fueran seguiría opinando que en Rey Lear están llevando una política de publicaciones de auténtico interés, con exquisito gusto en la recuperación de autores olvidados y un cuidado en las ediciones que ya les ha proporcionado algún premio que otro. El volumen que nos ocupa es una recopilación de artículos escritos hace veinte años en Diario 16 por Ignacio Carrión, en un recorrido por Estados Unidos buscando pistas de Marilyn y hablando con gente que la vio, la conoció o incluso se acostó con ella (impagable la entrevista con su primer marido).

También quisiera aclarar que Carrión no es exactamente santo de mi devoción: tiende a abusar del tópico (es que, simplemente, NO SE PUEDE ir a entrevistar a Anthony Hopkins y empezar el texto con estas dos palabras: “¿me morderá?”. Pues lo hizo, para El País Semanal), y conozco a alguna gente entrevistada por él que se ha cogido justificados cabreos al ver el texto publicado. Pero aquí, creo, está en su punto justo, y escribe con concisión, acierto y mucho sentido del humor. Completa el librillo –porque de un librillo se trata, como todos los de esta colección- un índice onomástico.


Un retazo más de Marilyn. Pero con colores muy vivos.

domingo, septiembre 28, 2008

1925-1983


Alguien dijo en una ocasión que una estrella de cine es una persona con quien los espectadores del sexo opuesto se querrían ir a la cama, y con quien los de su mismo sexo se querrían tomar una cerveza.

Si alguien conoce una figura que pueda ajustarse más a esta descripción que este hombre, que dé un paso al frente y lo diga.

Su obra cumbre (por lo menos, para mí): El buscavidas (1961), de Robert Rossen. Pero también La leyenda del indomable (1967), de Stuart Rosenberg, Harper, investigador privado (1966), de Jack Smight, sus adaptaciones de Tennesse Williams, Veredicto final (1982), de Sidney Lumet.

Como director, Rachel, Rachel (1968), Harry e hijo (1984) entre otras.

Y, en las obras menores si ustedes quieren, esas dos gansadas tituladas El juez de la horca (1972), de John Huston y El castañazo (1977), de George Roy Hill, donde lo vemos en su faceta más gamberra y que fue, según declaraciones propias, su película favorita.

Y, por supuesto, El golpe.

Se llamaba Paul Newman, y se ha ido con tanta discreción, que yo creo que aún no nos hemos dado cuenta, a pesar de las primeras páginas y los artículos conmemorativos.

No ha dejado un hueco en la historia del cine; ha dejado un cráter.

lunes, septiembre 15, 2008

La lista diabólica

Como lleva haciendo algunos años, la revista Forbes acaba de publicar una vez más la lista donde a ninguna estrella de Hollywood le gusta encontrarse. No es la de los divorcios más caros, ni la de quienes tienen más operaciones de estética, ni siquiera de las que votarán por McCain, no; es la lista de los actores y actrices con los sueldos más hinchados, es decir, los que, a tenor de los resultados en taquilla, no se merecen los millones que se ganan con el sudor de su frente.

Para sacar los nombres, han calculado el total de los emolumentos cobrados por cada estrella, incluyendo el porcentaje de taquilla, y lo han comparado con las ganancias brutas de las películas que han protagonizado a lo largo del año (no incluyen el mercado de DVD). El resultado indica hasta qué punto merece la pena contratar a gente que no se pone delante de una cámara por menos de quince o veinte millones de dólares, porcentajes aparte, si a cambio los resultados económicos no cumplen con las expectativas.

Entre este ramillete de estrellas decepcionantes tenemos en primer lugar a Nicole Kidman -al éxito de La brújula dorada se contrapone el batacazo de Invasión, seguida de Tom Cruise con Leones por Corderos, Jim Carrey por El Número 23, o Nicolas Cage con Next. Claro que algunas de estas estrellas han tenido también taquillazos en este año, pero sus fracasos equilibran la balanza, e incluso hacen perder dinero a las productoras… y luego están las que tienen éxitos, pero cobran tanto dinero que apenas aportan beneficios al estudio. Es el caso de Cameron Díaz.

Para leer el artículo completo, pinchar aquí.

Pero ¿Y el arte? ¿Y el talento?, dirán ustedes. ¡Señores, que esto es Forbes (y Hollywood)! ¡Aquí estamos hablando de cash!.

miércoles, agosto 06, 2008

Y ¿a quién le importa esto?

Esto no es más que una opinión personal y, por tanto, no hay que darle un valor excesivo. Pero siempre he pensado que la gente que presta tanta atención a los programas, revistas y páginas del corazón lo hace en sentido inversamente proporcional al interés que les merece su propia vida. Es decir: les importa tanto la vida de los otros -y no me refiero precisamente a la película- porque la suya, en el fondo, no les gusta nada. Y, antes que mirar dentro, prefieren mirar hacia fuera.

Esta idea, claro, está basada en experiencias personales. Hace años pasé por una situación no por normal en el curso de la vida de todos menos dolorosa; y aquello coincidió, no sé si recuerdan, con la desaparición y posterior fallecimiento de John Kennedy, su mujer y su cuñada en un accidente de avioneta. El caso es que, mientras la familia estábamos apiñados en el hospital y nos íbamos dando cuenta de que aquello sólo podía acabar de una manera, y que era cuestión de días, y que lo mejor era irse preparando, a mí lo que le hubiera pasado a Kennedy, a su señora, a su cuñada y al lucero del Alba, dicho sea con todos los respetos, me importaba exactamente tres pepinos. Yo tenía mi propio drama ahí, en bandeja, lo quisiera o no. No necesitaba otros.

Pues con las noticias felices pasa lo mismo. Nueve millones de euros dicen que ha pagado la revista People por la exclusiva del nacimiento de los mellizos de Brad y Angelina (ya no hace falta poner ni los apellidos), porque al parecer había una urgencia, un apremio, una necesidad a nivel global de ver la cara a los enanos. Al final, lo que menos nos va a acabar importando de estos dos es que sean actores de cine, que Angelina Jolie ya tenga un Oscar, que Brad Pitt sea un excelente actor cuando le da la gana, y nos vamos a quedar solo con el enésimo niño que adopten o que tengan, con su último reportaje en Vanity Fair, con su último proyecto humanitario, con su última contribución a una ONG (Por cierto, dicen que donarán todo el dinero a caridad. Un gesto que les honra y... ¿Lo ven? ¡Ya estamos!).

Si hay quien no podía vivir sin verle la cara a los rrorros ideales de la muerte, es su problema. Otros tenemos noticias más cercanas que, esas sí, nos han traído una alegría genuina y duradera, de las que no se pasan en lo que se tarda en hojear un reportaje; porque conoces y quieres a los protagonistas; y sabes que están felices, y te alegras por ellos y con ellos, y con ellos empiezas la cuenta atrás de los meses que faltan hasta que todos tengamos delante el resultado de la noticia, con tres pelos encima de la cabeza y llorando por el biberón. Sin papel couché, sin glamour, sin exclusivas. Habiendo genuino cariño y amor, todo eso no hace ninguna falta.

Bienvenido, chaval.

Nos vemos en abril.

domingo, julio 27, 2008

Cineastas y federales



Estamos estos días conmemorando el centenario de una de las instituciones legales que más argumentos han aportado a la ficción cinematográfica: el FBI, iniciales de Federal Bureau of Investigation u Oficina Federal de Investigación, creada como una manera de combatir la creciente ola de gangsterismo y evolucionada luego a combatir muchas otras cosas, algunas, la verdad sea dicha, con más razón que otras.

Se podría hacer una competición curiosa a la hora de determinar cuál de los dos grandes organismos norteamericanos, la CIA o el FBI, ha aparecido en más películas (¿Mulder y Scully son de una o de otro? Es que nunca he sido fan de Expediente X…). Pero de lo que no cabe duda es de que el hoy centenario Bureau ha estado relacionado de un modo mucho más estrecho con el mundo del cine. No siempre para bien. A mediados del siglo pasado, durante la infame época de la caza de brujas, su todopoderoso director durante más de 40 años, J. Edgar Hoover, comenzó a ordenar seguimiento intensivo de cualquier estrella de Hollywood sospechosa de tener mínimas relaciones con el comunismo. A medida que pasaban los años y aumentaba su paranoía -y, según parece, el número de rojazos sueltos-, la lista de celebridades puesta bajo sospecha fue aumentando. Sus tentáculos no llegaban sólo al mundo del cine, y no voy a aburrirles aquí con su historia con los Kennedy, porque esa se la sabe un niño de primaria: baste recordar que tanto John Fitzgerald Kennedy como su hermano Robert querían eliminar a Hoover a toda costa. Pero ni siquiera tras llegar a presidente pudo Kennedy con él, sóbre todo cuando Hoover demostró estar perfectamente al corriente de sus relaciones sexuales con Judith Campbell, una chica de reputación nada dudosa (quiero decir que estaba clarísima) que simultaneaba sus encuentros presidenciales como el cantante Frank Sinatra y el mafioso Sam Giancana. “No se preocupe, señor presidente, yo me aseguraré de que esto jamás salga a la luz”. Algo así debió decirle, porque Kennedy captó la directísima indirecta al momento, y en los años que le quedaban de vida no volvió a intentar levantarle la mano a Hoover.

Al igual que lo serían años más tarde John Lennon o Jane Fonda, Marilyn Monroe se convirtió, a partir de 1955, en uno de los principales objetivos de Hoover. El motivo fue el matrimonio de la actriz con el escritor Arthur Miller, considerado un comunista peligroso -valga la redundancia, porque para Hoover todos los comunistas eran peligrosos- por el FBI y, como tal, sometido a una estrecha vigilancia, que no tardó en ampliarse a su nueva esposa. Según nos cuenta su biógrafo Donald Spoto, en ese año “comenzó a acumularse en Washington un minucioso archivo sobre Marilyn Monroe, del que ella jamás tuvo conocimiento. Se trata de un ridículo derroche de papel”.


Marilyn aborrecía a Hoover, y no se privó de declararlo en voz alta. ¿Y Hoover? ¿Debemos creer a los rumores que cuentan que durante años tuvo colgada en su oficina la famosa fotografía de la actriz donde posaba desnuda sobre una tela roja?







lunes, julio 14, 2008

Moralidad dudosa


Llevaba un tiempo sin leer libros sobre cine. Supongo que era por saturación, y además las lecturas de uno no se reducen a un solo tema. Pero el caso es que hace unos meses, me cansé y además me cansé a mitad de un libro, que estos días he retomado: la excelente biografía sobre James Stewart escriba por Marc Eliot (no se me pierdan la página web que tiene este pavo). Y acabo de llegar a una parte que me ha hecho pensar.

Se refiere a una de mis películas favoritas, no sólo de James Stewart, sino en general: La ventana indiscreta, que rodó en 1954 a las órdenes de Alfred Hitchcock. Creo que ya he dejado caer por aquí alguna vez que a mi Hitchcock, pues como que no me mata… tiene muchos puntos débiles, vaya. Pero esta película me sigue pareciendo perfecta, sin mácula, y además, es uno de los ejercicios más arriesgados que se hayan hecho nunca en lenguaje cinematográfico. ¿Se acuerdan del argumento? James Stewart interpreta a un fotógrafo de prensa que se ha roto una pierna mientras cubría una carrera de coches. Confinado en su apartamento, dedica su tiempo libre a espiar a los vecinos de enfrente que, por cierto, son una fauna de lo más variopinto. Y, de tanto mirar, acaba siendo testigo de lo que él cree que es un asesinato…

A partir de ahí, comienza un juego de intriga donde Hitchcock juega con la cámara a su gusto, alcanzando unos niveles de virtuosismo pocas veces vistos, ni antes ni después. Pero yo de lo que les quería hablar es del personaje que interpreta Stewart. Como muy bien dice Eliot “lo que hace tan gratificante la interpretación de Jimmy es que consigue combinar todas las fantasías sádicas, obsesivas y voyeurísticas de Hitchcock, y aún así consigue un personaje con el que el público se identifica, y por el que se preocupa”.

En efecto. Si analizamos un poco la psicología de este personaje, veremos que es un sujeto muy poco recomendable. Es un cotilla, un voyeur, un mirón, y encima, un mirón con teleobjetivo que se mete en las intimidades ajenas sin el menor recato. Pero, como lo interpreta James Stewart, consigue que nos olvidemos del asunto y sólo veamos a un hombre amenazado que, a fin de cuentas, ha descubierto a un asesino.


Es curioso esto de la fuerza que tienen algunos actores (no, no pienso decir "actores y actrices"; aquí, gilipolleces políticamente correctas, las justas) para interpretar a personajes de moralidad dudosa y, aún así, caernos bien. ¿se acuerdan de esa obra maestra que es El apartamento (1960) de Billy Wilder? ¿Alguien querría tener cerca de un sujeto como su protagonista, C. C. Bakter? ¡Por Dios, pero si es un trepa de la peor especie, que asciende en la empresa a base de prestar su apartamento a los jefes para que se lleven allí a sus queridas! En la vida real, lo mínimo que le podría pasar es que los compañeros le echaran Evacuol en el café, o algo parecido. Pero, ah, es Jack Lemmon. Y Jack Lemmon no puede caernos mal. Por eso al final, en lugar de que el resto de los empleados le escupan a la cara por turnos, se redime y, encima, se queda con la chica.


La magia de las estrellas. Mucho más que mero sex-appeal.

lunes, junio 30, 2008

Dos piernas, muchos nombres

El pasado día 17 nos dejó una de las bailarinas más elegantes que hayan pasado nunca por la gran pantalla. Lógico, si consideramos que Cyd Charisse provenía nada menos que del ballet ruso, y tenía una formación clásica que ya quedó clara en la escena onírica que compartía con Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia (1952), que no fue su primera película, pero sí la que la lanzó a la fama. A partir de ahí, todo fueron, durante años, bailes inolvidables, muchas veces acompañando a las dos mayores estrellas de la danza que ha dado el cine: Fred Astaire y Gene Kelly en títulos tan inolvidables como Brigadoon (por cierto, en su día un fracaso sonado), Siempre hace buen tiempo o La bella de Moscú, personalmente la película de todas estas que menos aguanto, no sólo porque está a años luz de la obra maestra en que se basa, Ninotchka, sino porque algunos de sus números (Stereophonic Sound, sin ir más lejos) son de un hortera inaguantable. Para que yo diga eso de una peli de Astaire, imagínense cómo tienen que ser.

Todo el mundo la ha recordado estos días por sus papeles en estos musicales, pero uno, al que siempre le ha gustado ir contra corriente, la tiene muy presente en Dos semanas en otra ciudad (1962), un fantástico melodramón dirigido por Vincente Minnelli donde solicitó interpretar el papel de Carlotta, la malvadísima esposa de Kirk Douglas. Lo obtuvo, y lo bordó, demostrando que tenía mucho más que ofrecer al cine aparte de un par de piernas maravillosas (y aseguradas en su día por cinco millones de dólares).

Si quieren conocer alguna curiosidad sobre Cyd, ahí van un par de ellas. Cantando bajo la lluvia cuenta la historia de la adaptación de las estrellas del cine mudo al sonoro, y de cómo una actriz inaguantable es doblada por una chica desconocida para que el público no se de cuenta de que su voz verdadera es horrible. Sin llegar a esos extremos, Cyd Charisse también fue doblada: cuando canta en La bella de Moscú, Siempre hace buen tiempo y Brigadoon, la voz pertenece en realidad a la cantante Carole Richards.

Y la otra curiosidad… ¿Qué clase de nombre es Cyd Charisse? Una magnifica explicación de la adopción de este nombre artístico fue ofrecida en su día por el publicista de la MGM Howard Dietz: “Cuando nació la bautizaron Tula Ellice Finklea. Su hermano mayor la puso el mote de “Sid”. Se unió al Ballet Ruso y adoptó el nombre de Felicia Sidarova. Después, lo cambió por María Estamano. Se casó y se convirtió en la señora de Nico Charisse. Al principio de su carrera, adoptó el nombre de Lily Norwood. MGM lo cambió por el de Sid Charisse, y al final se convirtió el Cyd Charisse”.

viernes, mayo 16, 2008

Scoop

Bueno, pues vaya bombazo el del ¡Hola! de esta semana; cómo será, que me he enterado hasta yo, que estas revistas no las leo ni en la pelu (¿No lo sabían? En este país hay tres mentiras que dice todo el mundo: una, “yo en televisión sólo veo los documentales de La 2”; dos, “yo el móvil sólo lo uso para que me llamen”, y tres, “yo las revistas del corazón sólo las leo en la peluquería”; bueno, sigamos con el tema). ¡Isabel Preysler entrevista a George Clooney! La historia del periodismo está llena de entrevistas emblemáticas, de eso no hay duda: así de pronto se me viene a la memoria la de Truman Capote a Marlon Brando, la de Bob Woodward al director de la CIA, la mía a Manuel Fraga (“mirested, miqueridovince, lasituacionctual dela comunidagalega…”)... Y bueno, ahora tenemos ésta, que tampoco es moco de pavo.

Nunca es tarde para incorporarse al hermoso mundo del periodismo. Además, una entrevista bien hecha es uno de los géneros más agradecidos. Pero, oigan, hay que currárselo; primero, es necesario proveerse de abundante documentación sobre el personaje a entrevistar; luego, estructurar las preguntas para que formen un orden de interrogatorio más o menos lógico sujeto, claro está, a los vaivenes de la conversación; después hay que adaptarse a las peculiaridades del entrevistado y, por último, la parte más coñazo: transcribir la cinta, eliminar repeticiones, ajustar el estilo y, por supuesto, cortar todo el sobrante para que encaje en la maqueta. No me cabe duda de que Isabel Preysler ha seguido escrupulosamente todos estos pasos, lo cual tiene su mérito si consideramos que además de todo eso, en su caso ha tenido que someterse a interminables sesiones de maquillaje, estilismo y peluquería para posar de lo más acaramelada al lado del entrevistado, cosa que a mí, confieso, no me ha pasado nunca (y con Fraga, menos). Por cierto, fíjense bien en la foto. ¿Dónde tiene puesta la mano el cachondo de George?

Todo el mundo se ha hecho lenguas sobre esta nueva faceta de la Preysler, lo que demuestra, una vez más, que este país tiene muy mala memoria. Ya en los años 80 la ex de Yulius firmó un contrato, también con la revista ¡Hola! Para entrevistar a un famoso una vez al mes, a cambio de un millón de pesetas de las de entonces. No tengo la lista de las víctimas, perdón, de los entrevistados, pero sí puedo decirles que uno de ellos fue Clint Eastwood. Y sobre la profundidad del texto les adjunto hoy esta perla, rigurosamente auténtica y que motivo un pequeño repaso de Clint a su equipo de prensa, para ver si tenían un poco más de cuidado con los periodistas (ejem) que le seleccionaban:

ISABEL: ¿Y cuándo piensa usted dirigir su primera película?

(Pausa estremecedora)

CLINT: Señorita, ya he dirigido trece. ¿Es que no se lo han dicho?

miércoles, abril 30, 2008

¿El fin del morbo?


Nunca he terminado de entender el morbo de Al Pacino y Robert de Niro. El morbo por verles trabajar juntos, quiero decir. Supongo que la cosa tiene su origen no sólo en su enorme peso como actores en el cine americano de los 70, sino en que los dos interpretaron a padre -Vito Corleone- e hijo -Michael Corleone- en la segunda parte de El Padrino, pero sin que en ningún momento llegaran a aparecer al mismo tiempo en pantalla. Cosa lógica, porque sus escenas transcurrían en épocas diferentes. Desde entonces, siempre se ha especulado con la posibilidad de verles juntos en una película. La cosa pareció solucionarse con Heat (1995), de Michael Mann, donde De Niro era un sofisticado atracador de bancos, y Pacino, el policía encargado de detenerlo. Pero tampoco, porque los mitómanos contemplaron con desilusión cómo el único momento en que compartían pantalla fue en la famosa escena de la cafetería, que encima está rodada en plano contraplano, es decir, que tampoco se les llega a ver juntos en ningún momento.

Algunos, en el colmo del mosqueo, han llegado a decir que ni siquiera rodaron esa escena al mismo tiempo, sino que cada uno dijo su papel por separado; un rumor que se desmiente cuando se ve la escena con atención: el cogote que vemos en cada momento pertenece, efectivamente, al otro actor.

Bueno, pues ahora parece que se acabó el morbo: este otoño se estrena Righteous kill, donde, por lo que anticipa el trailer, parece que nos vamos a hartar de verles compartir pantalla en el papel de dos policías de Nueva York a la caza de un asesino en serie especializado en liquidar criminales que han salido libres por tecnicismos legales. Yo en este tipo de cosas, no soy demasiado mitómano, y aunque me consta el atractivo de verles trabajar juntos, hubiera preferido que esto lo hubieran hecho cuando ambos tenían menos años y estaban al cien por cien de su fuerza interpretativa -Pacino está más arrugado que el kleenek de un alérgico, y De Niro parece el hermano gordo de Tony Soprano-. Por otro lado, no deja de ser curioso que De Niro haya trabajado ¡tres veces! con la otra estrella carismática de esa época, Dustin Hoffman, sin que se haya producido un revuelo comparable. Y recordemos que, por lo menos, de una de las películas que protagonizaron -Los padres de él (2004)- cuanto menos se diga, mejor. Esperemos que no pase aquí lo mismo, y que Righteous kill valga la pena de ver… salga quien salga.

De todos modos, volviendo a la famosa escena de la cafetería en Heat, queda la duda de por qué en ningún momento aparecen los dos actores en un plano general. Sobre esto tengo una teoría personal e intransferible, basada únicamente en la intuición: los dos están interpretando a personajes que están en lados opuestos de la ley. Uno es un policía, el otro un criminal. Y, aunque se caigan bien, como ellos mismos se encargan de aclarar, si sus caminos se vuelven a cruzar no vacilarán en matarse. El plano contraplano, en este caso, sirve, creo yo, para delimitar esa barrera insalvable entre uno y otro. Un plano general estropearía esa sensación de distancia, daría una falsa impresión de que, en el fondo, tienen mucho en común; y no es el caso.

Ya les digo, es sólo una opinión personal. Y, si se pasan por Los Ángeles, apunten esta dirección: 9101 Wilshire Blvd. Beverly Hills, CA. Es la de Kate Mantillini el lugar donde se filmó la conversación, y por tanto, un lugar de peregrinaje para los mitómanos. Pero de cafetería nada, ¿eh? Es un restaurante de cuatro estrellas, así que preparen la Visa. ¿La mesa donde se sentaron Pacino y De Niro? La 71... Pero creo que está más solicitada que el número de móvil de Brad Pitt.

domingo, abril 27, 2008

Bocazas

Cuesta trabajo recordar que en la década de los 80 Steven Seagal fuera considerado una de las principales estrellas del cine de acción. No cuesta ningún trabajo, en cambio, reconocer que en la primera década del siglo XXI se ha convertido en uno de los mayores plastas de la televisión hispánica. Hasta media docena de películas suyas que nos han cascado en las dos últimas semanas en canales nacionales, privados y autonómicos. Peor aún, cuando me acerco al videoclub veo con consternación (“Oye, Consternación, mira esto”) que hay siempre como tres o cuatro títulos nuevos con su careto en la estantería de novedades. Eso va a ser que alguien las alquila. Bueno, yo nunca pensé que mis vecinos fueran suscriptores de Cahiers Du Cinema, precisamente. ¿Y qué se puede esperar de un sitio donde recomiendan El motorista fantasma como una película “cojonuda, llena de acción”?

Lo más patético del asunto es que esta emisión de películas de Seagal no suele ir en orden cronológico, así que de un día para otro se puede pasar a verle en un canal en su etapa inicial, cuando aparecía como una estrella convincente de superproducciones de yoya y tentetieso, a la actual, marcada por años de “egomanía, declaraciones extrañas y paranoides y menús super size”, como la han definido acertadamente los chicos de The agony booth, y que ha resultado en películas de tercera regional que se estrenan directamente en los videoclubes (por lo menos, en el mío), y donde vemos a lo que parece un doble de John Goodman vestido de negro (que da un aire oriental, y además adelgaza), que necesita que le doblen hasta para dar los buenos días.

La historia de Seagal es bastante conocida: cómo, nacido en Wisconsin, emigró a Japón, donde se caso con una chica de allí cuyo padre tenía un dojo de artes marciales; cómo empezó a estudiar aikido hasta dominarlo y abrir su propio dojo en Osaka; cómo trabajó para la CIA en operaciones sobre las que no se puede contar gran cosa porque, claro, después tendría que matarnos; cómo volvió a Estados Unidos y empezó a enseñar aikido a varias celebridades, entre las que se contaba el todopoderoso agente de Hollywood Michael Ovitz, que le consiguió una prueba con la Paramount; cómo se esa prueba surgió Por encima de la ley (1988), donde se cargaba a los malos vestido como un genuino pijo de Jerez de la Frontera (blazer, camisa blanca y unos tres kilos de gomina, tirando por lo bajo), y que constituyó todo un taquillazo. Luego llegaron Difícil de matar (1990), Señalado por la muerte (1990), Buscando justicia (1991) y uno de los muchos plagios de Jungla de Cristal que proliferaron en esos tiempos, y que fue Alerta máxima (1992) (pobre Tommy Lee Jones, con lo que yo le quiero, y haciendo aquí de malo para buscarse las lentejas… claro que esto fue antes del Oscar por El fugitivo (1995)), que tuvo incluso una segunda parte… hasta que en los años siguientes comenzó la decadencia hacia los abismos del videoclub, y que, si quieren mi opinión, ya estaba tardando.

Bueno. Sobre esta historia oficial ha habido todo tipo de ejems, ejems, por parte de periodistas yanquis que no se la han acabado de tragar y que han destapado verdaderas fantasmadas sobre su época de maestro oriental, cargos de bigamia y, agresiones a periodistas, conexiones con la Mafia y recientemente, implicaciones con el polémico investigador privado Anthony Pellicano. Pero lo que yo les quería enseñar hoy son fragmentos de una entrevista que le hicieron en 1991 para la revista Movieline, cuando estaba todavía en la cumbre. Aquí van algunas perlas:

(Sobre Clint Eastwood): “Clint ha tenido una carrera muy larga, pero sólo ha hecho dos películas que me hayan gustado de verdad: El seductor y Escalofrío en la noche. Y quizá el primer Harry el Sucio. Me gusta Clint, es un hombre agradable, pero eso le pasa a todo el mundo. Un día eres la mayor estrella del mundo, y al minuto siguiente no te conoce nadie”.

(Sobre Francis Ford Coppola): “Nunca ha tenido una idea original. Nunca. Y no le importa robar cosas que han sido publicadas”.

(Sobre Martin Scorsese): “Probablemente la peor película que se haya hecho en la historia de la humanidad sea La última tentación de Cristo. No funcionaba. Daba pena. Y Uno de los nuestros es también la peor película que he visto en mi vida”.

Y la traca final: “Todavía no he tenido oportunidad de hacer el tipo de películas que quiero hacer. Todas han sido de acción, y mi mayor miedo es el de quedar encasillado en un género”.

Como suele decirse, el tiempo le pone a cada uno en su sitio. Y a este chico le ha puesto a ser el rey del prime time, cuando en un canal no tienen nada decente para competir con los partidos de Liga. Por cierto, también ha tenido tiempo de sacar una bebida energética con su nombre cuya crítica les adjunto aquí; por desgracia está en inglés, pero los que lean el idioma, harán bien en entrar.

¿Y no se está usted metiendo demasiado con Steven Seagal, me dirán ustedes? Pues a lo mejor… Pero después de tanta turra de pelis suyas, siempre puedo decir que él empezó primero.

miércoles, abril 16, 2008

Devorados por el personaje



Hace ya bastante tiempo que el Festival de Eurovisión me provoca tanto entusiasmo como pasar un fin de semana en el duplex de Jose Luis Moreno, pero lo de este año ya es demasiado. No me voy a extender sobre el fenómeno Chiquilicuatre porque este es un blog culto, faltaría más, para lectores elitistas y cultivados, ¡qué coño!. Pero si traía el asunto a colación es por las noticias que he leído sobre que David Fernández, el actor que interpreta al cantante (???) de la guitarrita, tiene prohibido dar entrevistas, a menos que en ellas siga interpretando a su personaje. Es decir, no puedes entrevistar a David Fernández. A Rodolfo Chiquilicuatre, sí.

Es un caso obvio de personaje que devora al actor, bueno, más que devorarle, que se lo come con patatas. Porque David Fernández lleva años participando en el show de Buenafuente, donde ha creado personajes tan conseguidos como Goicoechea -un extremeño que quiere ser vasco-, Santi Climax -un aspirante a actor absolutamente negado y deprimente- o el padre de Lewis Hamilton, que cae todavía más gordo que el original. Pero, desde hace unos meses, es Chiquilicuatre desde que se levanta hasta que se acuesta. Espero que el previsible último puesto que nos vamos a llevar (¿se apuestan algo?) sirva para que el fenómeno pase a mejor vida cuanto antes.

Lo de actores devorados por el personaje que interpretan es una constante en el mundo del cine. Hay dos especialmente peligrosos: Superman y James Bond, como atestiguan las carreras de Christopher Reeve y de cualquiera de los seis intérpretes que hasta ahora se han enfundado el smoking de 007 (sobre todo de Sean Connery, que a finales de los 60 no dudó en proclamar que odiaba a Bond con toda su alma). Pero si nos remontamos más atrás en la historia del cine, encontramos otros casos aún más llamativos.

Fíjense en la chica de la foto de hoy. ¿La reconocen? Se llamaba Theda Bara, y en los años del cine mudo, fue una de las principales estrellas de la Fox. Desde su primera película A fool there was (1915), quedó encasillada para siempre en papeles de mujer fatal, a la que los hombres le duraban menos que un Sugus en una primera comunión. Todos sus papeles repetían más o menos el mismo esquema, pero fue cuando su cuarta película The devil’s daughter (1915) cuando su fama se disparó por todo el país. Las mujeres pateaban los carteles con su rostro, y los niños salían corriendo cuando la veían. Por supuesto, no se libró de interpretar a las grandes seductoras de la historia, desde Cleopatra (1917) hasta Carmen (1915).

La Fox, que era el estudio que la tenía bajo contrato, hizo todo lo posible por enterrar a la actriz dentro del personaje: según la biografía oficial facilitada por sus publicistas, había nacido en Egipto, hija de una actriz francesa y un escultor italiano, y había pasado sus primeros años a la sombra de las pirámides, antes de trasladarse a Francia. Su nombre artístico, por cierto, era (inintencionadamente) un anagrama de “arab death”, lo cual servía para aumentar todavía más el morbo… cuando en realidad, la chica se llamaba Theodosia Gorman y era hija de un sastre de Cincinatti.

Al final, cansada de repetir siempre el mismo papel, no puso impedimentos cuando la Fox no le renovó el contrato y, tras un par de intentos teatrales que no tuvieron demasiado éxito, se retiró del cine en 1926. Y, por cierto, apenas sobrevive media docena de sus películas, lo cual daría tema para algunas entradas más. Total ¿Qué interés hay por conservar el cine mudo? ¡Si no hablan!

jueves, marzo 06, 2008

¿Mas estrellas que en el Vanity? Improbable...


Bueno, pues ya tenemos en los quioscos el Vanity Fair dedicado al cine. Los que se asomen de vez en cuando a la revista más pija del planeta ya sabrán que, desde hace doce años, uno de sus números es un monográfico sobre el séptimo arte, cuya característica más conocida es el apabullante reportaje fotográfico donde reúnen a una cantidad de estrellas -jóvenes talentos y monstruos sagrados, clásicos semijubilados, magnates, directores, reyes de la taquilla- que evidencia una capacidad de convocatoria imposible de igualar por ninguna otra publicación del mundo. Yo, VF es una revista que compro, o no, dependiendo de sus contenidos; pero el número de cine nunca me falta, y creo que he conseguido coleccionar casi todos.

Lo que empezó como un portfolio (como se dice ahora) de figuras de Hollywood ha ido evolucionando hasta convertirse en una verdadera superproducción: el año pasado contaron con Bruce Willis, Ben Affleck, Jack Nicholson, Robert de Niro, Cate Blanchett, Judi Dench y un par de docenas de estrellonas más, que se dice pronto, para montarse una película de serie negra en unas veinte fotografías. Recuerdo perfectamente lo que me comentó el director de una revista española que no tiene, precisamente, problemas de liquidez: “¿Pero cuánta pasta se han dejado estos tíos aquí?”. Mejor ni saberlo, jefe, que la envidia es mu mala.

Este año también hay tema monográfico: las escenas más recordadas de las películas clásicas de Hitchcock; Charlize Theron recrea Crimen perfecto (1954), Javier Bardem y Scarlett Johansson La ventana indiscreta (1954), Naomi Watts Marnie la ladrona (1964) -aquí me quito el gorro y el cráneo, que diría Valle-Inclán, ante el milagro conseguido por maquilladores, peluqueros y sastres: es casi una reencarnación de Tippi Hedren-, Renée Zellweger Vértigo (1958)… Aquí pueden ver las quince fotos de que consta el reportaje, y aquí, un vídeo con los mejores momentos del rodaje.

Ya les digo, se ha acusado a Vanity Fair, y con razón, de ser una revista hiperpija, hiper de lujo, hiperelitista, y tal y cual. Y, por lo que me han contado, creo que la edición española va a incidir en esa línea… Pero en cambio no se suele hablar de sus artículos de fondo, muchos de los cuales son verdaderas lecciones de periodismo. En este número, siempre sin salirnos del cine, encontraran los siguientes textos: Mailer’s Movie Madness, sobre las incursiones de Norman Mailer en el mundo del cine; Here’s to you, mister Nichols, la historia del rodaje de El graduado; The Vietnam Oscars, recordando el año 1978, en que coincidieron El regreso y El cazador; Killer Instincts, o la oleada de películas de psicópatas que comenzó con La matanza de Texas; y Daughter Dearest, donde una de las hijas de Joan Crawford desmiente la fama de monstruo tiránico que obtuvo su madre después de la publicación del libro/detritus de su hija Cristina…

En fin, es algo carilla, 7,80 euros, pero tiene más sustancia que mucho de lo que hay en el quiosco. No se arrepentirán.

P. D. Por cierto, estas son las chicas de la portada, todas nuevos talentos: de izquierda a derecha Emily Blunt, Amy Adams, Jessica Biel, Anne Hathaway, Alice Braga, Ellen Page, Zoë Saldana, Elizabeth Banks, Ginnifer Goodwin, y America Ferrera.

martes, marzo 04, 2008

¿Cuánto pagarías por una noche con Scarlett Johansson?


Según se ha publicado, la protagonista de Lost in Translation subasta -por supuesto, con fines benéficos- el privilegio de ser su acompañante en el estreno de su próxima película. Las pujas, en eBay.

Queda por saber cuánto está dispuesta a pagar la gente.

Yo, después de haberme tragado Las hermanas Bolena, soy de la opinión de que es ella la que debería pagarme a mí; seis euros, para ser exactos.

lunes, febrero 11, 2008

Lo que hay que aguantar...


Se ha muerto Roy Scheider. ¿Saben que estuvo a punto de protagonizar El cazador? La fama que consiguió como protagonista de Tiburón (1975) -papel que obtuvo, por cierto, después de que lo hubiera rechazado Charlton Heston- le sirvió para hacerse con algunos papeles jugosos a finales de los 70, el más recordado de los cuales sea, posiblemente, All That Jazz (1979). Pero la cosa duró poco, y en la década siguiente se fue difuminando en roles secundarios y, por último, en producciones de esas que van directamente al mercado del vídeo o a los canales de televisión más cutrillos.

Una pena, porque era un estupendo actor, pero ya se sabe que el firmamento de las estrellas está reservado a unos pocos y Scheider, por lo que fuera, nunca llegó a él. Lo que sí hizo fue trabajar con muchas estrellas y, en ocasiones, soportar sus caprichos. En su libro Las aventuras de un guionista en Hollywood, William Goldman recuerda un momento especialmente tenso durante el rodaje de Marathon Man (1976). Si han visto la película, recordarán que Scheider interpreta al hermano del protagonista, Dustin Hoffman, un agente especial cuya aparición en Nueva York mete a Hoffman en un lío considerable. Bueno, pues en la película Scheider se cuela de noche en el apartamento de su hermano, que se asusta pensando que hay un ladrón en la casa, y saca una linterna de la mesilla de noche, con la que intenta localizar al intruso en la oscuridad.

El director John Schlesinger intentaba, siempre que le era posible, que los actores ensayaran las escenas antes de empezar a rodar, y esta no fue una excepción. En un decorado neutro, Hoffman esperaba en la cama, y Scheider avanzaba hasta la zona donde se supone estaba la puerta. Una vez allí, dio una patada al suelo para indicar que la había cerrado. Turno de Hoffman. Pero este no empezó a interpretar. Se dirigió a Schlesinger y le pregunto por qué su personaje tenía que tener una linterna en la mesilla de noche. El director le contestó que bueno, que quizá no era el momento de hablar de esas cosas, y que siguieran con el ensayo. Pero de eso, nada. Sigue el texto original de Goldman:

“Hoffman niega con la cabeza. El personaje que interpreta, según él, no debería tener una linterna junto a la cama.

Ahora, si no se tratara de una estrella, Schlesinger le hubiera dicho, como cualquier otro director, que estaban perdiendo el tiempo del ensayo, que tiene precio de oro, puesto que en la mayoría de los rodajes no se ensaya (…)

Pero Dustin Hoffman es una gran estrella y hay que hacerle caso. Scheider sigue en pie tranquilamente, en la puerta imaginaria, esperando.

Schlesinger dice que mucha gente tiene linternas en la mesilla.

Hoffman dice que él no está interpretando a mucha gente, sino a Babe, y que Babe no tiene por qué tener una linterna en la mesilla.

Schlesinger hace otro intento: te acaban de atacar, estás intranquilo, has tomado precauciones.

No hay manera.

Ahora, un duro asalto desde el punto de vista del director: necesitamos ese efecto de la linterna sobre las paredes para añadir interés a la escena.

Hoffman dice que no habrá escena que valga la pena si él no puede interpretarla, y él cree que no hay justificación para la maldita linterna.

Durante todo este tiempo, Scheider sigue en pie, en silencio y esperando.

Este es quizá mi recuerdo más intenso de la situación -que duró una hora, dicho sea de paso-. Scheider esperando tranquilamente, como un perfecto caballero en todo momento”.

Hay que aclarar que Goldman no le tenía ningún cariño a Dustin Hoffman, porque el actor había exigido que se cambiara el final de la novela de Goldman en la que se basaba la película. Así que quizás esta anécdota haya que cogerla con pinzas. Pero es muy ilustrativa de la diferencia que puede haber entre un actor, de éxito pero actor al fin y al cabo, y una estrella con poder suficiente como para parar una hora de ensayos por una divergencia de opiniones.

Bueno, un respeto para Roy Scheider. Voy a ver si encuentro por ahí All That Jazz, que Tiburón ya la tengo muy vista.

miércoles, febrero 06, 2008

Genio y figura

A Pau Gasol le entrevisté hace un par de años, en un reportaje para National Geographic Television. Cuando se pasa del metro noventa, como le ocurre a un servidor, no es fácil encontrarse con gente que se te imponga por la estatura. Fue el caso. Me sacaba, fácilmente, cabeza y media de alto… y de ancho. Dios, que pedazo bestia. En lo físico, se entiende, porque luego, en el rato que le puse el micrófono delante, me pareció un chaval de lo más tranquilo. Recuerdo como anécdota la petición de su mánager: “Oye, no os importa que pique algo antes de la entrevista ¿No? Es que este chico, si no come…”. Dicho y hecho, le pusieron delante una bandeja de sandwiches que le duró menos que una saliva en una plancha.

Ahora Gasol está en los Lakers, lo cual significa que va a tener como uno de sus fans a Jack. No hace falta poner el apellido porque, cuando se Hollywood se trata, Jack no hay más que uno y a ti te encontré en la calle. Las relaciones entre Nicholson y el equipo de sus amores son legendarias y han dado lugar a multitud de anécdotas. Cuando está de rodaje, siempre que puede se escaquea a su caravana para ver el partido. Si esto no es posible, hace que se lo graben, y pobre del que ose adelantarle el resultado. Cuando no trabaja, es normal que viaje con el equipo de sus amores, pero sus arrebatos de hooligan le han hecho bastante impopular en campos rivales, como el de los Boston Celtics. En una ocasión en que acudió allí a ver un partido, se encontró con que las tiendas de recuerdos vendían unas camisetas con las palabras FUCK YOU, JACK. Inmediatamente, se compró una docena.

De todos modos, mi anécdota preferida de Nicholson con los Lakers es una que tuve ocasión de ver por la televisión. Eran los finales de los años 80, y Televisión Española había comenzado a ofrecer partidos de la NBA. Y fue en uno de los Lakers cuando el cámara, durante un descanso, enfocó a Jack, que estaba, como siempre, en su asiento de tribuna. De repente, aparece una chica negra enfundada en un traje rojo, de figurón no apto para cardíacos, que intenta acercarse a Jack. Al momento, el maguila de servicio se levanta y le dice a la chica que no, que al señor Nicholson no se le puede molestar. Pero el señor Nicholson se da cuenta del cacho maroma que pide audiencia, y le dice al guardaespaldas que ya la está dejando pasar si no quiere acabar en la cola del INEM, o como se llame allí. En fin. La chica pasa, se presenta, se dan dos besitos, charlan un poco, y al final ella le pasa un papelín donde cabe suponer que estaría su número de teléfono. A estas alturas, no estaba mirando el partido ni Zeus. Todos mirando a Jack, gritando, aullando y aplaudiendo. Se va la chica, entre los vítores del respetable, y Jack se pone se pie y con una sonrisa de oreja a oreja va saludando a todo el estadio, como diciendo, pues sí, me parece que voy a quedar con ella para lo que se tercie, que seguro que se tercia. ¿Pasa algo?

Fue antes de los tiempos del You Tube; si no, de verdad que la escena arrasa.

lunes, enero 28, 2008

¡¡Dios mío, ESTO es un infierno!!

Es posible que a los lectores más jóvenes les cueste imaginar lo que significaron las películas de Rambo allá por los años 80 del siglo pasado, mucho menos si se molestan en ir a ver esta vetustilla cuarta entrega. Cinematográficamente, la verdad es que no significaron gran cosa, pero como fenómeno social… en plena era Reagan, nadie como Sylvester Stallone supo ver el filón que significaba la recuperación de los valores yanquis más vetustos, y la idea de presentar en la pantalla a americanos de pura cepa dándoles las del pulpo a los enemigos tradicionales de la nación.

Hubo otros, claro, empezando por el chuachegobernador de California y siguiendo por Chuck “visita Texas si tienes huevos” Norris, pero ya les digo, Stallone los superó a todos con su doblete conseguido en 1985 con Rambo y Rocky IV, que aparte de convertirle en multimillonario le hizo merecedor de una portada de la revista Time.

Cuesta creer que este fenómeno tuviera su origen en la novela escrita en 1972 por un profesor de literatura, David Morrell. Pero así fue: Primera sangre (publicada en España por Ultramar) llamó la atención de Hollywood nada más aparecer, pero en aquella época no se pensaba que la historia de un excombatiente de Vietnam que se volvía loco y destrozaba un pueblo entero cuando le tocaban demasiado las narices tuviera mucho atractivo. Claro que eso fue antes de que Stallone la cogiera diez años después y la convirtiera en Acorralado. Es curioso; en la película y en la novela pasan casi las mismas cosas, pero el trasfondo de la historia es muy distinto. El Rambo literario no es una masa de músculos, sino un tipo de lo más normal que, antes de que le toque ir a Vietnam, se alista voluntario en las Fuerzas Especiales porque sabe que así tendrá más posibilidad de sobrevivir. Cuando le sueltan de nuevo en la vida civil deja salir al perturbado que lleva dentro y, al final, después de más de 200 páginas de sangre y muerte, le pegan un tiro.

Esto último Stallone no lo podía permitir. Kirk Douglas cuenta en sus memorias que recibió la oferta de interpretar al coronel Trautman, el mentor de Rambo, pero que la rechazó a menos que mantuvieran el final de la novela y su personaje matara a la máquina asesina que él mismo había contribuído a crear. “Se habría perdido un negocio de mil millones de dólares”, afirma. “Pero hubiera sido lo correcto”. A Trautman lo interpretó Richard Crenna (fallecido recientemente), Rambo sobrevivió y por eso nos ha podido deleitar (?) con tres entregas más.

Un par de anécdotas sobre Rambo, la segunda peli de la serie, y la más famosa. Primero, el programa de entrenamiento físico de Stallone, que le acabó dando ese aspecto que alguien comparó con el de un condón relleno de nueces: durante cinco meses pasó seis horas al día haciendo remo, jogging y pesas, además de lecciones de tiro con arco y entrenamiento suplementario con los SWAT de Los Angeles. Durante el rodaje, se levantaba a las cuatro y media de la mañana para entrenar y trabajar en el guión de Rocky IV que, aunque parezca increíble, también necesitaba escribirse. En todas sus películas, Stallone aparece con cara de sueño, pero es que en esta, verdaderamente, se dormía de pie.

Y luego un detallito que señala acertadamente Peter Van Gelder en su libro That’s Hollywood: en la peli, Rambo mata a 57 personas, en su mayoría guardas del campo de prisioneros en Vietnam. Pero dentro sólo hay una docena de americanos capturados. ¿A quién se le ocurrió poner más de 50 soldados para vigilar a doce presos famélicos? El vietcong estaba, desde luego, sobrado de personal.

P. D. Por cierto, la famosa frase “No siento las piernas” se ha dicho en MILES de películas yanquis, pero no en la saga de Rambo. Lo que verdaderamente dice es “¡No le encuentro las piernas!” cuando al final de Acorralado recuerda la historia de un compañero suyo al que le vuelan la parte inferior del cuerpo de un bombazo. Y lo de "Dios mío, esto es un infierno", no tengo claro si la dijo Rambo... o un servidor de ustedes, cuando le tocó verla.

martes, enero 15, 2008

La venganza del guionista


¡Esta noche tenemos House! Pero no hay que hacerse ilusiones, porque sé de buena tinta que solo van a emitir diez minutos del episodio nuevo. El resto, repeticiones. El motivo es que, con la huelga de guionistas de Hollywood, Cuatro sólo ha recibido trece episodios de la cuarta temporada en lugar de los 24 habituales, y claro, tienen que estirar su producto estrella…

Vale, lo de los diez minutos es broma. Lo otro, no. La huelga de guionistas en Hollywood está tomando un cariz cada vez más serio, y no sólo en la industria del cine: muchas series de televisión han tenido que interrumpir el rodaje por falta de guiones. Y de las ceremonias, ni hablamos. A Javier “tazón” Bardem le van a enviar el Globo de Oro por Seur (enhorabuena, por cierto... y ahora, a por la parejita), y habrá que ver qué pasa con la ceremonia de los Oscar.

Es curiosa esta presión de los guionistas. Los patitos feos de la industria han empezado a graznar, y no tienen pinta de que vayan a callarse. Digo que es curioso, porque durante mucho tiempo la figura del guionista no fue excesivamente considerada en Hollywood. David Niven contaba en sus memorias el caso de la chica contratada como guionista en un estudio: en su primer día, el jefe le enseñó su mesa de trabajo y le dijo: “Bueno, señorita, aquí ya sabe que esperamos el máximo rendimiento de nuestros guionistas, así que esos lápices que hay en su escritorio… espero que mañana por la mañana estén todos por la mitad. ¡JUA, JUA, JUA!”.

Fue la escasa consideración a este gremio lo que produjo la aparición de uno de mis directores favoritos, Billy Wilder. Este empezó como guionista y, según confesó, nunca tuvo intención de convertirse en director. Hubiera sido muy feliz limitándose a escribir guiones. Pero en 1941 escribió el guión de Si no amaneciera, una película protagonizada por Charles Boyer, donde su personaje debía esperar en México hasta que le concedieran los papeles para entrar en Estados Unidos. Para indicar la desesperación del personaje, Wilder incluyó una escena donde Boyer, tras seis semanas de espera del visado, estaba tumbado en la cama del hotel cuando avistaba una cucaracha en la pared… y se desahogaba con ella. “¿De dónde has salido tú? ¿Dónde están tus papeles? ¿Cuál es el propósito de tu viaje?”.

Wilder estaba encantado con la escena, pero el director de la película, Mitchell Leisen, le comunicó que no se filmaría. El motivo: Boyer, una de las grandes estrellas de la época, se negaba a interpretarla. Él no hablaba con cucarachas. La consideraba ridícula. Wilder tuvo que tragarse la bilis y aceptar, pero desde ese momento se juró que ninguna estrella volvería a hacerle algo así. Y la única manera de asegurarse de ello era dirigir sus propios guiones.

Así fue como se convirtió en director. Y en lo sucesivo, se ganó una verdadera fama de tirano en los rodajes por exigir a sus actores que recitaran todo el guión palabra por palabra. Hasta la última coma.

Y, sí, la foto que he escogido es la de su tumba... ¡Pero no me negarán que esto sí que es un epitafio!.

jueves, enero 10, 2008

Más malos que la tiña

“Cuanto más conseguido esté el malo, más conseguida estará la película”. Es una de las frases más célebres de Alfred Hitchcock, y desde que la pronunció, la historia del cine no ha hecho más que darle la razón (siempre que en la película haya un malo, claro). Este año parece que vamos a tener dos buenos ejemplos de esta máxima.

El primero es nuestro producto nacional, Javier Bardem, que está en lo que parece el principio de una larga ristra de premios por su papel en No Country for Old Men, la última de los Coen. El actor ha definido a este psicópata terminal como “un personaje bombón”, y no es para menos. Por lo que he podido ver de la película (Por cierto ¿Por qué narices tenemos que esperar cuatro meses desde la fecha de su estreno en Estados Unidos para disfrutarla aquí? Que estamos en el siglo XXI…), consigue ponerle los pelos de punta al público en cada una de las escenas en las que aparece, porque no se sabe lo que va a hacer… aunque se intuye que no será nada bueno, y a lo largo de la cinta va dejando tras de sí más muertos que Chuck Norris cuando le pican las almorranas. Aunque, si quieren mi opinión, yo creo que su personaje es tan malo porque lo que realmente busca es vengarse de su peluquero. ¿Pero cómo se ha dejado convencer el tío para que le hagan ese corte a tazón?

Hay otro malo que nos llegará en verano, y estoy deseando verlo. Heath Ledger, en la próxima entrega de Batman, Dark Knight, ha tomado el papel del Joker. Déjenme decirles antes de nada que a mí me gusta casi todo lo de Tim Burton. Y entre las cosas que no me gustan, están los Batman. Dos chorradas como la copa de un pino que aquí se tragaron muchos sin masticar aludiendo a la inventiva visual del director, a su estética ultramoderna, y bla, bla, bla. Chorradas, ya les digo. Tuvo que llegar Christopher Nolan para ofrecernos una visión del superhéroe mucho más fiel a los cómics en Batman Begins, con un actor protagonista -el eficacísimo Christian Bale- al que el papel de Bruce Wayne le sentaba como un guante.

Porque uno de los grandes fallos de los Batman de Tim Burton era el reparto. Michael Keaton de protagonista, por Dios… y, si quieren mi opinión, ningún papel estuvo peor adjudicado que el del Joker. La cosa fue más o menos así: cuando se supo que la película estaba en marcha, comenzó a correrse la voz de que el único actor capaz de interpretar al payaso psicópata era Jack Nicholson. La cosa había comenzado con Bob Kane, el creador de Batman, que ya dijo a principio de los 80 que era su elección personal. Se produjo el efecto bola de nieve, con cada vez más gente pensando que si Nicholson no interpretaba al Joker la película no tendría éxito… y Jack se dejaba mimar. Tanto se dejó mimar que, cuando por fin firmó, lo hizo por unas cifras que daban (y dan) vértigo: seis millones de dólares de sueldo base, más un porcentaje sobre la recaudación (bruta), más otro porcentaje sobre las ventas de la banda sonora, más otro porcentaje sobre los juguetitos y gadgets derivados de la cinta… En total, su biógrafo John Parker estima que muy bien pudo haber sacado por su papel unos sesenta millones de dólares.

¿Y qué nos dio a cambio? Una interpretación histriónica, llena de guiños a la galería, con un personaje que parecía grotesco en todo momento, y gracioso en ocasiones. Nada que ver con el malvado original. Los que hemos seguido los cómics de Batman durante años sabemos que el Joker no tiene nada de gracioso y casi, ni de humano. No busca el dominio del mundo, ni hacerse millonario. Hace el mal porque sí, según una idea personal y retorcida de la diversión, que le ha llevado a matar y mutilar a miles de personas. Aunque parezca un payaso, muchos guionistas -entre ellos Frank Miller- han sabido ir más allá y explotar su vena de personaje terrorífico.

Y esto es lo que parece que nos vamos a encontrar. Heath Ledger no es una estrellona buscando complacer al público, sino un actor que, sospecho, se ha metido en el papel con uñas y dientes. Y me estoy relamiendo de pensar que lo haya conseguido. Cuando preguntaron a Nolan por qué lo había elegido para hacer de Joker, contestó: “Porque no tiene miedo”. Ahí tienen una de las primeras fotos del personaje que han aparecido. Si este tío da risa, José Corbacho es un sex symbol.

Más malos, por favor. Que, desde que Hannibal perdió los dientes, estamos muy necesitados.

sábado, diciembre 08, 2007

Quiero ese pavo, y lo quiero ya

Hace algunos años, cuando uno era un periodista considerado, la Navidad era otra cosa; cada diciembre me llevaba a casa una generosa ración de cohechos que casi todos los días del mes se depositaban diligentemente sobre mi mesa. No se crean que estaba solo en esto, por cierto: estas fechas tan señaladas son definitivas para que los chicos de la prensa saquemos a plena luz nuestra vena de gorrones. Hace un tiempo, un amigo que entró a trabajar en cierto diario acentuado y global, me lo comentaba:

- Es acojonante, tío. En el periódico hay una reglamentación que impide aceptar regalos en la redacción por un importe superior a veinte euros. Pero llega la Navidad y es que el parking se llena de jamones, cajas de vino, lotes de Navidad y yo qué sé qué más.

- Tú lo has dicho, chaval.- Expliqué yo. - La reglamentación impide aceptar regalos superiores a veinte euros en la redacción. No dice nada del parking.

Les contaba todo esto porque, entre tanta caja de vino, libro ilustrado, edición especial de DVD o teléfono móvil, para mí la Navidad no empezaba hasta que llegaba el calendario. Este calendario me lo enviaba la empresa donde empecé mi carrera periodística, y desde que cambié de aires sus sucesivas ediciones han estado colgadas en mi casa, año tras año. Para mí es mucho más que algo para consultar los puentes. Tiene lazos con el pasado, con mis comienzos, con amigos que aún conservo. Una vez se lo dije al remitente: el día que me falte el calendario, me hundes.

Bueno, pues este año no me ha llegado. Misterio. Olvido, traspapeleo, descuido o algo así, parece que voy a tener que afrontar 2008 con otros aires. ¿No me puedo comprar otro calendario? Claro, y además, en el chino de la esquina me regalan uno cada vez que pido el menú del día. Pero a veces, como se suele decir, no es por el dinero, es por el detalle. Y si no, veamos el caso de Clint Eastwood.

¿Cuánto dinero tiene Clint Eastwood? Es difícil de saber, porque los contratos de sus películas incluyen muchas veces su función como director, productor, actor y últimamente, compositor, todo en un lote. Pero cabe suponer que es perfectamente capaz de comprarse un pavo sin que su economía sufra en exceso. El caso es que la Warner, la productora que ha respaldado la mayoría de sus películas, tenía la costumbre de enviar como regalo de Navidad un pavo a sus colaboradores más destacados. Clint, lógicamente, entre ellos. Y, según cuenta Patrick McGilligan en su biografía no autorizada de la estrella, los días anteriores al envío, en las oficinas de Malpaso el actor y director se dedicaba a dar la brasa a sus secretarias mañana, tarde y noche: “¿No ha llegado el pavo todavía?”. Cuando llegaba, se lo enviaban a su madre, se supone que para la cena de Navidad.

Un año las cosas se complicaron, y estaba claro que el pavo no iba a llegar a tiempo. En lugar de decírselo a su jefe, la secretaria de Clint habló directamente con la Warner. La solución fue enviar a un ejecutivo con el pavo, en vuelo regular. Y, para asegurarse de que el bicho llegaba bien, no viajó en el compartimiento de carga, sino en un asiento, al lado del ejecutivo en cuestión. Y en primera clase, además.

No me digan que, cuando Eastwood le hincara por fin el diente, el pavo no tuvo que saberle un poco a victoria.

martes, noviembre 13, 2007

"¡Todos iguales para mí seréis...


…trece, catorce, quince y dieciseís!". Y con estas inmortales líneas de La venganza de Don Mendo damos comienzo a la entrada de hoy, martes 13 de noviembre. A mí, la verdad, esta fecha no me dice ni fu ni fa, como el resto de las supersticiones. ¿Quiere decir que toda la humanidad, lo que se dice toda, va a tener en el día de hoy una suerte perra? Pues tampoco, porque, entre otras cosas, no entiendo porque nosotros tenemos mala suerte los martes y trece, y los yanquis los viernes que caen en la misma fecha. Para mí, la mayor desgracia del viernes y trece son toda una serie de películas a cual más repugnante. En cuanto a nuestro martes y trece, pues me acuerdo de lo de todo el mundo; de la empanadilla. Y no, ni me preocupan las fechas fatídicas, ni los gatos negros, ni la sal derramada, ni los espejos rotos. Ni, por supuesto, los horóscopos; los Tauro somos muy escépticos.

Pero claro, si nos acercamos al mundo de las estrellas, la cosa cambia. Me ha dado por buscar supersticiones, y debe de ser por la personalidad, digamos, volatil, de muchas de ellas, por el miedo a perder la posición privilegiada por la que tanto han luchado, por lo que hay algunas que abundan en manías y miedos de lo más variado. Con la ayuda del imprescindible libro de Coral Amende Hollywood Confidential y otras fuentes, he pensado en celebrar el día de hoy con una pequeña selección. Vamos allá:

John Garfield. Uno de los mejores actores que hayan aparecido en la historia del cine negro o, simplemente, en la historia del cine. Su amuleto era un par de zapatos viejos, que aparecen en alguna escena en todas sus películas.

Danny Aiello. Amuleto. Una moneda bendecida por el Papa Juan Pablo II.

Edward G. Robinson. Amuleto. Un dólar de plata.

Patrick Swayze: Amuleto. Un cetro tachonado de joyas que él llama “mi varita mágica” y que, según parece, se lleva a todos los rodajes y obliga a todo el mundo a tocarlo para crear en el plató un ambiente de paz espiritual y buen rollito.

Luis García Berlanga: Superstición. Mondadientes (según su biógrafo Antonio Gómez Rufo); lo hace por tener siempre a mano algo de madera para tocar en caso de necesidad, una manía que, al parecer, comparte con Martin Scorsese.

Truman Capote: Supersticiones. Todas. En el libro Conversaciones íntimas con Truman Capote, el periodista Lawrence Grobel le preguntó por ellas. Para abreviar, la respuesta fue: “¡Recite la lista entera, y vamos a olvidarnos!”.

Y luego tenemos casos como el de la película El ojo del diablo, dirigida por J. Lee Thompson en 1966, y protagonizada por David Niven y Deborah Kerr. En un principio se iba a titular Trece, pero los productores pensaron que les daría mala suerte en taquilla y decidieron rebautizarla. Les sirvió de poco… ¿Alguien se acuerda de ella?