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domingo, diciembre 21, 2008

Los monstruos que dan miedo

No había visto en su idem El 7º día, la interpretación que hizo Carlos Saura en 2004 de la matanza de Puerto Hurraco. Y no la había visto, supongo por la misma razón que mucha gente; que el temita de la película se las trae. Saura tiene mucha experiencia –él mismo lo reconoce en los extras del DVD- en la inclusión de la violencia en sus películas de una forma seca, sin florituras, casi cotidiana y, por eso mismo, mucho más impactante. Lo hizo en La caza y lo ha hecho más veces, hasta culminar en este séptimo día cuyas escenas finales son, desde luego, difíciles de tragar. Más aún cuando sabemos que tanto horror y tanta locura fueron reales; y más aún cuando hay dos actores como la copa de un pino llamados Jose Luis Gómez y Juan Diego –respaldados por una tremenda Victoria Abril- a los que les basta un gesto, una mirada, un ademán, para meterle a uno el miedo en el cuerpo, para desaparecer como intérpretes y convertirse en esos dos personajes aislados y semianimalizados capaces, desde luego, de organizar una masacre sin pestañear.

Y fue después de verla cuando tuve mi experiencia extracinematográfica.

Yo no presto mucha atención a las críticas de cine; habitualmente dejo su lectura para después de haber visto la película; cuando las leo con atención es para buscar coincidencias o divergencias, y también para aprender, para que se me abran cosas que en su momento pude pasar por alto. En último lugar, claro, también las leo para saber lo que tengo que decir en este blog y que ustedes me tengan por un entendido total, ejem… La cuestión es que busqué la crítica de la película de Saura que apareció en el número de mayo de 2004 de la revista Dirigido. La cosa me hizo gracia: el número contenía la segunda parte de un especial sobre la Hammer Films, y la foto de portada mostraba a Peter Cushing a punto de invitar a una ración de estaca al vampiro de turno.

Y me hizo gracia porque me acordé de Targets, la primera película de Peter Bodganovich. Rodada a toda velocidad con un presupuesto ridículo, sigue siendo hoy una obra maestra; nos cuenta la historia de una vieja estrella del cine de terror –Boris Karloff, que prácticamente se interpreta a sí mismo- cuyo camino se cruza con el de un asesino en serie made in USA, que apostado en un autocine, se dedica a disparar a todo el que se le ponga por delante. En una escena memorable, el asesino se cruza con Karloff que avanza hacia él, mientras detrás suyo, en la pantalla del autocine, ve también a Karloff en uno de sus papeles de monstruo; aterrorizado por la doble imagen, suelta el rifle y se entrega. Karloff lo ve aterrorizado a sus pies, y no puede evitar pensar en voz alta: “estos son los monstruos que dan miedo”.

Escondida en una página, dentro de una revista repleta páginas dedicadas a vampiros (y vampiras macizas, que estamos hablando de la Hammer), hombres lobo, frankensteins y quatermass diversos, el horror de verdad estaba en una película mucho más cotidiana, en una película que tiene en su banda sonora a Objetivo Birmania y El tractor amarillo, nada menos. Me encantan las películas de terror clásico. Estos otros monstruos, en cambio, sí que me acojonan.

martes, diciembre 16, 2008

Jugando a las películas



Si todavía no han ido a ver Gomorra, vayan, aunque les conviene estar preparados para eso que los amantes de los tópicos llaman una película sin concesiones; si les gusta la versión original y viven en Madrid, NO vayan a verla a los Renoir Princesa –los que hay en los túneles de la plaza de los cubos- salvo que:

a) Estén sordos
b) Quieran estarlo

porque el volumen al que la cascan es también sin concesiones. Dejando aparte estos inconvenientes, la película merece todos los elogios que se le han hecho, y se podría considerar –aunque no del todo, porque esta historia tiene más tentáculos- la respuesta italiana a Ciudad de Dios (2002).

Ya conocen, por otra parte, su efecto colateral: a los capos de la Camorra no les ha gustado demasiado la publicidad que les ha proporcionado la película, ellos que estaban tan tranquilos robando, matando y extorsionando mientras todo el mundo se concentraba en sus vecinos de Sicilia, así que han cogido a Roberto Saviano, el autor del libro, y le han hecho un contrato, no precisamente indefinido con móvil de la empresa, o sea. Lo cual no les ha impedido forrarse de modo paralelo vendiendo copias piratas de la película por las calles de Nápoles. La doble moral de los gángsters, que nunca falte.

Esto de la imagen cinematográfica de los mafiosos –vamos a incluir aquí a la Camorra, aunque sea otra cosa- ha evolucionado bastante desde los tiempos de El Padrino (1972), y creo, modestamente, que para bien. Podemos entrar en discusiones sobre si el cine tiene que reflejar la vida tal como es o embellecerla, pero las películas de Coppola, siendo como son una maravilla cinematográficamente hablando, ofrecen una imagen muy superada por todos los que han venido después. Los mafiosos de Puzo y Coppola son el no va más de la bondad y el glamour; sus acciones nunca tienen consecuencias negativas para los ciudadanos inocentes. No les vemos arruinar vidas, amenazar a familias, extorsionar comerciantes. Y encima, sólo matan a otros mafiosos, que son, además, mucho más malos que ellos (aunque cabría preguntarse por qué, pues tampoco les vemos nunca hacer nada que los Corleone no hicieran, o estuvieran dispuestos a hacer).

Tuvo que llegar Scorsese y, posteriormente, Los Soprano para que conociéramos una imagen de la Mafia más cercana a la realidad, no sólo en cuanto a su condición de cáncer para la sociedad –todo el mundo queda perjudicado cuando andan cerca-, sino también en cuanto a su estética: los gángsters de la vida son una panda de horteras, incultos, groseros, primitivos, y más brutos que un arao. El smoking y el champán dejaron paso al chándal y las barbacoas; el “le haré una oferta que no podrá rechazar”, al “te voy a rajar las putas tripas”. Y así, claro, no hay quien vaya por la vida como un Hombre de Honor.

Con El Padrino, ya les digo, fue otra cosa. Carl Sifakis, en su imprescindible libro The Mafia Encyclopedia, cuenta el caso del detective de la policía de Nueva Jersey Robert Delaney, que se infiltró en las familias de Nueva York y testificó ante un subcomité del Senado estadounidense en 1981:

“Las dos partes de El Padrino han tenido un impacto en estas familias criminales”, declaró, mencionando el caso de mafiosos que las habían visto hasta diez veces. También contó la ocasión en que fue a cenar a un restaurante con un grupo de gángsters, entre los que estaba Joseph Doto, hijo del mafioso Joe Adonis. “Le dio al camarero un montón de monedas de 25 centavos y le dijo que pusiera en la gramola la misma canción una y otra vez: el tema de El Padrino. Lo estuvimos escuchando durante toda la cena”.

El senador Sam Nunn preguntó entonces. “¿Está usted diciendo que a veces los gángsters ven la película para saber cómo se supone que deben comportarse?”.

“Exactamente”, contestó Delaney. “Esa película les enseñó cantidad de cosas”.

Hay que decir que en Gomorra hay también dos personajes cautivados por la mitomanía del cine de gángsters, aunque no con El Padrino, sino con El precio del poder (1983) de Brian de Palma. Bueno, todos hemos jugado de niños a ser El Zorro o Tarzán; tiene gracia que sean los criminales precisamente los que no han crecido.

domingo, noviembre 16, 2008

Crash

Por lo visto, hoy es el Día Mundial en Recuerdo de las Víctimas de Accidentes de Tráfico. Pues hay bastante gente para recordar. Les confieso una cosa: mi trabajo me ha dado la oportunidad de viajar bastante, y no le tengo absolutamente ningún miedo a coger un avión; de hecho, si es un vuelo transcontinental y me pagan el billete en primera, lo que siento es bastante gustito… Pero cada vez afronto los viajes en coche con mayor preocupación. En serio, me asalta con creciente frecuencia el pensamiento de que de este no pasas, chaval. ¿Por qué? Por estadística pura; aunque conduzca –o intente conducir- con toda la precaución del mundo, nunca se sabe cómo lo harán aquellos con los que me voy a encontrar.

Supongo que todos, tanto bloguero como lectores, no tenemos que recurrir a los famosos seis grados de separación para encontrar a algún ser querido que se nos haya ido en la carretera. Yo puedo mencionar –y mandarles un recuerdo- a mis primos Íñigo y Bruno, a mi ex compañero y siempre amigo Mijail, y a mi amigo Monchín, que es el único de los cuatro que queda para leer esto –habitualmente lo hace-, aunque la bestia parda que se llevó por delante su moto le ha dejado para siempre caminando como House. Eso sí, les garantizo que no ha perdido su sentido del humor... bastante más sano que el de House.

Y el mundo del cine tampoco se ha librado. Un somero repaso a los actores fallecidos en accidente arroja nombres como Jayne Mansfield, la rubia explosiva que fue lanzada en su día como una respuesta a Marilyn, y cuyo coche se empotró de madrugada contra la trasera de un camión que iba como a veinte por hora; Grace Kelly, despeñada con su hija Estefanía por las cuestas de Mónaco en circunstancias que hicieron correr mucha tinta en todo el mundo; o Desmond Llewelyn, el actor inglés recordado por los fans de James Bond como “Q”, cuyo automóvil sufrió un choque frontal contra otro cuando realizaba una gira para promocionar su libro de memorias. Las heridas sufridas fueron demasiado para su organismo de 86 años.

Pero nos estamos dejando al más famoso de todos.

Sobre el accidente de coche que mató a James Dean se ha hablado y escrito mucho, y ha dado no poco material a aficionados a las anécdotas e investigadores de lo para anormal, tipo Friker Jiménez. Se sabe que le pusieron una multa por exceso de velocidad dos horas antes del accidente; y una investigación exhaustiva demostró que el actor, en contra lo que se rumoreó, no sobrepasó los límites de velocidad cuando se pegó el topetazo con su Porsche. La anécdota más conocida, posiblemente, es el hecho de que, unos días antes de su muerte, grabó una película para la prevención de accidentes de tráfico, donde reconocía haber hecho el loco con los coches cuando era más joven y recomendaba a los chavales que condujeran con cuidado, porque “la vida que salvéis puede ser la mía”.

Gracias a Internet, quienes quieran ver el spot lo tienen aquí:







P. D. El Crash utilizado en el título de esta entrada –y en la primera foto- no hace referencia a la oscarizada película de Paul Haggis, sino a otra, menos popular, dirigida por un David Cronenberg más tortuoso que nunca, que ya es decir, sobre un grupo de personas que se excitan sexualmente con los accidentes de tráfico. Hay gente pa tó, como decía aquél.

P. P. D: Por cierto, el actor que aparece en el corto haciendo como que entrevista a Dean es Gig Young, uno de los grandes secundarios de los años 50 y 60 que ganó el Oscar al Mejor Actor Secundario por Danzad, danzad, malditos (1969). En 1978, tres semanas después de casarse con su quinta esposa, 43 años más joven que él, la mató de un tiro y luego se suicidó.

Vaya, me ha quedado esto un poco macabro hoy… venga, mañana hablamos de Mariano Ozores (por lo menos).

domingo, julio 27, 2008

Cineastas y federales



Estamos estos días conmemorando el centenario de una de las instituciones legales que más argumentos han aportado a la ficción cinematográfica: el FBI, iniciales de Federal Bureau of Investigation u Oficina Federal de Investigación, creada como una manera de combatir la creciente ola de gangsterismo y evolucionada luego a combatir muchas otras cosas, algunas, la verdad sea dicha, con más razón que otras.

Se podría hacer una competición curiosa a la hora de determinar cuál de los dos grandes organismos norteamericanos, la CIA o el FBI, ha aparecido en más películas (¿Mulder y Scully son de una o de otro? Es que nunca he sido fan de Expediente X…). Pero de lo que no cabe duda es de que el hoy centenario Bureau ha estado relacionado de un modo mucho más estrecho con el mundo del cine. No siempre para bien. A mediados del siglo pasado, durante la infame época de la caza de brujas, su todopoderoso director durante más de 40 años, J. Edgar Hoover, comenzó a ordenar seguimiento intensivo de cualquier estrella de Hollywood sospechosa de tener mínimas relaciones con el comunismo. A medida que pasaban los años y aumentaba su paranoía -y, según parece, el número de rojazos sueltos-, la lista de celebridades puesta bajo sospecha fue aumentando. Sus tentáculos no llegaban sólo al mundo del cine, y no voy a aburrirles aquí con su historia con los Kennedy, porque esa se la sabe un niño de primaria: baste recordar que tanto John Fitzgerald Kennedy como su hermano Robert querían eliminar a Hoover a toda costa. Pero ni siquiera tras llegar a presidente pudo Kennedy con él, sóbre todo cuando Hoover demostró estar perfectamente al corriente de sus relaciones sexuales con Judith Campbell, una chica de reputación nada dudosa (quiero decir que estaba clarísima) que simultaneaba sus encuentros presidenciales como el cantante Frank Sinatra y el mafioso Sam Giancana. “No se preocupe, señor presidente, yo me aseguraré de que esto jamás salga a la luz”. Algo así debió decirle, porque Kennedy captó la directísima indirecta al momento, y en los años que le quedaban de vida no volvió a intentar levantarle la mano a Hoover.

Al igual que lo serían años más tarde John Lennon o Jane Fonda, Marilyn Monroe se convirtió, a partir de 1955, en uno de los principales objetivos de Hoover. El motivo fue el matrimonio de la actriz con el escritor Arthur Miller, considerado un comunista peligroso -valga la redundancia, porque para Hoover todos los comunistas eran peligrosos- por el FBI y, como tal, sometido a una estrecha vigilancia, que no tardó en ampliarse a su nueva esposa. Según nos cuenta su biógrafo Donald Spoto, en ese año “comenzó a acumularse en Washington un minucioso archivo sobre Marilyn Monroe, del que ella jamás tuvo conocimiento. Se trata de un ridículo derroche de papel”.


Marilyn aborrecía a Hoover, y no se privó de declararlo en voz alta. ¿Y Hoover? ¿Debemos creer a los rumores que cuentan que durante años tuvo colgada en su oficina la famosa fotografía de la actriz donde posaba desnuda sobre una tela roja?







lunes, julio 07, 2008

Viva deportivamente

La verdad, es un poco difícil sustraerse a la fiebre deportiva que invade el país desde hace unas semanas. A los gritos de ¡ESPAÑAAAAAAAAA! con los que fuimos machacados de forma inmisericorde todos los que intentábamos escapar a la obligación de ver los partidos de la Selección, se ha unido la -merecidísima, desde luego- victoria de Rafa Nadal en Wimbledon. Pero yo voy a lo mío, como siempre, y cuando intento comparar la fiebre de los deportes y la fiebre del cine, encuentro que ambos medios de entretenimiento (sí, ya sé que el cine es un arte; pero seguro que habrá quien diga que el fútbol también lo es) tienen bastante mala relación.

La verdad sea dicha: no hay demasiadas disciplinas deportivas que aguanten bien el paso a la pantalla grande. Por lo menos, las que más nos tiran por aquí no tienen mucha suerte. Pensemos en el fútbol. ¿No sería posible hacer una película de ficción que transcurriera en la liga profesional? Nómbrenme una. Y no vale Quiero ser como Beckham, porque ahí el fútbol era solamente una excusa argumental, algo parecido a lo que hizo Woody Allen en Match Point con el tenis, deporte que tampoco ha merecido nunca una traslación cinematográfica digna.

Pensando un poco, se me ocurren algunas excepciones, ninguna completamente lograda. Hace unos años se estrenó la película Wimbledon (2004), una trama de amor de lo más tontorrona protagonizada por Kirsten Dunst, que tenía lugar durante el torneo inglés. Y en el fútbol, lo más recordado es Evasión o Victoria (1981), donde se narraba un partido de prisioneros de guerra contra nazis en la Segunda Guerra Mundial basado, por cierto, en hechos reales (aquí tienen un resumen de lo que verdaderamente ocurrió; siento que esté en inglés); pero como yo no soy de los que se ponen firmes en cuanto oyen el nombre de John Huston -que, sin duda, es autor de varias películas maravillosas-, no me importa decir que esta película es una de la larga lista de truños (Annie, Phobia…) con que el director de El hombre que pudo reinar adornó los últimos años de su currículo.

Esta peli tiene unas cuantas anécdotas encima. De entrada, aún pueden encontrarse páginas Web dedicadas a ella. Y luego es especialmente recordada por las chulerías de Sylvester Stallone que, si recuerdan, interpretaba al prisionero de guerra que paraba el penalty final contra los nazis. La cuestión es que, al principio, había exigido a los guionistas que su personaje debía ser el que metiera el gol de la victoria; estos le contestaron que era un poco difícil, considerando que su personaje era el portero, y tuvieron que inventarse la escena del penalty para aplacarle.

También por aquella época Stallone estaba dedicado a escribir el guión de Rocky III (sí, eso tenía guión, en serio) y le molestaba muchísimo que le llamaran para rodar a menos que estuviera todo preparado, para no perder el tiempo. Un día metieron la pata, y Stallone tuvo que esperar tres horas para comenzar a rodar. Después se dirigió a John Houston y le dijo que aquello era intolerable, y que al día siguiente, llegaría tres horas tarde para compensar.

Si hubiera sido el Huston de antes, quizá la cosa se hubiera arreglado con una pelea a puñetazos como la que, dicen, tuvo con Errol Flynn. Pero ya estaba viejecito, y dejó pasar la cosa. Stallone cumplió su amenaza, y tuvo a todo el equipo esperándole tras horas, incluído su compañero Michael Caine. Cuando por fin llegó, Caine se fue para él y le pidió que hablaran en privado. Todo el mundo se esperaba una bronca de las que hacen época, pero lo que hizo Caine fue decirle con su mejor sonrisa:

- Verás, Sly, anoche estuve de copas y me acosté bastante tarde y bastante mal… así que este retraso tuyo me ha venido de miedo para aprenderme bien mis diálogos de hoy. ¿No podrías hacerme otra vez el favor y llegar un par de horas tarde cualquier otro día?

Stallone cogió la indirecta, y no volvió a retrasarse.

Y sí, ya sé que hay deportes que han tenido más suerte en su paso por el cine. Ya que hablamos de Stallone, el boxeo es uno de ellos (aunque no en sus películas). Quédese para otro día.

miércoles, marzo 12, 2008

Clavaíto

Como todo el mundo sabe, un doble en el argot cinematográfico es el sufrido profesional al que le toca comerse todas las escenas peligrosas para que la estrella de turno termine la película sin despeinarse en exceso. Pero hay otros tipos de dobles: los que tienen un parecido más que razonable con algún que otro actor o actriz, y se dedican a utilizarlo en provecho propio. Me imagino que ya saben a qué viene esto, ¿no? A la que ha organizado en el Bernabeu el italiano Paolo Calabresi, haciéndose pasar, por encargo de una cadena de televisión italiana, por Nicolas Cage nada menos, y como tal asistir a un partido como invitado de honor, consiguiendo quedarse con -casi- toda la plantilla del Madrid, empezando por el presidente (“me di cuenta enseguida”, ha dicho; claro, hombre, y además le encanta Bruce Springsteen) y el jefe de prensa. Además del carné de socio de honor, y varias camisetas firmadas, alguna de ellas por el propio Calderón. Un artista, qué quieren que les diga.

Ahora, ya es duro ¿eh? Parecerte a una estrella de cine, y que sea precisamente el tío con más pinta de colgao de todo Hollywood. Para eso, siempre es mejor asemejarse a alguno de los bellezones de la pantalla clásica. Tyrone Power, por ejemplo, que en los años cincuenta fue uno de los mayores galanes del cine, y que murió en 1958 de un ataque al corazón precisamente en Madrid, durante el rodaje de Salomón y la Reina de Saba, de King Vidor. Este fallecimiento dio lugar a una historia bastante descacharrante, protagonizada por uno de nuestros mejores escritores vivos y un marino de El Puerto de Santa María.

El escritor era -todavía es, no seamos cenizos- Jose Manuel Caballero Bonald, por cierto, paisano mío y amigo de la familia. Y el marino, bueno, no vamos a poner aquí su nombre; lo importante es que tenía como peculiaridad ser lo que se dice una fotocopia de Tyrone Power. El caso es que, cuando llegó a oídos de Caballero Bonald la noticia del fallecimiento del actor original, no se le ocurrió otra idea que convencer al marino para que viajara a Madrid, donde sería presentado al equipo de filmación, el cual, en cuanto se percataran de aquel parecido sobrenatural, no dudarían en contratarle para completar el rodaje.

Con la ayuda y el apoyo monetario de dos amigos, consiguió convencer al marino, y lo instalaron en un hotel madrileño. El siguiente paso fue convocar a un periodista de Pueblo para que hiciera un reportaje sobre “la milagrosa aparición de un clónico del fallecido actor norteamericano”, según cuenta el escritor en sus memorias (segundo tomo). Y el siguiente fue plantarse en el hotel donde estaba todo el equipo de la MGM, convencidos de que la aparición del nuevo Tyrone provocaría en ellos una contratación poco menos que inmediata. Las cosas, claro, no salieron así, y tanto el Tyrone del Puerto como sus apoderados abandonaron el hotel con la promesa de que ya les llamarían.

Al final, por abreviar, terminaron enterándose de que la Metro Goldwyn Mayer había optado por la solución de volver a rodar la película desde el principio, ahora con Yul Brinner, sin considerar ni por un minuto la idea del doble (ya ven, lo que sí que se hace ahora cuando muere un actor, gracias a la informática). Todo esto después de varios días del Tyrone bis hospedado a expensas de los autores de la idea y “mostrando una excesiva inclinación a comer por lo menos dos veces al día, lo cual afectaba de modo notable a nuestras reservas económicas”. La cosa, al parecer, acabó con una bronca monumental no tanto con Tyrone sino con su señora, que al parecer era de armas tomar y a punto estuvo de agredir físicamente a los tres apoderados.

Una pena, porque yo creo que Caballero Bonald y sus amigos lo que fueron es unos adelantados a su tiempo. Y si no, pinchen aquí para ver un montonazo de sosias profesionales, a los que pueden contratar para amenizar despedidas de soltero, bautizos y comuniones.

jueves, diciembre 13, 2007

El (otro) show de Truman

Por fin conseguí ver Historia de un crimen. Este título, no demasiado imaginativo, es el que le han puesto en España a Infamous, la segunda película sobre Truman Capote rodada el año pasado, y estrenada unos meses después de la más conocida Capote. Las dos cintas tratan, más o menos, sobre lo mismo: la redacción de A sangre fría, y las consecuencias que tuvo sobre el escritor su implicación profesional y personal en la historia. Su destino ha sido bastante diferente: Capote la ha visto mucha gente, y ha supuesto el Oscar al Mejor Actor para Philip Seymour Hoffman. Historia de un crimen ha pasado casi desapercibida, y eso que tiene un reparto mucho más conocido: Sigourney Weaver, Jeff Daniels, Daniel Craig, Gwyneth Paltrow y una Sandra Bullock que, no se lo van a creer, pero está estupenda. En cuanto al papel de Capote, está interpretado por el actor inglés Toby Jones, y después de verle sólo puedo concluir que Hoffman le ha robado el Oscar. Como suena. Que conste que Hoffman está muy bien, pero el trabajo de Jones va mucho más allá, sobre todo a la hora de representar al Truman locaza, cotilla y estridente, pero al mismo tiempo encantador y seguro de sí mismo que en la otra película apenas se avista, con una imagen mucho más contenida.

Cuando Hollywood se pone a filmar dos versiones de la misma historia, cosa que ha ocurrido ya varias veces -es tan fácil que no voy a poner ni ejemplos; trabajen ustedes un poco-, las comparaciones son odiosas. En este caso, para mí la mejor sería una combinación de ambas películas. Pero hay un actor que me chirría en Historia… Daniel Craig. El último 007 interpreta a Perry Smith, uno de los dos asesinos, el que trabó mas amistad con Capote y, a juzgar por el retrato que de él nos hace en A sangre fría, el que se dejó llevar por su compañero Dick Hickock para cometer los asesinatos. Aquí está el problema. Daniel Craig es buen actor, de eso no cabe duda. Pero también es una mala bestia, con una mirada que da escalofríos. Y cuesta mucho creer que su Perry Smith se vaya a dejar manipular por nadie; ni por Hickock ni por Capote.

De los tres actores que han interpretado a Smith, el mejor sigue siendo, sin duda, Robert Blake, que le dio rostro en la adaptación cinematográfica de A sangre fría. Fue una elección personal del director Richard Brooks, que incluso encontró un cierto parecido físico entre actor y personaje. Y, ya saben, la vida imita al arte: en 2001, el propio Blake fue acusado de asesinar a su mujer, en una especie de secuela del caso O. J. Simpson. Al igual que Simpson, consiguió evitar la cárcel (o algo peor, que esto es Estados Unidos…), pero los costes del juicio le arruinaron, y no ha vuelto a saberse gran cosa de él. Algunos lo habrían considerado justicia poética, pero hubiera sido excesivo que el actor muriera de la misma manera que su personaje de años atrás...

Por cierto, una pregunta sobre la foto de esta entrada. ¿Cuál de los dos Capote creen que es, Hoffman o Jones?

miércoles, noviembre 07, 2007

Después del The End

Hablábamos aquí hace unos días de la muerte de Deborah Kerr. Hoy toca hacerlo de la de su marido, el escritor Peter Viertel. Uno de tantos europeos (nació en Alemania) cuya familia emigró a Estados Unidos huyendo del nazismo, dedicó toda su vida a ese trabajo, tan duro como gratificante, que es aporrear las teclas de la máquina o del ordenador esperando que de ahí salga algo que merezca la pena dar a leer a los demás. También tuvo tiempo para su otra gran pasión, el surf. Y para casarse con Kerr en 1960 y permanecer a su lado 47 años.

De Viertel he hablado en alguna otra entrada de este blog. Hace años le entrevistaron en su casa de Marbella para un suplemento dominical, y me llamó la atención lo que las fotos dejaban entrever de su entorno; se adivinaba una habitación con mesa, libros, periódicos y muchos papeles, donde iba poco a poco fabricando sus obras. La luz natural que iluminaba la imagen daba la idea de una estancia luminosa, donde el sol llega multiplicado por la proximidad del mar. La tabla de surf, nos explicaba el periodista, no estaba lejos. Y de la lectura del reportaje se desprendía la imagen de un señor al que los años le habían acabado permitiendo tomarse la vida con calma, entre horas de escritura, ratos de surf y paseos a la tienda de la esquina a por el periódico, como otros tantos jubilados alemanes e ingleses que vienen a pasar unos últimos años apacibles rodeados de buen clima. Confieso que terminé de leer la entrevista con una profunda envidia.

Hoy no le siento envidia ninguna, sino admiración; al parecer, llevaba tiempo mal, con una de esas enfermedades que no queremos ni mencionar los que hemos perdido por ella a amigos o parientes. Fiel a su reputación de tipo duro, que para algo se las había visto en los rodajes con Huston y Bogart, aguantaba, sabiendo que no podía dejar sola a su esposa, a la que el Alzheimer, por su parte, le estaba comiendo poco a poco la memoria de cuarenta años de vida en común. Y ha sido tras su muerte cuando él ha tirado la toalla, pensando quizá que la soledad y la enfermedad iban a ser una carga demasiado dura. O, sencillamente, que sin su mujer ya no valía la pena seguir resistiendo.

Muchas veces nos hemos preguntado qué ocurre con los protagonistas de una película después del cartelito de The End. En este caso, ya lo sabemos: la película se alargó durante cuarenta y siete años y, si existe otra vida, puede incluso que esté en camino una secuela infinita. Aquí las dejo la portada de su última novela, publicada hace sólo unos meses. Por si les apetece.

jueves, noviembre 01, 2007

El difunto en el sillón

Lo dije el año pasado y lo repito este: Halloween me toca las narices hasta puntos insospechados. No creo que nadie me pueda acusar de antiamericano, pero una cosa es no tener prejuicios hacia Estados Unidos y otra muy distinta las tragaderas de pitón que estamos mostrando hacia la colonización cultural. ¿Qué es eso del Jalouin, por el amor de Dios? ¿Desde cuándo nos ha dado por usar las calabazas para otra cosa que no sea comérselas? ¿Y quién fue el anormal sin la más mínima idea de inglés que colocó en las películas esa tontería del “truco o trato”? Por si algún encargado de doblaje de películas yanquis se lee esto, que sepa que “trick” se puede traducir por “travesura”, y “treat” no significa “trato“, sino “golosina”. Puestos a hacer el gil del candil, hagámoslo bien.

Lo siento, pero para estas cosas, en casa somos más españoles que Don Pelayo. Aquí, buñuelos, huesos de santo y el Tenorio, como manda la tradición. Y, como la tradición de este blog también manda colocar en él anécdotas de cine, les voy a contar una que no tiene nada que ver con el Jalouin ese, pero sí con los difuntos.

Como historia tiene una autoría un poco difusa, ahora verán por qué, pero su protagonista es uno de los galanes legendarios de la historia del cine: John Barrymore. Por desgracia, además de ser un enorme actor, era también un enorme alcohólico, y su hígado le acabó fallando en 1942, a los 60 años de edad. Antes de morir, pasó unos días en casa de otro actor con tendencias autodestructivas, Errol Flynn, con quien le unía una gran amistad. En la víspera de su muerte, algunos amigos de Flynn sobornaron a un empleado de la morgue, sacaron el cuerpo de Barrymore, lo llevaron a casa de Flynn y allí lo dejaron sentado en un sillón, en la pose más natural posible. El alarido de Flynn cuando entró en el salón y se encontró con el cadáver de su amigo, mejor ni se lo cuento. El actor confesó no haber podido pegar ojo en toda la noche.

Que la bromita es de un gusto manifiestamente mejorable está claro; no lo está tanto quiénes fueron los autores. Paul Henreid dijo en una ocasión que la idea la tuvo Peter Lorre durante el rodaje de Casablanca, y que contó con la ayuda de Humphrey Bogart y dos amigos más. Henreid incluso confesó haber puesto el dinero para sobornar al empleado del depósito, pero negó haber participado activamente en la broma. Lo que hace esta versión poco creíble es que Bogart y Barrymore no eran amigos, sino más bien todo lo contrario. Más fiables son las fuentes que atribuyen la autoría de la broma a otro amigo de Flynn, el director Raoul Walsh: su autobiografía, algunas biografías sobre Walsh y la autobiografía del propio Flynn.

Pero es buena broma para el día de difuntos, ¿eh? A mí me recuerda la famosa frase de Gila: me habéis matao a la hija, ¡Pero me he reído…!

domingo, octubre 21, 2007

Mario y Jose María

Lo que más me ha gustado en el remozado El País de hoy no ha sido el cambio de maqueta (a todo hay que acostumbrarse) el nuevo tipo de letra (aunque es verdad que se lee mejor que la Times New Roman, con la que, por cierto, escribo este blog) la mayor incorporación del color ni, desde luego, el suplemento dominical (¡horrible!), sino algo tan tradicional en este diario como el artículo de Mario Vargas Llosa de su serie Piedra de Toque. Titulado Jose María y la solitaria, cuenta en él su amistad con un abogado con vocación de pintor, que comenzó en el París de 1958 y se prolongó hasta la muerte de aquél. “Entre tanta gente que me ha tocado conocer”, escribe don Mario, “nunca me topé con nadie que fuera tan naturalmente íntegro como Jose María, tan transparente, tan impráctico, tan sin dobleces y, por eso mismo, condenado a romperse la crisma en todas las empresas en las que se embarcó”.

Quizá precisamente por la lenta degradación, económica y social (nunca anímica), culminada con la ruina y el cáncer, del genuino representante de la bohemia retratado en el articulo de don Mario, éste nunca nos desvela el nombre completo de su amigo. Sí nos cuenta que entre sus múltiples actividades estivo la dirección de cine, con dos películas y una serie televisiva en su haber. La primera fue una adaptación, precisamente, de Pantaleón y las visitadoras, firmada conjuntamente por Vargas Llosa por imposición de la Paramount, que pensó que la presencia como codirector del autor de la novela serviría para atraer más público (Craso error, al menos en lo que a mí se refiere, que en cuanto me entero de que un literato se ha lanzado a dirigir, llámese Paul Auster o Ray Loriga, huyo hacia las colinas). A la segunda, Vargas Llosa la cita erróneamente como ¡Viba Azaña!, no se sabe si por mala memoria, meteduras de pata de los tipógrafos (pero qué estoy diciendo, si ya no existen) o la comprensible confusión reinante en el departamento de edición de El País, después de que el capo di tutti capi le echara para atrás al director no uno sino ¡tres! diseños previos. El nombre verdadero de la película es ¡Arriba Hazaña!, y fue estrenada en Madrid en el cine Gran Vía el 24 de mayo de 1978.

Y el nombre completo de Jose María es Jose María Gutiérrez Santos. El Diccionario de directores de la editorial Reseña nos dice lo siguiente de él: “Licenciado en derecho por Salamanca. Cursó también estudios de Filosofía y Letras, Bellas Artes, Litografia y Fotografía, estos últimos en la escuela Photo-Cinema de París. Ha trabajado como ayudante de dirección de Orson Welles, Berlanga, Cottafavi, etc”.

Después de leer el artículo de Vargas Llosa, (que respeta la identidad de su amigo, cosa que yo no he hecho), le queda a uno cierta sensación de pena por tanto talento potencial desperdiciado. Sólo dos películas; luego el vagabundeo de un empleo a otro, de un lugar a otro, y al final la ruina y la muerte. A cambio, convertirse en protagonista de un hermoso texto escrito por uno de los genios más sólidos de nuestra literatura. Y que ha servido también de toque de atención, por lo menos para este bloguero. No se trata de homenajear a los perdedores ni topicazos similares, pero si me encuentro por ahí con el DVD de ¡Arriba Hazaña!, me parece que le voy a echar un buen vistazo. Que me han entrado ganas…

miércoles, septiembre 26, 2007

Mentirijillas

Pues ya tenemos en la cartelera una película de esas que me gustan a mí, es decir, de las que nunca serán un taquillazo pero llaman la atención por el tema que cuentan. Se trata de La gran estafa (Hoax), protagonizada por Alfred Molina, Stanley Tucci y el flamante nuevo premio Donostia, Richard Gere (un día de estos vamos a tener que hablar sobre el por qué de ese galardón a un tipo que tiene bastante más presencia mediática que talento actoral). Y la película me interesa por el tema que trata: la falsa biografía de Howard Hughes publicada en los años 70 por el periodista Clifford Irving.

Para quienes no conozcan la historia, vamos a hacer un breve repaso: en los últimos años de su vida, el multimillonario Howard Hughes (el retrato que hizo Scorsese en El aviador sobre sus primeros tiempos es bastante exacto) se hizo famoso por su comportamiento excéntrico y por convertirse en un recluso al que poquísimas personas tenían acceso. De repente, el periodista Clifford Irving apareció con su Autobiografía de Howard Hughes, escrita, según aseguraba, tras numerosas entrevistas celebradas con el magnate, que había accedido a romper su silencio para recibirle exclusivamente a él. El libro, lógicamente, fue un bombazo, por lo menos hasta que escritor y editorial fueron demandados por el (numerosísimo) equipo de abogados de Hughes, que negaba la autenticidad de la obra.

Finalmente, Irving fue incapaz de demostrar la veracidad de su libro. Aunque había proclamado contar con grabaciones, cartas y documentos exclusivos de Hughes, no presentó ni uno solo de ellos en su defensa. En 1972 fue condenado a prisión -donde pasó catorce meses- y a indemnizar a sus editores con 765.000 dólares. Pero por lo menos tuvo éxito en una cosa: en sacar al ermitaño Hughes de su escondite, pues el magnate habló en público por primera vez en diez años para denunciar a Irving en una conferencia telefónica, y negar haber tenido ningún tipo de contacto con él.

Por cierto, en España, el libro lo publicó la extinta editorial Sedmay, conocida por apuntarse al carro editorial de todo lo que pudiera sonar a escándalo (otra de sus joyas fue El día que perdí… aquello, donde famosos de ambos sexos recordaban el momento de su jura de bandera), con una portada de lo más curioso: el título era Autobiografía de Howard Hughes, pero con una cruz roja tachando las letras “auto”. En la solapa interior se aclaraba, creo recordar, que a pesar de la polémica que rodeaba la autenticidad del libro la última palabra la tenía el lector y bla, bla, bla.

De todos modos, no es la primera vez que se rueda una película sobre este tema. en 1974, Orson Welles rodó Question Mark (Fake), un semidocumental sobre lo verdadero y lo falso, lo auténtico y la falsificación. Uno de sus protagonistas era el pintor Elmyr d' Hory, especialista en pintar cuadros que imitaban el estilo de los grandes maestros con tal perfección que ningún especialista podía distinguirlos de los originales; el otro era Irving, que en un completo cierre de círculo, había escrito en 1969 una biografía de d'Hory, esta más auténtica que la de Hughes.

No sé que tal será La gran estafa; ya les digo que estoy deseando verla. Pero, si no han visto Question Mark y se la encuentran en algún videoclub (improbable), biblioteca pública (también) o en alguna emisión de madrugada de un canal televisivo ignoto (esto ya tiene más posibilidades), no se la pierdan. Y eso, a pesar de que buena parte de lo que Welles nos cuenta en ella... es también mentira.

martes, julio 24, 2007

Películas que no veremos



¿Qué tienen en común la detención del atracador de bancos conocido como El Solitario y la batalla de Bailén? Nada, en principio; pero no me negarán que ambas historias no son una base excelente para una película. El primer caso podría dar lugar a un magnífico thriller, de esos que, para más morbo, se anuncian como “basado en hechos reales”, y el segundo a una producción histórica repleta de acción, sangre y muerte, recordando la primera vez que en Europa se le dio caña de lomo a las fuerzas de Napoleón. Sin embargo, creo que hay pocas posibilidades de que veamos una ni otra. Cualquier asesino en serie o criminal norteamericano tendrá dedicado, como mínimo, un telefilme o, con más suerte, una excelente superproducción, al estilo de Zodiac, de David Fincher (en la foto). Y en cuanto a los conflictos históricos… Todos los españolitos nos conocemos la historia de El Álamo –que tiene dos películas dedicadas, la de John Wayne de 1964 y la de John Lee Hancock, excelente, de 2004-, pero la mayoría no tiene la menor idea de lo que pasó en esa población de Jaén hace 199 años.

El segundo centenario de la batalla de Bailén sería una magnífica fecha para estrenar esa producción española con, un suponer, Carmelo Gómez como el general castaños y Pilar López de Ayala como María Bellido. Pero creo que ya nos podemos ir olvidando. Para emprender un proyecto como ese hace falta una industria cinematográfica que realmente funcione, dispuesta a arriesgar –porque esta hipotética película, para hacerla bien, saldría desde luego bastante cara- y a meterse en temas que, bien contados, podrían interesar al público, como han hecho las cinematografías norteamericana e inglesa, entre otras, desde que el cine es cine. Con la sana idea de crear una película que meta al cine en las salas a saco, y forrarse con la recaudación conseguida legítimamente. En su lugar, seguimos utilizando a excelentes profesionales en proyectos con mucho onanismo mental y poco talento.

En cuanto a la historia de El Solitario, no me digan que no ven, por ejemplo, a Luis Tosar con su mejor cara de paranoico y pegando tiros como un descosido. Aquí la historia se beneficiaría, además, de que tiene un final. Volviendo a Zodiac, a la que he mencionado antes, a pesar de haberse estrenado hace poco ,casi ha desaparecido ya de las pantallas, y eso que la crítica la ha puesto por las nubes de forma casi unánime. ¿Puede deberse a que la gente ya conoce el final, ya sabe que Zodiaco (lo pongo así, en español, porque si no me suena a barca hinchable) no fue capturado jamás y su identidad sigue siendo un misterio al día de hoy?. Y una película sin final, por muy fascinante que sea su desarrollo, siempre acaba decepcionando un poco.

Quizá por eso la primera aparición de Zodiaco en el cine tuvo otra resolución. Fue en Harry el Sucio (Don Siegel, 1973) nada menos, donde Clint Eastwood se enfrentaba a un asesino en serie llamado Scorpio. Scorpio está basado claramente en Zodiaco, aunque no desvelamos ningún secreto si decimos que, al final de la película, Harry lo cose a tiros. El cine, siempre arreglando la realidad. Pero a lo mejor por eso nos gusta.

lunes, junio 25, 2007

En busca del arca... adaptada


Bueno, pues aquí lo tenemos. Esta es la primera imagen oficial que se ha presentado de Harrison Ford vestido otra vez de Indiana Jones para la esperadísima nueva entrega de la saga, todavía sin título, que se sepa, pero cuyo rodaje ya está definitivamente en marcha. Y debe ser cosa del maquillaje, o del Photoshop, o de los efectos especiales de George Lucas, pero el tío está que parece que no pasan los años. Total, que cuando se estrene en 2008 ya serán cuatro las películas protagonizadas por el arqueólogo del látigo… ¡Un momento! ¿He dicho cuatro? De eso, nada. Existe una quinta película protagonizada por Indiana Jones, y la historia de su rodaje es todavía más difícil de creer que el argumento de las cuatro cintas oficiales.

Los responsables de esa otra película no son Lucas y Spielberg, sino Chris Strompolos y Eric Zala, dos amigos del cole que tenían, respectivamente, diez y once años cuando En busca del arca perdida llegó a los cines de su estado natal, Mississippi. Como millones de niños en todo el mundo, quedaron completamente fascinados por la peli. Pero, a diferencia de esos millones de niños, a ellos no les bastaba con jugar a ser Indiana Jones en el recreo o en el patio de casa. No, lo que estos dos amigos planeaban era volver a rodar la película… con ellos de protagonistas.

¡Y lo consiguieron!. Les llevó más de siete años, que a esas edades suponen el paso de la niñez a la mayoría de edad. Para cuando la terminaron, ambos habían evolucionado y su amistad había dejado de ser tan estrecha como al principio. Atrás quedaron años donde consiguieron una cámara en VHS e invirtieron todo su tiempo libre, su dinero y el de sus padres en la búsqueda de decorados, vestuario, efectos especiales y amigos que accedieran a interpretar los principales papeles. Chris fue Indiana Jones; Eric, el malvado nazi Toth. Y la primera escena que rodaron fue la persecución de Indiana Jones por los indios hobito, interpretados por unos rubísimos compañeros de clase en taparrabos. Y si se están preguntando cómo se rodó la famosa escena de la bola de piedra rodando detrás de Harrison Ford, el escenario fue el garaje de la casa de uno de ellos, donde Chris corría delante de una inmensa "piedra" hecha con alambre y trapos.

En busca del arca perdida- la adaptación quedó completada en 1989, cuando las tres partes oficiales de Indiana Jones habían sido estrenadas. Su presupuesto fue de unos 8.000 dólares, y tuvo incluso estreno oficial, en un auditorio de Gulfport alquilado para la ocasión, con 200 amigos de los cineastas -que acudieron de smoking y en limusina, como mandan los cánones -invitados a la premiere. Después, cada uno de ellos siguió su camino, aunque Eric de vez en cuando hacía una proyección para sus compañeros de universidad.

Pasaron los años, y la llegada del vídeo doméstico aceleró las cosas. Eric regaló copias de la película a algunos amigos, y una de ellas acabó en un maratón de cine patrocinado por Harry Knowles (fundador de la página de cotilleos cinetográficos Ain’t-it-Cool News). El público de la sala no se esperaba ver aquello, pero enseguida comenzó a reírse y a aplaudir sin parar. Se trataba de ver cómo aquellos críos se las iban a apañar para imitar la siguiente escena espectacular de la cinta original… y siempre lo conseguían de un modo más que decente. La película se convirtió en una cinta de culto, aunque no podía exhibirse comercialmente por utilizar personajes que eran propiedad de Lucasfilm.

Lo cual no impidió que un día, los precoces cineastas recibieran una carta de un espectador que había visto su película y quería felicitarles por haber desarrollado un tributo tan “emotivo y detallado”. La carta estaba firmada por Steven Spielberg.

¿Increíble? Pues sí, pero completamente cierto. Si pinchan en los links que he ido dejando, podrán obtener más información sobre esta película. Pero no crean que la historia termina aquí; parece que en Dreamworks están lo bastante interesados en la historia como para desarrollar, a su vez, otra película que narre la historia de estos chicos. El cine refleja la vida, la vida imita al cine… y surgen historias que a ningún guionista podrían habérsele ocurrido.

miércoles, mayo 16, 2007

El hombre sin músculos

Estos días ha vuelto a surgir la noticia de Sylvester Stallone detenido en el aeropuerto de Sidney en posesión de una considerable cantidad de sustancias anabolizantes. Parece ser que el actor se ha declarado culpable. La verdad, con toda la campaña que se mantiene el contra del tabaco y los hábitos insalubres, es para preguntarse si el que un tipo de más de sesenta años se inyecte química con la que mantener hinchada su musculatura no constituye un ejemplo muy poco edificante.

Son muchas -demasiadas, diría yo- las películas en la que Stallone y sus biceps, triceps y cuadriceps se han visto envueltos en conflictos bélicos. Pero en la vida real, esta estrella no ha pisado nunca un cuartel como no sea de visita. Todo lo contrario que otro actor que, si bien anduvo más falto de músculos, demostró en cambio andar sobrado de otros adminículos corporales.

Corría el año 1941 y James Stewart era uno de los más sólidos nuevos talentos de Hollywood, con varios éxitos y un Oscar bajo el brazo para probarlo. Pero estalló la Segunda Guerra Mundial y fue de los primeros en ser llamado a filas. Sin embargo, lo rechazaron, por no dar el peso mínimo requerido para el ejército.

Si el rechazo fue un golpe para Stewart, que deseaba ir a luchar, peor fue la reacción de su padre, que le recordó que todos los varones de la familia no solo se habían alistado, sino que se habían presentado voluntarios, en cualquier conflicto bélico en el que su país hubiera estado envuelto. Y ahora, en el peor de todos, con la libertad de Europa entera amenazada, a su hijo, que además había abandonado el negocio familiar para meterse en esa tontería del cine, le declaraban no apto… Dispuesto a lavar el baldón, Stewart pidió un nuevo examen para dentro de tres meses, durante los cuales no paró de comer los alimentos más calóricos que encontraba -hamburguesas, batidos y demás- y de entrenarse en el gimnasio del estudio para ganar masa muscular. Con todo, cuando llegó el momento, apenas había ganado peso; seguía tan flaco como siempre y sólo logró ser aceptado gracias a que el médico militar aceptó hacer la vista gorda.

En principio, su papel en el ejército fue similar al de otras estrellas de Hollywood: participar en actos y películas de propaganda. Su licencia de piloto le sirvió para pasar a las fuerzas aéreas, donde con el tiempo acabó entrenando a otros pilotos y, al final, a escuadrones de bombarderos que iban a hacer incursiones en territorio enemigo. Por fin, tras años de insistencia, consiguió que le dejaran entrar en combate, y no de cualquier manera: en 1942 el capitán James Stewart fue puesto al mando del 703 Escuadrón de Bombarderos, consistente en una docena de aviones y 350 hombres. En 1943, comenzó una serie de incursiones sobre territorio enemigo, que le llevarían a acabar participando en los bombardeos de Berlín, donde el fuego alemán era más intenso y muchos aviones caían abatidos por las baterías antiaéreas.

Como consecuencia de sus actividades, obtuvo varias cosas a cambio: primero el rango de general, después la Cruz de Distinción en Vuelo -fue el segundo aviador en toda la Guerra que la recibía- y, sobre todo, una neurosis que le mantuvo varias semanas en un hospital, después de las cuales sus superiores le recomendaron que no volviera a entrar en batalla.

Desde entonces, Stewart nunca quiso contestar a preguntas relacionadas con la guerra, hacer películas sobre ella o volver a volar siempre que pudiera evitarlo. Como otros actores, había vivido el horror de cerca y había regresado con honores y con cicatrices. Y todo a pesar de ser un tipo con menos músculos en todo su cuerpo que los que tiene Stallone en el dedo pulgar.

También fue, a diferencia de Stallone, uno de los mejores actores que nunca se hayan podido ver en una película.

sábado, mayo 05, 2007

No hay más que una (afortunadamente)

En vida de mi progenitora, ni a mí ni a ninguno de mis hermanos se nos ocurrió la feliz idea de celebrar eso que se llama el Día de la Madre y que, como es ampliamente sabido, fue una idea importada de Estados Unidos por Pepín Fernández, el dueño de Galerías Preciados. Pero miren, este año sí que vamos a celebrarlo aquí. Porque, cuando se trata de madres que dan juego, Hollywood tiene ejemplares como para poner una tienda.

Tomemos, sin ir más lejos, a Joan Crawford, que en una ocasión incluso fue nombrada Madre del Año por una organización de padres. Esta actriz, casada cuatro veces a lo largo de su vida, no llegó a tener hijos biológicos, pero adoptó a tres niñas y un varón. Y en efecto, quién no hubiera pensado en encontrarse ante una madre ejemplar cuando viera las imágenes de la actriz rodeada de sus retoños en su mansión de Hollywood (en la de arriba, con su hija mayor, Christina). La verdad es que las sesiones de fotografías estaban cuidadosamente planificadas como parte de la campaña de imagen continua que fue la vida de Crawford, y que le permitió mantenerse en el estrellato durante décadas.

La realidad era algo distinta. Amigos de la actriz recordaban cómo los niños debían cumplir el ritual de hacer una reverencia y saludar a todos cuando llegaban a la casa, y de despedir a su madre con la frase “buenas noches, mamá querida. Te quiero”, que ésta les obligaba a repetir tantas veces como hiciera falta hasta que les saliera bien. Pero eso era lo de menos. Cuando los hijos se hicieron mayores, sacaron a la luz los aspectos menos agradables de su relación materno filial: Christina, la hija mayor, no sólo recordó crueles sesiones de azotes a ella y a su hermano Christopher, sino una época en la que su madre, para castigarla, la mantenía bajo la ducha con el agua casi hirviendo; o la ocasión en que, cuando sin querer le cogió la mano a Christopher con una puerta, su madre le hizo lo mismo a ella para que aprendiera a tener más cuidado; o aquella vez en que Christopher pasó horas atado a las cuatro esquinas de su cama, para que dejara de chuparse el dedo; o los accesos de violencia que le entraban cuando se pasaba con el vodka, cosa que ocurría casi todos los días; o…

La verdad es que, probablemente el mayor abuso que hizo Joan Crawford a sus dos hijos mayores fue excluirlos de su testamento “por razones que ambos conocen muy bien”, según puede leerse en el texto original. Christina se dijo que hasta ahí habíamos llegado, y se lanzó a escribir un libro, Mommie Dearest, donde narró todas las crueldades antes referidas y muchas más (no es, de todos modos, la única fuente sobre los abusos de su madre). El libro vendió millones de ejemplares y se llegó a hacer una película, protagonizada por Faye Dunaway, consiguiendo que la niñez de Christina, si bien muy desgraciada, acabara resultándole de lo más rentable.

martes, mayo 01, 2007

Esta NO es la historia del Huracán

Esta noche, TVE1 emite Huracán Carter (1999), de Norman Jewison. La conocen, supongo. Si no, lean la reseña que de la misma hace Miguel Angel Palomo hoy en El País:

“Bob Dylan popularizó en su legendaria Hurricane el drama de Rubin Carter, el boxeador que, camino del título mundial, fue acusado injustamente de un triple crimen y condenado a cadena perpetua. Carter cometió el error de ser negro en los Estados Unidos de los sesenta”.

Aunque soy muy consciente de los derechos (o la falta de los mismos) que la gente de color tenía en los Estados Unidos en 1966, y aunque soy un fan declarado de Bob Dylan y de su canción Hurricane, el amigo Palomo debería informarse un poco antes de meter tanta falsedad políticamente correcta. Huracán Carter, méritos cinematográficos aparte, es una de las películas que más ha alterado la realidad para adaptarla a la imagen de su protagonista.

No voy a extenderme con los detalles del crimen por el que supuestamente se inculpó a Carter, pero convendría recordar que, gracias a la presión ejercida por famosos como Muhammad Ali o el mismo Dylan, el boxeador gozó de un segundo juicio nueve años después, con un nuevo jurado que no encontró motivos para declararle inocente. Algunos de las personas que siguieron el caso de cerca, nada sospechosas de racismo (el odioso detective Della Pesca que aparece en la película es un personaje inventado), estaban convencidas de la culpabilidad de Carter. Uno de ellos fue el periodista de Nueva Jersey Joseph Deal, que siguió el caso exhaustivamente y que aún hoy mantiene una págína web donde pueden consultarse todos los detalles.

La cinta, además, pasa de puntillas sobre los antecedentes violentos de Carter, y lo presenta como alguien que, fuera del ring, sería incapaz de hacer daño a una mosca. La verdad es que antes de salir de la adolescencia contaba con una completísima ficha policial, que incluía, entre otros muchos delitos, un apuñalamiento (que en la película aparece como autodefensa contra un pervertido). Y en el segundo juicio, cuatro testigos que habían apoyado la coartada de Carter confesaron que habían cometido perjurio, influídos por el boxeador. Pero nada de esto aparece en la película de Jewison.

Aunque la mayor falsedad sea, probablemente, la correspondiente a su pelea con Joey Giardello, Campeón de Pesos Medios en 1964. Por mucho que Dylan (y Palomo) quieran hacernos creer que Carter iba “camino del título mundial”, lo cierto es que no era sino uno de tantos contendientes. Giardello le derrotó a los puntos sin mayores problemas. Sin embargo, la película convierte lo que fue un combate bastante igualado en una superioridad aplastante de Carter, que sin embargo acaba perdiendo a los puntos porque los jueces de la pelea debían ser, por lo menos, miembros del Ku Klux Klan.

Giardello demandó a la productora por difamación, y retiró la demanda tras un jugoso acuerdo extrajudicial. Jewison reconoció posteriormente que, en la vida real, Giardello ganó sin ningún género de dudas. Podríamos seguir señalando falsedades unas cuantas páginas más, pero creo que las cosas están más o menos claras. Ya se sabe que Hollywood tiende a embellecer sus biografías; pero creo que habría que tener más cuidado cuando se sacan a colación temas del calibre del racismo y de un triple asesinato.

domingo, abril 22, 2007

Demasiado fuerte para Hitchcock

Se dice que en ocasiones la vida imita al cine, pero hay otras veces donde la vida imita a la vida. Lo digo por la noticia del catamarán que ha aparecido a la deriva en aguas australianas, sin rastro de sus tres tripulantes. Dentro del barco todo estaba en orden: la comida preparada, la mesa puesta, el ordenador conectado… pero la tripulación se ha volatilizado, y volatilizada sigue en estos momentos. Es como una repetición a pequeña escala de la leyenda del Mary Celeste, un buque bastante más grande que el actual, abandonado en pleno Atlántico a mitad del siglo XIX.

Como no podía ser menos, este tema de los barcos misteriosos a la deriva es de lo más apetitoso para los autores de ficción. En los años 50, el escritor Hammond Innes publicó The Wreck Of the Mary Deare, donde un carguero surca el canal de La Mancha con un solo hombre a bordo, que se ocupa de alimentar frenéticamente las calderas. Si me apuran, un buque con un solo tripulante es casi más enigmático que un buque abandonado. Hollywood se fijó en el libro, y uno de los primeros directores que consideró llevarlo a la pantalla fue Alfred Hitchcock. Pero tras trabajar un poco en el guión, se dio cuenta de que este tipo de historias no son demasiado recomendables: incluso podría decirse que son veneno para un cineasta.

¿Por qué? Según explicó el director británico a François Truffaut en su biblia El cine según Hitchcock, “Porque tiene un comienzo demasiado fuerte. Hay tal cantidad de misterio desde el principio que cuando hay que explicar, finalmente, ese misterio, se produce algo muy laborioso y que en ningún caso puede estar a la altura del comienzo. (…) Cuando comienzo a explicarlo todo, resulta bastante vulgar, y el público tiene derecho a preguntarse por qué no se le han enseñado los acontecimientos previos al comienzo del film”.

Hay que decir al final sí se rodó una película sobre la novela de Innes, que en España se estrenó como Misterio en el barco perdido (1959). Pero el director no fue Hitchcock, sino Michael Anderson. Los protagonistas, Charlton Heston y Gary Cooper. Y la solución del misterio, según parece (no la he visto, y me guió por referencias), en efecto resultaba bastante decepcionante después de un comienzo tan intenso. Hitchcock hizo bien en dejarla para dedicarse a Con la muerte en los talones.

¿Se acuerdan de aquella frase de Samuel Goldwyn: “Una película tiene que empezar con un terremoto y, a partir de ahí, ir hacia arriba”. Más fácil decirlo que hacerlo.

viernes, abril 20, 2007

Malas influencias


Cuentan ahora que el asesino de la Universidad de Virginia actuó influído (supongo que parcialmente) por una película, ya que en el vídeo que envió a la NBC (no, no pienso poner ningún link; si quieren ver eso, se lo buscan ustedes) aparece imitando poses de la cinta en cuestión, que creo que es una de esas orientales llenas de tiros y tatuajes y a las que, sinceramente, no presto mucha atención.
No es la primera vez. La tercera parte de El Exorcista (1990) era la película favorita de Jeffrey Dahmer "el carnicero de Milwaukee", y una de las entregas de la saga de Muñeco Diabólico inspiró a unos asesinos adolescentes a finales de los 80 (cito de memoria). Cambiando ligeramente de tema, recordemos a los niños que intentaron volar tras ver Superman, o al pánico a bañarse en el mar que siguió al estreno de Tiburón. ¿Realmente puede influir tanto una simple película?

El asunto de Virginia me ha cogido leyendo un libro que me han regalado y que, en un principio, acepté con todas las precauciones: ¡Malditas películas!, de Miguel Angel Prieto (Editorial T & B). En sus páginas, repasa esas supuestas maldiciones que a lo largo de la historia del cine han ido afectando a películas (El exorcista, La semilla del Diablo…), actores (James Dean, Bruce Lee) o personajes (Superman). Como ya indiqué en un post anterior (Las exclusivas de Friker ) considero una chorrada todas estas historias, de ahí que no estuviera muy seguro sobre lo que me iba a encontrar.

Y sin embargo, el libro no está nada mal. Sólidamente documentado, no entra en el alarmismo fácil y se limita a ir contando los hechos tal y como ocurrieron, indicando las falsedades y exageraciones. Está muy bien el capítulo dedicado a El exorcista, donde se explaya largo y tendido sobre los fenómenos producidos después del estreno. Les resumo: “tumultos, actos de vandalismo, robos y grandes atascos de tráfico” como consecuencia de las enormes colas que se formaron para conseguir entradas. “Espectadores que se desmayaban, vomitaban o sufrían ataques epilépticos y eran sacados de las salas en camilla; acomodadores que dejaban sus trabajos y eran puestos bajo observación médica debido a las sucesivas exposiciones a la perturbadora película (…) Hospitales invadidos por espectadores víctimas de desmayos, náuseas, histeria y alucinaciones…”. Y, por supuesto, un sinnúmero de casos de “posesión demoníaca” en todos los países donde se estrenaba.

Vistas las cosas ya muchos años después, tras diversas secuelas a cual peor y varios pases televisivos que no trajeron consecuencias mayores, cabe pensar en si aquello fue un caso de psicosis colectiva, o una magistral campaña de publicidad. A fin de cuentas, hablamos de una película que sí daba mucho miedo, pero que con el tiempo se ha quedado en una atracción de la Casa del Terror del Parque de Atracciones

domingo, abril 01, 2007

Signos y leyendas

Leo que un incendio provocado ha estado a punto de acabar con el famoso signo de HOLLYWOOD que, colocado en las colinas de Los Angeles, es claramente visible a poco que se conduzca por la ciudad. Hay quien dice que es el cartel más conocido del mundo, y puede que no le falte razón (yo, al menos en este momento, no puedo pensar en otro), pero también es uno sobre los que corre una mayor cantidad de leyendas urbanas. Por ejemplo:

a) Se dice que fue creado para promocionar la meca del cine, pero en sus orígenes no tuvo nada que ver con ello. La verdad es que se montó como el anuncio de una gigantesca operación inmobiliaria que abarcaba toda la zona, conocida entonces como Hollywoodland (el asunto se menciona en La dalia negra). Cuando el nombre de Hollywood pasó a ser sinónimo de cine, la gente empezó a asociar el cartel más con el séptimo arte y menos con la construcción.

b) Como puede verse en esta imagen, en un principio el cartel tenía trece letras y decía HOLLYWOODLAND. La leyenda cuenta que las cuatro últimas letras fueron retiradas después de que muchos actores y actrices fracasados se suicidaran tirándose desde lo alto de la última D. Falso también. Es cierto que hubo casos de suicidio -el último, creo, el de la actriz Peg Entwistle, en 1932- pero no me consta que todos se tiraran desde la misma letra (de hecho, Entwistle utilizó la H), y en todo caso, el nuevo cartel seguía luciendo una hermosa D, con lo que poco habríamos adelantado en ese aspecto. La verdad es que el cambio de nombre se produjo durante una remodelación.

El resto es mito. Como lo es el que uno de los signos más grandes jamás construidos continúe atrayendo las miradas de los turistas cinéfilos sobre Hollywood… cuando hace ya mucho que Hollywood dejó de ser el epicentro del séptimo arte.

miércoles, marzo 07, 2007

With a little help from my friends

Acabo de comprar en DVD una peli que llevaba tiempo deseando ver: The kid stays in the picture, un documental autobiográfico del productor de Hollywood Robert Evans. A principios de los 70, este tipo era la superestrella de la Paramount, después de haber producido éxitos del tamaño de El Padrino, Chinatown o Love Story, que además le permitió conocer a la que sería su mujer, Ali Mc Graw. Como ocurre en las grandes tragedias americanas, a la cumbre le siguió la caída: fue despedido de los estudios y sus problemas con la cocaína le convirtieron en un paria para la industria. Por si fuera poco, tuvo la genial idea de emparejar a su mujer con Steve McQueen en la película de Sam Peckimpah La huida. Resultado: McGraw se lió con McQueen y le abandonó.

Evans, desde luego, no era infalible; hay que recordar que no quiso ni a Al Pacino ni a Marlon Brando para el reparto de El Padrino. Pero durante una temporada su olfato le sirvió para convertir a Paramount en uno de los estudios de mayor éxito en Hollywood. La separación de McGraw, de todos modos, dejó su huella. Sobre todo cuando Steve McQueen le llamó para decirle que pensaban llevarle a juicio para quitarle los derechos de paternidad del hijo que había tenido con McGraw, al que el actor pensaba adoptar y criar como si fuera suyo.

La amenaza de McQueen le llegó a Evans en un momento en que no tenía ni poder, ni influencias, ni dinero. Pero le quedaban algunos amigos. Durante el rodaje de El Padrino, Evans tuvo que tratar con algunos miembros de la, ejem, comunidad italoamericana de Nueva York, que se aseguraron de que el rodaje transcurriera sin problemas, a cambio de ciertas concesiones en el guión (por eso en la película no se pronuncia jamás la palabra mafia). Evans llamó a uno de esos miembros y le contó su problema. “Tranquilo”, le dijeron. “Vas a llamar a McQueen y vais a quedar el día tal, a tal hora, en este motel”.

Según cuenta en su autobiografía, titulada igual que la película, McQueen accedió. Cuando llegó al motel, en la habitación estaban Evans y dos tipos de traje y corbata con evidente acento italiano. Uno de ellos abrió un maletín y sacó un juego de fotografías, que pasó al actor. Evans no aclara qué mostraban, pero sí que, a medida que McQueen las veía, le iba cambiando el color del rostro.

Cuando terminó de verlas, se levantó y salió del motel. El tema de la adopción nunca se volvió a plantear.

(Esta historia puede ser creída, supongo, hasta cierto punto, pero me sorprende la cantidad de libros de cine que pintan a Steve McQueen como un gilipollas. Tenemos las memorias de Polanski, las de Evans, y desde luego, las de Ali McGraw, que cuando recordaba su matrimonio con él ríanse ustedes de Mia Farrow hablando de Woody… En fin; volvamos a ver Bullit y pelillos a la mar).