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sábado, abril 10, 2010

Plano general de la Gran Vía

La Gran Vía de Madrid ha andado estos días muy ocupada con su centenario, o mejor podría decirse que han sido los medios de comunicación los que andan muy ocupados con los cien años de la Gran Vía. Su papel como escenario cinematográfico no ha pasado desapercibido en estas conmemoraciones. Es lo bueno del cine, o al menos del cine rodado en escenarios naturales: con el tiempo, se convierte en uno de los mejores testimonios de imágenes y sonidos sobre la evolución de un país, una ciudad, o incluso una calle tan relacionada con el celuloide como la que nos ocupa.

Los lectores más jóvenes no podrán evitar acordarse de El día de la bestia (Alex de la Iglesia, 1995) cada vez que se fijan en el anuncio luminoso de Schweppes que corona la Plaza del Callao; pero los que vamos teniendo algunos años –tampoco tantos, no se crean- recordaremos que, cruzando la calle, un poco más abajo, tenía su oficina Germán Areta, el detective interpretado por Alfredo Landa que protagonizó las dos entregas de El Crack, de Jose Luis Garci; en la primera de las dos películas, incluso pueden verse algunos planos generales tomados antes de que se instalara el primer McDonalds de España, en la esquina con la calle Silva. La misma calle, por cierto, de donde salía un desorientado Eduardo Noriega en la impactante escena inicial de Abre los Ojos.

Seguro que si nos ponemos, sacamos muchas más películas española que han rodado en alguna zona de esta calle siquiera unas escenas, desde Historias de la radio (1955) de Jose Luis Sáenz de Heredia, a El corazón del guerrero (2000), opera prima de Daniel Celda 211 Monzón, pero la verdad es que a mí, lo que más me apetecía en la entrada de hoy, era hablar de la relación del cine y la Gran Vía vista desde el otro lado de la pantalla, como una de las principales referencias de Madrid a la hora de ver películas; todavía no hace tanto tiempo que toda su trayectoria hervía de cines, comenzando por el Imperial, especializado en películas de Walt Disney, y terminando por el Coliseum, antes de que la propia evolución de la calle y el urbanismo, junto con el auge de los multicines, los fuera cerrando uno por uno. Lo del Imperial es fácil: todos los que tenemos cierta edad hemos visto –más bien, oído- cómo se cepillaban a la madre de Bambi en sus pantallas, pero ¿Y los demás?



Lo curioso, cuando me pongo a recordar los cines de la Gran Vía y las películas que vi en ellos, es que me salen un montón de películas, en fin, pasables, o directamente malas, algunas con su anécdota correspondiente. El motivo era, supongo, que las vi en los años de mi adolescencia, con mis colegas del cole, antes de que la versión original comenzara a florecer por la calle Martín de los Heros y trasladara mis preferencia al sur de la Plaza de España. No todo fue malo, por otra parte: en el Capitol- que aún sigue en activo- disfruté del Superman de Richard Donner y de Apocalipsis Now, en cuyo pase regalaban -¡excepcionalmente!- un folleto en blanco y negro con imágenes y artículos sobre la película, folleto que todavía conservo.

Pero haciendo un poco de repaso… En el extinto Palacio de la Música cayeron engendros como Flash Gordon (Mike Hodges, 1980), y cintas algo más simpáticas como Abyss –no la de James Cameron, sino una peli de intriga de 1977 con Nick Nolte y Jacqueline Bisset, cuyo enorme cartel, que representaba a la Bissett en bikini en un enorme fondo marino, se destiñó en un día de lluvia, tiñendo de azul a los comercios y transeúntes de las proximidades-; en el Avenida, q. e. p. d., me tragué una cinta mexicana titulada Triángulo Diabólico de las Bermudas (René Cardona Jr, 1978), que hoy día no se podría poner ni en Guantánamo… enfrente, en el Palacio de la Prensa, recuerdo Pánico en el estadio (Larry Peerce, 1976), una de intriga con Charlton Heston, y Orca, la ballena asesina (Michael Anderson, 1977), un intento descarado de implicar a estos simpáticos cetáceos en el síndrome de Tiburón; esta, con Richard Harris y Charlotte Rampling.

Un poco más abajo, las cosas mejoraron: en el Gran Vía disfruté de El Muro (1982), de Alan Parker, masacrada entonces por la crítica pero que a un servidor le gustó y le sigue gustando, y en el Pompeya cayeron varias de Woody Allen, entre ellas, desde luego, Manhattan (1979), con lo cual tuve ocasión de contemplar el homenaje a una ciudad emblemática desde el corazón de otra. En el Coliseum recuerdo Capricornio Uno (1977), una de las primeras del luego decepcionante Peter Hyams con un simpático Elliot Gould, y La última locura (1976), de Mel Brooks, que me pareció desternillante a mis trece años… y que luego he evitado cuidadosamente, por si las moscas.

Eran, por lo general, unos cines antiguos, esto es, incómodos hasta decir basta, con butacas fabricadas antes de que se conociera la palabra ergonomía, que convertían el visionado de la película en una heroicidad. El Avenida, en ese sentido, se llevaba la palma. Con todo, lo bueno y lo malo, pertenecen a una época ya pasada, no diré que necesariamente mejor, por cuanto creo que la oferta de películas de hoy día ha ganado en variedad, versión original, y calidad de proyección. Pero todas esas películas –las mías y las suyas- , malas, mediocres, populacheras, quedan grabadas en los recuerdos de infancia y adolescencia de cada uno y, a su manera, como granos de arena, son también parte de la enorme playa que forman los cien años de la Gran Vía.

Dicho lo cual, mi anécdota cinematográfica favorita referida a esta calle corresponde a una escena que jamás se rodó; se dice que en los años sesenta, Luis García Berlanga presentó un guión a la junta de censura, y se encontró con que le prohibían la primera escena, donde todo lo que aparecía en el texto era: “Plano general de la Gran Vía”. Sorprendido, pidió explicaciones… y se las dieron. “Es que, conociendo cómo las gasta usted ¡seguro que aprovecha para meter a dos obispos saliendo de Pasapoga!”


jueves, noviembre 20, 2008

La sombra de una duda...

Si no tienen inconveniente, hoy no voy a contarles nada, sino que más bien se lo voy a preguntar. Es que estoy liado con un articulillo que me ha hecho plantearme una pregunta de vital importancia en la historia del cine y para la cual no tengo la respuesta. Es la siguiente:

¿De verdad hay películas históricas donde aparecen extras con reloj de pulsera?

¿Esto es cierto? ¿O esos supuestos extras no son sino manifestaciones del síndrome de Bin Laden, es decir, que todo el mundo habla de ellos pero nadie los ha visto? ¿Son reales? Y, si lo son ¿en qué pelis salen? ¿Alguien ha visto alguno? ¿Dónde? ¿En qué escena?

Si algún lector puede confirmarme la existencia de uno, que me lo diga con la mayor precisión posible, y así estaremos contribuyendo entre todos al esclarecimiento de una de las mayores leyendas urbanas del Séptimo Arte. Pero, incluso si demostramos su existencia, quedarán más preguntas: ¿Por qué ocurre esto? Es decir, ¿Por qué no se quitan el reloj? ¿Tan bueno es que se lo van a robar si lo descuidan?

Para que no piensen que soy un abusón, les adjunto este vídeo con uno de los casos más flagrantes de extra con reloj que se hayan visto nunca... Pero ustedes ya lo conocen ¿No?.

Por cierto, en el próximo post seguiremos hablando sobre Peter Sellers.

miércoles, noviembre 05, 2008

Resaca electoral



Con las elecciones americanas todavía calentitas, hay una cuestión que me gustaría plantear. Se me ocurrió el sábado pasado –pero he tenido mucho lío y no he podido sentarme al teclado hasta hoy- cuando padecí, digo, escuché, a Juan Tejero hablando con Montserrat Dominguez sobre cine y presidentes americanos en A vivir que son dos días. Tras media hora de rollo -aquí tienen el audio, que no se diga que me invento cosas-, llegué a una conclusión: en la SER pagan a sus colaboradores por tópicos.

Veamos: a la hora de recordar películas con el presidente de Estados Unidos, presentadora y, ejem, experto, parecían decantarse casi exclusivamente por lo facilón y pachangero oh yeah, es decir, cosillas como: Deep Impact (1998. Presidente: Morgan Freeman), Independence Day (1996. Presidente: Bill Pullman), Mars Attacks (1996. Presidente: Jack Nicholson), Air Force One (1997. Presidente: Harrison Ford) Dave, presidente por un día (1993. Presidente: Kevin Kline), ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú (1964. Presidente: Peter Sellers), por supuesto teniendo los dos bien a mano el (esto léase con acento de doblador portorriqueño): ¡Manual del Crítico de Cine Enrollado marca ACME!.


A saber: Independence Day es una película mala, no porque sea mala, que sí que es mala (¿me siguen?), sino por ser patriotiera, militarista y pro yanqui. Vaaaaale. Por el contrario, Mars Attacks es buena, no porque sea buena, que sí que es buena (no se pierden ¿no?) sino por ser una sátira que ataca ferozmente a la sociedad estadounidense. Dios santo, qué bostezos a esas horas de la mañana. Y, por supuesto, ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú debe ser calificada sin pestañeos como obra maestra, aunque cada vez seamos más los que pensamos que –como buena parte de la filmografía de Kubrick- los años le han sentado peor que a Massiel…

En fin; por lo menos tuvieron el buen sentido de acordarse de Punto Límite (Fail Safe, 1964. Presidente: Henry Fonda) con una trama muy similar a ¿Teléfono Rojo?, sólo que aquí en serio, filmada en el mismo año y también producida por Columbia. En cambio, ni una palabra sobre cintas tan estimulantes como Siete Días de Mayo (1964. Presidente: Fredric March) de John Frankenheimer (¡Cuántas películas maravillosas hizo este hombre, y qué poco se le recuerda hoy!), Nixon (1995. Presidente: Anthony Hopkins), Primary Colors (1998. Presidente: John Travolta), o algunas donde el presidente de Estados Unidos no sale en persona, pero es el detonante de toda la trama, como La cortina de humo (Wag the Dog, 1997) y una obra maestra absoluta: Todos los hombres del presidente (All the president’s men, 1976).

Pero lo divertido fue lo de la raza. Hablando de Deep Impact, una de las primeras películas en presentar a un presidente negro, se comentó que Steven Spielberg (que, por cierto, no fue el director de la película, sino solo su productor) sólo podía concebir un presidente negro en una cinta de ciencia-ficción… aquí, para variar, discrepo. Mi teoría personal es que el cine se adelantó a la realidad. Deep Impact se rodó hace sólo diez años, en 1998, y es más que probable que se pensara que la sociedad yanqui ya estaba preparada para ver a un presidente negro… aunque fuera en el cine. En los años posteriores, la serie 24 nos ha ofrecido no a uno, sino a dos presidentes negros (vale, eran hermanos, pero de todos modos… y en la nueva temporada el presidente es una mujer) y poco a poco, la imagen de un negro en el Despacho Oval ha dejado de resultarnos extraña. Desde hace unas horas, ya es una realidad. ¿Es posible que el cine haya tenido algo que ver?

lunes, julio 07, 2008

Viva deportivamente

La verdad, es un poco difícil sustraerse a la fiebre deportiva que invade el país desde hace unas semanas. A los gritos de ¡ESPAÑAAAAAAAAA! con los que fuimos machacados de forma inmisericorde todos los que intentábamos escapar a la obligación de ver los partidos de la Selección, se ha unido la -merecidísima, desde luego- victoria de Rafa Nadal en Wimbledon. Pero yo voy a lo mío, como siempre, y cuando intento comparar la fiebre de los deportes y la fiebre del cine, encuentro que ambos medios de entretenimiento (sí, ya sé que el cine es un arte; pero seguro que habrá quien diga que el fútbol también lo es) tienen bastante mala relación.

La verdad sea dicha: no hay demasiadas disciplinas deportivas que aguanten bien el paso a la pantalla grande. Por lo menos, las que más nos tiran por aquí no tienen mucha suerte. Pensemos en el fútbol. ¿No sería posible hacer una película de ficción que transcurriera en la liga profesional? Nómbrenme una. Y no vale Quiero ser como Beckham, porque ahí el fútbol era solamente una excusa argumental, algo parecido a lo que hizo Woody Allen en Match Point con el tenis, deporte que tampoco ha merecido nunca una traslación cinematográfica digna.

Pensando un poco, se me ocurren algunas excepciones, ninguna completamente lograda. Hace unos años se estrenó la película Wimbledon (2004), una trama de amor de lo más tontorrona protagonizada por Kirsten Dunst, que tenía lugar durante el torneo inglés. Y en el fútbol, lo más recordado es Evasión o Victoria (1981), donde se narraba un partido de prisioneros de guerra contra nazis en la Segunda Guerra Mundial basado, por cierto, en hechos reales (aquí tienen un resumen de lo que verdaderamente ocurrió; siento que esté en inglés); pero como yo no soy de los que se ponen firmes en cuanto oyen el nombre de John Huston -que, sin duda, es autor de varias películas maravillosas-, no me importa decir que esta película es una de la larga lista de truños (Annie, Phobia…) con que el director de El hombre que pudo reinar adornó los últimos años de su currículo.

Esta peli tiene unas cuantas anécdotas encima. De entrada, aún pueden encontrarse páginas Web dedicadas a ella. Y luego es especialmente recordada por las chulerías de Sylvester Stallone que, si recuerdan, interpretaba al prisionero de guerra que paraba el penalty final contra los nazis. La cuestión es que, al principio, había exigido a los guionistas que su personaje debía ser el que metiera el gol de la victoria; estos le contestaron que era un poco difícil, considerando que su personaje era el portero, y tuvieron que inventarse la escena del penalty para aplacarle.

También por aquella época Stallone estaba dedicado a escribir el guión de Rocky III (sí, eso tenía guión, en serio) y le molestaba muchísimo que le llamaran para rodar a menos que estuviera todo preparado, para no perder el tiempo. Un día metieron la pata, y Stallone tuvo que esperar tres horas para comenzar a rodar. Después se dirigió a John Houston y le dijo que aquello era intolerable, y que al día siguiente, llegaría tres horas tarde para compensar.

Si hubiera sido el Huston de antes, quizá la cosa se hubiera arreglado con una pelea a puñetazos como la que, dicen, tuvo con Errol Flynn. Pero ya estaba viejecito, y dejó pasar la cosa. Stallone cumplió su amenaza, y tuvo a todo el equipo esperándole tras horas, incluído su compañero Michael Caine. Cuando por fin llegó, Caine se fue para él y le pidió que hablaran en privado. Todo el mundo se esperaba una bronca de las que hacen época, pero lo que hizo Caine fue decirle con su mejor sonrisa:

- Verás, Sly, anoche estuve de copas y me acosté bastante tarde y bastante mal… así que este retraso tuyo me ha venido de miedo para aprenderme bien mis diálogos de hoy. ¿No podrías hacerme otra vez el favor y llegar un par de horas tarde cualquier otro día?

Stallone cogió la indirecta, y no volvió a retrasarse.

Y sí, ya sé que hay deportes que han tenido más suerte en su paso por el cine. Ya que hablamos de Stallone, el boxeo es uno de ellos (aunque no en sus películas). Quédese para otro día.

martes, enero 08, 2008

La verdad sobre Harry

Tenía unas cuantas cosas pendientes que ir metiendo en este blog los primeros días de enero, cuando me he enterado de la muerte de George MacDonald Fraser. Maldición. La verdad es que me lo veía venir, porque el hombre estaba ya muy mayor, pero no por esperada la noticia afecta menos. Se sabe que en el entierro de Ernst Lubitsch, alguien le comentó a su discípulo y amigo Billy Wilder: “Se acabó Lubitsch”, a lo que este contestó al vuelo: “Peor. Se acabaron las películas de Lubitsch”. Bueno, pues hoy me toca a mi decir: no sólo se acabó George MacDonald Fraser: también se acabó Harry Flashman.

Esta entrada, si quieren, es más literaria que cinematográfica, pero quienes hayan disfrutado como yo de la saga de Flashman reconocerán que no es para menos; para los profanos, indicaremos que las novelas de la serie -publicada en España por Edhasa- recorren la vida de Harry Flashman, hombre de acción, genio militar, caballero sin tacha y uno de los pilares del heroismo militar británico de finales del siglo XIX. Por lo menos, en la versión oficial. Porque en sus diarios, escritos en los últimos días de su larga vida, Sir Harry no tiene el menor empacho en retratarse como el mayor cobarde, traidor, pelotillero, golfo, borracho y oportunista que haya pasado por los ejércitos de su Graciosa Majestad. No existe episodio militar de su época en el que no haya estado envuelto -desde la Carga de la Brigada Ligera al tráfico de esclavos, pasando por la Guerra Civil americana, la guerra del Opio y la masacre de Little Big Horn-, y en el que no se las haya arreglado para portarse como una verdadera rata y salir con vida atribuyéndose las hazañas de otros. Una joyita, vaya. Y precisamente por eso, un personaje irresistible que ha atraído millones de lectores en todo el mundo, entre ellos este bloguero de ustedes.

Si las novelas son más que recomendables, ello no se debe solo a la calidad (enorme) de Fraser como escritor, sino a su habilidad para recorrer algunos de los episodios históricos más relevantes de la época, y a meter en la trama personajes reales, desde Otto Von Bismarck a Jack London, pasando por el general Custer o la princesa Ravolanova de Madagascar. Por si fuera poco, cada novela incluye apéndices con abundante bibliografía sobre los hechos y personajes que en ella aparecen, lo que permite al lector curioso ampliar horizontes. Y luego, por supuesto, está la prosa, más británica que Winston Churchill y David Niven juntos. Los que sepan ingles no pueden bajo ningún concepto perderse estas novelas en versión original.

Claro que, cuando hablamos de cine… la verdad es que Fraser fue también guionista, si bien contribuyó a pocas películas memorables, aunque adaptó Los tres mosqueteros en al menos tres ocasiones; se recuerda más su guión para Octopussy (1983), quizá el Bond más aburrido de toda la etapa de Roger Moore. Pero peor suerte tuvo su personaje: Flashman fue llevado a la pantalla en 1975, en una cinta dirigida sin demasiada puntería por el casi siempre interesante Richard Lester (amigo de Fraser) que se estrenó en España con el horrendo título de El cobarde heroico.

La cosa no funcionó y, si quieren mi opinión, por varios motivos: primero, cogieron la novela más floja de toda la serie de Flashman, Royal Flash, que no es sino una adaptación bastante personal de El prisionero de Zenda. Y luego, eligieron como protagonista a Malcolm McDowell, actor bastante horrible y completamente inadecuado para interpretar a Flashman que, recordemos, es capaz de engañar hasta a su madre con su porte de héroe militar.

Hubo un intento, y no más. Quizá la muerte de Fraser anime a alguna productora a hacer otro intento con Flashman. Desde luego, se lo merece. Mientras tanto, hoy no les voy a decir que se vayan a ver ninguna película: corran más bien a una librería y prepárense para morirse de risa.

miércoles, diciembre 19, 2007

Los Reyes... no son nadie

El amigo Lynx, frecuentador de este blog, incluía el otro día en el suyo una convincente lista de razones por las que hay que preferir a los Reyes Magos antes que a Papa Noel. Yo estoy completamente de acuerdo en todas, y aún se me ocurre alguna más… Pero qué quieren que les diga, si hemos dejado que ese gordinflas seboso, explotador de elfos sin contrato y vestido siempre como una lata de Coca-Cola (compañía con la que, sospecho, tiene algún acuerdo poco honorable) les gane por la mano a nuestros Reyes de toda la vida, más culpa tenemos. Papa Noel tiene sopotocientas películas dedicadas a él, por no hablar de especiales de televisión, shows navideños, aparición como artista invitado en series de divas y anuncios comerciales... Y los Reyes Magos, ¿qué tienen?

Probablemente yo esté equivocado, pero juraría que la única película que el cine español ha dedicado a los sabios de Oriente fue la producción de dibujos animados Los reyes Magos, estrenada en 2003, que por cierto, constituyó un éxito de taquilla y contribuyó a abrir la animación como uno de los dos géneros en los que nuestro cine, por fin, empieza a quitarse las legañas (el otro es el terror). Un poco tarde, si quieren mi opinión. Porque yo juraría que a lo largo del siglo XX el cine español no les ha dedicado ni una sola película. Si algún lector tiene datos al respecto, que avise.

¿Quiere esto decir que los Reyes Magos, salvo esta excepción, nunca han aparecido en el cine? No exactamente; lo han hecho de vez en cuando, pero bastante camuflados. Uno de los casos más recientes es Tres Reyes (1999), la peli de David O. Russell, donde son tres marines que acaban ayudando a la población iraquí en la primera Guerra del Golfo. Luego tenemos La primera noche de mi vida (1988), de Miguel Albadalejo, donde se las arreglaba para meter algo parecido a los Reyes Magos en un barrio de la periferia de Madrid. Y luego, sin lugar a dudas, tenemos Tres Padrinos (1948), de John Ford. Un western, ni más ni menos. Pero un western navideño.

El argumento de esta película merece recordarse: los tres padrinos, con John Wayne al frente, son en realidad tres bandidos que piensan atracar el banco del pueblo de turno. Perseguidos por el sheriff, optan por adentrarse en el desierto para escapar. Allí encuentran a una mujer moribunda con un bebé en brazos, que les pide que cuiden de él. Tras morir la mujer siguen su periplo, ahora con el recién nacido, en busca del pueblo más cercano. Sólo Wayne lo consigue, y el pueblo al que llega se llama, ya es casualidad, New Jerusalén. Por si las cosas no quedaran claras, cuando un deshidratado John Wayne entra en el saloon con el bebé en brazos, el pianista está tocando Noche de Paz. Aquí no se ha visto demasiado, pero en Estados Unidos es considerada -con toda justicia- una película de Navidad.

Así que no nos quejemos. ¡Hasta los americanos tienen más imaginación para filmar a los Reyes Magos que nosotros!

P. D. Sobre el post anterior, donde les hablaba del especial de vacaciones de La guerra de las galaxias, ¡he encontrado un bloguero español que consiguió verlo! Aquí les dejo su crónica, para que vean que no les exageraba; no tiene desperdicio (la crónica, se entiende, no el especial).

jueves, septiembre 20, 2007

La carretera

Se cumple estos días el cincuenta aniversario de la publicación de On the road, la novela emblemática no sólo de su autor Jack Kerouac, sino de todo aquel movimiento, tan social como literario, que sacudió Estados Unidos en los años 50 y que ha quedado para la historia con el nombre de generación beatnik (o beat, según gustos). Como cabía esperar, nuestra prensa se ha llenado de artículos donde sesudos escritores y columnistas han usado a Kerouac para hablar de ellos mismos, o sea, para recordar los tiempos en los que leyeron On the road y lo que el libro significó para ellos en aquellos años suyos de juventud y rebeldía. Hasta que llegaron la hipoteca, los trienios y, en algunos casos, el coche oficial.

Pues miren, no se van a librar de que yo haga lo mismo: leí On the road con dieciséis años, una edad estupenda para escapar de inquietudes y confinamientos más o menos imaginarios viajando línea a línea en la trasera del coche de Neal Cassady. A este siguieron otros -Los vagabundos del Dharma, Ángeles de desolación- y luego la huella que dejaron se fue borrando a medida que mis gustos y curiosidades se adentraban en otros autores y otros estilos. El libro -en edición de Bruguera de 1980- sigue aquí, en casa, aunque apenas lo he abierto desde entonces, entre otras razones, por miedo a que se me derrumbe en una relectura, como pasa con tantas novelas (y películas) que mitificamos en la adolescencia.

¿Pero esto no era un blog sobre cine?

Claro, y a eso vamos. On the road es una novela que, aunque jamás se ha llevado al cine, constituye uno de los proyectos más queridos de Francis Ford Coppola, que ha anunciado repetidas veces su intención de filmarla. Y ha habido intentos, esbozos de guión, tanteos con el reparto, pero de alguna manera el proyecto nunca acabó de despegar (ahora dicen que llegará en 2009, aunque Coppola sólo producirá). Sin embargo, yo me estaba acordando de otra película que se acercó de manera impecable al mundo de los beatniks. El cartel lo tienen ahí arriba. En España se estrenó como Generación perdida (1980) y su director fue uno de los realizadores norteamericanos más interesantes de los 70, John Byrum. No está basada en ningún libro de Kerouac, sino en las memorias de Carolyn Cassady, la mujer de Neal -el miembro más importante de la generación, y el único que jamás escribió una línea-, interpretada aquí por Sissy Spacek. El resto del reparto está a su altura: John Heard como Kerouac y Nick Nolte como Neal Cassady. Tanto me gustó esta película que conseguí el póster en el Rastro de Madrid, y estuvo clavado en mi habitación durante bastantes años.

Ya les digo, las cosas cambian, y los gustos también. Y la verdad, tengo más ganas de volver a ver Heart beat que de releer On the road. Si la encuentran, no se la pierdan. Y si no han leído On the road, pues láncense, sobre todo los más jóvenes. Aunque ha pasado el tiempo, estoy seguro de que sigue siendo un libro imprescindible para ciertas edades, antes de que lleguen esos días en los que uno se da cuenta de que el alma le va pidiendo aparcar el coche. Pero, mientras tanto... carretera y manta.

martes, agosto 28, 2007

Tom y su subvención

A la hora de tocar el siempre espinoso tema de las subvenciones o ayudas públicas al cine, no estaría de mal recordar un par de datos que, curiosamente, siempre son olvidados por sus enemigos más acérrimos, a saber: todos, absolutamente todos los países europeos, cuentan con programas de ayudas públicas para su industria cinematográfica. Muchos de ellos destinan a este fin bastante más fondos que España, fondos que se mantienen independientemente de la ideología del gobierno de turno. Derechas, izquierdas o centro, consideran necesario apoyar a su industria.

Ya que estamos hablando del caso, desconozco cómo funciona la cosa en otros países, pero sí tengo alguna idea del proceso en el cine español. A grandes rasgos: la ayuda a una película nunca puede superar el 30 por ciento de su presupuesto. El resto del dinero hay que buscarlo en entidades privadas. Y el productor -no el director ni los actores- sólo tendrá acceso a esa cantidad a los dos años de la fecha de estreno. Puede -y debe- discutirse si este sistema es o no mejorable, pero desde hace unos años, es el que tenemos. Y, como ya les he dicho, no somos los únicos.

Pero queda la pregunta del millón (y nunca mejor dicho). ¿Subvenciones para qué? Mi opinión -estrictamente personal, y aquí cada uno, por supuesto, puede poner la suya- es que este tipo de ayudas deben ir encaminadas a promocionar un determinado campo -festivales, exposiciones- o a contribuir a su difusión -llevar una película a los Oscar o a Cannes cuesta mucho-, y que las ayudas a las producciones deben ser miradas con lupa, caso por caso. No creo que Almodóvar, a estas alturas, con su fama y sus contactos, necesite dinero público para hacer sus películas; como tampoco veo que, por motivos muy distintos, haya que darle un duro a cosas como Ekipo Ja!, perpetrada por el rubio de los Cruz y Raya, que se ha convertido en la segunda película española más vista del año.

Y otro que tampoco creo que necesite subvenciones es Tom Cruise, que no sale en la foto de hoy sólo para hacer bonito. La imagen corresponde a Valkirie, la película que está rodando actualmente en Alemania donde da vida a Claus von Stauffenberg, uno de los oficiales que intentaron asesinar a Hitler durante la II Guerra Mundial. La cinta ya ha provocado bastante polémica por diversos motivos: desde las chorradas habituales de que no quieren a Cruise en Alemania por ser cienciólogo (yo creía que las creencias de cada persona, bien sea estrella de cine o bloguero, son cosa suya, pero debe ser que Tom va infectando a la gente allá por donde pasa), a un accidente ocurrido durante el rodaje donde han resultado heridos once extras. Cuando la prensa daba cuenta de este último hecho, el pasado día 21, comentaban como de pasada lo siguiente: “el filme cuenta con subvenciones públicas de unos cinco millones de euros”.

¿Perdón? ¿Subvenciones? ¿a Valkirie? Verán, es que no estamos hablando precisamente del último proyecto indie, sino de una superproducción en toda regla. El director es Bryan Singer, que tiene detrás películas de la talla presupuestaria de los X-Men, o el último Superman. Y en cuanto a Cruise, su tarifa para ponerse delante de una cámara empieza en los 20 millones de dólares, más porcentaje de los beneficios brutos (sólo por la primera Misión Imposible, se calcula que ganó unos 70 millones en total). No están precisamente necesitados de fondos. Así que no entiendo de dónde han salido esas subvenciones públicas, ni con qué finalidad se les han concedido, cuando con ese dinero hay para hacer tres o cuatro películas como La vida de los otros.

Las subvenciones pueden ser mayores o menores, quizá, según van opinando algunos en la encuesta, ni siquiera deberían ser; pero ya que existen, lo más lógico sería procurar repartirlas con algo de lógica. Y en esta lógica no entran los estudios de Hollywood (United Artists, en este caso) ni las megaestrellas. Me he enrollado un poco, pero me he quedado a gusto, eso sí. Espero sus opiniones.

martes, julio 24, 2007

Películas que no veremos



¿Qué tienen en común la detención del atracador de bancos conocido como El Solitario y la batalla de Bailén? Nada, en principio; pero no me negarán que ambas historias no son una base excelente para una película. El primer caso podría dar lugar a un magnífico thriller, de esos que, para más morbo, se anuncian como “basado en hechos reales”, y el segundo a una producción histórica repleta de acción, sangre y muerte, recordando la primera vez que en Europa se le dio caña de lomo a las fuerzas de Napoleón. Sin embargo, creo que hay pocas posibilidades de que veamos una ni otra. Cualquier asesino en serie o criminal norteamericano tendrá dedicado, como mínimo, un telefilme o, con más suerte, una excelente superproducción, al estilo de Zodiac, de David Fincher (en la foto). Y en cuanto a los conflictos históricos… Todos los españolitos nos conocemos la historia de El Álamo –que tiene dos películas dedicadas, la de John Wayne de 1964 y la de John Lee Hancock, excelente, de 2004-, pero la mayoría no tiene la menor idea de lo que pasó en esa población de Jaén hace 199 años.

El segundo centenario de la batalla de Bailén sería una magnífica fecha para estrenar esa producción española con, un suponer, Carmelo Gómez como el general castaños y Pilar López de Ayala como María Bellido. Pero creo que ya nos podemos ir olvidando. Para emprender un proyecto como ese hace falta una industria cinematográfica que realmente funcione, dispuesta a arriesgar –porque esta hipotética película, para hacerla bien, saldría desde luego bastante cara- y a meterse en temas que, bien contados, podrían interesar al público, como han hecho las cinematografías norteamericana e inglesa, entre otras, desde que el cine es cine. Con la sana idea de crear una película que meta al cine en las salas a saco, y forrarse con la recaudación conseguida legítimamente. En su lugar, seguimos utilizando a excelentes profesionales en proyectos con mucho onanismo mental y poco talento.

En cuanto a la historia de El Solitario, no me digan que no ven, por ejemplo, a Luis Tosar con su mejor cara de paranoico y pegando tiros como un descosido. Aquí la historia se beneficiaría, además, de que tiene un final. Volviendo a Zodiac, a la que he mencionado antes, a pesar de haberse estrenado hace poco ,casi ha desaparecido ya de las pantallas, y eso que la crítica la ha puesto por las nubes de forma casi unánime. ¿Puede deberse a que la gente ya conoce el final, ya sabe que Zodiaco (lo pongo así, en español, porque si no me suena a barca hinchable) no fue capturado jamás y su identidad sigue siendo un misterio al día de hoy?. Y una película sin final, por muy fascinante que sea su desarrollo, siempre acaba decepcionando un poco.

Quizá por eso la primera aparición de Zodiaco en el cine tuvo otra resolución. Fue en Harry el Sucio (Don Siegel, 1973) nada menos, donde Clint Eastwood se enfrentaba a un asesino en serie llamado Scorpio. Scorpio está basado claramente en Zodiaco, aunque no desvelamos ningún secreto si decimos que, al final de la película, Harry lo cose a tiros. El cine, siempre arreglando la realidad. Pero a lo mejor por eso nos gusta.

martes, mayo 01, 2007

Esta NO es la historia del Huracán

Esta noche, TVE1 emite Huracán Carter (1999), de Norman Jewison. La conocen, supongo. Si no, lean la reseña que de la misma hace Miguel Angel Palomo hoy en El País:

“Bob Dylan popularizó en su legendaria Hurricane el drama de Rubin Carter, el boxeador que, camino del título mundial, fue acusado injustamente de un triple crimen y condenado a cadena perpetua. Carter cometió el error de ser negro en los Estados Unidos de los sesenta”.

Aunque soy muy consciente de los derechos (o la falta de los mismos) que la gente de color tenía en los Estados Unidos en 1966, y aunque soy un fan declarado de Bob Dylan y de su canción Hurricane, el amigo Palomo debería informarse un poco antes de meter tanta falsedad políticamente correcta. Huracán Carter, méritos cinematográficos aparte, es una de las películas que más ha alterado la realidad para adaptarla a la imagen de su protagonista.

No voy a extenderme con los detalles del crimen por el que supuestamente se inculpó a Carter, pero convendría recordar que, gracias a la presión ejercida por famosos como Muhammad Ali o el mismo Dylan, el boxeador gozó de un segundo juicio nueve años después, con un nuevo jurado que no encontró motivos para declararle inocente. Algunos de las personas que siguieron el caso de cerca, nada sospechosas de racismo (el odioso detective Della Pesca que aparece en la película es un personaje inventado), estaban convencidas de la culpabilidad de Carter. Uno de ellos fue el periodista de Nueva Jersey Joseph Deal, que siguió el caso exhaustivamente y que aún hoy mantiene una págína web donde pueden consultarse todos los detalles.

La cinta, además, pasa de puntillas sobre los antecedentes violentos de Carter, y lo presenta como alguien que, fuera del ring, sería incapaz de hacer daño a una mosca. La verdad es que antes de salir de la adolescencia contaba con una completísima ficha policial, que incluía, entre otros muchos delitos, un apuñalamiento (que en la película aparece como autodefensa contra un pervertido). Y en el segundo juicio, cuatro testigos que habían apoyado la coartada de Carter confesaron que habían cometido perjurio, influídos por el boxeador. Pero nada de esto aparece en la película de Jewison.

Aunque la mayor falsedad sea, probablemente, la correspondiente a su pelea con Joey Giardello, Campeón de Pesos Medios en 1964. Por mucho que Dylan (y Palomo) quieran hacernos creer que Carter iba “camino del título mundial”, lo cierto es que no era sino uno de tantos contendientes. Giardello le derrotó a los puntos sin mayores problemas. Sin embargo, la película convierte lo que fue un combate bastante igualado en una superioridad aplastante de Carter, que sin embargo acaba perdiendo a los puntos porque los jueces de la pelea debían ser, por lo menos, miembros del Ku Klux Klan.

Giardello demandó a la productora por difamación, y retiró la demanda tras un jugoso acuerdo extrajudicial. Jewison reconoció posteriormente que, en la vida real, Giardello ganó sin ningún género de dudas. Podríamos seguir señalando falsedades unas cuantas páginas más, pero creo que las cosas están más o menos claras. Ya se sabe que Hollywood tiende a embellecer sus biografías; pero creo que habría que tener más cuidado cuando se sacan a colación temas del calibre del racismo y de un triple asesinato.

viernes, marzo 30, 2007

Noche de clásicos

Lo de la TDT es a veces para fliparlo en colores. O en blanco y negro, que es lo que me pasó a mí anoche. De repente, a eso de las diez, es decir, en pleno prime time, me meto en el canal 8 Madrid y veo que están pasando ¡El chico! (1920) de Chaplin. Ya sé que en este canal uno se puede encontrar con películas de lo más raro, pero meter una de cine mudo un jueves en horario de máxima audiencia… Bueno, pues si no querías caldo: termina la de Chaplin y con un par nos sueltan El acorazado Potemkin (S. M. Eisenstein 1925).

Confieso que me metí una buena ración de Potemkin antes de irme a la cama. Pero es que la película se deja ver sola, y no solo es que no haya envejecido, es que si no fuera por el hecho ineludible de que es muda, uno podría pensar estar viendo una película filmada diez, veinte años después, tanta es la modernidad de su estructura y la facilidad con que la sucesión de planos maestros, impactantes, nos va llevando por su historia sin que podamos apartar los ojos de la pantalla. No sólo ha sobrevivido al tiempo, sino también a su propia mitología, que en España se tradujo en aquellas proyecciones semiclandestinas de finales del franquismo, con mucha barba y mucha trenka, mucho humo de ducados y bisontes llenando la habitación, y el inevitable cineforum (nunca menos de dos horas) que seguía a la película, fuertemente impregnado de sociología y marxismo teórico y que yo creo que tenía que dejar peores secuelas que una resaca de pippermint.

Es curioso que dos de las películas que probablemente más hayan hecho por definir el lenguaje cinematográfico representen ideologías contrarias, aunque igualmente rechazables: el Potemkin es una glorificación del comunismo y el régimen soviético, que tantas bendiciones trajo a quienes disfrutaron de él (sobre todo a los que quedaron vivos); y El nacimiento de una nación (David W. Griffith), filmada diez años antes, es una apología del racismo y de aquellos chicos tan simpáticos del Ku Klux Klan, que si no fuera por ellos a ver si se nos iban a desmandar los trabajadores a jornada completa del cafetal. Pero las cosas son como son, o fueron como fueron, y el mundo ha avanzado lo bastante desde entonces como para que, al volverlas a ver, dejemos a un lado la ideología y nos limitemos a disfrutar del talento.

Aunque alguna inexactitud histórica hay por aquí: en la vida real, cuando los soldados cargaron contra el pueblo en las escaleras de Odessa, lo hicieron subiendo las escaleras, y no bajándolas.

sábado, marzo 24, 2007

Y con estos ya son 600

Si me ha gustado Sin City, y además soy un admirador de Frank Miller, ¿Por qué me da tanta pereza ir a ver 300? A lo mejor es porque tengo la sospecha que, en esta ocasión, la idea de traslación total de un cómic a la pantalla, incluso respetando el color y la textura de las viñetas originales, no va a funcionar. Sin City se beneficiaba de diversas tramas que se sucedían o entrelazaban, lo que hacía fluir el argumento sin trabas; en 300, a partir de cierto momento, todo es lucha, lucha y más lucha, que en las viñetas del cómic original sirve al dibujante para desplegar todos sus recursos, pero que en el cine puede acabar cansando; que diez mil persas son muchos persas.

Luego está toda la polémica que se ha generado sobre la película, sobre su glorificación de la violencia y cosillas similares, con estos espartanos tan machotes enfrentándose a un ejército de persas de lo más metrosexual… y claro, el asunto de las inexactitudes históricas. Sin ir más lejos, en el cómic tenemos a los espartanos haciendo fondos sobre una mano, con los oficiales en plan sargento de marines: “¿te estás divirtiendo, espartano?“ “¡Señor, sí, señor!”. Convendría recordar que esta película no pretende reproducir fielmente la batalla de las Termopilas, sino la visión de la misma que ha llevado al cómic Frank Miller. La gesta de los 300 ha sido llevada en otras ocasiones a la pantalla; y también, aunque nadie parezca acordarse de ello, al cómic.

La primera vez que yo leí una historieta centrada en esta batalla fue a finales de los 70, cuando eché las garras sobre una obra maestra, Mort Cinder, con guión del argentino Hector Oesterheld y dibujos de su compatriota Alberto Breccia. El protagonista, el hombre de las mil y una muertes, vive entre sucesivas reencarnaciones y saltos en el tiempo. Y en una de ellas es soldado en la batalla de las Termópilas, en 27 páginas hermosas y estremecedoras, con la poesía y la reflexión alternándose con la masacre. Uno de los mejores trabajos de Oesterheld, que desgraciadamente no tuvo muchas más oportunidades de dar muestras de su talento, gracias a los señores de la junta militar argentina, y a sus putísimas madres.

Si les apetece, Planeta publicó una nueva edición, algo más conseguida que la de Lumen, un tanto primitiva, que es la que yo tengo. Comparar los dos cómics es un ejercicio estimulante y curioso. Luego, si quieren, vayan a ver la peli. Ya me contarán.

lunes, enero 22, 2007

Apocagybson



Pues qué quieren que les diga, tengo bastante ganas de ver Apocalypto. Estoy convencido de que la película me va a sorprender más que los comentarios que ya se han hecho sobre ella… y sobre su director, tan previsibles como cansinos: Gibson, el facha. Gibson, el antisemita. Gibson, el machista. Gibson, el sádico. Gibson, el borrachuzo. Un montón de rasgos negativos que convierten al cineasta en algo así como la reencarnación de Lord Voldemort, y que por supuesto, debemos entender, se extienden a su cine, así que lo mejor es abstenerse de verlo. Qué pereza, señor.

Curiosamente, son los dos periódicos más apartados entre sí ideológicamente los que coinciden en presentarnos la película como una afrenta intolerable a una civilización milenaria: Para La Razón, Apocalypto “ha levantado las iras del pueblo maya”. Según El País, “Intelectuales, artistas y críticos mexicanos atacan duramente el filme sobre los mayas”. Luego uno se lee los textos, y ambos diarios citan como fuente principal al escritor maya Jorge Miguel Pocom Pech, que, en una entrevista al periódico La Jornada, ha acusado a la cinta de distorsionar la historia y de presentar a los mayas como un pueblo violento y primitivo, por lo que exige que Gibson “Nos debe pedir disculpas”. La otra fuente autorizada es, cielos, la premio Nóbel Rigoberta Menchú, que, nos cuenta El País, “no duda de que se trata de una visión equivocada de sus antepasados, a los cuales la cinta presenta como bárbaros”. Si lo dice ella, habrá que hacerle caso, porque esta mujer ha probado ser una especialista en falseamientos de la realidad… como prueban los, ejem, retoques que introdujo en su propia biografía. Ah, y de paso reconoce que no tiene necesidad de ver la película para opinar sobre ella. Y uno que se pensaba que para cerrazón mental ya tenía bastante con la COPE…

Aquí parece que a nadie le ha quedado tiempo para contestar a la pregunta clave, la única que importa: ¿es Apocalypto una buena película, o no? Para hacerme una idea más clara, recurro a los chicos del Tendido 7, es decir, a la revista Dirigido por, donde si a un crítico le gustan más de tres películas en un año le despiden por nenaza. Pero eso sí, jamás han dejado que su ideología personal se interponga en su trabajo. Y en cuatro páginas del número de enero, Antonio José Navarro disecciona la película sin prejuicios y, señores, me pone los dientes largos. Cito una parte del texto: “aunque nos disguste un sujeto fascistoide y grotesco llamado Mel Gibson, existe otro Mel Gibson que vive única y exclusivamente en la gran pantalla. (…) Ese otro Gibson ha devuelto la tragedia, la épica, la aventura, a sus fuentes primitivas originales (…), con el propósito de articular un discurso nihilista sobre los seres humanos y sus pasiones y, de este modo, revelarse como un filósofo / cineasta inmoderado que no se humilla ante los dictados de la political correctness”.

Hay películas buenas o malas. Las haga quien las haga. El resto es fanatismo y estupidez, y perdón por la redundancia. Y si uno se emperra en ir pidiendo el carné como condición previa para conocer o disfrutar de algo, puede acabar como Sam Wood (y así llegamos a la anécdota de hoy), director de las películas de los hermanos Marx Una noche en la opera y Un día en las carreras que, cuando hizo testamento en su lecho de muerte, estableció que gran parte de sus bienes pasarían a su hija… a menos que se hiciera comunista o se casara con uno, en cuyo caso quedaría desheredada automáticamente. Menos prejuicios, y a disfrutar del cine, por favor.