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sábado, abril 10, 2010

Plano general de la Gran Vía

La Gran Vía de Madrid ha andado estos días muy ocupada con su centenario, o mejor podría decirse que han sido los medios de comunicación los que andan muy ocupados con los cien años de la Gran Vía. Su papel como escenario cinematográfico no ha pasado desapercibido en estas conmemoraciones. Es lo bueno del cine, o al menos del cine rodado en escenarios naturales: con el tiempo, se convierte en uno de los mejores testimonios de imágenes y sonidos sobre la evolución de un país, una ciudad, o incluso una calle tan relacionada con el celuloide como la que nos ocupa.

Los lectores más jóvenes no podrán evitar acordarse de El día de la bestia (Alex de la Iglesia, 1995) cada vez que se fijan en el anuncio luminoso de Schweppes que corona la Plaza del Callao; pero los que vamos teniendo algunos años –tampoco tantos, no se crean- recordaremos que, cruzando la calle, un poco más abajo, tenía su oficina Germán Areta, el detective interpretado por Alfredo Landa que protagonizó las dos entregas de El Crack, de Jose Luis Garci; en la primera de las dos películas, incluso pueden verse algunos planos generales tomados antes de que se instalara el primer McDonalds de España, en la esquina con la calle Silva. La misma calle, por cierto, de donde salía un desorientado Eduardo Noriega en la impactante escena inicial de Abre los Ojos.

Seguro que si nos ponemos, sacamos muchas más películas española que han rodado en alguna zona de esta calle siquiera unas escenas, desde Historias de la radio (1955) de Jose Luis Sáenz de Heredia, a El corazón del guerrero (2000), opera prima de Daniel Celda 211 Monzón, pero la verdad es que a mí, lo que más me apetecía en la entrada de hoy, era hablar de la relación del cine y la Gran Vía vista desde el otro lado de la pantalla, como una de las principales referencias de Madrid a la hora de ver películas; todavía no hace tanto tiempo que toda su trayectoria hervía de cines, comenzando por el Imperial, especializado en películas de Walt Disney, y terminando por el Coliseum, antes de que la propia evolución de la calle y el urbanismo, junto con el auge de los multicines, los fuera cerrando uno por uno. Lo del Imperial es fácil: todos los que tenemos cierta edad hemos visto –más bien, oído- cómo se cepillaban a la madre de Bambi en sus pantallas, pero ¿Y los demás?



Lo curioso, cuando me pongo a recordar los cines de la Gran Vía y las películas que vi en ellos, es que me salen un montón de películas, en fin, pasables, o directamente malas, algunas con su anécdota correspondiente. El motivo era, supongo, que las vi en los años de mi adolescencia, con mis colegas del cole, antes de que la versión original comenzara a florecer por la calle Martín de los Heros y trasladara mis preferencia al sur de la Plaza de España. No todo fue malo, por otra parte: en el Capitol- que aún sigue en activo- disfruté del Superman de Richard Donner y de Apocalipsis Now, en cuyo pase regalaban -¡excepcionalmente!- un folleto en blanco y negro con imágenes y artículos sobre la película, folleto que todavía conservo.

Pero haciendo un poco de repaso… En el extinto Palacio de la Música cayeron engendros como Flash Gordon (Mike Hodges, 1980), y cintas algo más simpáticas como Abyss –no la de James Cameron, sino una peli de intriga de 1977 con Nick Nolte y Jacqueline Bisset, cuyo enorme cartel, que representaba a la Bissett en bikini en un enorme fondo marino, se destiñó en un día de lluvia, tiñendo de azul a los comercios y transeúntes de las proximidades-; en el Avenida, q. e. p. d., me tragué una cinta mexicana titulada Triángulo Diabólico de las Bermudas (René Cardona Jr, 1978), que hoy día no se podría poner ni en Guantánamo… enfrente, en el Palacio de la Prensa, recuerdo Pánico en el estadio (Larry Peerce, 1976), una de intriga con Charlton Heston, y Orca, la ballena asesina (Michael Anderson, 1977), un intento descarado de implicar a estos simpáticos cetáceos en el síndrome de Tiburón; esta, con Richard Harris y Charlotte Rampling.

Un poco más abajo, las cosas mejoraron: en el Gran Vía disfruté de El Muro (1982), de Alan Parker, masacrada entonces por la crítica pero que a un servidor le gustó y le sigue gustando, y en el Pompeya cayeron varias de Woody Allen, entre ellas, desde luego, Manhattan (1979), con lo cual tuve ocasión de contemplar el homenaje a una ciudad emblemática desde el corazón de otra. En el Coliseum recuerdo Capricornio Uno (1977), una de las primeras del luego decepcionante Peter Hyams con un simpático Elliot Gould, y La última locura (1976), de Mel Brooks, que me pareció desternillante a mis trece años… y que luego he evitado cuidadosamente, por si las moscas.

Eran, por lo general, unos cines antiguos, esto es, incómodos hasta decir basta, con butacas fabricadas antes de que se conociera la palabra ergonomía, que convertían el visionado de la película en una heroicidad. El Avenida, en ese sentido, se llevaba la palma. Con todo, lo bueno y lo malo, pertenecen a una época ya pasada, no diré que necesariamente mejor, por cuanto creo que la oferta de películas de hoy día ha ganado en variedad, versión original, y calidad de proyección. Pero todas esas películas –las mías y las suyas- , malas, mediocres, populacheras, quedan grabadas en los recuerdos de infancia y adolescencia de cada uno y, a su manera, como granos de arena, son también parte de la enorme playa que forman los cien años de la Gran Vía.

Dicho lo cual, mi anécdota cinematográfica favorita referida a esta calle corresponde a una escena que jamás se rodó; se dice que en los años sesenta, Luis García Berlanga presentó un guión a la junta de censura, y se encontró con que le prohibían la primera escena, donde todo lo que aparecía en el texto era: “Plano general de la Gran Vía”. Sorprendido, pidió explicaciones… y se las dieron. “Es que, conociendo cómo las gasta usted ¡seguro que aprovecha para meter a dos obispos saliendo de Pasapoga!”


domingo, abril 04, 2010

Con musho arte

Mi padre fue crítico taurino en su juventud; y yo, en la mía, también viví una época donde se me despertó una cierta afición a la lidia, hasta que tuve mi particular caída camino de Damasco; sencillamente, aquello comenzó a parecerme una total y absoluta salvajada. Y hasta hoy. Con todo, no estoy en absoluto de acuerdo con esta campaña surgida sobre una posible prohibición en Cataluña, porque a) los verdaderos motivos para fomentar el veto tienen mucho que ver con torticerías políticas y poco con una verdadera preocupación el bienestar animal y b) la palabra “prohibir” me suele provocar sudores fríos en la mayoría de los casos.

Pero la polémica surgida a raíz de todo este asunto ha provocado una polémica secundaria interesante, cuando Madrid y alguna otra comunidad han declarado los toros Bien de Interés Cultural, o algo así. Esperanza Aguirre ha justificado su iniciativa recurriendo a la importancia que han tenido en la obra de autores como Lorca o Picasso. Ah, Lorca y Picasso. Que harían los políticos sin ellos. O mejor dicho, qué harían sus asesores de comunicación, los que les escriben los discursos. Tú menciona a Lorca y a Picasso y quedas como Zeus, aunque al primero lo confundas con Miguel Hernández –muy de moda también últimamente- y del segundo no hayas visto ni el Guernica. La verdad es que la líder –ya que estamos tan cultos hoy, aclaremos que eso de lideresa es una soberana idiotez- de la Comunidad de Madrid, o cualquier otro político llegado el caso, podría haber profundizado un poco más y haber seguido, no ya con Hemingway, que eso se da por descartado, sino con Angel María de Lera y su novela Los clarines del miedo, o con Fernando Quiñones y ese prodigio de libro de relatos que es La Gran Temporada, donde su cuento Los toros del Puerto finaliza con una de las frases más desgarradoras que un servidor ha leído jamás: "giró sobre un talón pensando que había cumplido aquel día treinta y dos años, y que la vida de los perros no suele exceder de quince".

No tengo muy claro si los toros son o no cultura en sí mismos, pero desde luego sí han generado cultura. ¿Y en el cine, que es a fin de cuentas de lo que sigue tratando este blog? Pues se podrían citar unas cuantas películas, entre las que destacan, por sus numerosas versiones, Sangre y Arena y Currito de la Cruz. La primera, basada en la novela de mi tocayo Blasco Ibáñez, cuenta con plasmaciones en la pantalla de peso, como la de 1922 con Rodolfo Valentino y la (mejor, por cierto) de 1944, con Tyrone Power y Rita Hayworth, dirigidos además por Rouben Mamoulian. La tercera, de 1989, se recuerda sobre todo por haber sido rodada en España y contar con la participación de una Sharon Stone de la que todo el equipo acabó tan harto que de muy buen grado le hubieran clavado una estocada hasta la bola. En cuanto a Currito… melodrama racial y carpetovetónico, que ha conocido cuatro versiones, yo personalmente recomiendo la de Rafael Gil de 1965, que provoca risas de puro cursi y tiene a Arturo Fernández haciendo de torero chulo, envidioso y malvado, que al final es fatalmente corneado por un morlaco como justo castigo a su perversidad.

El toreo y el celuloide se han unido con más suerte en dos cintas en concreto: una, el documental Tú sólo rodado en 1984 por Teo Escamilla, uno de nuestros mejores directores de fotografía, centrado en los sueños y esperanzas de los chavales que entran en la Escuela de Tauromaquia de Madrid. Y Los Golfos, dirigida en 1959 por Carlos Saura, donde el toreo se presenta también como la –imposible-, salida de la miseria para los protagonistas. Precisamente el asunto de los toros le dio al director algún quebradero de cabeza durante el rodaje: los que hayan visto la película recordarán que su final narra el estrepitoso fracaso de Juan, uno de los personajes cuando, por fin, consigue estrenarse como novillero.

El actor que interpretaba a Juan era de verdad un aspirante a torero llamado Oscar Cruz. Y, llegado el momento de rodar la escena, le dijo a Saura que ni hablar, que un artista de su categoría no estaba dispuesto a fracasar en pantalla, que él era, ante todo, un torero y como tal se debía a un público que, por otra parte, ni siquiera tenía por entonces. Saura, finalmente, llegó a un acuerdo con él: rodaría la novillada tal cual; si hacía una buena faena, su personaje triunfaría en la película, y si no, se mantendría el final previsto. Oscar Cruz resultó ser un verdadero pinchaúvas, y se ganó una bronca monumental del respetable, que puede apreciarse en la película en toda su magnitud.

De aquél torero, la verdad, poco volvió a saberse. Pero la película de Saura sigue ahí. Y tiene todavía mucho arte dentro.

domingo, diciembre 21, 2008

Los monstruos que dan miedo

No había visto en su idem El 7º día, la interpretación que hizo Carlos Saura en 2004 de la matanza de Puerto Hurraco. Y no la había visto, supongo por la misma razón que mucha gente; que el temita de la película se las trae. Saura tiene mucha experiencia –él mismo lo reconoce en los extras del DVD- en la inclusión de la violencia en sus películas de una forma seca, sin florituras, casi cotidiana y, por eso mismo, mucho más impactante. Lo hizo en La caza y lo ha hecho más veces, hasta culminar en este séptimo día cuyas escenas finales son, desde luego, difíciles de tragar. Más aún cuando sabemos que tanto horror y tanta locura fueron reales; y más aún cuando hay dos actores como la copa de un pino llamados Jose Luis Gómez y Juan Diego –respaldados por una tremenda Victoria Abril- a los que les basta un gesto, una mirada, un ademán, para meterle a uno el miedo en el cuerpo, para desaparecer como intérpretes y convertirse en esos dos personajes aislados y semianimalizados capaces, desde luego, de organizar una masacre sin pestañear.

Y fue después de verla cuando tuve mi experiencia extracinematográfica.

Yo no presto mucha atención a las críticas de cine; habitualmente dejo su lectura para después de haber visto la película; cuando las leo con atención es para buscar coincidencias o divergencias, y también para aprender, para que se me abran cosas que en su momento pude pasar por alto. En último lugar, claro, también las leo para saber lo que tengo que decir en este blog y que ustedes me tengan por un entendido total, ejem… La cuestión es que busqué la crítica de la película de Saura que apareció en el número de mayo de 2004 de la revista Dirigido. La cosa me hizo gracia: el número contenía la segunda parte de un especial sobre la Hammer Films, y la foto de portada mostraba a Peter Cushing a punto de invitar a una ración de estaca al vampiro de turno.

Y me hizo gracia porque me acordé de Targets, la primera película de Peter Bodganovich. Rodada a toda velocidad con un presupuesto ridículo, sigue siendo hoy una obra maestra; nos cuenta la historia de una vieja estrella del cine de terror –Boris Karloff, que prácticamente se interpreta a sí mismo- cuyo camino se cruza con el de un asesino en serie made in USA, que apostado en un autocine, se dedica a disparar a todo el que se le ponga por delante. En una escena memorable, el asesino se cruza con Karloff que avanza hacia él, mientras detrás suyo, en la pantalla del autocine, ve también a Karloff en uno de sus papeles de monstruo; aterrorizado por la doble imagen, suelta el rifle y se entrega. Karloff lo ve aterrorizado a sus pies, y no puede evitar pensar en voz alta: “estos son los monstruos que dan miedo”.

Escondida en una página, dentro de una revista repleta páginas dedicadas a vampiros (y vampiras macizas, que estamos hablando de la Hammer), hombres lobo, frankensteins y quatermass diversos, el horror de verdad estaba en una película mucho más cotidiana, en una película que tiene en su banda sonora a Objetivo Birmania y El tractor amarillo, nada menos. Me encantan las películas de terror clásico. Estos otros monstruos, en cambio, sí que me acojonan.

viernes, diciembre 05, 2008

"¡Primera posición!"

Voy a hacerles una pequeña confesión, que probablemente no coja de nuevas a nadie: la cantidad de periodistas que se lanzan a hacer la reseña de un libro sin apenas leerlo, y quiten el “apenas”. Lo único que hacen es reproducir la nota de prensa y señalar lo que esa misma nota señala, sin siquiera abrir el volumen para comprobarlo por sí mismos, o para buscar otras cosas quizá más interesantes.

Esto viene a cuento de la biografía de Alfredo Landa, que acaba de publicar Aguilar, escrita en colaboración con Marcos Ordoñez. Me la he ventilado en tres días, porque tiene la cualidad de ser enormemente entretenida. Así que he podido contrastar lo que yo iba leyendo con lo que decía la prensa que yo estaba leyendo, y las cosas, la verdad, no encajaban del todo. Uno creería que es un libro donde Landa pone a parir a todo el mundo, y la verdad es que el Alfredico no se corta un pelo en sus opiniones sobre Manolo Gómez Bur, Jose Luis López Vázquez, Jose Luis Dibildos –, lo que cuenta de él es, directamente, de cárcel- Pilar Miró, Fernando Fernán-Gómez y algunos más, pero también es cierto que pone por las nubes y no acaba a José Sacristán, Paco Rabal, Mónica Randall, Fernando Rey, Carmen Maura, Ovidi Montllor y a su querido y/o odiado Garci, también entre otros muchos. En resumen: las memorias de un hombre que lleva muchos años en este negocio y que ha estado a gusto con algunas personas, y con otras, no tanto. ¿Por qué se iba a callar a estas alturas?

Tampoco entiendo en qué momento se ha metido la política en todo este asunto. En una entrevista en El País le preguntaron si no era “un poco fachilla” por ser de derechas (gran amplitud de miras, sí señor), con lo cual alguna gente de derechas que sí que es algo más que un poco fachilla –la hay, por desgracia- lo están utilizando como excusa para atacar a sus odiadísimos actores españoles. Y así seguimos en este país, tirándonos las ideologías a la cara, cuando Landa será lo que le dé la gana ser, pero en su biografía pone exactamente igual de bien a Jose Luis Sáenz de Heredia (falangista de pro) que a Juan Antonio Bardem (comunistón de pro), a Jose Luis Garci que a Jose Luis Cuerda, y todo siguiendo el mismo criterio: su talento como directores y las películas que hizo con ellos, sin que la ideología de cada uno parezca quitarle excesivamente el sueño.

Ahora, la mejor anécdota, por lo menos para mi gusto, es la de El río que nos lleva. Basada en la novela de Jose Luis Sampedro, la película narra la historia de los gancheros, que en otros tiempos se encargaban de bajar los árboles recién talados río abajo, hasta las serrerías. Dirigió Antonio del Real, y se rodó en escenarios reales. Todo muy real. Ese fue el problema. Cuenta Landa:

“Comienzo del rodaje. Hay una cascada preciosa y se va a filmar el plano de la bajada de los troncos.
Doscientos troncos, preparados en su presa. Todo el equipo a punto también.
Le digo a Tono:
- Oye, y estos troncos… digo yo que habrá unos pocos auténticos y el resto serán de poliuretano o alguna materia plástica, porque van a ser el eje de toda la acción y…
- No, no, no. De plástico nada. Aquí todo es de verdad.
- Pero vamos a ver… Es que tenemos que manejarlos en el agua, Tono, y si son de verdad deben pesar…
- Una tonelada cada uno. Realismo.
- Entonces no habrá forma humana…
- Que no te preocupes, Alfredo. Todo controlado.
No escuchaba. Es lo malo que tenía, que no escuchaba.
El jefe de producción, pasmado. El cámara, pasmado. Pasmados todos.
Pero el director es el que manda.
- ¿Así que soltamos los troncos?- le preguntan.
- Claro, claro. A la voz de acción.
- Muy bien.
Grita “¡acción!”. Sueltan los troncos. Se rueda el plano general.
Los troncos salen de la presa que es un contento.
Y entonces le oímos decir: “corten. Primera posición””.

“Primera posición” en un rodaje es la orden para volver a dejar todo como estaba antes de empezar a rodar, para repetir la escena. Y en este caso, significaba volver a colocar tras la presa doscientos troncos de una tonelada. Cinco días tardaron en conseguirlo, con grúas, camiones, de todo, durante los cuales el equipo entero se partía la caja con la ocurrencia del director. No es la única anécdota del libro, eso desde luego, pero para mí, es la más absurda. Y esas suelen ser las mejores.

Pueden añadirlo a la cesta de Navidad.

P. D. No puedo garantizar que vaya a meter muchos posts este mes. Se hará lo que se pueda, pero estoy hasta arriba con un encargo que me tiene ocho horas al día delante de la pantalla, y luego cualquier tiene ánimos para seguir tecleando. Se hará lo que se pueda, pero tengan un poco de paciencia.

jueves, octubre 30, 2008

Espectros del pasado

Uno se considera, por lo general, buen chico, pero de vez en cuando también tiene sus ramalazos de Doctor Maligno, esos días en que apetece hacer la puñeta porque sí. Y una manera excelente de hacerla es escarbando en el tortuoso pasado de algunos críticos de cine, y descubrir lo que dijeron en su día de determinadas películas. Les confieso que llevo ni sé cuánto tiempo buscando una crítica de El Padrino publicada en el año de su estreno (1972) donde un crítico muy reputado decía, literalmente, “no vayan a verla” y la tachaba de superproducción yanqui sin talento alguno, apoyada únicamente en la campaña publicitaria, y no sé cuántas cosas más. El día que la encuentre la cuelgo aquí, junto con el nombre y apellidos del profesional, claro.

De momento, les dejo este texto, que me encontré por casualidad el otro día cuando buscaba documentación para la historia de las pelis clasificadas “S”. El autor es, como en la otra entrada, el crítico –excelente, por otra parte- del equipo Reseña Angel A. Pérez Gómez, cuando repasaba las películas españolas estrenadas en el año 1979:

“En otro escalón, más bajo todavía, nos topamos con films como Pepi, Luci, Bom, y otras chicas del montón de Paco (Sic) Almodóvar, y Con el culo al aire, del valenciano Carlos Mira (…). Son dos obras que se pretenden desmitificadoras, contraculturales, provocadoras, progresistas y originales. Y lo son todo menos eso. (…) La sal gorda, la tomadura de pelo, y el importar underground yanqui de hace varias décadas con ropaje punk no es precisamente un timbre de gloria”.

Ni más ni menos. Aunque, la verdad, no creo estar siendo excesivamente malo al sacar esto aquí… porque apruebo, suscribo y hago mío todo lo que se dice en este párrafo. Tiene gracia encontrarse con este tipo de cosas, que ahora nadie tendría narices para escribir, porque es que "Paco" ha llegado muy lejos. Pero en otros tiempos, antes de los Oscar, las coartadas intelectuales y la autopromoción a punta pala, todo era muy distinto...

viernes, octubre 17, 2008

"Ese", oscuro objeto de deseo

Cuando el cine nos alcanza, esto es, cuando ya vamos teniendo edad suficiente como para empezar a ver películas ambientadas en los años de nuestra juventud, es posible que se produzca un hecho curioso: que algo en nuestro interior nos diga que las cosas no fueron exactamente así. Que falla algo, vamos, y no tenemos claro si es que en efecto el guión de determinada cinta tiene anacronismos, o es que el Alzheimer ya empieza a hacernos estragos en la materia gris.

Es lo que me está pasando con esta película que se ha estrenado hoy, Los años desnudos, donde se nos cuenta la historia de tres chicas que, a finales de los 70, participan en eso que se llamó cine “S”, y que a los lectores más jóvenes les sonará como más desfasado que los humoristas del Un, dos, tres, si es que les suena. No la he visto aún, pero por lo que he leído sobre ella yo diría que aquí hay una cierta confusión con lo que uno recuerda, o quizá que se está mezclado el cine “S” con él, mucho más extendido y, este sí, íntegramente nacional, cine del destape. No eran lo mismo.

El origen del cine “S” hay buscarlo en el sistema de clasificación moral de las películas en unos tiempos en que la jerarquía eclesiástica tenía muuuucho que decir por aquí. Todavía más que ahora, vamos. Ninguna película se libraba de ser estrenada sin su correspondiente calificación moral, que podía enclavarse en las siguientes categorías: (1): Todos los públicos. (2): jóvenes (es decir, mayores de 14 años). (3): Mayores (de 18 años, se entiende). (3R): mayores con reparos, y (4): Gravemente peligrosa.

El hecho de que hubiera dos categorías por encima de la mera clasificación de 18 años hacía pensar que el visionado de una “4” suponía un viaje sin retorno a las calderas de Pedro Botero, pero es que la Iglesia no estaba ni preparada para la que se le vino encima en los tiempos de la Transición: ya hablando de los estrenos de 1976, el crítico del equipo Reseña Angel A. Pérez Gómez se refirió al “cine de entrepierna. Resulta abrumadora la explotación del tema que ha efectuado con pésima habilidad el cine español de este año”, y citaba como ejemplos no sólo el taquillazo celtibérico del año La lozana andaluza, de Vicente Escrivá, sino títulos tan explícitos como Los placeres ocultos, Susana quiere perder… eso, Call Girl, La menor, Más fina que las gallinas, y algunos más.

Como la desaparición de la censura impedía prohibir tanto libertinaje, la solución de la Junta de Clasificación fue sacarse de la manga una nueva categoría: la “S”, aplicable a títulos que, como bien se advertía en la publicidad de las cintas “contienen imágenes que pueden herir la sensibilidad del espectador”.Creo -no estoy seguro- que la clasificación comenzó a funcionar en 1977, y se mantuvo vigente hasta 1983, cuando el establecimiento de las salas X –y, sobre todo, el auge del vídeo doméstico, que permitía ver porno tranquilamente sin moverse casa- la dejaron sin razón de existir.

De todos modos, con las “S” pasaron dos cosas:

La primera, que la clasificación no se otorgaba únicamente por el contenido sexual; lo que entonces se consideraba violencia más allá de lo permisible también valía para obtenerla. Y, a la hora de calificar, el nombre del director no importaba demasiado, con lo que cineastas del calibre de Osima y Pasolini, por citar dos, vieron mezclados algunos títulos inmortales con las últimas guarrindongadas celtibéricas. También se estrenaron como películas “S” el clásico hoy superadísimo de Wes Craven Las colinas tienen ojos, o la primera entrega de Mad Max, que hoy le arranca bostezos de media hora a cualquier quinceañero aficionado al Killzone.

Y la segunda, que nadie parecía haber tenido en cuenta que la represión que atenazaba como la gripe a tantos españolitos convertía la “S” en el equivalente de un tanque de cerveza Duff para Homer Simpson, o el de un cartel de Toys’ re Us para Michael… Bueno, la cuestión es que la “S” se convirtió en un imparable reclamo comercial, hasta el punto de que muchos productores estaban dispuestos a hacer lo indecible para conseguirla en sus estrenos. Sólo tres años después del párrafo anterior, Pérez Gómez contaba el caso del film de Jose Antonio Barrero La sombra de un recuerdo:

“Ha sido rebautizado por el distribuidor como El violador y sus mujeres a la sombra de un recuerdo y clasificado, claro, con el anagrama “S””.

Consiguiendo, añadiría yo, uno de los títulos más lisérgicos de la historia del cine patrio.


P. D. Algunos de los carteles que ilustran este post han sido obtenidos de la página web http://www.todocoleccion.net/ . Dense una vuelta por ahí, que merece la pena.

martes, octubre 14, 2008

Y qué a gusto que se queda uno...


Cuando hace unas semanas publiqué aquí la reseña por la muerte de Paul Newman, decidí que sería la última entrada de este blog. No quiero aburrir a nadie con los motivos; baste decir que llevo más de tres años en una situación personal bastante problemática, y que sigue sin visos de solucionarse. Eso, al final, acaba minándole la moral a cualquiera. Y a estas alturas a mí me queda la justa para ir tirando con las chapuzas que me salen para ganarme la vida; Desde la fila 7 es, cada vez más, un esfuerzo suplementario, y cada vez menos una satisfacción.

Si a eso sumamos unas cifras de audiencia que no suben (la verdad es que hace meses que no las miro), ninguna retribución económica y ausencia casi total de comentarios, entonces el fallecimiento de un actor al cual todos hemos querido tanto me pareció el momento más oportuno para echar el cerrojo. Una pena, porque por el camino se me han quedado acontecimientos como el silencio de tumba guardado por nuestra derechona ante la película más subvencionada del cine español, Sangre de mayo, la acusación a la nueva peli de James Bond de venir cuajada de product placement (como si eso fuera algo nuevo), la reciente muerte del hijo de Gerard Depardieu… temas nunca faltan. Pero no tenía ganas.

Ah, pero hoy…

Hoy ha sido leer el artículo que publica en El País la flamante presidenta de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de España, Angeles González-Sinde, y no he podido resistir el impulso de lanzarme al teclado. He recordado que un papel fundamental de los blogs es la capacidad que otorgan a su propietario de desahogarse a gusto. Y desde luego, me voy a desahogar, porque tiene verdadero mérito reunir en un texto tanto victimismo, tanto lugar común, tanta ausencia de autocrítica, tanta perla cultivada. No les puedo asegurar que vaya a haber más entradas en este blog, y por eso mismo voy a procurar que la de hoy salga larga y jugosa. Sobre todo, lo último.

Vamos por orden: aquí tienen ustedes el texto íntegro del artículo, donde la presi vuelve a reivindicar el papel del cine como elemento de difusión y parte del patrimonio cultural de un país, para luego lamentarse del poco caso que le hacemos en la comunidad hispana, secuestradas como están nuestras mentes por un Hollywood que se mueve con la delicadeza de las huestes de Saurón en una final de Liga. Cita literal: “nuestras cuotas de mercado se tambalean, mientras el cine de los estudios de Hollywood se va haciendo con todo”.

Y otra cita, esta de unos renglones después: “nuestras identidades, nuestro imaginario y nuestros deseos se están viendo brutalmente invadidos por deseos ajenos, los de la industria anglosajona. Lo vemos en la ropa que usamos, en la comida que comemos, en los coches que compramos, en la vida a la que aspiramos, en los valores que incorporamos”.

Bueno, ¿qué puedo contestar yo a esto? Es que, verán, la lectura del artículo me pilla vestido con pantalones vaqueros y con una camiseta de Droopy, uno de los mejores personajes de dibus creados por aquel despreciable anglosajón llamado Tex Avery. ¿Es lógico que, ataviado con estas pintas, acabe abrazando los valores y el estilo de vida anglosajón? Quizá porque mis gayumbos son made in Spain no estoy abducido del todo, y tengo la suficiente capacidad de discernimiento como para agradecerle al mundo anglosajon que creara una de las primeras constituciones signas de tal nombre y sentara las bases de la democracia moderna y, al mismo tiempo, ser testigo perplejo de la cantidad de veces que se han aliviado la vejiga en esos mismos valores que contribuyeron a crear. ¿Pero estamos de verdad tan colonizados?

Porque, más allá de la comida que comemos, los coches que compramos, etc, están los libros que leemos, las series de televisión que vemos, la música que escuchamos. Y en estos campos, casualmente, hay una cantidad creciente de creadores españoles que goza de idéntica, o mayor, aceptación popular que sus equivalentes anglosajones; Ken Follett y Stephen King venderán mucho aquí, pero no pueden con Pérez-Reverte, Carlos Ruiz Zafón, Julia Navarro, Juan José Millás, Mario Vargas Llosa, por citar sólo los primeros que me vienen a la cabeza. En la tele, Cuéntame, Hospital Central, Los Serrano, son solo algunos ejemplos de series que han echado de su franja horaria a producciones yanquis que intentaron competir con ellas.

Y en el cine, ya lo hemos hablado aquí en más de una ocasión: cuando una película española interesa, las salas se llenan. El que eso ocurra con mucha menor frecuencia que en otros soportes de cultura y entretenimiento debería hacer reflexionar a González-Sinde. Pero de eso, ni rastro, porque está demasiado ocupada lanzándose contra su bete noire en este artículo: Robert de Niro.

Es para preguntarse qué le ha hecho Robert de Niro a esta mujer; bueno, aparte de 15 minutos, Showtime, Asesinato justo… pero eso nos lo ha hecho a todos. El caso es que González-Sinde ha decidido ponerlo como mascarón de proa del colonialismo cultural yanqui, como la referencia a la que tienen que parecerse todos los actores si quieren que el público se fije en ellos. Aparte de esta soberana sandez –sin ir más lejos, a un actorazo como Jose Luis López Vázquez le pilla un poco tarde-, aprovecha para decir que De Niro “pertenece a una sociedad que no deja pudrirse devorados por los hongos los extraordinarios fondos de filmotecas como la cubana, donde ya no hay recursos para defender los negativos de la humedad y los cortes de luz. Robert de Niro no tiene ese problema”.

En efecto. ¿Y es culpa suya? Porque, si nos ponemos a comparar Cuba con Estados Unidos, hay otros problemas que Robert de Niro no tiene: no tiene el problema de ser detenido, encarcelado y expulsado –o algo peor- por sostener unas ideas contrarias a las de la dictadura imperante desde hace más de cuarenta años; no tiene el problema de verse obligado a someter cualquier proyecto cinematográfico a la censura previa; y no tiene el problema de pensárselo dos veces antes de denunciar el deterioro de los fondos cinematográficos de su país, por no estar seguro de si su denuncia servirá para solucionar las cosas, o se volverá contra él. Es increíble, pero González-Sinde parece estar denunciando que Estados Unidos es un país que se preocupa por su cinematografía pues, como ella misma afirma “antes de que nosotros pidiéramos desgravaciones fiscales o leyes de mecenazgo, ellos las inventaron para superar la crisis de los sesenta”. Con una salvedad, si se me permite: que el cine norteamericano siempre ha sentado sus cimientos sobre la financiación privada, y las ayudas puntuales de su gobierno –que no se molesta en especificar, quizá para poder compararlas con las de aquí- sirvieron para que los estudios en los 70 empezaran a arrojar obras maestras gracias a unos señores llamados Coppola, Scorsese, Cimino, Allen, Spielberg, Lumet, De Palma, Cassavettes…

¿Podemos imaginar una situación similar aquí? Si al cine español se le soltara la manita y se le dejara ir por su cuenta, daría un par de pasos tambaleantes antes de caerse de morros. Porque, dejando a algunos directores capaces de llevar gente a las salas con su propio nombre, aquí no hay industria. No hay temas que interesen. No hay personajes con los que el público se identifique. No hay escapismo. Ni ganas de entretener. Hay pretendida denuncia social, protagonistas marginales, trascendencia de todo a cien, guiones mal trabajados y un aire general de amateurismo que echa a la gente de los cines. Y hay algo más. Hay, por lo que se lee, una presidenta que sigue enganchada a los mismos clichés que sirven para echarle a los demás toda la culpa.

¿No les dije que me iba a desahogar? Voy a intentar hacer un poco del trabajo por el que me pagan. Si todavía hay alguien que lea esto, ahí tiene los comentarios.

domingo, septiembre 21, 2008

Menos humos (3)

Llevamos ya unos cuantos días con el festival de San Sebastián de sabor más genuinamente español que se recuerda. ¿No les encanta a ustedes esta foto? A mí sí, más que por otra cosa, porque recuerdo perfectamente el complejo de inferioridad que tenía este país no hace demasiados años, cuando era noticia en la prensa ¡que Ana Obregón iba a salir de estrella invitada en un capítulo de El equipo A! Toda una dosis de cosmopolitismo mediático entonces, que hoy, al lado de lo que han conseguido estos dos gañanes de la fotografía, junto con la imprescindible Pe, y con Jordi Mollá, Paz Vega y los jóvenes directores españoles que están siendo fichados o remakeados (que palabro, ¿eh?) por Hollywood, se ha quedado como lo que fue: una catetada para los lectores del Pronto. Mucho ha llovido desde entonces. Y lo que queda...

Como información colateral entre tanto premio y tanta peli, nos hemos enterado de que Javier Bardem está dejando de fumar. Tres meses, lleva. No está mal. Cuando aguante cinco días, que es lo que lleva un servidor sin echar una calada, habrá que verle. A mí a macho no me gana este tío, aunque la verdad es que, más que por un pique, yo me he animado a dejarlo aprovechando que el trancazo que llevo arrastrando toda la semana (¿Por qué se creen que no posteo desde el lunes?) debe haberme adormecido el mono.

Pero es curioso esto del cine y el tabaco. No conozco ningún vicio que haya sido tan promovido por el séptimo arte, y sería interesante saber cuántos cánceres de pulmón de las últimas décadas no tuvieron su origen en un deseo de imitar a alguno (siempre pensamos el primero en Bogart, pero hubo otros muchos) de los grandes fumadores del cine. Las tabaqueras lo saben muy bien, y por eso han continuado pagando a estudios y estrellas -Clint Eastwood en Los puentes de Madison, Mel Gibson en Arma Letal, Bruce Willis en La jungla…- para que quemen un cigarrillo tras otro en la pantalla. Hace unos meses, les recomendé aquí que consiguieran y vieran por cualquier medio la película Gracias por fumar. Insisto.

Pero claro, las propias estrellas no son inmunes al vicio. ¿Cómo se las han apañado algunas para liberarse? Pues según. Kirk Douglas, en su autobiografía, nos confesaba el sistema de su familia: llevar siempre un cigarrillo en el bolsillo. Cuando te entren ganas de fumar, lo sacas, te lo quedas mirando y te preguntas: “¿quién de los dos es más fuerte, tú o yo?”. Claro que esto hay que decirlo con cara de Kirk Douglas, no sé si le valdría a Woody Allen… Cary Grant recurrió a la hipnosis: varias sesiones donde se le metía en la cabeza el mensaje “estás tosiendo, tu aliento sabe a rayos y sólo fumas porque estás inseguro”. Michael Caine tuvo la ayuda inesperada de Tony Curtis, que en una fiesta le agarró el paquete (sin chistes fáciles, por favor) y lo tiró a la chimenea, porque “es el tercer cigarrillo que enciendes desde que has entrado en la sala, y de eso hace solo veinte minutos”. A continuación “procedió a darme una larga y biológicamente profunda conferencia sobre los peligros de fumar cigarrillos. Y lo hizo con tal habilidad que dejé el hábito en aquel mismo instante y no he vuelto a fumar un cigarrillo en veinte años”, cuenta Caine. Se dedicó a los puros, menos dañinos, al igual que su amigo Roger Moore, otro fumador empedernido.

Luego están los que no lo dejaron a tiempo como Yul Brinner, muerto en 1985 de cáncer de pulmón; antes de morir, tuvo tiempo de grabar un anuncio que fue emitido por la televisión americana: “ahora que ya no estoy aquí, les digo esto: no fumen. Hagan lo que hagan, no fumen. Si pudiera retirar todo lo que he fumado, no estaríamos hablando de cáncer”.

Y luego, claro, están los irreductibles, entre los que no me resisto a nombrar a Adolph Zukor, legendario productor fallecido en 1976… ¡A los 103 años de edad!. En su centenario, una de las preguntas más comunes que le hicieron las periodistas fue cómo se las había arreglado para llegar a edad tan avanzada y su respuesta fue: “Bueno; dejé de fumar hace dos años”.

jueves, agosto 28, 2008

El Vía Crucis de un cinéfilo lesionado (y 7): La silla de Fernando

Como suele ocurrir, he dejado lo mejor para el final. Aunque tengo que confesarles que estoy haciendo trampa: La silla de Fernando (2006) no ha sido adquirida como parte del Vía Crucis, sino que me la regalé por mi cumpleaños hace ya unos cuantos meses. Y la disfruté tanto que me parece adecuada para eso que los cursis suelen llamar un digno colofón.

Ya estarán enterados de que La silla... es un documental rodado por Luis Alegre y David Trueba de esos donde ya te encuentras todo el trabajo hecho, es decir: te vas a casa de Fernando Fernán-Gómez, le pones delante la cámara, le filmas en perpetuo primer plano, procuras que no le falte el whisky, y que hable. Pues eso y no otra cosa es La silla… así que aquí no cabe hablar de excesivas virguerías estilísticas, uso de la elipsis, dirección de actores, selección de decorados. Es Fernán-Gómez, puro y duro. Y, qué quieren que les diga, no hace falta nada más.

La verdad sea dicha, el actor y director no dice aquí cosas que quienes hemos seguido su trayectoria no le hayamos leído ya en sus memorias, en el magnífico libro que sobre él hizo Enrique Brasó, o en su libro de conversaciones con Eduardo Haro Tecglen. Pero leer no es lo mismo que escuchar. Y hay que escuchar a este hombre, con esa voz imitadísima e inimitable que Dios le dio, hablar de su infancia, sus inicios como actor, el cine, el alcohol, la política, las mujeres… Te sientes cómplice al apreciar su sentido del humor, verle ponerse socarrón y hasta simpático (que sí, que lo era). Las sesiones parecen rodadas en dos días diferentes, y en uno de ellos la barba de la garganta está mal afeitada, lo que le da un cierto aspecto de salvajismo eremita que le pega muy bien a la sinceridad de sus declaraciones.

Mucha de la gente que vio la película dijo lo mismo: que se le hizo corta. Bueno, pues esta edición del DVD incluye los extras que todo el mundo estaba esperando: hora y media más de charla a cargo del maestro. Y un regalo inapreciable, obtenido gracias a la iniciativa de un aficionado que pudo grabar en vídeo la que creo fue la última aparición de Fernán-Gómez en un escenario, en 1992, cuando hizo que todo el público se retorciera de risa leyendo una valiosísima selección de anuncios por palabras.

Un último detalle: los más viejos del lugar recordarán que, allá por el final de los años 70, Fernán-Gómez protagonizó un espacio llamado Tertulia, que consistía precisamente en eso: en un decorado que simulaba el salón de una casa, iba recibiendo cada semana a distintos invitados que se servían una copa y se ponían a charlar sobre lo divino y lo humano hasta que se terminaba el programa. Nada más y nada menos. Ahora que dicen que RTVE piensa colgar en la Red alguno de sus programas históricos, no estaría mal que recuperaran este. Con La silla de Fernando disfrutamos del maestro hablando; en ese programa le veíamos conversar. No es exactamente lo mismo.

Y mi pie muy bien, gracias.

martes, agosto 26, 2008

El Vía Crucis de un cinéfilo lesionado (6). La carta esférica

Arturo Pérez-Reverte no sólo es uno de nuestros escritores más vendidos, sino también, quizá como consecuencia lógica, más adaptados al cine. Quizá otra consecuencia lógica, y como les ha ocurrido a otros autores de éxito, desde Stephen King a Frederick Forsyth, sea que a la hora de llevar sus novelas a la gran pantalla ha habido de todo. Bien es cierto que el que pasa por ser uno de los novelistas con un carácter más, ejem, particular por decirlo de modo suavecito (es que por aquí se mete algún amigo suyo ¿saben?), ha mantenido siempre una actitud encomiable sobre el tema: básicamente, una vez que has trincado el cheque, si no te gusta el resultado, te callas.

Claro, que cuando a uno se le vienen a la memoria atrocidades como La tabla de Flandes (Jim McBride, 1994), esa adaptación de Alatriste aquejada de elefantiasis, o la inefable serie de TV Quart, el hombre de Roma, perpetrada por Antena 3, sospecha que Arturo ha tenido que callarse en no pocas ocasiones. Y miren por dónde, La carta esférica no ha sido una de ellas. No es una gran película, pero se sostiene muy dignamente, gracias a un equipo que ha decidido tomarse la adaptación en serio.

Para llevar al cine esta historia de búsqueda de tesoros en pleno siglo XX, el director Imanol Uribe ha contado con Carmelo Gómez, uno de nuestros mejores actores, y Aitana Sánchez-Gijón, una de nuestras peores actrices. Pero también ha dispuesto de un presupuesto lo bastante generoso como para huir del cutrismo que afecta a buena parte de las películas españolas: aquí pasamos de las Ramblas de Barcelona al Museo Naval de Madrid, a uno de esos magníficos pisos de detrás de Correos donde viven profesionales de alto nivel y algún director de revista, al fascinante bar La Venencia de la calle Echegaray, a las playas de mi querido Cái, al mirador de Gibraltar, al puerto de Cartagena, y a escenas de buceo filmadas en pleno mar, además en los restos de un pecio auténtico. Se agradece tanto cambio de escenario, plenamente justificado por exigencias de la trama, que le da a la cinta una factura excelente, apoyada además por el trabajo en fotografía de Javier Aguirresarrobe.

Lo cual no quiere decir que la cosa funcione al cien por cien. Uribe, autor también del guión, elimina eficazmente unos cuantos kilos de paja de la novela, y mantiene una trama que se sigue con interés. El problema son los tópicos, esos tópicos que Pérez-Reverte cuela en sus novelas con tanta abundancia como habilidad, y que traspasados a la pantalla tienen una molesta tendencia al cante jondo. Que cantan mucho, quiero decir.

El protagonista de La carta… es, como tantos otros héroes del escritor, un hombre de una pieza cuya integridad le ha supuesto la marginación social y profesional, y la mujer, un personaje fascinante –o todo lo fascinante que permite el trabajo de Aitana- que emboba al protagonista y le mete en una aventura cuyo alcance nunca llega a comprender del todo. Los malos son malísimos, pero con su puntito de fondo humano, como es marca de la casa. Y los nombres, pues de lo más exótico: el protagonista se llama Coy, que así al pronto parece como extranjero, aunque a lo mejor es una abreviatura de Alcoyano; la chica se llama Tánger, mayormente porque su padre era militar y estuvo destinado en África cuando ella nació -menos mal que no le mandaron a Almendralejo-. Pero el colmo ya es que el piloto que les acompaña en la búsqueda del tesoro, pues se llama así, Piloto -en una escena nos enteramos de que su verdadero nombre es Pedro-, y eso ya me parece pasarse varios pueblos; es como si Nadal se llamara Tenista, o Jaime Peñafiel, Portera, no sé si me entienden.

Y, como la historia va de barcos hundidos, pues hay que meter a punta pala referencias culturales sobre el particular: Tánger tiene un perro que se llama Milú (y dale con los nombrecitos), y confiesa que se enamoró del mar y sus misterios después de leer el álbum de Hergé El tesoro de Rackham El Rojo; la empresa de los malos se llama Dead Man’s Chest, o sea, "El cofre del muerto", como en La isla del tesoro; y lo único que falta por aquí es alguien con una pata de palo, y que Coy beba ron en vez de ginebra, pero eso quizá hubiera sido pasarse. Una pena que Uribe no haya entrado a saco aquí y, junto con el exceso de términos marineros, no haya procedido a una eliminación masiva de tópicos.

Con todo, una agradable sorpresa, y dentro de la sorpresa, otra más: Javier García Gallego, el actor que encarna al Piloto, y que es un prodigio de naturalidad. Y tanto, como que no es un actor profesional: en realidad, fue el instructor de buceo de Carmelo Gómez, y la decisión de hacerle actuar en la película fue una decisión personal de Uribe. No se me ocurre una elección mejor para el papel. En ninguno de los siete mares.

Véanla. Encontrarán una película de aventuras tranquila, sin persecuciones ni tiroteos, ni acción injustificada. Más bien es la historia de un misterio y unos personajes, a lo que lo único que cabe reprocharle es, quizá, un exceso de lastre por no haber sabido liberarse lo bastante de su original literario.

Próxima parada del Via Crucis: sea cual sea, será la última, que ya está bien.

miércoles, agosto 20, 2008

El Vía Crucis de un cinéfilo lesionado (5). Princesas

Ya sé, ya sé que les dije que la próxima entrega del Vía Crucis sería la película de Urbizu, pero ¿qué quieren? Se me acababa el plazo de entrega, y tuve que devolverla a la biblioteca. Queda para dentro de unos días, y mientras tanto vamos con Princesas (2005), la última película hasta el momento de Fernando Comprometido León de Aranoa, si exceptuamos su participación en la colectiva Invisibles (2007).

Fernando León (creo que al principio no usaba la segunda parte de su apellido) se dio a conocer con su primer largometraje, Familia (1997), que partía de una idea sumamente original y luego sabía llevarla con bastante habilidad hasta el final: un tipo del cual no sabemos más de lo estrictamente necesario alquila a una compañía de actores para que se hagan pasar por su familia en el día de su cumpleaños. La peli, ya les digo, no estaba nada mal; luego cambió el rumbo y se ha dedicado desde entonces a contarnos qué mal lo pasan determinados colectivos de personas: los habitantes de viviendas periféricas (Barrio, 1998), los parados (Los lunes al Sol, 2002) y las prostitutas en esta que nos ocupa.

La fórmula no cambia mucho en ninguna de las tres: los personajes viven los sinsabores propios de una situación que les supera, de un encierro del que no saben cómo salir. Y del que, si quieren mi opinión, no saldrán nunca, porque es que hay que buscar mucho para encontrar una gente tan parada y tan corta de mente como la que sale en las dos primeras películas. Ese fue uno de los motivos por los cuales Barrio no me gustó ni un pelo; aparte de contarse su vida y hablar de lo chungo que está todo, los tres chavales se movían menos que el caballo de un fotógrafo, hasta que al final, acabé pensando que se merecían lo que les pasara. A lo mejor es que estoy demasiado influido por Full Monty, donde otros personajes en situación límite –una situación que no se nos escapa nunca, a pesar del tono de comedia de la cinta- se embarcaban en un proyecto igualmente al límite, y por eso mismo estabas con ellos durante todo el desarrollo de la historia.

Hay que decir, de todos modos, que en Princesas los personajes tienen bastante más enjundia que en Barrio. Caye, muy bien interpretada por Candela Peña, tiene la suficiente fuerza como para que nos interesen sus idas y venidas, y Zulema (un bellezón de mucho cuidao llamado Micaela Nevárez), la inmigrante dominicana que se convierte en su amiga, combina fuerza y desgarro con una dulzura que desarma. Muchas escenas, lógicamente, se han filmado en la Casa de Campo de Madrid y otros escenarios naturales, que dan a la cinta el tono de autenticidad necesario; es decir, que vemos putas de verdad, en vez de las falsificaciones para todos los públicos a las que nos tiene acostumbrado Hollywood. El ritmo es ágil, y la cámara, casi siempre, está donde tiene que estar; ni siquiera desentona la música de Manu Chao, cantante que a mí, personalmente, me parece más cansino que media docena de ex compañeros de colegio contándome su mili.

Total, que la película va bastante bien, hasta que justo por la mitad, León de Aranoa cae en el maniqueísmo que tanto le gusta y mete una escena que provoca rechazo de puro grotesca: resulta que Caye se ha echado un novio formal, un informático que debe de ser absolutamente tolili, porque es que ni se le ocurre que su novia pueda ser prostituta… ¡A pesar de que ella misma se lo dice!. En estas, que están los dos cenando en un restaurante y en una mesa cercana, como no podía ser menos, hay un tipo con aires de chulo que ha sido cliente de Caye. Esta se pone nerviosa, y se va al baño. Y el tío la sigue hasta allí, la acorrala y le paga para que le haga un lavado de la pipa del delco allí mismo, al momento. Ella se echa a llorar, le pide, le suplica que le deje en paz, pero al final se arrodilla mientras coge el dinero.

La escena casi me hace dejar la peli en ese momento, y no por desagradable, sino por chorra. Primero, es que la casualidad no hay quien se la crea, y luego es que la situación está completamente forzada. Y además, sorprende la pasividad de Caye, a quien hasta el momento hemos visto como una persona con bastante más carácter, y que de repente no es capaz de decirle al tío que la deje en paz de forma terminante. Bueno, si hay que montar una escena para reflejar lo explotadas que están las putas, pues se monta y ya está; pero hay mil maneras de hacerlo sin caer en una falta de lógica que está peligrosamente cerca del esperpento. Y además, para eso ya está la historia de Zulema. Pero es que un poco más adelante hay otra casualidad que no hay quien se la crea, que es la que lleva a Caye a romper con su novio. Y como no hay dos sin tres, la escena final del paseo de las lumis en la limusina ya entra en el terreno de lo lisérgico por derecho propio.

Si se quitan todos estos baches, la película se puede ver sin problemas, y deja un buen sabor de boca. A lo mejor algún día a Fernando León se le cura su propensión de enseñarnos en cada plano lo comprometido que está, y aprende a ser un director de cine en serio. De momento, todo indica que en su próxima película se va a buscar otro colectivo marginal. Entre yonquis o becarios de periodismo, ya veremos por dónde sale.

Próxima estación del Vía Crucis: La Carta Esférica, de Imanol Uribe.

lunes, agosto 18, 2008

El Vía Crucis de un cinéfilo lesionado (4): Malas Temporadas

Cuando una peli (sobre todo si es española) empieza con la cámara haciendo trávelin por un pasillo, mientras suena de fondo una musiquilla de piano así en plan muy intimista, es como para temerse lo peor. Malas Temporadas empieza precisamente así, con lo cual uno, qué quieren que le haga, se teme lo peor. Pero lo peor no acaba de llegar, aunque se queda cerca, y ello por una serie de fallejos perfectamente identificables, por lo frecuentes que son en nuestro cine.

Que conste que el material de partida no era necesariamente malo, y además la historia cuenta con un reparto más que competente. Esta es una de esas películas de vidas cruzadas (sin bromas; algún crítico se refirió a ella hablando de la nefasta influencia de Robert Altman en directores que están a años luz de su talento), que le obligan a uno a permanecer especialmente atento a la pantalla durante los primeros veinte minutos o así, hasta que tenemos controlados todos los personajes. Luego, ya la cosa va por sí sola y podemos relajarnos viendo como sus vidas evolucionan y se entrecruzan. Así, tenemos a Mikel (Javier Cámara, eficaz con lo que tiene a mano), un ex presidiario homosexual y maestro del ajedrez, que acaba siendo vecino de Carlos (Eman Xor Oña, excelente), un cubano exiliado que se gana la vida con el contrabando de diversos objetos, puros habanos incluídos. En sus primeros tiempos en España, a Carlos le ayudó mucho Ana (Nathalie Poza) madre soltera -o separada, no recuerdo- que trabaja en una ONG dedicada a la integración de inmigerantes, y que tiene un hijo adolescente, Gonzalo (Gonzalo Pedrosa), que un buen día decide encerrarse en su cuarto para no salir más. En vez de darle dos gofetás como es debido y llevarle al cole a rastras, Ana conoce a Mikel a través de Carlos, y este accede a darle a Gonzalo clases de ajedrez, a ver si sirve de algo. Carlos, a todo esto, tiene una relación de lo más íntimo con Laura (Leonor Watling), una antigua estrella de la canción confinada en una silla de ruedas, que es la mujer de Fabré, otro exiliado cubano, pero con mucha más pasta que Carlos, que utiliza a éste para que le saque de la isla obras de arte de contrabando.

Esta es la exposición así, en bruto. Luego, a todos estos personajes les van pasando cosas, y la historia, por cierto, acaba más o menos bien. Pero, si los personajes tienen potencial (lo tienen) y los actores que los interpretan son buenos actores (y también lo son, con alguna excepción), ¿Por qué la película importa un pimiento, cansa y al final aburre?

Porque no hay quien se la crea. No estoy hablando, como hizo Jose Enrique Monterde en Dirigido, de la implausibilidad de todas las situaciones que se nos muestran, porque yo en el cine estoy dispuesto, a priori, a creerme casi todo. Lo que me revienta es el tono. Lo que creo que le pasa a Malas Temporadas es que va por la vida con un complejo de trascendente que no hay quien lo aguante. Los actores no hablan: recitan. Casi siempre en todo bajito (menos cuando hay que gritar,claro), y mirando muy fijamente al interlocutor, para que nos demos cuenta de que lo que se dice tiene mucha enjundia. Siempre frases brevísimas, que se dejan flotando en el aire. Es raro oír verdaderas conversaciones. Lo que hay son muchas pausas. Y la musiquita. Dale que te pego con el piano. Y más pausas. Y más miradas. Y que aquí alguien empiece a darle un poco más de vida al asunto en vez de quedarse mirando a Toledo con cara de colgao. Por favor.

No sé por qué, pero no es la primera película española que me encuentro con este tipo de defectos. Alguien debería decirle a Manuel Martín Cuenca -y a otros directores nuestros-que la línea que separa la trascendencia de la pedantería es enormemente fina y frágil. En los extras del DVD Javier Cámara dice que es uno de los mejores guiones que ha leído en su vida; él sabrá. Pero en este caso, la película es un buen ejemplo de cómo hacer un guiso indigesto con buenos ingredientes.

Próxima entrega del Via Crucis: La vida mancha (2003), de Enrique Urbizu.

miércoles, agosto 13, 2008

El Vía Crucis de un cinéfilo lesionado (3). Al sur de Granada

Vamos mejorando. No sólo en el estado del pie, sino en las películas que le tocan a uno en suerte. Es curioso; un director que tenía alguna película decente, como era Jose Luis Cuerda, me hizo pasar por uno de los mayores truños que me he tragado últimamente, y en cambio, Fernando Colomo, al cual había dado por perdido desde sus fechorías perpetradas en los 90, me ha encantado con Al sur de Granada (2003).

La trama está inspirada muy libremente en la estancia que el historiador e hispanista inglés Gerard Brenan pasó en los años 20 en la zona granadina de Las Alpujarras. Lo que en principio parecía ser la típica historia del contraste entre un inglés y unos españoles más de pueblo que las amapolas -algo a lo que contribuye el cartel promocional, a mi juicio completamente equivocado- se va convirtiendo en una historia de amor algo convencional, primero, y poco a poco en una fábula sobre las vueltas de la vida, las decisiones, los caminos que tomamos, los paraísos perdidos -que son los únicos- y la imposibilidad de volver atrás. No pretende hacer reír de continuo, que es lo que uno se espera siempre con Colomo, pero en lugar de eso -al menos, en lo que a mí se refiere- transmite interés, identificación y emoción.

Colomo dirige con mano firme, sabiendo lo que quiere contar, sin dejar que se le cuelen estridencias, por lo menos, en exceso. Claro que se ha hecho acompañar con un equipo de primera, comenzando por ese maestro de la fotografía que es Jose Luis Alcaine y siguiendo por la partitura de Juan Bardem. Y los actores: Matthew Goode, que se estrenó en el cine con esta película -y que ha prosperado bastante desde entonces: próximamente le veremos en la adaptación cinematográfica de Retorno a Brideshead, y en la muy esperada Watchmen- compone un magnífico Brenan, lleno de humanidad y personalidad, a años luz del prototipo de guiri despistado; un tipo que me cae tan gordo como Guillermo Toledo borda aquí su personaje de Paco, el campesino del pueblo que se convierte en el mejor amigo de Herardico; Verónica Sánchez es una revelación, y Antonio Resines y Ángela Molina llenan dos personajes secundarios de una pieza.

En fin, toda una mejora con respecto al otro día. Por cierto, esta película está directamente relacionada con Carrington (1995), de Christopher Hampton, con la que comparte algunos personajes. Y el tema de los ingleses en Las Alpujarras ha dado material para otro tipo de obras; si no tienen lectura de verano, les recomiendo vivamente los libros del cachondo de Chris Stewart Entre Limones y El Loro en el Limonero, que se han vendido como churros en la feria, y donde narra sus propias vicisitudes en esta comarca de Granada unos cuantos años después que Brenan.

Siguiente parada del Vía Crucis: Malas Temporadas (2005), de Manuel Martín Cuenca.

lunes, agosto 11, 2008

El Vía Crucis de un cinéfilo lesionado (2). Así en el Cielo como en la Tierra

Abrumado me han dejado ustedes con tanto interés sobre la buena marcha de mi pie. Muchas gracias a todos. Hoy he tenido que ir a currar, pero me complazco en comunicarles que ya ha recuperado su tamaño normal. La cabeza, en cambio, me ha crecido a dimensiones similares a las de un balón de playa, y sospecho que los inicios de mi Via Crucis cinematográfico/ibérico tienen bastante que ver en ello.

Veamos: Jose Luis Cuerda tiene en su currículum el mérito indiscutible de haber escrito y dirigido Amanece, que no es poco (1988), una de las pocas películas de nuestro cine que merecen el calificativo de cinta de culto. Es decir, que con los años ha ido haciéndose con un número creciente de fans que la consideran una auténtica obra maestra, la han visto todas las veces que se les ha puesto a tiro, se han comprado el DVD y se saben de memoria diálogos enteros. Yo confieso no ser uno de ellos, pero posiblemente la culpa sea mía, por no haber sido capaz de entrar sin tapujos en la apuesta del director: un microcosmos donde uno no está nunca seguro de lo que siguiente que van a decir -o hacer- sus muchos personajes. Sin referencias históricas, sin ideología, sin mensajes, el absurdo es aquí la principal arma y moneda de cambio, escena por escena. Sólo por eso, insisto, se merece un premio en cuanto a originalidad, en cuanto a haber querido crear algo diferente, y haber salido airoso del empeño.

Apuntémosle también La lengua de las mariposas (1999), y El bosque animado (1987), donde contó como ayuda con los excelentes textos, en el primer caso, de Manuel Rivas y, sobre todo, de Wenceslao Fernández-Florez en el segundo. El bosque animado es un libro obligatorio; y su adaptación, más que recomendable.

Ahora bien:

Lo de Así en el Cielo como en la Tierra, para quien esto firma, directamente no tiene nombre. El misterio no es que esta película se estrenara, sino que los espectadores no quemaran los cines y colgaran al acomodador. Mencionaba Amanece que no es poco no sólo por haber sido una película de mucha éxito, sino porque con Así en el Cielo… Cuerda parece haber querido repetir la jugada de historia coral y humor desquiciado. Pero aquí la cosa no funciona.

El argumento es bastante sencillo: resulta que, como en los chistes de colegio, cada país tiene su Cielo particular. Hay un Cielo español, un Cielo francés, uno alemán… y cada uno ha sido creado de acuerdo con la idiosincrasia de cada país. Así que el Cielo español es un pueblecito típico de los años 50, con el yugo y las flechas a la entrada, y todo. Dios (Fernando Fernán Gómez) es, lógicamente el alcalde, y San Pedro (Francisco Rabal) el sargento de la Guardia Civil. Por ahí anda también el arcángel San Gabriel (Enrique San Francisco), San Juan Evangelista (Gabino Diego), San Isidoro (Agustín González), La Virgen María (Mary Carmen Ramírez), y Jesucristo (Jesús Bonilla), que tiene que ir a un psiquiatra argentino porque está muy acomplejado por lo mal que le trataron los hombres en su anterior bajada a la Tierra. La cosa va de que Dios decide organizar el Apocalipsis, pero andan muy justos de dinero para montarlo tal y como se describe en el libro de San Juan; así que montan una especie de Apocalipsis de chichinabo, que les sale fatal, y la vida en el pueblo, es decir en el Cielo, continúa como siempre.

Esto es, a grandes rasgos. Lo malo es que la idea tiene gracia los primeros cinco minutos; luego se desinfla como un globo, y lo que queda son un montón de actores declamando sandeces. Y digo declamando, porque es difícil encontrar un personaje mínimamente bien construído; la preocupación principal parece soltar cuanto más cachondeo mejor a costa de la Iglesia, que eso siempre queda muy gracioso, y desaprovechar una idea que, desarrollada de otro modo, preocupándose más del humor y menos de la astracanada, hubiera dado para una película bastante más decente. Eso, y lo que más me ha tocado las narices, que es seguir presentando a España como un país pobre, cutre y chapucero en una película que se rodó ¡en 1995! Una tendencia que recuerda a los chistes que contaba Pajares en los años de la Transición y que -y reconozco que es una manía mía-, no puedo soportar.

En los extras -sí, el DVD tiene extras y todo- hay unas declaraciones de Jose Luis Cuerda hablando de la importancia que tienen para él las comedias españolas tipo Berlanga, como Calabuch, y que para él han sido un referente a la hora de hacer esta película. Y es cierto que se nota un aire berlanguesco, pero del de Nacional III y Paris-Tombuctú, antes que del de esa maravilla que fue Calabuch.

En fin, el inicio del Vía Crucis ha sido de lo más víacrucesco. Mientras les cuento las siguientes pelis, les remito a este magnífico sketch de Monty Python, (lo siento, está en inglés) que en tres minutos y medio tiene más humor religioso que las casi dos horas que dura el tormento.

Y las ganas de ver Los girasoles ciegos se me han apagado bastante; y encima con guión de Azcona...

viernes, agosto 08, 2008

Mi pie izquierdo, o El Vía Crucis de un cinéfilo lesionado (1)

¡Maldito esguince! Uno de esos tropezones diabólicos a los que tan propensos son las aceras de Madrid me ha dejado con el pie del tamaño de una paletilla de Jabugo. La verdad es que hace ya una semana que lo arrastro -y me arrastro-, pero ese lujo asiático que es la baja pagada es algo que no podemos disfrutar los autónomos a la fuerza. Por fin hoy me he escaqueado de mis obligaciones profesionales, y he ido al médico. Lo de siempre: tobillera, antiinflamatorios, baños fríos y calientes, y el pie en reposo.

Sobre este último punto, uno hace lo que puede, que me temo no es mucho. El lunes estoy otra vez en danza, y nunca mejor dicho. Pero mientras, aquí me tienen ustedes en casa, con el pie en alto y escribiendo en plan Carrie Bradshaw, con el portátil en el regazo. ¿Qué se puede hacer con tantas horas muertas? No tengo edificios enfrente, como James Stewart, así que no puedo dedicarme a cotillear vidas ajenas a ver si descubro algún asesinato o, por lo menos, alguna vecina stripper.

Así que, lógicamente, queda el cine. Lo cual me ha dado pie a una idea diabólica. En las proximidades de mi casa tengo dos bibliotecas públicas, ambas con una aceptable colección de DVDs. Así que me parece que voy a dedicar mi convalecencia a desentrañar uno de los grandes misterios de la humanidad: ¿De verdad es tan malo el cine español?

Pues por investigar, que no quede. Durante los siguientes días, cine español a cascoporro. La idea es acercarme regularmente por estas bibliotecas y sacar, sin ser demasiado selectivo, todas las pelis españolas más o menos en el mismo orden en el que me las vaya encontrando. Las únicas condiciones que tienen que cumplir son a) ser españolas (claro), b) ser relativamente recientes y c) que yo no las haya visto todavía. Me las pienso ir tragando a razón de varias por semana, en mis ratos de pinrel en reposo, y ya iré sacando tiempo para contarles por aquí qué me van pareciendo. ¿Descubriré alguna obra maestra? ¿Encontraré virtudes que mis prejuicios me impedían ver? ¿Actuaciones memorables, guiones brillantes? ¿O todo lo contrario?

Como sospecho que muchos de ustedes andan de vacaciones, es poco probable que ni se lean esto. Pero yo les voy a ir avisando del menú, por si quieren comentar alguna de las que vaya viendo o darme alguna indicación, si es que ya la han visto (“¡Nooo, Vince, no se trague eeeesa! ¡Que es usted muy jooooven!”). Cuando se me acabe el tiempo libre, y tenga que renunciar a esta investigación exhaustiva, haremos una pequeña recapitulación.

Y para que vean que voy en serio, estas son las dos primeras que me he traído: Así en el Cielo Como en la Tierra (1995), de Jose Luis Cuerda, y Al sur de Granada (2002) de Fernando Colomo. Si alguien las ha visto y tiene algo que decir sobre ellas, ahí tiene la sección de comentarios (sí, esa de las telarañas). Yo, me lanzo a las procelosas aguas del celuloide ibérico. Ya les iré contando.

miércoles, julio 30, 2008

Una de baturros

Ayer se cumplió el 25 aniversario de la muerte de Luis Buñuel. Pero no es algo que me haya llamado especialmente la atención. ¿Soy el único aficionado al que el cine de Buñuel no le dice nada, o hay más gente por ahí que no se ha atrevido a abrir la boca por aquello de quedar bien? A mí, la verdad -de lo que he visto, ojo- quitando El angel exterminador, poco ha habido que me haya vuelto loco. Está, por supuesto, la tremenda fuerza de Las Hurdes Pero, por ejemplo, Viridiana me aburre, aunque quizá debería volverla a ver.

No soy el único que piensa así de Viridiana. Esta película, rodada en 1960, supuso el regreso de Buñuel a España después de años de exilio más o menos voluntario. Es curioso que, a pesar de volcar en el argumento buena parte de sus obsesiones sobre la religión y el sexo, no tuviera mayores problemas con la censura franquista salvo la obligación de cambiar el final. Aprobada la película, se presentó en el Festival de Cannes y ganó la Palma de Oro. Y entonces se lió la de San Quintín.

Según nos cuenta Fernando Méndez-Leite en su imprescindible Historia del cine español en 100 películas, “El entonces director general de Cinematografía y Teatro, don Antonio Muñoz Fontán, recogió el premio encantado de regresar a la España de Franco con el primer gran triunfo internacional del cine español. Cuando llegó a Madrid se encontró cesado. La escena de la orgía de los mendigos y la similitud de su composición con La última cena, de Leonardo, habían irritado a L’ Observatore Romano, que había publicado una crítica lamentando que fuera la católica España quien presentara en Cannes un film ateo y blasfemo”.

Viridiana”, continúa Méndez-Leite, “desapareció de la publicidad, de la radio y de la prensa. Su existencia se silenció y se prohibieron terminantemente sus proyecciones en territorio español. Los productores consiguieron sacar el negativo de España y lo guardaron en París”. Y la prohibición de la película no se levantó hasta 1977, cuando pudo por fin reestrenarse en salas españolas.

Una historia verdaderamente triste, una más de esos años. Pero ¿por qué les decía que no soy el único que no considera a Viridiana ni fu ni fa? Porque hay constancia de que Franco, gran aficionado al cine -sobre todo al que él mandaba hacer- ordenó que le proyectaran la película en El Pardo, y no encontró que la cosa fuera para tanto. De hecho una historia apócrifa cuenta que salió de la sala de proyección diciendo, aproximadamente “La verdad, estos curas, cómo exageran. ¡Pero si todo lo que hay aquí son chistes de baturros!”.

Ya les digo, que voy a tener que volver a ver Viridiana. Porque no me hace ninguna gracia que mis gustos, ni en cine ni en nada, coincidan con los de ciertas personas.

jueves, julio 03, 2008

Palabra de Jaime


Estos días estoy, aquí donde me ven, entrevistando a algunos cineastas españoles. Es lo que tienen los cursos de verano de las universidades, que cuando los cubres te toca ir a ruedas de prensa de todo tipo de gente; algunos con más interés que otros. Antes de ayer estuve con Jaime Rosales, el multiengoyado (que no engolado) director de La Soledad, que próximamente presenta Tiro en la nuca, película sobre el terrorismo, en el Festival de San Sebastián, nada menos.

Lo que sigue no forma parte de la entrevista que le hice; es una respuesta que dio en la rueda de prensa cuando le preguntaron por la Ley del Cine. Aunque había agencias de noticias que, supongo, la habrán difundido, yo por si acaso se la incluyo aquí, porque me pareció bastante original, nada victimista y muy cargada de razón. Dice así:

“Bueno, la Ley del Cine es la que hay; Pero para mí al final el problema del cine no tiene que ver con la ley del cine, el problema del cine para mí tiene que ver con el talento. El talento es una cosa que es escasa, pero es algo que se abre camino. La ley del cine ni va a crear más talento, ni va a impedir o a favorecer que el talento se abra paso. El cine argentino, cuando tuvo un boom, fue cuando la industria estaba peor y el país estaba peor. Se dieron las circunstancias de que llegaron grandes cineastas con algo que contar en ese momento, y encontraron las herramientas para contarlo. Yo entiendo también que es muy importante una industria; pero para mí el problema es otro”.

Por cierto, Tiro en la nuca se ha rodado sin subvención; aunque ahora, a posteriori, ha recibido dinero por los derechos para televisión, me contó que tenía tanta necesidad de hacerla que no podía ir por los cauces habituales, y se tiró a la piscina con dos socios. Claro, me dijo después, que eso se ha podido hacer porque es una película “muy barata…”

jueves, mayo 08, 2008

¿Y si le damos una oportunidad a "Proyecto Dos"?

Personalmente, creo que un blog puede ser mejor o peor, pero que nunca debe alimentarse (al menos, en exceso) de los contenidos de otros blogs, o se corre el riesgo de convertir la Red en una sarta de refritos. Igualmente, en este blog no se suelen hacer recomendaciones de películas, porque aquí estamos para otra cosa. Pero me voy a permitir aconsejarles que, si tienen tiempo y oportunidad, busquen un cine donde sigan poniendo Proyecto Dos, aunque sospecho que no quedarán muchos después del asalto de Iron Man y de la inminente llegada de Speed Racer -de la que ya hablamos aquí hace unos días-, perteneciente al terreno de las superproducciones yanquis que invaden las pantallas con la misma sutileza que los orcos en El retorno del Rey.

Verán: Proyecto Dos es una peli española que mezcla ciencia-ficción, intriga, golpes de guión, clonaciones y (creo) final sorpresivo. Digo “creo”, porque no la he visto todavía. Pero por lo que he leído sobre ella, tanto en críticas profesionales como en opinión de gente que ya se la ha tragado, la cosa puede valer la pena. Y hay más motivos: en ella han trabajado algunos buenos amigos de este blog, y por ellos he ido recibiendo cumplida información de las vicisitudes (nunca mejor dicho) por las que ha pasado la susodicha cinta, y que se pueden resumir en el nulo esfuerzo de la distribuidora (Buenavista) por llamar mínimamente la atención sobre el estreno: no se envía material audiovisual a las televisiones; no se avisa a los medios del pase previo, al que acudió bastante famosete… Pero, claro, ningún periodista; se niegan a distribuir el material filmado de ese pase previo que los propios responsables de la película ruedan por su cuenta y riesgo (porque había que pasarlo a Beta, y eso cuesta dinero…); y en general no mandan un puñetero email a la prensa. Si ya ha sido un milagro que se haya estrenado, más lo habrá sido que alguien se haya enterado de que existe.

¿Y a usted qué leches le importa todo esto? Me preguntarán. Bueno, pues algo sí me importa. Como creo que ya he comentado alguna vez, soy periodista de profesión. Lo que también soy es escritor de no ficción, y tengo un par de libros publicados, cuyos títulos me reservo porque no tienen nada que ver con el cine y yo no he hecho este blog para publicitarme. Pero mi trabajo me ha costado escribirlos. Y les aseguro que la ilusión de ver por fin el producto de tanto tecleo, sudor y lágrimas en las librerías puede verse bastante truncada cuando se comprueba que a) la editorial que te publica pasa de tu libro como de la mierda, b) la promoción te la tienes que hacer tú, c) presuntos amigos y antiguos colegas en los medios, periodistas endiosadas (alguna con asistente), negros de tertulianos con flequillo, figurones de las ondas que están muy ocupados reseñando la guía sexual de Nuria Roca (salió a la vez que mi segundo libro) o las Cartas a un joven español (también, también...) lo mandan de un manotazo a la pila de los nunca abiertos, y d) cuando al fin la editorial hace una presentación, les falla el presentador… y ni se les ocurre cambiar la fecha. Tú mismo a contarle a la gente lo bueno que es, con tu mejor sonrisa.

Yo no digo que todo eso me haya pasado a la vez, ni en el mismo libro, pero les aseguro que sé perfectamente lo que significa cabrearse, rebotarse, frustrarse y, al final, encogerse de hombros y pensar que a lo mejor en la próxima ocasión, que otra vez a encerrarse un buen montón de meses con la esperanza de que las cosas vayan mejor con el siguiente… porque, a pesar de todo, SIEMPRE hay un siguiente. Y es injusto. Y no debería ocurrir. Como tantas cosas en esta vida.

¡Así que todos al cine, leches! Y no se preocupen, que si la peli nos parece una castaña, sé dónde viven estos tíos.