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domingo, abril 04, 2010

Con musho arte

Mi padre fue crítico taurino en su juventud; y yo, en la mía, también viví una época donde se me despertó una cierta afición a la lidia, hasta que tuve mi particular caída camino de Damasco; sencillamente, aquello comenzó a parecerme una total y absoluta salvajada. Y hasta hoy. Con todo, no estoy en absoluto de acuerdo con esta campaña surgida sobre una posible prohibición en Cataluña, porque a) los verdaderos motivos para fomentar el veto tienen mucho que ver con torticerías políticas y poco con una verdadera preocupación el bienestar animal y b) la palabra “prohibir” me suele provocar sudores fríos en la mayoría de los casos.

Pero la polémica surgida a raíz de todo este asunto ha provocado una polémica secundaria interesante, cuando Madrid y alguna otra comunidad han declarado los toros Bien de Interés Cultural, o algo así. Esperanza Aguirre ha justificado su iniciativa recurriendo a la importancia que han tenido en la obra de autores como Lorca o Picasso. Ah, Lorca y Picasso. Que harían los políticos sin ellos. O mejor dicho, qué harían sus asesores de comunicación, los que les escriben los discursos. Tú menciona a Lorca y a Picasso y quedas como Zeus, aunque al primero lo confundas con Miguel Hernández –muy de moda también últimamente- y del segundo no hayas visto ni el Guernica. La verdad es que la líder –ya que estamos tan cultos hoy, aclaremos que eso de lideresa es una soberana idiotez- de la Comunidad de Madrid, o cualquier otro político llegado el caso, podría haber profundizado un poco más y haber seguido, no ya con Hemingway, que eso se da por descartado, sino con Angel María de Lera y su novela Los clarines del miedo, o con Fernando Quiñones y ese prodigio de libro de relatos que es La Gran Temporada, donde su cuento Los toros del Puerto finaliza con una de las frases más desgarradoras que un servidor ha leído jamás: "giró sobre un talón pensando que había cumplido aquel día treinta y dos años, y que la vida de los perros no suele exceder de quince".

No tengo muy claro si los toros son o no cultura en sí mismos, pero desde luego sí han generado cultura. ¿Y en el cine, que es a fin de cuentas de lo que sigue tratando este blog? Pues se podrían citar unas cuantas películas, entre las que destacan, por sus numerosas versiones, Sangre y Arena y Currito de la Cruz. La primera, basada en la novela de mi tocayo Blasco Ibáñez, cuenta con plasmaciones en la pantalla de peso, como la de 1922 con Rodolfo Valentino y la (mejor, por cierto) de 1944, con Tyrone Power y Rita Hayworth, dirigidos además por Rouben Mamoulian. La tercera, de 1989, se recuerda sobre todo por haber sido rodada en España y contar con la participación de una Sharon Stone de la que todo el equipo acabó tan harto que de muy buen grado le hubieran clavado una estocada hasta la bola. En cuanto a Currito… melodrama racial y carpetovetónico, que ha conocido cuatro versiones, yo personalmente recomiendo la de Rafael Gil de 1965, que provoca risas de puro cursi y tiene a Arturo Fernández haciendo de torero chulo, envidioso y malvado, que al final es fatalmente corneado por un morlaco como justo castigo a su perversidad.

El toreo y el celuloide se han unido con más suerte en dos cintas en concreto: una, el documental Tú sólo rodado en 1984 por Teo Escamilla, uno de nuestros mejores directores de fotografía, centrado en los sueños y esperanzas de los chavales que entran en la Escuela de Tauromaquia de Madrid. Y Los Golfos, dirigida en 1959 por Carlos Saura, donde el toreo se presenta también como la –imposible-, salida de la miseria para los protagonistas. Precisamente el asunto de los toros le dio al director algún quebradero de cabeza durante el rodaje: los que hayan visto la película recordarán que su final narra el estrepitoso fracaso de Juan, uno de los personajes cuando, por fin, consigue estrenarse como novillero.

El actor que interpretaba a Juan era de verdad un aspirante a torero llamado Oscar Cruz. Y, llegado el momento de rodar la escena, le dijo a Saura que ni hablar, que un artista de su categoría no estaba dispuesto a fracasar en pantalla, que él era, ante todo, un torero y como tal se debía a un público que, por otra parte, ni siquiera tenía por entonces. Saura, finalmente, llegó a un acuerdo con él: rodaría la novillada tal cual; si hacía una buena faena, su personaje triunfaría en la película, y si no, se mantendría el final previsto. Oscar Cruz resultó ser un verdadero pinchaúvas, y se ganó una bronca monumental del respetable, que puede apreciarse en la película en toda su magnitud.

De aquél torero, la verdad, poco volvió a saberse. Pero la película de Saura sigue ahí. Y tiene todavía mucho arte dentro.

viernes, diciembre 05, 2008

"¡Primera posición!"

Voy a hacerles una pequeña confesión, que probablemente no coja de nuevas a nadie: la cantidad de periodistas que se lanzan a hacer la reseña de un libro sin apenas leerlo, y quiten el “apenas”. Lo único que hacen es reproducir la nota de prensa y señalar lo que esa misma nota señala, sin siquiera abrir el volumen para comprobarlo por sí mismos, o para buscar otras cosas quizá más interesantes.

Esto viene a cuento de la biografía de Alfredo Landa, que acaba de publicar Aguilar, escrita en colaboración con Marcos Ordoñez. Me la he ventilado en tres días, porque tiene la cualidad de ser enormemente entretenida. Así que he podido contrastar lo que yo iba leyendo con lo que decía la prensa que yo estaba leyendo, y las cosas, la verdad, no encajaban del todo. Uno creería que es un libro donde Landa pone a parir a todo el mundo, y la verdad es que el Alfredico no se corta un pelo en sus opiniones sobre Manolo Gómez Bur, Jose Luis López Vázquez, Jose Luis Dibildos –, lo que cuenta de él es, directamente, de cárcel- Pilar Miró, Fernando Fernán-Gómez y algunos más, pero también es cierto que pone por las nubes y no acaba a José Sacristán, Paco Rabal, Mónica Randall, Fernando Rey, Carmen Maura, Ovidi Montllor y a su querido y/o odiado Garci, también entre otros muchos. En resumen: las memorias de un hombre que lleva muchos años en este negocio y que ha estado a gusto con algunas personas, y con otras, no tanto. ¿Por qué se iba a callar a estas alturas?

Tampoco entiendo en qué momento se ha metido la política en todo este asunto. En una entrevista en El País le preguntaron si no era “un poco fachilla” por ser de derechas (gran amplitud de miras, sí señor), con lo cual alguna gente de derechas que sí que es algo más que un poco fachilla –la hay, por desgracia- lo están utilizando como excusa para atacar a sus odiadísimos actores españoles. Y así seguimos en este país, tirándonos las ideologías a la cara, cuando Landa será lo que le dé la gana ser, pero en su biografía pone exactamente igual de bien a Jose Luis Sáenz de Heredia (falangista de pro) que a Juan Antonio Bardem (comunistón de pro), a Jose Luis Garci que a Jose Luis Cuerda, y todo siguiendo el mismo criterio: su talento como directores y las películas que hizo con ellos, sin que la ideología de cada uno parezca quitarle excesivamente el sueño.

Ahora, la mejor anécdota, por lo menos para mi gusto, es la de El río que nos lleva. Basada en la novela de Jose Luis Sampedro, la película narra la historia de los gancheros, que en otros tiempos se encargaban de bajar los árboles recién talados río abajo, hasta las serrerías. Dirigió Antonio del Real, y se rodó en escenarios reales. Todo muy real. Ese fue el problema. Cuenta Landa:

“Comienzo del rodaje. Hay una cascada preciosa y se va a filmar el plano de la bajada de los troncos.
Doscientos troncos, preparados en su presa. Todo el equipo a punto también.
Le digo a Tono:
- Oye, y estos troncos… digo yo que habrá unos pocos auténticos y el resto serán de poliuretano o alguna materia plástica, porque van a ser el eje de toda la acción y…
- No, no, no. De plástico nada. Aquí todo es de verdad.
- Pero vamos a ver… Es que tenemos que manejarlos en el agua, Tono, y si son de verdad deben pesar…
- Una tonelada cada uno. Realismo.
- Entonces no habrá forma humana…
- Que no te preocupes, Alfredo. Todo controlado.
No escuchaba. Es lo malo que tenía, que no escuchaba.
El jefe de producción, pasmado. El cámara, pasmado. Pasmados todos.
Pero el director es el que manda.
- ¿Así que soltamos los troncos?- le preguntan.
- Claro, claro. A la voz de acción.
- Muy bien.
Grita “¡acción!”. Sueltan los troncos. Se rueda el plano general.
Los troncos salen de la presa que es un contento.
Y entonces le oímos decir: “corten. Primera posición””.

“Primera posición” en un rodaje es la orden para volver a dejar todo como estaba antes de empezar a rodar, para repetir la escena. Y en este caso, significaba volver a colocar tras la presa doscientos troncos de una tonelada. Cinco días tardaron en conseguirlo, con grúas, camiones, de todo, durante los cuales el equipo entero se partía la caja con la ocurrencia del director. No es la única anécdota del libro, eso desde luego, pero para mí, es la más absurda. Y esas suelen ser las mejores.

Pueden añadirlo a la cesta de Navidad.

P. D. No puedo garantizar que vaya a meter muchos posts este mes. Se hará lo que se pueda, pero estoy hasta arriba con un encargo que me tiene ocho horas al día delante de la pantalla, y luego cualquier tiene ánimos para seguir tecleando. Se hará lo que se pueda, pero tengan un poco de paciencia.

martes, mayo 27, 2008

Made in Japan

“No le doy mucho valor a una película que me haya divertido hacer. Si es buena, es un trabajo durísimo”.

Se nos ha muerto uno de los grandes, de eso no hay duda. Y es una pena. Si Sidney Lumet, con ochenta y bastantes años, sigue haciendo cosas como Antes de que el diablo sepa que has muerto, aún podíamos tener esperanzas de que Sidney Pollack nos hubiera regalado otro título clásico. Aunque sus últimas películas, en mi opinión, no estuvieron a su altura: La intérprete (2005) tenía partes buenas, pero hacía bastante agua, aunque era una obra maestra al lado de las dos anteriores, Caprichos del destino (1999) y, Dios santo, una nueva versión de Sabrina (1995). Debió de divertirse como un enano haciendo todas estas.

Pero en la década de los 70 y principios de los 80 es cuanto Pollack brilla. Y cómo. Trabaja con los grandes: Paul Newman, Al Pacino, Dustin Hoffman, Jane Fonda, Robert Mitchum y, sobre todo, su amigo Robert Redford, y con ellos hace alguna obra maestra -Tootsie (1982)- y varias cintas que siguen sólidas como rocas veinte años después: El jinete eléctrico (1979), Ausencia de Malicia (1981) (¡qué olvidada está esta película, y qué falta haría rescatarla hoy!), Los tres días del Condor (1975), Las aventuras de Jeremías Johnson (1972) (otro día les tengo que contar una cosa muy divertida de esta peli…) y una de mis favoritas: Yakuza (1974), una aproximación al mundo de la mafia japonesa mucho más conseguida que la que perpetraría Ridley Scott unos años después con Black Rain

Yakuza, como no podía ser menos, está filmada íntegramente en Japón, y los gángsters nipones llegaron a estar tan implicados en el rodaje como lo habían estado sus colegas italoamericanos durante la filmación de El Padrino de Coppola. Para conseguir la intervención en la película de Takakura Ken, una estrella de las pelis de gángsters japonesas (también sale en la de Scott), Pollack accedió a rodar en un estudio controlado por los yakuza. Al poco tiempo, se dio cuenta de que muchos de los operarios del estudio presentaban una particularidad: les faltaba, por lo menos, un dedo de la mano, y a algunos, varios. La explicación, lógicamente, estaba en la costumbre de los yakuza de cortarse la falange de un dedo para pedir disculpas al oyabun (el padrino, para entendernos) cada vez que cometen una equivocación (cabe suponer que los más inútiles acabarán teniendo que hurgarse la nariz con un lápiz). Pero el colmo llegó cuando uno de los chóferes contratados se equivocó cuando tenía que ir a recoger a una estrella al aeropuerto.

“Después”, recordaría Pollack años más tarde, “apareció en las oficinas de producción con la falange del meñique envuelta en un pañuelo, y se la presentó al jefe de producción para disculparse”.

miércoles, mayo 07, 2008

La mejor actuación



“Si estabas con él en un rodaje y le veías interpretar una escena, te preguntabas para qué le estaban pagando”, dijo de él el actor Lloyd Nolan. “Pero cuando veías después las tomas del día, entonces lo sabías. La actuación para el cine está en los ojos”. “No quiero actuar con él”, dijo, por su parte, John Barrymore. “Me robaría la escena con una mirada o con pasarse la mano por la cara”. Son dos magníficas descripciones del innegable talento de Gary Cooper, cuyo cumpleaños se celebra hoy. ¿Es posible que este hombre naciera hace 107 años? Su presencia, su manera de actuar, parece tan fresca, tan actual. Todavía, como todos los grandes, llena la pantalla con sólo aparecer en ella. Es difícil no seguirle con la vista, aunque sólo se esté sentando, apoyándose en una pared, o encendiendo un cigarrillo. Cuando se habla de él lo típico y tópico es acordarse de Sólo ante el peligro (1952), de Fred Zinemann, pero yo personalmente le prefiero con Capra en Juan Nadie (1941), con Lubitsch en La octava mujer de Barba Azul (1938) y, desde luego, con Howard Hawks en Bola de fuego (1941).

Hizo de todo, y lo hizo bien. Cuesta trabajo creerlo de un cow-boy que empezó como especialista en el cine mudo, y que luego fue subiendo de un papel a otro hasta enfrentarse, como muchas estrellas de la época, con la llegada del sonoro. Pasó la prueba, y se convirtió en uno de los mayores astros de Hollywood hasta que el cáncer se lo llevó en 1961. Antes, mucho antes, se enfrentó a una de sus primeras escenas dramáticas, en el western mudo Flor del desierto (1926) de Henry King, donde comenzó sustituyendo en las tomas largas al actor Harold Goodwin y finalmente se hizo con el papel cuando éste resultó no estar disponible.

En la escena en cuestión, su personaje llegaba al cuarto de un hotel, agotado, sudoroso y cubierto de polvo, después de haber cabalgado 130 kilómetros, para dar una noticia desastrosa al resto de los actores. Pero, como él mismo recordó en una conversación mantenida con el periodista George Scullin, “yo no sudaba lo suficiente para quedar bien empolvado, ni era capaz de aparentar todo el cansancio que se necesitaba. Después de 15 ó 20 ensayos y una docena de tomas, aunque mostraba cansancio, no daba la sensación de fatiga extrema”.

“Para lograrla, una mañana King comenzó a hacerme correr alrededor del estudio a las siete A. M. Al cabo de una hora comencé a dar señales de cansancio. El director me incitaba a seguir adelante recordándome la carrera de Maratón y aquello del arte por el arte. Después de unos quince kilómetros de carrera, salía a mi encuentro cada cuatro vueltas y me arrojaba un puñado de polvo a la cara. Por fin tuvo a bien pensar que ya estaba suficientemente cansado: a estas alturas ya estaba yo bamboleándome, completamente exhausto. Me agarró en una voltereta, me arrastró frente a las cámaras y me dijo:

- Ahora sí. ¡Suéltales la noticia!

El calor y las luces me dieron de lleno en el rostro. Abrí la boca automáticamente, vi que la cámara daba vueltas alrededor de mí y caí cuan largo era. Samuel Goldwyn, que estaba mirando, dijo que era la mejor actuación que había presenciado. ¿Y quién era yo para llevarle la contraria?”

jueves, abril 10, 2008

Charlton y olé


Ya, ya sé que llevamos un par de entradas con Charlton Heston, pero es que no me resigno del todo a decirle adiós. Por lo menos, sin sacar algunas cosas sobre él que me parecen dignas de reseñarse. Su relación con España, por ejemplo. No creo equivocarme si digo que es la estrella de Hollywood que más veces ha trabajado en nuestro país. La cosa comenzó, desde luego, con El Cid en 1961, pero en los años siguientes se instalaría en lo que hoy es la macrourbanización de Las Rozas para protagonizar otra de las superproducciones del nunca bien recordado Samuel Bronston, 55 días en Pekín (1963). Bronston, como es sabido, cerró sus oficinas aquí, pero Heston siguió rodando en España; tanto en películas dirigidas por él como en coproducciones hispano franco alemanas o así, de esas que tanto abundaban en los cines de barrio de la Europa de los 60 y 70.

Lo cual le llevó, en más de una ocasión a trabajar con actores españoles. Sobre este particular hay un par de anécdotas. La primera se refiere al rodaje de Marco Antonio y Cleopatra (1972), dirigida por el propio Heston, y donde eligió para el papel de Octavia nada más y nada menos que a Carmen Sevilla. Pues bien, hace unos años en un programa de televisión -creo que fue en El show de Flo, presentado por el regordete Florentino-, llevaron a Carmen Sevilla de invitada… y pasaron una escena de la película, donde se ve claramente que Heston, en su papel de Marco Antonio, mientras desgrana frente a Carmen los inmortales versos de Shakespeare, le está tocando una teta con la mayor impunidad, pero al mismo tiempo como quien no quiere la cosa, como si estuviera plenamente concentrado en su papel y aquella mano estuviera donde estaba así como por casualidad. Preguntada sobre el particular, la actriz reconoció que sí, que eso pasó, y que tuvo que acabar diciéndole “mira, Chalton, o Calton, o como te llame, tu zerá una estrella y er directo de la pelicula, y to lo que tu quiera… pero no te pase”.

La otra anécdota se refiere al rodaje de La selva blanca (1973), una coproducción europea basada en The call of the wild, de Jack London. El lugar de rodaje elegido fue la ciudad noruega de Oslo, donde había unos exteriores que podían pasar sin demasiados problemas por la Alaska del libro, y uno de los compañeros de rodaje de Heston fue, según recuerda en sus memorias, “un joven y guapo actor español que había empezado a hacerse un nombre en el cine hispanoamericano”. El actor era Juan Luis Galiardo, que también había trabajado con Heston en Marco Antonio.

El problema, cuenta Heston, fue que la escasa luz solar y el aislamiento acabaron produciendo en Galiardo una depresión de caballo. Cada vez se iba encerrando más en sí mismo, con el ánimo más apagado. Heston era el único del equipo que hablaba español, y además regular, pero sus intentos de revivir a un Galiardo progresivamente ausente no tuvieron mucho éxito… hasta que un día quedó completamente paralizado al hacer una escena. “Luego se lo llevaron a un hospital de Oslo para hacerle unas pruebas. Aquella misma noche fui a visitarlo y me lo encontré callado, todavía sonriendo. Al cabo de uno o dos días le mandaron en avión a España, donde espero que se recuperara. No sé si alguna vez volvió a actuar”.

Pues sí, por aquí todos sabemos que Galiardo volvió a actuar, apareciendo en años recientes en películas estupendas como Familia, de Fernando León, y en otras que no lo son tanto. Y también utilizando esa prodigiosa voz que Dios le ha dado para insultar siempre que tiene ocasión al cine norteamericano. No sé si ha llegado a enterarse de que, al otro lado del charco, alguien le recordaba con más cariño.

miércoles, marzo 12, 2008

Clavaíto

Como todo el mundo sabe, un doble en el argot cinematográfico es el sufrido profesional al que le toca comerse todas las escenas peligrosas para que la estrella de turno termine la película sin despeinarse en exceso. Pero hay otros tipos de dobles: los que tienen un parecido más que razonable con algún que otro actor o actriz, y se dedican a utilizarlo en provecho propio. Me imagino que ya saben a qué viene esto, ¿no? A la que ha organizado en el Bernabeu el italiano Paolo Calabresi, haciéndose pasar, por encargo de una cadena de televisión italiana, por Nicolas Cage nada menos, y como tal asistir a un partido como invitado de honor, consiguiendo quedarse con -casi- toda la plantilla del Madrid, empezando por el presidente (“me di cuenta enseguida”, ha dicho; claro, hombre, y además le encanta Bruce Springsteen) y el jefe de prensa. Además del carné de socio de honor, y varias camisetas firmadas, alguna de ellas por el propio Calderón. Un artista, qué quieren que les diga.

Ahora, ya es duro ¿eh? Parecerte a una estrella de cine, y que sea precisamente el tío con más pinta de colgao de todo Hollywood. Para eso, siempre es mejor asemejarse a alguno de los bellezones de la pantalla clásica. Tyrone Power, por ejemplo, que en los años cincuenta fue uno de los mayores galanes del cine, y que murió en 1958 de un ataque al corazón precisamente en Madrid, durante el rodaje de Salomón y la Reina de Saba, de King Vidor. Este fallecimiento dio lugar a una historia bastante descacharrante, protagonizada por uno de nuestros mejores escritores vivos y un marino de El Puerto de Santa María.

El escritor era -todavía es, no seamos cenizos- Jose Manuel Caballero Bonald, por cierto, paisano mío y amigo de la familia. Y el marino, bueno, no vamos a poner aquí su nombre; lo importante es que tenía como peculiaridad ser lo que se dice una fotocopia de Tyrone Power. El caso es que, cuando llegó a oídos de Caballero Bonald la noticia del fallecimiento del actor original, no se le ocurrió otra idea que convencer al marino para que viajara a Madrid, donde sería presentado al equipo de filmación, el cual, en cuanto se percataran de aquel parecido sobrenatural, no dudarían en contratarle para completar el rodaje.

Con la ayuda y el apoyo monetario de dos amigos, consiguió convencer al marino, y lo instalaron en un hotel madrileño. El siguiente paso fue convocar a un periodista de Pueblo para que hiciera un reportaje sobre “la milagrosa aparición de un clónico del fallecido actor norteamericano”, según cuenta el escritor en sus memorias (segundo tomo). Y el siguiente fue plantarse en el hotel donde estaba todo el equipo de la MGM, convencidos de que la aparición del nuevo Tyrone provocaría en ellos una contratación poco menos que inmediata. Las cosas, claro, no salieron así, y tanto el Tyrone del Puerto como sus apoderados abandonaron el hotel con la promesa de que ya les llamarían.

Al final, por abreviar, terminaron enterándose de que la Metro Goldwyn Mayer había optado por la solución de volver a rodar la película desde el principio, ahora con Yul Brinner, sin considerar ni por un minuto la idea del doble (ya ven, lo que sí que se hace ahora cuando muere un actor, gracias a la informática). Todo esto después de varios días del Tyrone bis hospedado a expensas de los autores de la idea y “mostrando una excesiva inclinación a comer por lo menos dos veces al día, lo cual afectaba de modo notable a nuestras reservas económicas”. La cosa, al parecer, acabó con una bronca monumental no tanto con Tyrone sino con su señora, que al parecer era de armas tomar y a punto estuvo de agredir físicamente a los tres apoderados.

Una pena, porque yo creo que Caballero Bonald y sus amigos lo que fueron es unos adelantados a su tiempo. Y si no, pinchen aquí para ver un montonazo de sosias profesionales, a los que pueden contratar para amenizar despedidas de soltero, bautizos y comuniones.

viernes, febrero 29, 2008

De Salamanca a México (pasando por Euskadi)

Hace unos meses, les hablaba en este blog del rodaje de la película En el punto de mira, que se estrena hoy, y que trata del asesinato del presidente de Estados Unidos en la Plaza Mayor de Salamanca, nada menos. Un lector me hizo notar que el rodaje no había sido en la verdadera Salamanca, sino en decorados montados en México. Vale, yo también meto la pata a veces. El otro día oí en la radio una entrevista con Eduardo Noriega -que con esta peli se apunta a la corriente de actores españoles en Hollywood- donde explicaba el porqué de este asunto. La historia, desde luego, es curiosa.

Según el protagonista de Abre los ojos, parece que la cosa fue más o menos así: una vez que se había establecido que la historia debía ocurrir en España, la idea inicial era rodar en la Plaza Mayor de Madrid. Pero ni todo el poder de Hollywood es suficiente como para cerrar al público un lugar tan céntrico durante los tres meses que iba a durar el rodaje, y menos aún en verano. Así que se planteó Salamanca como segunda opción, pero pasaba lo mismo. El caso es que en la productora se quedaron tan enamorados de la Plaza Mayor de Salamanca que decidieron que, si no podían rodar en la de verdad, la montaban por su cuenta. Y esa es la explicación de que vayamos a ver una Salamanca que no es la auténtica, pero lo parece.

No es mala idea, si quieren mi opinión. Un decorado siempre te permite mayor libertad a la hora de mover los actores de acá para allá, y de crear escenas como atentados, tiroteos, persecuciones, etc. Parece que en Salamanca están encantados, porque los atractivos de su ciudad -aunque no sean los auténticos- se verán en todo el mundo. Claro que cabe hacerse la pregunta clave: puestos a recrear la Plaza Mayor de Salamanca ¿Por qué lo hicieron en México y no en España?

Y es que no me cabe duda de que la recreación de los escenarios será muy fiel, pero en cuanto al personal… ¿Los extras tendrán pinta de salmantinos, o de estar a punto de arrancarse con el Volver, volver a la primera de cambio? Porque esto no es la primera ni la segunda ni la tercera vez que pasa. Y si no, echen un vistazo al vídeo que incorporo hoy, que no es de cine, sino de televisión, pero es un clásico por derecho propio, que seguramente muchos de ustedes ya conocerán: los primeros minutos de un episodio de MacGyver donde se da un paseo por las montañas del País Vasco. Lo que pasa es que es un País Vasco un poco sui generis, y en lugar de txapelas, aizkolaris y andalahostiapatxi, se encuentra con... Bueno, cuando lo vean, ya entenderán lo que quiero decir.

Ah, y a los lectores vascos que no lo hayan visto todavía sólo quiero recomendarles sentido del humor… que yo soy andaluz y sobre estereotipos regionales machacados por el cine (y por la tele), tendría bastante de qué hablar.

lunes, febrero 11, 2008

Lo que hay que aguantar...


Se ha muerto Roy Scheider. ¿Saben que estuvo a punto de protagonizar El cazador? La fama que consiguió como protagonista de Tiburón (1975) -papel que obtuvo, por cierto, después de que lo hubiera rechazado Charlton Heston- le sirvió para hacerse con algunos papeles jugosos a finales de los 70, el más recordado de los cuales sea, posiblemente, All That Jazz (1979). Pero la cosa duró poco, y en la década siguiente se fue difuminando en roles secundarios y, por último, en producciones de esas que van directamente al mercado del vídeo o a los canales de televisión más cutrillos.

Una pena, porque era un estupendo actor, pero ya se sabe que el firmamento de las estrellas está reservado a unos pocos y Scheider, por lo que fuera, nunca llegó a él. Lo que sí hizo fue trabajar con muchas estrellas y, en ocasiones, soportar sus caprichos. En su libro Las aventuras de un guionista en Hollywood, William Goldman recuerda un momento especialmente tenso durante el rodaje de Marathon Man (1976). Si han visto la película, recordarán que Scheider interpreta al hermano del protagonista, Dustin Hoffman, un agente especial cuya aparición en Nueva York mete a Hoffman en un lío considerable. Bueno, pues en la película Scheider se cuela de noche en el apartamento de su hermano, que se asusta pensando que hay un ladrón en la casa, y saca una linterna de la mesilla de noche, con la que intenta localizar al intruso en la oscuridad.

El director John Schlesinger intentaba, siempre que le era posible, que los actores ensayaran las escenas antes de empezar a rodar, y esta no fue una excepción. En un decorado neutro, Hoffman esperaba en la cama, y Scheider avanzaba hasta la zona donde se supone estaba la puerta. Una vez allí, dio una patada al suelo para indicar que la había cerrado. Turno de Hoffman. Pero este no empezó a interpretar. Se dirigió a Schlesinger y le pregunto por qué su personaje tenía que tener una linterna en la mesilla de noche. El director le contestó que bueno, que quizá no era el momento de hablar de esas cosas, y que siguieran con el ensayo. Pero de eso, nada. Sigue el texto original de Goldman:

“Hoffman niega con la cabeza. El personaje que interpreta, según él, no debería tener una linterna junto a la cama.

Ahora, si no se tratara de una estrella, Schlesinger le hubiera dicho, como cualquier otro director, que estaban perdiendo el tiempo del ensayo, que tiene precio de oro, puesto que en la mayoría de los rodajes no se ensaya (…)

Pero Dustin Hoffman es una gran estrella y hay que hacerle caso. Scheider sigue en pie tranquilamente, en la puerta imaginaria, esperando.

Schlesinger dice que mucha gente tiene linternas en la mesilla.

Hoffman dice que él no está interpretando a mucha gente, sino a Babe, y que Babe no tiene por qué tener una linterna en la mesilla.

Schlesinger hace otro intento: te acaban de atacar, estás intranquilo, has tomado precauciones.

No hay manera.

Ahora, un duro asalto desde el punto de vista del director: necesitamos ese efecto de la linterna sobre las paredes para añadir interés a la escena.

Hoffman dice que no habrá escena que valga la pena si él no puede interpretarla, y él cree que no hay justificación para la maldita linterna.

Durante todo este tiempo, Scheider sigue en pie, en silencio y esperando.

Este es quizá mi recuerdo más intenso de la situación -que duró una hora, dicho sea de paso-. Scheider esperando tranquilamente, como un perfecto caballero en todo momento”.

Hay que aclarar que Goldman no le tenía ningún cariño a Dustin Hoffman, porque el actor había exigido que se cambiara el final de la novela de Goldman en la que se basaba la película. Así que quizás esta anécdota haya que cogerla con pinzas. Pero es muy ilustrativa de la diferencia que puede haber entre un actor, de éxito pero actor al fin y al cabo, y una estrella con poder suficiente como para parar una hora de ensayos por una divergencia de opiniones.

Bueno, un respeto para Roy Scheider. Voy a ver si encuentro por ahí All That Jazz, que Tiburón ya la tengo muy vista.

lunes, enero 28, 2008

¡¡Dios mío, ESTO es un infierno!!

Es posible que a los lectores más jóvenes les cueste imaginar lo que significaron las películas de Rambo allá por los años 80 del siglo pasado, mucho menos si se molestan en ir a ver esta vetustilla cuarta entrega. Cinematográficamente, la verdad es que no significaron gran cosa, pero como fenómeno social… en plena era Reagan, nadie como Sylvester Stallone supo ver el filón que significaba la recuperación de los valores yanquis más vetustos, y la idea de presentar en la pantalla a americanos de pura cepa dándoles las del pulpo a los enemigos tradicionales de la nación.

Hubo otros, claro, empezando por el chuachegobernador de California y siguiendo por Chuck “visita Texas si tienes huevos” Norris, pero ya les digo, Stallone los superó a todos con su doblete conseguido en 1985 con Rambo y Rocky IV, que aparte de convertirle en multimillonario le hizo merecedor de una portada de la revista Time.

Cuesta creer que este fenómeno tuviera su origen en la novela escrita en 1972 por un profesor de literatura, David Morrell. Pero así fue: Primera sangre (publicada en España por Ultramar) llamó la atención de Hollywood nada más aparecer, pero en aquella época no se pensaba que la historia de un excombatiente de Vietnam que se volvía loco y destrozaba un pueblo entero cuando le tocaban demasiado las narices tuviera mucho atractivo. Claro que eso fue antes de que Stallone la cogiera diez años después y la convirtiera en Acorralado. Es curioso; en la película y en la novela pasan casi las mismas cosas, pero el trasfondo de la historia es muy distinto. El Rambo literario no es una masa de músculos, sino un tipo de lo más normal que, antes de que le toque ir a Vietnam, se alista voluntario en las Fuerzas Especiales porque sabe que así tendrá más posibilidad de sobrevivir. Cuando le sueltan de nuevo en la vida civil deja salir al perturbado que lleva dentro y, al final, después de más de 200 páginas de sangre y muerte, le pegan un tiro.

Esto último Stallone no lo podía permitir. Kirk Douglas cuenta en sus memorias que recibió la oferta de interpretar al coronel Trautman, el mentor de Rambo, pero que la rechazó a menos que mantuvieran el final de la novela y su personaje matara a la máquina asesina que él mismo había contribuído a crear. “Se habría perdido un negocio de mil millones de dólares”, afirma. “Pero hubiera sido lo correcto”. A Trautman lo interpretó Richard Crenna (fallecido recientemente), Rambo sobrevivió y por eso nos ha podido deleitar (?) con tres entregas más.

Un par de anécdotas sobre Rambo, la segunda peli de la serie, y la más famosa. Primero, el programa de entrenamiento físico de Stallone, que le acabó dando ese aspecto que alguien comparó con el de un condón relleno de nueces: durante cinco meses pasó seis horas al día haciendo remo, jogging y pesas, además de lecciones de tiro con arco y entrenamiento suplementario con los SWAT de Los Angeles. Durante el rodaje, se levantaba a las cuatro y media de la mañana para entrenar y trabajar en el guión de Rocky IV que, aunque parezca increíble, también necesitaba escribirse. En todas sus películas, Stallone aparece con cara de sueño, pero es que en esta, verdaderamente, se dormía de pie.

Y luego un detallito que señala acertadamente Peter Van Gelder en su libro That’s Hollywood: en la peli, Rambo mata a 57 personas, en su mayoría guardas del campo de prisioneros en Vietnam. Pero dentro sólo hay una docena de americanos capturados. ¿A quién se le ocurrió poner más de 50 soldados para vigilar a doce presos famélicos? El vietcong estaba, desde luego, sobrado de personal.

P. D. Por cierto, la famosa frase “No siento las piernas” se ha dicho en MILES de películas yanquis, pero no en la saga de Rambo. Lo que verdaderamente dice es “¡No le encuentro las piernas!” cuando al final de Acorralado recuerda la historia de un compañero suyo al que le vuelan la parte inferior del cuerpo de un bombazo. Y lo de "Dios mío, esto es un infierno", no tengo claro si la dijo Rambo... o un servidor de ustedes, cuando le tocó verla.

jueves, octubre 18, 2007

Rosa inglesa

Se acaba de morir Deborah Kerr, a los 86 años, y con ella desaparece una de las señoras más impresionantes que jamás se hayan asomado a una pantalla. Y cuando digo señora, estoy utilizando la palabra en su sentido más antiguo o tradicional, si quieren: estilo, clase, señorío. Le salía por los poros, y la estricta educación que recibió -su gobernanta le hacía pasar horas tumbada recta sobre el suelo de madera, para enderezar su espalda- no hizo sino acrecentar esa cualidad. Quizá por eso tantos de sus papeles fueron, precisamente, de estricta dama inglesa, con la consecuencia de que Deborah Kerr -con seis nominaciones al Oscar y ninguna victoria- acabara presa de un cierto encasillamiento, que se quitó de encima en aquella famosa escena de De aquí a la eternidad (1953), donde se revolcaba por la playa con Burt Lancaster.

Pero es difícil quitarse de encima el encasillamiento. Cuatro años después, Kerr protagonizó Sólo Dios lo sabe, dirigida por John Huston y con Robert Mitchum como compañero de reparto. La historia seguía más o menos el esquema de La Reina de Africa (1951) presentando una historia de amor entre dos personajes contrapuestos, en este caso un rudo marine (Mitchum), y una monja (Kerr). Lógicamente, a diferencia de lo que ocurría en la película de Bogart, en esta ocasión el amor se mantenía en un plano completamente platónico.

Deborah Kerr sorprendió a Mitchum… agradablemente. Siempre dijo de ella que era la única compañera de reparto con la que no se había acostado. Fantasmadas aparte, indica claramente el respeto y la amistad que surgió entre ambos actores, y que siguió hasta la muerte de él, en 1997. Ella encontró en su compañero una persona mucho más sensible de lo que indicaba su leyenda de chico malo, atenta, educada y con profundos intereses intelectuales. El descubrió que la estricta dama inglesa podía jurar como un carretero cuando Huston comenzó a machacarla demasiado sobre como había que interpretar una escena. Y los tres juntos, actor, actriz y director, decidieron divertirse un poco a costa del sacerdote enviado por la Catholic Legion of Decency para vigilar que el argumento de la película transcurriera dentro de los cánones esperables de moralidad.

El sacerdote en cuestión había sido invitado por la Fox a Tobago -donde se rodó la película- y desde el primer día empezó a poner pegas, percibiendo detalles escabrosos en la más inocente de las escenas. Hasta que una mañana llegó al rodaje y, como de costumbre, permaneció al lado de Huston después de que éste gritara “¡acción!”. Kerr y Mitchum empezaron a decir su dialogo. Luego, se fueron acercando el uno al otro. Mitchum pasó la mano por los pechos de Kerr, y ésta correspondió agarrando el trasero del actor, antes de que ambos empezaran a besarse a lengua abierta. Director y personal de rodaje permanecían impávidos, mientras el sacerdote parecía al borde de la apoplejía. Por fin, preguntó a Hustón: “¿Qué está pasando aquí?”, y tranquilamente éste le respondió:

- Quédese callado, padre. ¡Joder, nos acaba de arruinar una toma perfecta!.

lunes, octubre 15, 2007

Terror barato

¿Qué se puede hacer un doce de octubre por la noche cuando uno ha decidido no salir de casa, el videoclub está cerrado, y el otro videoclub -donde tenía la tarjeta para la máquina de alquiler- ha clausurado sus actividades sin previo aviso y todo lo que queda de él son paredes vacías (menos mal que no tenía mucho saldo en la tarjeta)? Pues, como decía Hannibal Lecter, se tira de lo que hay en la nevera. Así es como acabé viendo El péndulo de la muerte (1961), que había comprado algunos meses atrás, y esperaba pacientemente su turno al lado del televisor.

El péndulo… es la segunda de las adaptaciones (bastante libres) que Roger Corman filmó sobre los relatos de Edgar Allan Poe. Aquí se han añadido muchos elementos: un viajero llega a un castillo en España para indagar sobre la misteriosa muerte de su hermana. Como la hermana en cuestión estaba casada nada menos que con Vincent Price, ya se pueden imaginar que las cosas se van a torcer un poco, sobre todo si tenemos en cuenta que la salud mental de Price ya anda delicadilla al principio de la película, y las cosas que pasan después no van a contribuir precisamente a calmarle los nervios. Añadamos a eso que vive obsesionado por el espectro de su padre, que respondiendo a los topicazos guiris sobre la España del siglo XVI era uno de los verdugos más crueles de la Inquisición, y que tiene el sótano lleno de material de trabajo. Y no les cuento más, no vaya a ser que no la hayan visto y les entren ganas.

Sorprende lo bien que aguanta la película, sobre todo si tenemos en cuenta que ya en su día se hizo con un presupuesto bastante ajustado. Aquí todo son decorados interiores, con la excepción de las vistas del castillo, situado al lado de un mar permanentemente embravecido como una metáfora visual de toda la turbulencia que aguarda dentro. Y unos actores magníficos, empezando por mi queridísimo tocayo Vincent Price y siguiendo por Barbara Steele, verdadero mito erótico del cine de terror de los 60, que se las arreglan para crear tensión sólo con lo que se cuenta y lo que se intuye. Sin (demasiada) sangre y con total ausencia de vísceras, consiguen meter la inquietud en el cuerpo del espectador a base de puro talento.

Y digo que sorprende, porque cada vez que veo un Corman de esta época me llama la atención su capacidad para que le cundieran unos presupuestos ridículos (aquí tienen una interesante entrevista con él). Unos años después, cuando España comenzó a filmar películas de terror, a cargo casi siempre de nuestro ínclito Paul Naschy, sólo consiguió verdaderos bodrios que hoy a lo que mueven es más a risa que a otra cosa.

Pero Corman sacaba de donde no había. Rodaba rápido, rodaba barato y sabía lo que quería. Dicen de él -y tendría que rebuscar de dónde saqué esa información- que en una ocasión aprovechó que aún tenía contratados a actores y decorados tras un rodaje para filmar otra película… en un fin de semana. Su explicación para semejante machada fue “bueno, queríamos ir a jugar al tenis, pero estaba lloviendo”.

miércoles, septiembre 19, 2007

El presidente de EE UU ha sido asesinado... ¡En Salamanca!

O por lo menos, lo será el año que viene. Este es el argumento de la película Vantage Point, que será estrenada en la primavera de 2008, y que se ha rodado íntegramente en la ciudad, con un reparto que incluye a Dennis Quaid, Sigourney Weaver, William Hurt y Forrest Whitaker (a la izquierda, una foto del rodaje, y aquí, el trailer). Desde luego, toda una oportunidad para los salmantinos de darse a conocer en todo el mundo, y un buen ejemplo del tema del último post, sobre el valor del cine para dejar plasmado en la historia el retrato de ciudades y escenarios reales.

De hecho, últimamente España parece estar de moda en el cine americano. Woody Allen rueda en Barcelona; El ultimátum de Bourne ofrece numerosas escenas filmadas en Madrid. Lo que ocurre es que esto está produciendo un efecto colateral que yo, personalmente, encuentro de lo más molesto. No se si recordarán, hace unas semanas, hablando del rodaje de Walkirie en Alemania, comentaba que este pedazo de superproducción había recibido cinco millones de euros en subvenciones públicas. Y recientemente, en Cataluña se ha producido una situación similar, ya que al parecer la película de Allen se ha beneficiado de ayudas cuyo importe no está claro, pero que algunos llegan a situar en veinte millones de euros.

A mí esta cifra me parece muy, muy exagerada, porque por lo general, el presupuesto de las películas de Woody ni se acerca de esa cifra. Pero ese no es el tema, como diría aquel. Lo importante es que dudo mucho que Tom Cruise o Woody Allen necesiten subvenciones europeas para llevar adelante sus películas. Al segundo lo está financiado Dreamworks, por el amor de Dios, y no creo que se pueda decir que Spielberg tenga problemas de liquidez. En cuanto a Vantage Point, no tengo noticias de si el ayuntamiento de Salamanca (o la comunidad de Castilla y León, da igual) ha contribuido económicamente al rodaje; pero de ser así, me parecería igual de mal. La política de subvenciones puede ser aceptable o no, funcionar mejor o peor; pero de ninguna manera puede justificarse que se beneficie de ella una industria multimillonaria.


Eso sí, considero en cambio que los ayuntamientos deben dar todo tipo de facilidades para unos rodajes que contribuirán a proyectar la imagen de la ciudad en todo el mundo. Aunque los ciudadanos, a veces, tengan que pagarlo con buenas dosis de paciencia. Ya lo dijo Antonio Banderas cuando cortó un día entero el centro de Málaga para el rodaje de El camino de los ingleses: “Parece mentira lo rápidamente que pasas de hijo adoptivo de la ciudad a hijo de la gran puta”.

lunes, septiembre 17, 2007

La noche y la ciudad

Retomo el blog después de algunos días sin dar señales de vida; trabajo, viajes, ya saben… el caso es que no he andado tan ocupado como para no ver el artículo que Vicente Molina Foix publicó en El País el día 14, donde hablaba de los rodajes en Madrid; más exactamente, de las dificultades de rodar en Madrid comparado con otras capitales europeas.

Coincido con él en que es una verdadera pena, y no sólo por Madrid. ¿No nos hemos fijado nunca en el papel que juega el cine a la hora de retratar el estado de ciudades y pueblos en momentos concretos de su historia? Sin salir de Madrid, si uno quiere echar un vistazo al aspecto de la capital a mediados de los años 50 no tiene más que ver Historias de la Radio (1955) y seguir a Pepe Isbert mientras recorre el Paseo de la Castellana vestido de esquimal… Unos años después, en Opera Prima (1980), Fernando Trueba nos presentaría a otro Madrid y otros madrileños… Cada uno tendrá sus recuerdos en este aspecto, pero yo les confieso que soy capaz hasta de tragarme alguna de las películas de Cine de barrio en cuanto veo algunos exteriores que me traen de vuelta al Madrid de mi infancia (y, en cuanto pasan a interiores, cambio de canal).

Curiosamente, este es un campo en el que el cine europeo le ha sacado muchísima ventaja al norteamericano. Por lo general, el Hollywood clásico lo filmaba absolutamente todo en decorados, tanto los interiores como los supuestos exteriores que podían transcurrir en cualquier país del mundo (la Casablanca de Bogart se parece a la ciudad original como un huevo a una castaña. Pero claro, a muchos nos gusta más el café de Rick que cualquier local que podamos encontrar en la ciudad auténtica), mientras que el cine del viejo continente, con presupuestos mucho más ajustados, recurría a escenarios naturales. Y bien que se agradece, unas cuantas décadas después. ¿Dónde podríamos encontrar un mejor retrato de la Italia de los últimos cincuenta años que gracias a las imágenes que tomaron De Sica, Visconti, Rossellini e, incluso a su manera y sobre todo en La dolce vita, Fellini? Más o menos al mismo tiempo, aunque el cine de Hollywood comenzaba a asomarse al exterior, en mi opinión no tuvo en general la habilidad o la intención de captar el espíritu de sus ciudades y pueblos de la misma manera que el cine europeo (aunque hay excepciones tan conocidas como la de la película que ilustra el post de hoy).

De todos modos, este tema del rodaje en las ciudades tiene un aspecto menos atractivo, que últimamente se está poniendo bastante de actualidad. Quédese para mañana.

martes, septiembre 04, 2007

¿Y qué es exactamente un mal director?

Llevamos un par de días hablando de malos actores, y quizás no deberíamos dejar de lado a los directores, que esos también tienen lo suyo… Claro que, a la hora de determinar quién es un mal director, la cosa puede ser complicada. Habrá quien diga: hombre, claro, Ed Wood (el pobre Wood nunca se recuperará de la película que le dedicó Tim Burton… aunque es cierto que era espantoso), otros no se irán tan lejos y sacarán a Mariano Ozores, y luego tenemos a Tony Scott, Peter Greenaway, Alan Parker, y otros que en los últimos años han provocado profunda división de opiniones en la prensa internacional. Pero hay casos más flagrantes, de gente cuya incompetencia ha ocasionado que ningún productor con un mínimo sentido común les haya dejado acercarse de nuevo a una cámara. ¿Se acuerdan de Elaine May?

Nacida en Filadelfia en 1932, May se hizo un nombre en el mundo del espectáculo gracias a sus apariciones en clubes, televisión y teatro, donde hizo un buen número de contactos que le facilitaron la entrada al mundo del cine. Tras algunos comienzos como guionista y directora, donde se ganó merecida reputación de ser una perfeccionista de carácter, digamos, difícil, le llegó la oportunidad en 1976 de dirigir Mickey and Nicky, una comedia protagonizada por John Cassavettes y Peter Falk, grandes amigos en la vida real. El rodaje estuvo lleno de complicaciones, causadas en buena parte por el empeño de la directora en repetir las tomas hasta cincuenta veces, y aún no quedar satisfecha con el resultado. Cuando el estudio ordenó interrumpir la filmación, May había rodado 300.000 metros de película (la media de una película son unos 20.000, que quedan reducidos a algo más de 3.000 tras el montaje). Pero aun quedaba lo peor. May pasó más de un año montando la película, hasta que la Paramount se la quitó de las manos. Tanto esfuerzo no se tradujo en ningún resultado notable: Mickey and Nicky (que se estrenó aquí, aunque no recuerdo el título español) fue un fracaso de público y crítica.

Podría pensarse que tras semejante peripecia pocos querrían repetir con May. Pero un par de años después, tuvo un bombazo al coescribir con su amigo Warren Beatty el guión de El cielo puede esperar (1978) y colaborar con él de nuevo en Rojos (1981). Así que Beatty pensó en ella para escribir y dirigir una comedia musical que protagonizaría él, junto con Dustin Hoffman: Ishtar. Nunca lo hubiera hecho.

Todo lo que había ocurrido en Mickey and Nicky se repitió en el nuevo rodaje, pero corregido y aumentado. Buena parte del mismo tuvo lugar en Marruecos, y cuando May aterrizó en las localizaciones seleccionadas por su equipo, no le gustaron las abundantes dunas del desierto; ordenó que las allanaran a golpe de bulldozer. Luego, retomó su costumbre de ordenar toma tras toma de la misma escena, sin dar a los actores ninguna pista de los motivos que la llevaban a tanta repetición: lo único que decía era “otra vez”. Las últimas semanas de rodaje, estas en estudio, requirieron cambios en el guión y la composición de nuevas canciones que debían interpretar los protagonistas. Con tres meses de retraso sobre la fecha prevista, May había rodado 104 horas de película. Y, tras más de un año de trabajo en el montaje y los ajustes de última hora, por fin la Columbia se preparó para estrenar una comedia que, según descubrieron, no tenía gracia ninguna, y que les había costado la enorme cifra para la época de (dicen) 51 millones de dólares.

Ishtar fue uno de los grandes fracasos de los 80, con apenas una tercera parte de su presupuesto recuperado en taquilla. Durante años, el título fue sinónimo en Hollywood de todo lo que no se debe hacer a la hora de preparar una película de éxito. Elaine May ha vuelto a trabajar, ocasionalmente, como guionista (Primary Colors, por ejemplo), pero nunca ha vuelto a ponerse detrás de una cámara. ¿Ed Wood? Un santo, por el amor de Dios.

(La información para este post está sacada del libro Fiasco. A History of Hollywood's Iconic Flops, de James Robert Parish, que espero algún editor tenga el buen sentido de publicar en nuestro país).

martes, agosto 28, 2007

Tom y su subvención

A la hora de tocar el siempre espinoso tema de las subvenciones o ayudas públicas al cine, no estaría de mal recordar un par de datos que, curiosamente, siempre son olvidados por sus enemigos más acérrimos, a saber: todos, absolutamente todos los países europeos, cuentan con programas de ayudas públicas para su industria cinematográfica. Muchos de ellos destinan a este fin bastante más fondos que España, fondos que se mantienen independientemente de la ideología del gobierno de turno. Derechas, izquierdas o centro, consideran necesario apoyar a su industria.

Ya que estamos hablando del caso, desconozco cómo funciona la cosa en otros países, pero sí tengo alguna idea del proceso en el cine español. A grandes rasgos: la ayuda a una película nunca puede superar el 30 por ciento de su presupuesto. El resto del dinero hay que buscarlo en entidades privadas. Y el productor -no el director ni los actores- sólo tendrá acceso a esa cantidad a los dos años de la fecha de estreno. Puede -y debe- discutirse si este sistema es o no mejorable, pero desde hace unos años, es el que tenemos. Y, como ya les he dicho, no somos los únicos.

Pero queda la pregunta del millón (y nunca mejor dicho). ¿Subvenciones para qué? Mi opinión -estrictamente personal, y aquí cada uno, por supuesto, puede poner la suya- es que este tipo de ayudas deben ir encaminadas a promocionar un determinado campo -festivales, exposiciones- o a contribuir a su difusión -llevar una película a los Oscar o a Cannes cuesta mucho-, y que las ayudas a las producciones deben ser miradas con lupa, caso por caso. No creo que Almodóvar, a estas alturas, con su fama y sus contactos, necesite dinero público para hacer sus películas; como tampoco veo que, por motivos muy distintos, haya que darle un duro a cosas como Ekipo Ja!, perpetrada por el rubio de los Cruz y Raya, que se ha convertido en la segunda película española más vista del año.

Y otro que tampoco creo que necesite subvenciones es Tom Cruise, que no sale en la foto de hoy sólo para hacer bonito. La imagen corresponde a Valkirie, la película que está rodando actualmente en Alemania donde da vida a Claus von Stauffenberg, uno de los oficiales que intentaron asesinar a Hitler durante la II Guerra Mundial. La cinta ya ha provocado bastante polémica por diversos motivos: desde las chorradas habituales de que no quieren a Cruise en Alemania por ser cienciólogo (yo creía que las creencias de cada persona, bien sea estrella de cine o bloguero, son cosa suya, pero debe ser que Tom va infectando a la gente allá por donde pasa), a un accidente ocurrido durante el rodaje donde han resultado heridos once extras. Cuando la prensa daba cuenta de este último hecho, el pasado día 21, comentaban como de pasada lo siguiente: “el filme cuenta con subvenciones públicas de unos cinco millones de euros”.

¿Perdón? ¿Subvenciones? ¿a Valkirie? Verán, es que no estamos hablando precisamente del último proyecto indie, sino de una superproducción en toda regla. El director es Bryan Singer, que tiene detrás películas de la talla presupuestaria de los X-Men, o el último Superman. Y en cuanto a Cruise, su tarifa para ponerse delante de una cámara empieza en los 20 millones de dólares, más porcentaje de los beneficios brutos (sólo por la primera Misión Imposible, se calcula que ganó unos 70 millones en total). No están precisamente necesitados de fondos. Así que no entiendo de dónde han salido esas subvenciones públicas, ni con qué finalidad se les han concedido, cuando con ese dinero hay para hacer tres o cuatro películas como La vida de los otros.

Las subvenciones pueden ser mayores o menores, quizá, según van opinando algunos en la encuesta, ni siquiera deberían ser; pero ya que existen, lo más lógico sería procurar repartirlas con algo de lógica. Y en esta lógica no entran los estudios de Hollywood (United Artists, en este caso) ni las megaestrellas. Me he enrollado un poco, pero me he quedado a gusto, eso sí. Espero sus opiniones.

jueves, julio 26, 2007

El futuro de Hollywood


Un buen amigo de este blog (y de este bloguero) me ha pasado un libro que tenía ganas de leer desde que vi hace poco un anticipo en La Razón. Se titula La gran ilusión. Dinero y poder en Hollywood, el autor es Edward Jay Epstein y lo ha publicado Tusquets. Es, por lo que he podido ver hasta ahora, un ensayo exhaustivo y repleto de información sobre el funcionamiento del Hollywood moderno, donde quedan al descubierto muchos engranajes de la fábrica de sueños, y se tocan sin tapujos temas como la fórmula por la que se guían todas las superproducciones, la progresiva infantilización del público, la tremenda importancia de los mercados alternativos (DVD, televisión de pago) o la intencionalidad política de las películas (esto último no tiene nada de nuevo, y a ver si hablamos de ello algún otro día).

Sólo he tenido tiempo de hojearlo, claro, pero nada más empezar me he encontrado con un texto referente a El señor de los anillos. El retorno del rey (2003) que, como recordarán, se llevó once Oscar en la ceremonia de 2004, que me ha parecido más que significativo. Se lo reproduzco a continuación:

El señor de los anillos. El retorno del rey la crearon principalmente animadores informáticos. En la filmación de más de mil planos de la película -más del 70 por ciento del número total de planos- no intervino ninguna cámara. Estas partes las crearon técnicos digitales que trabajaban para empresas autónomas de gráficos de ordenador en lugares remotos del mundo. Algunos planos se crearon a partir de cero, mientras que otros combinaban actores de carne y hueso con capas creadas digitalmente. (…) La mayoría de los compositores digitales, especialistas en incendios, artistas del rotoscopio, modelistas digitales, vaqueros digitales, creadores de software y coordinadores de captación del movimiento que trabajaron en El retorno del rey estaban separados tanto en el tiempo como en el espacio de la acción que tenía lugar en el plató y prácticamente no tenían ningún contacto personal con los actores, el director, el personal de producción o siquiera unos con otros. Mientras que en este caso el proceso dio resultados asombrosos -como atestiguaron los once Oscar-, también auguró un futuro para Hollywood que dependería mucho más de las manipulaciones del ordenador que de las de la cámara”.

Si me apuran, quizás podríamos añadir que dependerá mucho más del ordenador que del director, el guionista o los actores. En todo caso, el párrafo da que pensar.

miércoles, julio 11, 2007

The Alias Men

Ese y no otro es el significado del anagrama que forma el nombre de Alan Smithee, uno de los directores más conocidos del mundo -cuenta incluso con algún club de fans- a pesar de no haberse puesto jamás detrás de una cámara. No estamos desvelando ningún secreto si contamos que Alan Smithee no existe, sino que es el seudónimo oficial adoptado por los directores de Hollywood cuando tienen algún tipo de problemas para firmar una película con su nombre.

La historia de Smithee es lo bastante dilatada como para que no puedan clasificarse todos sus títulos de la misma manera. Es verdad que el motivo principal para el uso de este nombre es que la película en cuestión sea una castaña pilonga, como decían nuestros abuelos. Pero puede haber otras razones, que en ocasiones han llevado a más de un director de prestigio más que sobrado a utilizarlo. Uno son los problemas de autoría, como ocurrió en la película La ciudad sin ley (Death of a Gunfighter, 1969). La comenzó a dirigir Robert Totten, pero por indicación de la estrella, Richard Widmark, fue sustituido por Don Siegel. Este sintió que no era justo utilizar su nombre en una película que no había dirigido en su totalidad, y la firmó como Smithee… hay que decir que, aunque La ciudad sin ley es muy buena, Siegel no se había convertido aún en el clásico que es hoy. Pero en 2007 las cosas han cambiado, Siegel no se puede quejar, porque lleva años muerto, y quizá por eso la reciente edición en DVD de esta película presenta como dirigida por Siegel, y a Totten, que le den morcilla.

Otro motivo también muy frecuente para recurrir a Smithee es que el director sienta que se le ha arrebatado el control creativo de su película. Si este es el caso, debe argumentar sus motivos ante el Director’s Guild para que le autoricen a usar el nombre. A veces esta pérdida de control no se refiere al estreno de la película, sino a sus versiones televisadas, que en Estados Unidos pueden ser alargadas o despojadas de sus escenas más crudas. Es lo que hizo David Linch con la versión para TV con metraje extra de su (para mí, humildemente) irregular Dune. Martin Brest lo ha utilizado en la versión televisiva de su Esencia de mujer (aquí entre nosotros, cualquiera con la desfachatez suficiente como para volver a filmar el clásico de Dino Risi debería firmar como Smithee el resto de su vida), y Michael Mann con El Dilema y Heat, entre otros.

Pero lo más común es que los nombres firmados por Smithee sean, en una palabra, horripilantes. En su filmografía encontramos cosas como ¡una segunda parte de Los pájaros, de Hitchcock!, una tercera parte de Piraña, una cuarta de Hellraiser y una cosa titulada Bloodsucking Pharaohs in Pittsburgh, que no he visto pero que, con un título tan estrambótico, estoy deseando ver alguna vez.

Se supone que Smithee está más o menos retirado hoy en día, pues hace tiempo que su nombre ha dejado de ser oficial, y ahora se prefiere que cada director escoja un seudónimo distinto para cada ocasión. Pero no crean, sigue coleando: en 2003 se le ha visto dirigiendo Fugitives Run, una comedia canadiense protagonizada por David Haselhoff, que no debe ser solo para firmarla con seudónimo, sino para hacerse directamente la cirugía estética.


P. D. Este es el primer post en la historia del blog que meto a petición popular, pero seguro que algunos de los que me lo han pedido conocen muchas más cosas sobre Smithee. Así que venga, y que no decaiga.

jueves, junio 28, 2007

Recuerdo de Harrison


Mucho estamos metiendo por aquí últimamente a Harrison Ford, pero es que es el protagonista de una anécdota que hoy tengo especial interés en contar. Como es bastante bien sabido, la carrera del que acabaría siendo el actor más taquillero del mundo tardó en despegar. Durante los años 70, como sus papeles en La conversación (1974) y American graffiti (1973) no le daban bastante para comer, se ganó la vida durante mucho tiempo como carpintero. Pero no un carpintero cualquiera, sino uno de esos que te construye casas enteras si es necesario. De hecho, su primer encargo fue un estudio de grabación para el cantante Sonny Bono, ex marido de Cher.

Y en uno de esos encargos estaba cuando le llamaron para decirle que el papel de Han Solo en La guerra de las galaxias (1976) era suyo definitivamente, después de pasar por varias pruebas y competir con otros aspirantes como un joven Christopher Walken. Sin demasiada confianza en el futuro de la película, Ford estaba trabajando en la casa de una actriz bastante conocida, y le contó lo que ocurría. ¿Le importaría que pospusieran la obra unas semanas, mientras filmaba su papel? La actriz le dijo que no había problema. Ford incluso dejó allí sus herramientas, dispuesto a reemprender el trabajo en cuanto terminara el rodaje.

No volvió nunca. Ni siquiera a recoger sus herramientas. Finalmente, la actriz las dejó expuestas dentro de su garaje bajo un cartel que rezaba “Harrison Ford se dejó esto aquí”.

Bueno, les contaba esto porque no me gustaría hacerles una cosa parecida, pero… el caso es que Pasa las palomitas va a permanecer inactivo unos días, que los blogueros también tenemos derecho a vacaciones. Me largo a un sitio sin ordenadores, sin cobertura, sin nada… y aunque hubiera cobertura, tampoco la pensaba utilizar. Me llevo el bañador y un montón de libros, no obligatoriamente de cine.

Nos vemos el lunes 9 de julio y, si la bendita conexión que tengo se porta medio bien, espero poder ir ofreciéndoles un blog paulatina y sensiblemente mejorado. Mientras tanto, les hago una sugerencia, sobre todo a los que lleven poco tiempo pasándose por aquí. ¿Por qué no se dan una vuelta por los archivos? Seguro que descubren algo interesante.

martes, junio 19, 2007

Estrellas invisibles


Ayer concluía la entrada sobre E.T. preguntando en qué escena de la película salía Harrison Ford. La verdad es que la pregunta, como se pueden imaginar, tenía truco. Es cómo preguntar en qué escena de Reencuentro (1983) aparece Kevin Costner. Porque, al parecer, Ford –a la sazón esposo de Melissa Mathison, guionista de la cinta– si filmó una escenita, eso que se llama un cameo, haciendo el papel de director del colegio donde va Elliott. Pero Spielberg pensó que el actor llamaría demasiado la atención, y la cortó en la sala de montaje.

En cuanto a Costner, si recuerdan Reencuentro, trata de ocho amigos que se reúnen un fin de semana para asistir al entierro de otro amigo, que se ha suicidado. En el reparto tenemos a William Hurt, Tom Berenger, Glenn Close, Jeff Goldblum… y Kevin Costner, que interpreta, precisamente, al amigo muerto, y que en un principio iba a aparecer en una serie de flashbacks. Pero Laurence Kasdan, el director, decidió que después de todo, su personaje no pegaba, y eliminó todas sus escenas. Eso sí, le compensó dándole un papel protagonista en su siguiente película, Silverado (1985).

Hay otros muchos casos de actores eliminados de la pantalla por obra y gracia del montaje. En 1982 Werner Herzog filmó Fitzcarraldo, la epopeya de un alemán –interpretado por Klaus Kinski– que se empeñó en fundar un teatro de ópera en pleno Amazonas. El rodaje fue tan largo, difícil e infernal como es habitual en Herzog, hasta que después de varios meses en la selva el coprotagonista de la película, Mick Jagger, abandonó, no está claro si porque tenía compromisos con los Rolling Stones, o porque acabó hasta las narices. Más recientemente, cuando Michelle Pfeiffer rodó la enésima película sobre profesor que llega a instituto conflictivo y tiene que enderezar a sus alumnos (Dios, cómo me aburre ese género), Mentes peligrosas (1995), contó con Andy García en el papel de su compañero sentimental. Finalizado el rodaje, Pfeiffer, que además de estrella era productora, decidió que su novio sobraba. Adiós, Andy.

Y luego están los casos en los que quien desaparece no es un actor, sino un personaje. En 1949, Joseph L. Mankiewicz quiso llevar a la pantalla la novela Carta a cuatro esposas. Cuando terminó el guión, se lo llevó al productor Darryl F. Zanuck, pero este lo encontró demasiado largo... Y por eso la película, al final, se tituló Carta a tres esposas.

miércoles, junio 06, 2007

Unas fotos para "nota"

Ahora resulta que Mister Spock hace fotos. Bueno, Mister Spock no, pero sí el actor que le ha dado vida durante yo que sé cuántos años en la serie televisiva y cinematográfica de Star Trek. Lo que ocurre es que, harto de ir por el cine con las orejas puntiagudas, Leonard Nimoy ha concentrado sus esfuerzos en la fotografía y estos días expone una selección de sus mejores trabajos en Madrid. Por algunas que he visto, tienen buena pinta. Aunque, cuando se trata de actores y fotografía, siempre me acuerdo de Jeff Bridges.

Lo de Bridges es curioso. Lleva más de treinta años siendo cabeza de cartel, pero nunca ha alcanzado la categoría de superestrella. No conozco a ninguna mujer que no considere que está como un tren de Cercanías, pero jamás se le ha dado la publicidad de un sex-symbol. Y por el camino nos ha regalado algunas estupendas interpretaciones entre las que destaca por derecho propio la de ese personaje único, épico, inolvidable, genial, que fue El Nota, en una de las mejores películas de los Coen, El gran Lebowski.

El caso es que, hace ya bastantes años, a Bridges le regalaron una cámara panorámica, de esas que sólo hace fotografías anchísimas, y comenzó a llevársela a los rodajes. Con el tiempo, se convirtió en habitual que para cuando acabara una película hubiera tirado una buena serie de imágenes (la de arriba pertenece a Tormenta Blanca, que rodó en 1996 con Ridley Scott); con ellas confeccionaba cuadernos, que regalaba a los miembros del equipo como recuerdo.

Hace unos años publicó una selección de sus mejores fotos en un libro titulado Jeff Bridges Pictures, cuyos beneficios iban destinados a obras de caridad del Motion Picture Television & Fund. Si están interesados en la actividad de Bridges como fotógrafo, sólo puedo recomendarles que se pasen por su página web. Y si no, también, porque el diseño de este site es de los más originales, y al mismo tiempo sencillos y acogedores, por los que uno ha pasado. Parece, literalmente, que se lo ha currado él en una tarde libre. Dentro, más información sobre películas, sobre sus fotos y, si alguno de ustedes tiene una cámara panorámica, consejos para utilizarla sacándole el máximo partido. Y créanme, este chico sabe de lo que habla. Cuando actúa y cuando fotografía.