viernes, octubre 31, 2008

Calabazas, calabacines y calabazones

Ah, la belleza de las tradiciones. ¿Qué sería de nosotros sin ellas? Nos dan seguridad, alimentan la nostalgia, contribuyen a crear un entorno en el que la repetición de rituales y costumbres nos hace sentirnos reconfortados… así que, como es tradición en este blog por estas fechas, voy a defecarme en Halloween y en la madre que lo parió. Como aparezcan por casa enanos disfrazados de espantajo –aunque con la que está cayendo, lo dudo- tengo a punto la trampilla para el foso de las pirañas. Y, como me entere de dónde viven sus padres, remato la faena pasándome por su casa con la sierra mecánica. ¿No quieren colonización yanqui? Pues les voy a hacer un homenaje a Tobe Hooper que se van a enterar…

Los lectores veteranos ya sabrán qué mi natural pacífico y dialogante se suele ir de puente por estas fechas. Insisto: no puedo comprender cómo nos hemos dejado invadir de un modo tan implacable en unos pocos años. Con el agravante de que es una invasión que está tapando unas tradiciones nuestras, estas sí, tan arraigadas como el Día de Difuntos, donde se supone que tenemos que recordar a los seres queridos que se fueron para siempre, y no hacer el gil del candil pintando calabazas.

Claro que no todo es negativo; esta fecha de las narices ha servido, por lo menos, para producir algunas películas inolvidables. Personalmente, me encantan Pesadilla antes de Navidad (1993) y La novia cadáver (2005), esas dos maravillas animadas de Tim Burton. Pero el clásico de clásicos es, desde luego, La noche de Halloween (1977) de John Carpenter, que es para estas fechas el equivalente de ¡Qué bello es vivir! para las Navidades. Raro será que no la esta noche pongan en algún canal, pero los fans que no tengan bastante con volver a verla tienen aquí su página web o pueden pinchar el vídeo que les incluyo hoy, donde el maestro habla largo y tendido sobre su película. Siento que esté en inglés y no tenga subtítulos, pero es lo que hay.

Y para los que prefieran simplemente recordar a los difuntos, en esta página web tienen una lista completa de actores fallecidos, donde se narra con detalle la fecha y las circunstancias de su muerte.

Y ahora, si no les importa, voy a usar la calabaza para lo que debe usarse: para darle sabor al potaje de garbanzos.

jueves, octubre 30, 2008

Espectros del pasado

Uno se considera, por lo general, buen chico, pero de vez en cuando también tiene sus ramalazos de Doctor Maligno, esos días en que apetece hacer la puñeta porque sí. Y una manera excelente de hacerla es escarbando en el tortuoso pasado de algunos críticos de cine, y descubrir lo que dijeron en su día de determinadas películas. Les confieso que llevo ni sé cuánto tiempo buscando una crítica de El Padrino publicada en el año de su estreno (1972) donde un crítico muy reputado decía, literalmente, “no vayan a verla” y la tachaba de superproducción yanqui sin talento alguno, apoyada únicamente en la campaña publicitaria, y no sé cuántas cosas más. El día que la encuentre la cuelgo aquí, junto con el nombre y apellidos del profesional, claro.

De momento, les dejo este texto, que me encontré por casualidad el otro día cuando buscaba documentación para la historia de las pelis clasificadas “S”. El autor es, como en la otra entrada, el crítico –excelente, por otra parte- del equipo Reseña Angel A. Pérez Gómez, cuando repasaba las películas españolas estrenadas en el año 1979:

“En otro escalón, más bajo todavía, nos topamos con films como Pepi, Luci, Bom, y otras chicas del montón de Paco (Sic) Almodóvar, y Con el culo al aire, del valenciano Carlos Mira (…). Son dos obras que se pretenden desmitificadoras, contraculturales, provocadoras, progresistas y originales. Y lo son todo menos eso. (…) La sal gorda, la tomadura de pelo, y el importar underground yanqui de hace varias décadas con ropaje punk no es precisamente un timbre de gloria”.

Ni más ni menos. Aunque, la verdad, no creo estar siendo excesivamente malo al sacar esto aquí… porque apruebo, suscribo y hago mío todo lo que se dice en este párrafo. Tiene gracia encontrarse con este tipo de cosas, que ahora nadie tendría narices para escribir, porque es que "Paco" ha llegado muy lejos. Pero en otros tiempos, antes de los Oscar, las coartadas intelectuales y la autopromoción a punta pala, todo era muy distinto...

domingo, octubre 26, 2008

La otra comedia

Vivir para gozar (Holiday) es, efectivamente, la otra comedia, es decir, la segunda que rodaron en 1938 Cary Grant y Katharine Hepburn. Suele pasar un tanto desapercibida al lado de la primera, quizá porque esta fue ni más ni menos que La fiera de mi niña. Pero eso no quiere decir que aguante mal las comparaciones (que siempre son odiosas). Aquí, en lugar de Howard Hawks, tenemos a George Cukor en la silla del director, y el punto de partida es la obra de teatro escrita por Philip Barry, que a principios de los años 30 fue todo un éxito en Broadway y contó para su paso a la pantalla con dos escritores de la talla de Sidney Buchman y Donald Odgen Stewart. El plantel de secundarios, que se dice, incluye a nombres como Lew Ayres y Edward Everett Horton, de los cuales hoy en día no se acordará nadie, pero cuyo trabajo era siempre una garantía de calidad, y viéndoles aquí, se comprende por qué.

Es decir, lo tenía todo para estar a la altura de La fiera… pero no lo está. Quizá se le nota mucho su origen teatral –como, por otra parte, le ocurre a casi todas las películas de este género- y se podría decir que Katharine Hepburn está en cierto modo repitiendo su personaje de chica rebelde de la alta sociedad que ya representó en la cinta de Hawks; vista hoy, 70 años después, hay muchas cosas que se ven venir, como quizá ya se vieron en el día de su estreno; esto es, que aunque Cary Grant empiece la película prometido con la hermana de Katharine Hepburn (Doris Nolan), nadie tiene la menor duda de con quién se va a casar realmente cuando llegue el The End… Pero no se confundan; todo esto que estoy contando no quiere decir que la película no valga la pena. La verdad es que da gusto volver a verla y a disfrutarla; puede que en ocasiones se le vea la maquinaria; pero es que la maquinaria es la de un Rolex.

Como suele decirse ya no se hacen películas así. Y, bien mirado, es un milagro que se hicieran incluso en su día, porque hay otra cosa que Vivir para gozar tiene en común con La fiera de mi niña, aparte del género, sus protagonistas y haber sido dirigida por un maestro del cine: haber sido un fracaso en el momento de su estreno, contribuyendo a cimentar la reputación de Hepburn de ser “veneno para la taquilla”, y mandándola a un descanso de más de un año hasta su regreso triunfal con Historias de Filadelfia (1940), también de Cukor.

No es la primera vez que por aquí nos encontramos con buenas películas a las que en su día nadie quiso ver. Pero quizá el mayor problema de Vivir para gozar sea estar encajonada entre dos obras maestras absolutas; que nadie se ha ocupado excesivamente de ella lo prueba el estado de la copia –por lo menos, el de la empleada para el DVD- que, según se nos avisa al principio, fue sometida a un intenso proceso de restauración. Restaurada y todo, hay momentos en que imagen y sonido parecen al borde del ataque de nervios, y da miedo pensar que esta película hubiera podido unirse al de tantas cintas de los primeros tiempos del cine perdidas para siempre por falta de cuidado.

Ah; ya que estamos hablando del DVD, quisiera comentar un detallito: la edición que yo tengo forma parte de la colección de clásicos de Sony Pictures, y fue vendida en los quioscos junto con el diario El Mundo. Así que no sé si la culpa es de los de Sony o de los chicos de Pedro J., pero cito unos párrafos del texto de la carátula: podemos leer que tras La Fiera de mi niña “la mítica pareja cómica formada por Cary Grant y Katharine Hepburn volvió a reunirse seis años después en esta comedia de George Cukor…”. Fueron seis meses, no seis años; “en esta ocasión, su objetivo (el de Hepburn, quiere decir) será robarle el novio a su hermana, quien está prometida con un apuesto y prometedor abogado…”. El personaje de Hepburn se enamora del novio de su hermana, es cierto, pero les aseguro que no hace el menor intento de robárselo; todo lo contrario, contiene sus sentimientos hasta el último segundo, para no herirla; y el personaje de Grant no es abogado, sino agente de bolsa.

¿Sería mucho pedir que los que escriben estos textos se molestaran en verse primero la película? Si piensan que se van a aburrir, que se dediquen a otra cosa. Coño.

martes, octubre 21, 2008

Retazos de Marilyn

Parece que estamos otra vez con Marilyn; coincidiendo con el 45 aniversario de su muerte (que ya suena a fecha raída por los pelos) Vanity Fair (la de verdad, no esa caricatura para pijos que pasa por ser su edición española) publica un reportaje sobre “sus archivos secretos” donde prometen desvelar nuevos datos sobre su muerte. Aún no lo he leído, como no he leído –lo confieso- el libro que le dedicó Norman Mailer ni la reciente biografía de Donald Spoto, a pesar de tener en casa ambos volúmenes desde hace años.

¿Por qué me da tanta pereza Marilyn? De entrada, nunca he sido muy mitómano, y las figuras tan infladas tienden a provocarme más rechazo que atracción. Me ocurre lo mismo con James Dean, al cual nunca terminé de verle esas arrobas de talento (prefiero mil veces a Montogomery Clift, y creo que en Gigante Rock Hudson, sí, sí, Rock Hudson, se lo come con patatas), sobre todo cuando es su temprana muerte lo que las ha convertido en iconos, más que su trabajo estrictamente cinematográfico. Podemos llegar a olvidarnos de que esta gente también hizo películas. Y creo que eso es lo que me ocurre: Marilyn es una presencia tan ubicua, un símbolo tan repetido, que llega a hacerse inabarcable. No hay una obra que la encuadre por completo, y todo lo que llegamos a ver en cada nuevo libro o reportaje sobre ella, son retazos, algunos completamente prescindibles en un puzzle que con los años ha ido cogiendo un excesivo número de piezas.


Marilyn tiene unas trece películas consideradas principales. Dos de ellas están entre mis favoritas de toda la vida: Eva al desnudo (1950) donde tiene un papelín, y la que yo creo es la mejor comedia jamás filmada, Con faldas y a lo loco (1959). En las restantes hay mucha calidad, pues lo que no se le puede negar es su habilidad para trabajar con directores de primera fila. La lista quita el aliento, y no creo que haya muchas estrellas capaces de igualarla, no, por lo menos, en tan pocos años: Billy Wilder en Con faldas… y en La tentación vive arriba (1955); John Huston en Vidas Rebeldes (1961); Otto Preminger en Río sin retorno (1954), George Cukor en El multimillonario (1961), Howard Hawks en Los caballeros las prefieren rubias (1953), Joshua Logan en Bus Stop (1956), o Laurence Olivier en El príncipe y la corista (1957), quizá la prueba más evidente de que el mejor escribano echa un borrón, pues es, creo, la que peor ha envejecido de las suyas.

Las anécdotas sobre los problemas que creaba en los rodajes son legión, entre retrasos, crisis nerviosas, repeticiones sin cuento y la presencia de profesoras de interpretación con las que intentaba paliar su inseguridad, y que provocaban continuos enfrentamientos con los directores. Algunos de sus compañeros de rodaje, como Robert Mitchum, se compadecieron de sus problemas; otros, directamente, la odiaron. Pero, como dijo Billy Wilder, “yo tengo una tía simpatiquísima y encantadora que le cae bien a todo el mundo y siempre es puntual. Pero nadie pagaría ni un centavo por ir al cine a ver a mi tía”.

Se dice que uno de sus mejores retratos fue el cuento que Truman Capote escribió sobre ella: Una hermosa criatura; está en Música para camaleones y, como (casi) todo lo que escribió Capote, desde luego es magistral.

También ha salido este libro, que me permito recomendarles. No me voy a andar con rollos: los dueños de esta editorial son amigos míos, pero aunque no lo fueran seguiría opinando que en Rey Lear están llevando una política de publicaciones de auténtico interés, con exquisito gusto en la recuperación de autores olvidados y un cuidado en las ediciones que ya les ha proporcionado algún premio que otro. El volumen que nos ocupa es una recopilación de artículos escritos hace veinte años en Diario 16 por Ignacio Carrión, en un recorrido por Estados Unidos buscando pistas de Marilyn y hablando con gente que la vio, la conoció o incluso se acostó con ella (impagable la entrevista con su primer marido).

También quisiera aclarar que Carrión no es exactamente santo de mi devoción: tiende a abusar del tópico (es que, simplemente, NO SE PUEDE ir a entrevistar a Anthony Hopkins y empezar el texto con estas dos palabras: “¿me morderá?”. Pues lo hizo, para El País Semanal), y conozco a alguna gente entrevistada por él que se ha cogido justificados cabreos al ver el texto publicado. Pero aquí, creo, está en su punto justo, y escribe con concisión, acierto y mucho sentido del humor. Completa el librillo –porque de un librillo se trata, como todos los de esta colección- un índice onomástico.


Un retazo más de Marilyn. Pero con colores muy vivos.

viernes, octubre 17, 2008

"Ese", oscuro objeto de deseo

Cuando el cine nos alcanza, esto es, cuando ya vamos teniendo edad suficiente como para empezar a ver películas ambientadas en los años de nuestra juventud, es posible que se produzca un hecho curioso: que algo en nuestro interior nos diga que las cosas no fueron exactamente así. Que falla algo, vamos, y no tenemos claro si es que en efecto el guión de determinada cinta tiene anacronismos, o es que el Alzheimer ya empieza a hacernos estragos en la materia gris.

Es lo que me está pasando con esta película que se ha estrenado hoy, Los años desnudos, donde se nos cuenta la historia de tres chicas que, a finales de los 70, participan en eso que se llamó cine “S”, y que a los lectores más jóvenes les sonará como más desfasado que los humoristas del Un, dos, tres, si es que les suena. No la he visto aún, pero por lo que he leído sobre ella yo diría que aquí hay una cierta confusión con lo que uno recuerda, o quizá que se está mezclado el cine “S” con él, mucho más extendido y, este sí, íntegramente nacional, cine del destape. No eran lo mismo.

El origen del cine “S” hay buscarlo en el sistema de clasificación moral de las películas en unos tiempos en que la jerarquía eclesiástica tenía muuuucho que decir por aquí. Todavía más que ahora, vamos. Ninguna película se libraba de ser estrenada sin su correspondiente calificación moral, que podía enclavarse en las siguientes categorías: (1): Todos los públicos. (2): jóvenes (es decir, mayores de 14 años). (3): Mayores (de 18 años, se entiende). (3R): mayores con reparos, y (4): Gravemente peligrosa.

El hecho de que hubiera dos categorías por encima de la mera clasificación de 18 años hacía pensar que el visionado de una “4” suponía un viaje sin retorno a las calderas de Pedro Botero, pero es que la Iglesia no estaba ni preparada para la que se le vino encima en los tiempos de la Transición: ya hablando de los estrenos de 1976, el crítico del equipo Reseña Angel A. Pérez Gómez se refirió al “cine de entrepierna. Resulta abrumadora la explotación del tema que ha efectuado con pésima habilidad el cine español de este año”, y citaba como ejemplos no sólo el taquillazo celtibérico del año La lozana andaluza, de Vicente Escrivá, sino títulos tan explícitos como Los placeres ocultos, Susana quiere perder… eso, Call Girl, La menor, Más fina que las gallinas, y algunos más.

Como la desaparición de la censura impedía prohibir tanto libertinaje, la solución de la Junta de Clasificación fue sacarse de la manga una nueva categoría: la “S”, aplicable a títulos que, como bien se advertía en la publicidad de las cintas “contienen imágenes que pueden herir la sensibilidad del espectador”.Creo -no estoy seguro- que la clasificación comenzó a funcionar en 1977, y se mantuvo vigente hasta 1983, cuando el establecimiento de las salas X –y, sobre todo, el auge del vídeo doméstico, que permitía ver porno tranquilamente sin moverse casa- la dejaron sin razón de existir.

De todos modos, con las “S” pasaron dos cosas:

La primera, que la clasificación no se otorgaba únicamente por el contenido sexual; lo que entonces se consideraba violencia más allá de lo permisible también valía para obtenerla. Y, a la hora de calificar, el nombre del director no importaba demasiado, con lo que cineastas del calibre de Osima y Pasolini, por citar dos, vieron mezclados algunos títulos inmortales con las últimas guarrindongadas celtibéricas. También se estrenaron como películas “S” el clásico hoy superadísimo de Wes Craven Las colinas tienen ojos, o la primera entrega de Mad Max, que hoy le arranca bostezos de media hora a cualquier quinceañero aficionado al Killzone.

Y la segunda, que nadie parecía haber tenido en cuenta que la represión que atenazaba como la gripe a tantos españolitos convertía la “S” en el equivalente de un tanque de cerveza Duff para Homer Simpson, o el de un cartel de Toys’ re Us para Michael… Bueno, la cuestión es que la “S” se convirtió en un imparable reclamo comercial, hasta el punto de que muchos productores estaban dispuestos a hacer lo indecible para conseguirla en sus estrenos. Sólo tres años después del párrafo anterior, Pérez Gómez contaba el caso del film de Jose Antonio Barrero La sombra de un recuerdo:

“Ha sido rebautizado por el distribuidor como El violador y sus mujeres a la sombra de un recuerdo y clasificado, claro, con el anagrama “S””.

Consiguiendo, añadiría yo, uno de los títulos más lisérgicos de la historia del cine patrio.


P. D. Algunos de los carteles que ilustran este post han sido obtenidos de la página web http://www.todocoleccion.net/ . Dense una vuelta por ahí, que merece la pena.

miércoles, octubre 15, 2008

Un mundo perfecto, o el viaje interdimensional de Vince

Ya sabía yo que no tenía que haber mencionado nada sobre mis intenciones de dejar el blog. Enseguida empiezan los comentarios que si no lo haga, no se vaya, no nos deje… como si no hubiera blogs de cine a cascoporro, la mayoría más actualizados y más completos que este. No lo hice por hacerme el interesante, y no les prometo nada. De verdad. Pero como estoy algo atascado con el artículo que tengo entre manos –lo cual tiene su morbo añadido, porque uno de los lectores de este blog es, ya ven, la persona que me lo ha encargado- voy a encasquetarles una entrada científico / cinematográfico / televisiva que me ronda hace tiempo por la mente.

Me acordé de ella la otra noche, cuando me vi rodeado por Jean-Claude Van Damme. Es decir, no personalmente, pero es que en La Sexta estaban echando una macarrada suya titulada Cyborg, y en un canal de la TDT otra macarrada más reciente titulada Inferno, que tiene el agravante añadido de que sale como actor secundario Pat Norita, el presunto sensei de la serie Karate Kid. Antes de retirarme a la cama pensé en lo maravilloso que sería vivir en un mundo donde no estuviéramos expuestos a las macarradas perpetradas por los macarras llegados del país de Godiva y los mejillones.

Bueno, pues hay un mundo donde así. En él no existe Van Damme, y ése no es su único atractivo.

Les supongo familiarizados con el concepto de los universos paralelos; esos mundos que existen en una dimensión paralela (claro) a la nuestra donde la historia en general, y nuestras vidas en particular, han tomado rumbos muy diferentes. Cualquiera que haya leído unos pocos tebeos de superhéroes sabrá de lo que estoy hablando, porque son muy socorridos; gracias a este concepto, en el mundo de la DC Comics acabaron con dos o tres Supermanes… pero estoy desbarrando. Hablábamos de Van Damme.

Bueno: el punto de partida de este universo paralelo es la serie televisiva Las Vegas, que emitió Cuatro en su día y que, ya confesé en este blog, se constituyó enseguida en uno de mis placeres culpables (ya la han cancelado, por cierto), gracias al trabajo de mi querido James Caan y a la proliferación de tías buenas que salían en cada episodio. Como sabrán los que la hayan visto, la serie tenía lugar en el casino-hotel Montecito que, a diferencia del Wynn, el Venetian o el MGM Grand, no existe en nuestro universo. En el de la serie sí, aunque tenía una molesta tendencia a cambiar de emplazamiento; un día estaba arriba del Strip, otro en medio… Bueno, pues en un episodio de la primera temporada, aparecía Van Damme como estrella invitada. Y, además, interpretándose a sí mismo... Por lo menos, durante veinte minutos, porque de repente, era inesperadamente asesinado.
Al principio, pensé que era la típica broma, y que aparecería vivito y coleando al final del episodio. ¿Cómo se iban a cargar a Jean Claude Van Damme? Bueno, pues se lo cargaron. En el universo de la serie Las Vegas, Van Damme quedó definitivamente muerto y enterrado.

¿Pero SOLO en ese universo?

El caso es que Las Vegas tuvo un par de crossovers con la serie policiaca Crossing Jordan, donde los protagonistas de ambas tenían que trabajar juntos en la resolución de un caso; con lo cual, cabe pensar no sólo que ambas series pertenecen al mismo universo, sino que Van Damme está muerto en las dos.

No se vayan todavía, aún hay más.

Los que pasamos de los cuarenta –aunque no se nos note- tenemos grabadas en la memoria aquellas sobremesas de verano donde TVE, la única TVE de entonces, nos cascaba la serie El coche fantástico, con David Hasselhoff, su bultaco, su cardado y, creo recordar, un coche que hablaba. Bueno, pues este año se ha comenzado a emitir en la televisión americana una versión actualizada de la serie, donde el protagonista es el hijo –en la ficción, claro- de David Hasselhoff. El episodio piloto ya se ha emitido en España, y algunas escenas del mismo tenían lugar en la ciudad de Las Vegas. ¿Adivinan en qué casino? En efecto; aunque no aparecían los actores de la otra serie, los escenarios y el logo del Montecito eran inconfundibles.


Pero es que el Montecito está, como decimos en mi tierra, como la Feria; no bien se ha largado Kitt Junior, cuando aparecen algunos adolescentes dotados de superpoderes, cuyas aventuras pueden seguirse en la serie Héroes. ¡También han pasado por allí, y en tres episodios nada menos!


Y si les parece que es un poco excesivo juntar a tantas series, no hemos terminado todavía. Hay otro capítulo de Héroes donde los personajes vuelan en Oceanic Airlines; Oceanic… ¿De qué me suena ese nombre? No me hagan mucho caso, pero creo que hubo un vuelo de esa misma compañía –el 815, para ser exactos- que desapareció sin dejar rastro, aunque hay quien dice que un puñado de supervivientes llevan años haciendo el canelo en una isla perdida donde hay osos polares, galeones del siglo XVIII, un experimento de una empresa llamada Dharma y, se sospecha, el último proyecto de Paco el Pocero.


En resumen:

Existe un universo paralelo donde hay un casino en el que todo el mundo gana, un chaval que combate el crimen en un coche que habla, varios adolescentes con superpoderes y una isla misteriosa que acaba con todas las islas misteriosas. Y además no tienen que aguantar a Van Damme, porque está muerto. ¿Y qué tenemos aquí? Zapatero, Rajoy, Jiménez Losantos y Escenas de matrimonio. Señores, vaya coñazo. ¿Saben que les digo? Que paren este mundo, que me quiero bajar… ¡y largarme al otro!.

P. D. Este post no habría sido posible sin esta página web donde tienen una completa relación de todos los crossovers habidos y por haber en el mundo televisivo. ¿Lo que les he enseñado? Un aperitivo. Procuren no perderse.

martes, octubre 14, 2008

Y qué a gusto que se queda uno...


Cuando hace unas semanas publiqué aquí la reseña por la muerte de Paul Newman, decidí que sería la última entrada de este blog. No quiero aburrir a nadie con los motivos; baste decir que llevo más de tres años en una situación personal bastante problemática, y que sigue sin visos de solucionarse. Eso, al final, acaba minándole la moral a cualquiera. Y a estas alturas a mí me queda la justa para ir tirando con las chapuzas que me salen para ganarme la vida; Desde la fila 7 es, cada vez más, un esfuerzo suplementario, y cada vez menos una satisfacción.

Si a eso sumamos unas cifras de audiencia que no suben (la verdad es que hace meses que no las miro), ninguna retribución económica y ausencia casi total de comentarios, entonces el fallecimiento de un actor al cual todos hemos querido tanto me pareció el momento más oportuno para echar el cerrojo. Una pena, porque por el camino se me han quedado acontecimientos como el silencio de tumba guardado por nuestra derechona ante la película más subvencionada del cine español, Sangre de mayo, la acusación a la nueva peli de James Bond de venir cuajada de product placement (como si eso fuera algo nuevo), la reciente muerte del hijo de Gerard Depardieu… temas nunca faltan. Pero no tenía ganas.

Ah, pero hoy…

Hoy ha sido leer el artículo que publica en El País la flamante presidenta de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de España, Angeles González-Sinde, y no he podido resistir el impulso de lanzarme al teclado. He recordado que un papel fundamental de los blogs es la capacidad que otorgan a su propietario de desahogarse a gusto. Y desde luego, me voy a desahogar, porque tiene verdadero mérito reunir en un texto tanto victimismo, tanto lugar común, tanta ausencia de autocrítica, tanta perla cultivada. No les puedo asegurar que vaya a haber más entradas en este blog, y por eso mismo voy a procurar que la de hoy salga larga y jugosa. Sobre todo, lo último.

Vamos por orden: aquí tienen ustedes el texto íntegro del artículo, donde la presi vuelve a reivindicar el papel del cine como elemento de difusión y parte del patrimonio cultural de un país, para luego lamentarse del poco caso que le hacemos en la comunidad hispana, secuestradas como están nuestras mentes por un Hollywood que se mueve con la delicadeza de las huestes de Saurón en una final de Liga. Cita literal: “nuestras cuotas de mercado se tambalean, mientras el cine de los estudios de Hollywood se va haciendo con todo”.

Y otra cita, esta de unos renglones después: “nuestras identidades, nuestro imaginario y nuestros deseos se están viendo brutalmente invadidos por deseos ajenos, los de la industria anglosajona. Lo vemos en la ropa que usamos, en la comida que comemos, en los coches que compramos, en la vida a la que aspiramos, en los valores que incorporamos”.

Bueno, ¿qué puedo contestar yo a esto? Es que, verán, la lectura del artículo me pilla vestido con pantalones vaqueros y con una camiseta de Droopy, uno de los mejores personajes de dibus creados por aquel despreciable anglosajón llamado Tex Avery. ¿Es lógico que, ataviado con estas pintas, acabe abrazando los valores y el estilo de vida anglosajón? Quizá porque mis gayumbos son made in Spain no estoy abducido del todo, y tengo la suficiente capacidad de discernimiento como para agradecerle al mundo anglosajon que creara una de las primeras constituciones signas de tal nombre y sentara las bases de la democracia moderna y, al mismo tiempo, ser testigo perplejo de la cantidad de veces que se han aliviado la vejiga en esos mismos valores que contribuyeron a crear. ¿Pero estamos de verdad tan colonizados?

Porque, más allá de la comida que comemos, los coches que compramos, etc, están los libros que leemos, las series de televisión que vemos, la música que escuchamos. Y en estos campos, casualmente, hay una cantidad creciente de creadores españoles que goza de idéntica, o mayor, aceptación popular que sus equivalentes anglosajones; Ken Follett y Stephen King venderán mucho aquí, pero no pueden con Pérez-Reverte, Carlos Ruiz Zafón, Julia Navarro, Juan José Millás, Mario Vargas Llosa, por citar sólo los primeros que me vienen a la cabeza. En la tele, Cuéntame, Hospital Central, Los Serrano, son solo algunos ejemplos de series que han echado de su franja horaria a producciones yanquis que intentaron competir con ellas.

Y en el cine, ya lo hemos hablado aquí en más de una ocasión: cuando una película española interesa, las salas se llenan. El que eso ocurra con mucha menor frecuencia que en otros soportes de cultura y entretenimiento debería hacer reflexionar a González-Sinde. Pero de eso, ni rastro, porque está demasiado ocupada lanzándose contra su bete noire en este artículo: Robert de Niro.

Es para preguntarse qué le ha hecho Robert de Niro a esta mujer; bueno, aparte de 15 minutos, Showtime, Asesinato justo… pero eso nos lo ha hecho a todos. El caso es que González-Sinde ha decidido ponerlo como mascarón de proa del colonialismo cultural yanqui, como la referencia a la que tienen que parecerse todos los actores si quieren que el público se fije en ellos. Aparte de esta soberana sandez –sin ir más lejos, a un actorazo como Jose Luis López Vázquez le pilla un poco tarde-, aprovecha para decir que De Niro “pertenece a una sociedad que no deja pudrirse devorados por los hongos los extraordinarios fondos de filmotecas como la cubana, donde ya no hay recursos para defender los negativos de la humedad y los cortes de luz. Robert de Niro no tiene ese problema”.

En efecto. ¿Y es culpa suya? Porque, si nos ponemos a comparar Cuba con Estados Unidos, hay otros problemas que Robert de Niro no tiene: no tiene el problema de ser detenido, encarcelado y expulsado –o algo peor- por sostener unas ideas contrarias a las de la dictadura imperante desde hace más de cuarenta años; no tiene el problema de verse obligado a someter cualquier proyecto cinematográfico a la censura previa; y no tiene el problema de pensárselo dos veces antes de denunciar el deterioro de los fondos cinematográficos de su país, por no estar seguro de si su denuncia servirá para solucionar las cosas, o se volverá contra él. Es increíble, pero González-Sinde parece estar denunciando que Estados Unidos es un país que se preocupa por su cinematografía pues, como ella misma afirma “antes de que nosotros pidiéramos desgravaciones fiscales o leyes de mecenazgo, ellos las inventaron para superar la crisis de los sesenta”. Con una salvedad, si se me permite: que el cine norteamericano siempre ha sentado sus cimientos sobre la financiación privada, y las ayudas puntuales de su gobierno –que no se molesta en especificar, quizá para poder compararlas con las de aquí- sirvieron para que los estudios en los 70 empezaran a arrojar obras maestras gracias a unos señores llamados Coppola, Scorsese, Cimino, Allen, Spielberg, Lumet, De Palma, Cassavettes…

¿Podemos imaginar una situación similar aquí? Si al cine español se le soltara la manita y se le dejara ir por su cuenta, daría un par de pasos tambaleantes antes de caerse de morros. Porque, dejando a algunos directores capaces de llevar gente a las salas con su propio nombre, aquí no hay industria. No hay temas que interesen. No hay personajes con los que el público se identifique. No hay escapismo. Ni ganas de entretener. Hay pretendida denuncia social, protagonistas marginales, trascendencia de todo a cien, guiones mal trabajados y un aire general de amateurismo que echa a la gente de los cines. Y hay algo más. Hay, por lo que se lee, una presidenta que sigue enganchada a los mismos clichés que sirven para echarle a los demás toda la culpa.

¿No les dije que me iba a desahogar? Voy a intentar hacer un poco del trabajo por el que me pagan. Si todavía hay alguien que lea esto, ahí tiene los comentarios.

domingo, septiembre 28, 2008

1925-1983


Alguien dijo en una ocasión que una estrella de cine es una persona con quien los espectadores del sexo opuesto se querrían ir a la cama, y con quien los de su mismo sexo se querrían tomar una cerveza.

Si alguien conoce una figura que pueda ajustarse más a esta descripción que este hombre, que dé un paso al frente y lo diga.

Su obra cumbre (por lo menos, para mí): El buscavidas (1961), de Robert Rossen. Pero también La leyenda del indomable (1967), de Stuart Rosenberg, Harper, investigador privado (1966), de Jack Smight, sus adaptaciones de Tennesse Williams, Veredicto final (1982), de Sidney Lumet.

Como director, Rachel, Rachel (1968), Harry e hijo (1984) entre otras.

Y, en las obras menores si ustedes quieren, esas dos gansadas tituladas El juez de la horca (1972), de John Huston y El castañazo (1977), de George Roy Hill, donde lo vemos en su faceta más gamberra y que fue, según declaraciones propias, su película favorita.

Y, por supuesto, El golpe.

Se llamaba Paul Newman, y se ha ido con tanta discreción, que yo creo que aún no nos hemos dado cuenta, a pesar de las primeras páginas y los artículos conmemorativos.

No ha dejado un hueco en la historia del cine; ha dejado un cráter.

martes, septiembre 23, 2008

¡Ñam!

Mis años como periodista más o menos científico me han hecho muy refractario hacia todas las pseudociencias con las que gente como Friker se están asegurando la vejez. Pero hago una pequeña excepción con la criptozoología, ya saben, esa disciplina que consiste en buscar en cualquier rincón del mundo especies en teoría extinguidas: el Yeti, el monstruo del Lago Ness, actores españoles que se duchen cada día, ese tipo de cosas. ¿Por qué? Por su componente romántico/ecológico. Para colar la bola de que en determinada zona vive, un suponer, un diplodocus, es necesario que esa zona sea a) enorme y b) razonablemente virgen. Así que los lugares susceptibles de albergar a estos bichos sirven también como señales de partes de nuestro planeta que se siguen librando de la destructora mano del hombre, que se dice.

Y luego están las pelis de monstruos, que esas me gustan mucho. Así que el domingo pasado, cuando vi que en Cuatro estaban echando una cosa llamada Pánico en el lago, me quedé un ratito a verla. El lago era, faltaría más, el Lago Ness, pero la versión de Nessie que nos ofrecían se salía un poco de la habitual.

Quizá por esta visión conservacionista de la que hablábamos antes, las películas más recientes sobre Nessie y sus colegas tienden a presentarlo como un pobrecito animal amenazado por la acción depredadora del hombre; es una visión muy similar a la de la segunda y tercera entregas de Parque Jurásico. Pero en seguida me di cuenta de que, en este caso, las cosas cambiaban un poco. El monstruo de este teleflim es una bestia parda que se come a la gente a puñaos, como se puede ver en este gráfico:


Y además, cuenta con unas cuantas crías igual de sanguinarias en lo que podríamos llamar una clara manifestación del síndrome del velociraptor, según el cual muchos dinos pequeños dan más miedo que uno grande. Y los efectos especiales, aunque algo cutrecillos, se sobran para mostrarnos los sanguinarios banquetes de la mamá y sus ninios.

Pero nos falta conocer al prota. Este, como cabría esperar, es criptozoólogo, pero también es algo rarillo: va con barba de tres días, gasta sombrero de cowboy, fuma puritos y en el móvil tiene la música de El bueno, el feo y el malo... Vale, esto último me lo he inventado. El caso es que su principal arma de trabajo es una matraca de calibre 300 o así, porque resulta que Nessie se comió a sus padres cuando era pequeño, así que ahora le busca para vengarse, con lo que se convierte en posiblemente el único científico que quiere probar la existencia de una especie extinguida… ¡Para terminar de extinguirla él!

Si todo esto ya era de lo más barbitúrico, además había que añadir las innovaciones paleontológicas, como considerar que los plesiosaurios –pues eso es lo que es el Nessie de esta peli- se comían a la gente (difícil, porque vivieron en periodos distintos y distantes), y que sus crías de un mes ya pesaban once arrobas. Pero el momento álgido es cuando el criptozoólogo y su ayudante planean cargarse a todas las crías a riflazo limpio, y el segundo dice: “Será como tirar a patos de feria”, a lo que el cripto contesta:

- Sí, pero no son patos de feria. ¡Son REPTILES carnívoros prehistóricos!



Uno pensaba que ya era saber común que los reptiles tienen tanto que ver con los dinosaurios como Gran Hermano con la buena educación, Fernando Alonso con la modestia, o Jesús Mariñas con el periodismo, pero parece que no hay manera. No puedo saber si la animalada es cosa del guión o de los traductores, pero la cuestión es que pensé que había mejores maneras de pasar una tarde de domingo, así que dejé en paz al cripto a sus “reptiles carnívoros prehistóricos (sic, sic y resic)”.

Tengo aquí un libro muy recomendable. Se llama Mitología de los dinosaurios, y está escrito por Jose Luis Sanz, catedrático de Paleontología en la Universidad Autónoma de Madrid. La dedicatoria dice: “Para Vince, deseando que siga disfrutando de la paleontología y los dinosaurios” y tuvo la gentileza de escribírmela hace unos meses, tras una entrevista. ¿Por qué es recomendable? Porque en apenas 200 páginas se las apaña para contarnos los orígenes de la paleontología como disciplina científica –el que quiera saber algo más puede leerse, por ejemplo, Los cazadores de dinosaurios, de Deborah Cadbury- y sus adaptaciones a la literatura y al cine, con enorme erudición y sentido del humor hacia todos los fallos científicos, que han sido muchos y muy variados, en sus apariciones en la pantalla.

Esta del Lago merece ocupar un sitio de honor. Y probablemente hace unos años, servidor se la habría tragado sin rechistar, sin que tanta animalada le hubiera echado del televisor. Bendita ignorancia.

Bueno, mañana ya hablamos de cine en serio ¿eh? Que un día tonto lo tiene cualquiera...

domingo, septiembre 21, 2008

Menos humos (3)

Llevamos ya unos cuantos días con el festival de San Sebastián de sabor más genuinamente español que se recuerda. ¿No les encanta a ustedes esta foto? A mí sí, más que por otra cosa, porque recuerdo perfectamente el complejo de inferioridad que tenía este país no hace demasiados años, cuando era noticia en la prensa ¡que Ana Obregón iba a salir de estrella invitada en un capítulo de El equipo A! Toda una dosis de cosmopolitismo mediático entonces, que hoy, al lado de lo que han conseguido estos dos gañanes de la fotografía, junto con la imprescindible Pe, y con Jordi Mollá, Paz Vega y los jóvenes directores españoles que están siendo fichados o remakeados (que palabro, ¿eh?) por Hollywood, se ha quedado como lo que fue: una catetada para los lectores del Pronto. Mucho ha llovido desde entonces. Y lo que queda...

Como información colateral entre tanto premio y tanta peli, nos hemos enterado de que Javier Bardem está dejando de fumar. Tres meses, lleva. No está mal. Cuando aguante cinco días, que es lo que lleva un servidor sin echar una calada, habrá que verle. A mí a macho no me gana este tío, aunque la verdad es que, más que por un pique, yo me he animado a dejarlo aprovechando que el trancazo que llevo arrastrando toda la semana (¿Por qué se creen que no posteo desde el lunes?) debe haberme adormecido el mono.

Pero es curioso esto del cine y el tabaco. No conozco ningún vicio que haya sido tan promovido por el séptimo arte, y sería interesante saber cuántos cánceres de pulmón de las últimas décadas no tuvieron su origen en un deseo de imitar a alguno (siempre pensamos el primero en Bogart, pero hubo otros muchos) de los grandes fumadores del cine. Las tabaqueras lo saben muy bien, y por eso han continuado pagando a estudios y estrellas -Clint Eastwood en Los puentes de Madison, Mel Gibson en Arma Letal, Bruce Willis en La jungla…- para que quemen un cigarrillo tras otro en la pantalla. Hace unos meses, les recomendé aquí que consiguieran y vieran por cualquier medio la película Gracias por fumar. Insisto.

Pero claro, las propias estrellas no son inmunes al vicio. ¿Cómo se las han apañado algunas para liberarse? Pues según. Kirk Douglas, en su autobiografía, nos confesaba el sistema de su familia: llevar siempre un cigarrillo en el bolsillo. Cuando te entren ganas de fumar, lo sacas, te lo quedas mirando y te preguntas: “¿quién de los dos es más fuerte, tú o yo?”. Claro que esto hay que decirlo con cara de Kirk Douglas, no sé si le valdría a Woody Allen… Cary Grant recurrió a la hipnosis: varias sesiones donde se le metía en la cabeza el mensaje “estás tosiendo, tu aliento sabe a rayos y sólo fumas porque estás inseguro”. Michael Caine tuvo la ayuda inesperada de Tony Curtis, que en una fiesta le agarró el paquete (sin chistes fáciles, por favor) y lo tiró a la chimenea, porque “es el tercer cigarrillo que enciendes desde que has entrado en la sala, y de eso hace solo veinte minutos”. A continuación “procedió a darme una larga y biológicamente profunda conferencia sobre los peligros de fumar cigarrillos. Y lo hizo con tal habilidad que dejé el hábito en aquel mismo instante y no he vuelto a fumar un cigarrillo en veinte años”, cuenta Caine. Se dedicó a los puros, menos dañinos, al igual que su amigo Roger Moore, otro fumador empedernido.

Luego están los que no lo dejaron a tiempo como Yul Brinner, muerto en 1985 de cáncer de pulmón; antes de morir, tuvo tiempo de grabar un anuncio que fue emitido por la televisión americana: “ahora que ya no estoy aquí, les digo esto: no fumen. Hagan lo que hagan, no fumen. Si pudiera retirar todo lo que he fumado, no estaríamos hablando de cáncer”.

Y luego, claro, están los irreductibles, entre los que no me resisto a nombrar a Adolph Zukor, legendario productor fallecido en 1976… ¡A los 103 años de edad!. En su centenario, una de las preguntas más comunes que le hicieron las periodistas fue cómo se las había arreglado para llegar a edad tan avanzada y su respuesta fue: “Bueno; dejé de fumar hace dos años”.

lunes, septiembre 15, 2008

La lista diabólica

Como lleva haciendo algunos años, la revista Forbes acaba de publicar una vez más la lista donde a ninguna estrella de Hollywood le gusta encontrarse. No es la de los divorcios más caros, ni la de quienes tienen más operaciones de estética, ni siquiera de las que votarán por McCain, no; es la lista de los actores y actrices con los sueldos más hinchados, es decir, los que, a tenor de los resultados en taquilla, no se merecen los millones que se ganan con el sudor de su frente.

Para sacar los nombres, han calculado el total de los emolumentos cobrados por cada estrella, incluyendo el porcentaje de taquilla, y lo han comparado con las ganancias brutas de las películas que han protagonizado a lo largo del año (no incluyen el mercado de DVD). El resultado indica hasta qué punto merece la pena contratar a gente que no se pone delante de una cámara por menos de quince o veinte millones de dólares, porcentajes aparte, si a cambio los resultados económicos no cumplen con las expectativas.

Entre este ramillete de estrellas decepcionantes tenemos en primer lugar a Nicole Kidman -al éxito de La brújula dorada se contrapone el batacazo de Invasión, seguida de Tom Cruise con Leones por Corderos, Jim Carrey por El Número 23, o Nicolas Cage con Next. Claro que algunas de estas estrellas han tenido también taquillazos en este año, pero sus fracasos equilibran la balanza, e incluso hacen perder dinero a las productoras… y luego están las que tienen éxitos, pero cobran tanto dinero que apenas aportan beneficios al estudio. Es el caso de Cameron Díaz.

Para leer el artículo completo, pinchar aquí.

Pero ¿Y el arte? ¿Y el talento?, dirán ustedes. ¡Señores, que esto es Forbes (y Hollywood)! ¡Aquí estamos hablando de cash!.

domingo, agosto 31, 2008

Pues eso...


Ahora que ustedes (o la mayoría de ustedes) vuelven, me voy yo. Quince días sin ordenador ni conexión, ni ganas de usarla aunque la tuviera.

Nos vemos a partir del 15 de septiembre.

Feliz regreso a los que se reincorporen, y a los afectados por el síndrome postvacacional, les recuerdo que hay todavía una cosa peor que reincorporarse al trabajo: no tener trabajo.

jueves, agosto 28, 2008

El Vía Crucis de un cinéfilo lesionado (y 7): La silla de Fernando

Como suele ocurrir, he dejado lo mejor para el final. Aunque tengo que confesarles que estoy haciendo trampa: La silla de Fernando (2006) no ha sido adquirida como parte del Vía Crucis, sino que me la regalé por mi cumpleaños hace ya unos cuantos meses. Y la disfruté tanto que me parece adecuada para eso que los cursis suelen llamar un digno colofón.

Ya estarán enterados de que La silla... es un documental rodado por Luis Alegre y David Trueba de esos donde ya te encuentras todo el trabajo hecho, es decir: te vas a casa de Fernando Fernán-Gómez, le pones delante la cámara, le filmas en perpetuo primer plano, procuras que no le falte el whisky, y que hable. Pues eso y no otra cosa es La silla… así que aquí no cabe hablar de excesivas virguerías estilísticas, uso de la elipsis, dirección de actores, selección de decorados. Es Fernán-Gómez, puro y duro. Y, qué quieren que les diga, no hace falta nada más.

La verdad sea dicha, el actor y director no dice aquí cosas que quienes hemos seguido su trayectoria no le hayamos leído ya en sus memorias, en el magnífico libro que sobre él hizo Enrique Brasó, o en su libro de conversaciones con Eduardo Haro Tecglen. Pero leer no es lo mismo que escuchar. Y hay que escuchar a este hombre, con esa voz imitadísima e inimitable que Dios le dio, hablar de su infancia, sus inicios como actor, el cine, el alcohol, la política, las mujeres… Te sientes cómplice al apreciar su sentido del humor, verle ponerse socarrón y hasta simpático (que sí, que lo era). Las sesiones parecen rodadas en dos días diferentes, y en uno de ellos la barba de la garganta está mal afeitada, lo que le da un cierto aspecto de salvajismo eremita que le pega muy bien a la sinceridad de sus declaraciones.

Mucha de la gente que vio la película dijo lo mismo: que se le hizo corta. Bueno, pues esta edición del DVD incluye los extras que todo el mundo estaba esperando: hora y media más de charla a cargo del maestro. Y un regalo inapreciable, obtenido gracias a la iniciativa de un aficionado que pudo grabar en vídeo la que creo fue la última aparición de Fernán-Gómez en un escenario, en 1992, cuando hizo que todo el público se retorciera de risa leyendo una valiosísima selección de anuncios por palabras.

Un último detalle: los más viejos del lugar recordarán que, allá por el final de los años 70, Fernán-Gómez protagonizó un espacio llamado Tertulia, que consistía precisamente en eso: en un decorado que simulaba el salón de una casa, iba recibiendo cada semana a distintos invitados que se servían una copa y se ponían a charlar sobre lo divino y lo humano hasta que se terminaba el programa. Nada más y nada menos. Ahora que dicen que RTVE piensa colgar en la Red alguno de sus programas históricos, no estaría mal que recuperaran este. Con La silla de Fernando disfrutamos del maestro hablando; en ese programa le veíamos conversar. No es exactamente lo mismo.

Y mi pie muy bien, gracias.

martes, agosto 26, 2008

El Vía Crucis de un cinéfilo lesionado (6). La carta esférica

Arturo Pérez-Reverte no sólo es uno de nuestros escritores más vendidos, sino también, quizá como consecuencia lógica, más adaptados al cine. Quizá otra consecuencia lógica, y como les ha ocurrido a otros autores de éxito, desde Stephen King a Frederick Forsyth, sea que a la hora de llevar sus novelas a la gran pantalla ha habido de todo. Bien es cierto que el que pasa por ser uno de los novelistas con un carácter más, ejem, particular por decirlo de modo suavecito (es que por aquí se mete algún amigo suyo ¿saben?), ha mantenido siempre una actitud encomiable sobre el tema: básicamente, una vez que has trincado el cheque, si no te gusta el resultado, te callas.

Claro, que cuando a uno se le vienen a la memoria atrocidades como La tabla de Flandes (Jim McBride, 1994), esa adaptación de Alatriste aquejada de elefantiasis, o la inefable serie de TV Quart, el hombre de Roma, perpetrada por Antena 3, sospecha que Arturo ha tenido que callarse en no pocas ocasiones. Y miren por dónde, La carta esférica no ha sido una de ellas. No es una gran película, pero se sostiene muy dignamente, gracias a un equipo que ha decidido tomarse la adaptación en serio.

Para llevar al cine esta historia de búsqueda de tesoros en pleno siglo XX, el director Imanol Uribe ha contado con Carmelo Gómez, uno de nuestros mejores actores, y Aitana Sánchez-Gijón, una de nuestras peores actrices. Pero también ha dispuesto de un presupuesto lo bastante generoso como para huir del cutrismo que afecta a buena parte de las películas españolas: aquí pasamos de las Ramblas de Barcelona al Museo Naval de Madrid, a uno de esos magníficos pisos de detrás de Correos donde viven profesionales de alto nivel y algún director de revista, al fascinante bar La Venencia de la calle Echegaray, a las playas de mi querido Cái, al mirador de Gibraltar, al puerto de Cartagena, y a escenas de buceo filmadas en pleno mar, además en los restos de un pecio auténtico. Se agradece tanto cambio de escenario, plenamente justificado por exigencias de la trama, que le da a la cinta una factura excelente, apoyada además por el trabajo en fotografía de Javier Aguirresarrobe.

Lo cual no quiere decir que la cosa funcione al cien por cien. Uribe, autor también del guión, elimina eficazmente unos cuantos kilos de paja de la novela, y mantiene una trama que se sigue con interés. El problema son los tópicos, esos tópicos que Pérez-Reverte cuela en sus novelas con tanta abundancia como habilidad, y que traspasados a la pantalla tienen una molesta tendencia al cante jondo. Que cantan mucho, quiero decir.

El protagonista de La carta… es, como tantos otros héroes del escritor, un hombre de una pieza cuya integridad le ha supuesto la marginación social y profesional, y la mujer, un personaje fascinante –o todo lo fascinante que permite el trabajo de Aitana- que emboba al protagonista y le mete en una aventura cuyo alcance nunca llega a comprender del todo. Los malos son malísimos, pero con su puntito de fondo humano, como es marca de la casa. Y los nombres, pues de lo más exótico: el protagonista se llama Coy, que así al pronto parece como extranjero, aunque a lo mejor es una abreviatura de Alcoyano; la chica se llama Tánger, mayormente porque su padre era militar y estuvo destinado en África cuando ella nació -menos mal que no le mandaron a Almendralejo-. Pero el colmo ya es que el piloto que les acompaña en la búsqueda del tesoro, pues se llama así, Piloto -en una escena nos enteramos de que su verdadero nombre es Pedro-, y eso ya me parece pasarse varios pueblos; es como si Nadal se llamara Tenista, o Jaime Peñafiel, Portera, no sé si me entienden.

Y, como la historia va de barcos hundidos, pues hay que meter a punta pala referencias culturales sobre el particular: Tánger tiene un perro que se llama Milú (y dale con los nombrecitos), y confiesa que se enamoró del mar y sus misterios después de leer el álbum de Hergé El tesoro de Rackham El Rojo; la empresa de los malos se llama Dead Man’s Chest, o sea, "El cofre del muerto", como en La isla del tesoro; y lo único que falta por aquí es alguien con una pata de palo, y que Coy beba ron en vez de ginebra, pero eso quizá hubiera sido pasarse. Una pena que Uribe no haya entrado a saco aquí y, junto con el exceso de términos marineros, no haya procedido a una eliminación masiva de tópicos.

Con todo, una agradable sorpresa, y dentro de la sorpresa, otra más: Javier García Gallego, el actor que encarna al Piloto, y que es un prodigio de naturalidad. Y tanto, como que no es un actor profesional: en realidad, fue el instructor de buceo de Carmelo Gómez, y la decisión de hacerle actuar en la película fue una decisión personal de Uribe. No se me ocurre una elección mejor para el papel. En ninguno de los siete mares.

Véanla. Encontrarán una película de aventuras tranquila, sin persecuciones ni tiroteos, ni acción injustificada. Más bien es la historia de un misterio y unos personajes, a lo que lo único que cabe reprocharle es, quizá, un exceso de lastre por no haber sabido liberarse lo bastante de su original literario.

Próxima parada del Via Crucis: sea cual sea, será la última, que ya está bien.

miércoles, agosto 20, 2008

El Vía Crucis de un cinéfilo lesionado (5). Princesas

Ya sé, ya sé que les dije que la próxima entrega del Vía Crucis sería la película de Urbizu, pero ¿qué quieren? Se me acababa el plazo de entrega, y tuve que devolverla a la biblioteca. Queda para dentro de unos días, y mientras tanto vamos con Princesas (2005), la última película hasta el momento de Fernando Comprometido León de Aranoa, si exceptuamos su participación en la colectiva Invisibles (2007).

Fernando León (creo que al principio no usaba la segunda parte de su apellido) se dio a conocer con su primer largometraje, Familia (1997), que partía de una idea sumamente original y luego sabía llevarla con bastante habilidad hasta el final: un tipo del cual no sabemos más de lo estrictamente necesario alquila a una compañía de actores para que se hagan pasar por su familia en el día de su cumpleaños. La peli, ya les digo, no estaba nada mal; luego cambió el rumbo y se ha dedicado desde entonces a contarnos qué mal lo pasan determinados colectivos de personas: los habitantes de viviendas periféricas (Barrio, 1998), los parados (Los lunes al Sol, 2002) y las prostitutas en esta que nos ocupa.

La fórmula no cambia mucho en ninguna de las tres: los personajes viven los sinsabores propios de una situación que les supera, de un encierro del que no saben cómo salir. Y del que, si quieren mi opinión, no saldrán nunca, porque es que hay que buscar mucho para encontrar una gente tan parada y tan corta de mente como la que sale en las dos primeras películas. Ese fue uno de los motivos por los cuales Barrio no me gustó ni un pelo; aparte de contarse su vida y hablar de lo chungo que está todo, los tres chavales se movían menos que el caballo de un fotógrafo, hasta que al final, acabé pensando que se merecían lo que les pasara. A lo mejor es que estoy demasiado influido por Full Monty, donde otros personajes en situación límite –una situación que no se nos escapa nunca, a pesar del tono de comedia de la cinta- se embarcaban en un proyecto igualmente al límite, y por eso mismo estabas con ellos durante todo el desarrollo de la historia.

Hay que decir, de todos modos, que en Princesas los personajes tienen bastante más enjundia que en Barrio. Caye, muy bien interpretada por Candela Peña, tiene la suficiente fuerza como para que nos interesen sus idas y venidas, y Zulema (un bellezón de mucho cuidao llamado Micaela Nevárez), la inmigrante dominicana que se convierte en su amiga, combina fuerza y desgarro con una dulzura que desarma. Muchas escenas, lógicamente, se han filmado en la Casa de Campo de Madrid y otros escenarios naturales, que dan a la cinta el tono de autenticidad necesario; es decir, que vemos putas de verdad, en vez de las falsificaciones para todos los públicos a las que nos tiene acostumbrado Hollywood. El ritmo es ágil, y la cámara, casi siempre, está donde tiene que estar; ni siquiera desentona la música de Manu Chao, cantante que a mí, personalmente, me parece más cansino que media docena de ex compañeros de colegio contándome su mili.

Total, que la película va bastante bien, hasta que justo por la mitad, León de Aranoa cae en el maniqueísmo que tanto le gusta y mete una escena que provoca rechazo de puro grotesca: resulta que Caye se ha echado un novio formal, un informático que debe de ser absolutamente tolili, porque es que ni se le ocurre que su novia pueda ser prostituta… ¡A pesar de que ella misma se lo dice!. En estas, que están los dos cenando en un restaurante y en una mesa cercana, como no podía ser menos, hay un tipo con aires de chulo que ha sido cliente de Caye. Esta se pone nerviosa, y se va al baño. Y el tío la sigue hasta allí, la acorrala y le paga para que le haga un lavado de la pipa del delco allí mismo, al momento. Ella se echa a llorar, le pide, le suplica que le deje en paz, pero al final se arrodilla mientras coge el dinero.

La escena casi me hace dejar la peli en ese momento, y no por desagradable, sino por chorra. Primero, es que la casualidad no hay quien se la crea, y luego es que la situación está completamente forzada. Y además, sorprende la pasividad de Caye, a quien hasta el momento hemos visto como una persona con bastante más carácter, y que de repente no es capaz de decirle al tío que la deje en paz de forma terminante. Bueno, si hay que montar una escena para reflejar lo explotadas que están las putas, pues se monta y ya está; pero hay mil maneras de hacerlo sin caer en una falta de lógica que está peligrosamente cerca del esperpento. Y además, para eso ya está la historia de Zulema. Pero es que un poco más adelante hay otra casualidad que no hay quien se la crea, que es la que lleva a Caye a romper con su novio. Y como no hay dos sin tres, la escena final del paseo de las lumis en la limusina ya entra en el terreno de lo lisérgico por derecho propio.

Si se quitan todos estos baches, la película se puede ver sin problemas, y deja un buen sabor de boca. A lo mejor algún día a Fernando León se le cura su propensión de enseñarnos en cada plano lo comprometido que está, y aprende a ser un director de cine en serio. De momento, todo indica que en su próxima película se va a buscar otro colectivo marginal. Entre yonquis o becarios de periodismo, ya veremos por dónde sale.

Próxima estación del Vía Crucis: La Carta Esférica, de Imanol Uribe.

lunes, agosto 18, 2008

El Vía Crucis de un cinéfilo lesionado (4): Malas Temporadas

Cuando una peli (sobre todo si es española) empieza con la cámara haciendo trávelin por un pasillo, mientras suena de fondo una musiquilla de piano así en plan muy intimista, es como para temerse lo peor. Malas Temporadas empieza precisamente así, con lo cual uno, qué quieren que le haga, se teme lo peor. Pero lo peor no acaba de llegar, aunque se queda cerca, y ello por una serie de fallejos perfectamente identificables, por lo frecuentes que son en nuestro cine.

Que conste que el material de partida no era necesariamente malo, y además la historia cuenta con un reparto más que competente. Esta es una de esas películas de vidas cruzadas (sin bromas; algún crítico se refirió a ella hablando de la nefasta influencia de Robert Altman en directores que están a años luz de su talento), que le obligan a uno a permanecer especialmente atento a la pantalla durante los primeros veinte minutos o así, hasta que tenemos controlados todos los personajes. Luego, ya la cosa va por sí sola y podemos relajarnos viendo como sus vidas evolucionan y se entrecruzan. Así, tenemos a Mikel (Javier Cámara, eficaz con lo que tiene a mano), un ex presidiario homosexual y maestro del ajedrez, que acaba siendo vecino de Carlos (Eman Xor Oña, excelente), un cubano exiliado que se gana la vida con el contrabando de diversos objetos, puros habanos incluídos. En sus primeros tiempos en España, a Carlos le ayudó mucho Ana (Nathalie Poza) madre soltera -o separada, no recuerdo- que trabaja en una ONG dedicada a la integración de inmigerantes, y que tiene un hijo adolescente, Gonzalo (Gonzalo Pedrosa), que un buen día decide encerrarse en su cuarto para no salir más. En vez de darle dos gofetás como es debido y llevarle al cole a rastras, Ana conoce a Mikel a través de Carlos, y este accede a darle a Gonzalo clases de ajedrez, a ver si sirve de algo. Carlos, a todo esto, tiene una relación de lo más íntimo con Laura (Leonor Watling), una antigua estrella de la canción confinada en una silla de ruedas, que es la mujer de Fabré, otro exiliado cubano, pero con mucha más pasta que Carlos, que utiliza a éste para que le saque de la isla obras de arte de contrabando.

Esta es la exposición así, en bruto. Luego, a todos estos personajes les van pasando cosas, y la historia, por cierto, acaba más o menos bien. Pero, si los personajes tienen potencial (lo tienen) y los actores que los interpretan son buenos actores (y también lo son, con alguna excepción), ¿Por qué la película importa un pimiento, cansa y al final aburre?

Porque no hay quien se la crea. No estoy hablando, como hizo Jose Enrique Monterde en Dirigido, de la implausibilidad de todas las situaciones que se nos muestran, porque yo en el cine estoy dispuesto, a priori, a creerme casi todo. Lo que me revienta es el tono. Lo que creo que le pasa a Malas Temporadas es que va por la vida con un complejo de trascendente que no hay quien lo aguante. Los actores no hablan: recitan. Casi siempre en todo bajito (menos cuando hay que gritar,claro), y mirando muy fijamente al interlocutor, para que nos demos cuenta de que lo que se dice tiene mucha enjundia. Siempre frases brevísimas, que se dejan flotando en el aire. Es raro oír verdaderas conversaciones. Lo que hay son muchas pausas. Y la musiquita. Dale que te pego con el piano. Y más pausas. Y más miradas. Y que aquí alguien empiece a darle un poco más de vida al asunto en vez de quedarse mirando a Toledo con cara de colgao. Por favor.

No sé por qué, pero no es la primera película española que me encuentro con este tipo de defectos. Alguien debería decirle a Manuel Martín Cuenca -y a otros directores nuestros-que la línea que separa la trascendencia de la pedantería es enormemente fina y frágil. En los extras del DVD Javier Cámara dice que es uno de los mejores guiones que ha leído en su vida; él sabrá. Pero en este caso, la película es un buen ejemplo de cómo hacer un guiso indigesto con buenos ingredientes.

Próxima entrega del Via Crucis: La vida mancha (2003), de Enrique Urbizu.

miércoles, agosto 13, 2008

El Vía Crucis de un cinéfilo lesionado (3). Al sur de Granada

Vamos mejorando. No sólo en el estado del pie, sino en las películas que le tocan a uno en suerte. Es curioso; un director que tenía alguna película decente, como era Jose Luis Cuerda, me hizo pasar por uno de los mayores truños que me he tragado últimamente, y en cambio, Fernando Colomo, al cual había dado por perdido desde sus fechorías perpetradas en los 90, me ha encantado con Al sur de Granada (2003).

La trama está inspirada muy libremente en la estancia que el historiador e hispanista inglés Gerard Brenan pasó en los años 20 en la zona granadina de Las Alpujarras. Lo que en principio parecía ser la típica historia del contraste entre un inglés y unos españoles más de pueblo que las amapolas -algo a lo que contribuye el cartel promocional, a mi juicio completamente equivocado- se va convirtiendo en una historia de amor algo convencional, primero, y poco a poco en una fábula sobre las vueltas de la vida, las decisiones, los caminos que tomamos, los paraísos perdidos -que son los únicos- y la imposibilidad de volver atrás. No pretende hacer reír de continuo, que es lo que uno se espera siempre con Colomo, pero en lugar de eso -al menos, en lo que a mí se refiere- transmite interés, identificación y emoción.

Colomo dirige con mano firme, sabiendo lo que quiere contar, sin dejar que se le cuelen estridencias, por lo menos, en exceso. Claro que se ha hecho acompañar con un equipo de primera, comenzando por ese maestro de la fotografía que es Jose Luis Alcaine y siguiendo por la partitura de Juan Bardem. Y los actores: Matthew Goode, que se estrenó en el cine con esta película -y que ha prosperado bastante desde entonces: próximamente le veremos en la adaptación cinematográfica de Retorno a Brideshead, y en la muy esperada Watchmen- compone un magnífico Brenan, lleno de humanidad y personalidad, a años luz del prototipo de guiri despistado; un tipo que me cae tan gordo como Guillermo Toledo borda aquí su personaje de Paco, el campesino del pueblo que se convierte en el mejor amigo de Herardico; Verónica Sánchez es una revelación, y Antonio Resines y Ángela Molina llenan dos personajes secundarios de una pieza.

En fin, toda una mejora con respecto al otro día. Por cierto, esta película está directamente relacionada con Carrington (1995), de Christopher Hampton, con la que comparte algunos personajes. Y el tema de los ingleses en Las Alpujarras ha dado material para otro tipo de obras; si no tienen lectura de verano, les recomiendo vivamente los libros del cachondo de Chris Stewart Entre Limones y El Loro en el Limonero, que se han vendido como churros en la feria, y donde narra sus propias vicisitudes en esta comarca de Granada unos cuantos años después que Brenan.

Siguiente parada del Vía Crucis: Malas Temporadas (2005), de Manuel Martín Cuenca.

lunes, agosto 11, 2008

El Vía Crucis de un cinéfilo lesionado (2). Así en el Cielo como en la Tierra

Abrumado me han dejado ustedes con tanto interés sobre la buena marcha de mi pie. Muchas gracias a todos. Hoy he tenido que ir a currar, pero me complazco en comunicarles que ya ha recuperado su tamaño normal. La cabeza, en cambio, me ha crecido a dimensiones similares a las de un balón de playa, y sospecho que los inicios de mi Via Crucis cinematográfico/ibérico tienen bastante que ver en ello.

Veamos: Jose Luis Cuerda tiene en su currículum el mérito indiscutible de haber escrito y dirigido Amanece, que no es poco (1988), una de las pocas películas de nuestro cine que merecen el calificativo de cinta de culto. Es decir, que con los años ha ido haciéndose con un número creciente de fans que la consideran una auténtica obra maestra, la han visto todas las veces que se les ha puesto a tiro, se han comprado el DVD y se saben de memoria diálogos enteros. Yo confieso no ser uno de ellos, pero posiblemente la culpa sea mía, por no haber sido capaz de entrar sin tapujos en la apuesta del director: un microcosmos donde uno no está nunca seguro de lo que siguiente que van a decir -o hacer- sus muchos personajes. Sin referencias históricas, sin ideología, sin mensajes, el absurdo es aquí la principal arma y moneda de cambio, escena por escena. Sólo por eso, insisto, se merece un premio en cuanto a originalidad, en cuanto a haber querido crear algo diferente, y haber salido airoso del empeño.

Apuntémosle también La lengua de las mariposas (1999), y El bosque animado (1987), donde contó como ayuda con los excelentes textos, en el primer caso, de Manuel Rivas y, sobre todo, de Wenceslao Fernández-Florez en el segundo. El bosque animado es un libro obligatorio; y su adaptación, más que recomendable.

Ahora bien:

Lo de Así en el Cielo como en la Tierra, para quien esto firma, directamente no tiene nombre. El misterio no es que esta película se estrenara, sino que los espectadores no quemaran los cines y colgaran al acomodador. Mencionaba Amanece que no es poco no sólo por haber sido una película de mucha éxito, sino porque con Así en el Cielo… Cuerda parece haber querido repetir la jugada de historia coral y humor desquiciado. Pero aquí la cosa no funciona.

El argumento es bastante sencillo: resulta que, como en los chistes de colegio, cada país tiene su Cielo particular. Hay un Cielo español, un Cielo francés, uno alemán… y cada uno ha sido creado de acuerdo con la idiosincrasia de cada país. Así que el Cielo español es un pueblecito típico de los años 50, con el yugo y las flechas a la entrada, y todo. Dios (Fernando Fernán Gómez) es, lógicamente el alcalde, y San Pedro (Francisco Rabal) el sargento de la Guardia Civil. Por ahí anda también el arcángel San Gabriel (Enrique San Francisco), San Juan Evangelista (Gabino Diego), San Isidoro (Agustín González), La Virgen María (Mary Carmen Ramírez), y Jesucristo (Jesús Bonilla), que tiene que ir a un psiquiatra argentino porque está muy acomplejado por lo mal que le trataron los hombres en su anterior bajada a la Tierra. La cosa va de que Dios decide organizar el Apocalipsis, pero andan muy justos de dinero para montarlo tal y como se describe en el libro de San Juan; así que montan una especie de Apocalipsis de chichinabo, que les sale fatal, y la vida en el pueblo, es decir en el Cielo, continúa como siempre.

Esto es, a grandes rasgos. Lo malo es que la idea tiene gracia los primeros cinco minutos; luego se desinfla como un globo, y lo que queda son un montón de actores declamando sandeces. Y digo declamando, porque es difícil encontrar un personaje mínimamente bien construído; la preocupación principal parece soltar cuanto más cachondeo mejor a costa de la Iglesia, que eso siempre queda muy gracioso, y desaprovechar una idea que, desarrollada de otro modo, preocupándose más del humor y menos de la astracanada, hubiera dado para una película bastante más decente. Eso, y lo que más me ha tocado las narices, que es seguir presentando a España como un país pobre, cutre y chapucero en una película que se rodó ¡en 1995! Una tendencia que recuerda a los chistes que contaba Pajares en los años de la Transición y que -y reconozco que es una manía mía-, no puedo soportar.

En los extras -sí, el DVD tiene extras y todo- hay unas declaraciones de Jose Luis Cuerda hablando de la importancia que tienen para él las comedias españolas tipo Berlanga, como Calabuch, y que para él han sido un referente a la hora de hacer esta película. Y es cierto que se nota un aire berlanguesco, pero del de Nacional III y Paris-Tombuctú, antes que del de esa maravilla que fue Calabuch.

En fin, el inicio del Vía Crucis ha sido de lo más víacrucesco. Mientras les cuento las siguientes pelis, les remito a este magnífico sketch de Monty Python, (lo siento, está en inglés) que en tres minutos y medio tiene más humor religioso que las casi dos horas que dura el tormento.

Y las ganas de ver Los girasoles ciegos se me han apagado bastante; y encima con guión de Azcona...

viernes, agosto 08, 2008

Mi pie izquierdo, o El Vía Crucis de un cinéfilo lesionado (1)

¡Maldito esguince! Uno de esos tropezones diabólicos a los que tan propensos son las aceras de Madrid me ha dejado con el pie del tamaño de una paletilla de Jabugo. La verdad es que hace ya una semana que lo arrastro -y me arrastro-, pero ese lujo asiático que es la baja pagada es algo que no podemos disfrutar los autónomos a la fuerza. Por fin hoy me he escaqueado de mis obligaciones profesionales, y he ido al médico. Lo de siempre: tobillera, antiinflamatorios, baños fríos y calientes, y el pie en reposo.

Sobre este último punto, uno hace lo que puede, que me temo no es mucho. El lunes estoy otra vez en danza, y nunca mejor dicho. Pero mientras, aquí me tienen ustedes en casa, con el pie en alto y escribiendo en plan Carrie Bradshaw, con el portátil en el regazo. ¿Qué se puede hacer con tantas horas muertas? No tengo edificios enfrente, como James Stewart, así que no puedo dedicarme a cotillear vidas ajenas a ver si descubro algún asesinato o, por lo menos, alguna vecina stripper.

Así que, lógicamente, queda el cine. Lo cual me ha dado pie a una idea diabólica. En las proximidades de mi casa tengo dos bibliotecas públicas, ambas con una aceptable colección de DVDs. Así que me parece que voy a dedicar mi convalecencia a desentrañar uno de los grandes misterios de la humanidad: ¿De verdad es tan malo el cine español?

Pues por investigar, que no quede. Durante los siguientes días, cine español a cascoporro. La idea es acercarme regularmente por estas bibliotecas y sacar, sin ser demasiado selectivo, todas las pelis españolas más o menos en el mismo orden en el que me las vaya encontrando. Las únicas condiciones que tienen que cumplir son a) ser españolas (claro), b) ser relativamente recientes y c) que yo no las haya visto todavía. Me las pienso ir tragando a razón de varias por semana, en mis ratos de pinrel en reposo, y ya iré sacando tiempo para contarles por aquí qué me van pareciendo. ¿Descubriré alguna obra maestra? ¿Encontraré virtudes que mis prejuicios me impedían ver? ¿Actuaciones memorables, guiones brillantes? ¿O todo lo contrario?

Como sospecho que muchos de ustedes andan de vacaciones, es poco probable que ni se lean esto. Pero yo les voy a ir avisando del menú, por si quieren comentar alguna de las que vaya viendo o darme alguna indicación, si es que ya la han visto (“¡Nooo, Vince, no se trague eeeesa! ¡Que es usted muy jooooven!”). Cuando se me acabe el tiempo libre, y tenga que renunciar a esta investigación exhaustiva, haremos una pequeña recapitulación.

Y para que vean que voy en serio, estas son las dos primeras que me he traído: Así en el Cielo Como en la Tierra (1995), de Jose Luis Cuerda, y Al sur de Granada (2002) de Fernando Colomo. Si alguien las ha visto y tiene algo que decir sobre ellas, ahí tiene la sección de comentarios (sí, esa de las telarañas). Yo, me lanzo a las procelosas aguas del celuloide ibérico. Ya les iré contando.

miércoles, agosto 06, 2008

Y ¿a quién le importa esto?

Esto no es más que una opinión personal y, por tanto, no hay que darle un valor excesivo. Pero siempre he pensado que la gente que presta tanta atención a los programas, revistas y páginas del corazón lo hace en sentido inversamente proporcional al interés que les merece su propia vida. Es decir: les importa tanto la vida de los otros -y no me refiero precisamente a la película- porque la suya, en el fondo, no les gusta nada. Y, antes que mirar dentro, prefieren mirar hacia fuera.

Esta idea, claro, está basada en experiencias personales. Hace años pasé por una situación no por normal en el curso de la vida de todos menos dolorosa; y aquello coincidió, no sé si recuerdan, con la desaparición y posterior fallecimiento de John Kennedy, su mujer y su cuñada en un accidente de avioneta. El caso es que, mientras la familia estábamos apiñados en el hospital y nos íbamos dando cuenta de que aquello sólo podía acabar de una manera, y que era cuestión de días, y que lo mejor era irse preparando, a mí lo que le hubiera pasado a Kennedy, a su señora, a su cuñada y al lucero del Alba, dicho sea con todos los respetos, me importaba exactamente tres pepinos. Yo tenía mi propio drama ahí, en bandeja, lo quisiera o no. No necesitaba otros.

Pues con las noticias felices pasa lo mismo. Nueve millones de euros dicen que ha pagado la revista People por la exclusiva del nacimiento de los mellizos de Brad y Angelina (ya no hace falta poner ni los apellidos), porque al parecer había una urgencia, un apremio, una necesidad a nivel global de ver la cara a los enanos. Al final, lo que menos nos va a acabar importando de estos dos es que sean actores de cine, que Angelina Jolie ya tenga un Oscar, que Brad Pitt sea un excelente actor cuando le da la gana, y nos vamos a quedar solo con el enésimo niño que adopten o que tengan, con su último reportaje en Vanity Fair, con su último proyecto humanitario, con su última contribución a una ONG (Por cierto, dicen que donarán todo el dinero a caridad. Un gesto que les honra y... ¿Lo ven? ¡Ya estamos!).

Si hay quien no podía vivir sin verle la cara a los rrorros ideales de la muerte, es su problema. Otros tenemos noticias más cercanas que, esas sí, nos han traído una alegría genuina y duradera, de las que no se pasan en lo que se tarda en hojear un reportaje; porque conoces y quieres a los protagonistas; y sabes que están felices, y te alegras por ellos y con ellos, y con ellos empiezas la cuenta atrás de los meses que faltan hasta que todos tengamos delante el resultado de la noticia, con tres pelos encima de la cabeza y llorando por el biberón. Sin papel couché, sin glamour, sin exclusivas. Habiendo genuino cariño y amor, todo eso no hace ninguna falta.

Bienvenido, chaval.

Nos vemos en abril.