domingo, marzo 23, 2008

Se han pasao

Ahora que ustedes vuelven de vacaciones, soy yo el que se larga. La publicación de este blog se va a interrumpir durante la semana que viene debido a que me voy de viaje de trabajo muy, muy, muy lejos. Por cierto, como suelo hacer cada vez que tengo por delante muchas horas de avión, ayer salí a buscar algo de lectura. Y de repente, me encontré con esto que les cuento a modo de hasta luego.

Verán: en el sector de las revistas, de un tiempo a esta parte algunas han lanzado la moda de las portadas coleccionables. Esta consiste en sacar la revista al quiosco con tres o cuatro portadas diferentes -aunque el contenido sea el mismo en todas-, a ver si hay un suficiente número de prim… digo, de lectores interesados en comprárselas todas. Las revistas de cine lo han hecho con motivo del estreno de sagas como El señor de los anillos o La guerra de las galaxias, muy propensas a los frikis completistas. Cinemanía fue una publicación española que intentó seguir la moda en varias ocasiones, a ver si así vendía algún ejemplar (pero ni por esas). Y los chicos de Total Film

En otras entradas he recomendado esta revista inglesa de cine, junto con su competencia Empire. Bueno, pues el número de abril de Total Film está dedicado a James Bond, por aquello de que este año hay peli nueva, y además se cumple el centenario de Ian Fleming. Pero es que han sacado ¡21 portadas distintas! Una por cada película de 007, de forma que cada lector pueda llevarse a casa la revista con Connery, Brosnan, Moore, Craig, Dalton o incluso Lazenby, que de todo hay. Además, el papel de la portada tiene un gramaje y una tinta plateada que seguro alguno de los expertos que se mete por aquí de vez en cuando podrá calcular cuánto supone de coste añadido. Yo sólo sé del tema lo bastante como para decirles que, con toda seguridad, una pasta.

La idea tiene su gracia, y sospecho que la habrán desarrollado al alimón con MGM, que así publicita su serie de ediciones especiales en DVD dedicada a Bond. Pero miren, en este mundo de las publicaciones, donde hoy en día nadie se atreve a salir a la venta sin un regalito, una promoción, un lo que sea, yo lo que les digo es que lo importante para los lectores sigue siendo el contenido, el relleno, la chicha. Lo otro puede ayudar en un número o dos, pero si dentro no hay calidad, se queda todo en juegos florales.

Entonces ¿qué tal está el contenido de este Total Film? Bueno… El caso es que no se lo puedo decir, porque compré la revista ayer y me la estoy reservando para el vuelo. Se harán ustedes cargo...

Nos vemos en una semana, más o menos. Sean buenos, vayan al cine y feliz regreso a los que se hayan ido.

viernes, marzo 21, 2008

El dinero y la gloria

Hay semanas donde las necrológicas se le acumulan a uno. Casi al mismo tiempo que Arthur C. Clarke llegó la noticia de la muerte de Anthony Minghella, por complicaciones en una intervención quirúrgica. Deja tras de sí una filmografía corta, pero muy galardonada, que habrá que ver, por otra parte, cómo aguanta el paso del tiempo. Indudablemente, dio en la diana con El paciente inglés (1996), que además de ser un éxito internacional abrió la puerta grande de los Oscar para Miramax, que hasta el momento parecía limitada a producir películas como Pulp Fiction; taquilleras y con buenas críticas, pero demasiado crudas como ser siquiera consideradas por la muy estirada Academia (ya hemos visto que este año han abierto un poco más la mano).

Con El paciente inglés, Miramax ganó en prestigio, y abrió su línea de producción a películas más, digamos, tradicionales, como Emma o Un abril encantado. Y eso que El paciente… ni siquiera fue un proyecto suyo. Ni de Minghella, si vamos a ello. La idea original fue del productor Saul Zaentz, que había comprado los derechos de la novela del mismo título de Michael Ondaatje, y pensó en su amigo Minghella para adaptarla, a pesar de que sus dos películas anteriores habían sido fracasos. El problema fue que su trato inicial de financiación con la Fox se rompió antes de que empezara el rodaje, y Zaentz se encontró a falta de unos 20 millones de dólares. Miramax aportó esa cantidad, y algo más, a cambio de los derechos para todo el mercado mundial.

Convencida de que tenían una pieza importante en las manos, Miramax echó el resto en una campaña que asegurara que El paciente... fuera seriamente considerada para los Oscar. Y, desde luego, lo consiguió, pues ganó nada menos que nueve, incluídos los de Mejor Película y Mejor Director, para Zaentz y Minghella. Pero claro, Miramax, aunque perteneciera a Disney, seguía estando dirigida entonces por los hermanos Weinstein, que han tenido siempre una reputación a cuyo lado Los Soprano parecen un convento de carmelitas… a cambio de poner el dinero para hacer la película, Harvey Weinstein exigió que el equipo retrasara el cobro de parte de su salario hasta después del estreno, en total, unos siete millones de dólares. Y, aunque El paciente inglés recaudó en las taquillas de todo el mundo 228 millones de dólares (eso sin contar el mercado del DVD ni los derechos de la televisión), Miramax jamás pagó un centavo del dinero restante. Cuando Zaentz amenazó con demandar a la productora, Harvey respondió al más puro estilo Sopranitas Direct: “Adelante. Somos la Walt Disney co. Tenemos doscientos abogados aquí, sentados en sus despachos sin nada que hacer. ¿Quieres gastarte un millón en abogados? Cuando quieras”.

Zaentz se echó atrás. No sólo por la posibilidad de no ganar, sino porque también estaba colaborando con Miramax en otro proyecto, El señor de los anillos, que le daría tanto dinero como para que esos siete millones acabaran pareciendo calderilla. A Minghella le fue un poco peor. Por su trabajo como guionista y director, se le pagaron 750.000 dólares. Repartidos en los cuatro años que duró el proyecto, eso supone 187.500 dólares al año, de los que la mitad no llegó a cobrar jamás.

Eso sí, ganó el Oscar y pasó a dirigir (también para Miramax), El talento de Mister Ripley (1999) y Cold Mountain (2003). Es para preguntarse qué tiene más valor en un caso así: el dinero o la gloria.

jueves, marzo 20, 2008

90 órbitas alrededor del Sol

Es curioso, pero de los llamados tres grandes de la ciencia-ficción -los otros dos son Asimov y Bradbury-, Arthur C. Clarke ha sido sin duda el menos adaptado al cine. De hecho, su contribución se recuerda sobre todo por 2001, una odisea del espacio, una sola película que, eso sí, está sin duda entre las mejores de la historia del séptimo arte. No les oculto que es uno de mis títulos favoritos, y que he perdido la cuenta de las veces que la he visto. Primero en los cines de sesión continua, y ahora, cada cierto tiempo -suele ser una vez al año- en el DVD. Y no me miren con esa cara, que las pasiones no tienen por qué explicarse. ¿O preferirían que me tragara con esa frecuencia las películas de Steven Seagal?

Pero claro, ni siquiera 2001 puede considerarse una traslación fiel de la obra de Clarke. Es bien sabido que está basada en un relato corto -El centinela- , del cual solo se extrajeron las escenas que transcurren en la Luna, y no todas. El argumento fue desarrollado a medias entre Stanley Kubrick y el propio Clarke, que posteriormente lo publicaría en forma de novela. Posteriormente, porque Kubrick no quiso que el libro apareciera antes que la película, y personalmente, creo que hizo bien. La mente racional, y con una profunda formación científica, de Clarke, se empeña en aclararlo todo e intenta ofrecer una explicación a cada uno de los sucesos de la cinta. Con lo cual la fascinación del argumento, y sus múltiples interpretaciones, bajan muchos enteros.

Sobre 2001 se ha dicho y escrito mucho, y no creo que yo sea capaz de añadir nada nuevo; la historia y el famoso monolito, han dado pie a elucubraciones de todo tipo, algunas con más fundamento que otras. Un amigo muy cinéfilo me comentó que cómo era posible que el franquismo hubiera dejado estrenarse en España una película tan atea, apuntándose así a la interpretación de que la humanidad había evolucionado por influencia extraterrestre (probablemente, porque los censores no se enteraron de nada)… y otro me comentó que estaba clarísimo que el monolito era en realidad una gigantesca tableta de costo, y que al verla los monos se ponían a aullar y a pegar botes como locos… porque no tenían papel.

Bueno. En todo caso, sus anécdotas son bien conocidas: que Kubrick intentó suscribir un seguro con Lloyd’s de Londres para cubrir la eventualidad de que se contactara con una civilización extraterrestre antes del estreno de la película; que si se sustituye cada letra del ordenador HAL por la que le sigue en el alfabeto se obtiene IBM, algo que Clarke siempre atribuyó a la casualidad; y que no se pronuncia una sola frase en los primeros 25 minutos de película…

No sigo, que les aburro, pero si querría hacerles una recomendación, más literaria que cinematográfica: Alianza publicó hace años en su colección El libro de bolsillo, los Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco (1957), uno de los títulos más apreciados por los clarkófilos (¿a que mola el palabro?). Imaginación, sentido del humor y conocimiento científico por arrobas. Una delicia no demasiado conocida que ningún amante de la literatura debería perderse.

¡Y qué hermosa fue la frase que pronunció por su noventa cumpleaños! “Llevo 90 órbitas alrededor del Sol”. Tras recordarnos así que todos estamos en un perpetuo viaje, se ha ido para pasar a la siguiente etapa del suyo.

martes, marzo 18, 2008

La importancia de empezar bien

Bueno, pues metidos ya de lleno en la Semana Santa, es momento de que nos llegue el asalto televisivo habitual de películas de tema más o menos religioso, apostólico y romano del que tanto hablamos aquí el año pasado. No me voy a poner pesado otra vez con el asunto; sólo quería apuntar que esta vez la cosa está peor, porque en lugar de colocarnos, al menos, las películas originales, nos endosan versiones para la pequeña pantalla más largas, con menos glamour y, desde luego, inaguantables en su mayoría.

Yo ya me he tragado mi cupo de cine más o menos del género, viéndome el otro día la versión en DVD de El reino de los cielos, la epopeya medieval / cruzadesca dirigida por Ridley Scott. Esta versión dura media hora más que la estrenada en cines, y le ha quedado de lo más megalómana. Me explico: antes de que empiece la película propiamente dicha, tenemos una presentación de Ridley Scott in person. Luego, cinco minutos de música con la pantalla en blanco (o mejor dicho, en negro) antes de que empiece la peli propiamente dicha. Y luego, por fin, la superproducción mayestática, donde parece, de todos modos, que el director, con tanta presentación y tanta historia, no se ha preocupado de introducir un pequeño detalle:

Los títulos de crédito.

Esta es una moda el cine americano actual que cada vez es más frecuente: nos colocan el título de la película, y a correr. Ni actores, ni guionistas, ni director de fotografía, ni productor, ni director. Y yo tengo la impresión de que el título, por lo menos, lo ponen para que la gente sepa que no se ha equivocado de sala en el multicine… es una tendencia un poco preocupante, en mi opinión, porque parece indicar una impaciencia cada vez mayor por parte de unos espectadores crecidos en la generación You Tube. ¿Para qué perder tiempo leyendo que en esta peli sale Bruce Willis si ya lo he visto en el cartel de afuera? Venga, dejémonos de prolegómenos inútiles, y pasemos al turrón.

Y es una pena, porque los títulos de crédito (dejando aparte que los hay que son verdaderas obras maestras; aquí tienen algunos de los mejores) siempre han tenido una función simbólica de aprecio por el cine: es como cuando contemplamos y sopesamos ese libro que nos acabamos de comprar, y nos relamemos anticipando el momento en que vamos a hincarle el diente a la trama. Sin contar con que, en ocasiones, pueden ser muy útiles:

Lo cuenta en sus memorias el guionista William Goldman, tan habitual de este blog: en 1966 escribió el guión de Harper, investigador privado, una cinta de detectives protagonizada por Paul Newman y basada en el personaje creado por Ross MacDonald (cuyo nombre verdadero es Lew Archer; pero parece que el propio MacDonald no quiso que lo usaran). El guión, en principio, comenzaba según los cánones del género, es decir, con el detective llegando a la mansión de la millonaria que contrata sus servicios. Pero, cuando ya lo había enviado, le llamaron del estudio: necesitaban que escribiera una secuencia para los títulos de crédito.

La idea de que una escena así fuera necesaria ni se le había pasado por la cabeza. Y no se le ocurría nada. Por fin, pensó que la mejor solución sería empezar desde el momento en que Harper se levantaba de la cama, por la mañana. Y en esa escena, que transcurre sin diálogos, ocurren muchas cosas: se le ve con los ojos abiertos antes de que suene el despertador (no duerme bien), vive solo, pero tiene en su oficina la foto de una mujer; se ha ido a dormir con la televisión encendida (está más solo que la una), y es un desastre como amo de casa, porque lo único que tiene para hacerse el café son los posos del día anterior. En fin. Cuando Goldman vio la película en un cine, se sorprendió de cómo el público se reía con la escena. No se trataba solo de que lo interpretara Paul Newman; esos momentos, mientras aparecían los títulos de crédito, sirvieron para que los espectadores se identificaran al cien por cien con Harper. “Desde ese momento”, recuerda, “el guión iba sobre ruedas”.

Dejémonos de prisas, por favor. Un buen principio puede ser tan importante como un buen final.

miércoles, marzo 12, 2008

Clavaíto

Como todo el mundo sabe, un doble en el argot cinematográfico es el sufrido profesional al que le toca comerse todas las escenas peligrosas para que la estrella de turno termine la película sin despeinarse en exceso. Pero hay otros tipos de dobles: los que tienen un parecido más que razonable con algún que otro actor o actriz, y se dedican a utilizarlo en provecho propio. Me imagino que ya saben a qué viene esto, ¿no? A la que ha organizado en el Bernabeu el italiano Paolo Calabresi, haciéndose pasar, por encargo de una cadena de televisión italiana, por Nicolas Cage nada menos, y como tal asistir a un partido como invitado de honor, consiguiendo quedarse con -casi- toda la plantilla del Madrid, empezando por el presidente (“me di cuenta enseguida”, ha dicho; claro, hombre, y además le encanta Bruce Springsteen) y el jefe de prensa. Además del carné de socio de honor, y varias camisetas firmadas, alguna de ellas por el propio Calderón. Un artista, qué quieren que les diga.

Ahora, ya es duro ¿eh? Parecerte a una estrella de cine, y que sea precisamente el tío con más pinta de colgao de todo Hollywood. Para eso, siempre es mejor asemejarse a alguno de los bellezones de la pantalla clásica. Tyrone Power, por ejemplo, que en los años cincuenta fue uno de los mayores galanes del cine, y que murió en 1958 de un ataque al corazón precisamente en Madrid, durante el rodaje de Salomón y la Reina de Saba, de King Vidor. Este fallecimiento dio lugar a una historia bastante descacharrante, protagonizada por uno de nuestros mejores escritores vivos y un marino de El Puerto de Santa María.

El escritor era -todavía es, no seamos cenizos- Jose Manuel Caballero Bonald, por cierto, paisano mío y amigo de la familia. Y el marino, bueno, no vamos a poner aquí su nombre; lo importante es que tenía como peculiaridad ser lo que se dice una fotocopia de Tyrone Power. El caso es que, cuando llegó a oídos de Caballero Bonald la noticia del fallecimiento del actor original, no se le ocurrió otra idea que convencer al marino para que viajara a Madrid, donde sería presentado al equipo de filmación, el cual, en cuanto se percataran de aquel parecido sobrenatural, no dudarían en contratarle para completar el rodaje.

Con la ayuda y el apoyo monetario de dos amigos, consiguió convencer al marino, y lo instalaron en un hotel madrileño. El siguiente paso fue convocar a un periodista de Pueblo para que hiciera un reportaje sobre “la milagrosa aparición de un clónico del fallecido actor norteamericano”, según cuenta el escritor en sus memorias (segundo tomo). Y el siguiente fue plantarse en el hotel donde estaba todo el equipo de la MGM, convencidos de que la aparición del nuevo Tyrone provocaría en ellos una contratación poco menos que inmediata. Las cosas, claro, no salieron así, y tanto el Tyrone del Puerto como sus apoderados abandonaron el hotel con la promesa de que ya les llamarían.

Al final, por abreviar, terminaron enterándose de que la Metro Goldwyn Mayer había optado por la solución de volver a rodar la película desde el principio, ahora con Yul Brinner, sin considerar ni por un minuto la idea del doble (ya ven, lo que sí que se hace ahora cuando muere un actor, gracias a la informática). Todo esto después de varios días del Tyrone bis hospedado a expensas de los autores de la idea y “mostrando una excesiva inclinación a comer por lo menos dos veces al día, lo cual afectaba de modo notable a nuestras reservas económicas”. La cosa, al parecer, acabó con una bronca monumental no tanto con Tyrone sino con su señora, que al parecer era de armas tomar y a punto estuvo de agredir físicamente a los tres apoderados.

Una pena, porque yo creo que Caballero Bonald y sus amigos lo que fueron es unos adelantados a su tiempo. Y si no, pinchen aquí para ver un montonazo de sosias profesionales, a los que pueden contratar para amenizar despedidas de soltero, bautizos y comuniones.

lunes, marzo 10, 2008

Simpson el moderado

Los chicos de Vicisitud y sordidez tienen un blog de lo más recomendable. Yo lo tengo colocado aquí en la sección de links -favor que, por cierto, ejem, ellos no me han correspondido- y entro en él muy a menudo, a ver cuál es la última sordidez que se les ha ocurrido. No sólo escriben de cine, claro, pero cuando lo hacen, siempre vale la pena. Recuerdo sobre todo su serie de tres artículos El ataque de los clones de combate, donde repasaban todas las cutrecopias de superproducciones americanas con las que en los años 80 nos asediaban en los videoclubes y en los cines de segunda división. Un museo de los horrores del cual (creo) se ha librado la generación del DVD.

Ahora anuncian para un futuro no determinado un artículo sobre las películas de Don Simpson y Jerry Bruckheimer. Estoy deseando leerlo, pero ya les he avisado de que la cosa les quedará un poco coja si no incluyen la biografía de Simpson High Concept escrita por Charles Fleming (no hará falta que les diga quién tiene una copia ¿verdad? Y no se la presto ni a mi padre...), uno de los libros más sorprendentes y excesivos escritos sobre el Hollywood moderno. La biografía de Simpson (en la foto, el de la derecha) es una montaña rusa de alcohol, drogas, putas, sadomasoquismo, liftings y estiramientos estéticos no limitados precisamente al rostro, todo ello mientras junto con su colega Bruckheimer iban pariendo hitos del cine como Superdetective en Hollywood (1984), Top Gun (1986) Días de trueno (1990), Dos policías rebeldes (1995), o La Roca (1996).

Simspon murió en 1996, por lo que se definió como “causas naturales”. Hombre, claro. Porque cuando uno se pasa la vida metiéndose coca, pastillas y alcohol en plan libro Guiness de los Records, lo natural es que no dure mucho. Parafraseando a Jardiel Poncela, podríamos decir que Simpson se murió de “toditis”, o sea, de todo junto, de que llegó un momento en que su cuerpo le dijo hasta aquí hemos llegado, pedazo de animal. Eso sí, los que pensaban que Simpson era el rey del exceso en Hollywood (refiriéndose en esta ocasión a sus películas), quedarían decepcionados al ver que la otra mitad del dúo, el tranquilo Bruckheimer, siguió forrándose con aberraciones como Con Air (1997), Armagedón (1998) o Pearl Harbor (2000), y dando en la diana también en la tele cuando se convirtió en productor ejecutivo de una nueva serie llamada CSI

Volviendo a Simpson, ya les digo que el libro es una mina de historias. Mi favorita es cuando le colocan a un médico para que viva con él en su mansión y controle su abuso de drogas… y el médico acaba enganchado él mismo, y muerto de sobredosis. Otra que no está mal es esta que les cuento ahora, ocurrida en 1981, cuando Simpson fue nombrado presidente de Paramount Productions y un periodista de The Hollywood Reporter fue a entrevistarlo a su oficina. Tras esperar media hora, le hicieron pasar al despacho, y Simpson apareció por otra puerta. Antes de decir nada, le preguntó al plumilla:

- ¿Qué hora es? - El periodista le dijo que eran las cuatro de la tarde.

- ¿Pues sabe lo que me gusta hacer a esta hora? Tomarme un buen copazo, meterme unas rayas y abusar de algún guionista. Siéntese.

Dicho y hecho, Simpson se sirvió un copazo de Macallan formato Dean Martin, se cortó seis rayitas de coca metiéndoselas con la eficacia de una Dyson, y agarró el teléfono. Durante los siguientes veinte minutos, el periodista contempló como entre lingotazo y lingotazo de whisky le echaba la bronca del siglo a un guionista cuyo nombre nunca llegó a averiguar: “Gilipollas, eres el hijo de puta con menos talento de todo Hollywood”. “No tienes talento, montón de mierda… Todo el mundo sabe que no tienes futuro aquí”. Cuando tuvo bastante, colgó el teléfono y se volvió hacia él: “Cuando quiera, podemos hablar de mis películas”.

Sospecho que el suyo fue uno de esos funerales donde hay más alivio que dolor genuino. Uno de esos, como dijo Billy Wilder, que se llenan de gente porque el público siempre acude a ver las cosas que quiere ver.

jueves, marzo 06, 2008

¿Mas estrellas que en el Vanity? Improbable...


Bueno, pues ya tenemos en los quioscos el Vanity Fair dedicado al cine. Los que se asomen de vez en cuando a la revista más pija del planeta ya sabrán que, desde hace doce años, uno de sus números es un monográfico sobre el séptimo arte, cuya característica más conocida es el apabullante reportaje fotográfico donde reúnen a una cantidad de estrellas -jóvenes talentos y monstruos sagrados, clásicos semijubilados, magnates, directores, reyes de la taquilla- que evidencia una capacidad de convocatoria imposible de igualar por ninguna otra publicación del mundo. Yo, VF es una revista que compro, o no, dependiendo de sus contenidos; pero el número de cine nunca me falta, y creo que he conseguido coleccionar casi todos.

Lo que empezó como un portfolio (como se dice ahora) de figuras de Hollywood ha ido evolucionando hasta convertirse en una verdadera superproducción: el año pasado contaron con Bruce Willis, Ben Affleck, Jack Nicholson, Robert de Niro, Cate Blanchett, Judi Dench y un par de docenas de estrellonas más, que se dice pronto, para montarse una película de serie negra en unas veinte fotografías. Recuerdo perfectamente lo que me comentó el director de una revista española que no tiene, precisamente, problemas de liquidez: “¿Pero cuánta pasta se han dejado estos tíos aquí?”. Mejor ni saberlo, jefe, que la envidia es mu mala.

Este año también hay tema monográfico: las escenas más recordadas de las películas clásicas de Hitchcock; Charlize Theron recrea Crimen perfecto (1954), Javier Bardem y Scarlett Johansson La ventana indiscreta (1954), Naomi Watts Marnie la ladrona (1964) -aquí me quito el gorro y el cráneo, que diría Valle-Inclán, ante el milagro conseguido por maquilladores, peluqueros y sastres: es casi una reencarnación de Tippi Hedren-, Renée Zellweger Vértigo (1958)… Aquí pueden ver las quince fotos de que consta el reportaje, y aquí, un vídeo con los mejores momentos del rodaje.

Ya les digo, se ha acusado a Vanity Fair, y con razón, de ser una revista hiperpija, hiper de lujo, hiperelitista, y tal y cual. Y, por lo que me han contado, creo que la edición española va a incidir en esa línea… Pero en cambio no se suele hablar de sus artículos de fondo, muchos de los cuales son verdaderas lecciones de periodismo. En este número, siempre sin salirnos del cine, encontraran los siguientes textos: Mailer’s Movie Madness, sobre las incursiones de Norman Mailer en el mundo del cine; Here’s to you, mister Nichols, la historia del rodaje de El graduado; The Vietnam Oscars, recordando el año 1978, en que coincidieron El regreso y El cazador; Killer Instincts, o la oleada de películas de psicópatas que comenzó con La matanza de Texas; y Daughter Dearest, donde una de las hijas de Joan Crawford desmiente la fama de monstruo tiránico que obtuvo su madre después de la publicación del libro/detritus de su hija Cristina…

En fin, es algo carilla, 7,80 euros, pero tiene más sustancia que mucho de lo que hay en el quiosco. No se arrepentirán.

P. D. Por cierto, estas son las chicas de la portada, todas nuevos talentos: de izquierda a derecha Emily Blunt, Amy Adams, Jessica Biel, Anne Hathaway, Alice Braga, Ellen Page, Zoë Saldana, Elizabeth Banks, Ginnifer Goodwin, y America Ferrera.

martes, marzo 04, 2008

¿Cuánto pagarías por una noche con Scarlett Johansson?


Según se ha publicado, la protagonista de Lost in Translation subasta -por supuesto, con fines benéficos- el privilegio de ser su acompañante en el estreno de su próxima película. Las pujas, en eBay.

Queda por saber cuánto está dispuesta a pagar la gente.

Yo, después de haberme tragado Las hermanas Bolena, soy de la opinión de que es ella la que debería pagarme a mí; seis euros, para ser exactos.

lunes, marzo 03, 2008

Pequeña y gran pantalla

De un tiempo a esta parte, es difícil leer noticias sobre cine sin enterarse de que a) se está preparando una nueva película de superhéroes o b) hay en marcha otra adaptación a la gran pantalla de una serie de televisión. En este sentido, las dos últimas en caer han sido Sexo en Nueva York y Expediente X, con la particularidad de que ambas cuentan con el reparto original de la serie, con lo cual el producto resultante es, más que una adaptación, una nueva versión rodada para la gran pantalla, una tendencia que empezó, si la memoria no me falla, con la versión cinematográfica de Star Trek (1979), dirigida por Robert Wise (sí, el de Sonrisas y Lágrimas).

Pero no hay que pensar que esto sea un fenómeno exclusivo del cine americano. A los lectores más jóvenes esto les sonará a chino, pero allá por la segunda mitad de los años 70 triunfaba en nuestra televisión única la serie Curro Jiménez, que narraba las aventuras de un bandolero -ficticio, en contra de lo que se ha publicado- al que daba vida, prestancia y chulería por arrobas Sancho Gracia, acompañado por un Álvaro de Luna que casi se estrenaba como actor tras años trabajando de especialista en spaghetti westerns, y por Pepe Sancho, que para chulo, pues también. La serie, en aquella España de la televisión única y previa al vídeo, fue un bombazo. Tanto, que se decidió filmar una versíón para el cine, añadir a Agatha Lys para darle un poco de morbazo al asunto, y estrenarla a lo grande. Tan a lo grande, que los tres actores le dieron el toque de vergüenza ajena apareciendo en el cine Lope de Vega de la Gran Vía disfrazados de bandoleros, a caballo y trabuco en ristre.

El título de la cosa fue Avisa a Curro Jiménez (1978) y estuvo dirigido por Rafael Romero Marchent, que también se encargó de la realización de varios capítulos de la serie (otros directores fueron Mario Camus y Pilar Miró). A quien se les debió olvidar avisar fue al público, pues el intento apenas duró una semana en cartel; estaba claro que la gente no parecía muy dispuesta a pagar por ver en el cine lo que llevaban años disfrutando gratis en el televisor.

Y es que, claro, lo malo de la película es que era un episodio más de la serie, pero rodado con algo más de pasta. Desde entonces, el cine español solo ha reincidido con un experimento así, una vez más, que yo sepa: con No te fallaré (2001), que es una continuación de la serie televisiva Compañeros, filmada con el reparto original, y que, en esta ocasión, sí funcionó en taquilla, ya que la acción transcurría varios años después de la serie, y los espectadores estaban interesado por saber qué les había ocurrido a los personajes en ese tiempo.

Y de momento no ha habido otros intentos, si quieren mi opinión, afortunadamente, porque ya ha sido bastante duro en los últimos años tragarse las adaptaciones de Los ángeles de Charlie, Misión imposible, Starsky & Hutch, Los hombres de Harrelson y unas pocas más (¡La tribu de los Brady, por el amor de Dios!) como para que a alguien se le ocurra empezar con las versiones para el cine de Anillos de oro, Crónicas de un pueblo, Farmacia de Guardia, Ana y los siete, o (¡aaaaarrrggghh!) Médico de familia. La verdad es que se podría uno divertir mucho pensando en el reparto de estas nuevas versiones (¿Elsa Pataki para Ana... , Eduardo Noriega en Anillos... ?… menos la última, donde, por supuesto, nadie salvo el señor presidente de La Sexta podría encarnar a ese santo varón que era Nacho Martín, y cuya vida y milagros están contadas aquí con mucha más habilidad de la que yo podría hacerlo.

En fin, una buena película puede salir de cualquier parte... pero no tentemos a la suerte.

viernes, febrero 29, 2008

De Salamanca a México (pasando por Euskadi)

Hace unos meses, les hablaba en este blog del rodaje de la película En el punto de mira, que se estrena hoy, y que trata del asesinato del presidente de Estados Unidos en la Plaza Mayor de Salamanca, nada menos. Un lector me hizo notar que el rodaje no había sido en la verdadera Salamanca, sino en decorados montados en México. Vale, yo también meto la pata a veces. El otro día oí en la radio una entrevista con Eduardo Noriega -que con esta peli se apunta a la corriente de actores españoles en Hollywood- donde explicaba el porqué de este asunto. La historia, desde luego, es curiosa.

Según el protagonista de Abre los ojos, parece que la cosa fue más o menos así: una vez que se había establecido que la historia debía ocurrir en España, la idea inicial era rodar en la Plaza Mayor de Madrid. Pero ni todo el poder de Hollywood es suficiente como para cerrar al público un lugar tan céntrico durante los tres meses que iba a durar el rodaje, y menos aún en verano. Así que se planteó Salamanca como segunda opción, pero pasaba lo mismo. El caso es que en la productora se quedaron tan enamorados de la Plaza Mayor de Salamanca que decidieron que, si no podían rodar en la de verdad, la montaban por su cuenta. Y esa es la explicación de que vayamos a ver una Salamanca que no es la auténtica, pero lo parece.

No es mala idea, si quieren mi opinión. Un decorado siempre te permite mayor libertad a la hora de mover los actores de acá para allá, y de crear escenas como atentados, tiroteos, persecuciones, etc. Parece que en Salamanca están encantados, porque los atractivos de su ciudad -aunque no sean los auténticos- se verán en todo el mundo. Claro que cabe hacerse la pregunta clave: puestos a recrear la Plaza Mayor de Salamanca ¿Por qué lo hicieron en México y no en España?

Y es que no me cabe duda de que la recreación de los escenarios será muy fiel, pero en cuanto al personal… ¿Los extras tendrán pinta de salmantinos, o de estar a punto de arrancarse con el Volver, volver a la primera de cambio? Porque esto no es la primera ni la segunda ni la tercera vez que pasa. Y si no, echen un vistazo al vídeo que incorporo hoy, que no es de cine, sino de televisión, pero es un clásico por derecho propio, que seguramente muchos de ustedes ya conocerán: los primeros minutos de un episodio de MacGyver donde se da un paseo por las montañas del País Vasco. Lo que pasa es que es un País Vasco un poco sui generis, y en lugar de txapelas, aizkolaris y andalahostiapatxi, se encuentra con... Bueno, cuando lo vean, ya entenderán lo que quiero decir.

Ah, y a los lectores vascos que no lo hayan visto todavía sólo quiero recomendarles sentido del humor… que yo soy andaluz y sobre estereotipos regionales machacados por el cine (y por la tele), tendría bastante de qué hablar.

lunes, febrero 25, 2008

Premiados a destiempo (o la teoría de los Oscar de Vince)


“Mamá, esto es para ti, es para tus abuelos, para tus padres Rafael y Matilde. Esto es por los cómicos de España que han traído, como tú, la dignidad y el orgullo a nuestro oficio. Esto es para España y para todos vosotros”.

Yo creo que no se puede ganar mejor ni estar más acertado en el discurso (como español, gracias por la parte que me toca). Pero ahora que nos hemos alegrado todos, vamos al asunto. Recordarán que hace unos días les prometí una entrada especial si Bardem se llevaba el Oscar, y lo prometido es deuda, así que se la voy a colocar ahora. Es una especie de juego, en el que, lógicamente, pueden estar ustedes de acuerdo conmigo o no. Y el premio de este chico nos viene que ni pintado para empezar.

A ver: aunque hay unanimidad sobre la calidad de su interpretación, también han surgido algunas voces discordantes, en el sentido de que su trabajo está muy bien, pero no es su mejor papel. Demasiado monolítico, dicen (yo no estoy de acuerdo, pero todas las opiniones son válidas), y argumentan que Bardem tiene otros personajes mucho más logrados. Por ejemplo, su recreación de Reinaldo Arenas para Antes de que anochezca (2000), que le valió su primera nominación. Para ese papel perdió casi veinte kilos, aprendió inglés y trabajó un acento anglo cubano similar al del verdadero Arenas, sin contar con que es un personaje mucho más vulnerable y desgarrado que la mala bestia de Anton Chigurh. Bueno, pues, efectivamente, se encuentra con que está nominado para el Oscar al mejor actor, pero lo pierde frente a…
Russell Crowe.

Bueno, Russell Crowe es otro actor excelente, de eso no hay duda, pero ganó el Oscar por Gladiator. ¿Gladiator? Vamos, hombre. La peli está bien, es muy entretenida y Crowe está estupendo, pero ¿un Oscar al mejor actor? Pues no; yo creo que lo más lógico hubiera sido que lo ganara el año anterior, por El Dilema (1999) donde logró una creación inolvidable interpretando a ese ejecutivo del montón, como tantos otros, que se ve metido en una situación insostenible cuando denuncia ante la prensa las irregularidades de la industria tabaquera. Pero no pudo ser: lo ganó Kevin Spacey, por American Beauty.

A mí esta película de Sam Mendes me parece uno de los grandes bluffs del cine de los 90, pero es cierto que Kevin Spacey estaba en ella muy bien. Por cierto, este actor ha estado nominado dos veces, y ha ganado las dos. Eso sí que es un pleno. Sin embargo, un año en que no le nominaron fue en 1997, cuando se dio a conocer por su papel del sargento Jack Vincennes en L. A. Confidential, en una interpretación que a mí me parece mucho mejor que la de Robin Williams en El indomable Will Hunting, que fue quien se llevó la estatuilla para casa.

Otras veces se premia a un actor por un papel, y poco tiempo después sorprende con otro todavía mejor. Ejemplo: Anthony Hopkins, que gana el Oscar con su granguiñolesco doctor Lecter en El silencio de los corderos (1991); un magnifico trabajo, desde luego… pero dos años después nos regala otro mucho más elaborado y delicado, con ese mayordomo reprimido que apenas tiene armas para expresar sus sentimientos en Lo que queda del día. Le nominan, sí, pero ¿quién gana? Tom Hanks por Filadelfia.

En fin, podría seguir así hasta cansarme, o cansarles. Lo que quiero decir es, sencillamente, que todos los galardonados con el Oscar al mejor actor o actriz son gente de talento innegable… Pero muchos se llevan la estatuilla por un papel bastante por debajo de sus posibilidades. Y no quiero ni acordarme de Al Pacino en Esencia de mujer (1992), o de Jack Nicholson en Mejor imposible (1997)…

P. D. Y, ya que hemos mencionado a Hopkins, una pregunta: si se repasa El silencio de los corderos, se verá que el personaje de Hannibal Lecter está en pantalla bastante menos tiempo que Anton Chigurh en No es país para viejos. Sin embargo, Hopkins ganó como actor principal, y Bardem ha ganado como actor secundario. Misterios de la Academia…

domingo, febrero 24, 2008

Disquisiciones a las puertas del Oscar

Vista ayer por fin No es país para viejos -la tengo en el ordenador hace un tiempo, pero, para ser sincero, quería verla en el cine-, sólo voy a apuntar un par de cosillas sobre la película y el personaje de Anton Chigurh, y luego vamos a ver qué pasa en los Oscar. Yo, personalmente, sí creo que Bardem se lo lleva, sobre todo después de ver la peli, y creo que este año los premios van a estar muy repartidos, como en el Gordo de Navidad.

Es decir, yo apuesto por: los Coen como mejor director, pero por Pozos de ambición como mejor película. En cuanto al Oscar al mejor actor, me sorprendería que no se lo llevara Daniel Day-Lewis. Y como mejor actriz… ni idea. Quizás Ellen Page o Marion Cotillard, que interpreta a Edith Piaf, y ya sabe que en Hollywood parece haberse puesto de moda premiar las interpretaciones (¿o habría que decir recreaciones?) de personajes reales.

Sobre la peli de los Coen:

Hay quien dice que no es la mejor de las suyas. Probablemente no, porque ahí están Fargo o El gran Lebowski, por decir sólo dos que la superan ampliamente. Pero esto no quiere decir que sea mala; de hecho, es magnífica y su calidad se hacer notar en detalles como la escasez de diálogos, que, por otra parte, muchas veces ni falta que hacen. Muchas escenas -el descubrimiento de la matanza de narcos, Llewelyn Moss acechado por Chigurh en el hotel, contando los pasos y viendo la silueta de sus pies tras la puerta- son prácticamente mudas, lo cual no quita para que no estén cargadas de tensión, con todo el cine atendiendo a lo que ocurre en la pantalla con ojos como platos. Narrativa cinematográfica, se llama eso, y en pocas pelis de los Coen la he visto tan desarrollada como aquí.

Y sobre el personaje de Bardem, hay un par de paralelismos interesantes. ¿Quién es Anton Chigurh? Una bestia parda con un corte de pelo horrible que se carga a la gente sin respirar, eso está claro. Pero, aunque tenga, no se lo pierdan, página web propia, se sabe poco sobre él. Unos lo comparan con un fantasma, otros con la peste bubónica. Cabe preguntarse hasta qué punto es humano. Porque a lo largo de la película nunca le vemos comer ni dormir. Sólo se detiene para curarse las heridas en una habitación de hotel. ¿Dónde hemos visto un personaje muy similar? Efectivamente: en Terminator. Esperen, que las referencias cinematográficas no acaban aquí: en un momento dado, una de sus futuras víctimas le dice “no tienes por qué hacerlo” (refiriéndose, claro está, a que no tiene por qué matarla), y él contesta “Eso es lo que dicen todos”. ¿No les recuerda a otro diálogo, este de El Séptimo Sello, de Bergman?: El Caballero: “¡Espera!”. La Muerte: “Todos decís lo mismo”.

Bueno, no son más que unos párrafos colocados aquí en una tarde de domingo. Vamos a ver qué pasa… y que gane el mejor.

jueves, febrero 21, 2008

Vaya marrón, señores

Una de las grandes noticias de los Oscar de este año es que… Clint Eastwood no está nominado. Eso va a ser porque no tiene película, porque si no, sospecho que le veíamos otra vez con el smoking y con su madre al lado, que si el hijo se conserva bien yo no sé qué tomará la señora, y quien sabe si llevándose otra estatuilla a casa; es indiscutible que pocos cineastas han sido tan bien tratados por la Academia como Eastwood. Si quieren mi opinión, merecidamente. Pero las cosas no han sido así siempre, y la fructífera relación de Clint con los Oscar se ha hecho esperar muchos años.

Ahora cuesta de imaginar, pero las hemerotecas están ahí, aparte de los que tenemos una buena colección de revistas de cine, claro; y es un hecho que los mismos críticos que hoy ponen por las nubes a Eastwood se dedicaron a atacarle sin compasión durante los años setenta y ochenta: violento, facha, macarra, todo a la vez, y estos calificativos se aplicaban sin demasiado discernimiento tanto a las películas que protagonizaba como a las que también dirigía. Nadie se molestaba en recordar que uno de sus primeros intentos como director fue drama intimista protagonizado por William Holden, Primavera en otoño (1973). Los únicos que tenían fe en Clint como director eran los chicos de Cahiers du Cinema que, por cierto, también se han tirado años defendiendo el talento cinematográfico de Jerry Lewis.

Pero si Clint anduvo ausente de los Oscar durante mucho tiempo no fue por nada de esto, sino por una historia bastante curiosa.

En 1973, Eastwood era ya una estrella de pleno derecho gracias al éxito de Harry el Sucio (1971), y como tal, le pidieron que presentara un premio en los Oscar. Así que se presentó en el Dorothy Chandler Pavillion cuando faltaba poco para la ceremonia, y se encontró con Howard Koch, el productor, que acudía a él con expresión de angustia total. Faltaban pocos minutos para empezar la ceremonia, y Charlton Heston, que debía ser el primer presentador, no había llegado (luego se supo que había sufrido un pinchazo). ¿Podría sustituirle Clint?

"Ni hablar", contestó éste. "No estoy preparado. ¿Por qué no se lo pides a Gregory Peck o a alguno de esos?" "No están disponibles". "¿Pero qué voy a decir?"

"Tú tranquilo; sólo tienes que leer lo que va saliendo en el teleprompter".

El teleprompter, como saben todos los presentadores de telediarios que leen este blog, es esa pantalla situada ante los ojos del que habla -pero oculta al público- donde el texto va pasando, y facilita una lectura natural. Así que, si uno sabe desenvolverse más o menos, no hace falta ni que se lo aprenda. Pero el horror llegó cuando Eastwood salió al escenario… y se encontró con que el texto que iba apareciendo estaba lleno de chistes referentes a la carrera de Charlton Heston. Que si Moisés por aquí, que si Los diez mandamientos por allá… sin saber qué hacer, acabó improvisando como pudo hasta que Heston llegó al escenario a tomar su lugar.

Se sintió tan mal por el episodio, que aseguró a Koch que nunca volvería a la ceremonia. ¿Y si te nominan?, le preguntó éste. Bueno, entonces sí, pero lo veía muy improbable, con el tipo de películas que hacía. Los dos tuvieron razón: Eastwood tardó veinte años en regresar a los Oscar, y cuando lo hizo, fue para llevarse a casa varios premios por Sin Perdón.

miércoles, febrero 20, 2008

Calladito estoy más guapo (2)

Si hablábamos aquí ayer del doblaje, y más concretamente del irritante autodoblaje de los actores españoles cuando trabajan fuera de casa, es verdad que cuando nos metemos en el mundo de los dibus el nivel de irritación puede subir bastantes enteros. Si una película pierde cuando se ve -y se oye- en otro idioma distinto del original, si la cinta es de animación no es ya que pierda, es que se extingue. Y yo no sé si es que en España hemos tenido peor suerte que en otros países sobre este particular.

El mayor culpable es, sin duda, Walt Disney. Los lectores más veteranos de este blog sabrán que es un señor que no me cae especialmente bien. Y lo que hizo con el doblaje de sus películas tenía delito. Para Disney, todo el español que se habla en el mundo es igual (para que luego digan que nació en Almería), así que a la hora de pasarlas a nuestro idioma, tarea que llevaban a cabo los propios estudios Disney, mezclaba dobladores de prácticamente todos los países hispanohablantes: mexicanos, argentinos, cubanos, portorriqueños, chilenos y españoles. Con lo cual el resultado era algo así como el Festival de la OTI, pero con bichos. Esta situación se prolongó durante muchos años, creo, aunque podría estar equivocado, que hasta La sirenita (1989), primera cinta Disney doblada íntegramente en España. Eso sí, aún hubo que esperar hasta La bella y la bestia (1991) para que una película de dibujos animados se estrenara también en versión original.

El Dvd nos ha permitido recuperar algunos de los títulos clásicos y escucharlos por fin con las voces de los actores originales: George Sanders y Louis Prima en El libro de la selva (1967), Vincent Price en Basil, el ratón súperdetective (1986), James Woods en Hércules (1997)… El problema es que ahora los dobladores españoles se han pasado, y consideran que una película de dibujos animados queda menos graciosa si no se mete en el doblaje, como mínimo, a un par de graciosetes televisivos. Cruz y Raya, los -para mí- insoportables Gomaespuma, Florentino Fernández y últimamente Edu Soto han encontrado aquí una verdadera mina. Y al final, una vez más, cualquier parecido con el original es pura coincidencia.

Un par de detalles para terminar: a veces, doblar dibujos animados puede ser especialmente humillante. Que se lo digan si no a Clarence Nash, que durante décadas puso su voz al pato Donald y, cuando ya con más de noventa años, acudió a la ceremonia de los Oscar para recoger un premio honorífico… ¡tuvo que dar las gracias con voz de pato! Ni siquiera con un pie en el catafalco le dejaron hablar por sí mismo.

Y la gran pregunta: ¿Por qué el doblaje de las pelis antiguas de Disney me parece tan malo… y el de los cortos de la Warner me parece insuperable? ! “¡Bugs: eres desppppreciable!”

lunes, febrero 18, 2008

Calladito estoy más guapo

Un ataque brutal de alergia que no me ha dejado dormir varias noches. El trancazo que ha llegado durante/después. Más medicinas que en una temporada completa de House. El mundo visto como a través de un cristal traslúcido. Si se preguntaban por qué no ha habido entradas en los últimos días, aquí tienen la respuesta. Bueno, vamos al tema:

Me comentaban el otro día en el blog la desilusión que ha supuesto para algunos ir a ver No es país para viejos en versión doblada y darse cuenta de que la voz de Javier Bardem no es la suya (le dobla Jordi Boixaderas). El caso es que no sé si sería peor el remedio que la enfermedad. Este es un problema que se nos ha planteado desde hace algunos años, es decir, desde que los actores españoles comenzaron a trabajar en producciones americanas, que luego llegan a nuestros cines. Y la gran pregunta es ¿deben doblarse a sí mismos en la copia que se va a exhibir en su país natal?

Mi respuesta es un rotundo no. Nunca sale bien. Los dobladores, alguno de los cuales como Ramón Langa ha conseguido dar el salto a la interpretación, hablan de una manera muy determinada, cuidando la pronunciación y procurando adaptar las inflexiones de su voz a los movimientos de boca del actor del que doblan. Un actor, en cambio habla de forma mucho más espontánea, más como ustedes y como yo, y por eso la diferencia es abismal. Son dos mundos opuestos: una película doblada tiene su propio ritmo de sonido, y a él nos acostumbramos, y una película con voces originales, el suyo. Lo que no se puede hacer es mezclarlos.

Ejemplos no nos faltan. Recuerdo cuando me tragué Two Much (1995) en versión doblada, y me pareció un verdadero truño de película. Luego la vi en versión original, y me pareció simplemente mala. Lo malo de verla en español era el contraste entre las voces dobladas de Daryl Hannah y Melanie Griffith, y el español malagueño/cubano, o lo que fuera, que Antonio Banderas soltaba en la película a ritmo de ametralladora. Lo mismo le había pasado en Filadelfia (1993), y le volvió a ocurrir en Asesinos (1995), con el curioso resultado de que Sylvester Stallone parecía mejor actor que él. Y cuando Aitana Sánchez-Gijón rodó aquella cursilada de Un paseo por las nubes (1995) con Keanu Reeves, pues tres cuartes de le prope, que hubiera dicho Tip.

En los últimos años, esta práctica se ha abandonado. Desde La máscara del Zorro (1998) a Banderas le dobla habitualmente Salvador Aldeguer, que tiene una voz muy parecida a la suya, y lo mismo pasa con Penélope Cruz, a la que dobla, entre otras, Isabel Valls. El resultado es bastante más natural y permite concentrarse en la película sin que le chirríen los oídos a uno cada vez que el actor español abre la boca. Aunque, lógicamente, nada como oír las voces originales, no sólo de estos intérpretes españoles, sino de todo el mundo. Para eso, siempre nos quedará el DVD.

De todos modos, queda en el aire una pregunta maliciosa: esto de lo que estamos hablando hoy ¿ha ocurrido siempre? Porque en otros tiempos era relativamente normal que algunos actores muy conocidos participasen también en el doblaje de películas. Venga, les invito a que averigüen en qué clasicazo de Billy Wilder nos encontramos entre los dobladores con el ínclito Chatín, Arturo Fernández nada menos, poniéndole su voz a un personaje secundario que no puede parecerse menos a los que interpreta habitualmente. ¿A ver si va a ser que antes los actores españoles pronunciaban mejor?

P. D. Por cierto, si se están ustedes preguntando ¿pero este tío cómo sabe tanto sobre doblaje?, pues podría tirarme el pisto y decir que lo que yo no sepa... Pero, la verdad, lo único que hay que hacer es pulsar aquí para acceder a una apabullante base de datos sobre actores extranjeros y sus voces en español.

lunes, febrero 11, 2008

Lo que hay que aguantar...


Se ha muerto Roy Scheider. ¿Saben que estuvo a punto de protagonizar El cazador? La fama que consiguió como protagonista de Tiburón (1975) -papel que obtuvo, por cierto, después de que lo hubiera rechazado Charlton Heston- le sirvió para hacerse con algunos papeles jugosos a finales de los 70, el más recordado de los cuales sea, posiblemente, All That Jazz (1979). Pero la cosa duró poco, y en la década siguiente se fue difuminando en roles secundarios y, por último, en producciones de esas que van directamente al mercado del vídeo o a los canales de televisión más cutrillos.

Una pena, porque era un estupendo actor, pero ya se sabe que el firmamento de las estrellas está reservado a unos pocos y Scheider, por lo que fuera, nunca llegó a él. Lo que sí hizo fue trabajar con muchas estrellas y, en ocasiones, soportar sus caprichos. En su libro Las aventuras de un guionista en Hollywood, William Goldman recuerda un momento especialmente tenso durante el rodaje de Marathon Man (1976). Si han visto la película, recordarán que Scheider interpreta al hermano del protagonista, Dustin Hoffman, un agente especial cuya aparición en Nueva York mete a Hoffman en un lío considerable. Bueno, pues en la película Scheider se cuela de noche en el apartamento de su hermano, que se asusta pensando que hay un ladrón en la casa, y saca una linterna de la mesilla de noche, con la que intenta localizar al intruso en la oscuridad.

El director John Schlesinger intentaba, siempre que le era posible, que los actores ensayaran las escenas antes de empezar a rodar, y esta no fue una excepción. En un decorado neutro, Hoffman esperaba en la cama, y Scheider avanzaba hasta la zona donde se supone estaba la puerta. Una vez allí, dio una patada al suelo para indicar que la había cerrado. Turno de Hoffman. Pero este no empezó a interpretar. Se dirigió a Schlesinger y le pregunto por qué su personaje tenía que tener una linterna en la mesilla de noche. El director le contestó que bueno, que quizá no era el momento de hablar de esas cosas, y que siguieran con el ensayo. Pero de eso, nada. Sigue el texto original de Goldman:

“Hoffman niega con la cabeza. El personaje que interpreta, según él, no debería tener una linterna junto a la cama.

Ahora, si no se tratara de una estrella, Schlesinger le hubiera dicho, como cualquier otro director, que estaban perdiendo el tiempo del ensayo, que tiene precio de oro, puesto que en la mayoría de los rodajes no se ensaya (…)

Pero Dustin Hoffman es una gran estrella y hay que hacerle caso. Scheider sigue en pie tranquilamente, en la puerta imaginaria, esperando.

Schlesinger dice que mucha gente tiene linternas en la mesilla.

Hoffman dice que él no está interpretando a mucha gente, sino a Babe, y que Babe no tiene por qué tener una linterna en la mesilla.

Schlesinger hace otro intento: te acaban de atacar, estás intranquilo, has tomado precauciones.

No hay manera.

Ahora, un duro asalto desde el punto de vista del director: necesitamos ese efecto de la linterna sobre las paredes para añadir interés a la escena.

Hoffman dice que no habrá escena que valga la pena si él no puede interpretarla, y él cree que no hay justificación para la maldita linterna.

Durante todo este tiempo, Scheider sigue en pie, en silencio y esperando.

Este es quizá mi recuerdo más intenso de la situación -que duró una hora, dicho sea de paso-. Scheider esperando tranquilamente, como un perfecto caballero en todo momento”.

Hay que aclarar que Goldman no le tenía ningún cariño a Dustin Hoffman, porque el actor había exigido que se cambiara el final de la novela de Goldman en la que se basaba la película. Así que quizás esta anécdota haya que cogerla con pinzas. Pero es muy ilustrativa de la diferencia que puede haber entre un actor, de éxito pero actor al fin y al cabo, y una estrella con poder suficiente como para parar una hora de ensayos por una divergencia de opiniones.

Bueno, un respeto para Roy Scheider. Voy a ver si encuentro por ahí All That Jazz, que Tiburón ya la tengo muy vista.

jueves, febrero 07, 2008

¿Sin rastro?

Jose Manuel Serrano Cueto, fiel lector de este blog y autor de interesantes libros dedicados al cine de terror clásico, me hace llegar la noticia del fallecimiento de Carlos Aured, el pasado día 11. Este director de cine, que parece haber desaparecido sin dejar rastro de la historia del celuloide patrio, ha pasado a mejor vida sin haber ganado nunca un Goya. Primero, porque no existían cuando él hacia cine y segundo, porque es muy dudoso que se lo hubieran dado a alguien cuya filmografía consta de películas como El espanto surge de la tumba (1972), Los ojos azules de la muñeca rota (1973), La venganza de la momia (1973) o El retorno de Walpurgis (1973), una más de la saga del hombre lobo creada por Paul Naschy, cuyo cartel tienen aquí a la izquierda.

El Diccionario de directores del equipo Reseña nos cuenta alguna cosa más sobre él: “dedicó nueve años de su vida a prepararse para el ingreso en la Escuela de Ingenieros de Caminos, carrera que no concluyó (…). Colaboró por un tiempo en La estafeta literaria. Fue también ayudante de dirección teatral de Gustavo Pérez Puig”. Cuando enumeran su carrera como director, se limitan a definirle como un realizador de subgéneros, entendiendo por tales el terror y el erótico, ya que a partir de 1977, se dedicó a cintas con títulos tan expresivos como Susana quiere perder eso (1977), La frígida y la viciosa (1980) o El hombre del pito mágico (1982).

Bueno, ¿y qué? Es preciso juzgar las cosas en su momento y lugar. Y conviene recordar que en los tiempos en que se hacían estas películas, el cine español estaba lanzado a tirarse a las piscinas de todo tipo de géneros, para los que siempre había una demanda. Estas cintas -pienso sobre todo en las de terror, porque las otras nunca me han interesado mucho; donde esté lo auténtico…- no sólo se estrenaban en España, sino en otros países europeos (y más allá), donde contaban con suficiente público como para generar beneficios y dar trabajo a una cantidad apreciable de profesionales: actores secundarios, carpinteros, transportistas, maquilladores, electricistas y unas cuantas profesiones más relacionadas con el cine, que subsistieron gracias a este subgénero mientras otros parían sus genialidades. Que en algunos casos, en efecto, eran genialidades; pero con dos películas buenas al año no se sostiene una industria. La industria estaba en estas películas, producidas como churros, que iniciaban tras su estreno un doble periplo, por las pantallas de otros países y por la entonces numerosísima red de salas de sesión contínua y cines de verano. En uno de ellos -el, por supuesto, desaparecido Jardín Cinema de mi ciudad natal- vi yo El retorno de Walpurgis, con catorce años, Pepsi Cola y pipas.

Tiene gracia, porque precisamente este último año parece que el cine español está empezando a regresar a eso que se llama cine de género, cuya principal finalidad es llenar las pantallas de todo tipo de historias que, sin ser grandes logros artísticos, entretengan al personal. Y parece que estamos regresando al terror, con Rec y El orfanato, entre otras. Espero que esta iniciativa se convierta en racha y, sin tener que volver al gazpacho-western, aparezcan directores decididos a meterse en el policiaco -aparte de Enrique Urbizu-, o alguno que por fin sepa de verdad hacer comedia. ¿Quieren saber lo que opino? Necesitamos más Carlos Aured.

miércoles, febrero 06, 2008

Genio y figura

A Pau Gasol le entrevisté hace un par de años, en un reportaje para National Geographic Television. Cuando se pasa del metro noventa, como le ocurre a un servidor, no es fácil encontrarse con gente que se te imponga por la estatura. Fue el caso. Me sacaba, fácilmente, cabeza y media de alto… y de ancho. Dios, que pedazo bestia. En lo físico, se entiende, porque luego, en el rato que le puse el micrófono delante, me pareció un chaval de lo más tranquilo. Recuerdo como anécdota la petición de su mánager: “Oye, no os importa que pique algo antes de la entrevista ¿No? Es que este chico, si no come…”. Dicho y hecho, le pusieron delante una bandeja de sandwiches que le duró menos que una saliva en una plancha.

Ahora Gasol está en los Lakers, lo cual significa que va a tener como uno de sus fans a Jack. No hace falta poner el apellido porque, cuando se Hollywood se trata, Jack no hay más que uno y a ti te encontré en la calle. Las relaciones entre Nicholson y el equipo de sus amores son legendarias y han dado lugar a multitud de anécdotas. Cuando está de rodaje, siempre que puede se escaquea a su caravana para ver el partido. Si esto no es posible, hace que se lo graben, y pobre del que ose adelantarle el resultado. Cuando no trabaja, es normal que viaje con el equipo de sus amores, pero sus arrebatos de hooligan le han hecho bastante impopular en campos rivales, como el de los Boston Celtics. En una ocasión en que acudió allí a ver un partido, se encontró con que las tiendas de recuerdos vendían unas camisetas con las palabras FUCK YOU, JACK. Inmediatamente, se compró una docena.

De todos modos, mi anécdota preferida de Nicholson con los Lakers es una que tuve ocasión de ver por la televisión. Eran los finales de los años 80, y Televisión Española había comenzado a ofrecer partidos de la NBA. Y fue en uno de los Lakers cuando el cámara, durante un descanso, enfocó a Jack, que estaba, como siempre, en su asiento de tribuna. De repente, aparece una chica negra enfundada en un traje rojo, de figurón no apto para cardíacos, que intenta acercarse a Jack. Al momento, el maguila de servicio se levanta y le dice a la chica que no, que al señor Nicholson no se le puede molestar. Pero el señor Nicholson se da cuenta del cacho maroma que pide audiencia, y le dice al guardaespaldas que ya la está dejando pasar si no quiere acabar en la cola del INEM, o como se llame allí. En fin. La chica pasa, se presenta, se dan dos besitos, charlan un poco, y al final ella le pasa un papelín donde cabe suponer que estaría su número de teléfono. A estas alturas, no estaba mirando el partido ni Zeus. Todos mirando a Jack, gritando, aullando y aplaudiendo. Se va la chica, entre los vítores del respetable, y Jack se pone se pie y con una sonrisa de oreja a oreja va saludando a todo el estadio, como diciendo, pues sí, me parece que voy a quedar con ella para lo que se tercie, que seguro que se tercia. ¿Pasa algo?

Fue antes de los tiempos del You Tube; si no, de verdad que la escena arrasa.

domingo, febrero 03, 2008

Zarrapastroso's night (2)


Escribo cuando faltan pocas horas para que comience un año más la plasmación más fidedigna de las inmortales palabras de Marlon Brando en Apocalypse Now: El horror, el horror… Para que vean que soy un chico coherente, me remito a la entrada que publiqué aquí hace ahora un año referente a la gala de los Goya. Entonces, por desgracia, no me equivoqué en mis predicciones, y sospecho que tampoco voy a hacerlo ahora, porque, si el espíritu de John Ford no le remedia, me temo que esto es lo que vamos a padecer a partir de las diez de la noche:

1. Un presentador que se dedicará a plagiar momentos de la gala de los Oscar, concretamente las parodias de las películas nominadas que se han convertido desde hace años en la seña de identidad de Billy Crystal cuando presenta la cerrémonia. Claro que no hará solo eso: empleará material original donde, sospecho, volverá a confundir la chocarrería con el descaro y el mal gusto con la trasgresión.

2. Un discurso oficial lleno de victimismo sobre lo mal que va el cine español, por culpa, evidentemente, de las multinacionales americanas que, como todos sabemos, nos obligan a ver sus superproducciones por la vía de la coacción directa. Aquí es posible que me equivoque, porque bien es cierto que en los dos últimos años, esta tendencia al lloriqueo ha cesado; si quieren hablar de algo serio, podrían denunciar que el cine de todo el mundo, Hollywood incluido, está sufriendo un bajón de espectadores y plantear cómo habría que enfrentarse a la piratería y a los nuevos soportes de visionado.

3. Un auditorio lleno en tres cuartas partes, con abundancia de asientos vacíos, indicando que el cine español no tiene suficientes profesionales interesados en acudir a la gala como para llenar el Palacio de Congresos de Madrid… que es grande, pero no tanto.

4. Camisetas, vaqueros, rostros sin afeitar, acento barriobajero y cheli que explica por sí sólo por que nuestros actores, sobre todo las nuevas generaciones, parecen incapaces de interpretar personajes que no pertenezcan al universo de lo marginal. ¿Smoking? ¿Chaqueta y corbata? ¿Desodorante? ¿Ducha diaria? Cosa de carcas, voto a bríos. (Eso sí, menos mal que las chicas siempre salvan el conjunto, y este año está nominada esa alegría para la vista y excelente actriz que es Maribel Verdú).

5. Chicle. Mucho chicle. Toneladas de chicle, en las quijadas de los asistentes, sin que ni siquiera la obligación de subir al escenario detenga un momento su afición a la gimnasia mandibular. Aún recuerdo el año pasado a la mujer de Agustín Almodóvar masca que te masca que te masca mientras las cámaras la enfocaban en primer plano.

6. Y, en conjunto, la misma sensación de grupo de amíguetes encantados de conocerse que en ningún momento ejercerán la más mínima autocrítica sobre su trabajo y sobre sus consecuencias sobre la marcha de nuestro cine. Y eso, a pesar de las honrosísimas y merecidas excepciones que demuestran que, cuando una película española es buena, no tiene problemas en llenar las salas. Aquí y en el extranjero.

¿Me equivoco? La solución, esta noche, para los que tengan la paciencia de verla.

jueves, enero 31, 2008

No les llega

A ver, que la cosa es para partirse. Resulta que Shaquille O’Neal, el jugador de baloncesto de la NBA que en sus ratos libres ha intervenido como ¿¿¿¿actor???? en una abominación titulada Steel -una de las peores adaptaciones de superhéroes que se hayan hecho nunca, aquí a la izquierda, de nada, un placer- está en pleno proceso de divorcio. Y claro, como se suele hacer en estos casos, el chico está haciendo todo lo posible para evitar que los abogados de su ex le saquen hasta las asauras. Y la estrategia para ello es convencer al tribunal de que, aunque no lo parezca, está a la cuarta pregunta. Tiezo, como decimos por el sur.

Claro que O’Neal ha reconocido que percibe un sueldo mensual de aproximadamente 1,3 millones de euros. Ya, ya sé que ustedes y yo hay semanas que no ganamos eso, pero es que además ustedes y yo no tenemos los problemas de presupuesto que tiene Shaquille: el angelito se gasta al mes 112.000 euros en las hipotecas de sus tres casas (para que luego digamos por aquí…), 79.000 en vacaciones, 23.000 en seguros, 43.000 en regalos, 17.000 en cuidadoras para los niños (si hay vacante, que avisen), 19.000 en gasolina y aceite para sus cuatro coches, 20.000 en criados, 12.000 en ropa, 9.000 en comida, 5.000 en lavandería, 1.600 en sus perros, 2.400 en teléfono, 1.200 en televisión por cable y 1.300 en mantenimiento de piscina y césped.

Lo de los 43.000 euros en regalos debe ser porque tiene complejo de Santa Claus, pero yo no me explico muy bien cómo cuatro coches pueden gastar 19.000 al mes en gasolina (y aceite) o qué tipo de tele por cable te clava 1.200 euros de cuota mensual. Pero no piensen que lo de Shaquille es un caso aislado. Hoy, en homenaje a la (feliz) desaparición del Tomate, vamos a cotillear un poco sobre los hábitos de consumo de algunas celebridades de la gran pantalla:

Aaron Spelling. Celebró su éxito como productor de las series de televisión más horteras del mundo -Dinastía, Vacaciones en el mar, Los ángeles de Charlie…- construyéndose una mansión de 45 millones de dólares. Eso sí, la casa venía completita con garaje para 82 coches, cuatro bares, tres cocinas, gimnasio, sala de proyección, piscina olímpica, bolera y doce fuentes. Todo para tres personas: él, su señora y su única hija, Tori.

Sting y señora: gastaron 80.000 dólares en los trajes de Versace para su boda; eso sí, se cuenta que luego los donaron para una de las campañas de salvar la amazonía a las que tan aficionado es el miembro más plasta de Police.

Madonna: 21.000 dólares en el caviar con que aprovisiona su avión privado cuando está de gira.

Michael J. Fox: 50.000 dólares en un estanque artificial cerca de su casa, para que su hijo aprendiera a pescar.

Demi Moore: 3.000 dólares al mes en agua mineral que utiliza para cocinar, lavarse… y beber (De Kim Basinger se ha dicho algo parecido; que sólo se lava con agua Evián).

Jamie Foxx: unos 40.000 dólares en un reloj que le regaló a Tom Cruise como agradecimiento por lo bien que habían trabajado juntos en Colateral (si Luis Tosar llega a enterarse, igual no se habría llevado tan mal con él durante el rodaje de Corrupción en Miami).

George Hamilton: indefinido. Pero se dice que el actor mejor peinado de Hollywood nunca usa dos veces el mismo par de calcetines. Calculen cuánto cuesta un par, y hagan cuentas, si quieren.

Así que, ¿Lo de Shaquille? Comida pa los pollos. Miren, para cerrar la entrada de hoy nada como una frase atribuida al actor George Raft cuando le preguntaron cómo se las había arreglado para pulirse una fortuna de diez millones de dólares: “Una parte se me fue en mujeres y otra parte en el juego. El resto lo gasté a lo tonto”.