viernes, febrero 29, 2008

De Salamanca a México (pasando por Euskadi)

Hace unos meses, les hablaba en este blog del rodaje de la película En el punto de mira, que se estrena hoy, y que trata del asesinato del presidente de Estados Unidos en la Plaza Mayor de Salamanca, nada menos. Un lector me hizo notar que el rodaje no había sido en la verdadera Salamanca, sino en decorados montados en México. Vale, yo también meto la pata a veces. El otro día oí en la radio una entrevista con Eduardo Noriega -que con esta peli se apunta a la corriente de actores españoles en Hollywood- donde explicaba el porqué de este asunto. La historia, desde luego, es curiosa.

Según el protagonista de Abre los ojos, parece que la cosa fue más o menos así: una vez que se había establecido que la historia debía ocurrir en España, la idea inicial era rodar en la Plaza Mayor de Madrid. Pero ni todo el poder de Hollywood es suficiente como para cerrar al público un lugar tan céntrico durante los tres meses que iba a durar el rodaje, y menos aún en verano. Así que se planteó Salamanca como segunda opción, pero pasaba lo mismo. El caso es que en la productora se quedaron tan enamorados de la Plaza Mayor de Salamanca que decidieron que, si no podían rodar en la de verdad, la montaban por su cuenta. Y esa es la explicación de que vayamos a ver una Salamanca que no es la auténtica, pero lo parece.

No es mala idea, si quieren mi opinión. Un decorado siempre te permite mayor libertad a la hora de mover los actores de acá para allá, y de crear escenas como atentados, tiroteos, persecuciones, etc. Parece que en Salamanca están encantados, porque los atractivos de su ciudad -aunque no sean los auténticos- se verán en todo el mundo. Claro que cabe hacerse la pregunta clave: puestos a recrear la Plaza Mayor de Salamanca ¿Por qué lo hicieron en México y no en España?

Y es que no me cabe duda de que la recreación de los escenarios será muy fiel, pero en cuanto al personal… ¿Los extras tendrán pinta de salmantinos, o de estar a punto de arrancarse con el Volver, volver a la primera de cambio? Porque esto no es la primera ni la segunda ni la tercera vez que pasa. Y si no, echen un vistazo al vídeo que incorporo hoy, que no es de cine, sino de televisión, pero es un clásico por derecho propio, que seguramente muchos de ustedes ya conocerán: los primeros minutos de un episodio de MacGyver donde se da un paseo por las montañas del País Vasco. Lo que pasa es que es un País Vasco un poco sui generis, y en lugar de txapelas, aizkolaris y andalahostiapatxi, se encuentra con... Bueno, cuando lo vean, ya entenderán lo que quiero decir.

Ah, y a los lectores vascos que no lo hayan visto todavía sólo quiero recomendarles sentido del humor… que yo soy andaluz y sobre estereotipos regionales machacados por el cine (y por la tele), tendría bastante de qué hablar.

lunes, febrero 25, 2008

Premiados a destiempo (o la teoría de los Oscar de Vince)


“Mamá, esto es para ti, es para tus abuelos, para tus padres Rafael y Matilde. Esto es por los cómicos de España que han traído, como tú, la dignidad y el orgullo a nuestro oficio. Esto es para España y para todos vosotros”.

Yo creo que no se puede ganar mejor ni estar más acertado en el discurso (como español, gracias por la parte que me toca). Pero ahora que nos hemos alegrado todos, vamos al asunto. Recordarán que hace unos días les prometí una entrada especial si Bardem se llevaba el Oscar, y lo prometido es deuda, así que se la voy a colocar ahora. Es una especie de juego, en el que, lógicamente, pueden estar ustedes de acuerdo conmigo o no. Y el premio de este chico nos viene que ni pintado para empezar.

A ver: aunque hay unanimidad sobre la calidad de su interpretación, también han surgido algunas voces discordantes, en el sentido de que su trabajo está muy bien, pero no es su mejor papel. Demasiado monolítico, dicen (yo no estoy de acuerdo, pero todas las opiniones son válidas), y argumentan que Bardem tiene otros personajes mucho más logrados. Por ejemplo, su recreación de Reinaldo Arenas para Antes de que anochezca (2000), que le valió su primera nominación. Para ese papel perdió casi veinte kilos, aprendió inglés y trabajó un acento anglo cubano similar al del verdadero Arenas, sin contar con que es un personaje mucho más vulnerable y desgarrado que la mala bestia de Anton Chigurh. Bueno, pues, efectivamente, se encuentra con que está nominado para el Oscar al mejor actor, pero lo pierde frente a…
Russell Crowe.

Bueno, Russell Crowe es otro actor excelente, de eso no hay duda, pero ganó el Oscar por Gladiator. ¿Gladiator? Vamos, hombre. La peli está bien, es muy entretenida y Crowe está estupendo, pero ¿un Oscar al mejor actor? Pues no; yo creo que lo más lógico hubiera sido que lo ganara el año anterior, por El Dilema (1999) donde logró una creación inolvidable interpretando a ese ejecutivo del montón, como tantos otros, que se ve metido en una situación insostenible cuando denuncia ante la prensa las irregularidades de la industria tabaquera. Pero no pudo ser: lo ganó Kevin Spacey, por American Beauty.

A mí esta película de Sam Mendes me parece uno de los grandes bluffs del cine de los 90, pero es cierto que Kevin Spacey estaba en ella muy bien. Por cierto, este actor ha estado nominado dos veces, y ha ganado las dos. Eso sí que es un pleno. Sin embargo, un año en que no le nominaron fue en 1997, cuando se dio a conocer por su papel del sargento Jack Vincennes en L. A. Confidential, en una interpretación que a mí me parece mucho mejor que la de Robin Williams en El indomable Will Hunting, que fue quien se llevó la estatuilla para casa.

Otras veces se premia a un actor por un papel, y poco tiempo después sorprende con otro todavía mejor. Ejemplo: Anthony Hopkins, que gana el Oscar con su granguiñolesco doctor Lecter en El silencio de los corderos (1991); un magnifico trabajo, desde luego… pero dos años después nos regala otro mucho más elaborado y delicado, con ese mayordomo reprimido que apenas tiene armas para expresar sus sentimientos en Lo que queda del día. Le nominan, sí, pero ¿quién gana? Tom Hanks por Filadelfia.

En fin, podría seguir así hasta cansarme, o cansarles. Lo que quiero decir es, sencillamente, que todos los galardonados con el Oscar al mejor actor o actriz son gente de talento innegable… Pero muchos se llevan la estatuilla por un papel bastante por debajo de sus posibilidades. Y no quiero ni acordarme de Al Pacino en Esencia de mujer (1992), o de Jack Nicholson en Mejor imposible (1997)…

P. D. Y, ya que hemos mencionado a Hopkins, una pregunta: si se repasa El silencio de los corderos, se verá que el personaje de Hannibal Lecter está en pantalla bastante menos tiempo que Anton Chigurh en No es país para viejos. Sin embargo, Hopkins ganó como actor principal, y Bardem ha ganado como actor secundario. Misterios de la Academia…

domingo, febrero 24, 2008

Disquisiciones a las puertas del Oscar

Vista ayer por fin No es país para viejos -la tengo en el ordenador hace un tiempo, pero, para ser sincero, quería verla en el cine-, sólo voy a apuntar un par de cosillas sobre la película y el personaje de Anton Chigurh, y luego vamos a ver qué pasa en los Oscar. Yo, personalmente, sí creo que Bardem se lo lleva, sobre todo después de ver la peli, y creo que este año los premios van a estar muy repartidos, como en el Gordo de Navidad.

Es decir, yo apuesto por: los Coen como mejor director, pero por Pozos de ambición como mejor película. En cuanto al Oscar al mejor actor, me sorprendería que no se lo llevara Daniel Day-Lewis. Y como mejor actriz… ni idea. Quizás Ellen Page o Marion Cotillard, que interpreta a Edith Piaf, y ya sabe que en Hollywood parece haberse puesto de moda premiar las interpretaciones (¿o habría que decir recreaciones?) de personajes reales.

Sobre la peli de los Coen:

Hay quien dice que no es la mejor de las suyas. Probablemente no, porque ahí están Fargo o El gran Lebowski, por decir sólo dos que la superan ampliamente. Pero esto no quiere decir que sea mala; de hecho, es magnífica y su calidad se hacer notar en detalles como la escasez de diálogos, que, por otra parte, muchas veces ni falta que hacen. Muchas escenas -el descubrimiento de la matanza de narcos, Llewelyn Moss acechado por Chigurh en el hotel, contando los pasos y viendo la silueta de sus pies tras la puerta- son prácticamente mudas, lo cual no quita para que no estén cargadas de tensión, con todo el cine atendiendo a lo que ocurre en la pantalla con ojos como platos. Narrativa cinematográfica, se llama eso, y en pocas pelis de los Coen la he visto tan desarrollada como aquí.

Y sobre el personaje de Bardem, hay un par de paralelismos interesantes. ¿Quién es Anton Chigurh? Una bestia parda con un corte de pelo horrible que se carga a la gente sin respirar, eso está claro. Pero, aunque tenga, no se lo pierdan, página web propia, se sabe poco sobre él. Unos lo comparan con un fantasma, otros con la peste bubónica. Cabe preguntarse hasta qué punto es humano. Porque a lo largo de la película nunca le vemos comer ni dormir. Sólo se detiene para curarse las heridas en una habitación de hotel. ¿Dónde hemos visto un personaje muy similar? Efectivamente: en Terminator. Esperen, que las referencias cinematográficas no acaban aquí: en un momento dado, una de sus futuras víctimas le dice “no tienes por qué hacerlo” (refiriéndose, claro está, a que no tiene por qué matarla), y él contesta “Eso es lo que dicen todos”. ¿No les recuerda a otro diálogo, este de El Séptimo Sello, de Bergman?: El Caballero: “¡Espera!”. La Muerte: “Todos decís lo mismo”.

Bueno, no son más que unos párrafos colocados aquí en una tarde de domingo. Vamos a ver qué pasa… y que gane el mejor.

jueves, febrero 21, 2008

Vaya marrón, señores

Una de las grandes noticias de los Oscar de este año es que… Clint Eastwood no está nominado. Eso va a ser porque no tiene película, porque si no, sospecho que le veíamos otra vez con el smoking y con su madre al lado, que si el hijo se conserva bien yo no sé qué tomará la señora, y quien sabe si llevándose otra estatuilla a casa; es indiscutible que pocos cineastas han sido tan bien tratados por la Academia como Eastwood. Si quieren mi opinión, merecidamente. Pero las cosas no han sido así siempre, y la fructífera relación de Clint con los Oscar se ha hecho esperar muchos años.

Ahora cuesta de imaginar, pero las hemerotecas están ahí, aparte de los que tenemos una buena colección de revistas de cine, claro; y es un hecho que los mismos críticos que hoy ponen por las nubes a Eastwood se dedicaron a atacarle sin compasión durante los años setenta y ochenta: violento, facha, macarra, todo a la vez, y estos calificativos se aplicaban sin demasiado discernimiento tanto a las películas que protagonizaba como a las que también dirigía. Nadie se molestaba en recordar que uno de sus primeros intentos como director fue drama intimista protagonizado por William Holden, Primavera en otoño (1973). Los únicos que tenían fe en Clint como director eran los chicos de Cahiers du Cinema que, por cierto, también se han tirado años defendiendo el talento cinematográfico de Jerry Lewis.

Pero si Clint anduvo ausente de los Oscar durante mucho tiempo no fue por nada de esto, sino por una historia bastante curiosa.

En 1973, Eastwood era ya una estrella de pleno derecho gracias al éxito de Harry el Sucio (1971), y como tal, le pidieron que presentara un premio en los Oscar. Así que se presentó en el Dorothy Chandler Pavillion cuando faltaba poco para la ceremonia, y se encontró con Howard Koch, el productor, que acudía a él con expresión de angustia total. Faltaban pocos minutos para empezar la ceremonia, y Charlton Heston, que debía ser el primer presentador, no había llegado (luego se supo que había sufrido un pinchazo). ¿Podría sustituirle Clint?

"Ni hablar", contestó éste. "No estoy preparado. ¿Por qué no se lo pides a Gregory Peck o a alguno de esos?" "No están disponibles". "¿Pero qué voy a decir?"

"Tú tranquilo; sólo tienes que leer lo que va saliendo en el teleprompter".

El teleprompter, como saben todos los presentadores de telediarios que leen este blog, es esa pantalla situada ante los ojos del que habla -pero oculta al público- donde el texto va pasando, y facilita una lectura natural. Así que, si uno sabe desenvolverse más o menos, no hace falta ni que se lo aprenda. Pero el horror llegó cuando Eastwood salió al escenario… y se encontró con que el texto que iba apareciendo estaba lleno de chistes referentes a la carrera de Charlton Heston. Que si Moisés por aquí, que si Los diez mandamientos por allá… sin saber qué hacer, acabó improvisando como pudo hasta que Heston llegó al escenario a tomar su lugar.

Se sintió tan mal por el episodio, que aseguró a Koch que nunca volvería a la ceremonia. ¿Y si te nominan?, le preguntó éste. Bueno, entonces sí, pero lo veía muy improbable, con el tipo de películas que hacía. Los dos tuvieron razón: Eastwood tardó veinte años en regresar a los Oscar, y cuando lo hizo, fue para llevarse a casa varios premios por Sin Perdón.

miércoles, febrero 20, 2008

Calladito estoy más guapo (2)

Si hablábamos aquí ayer del doblaje, y más concretamente del irritante autodoblaje de los actores españoles cuando trabajan fuera de casa, es verdad que cuando nos metemos en el mundo de los dibus el nivel de irritación puede subir bastantes enteros. Si una película pierde cuando se ve -y se oye- en otro idioma distinto del original, si la cinta es de animación no es ya que pierda, es que se extingue. Y yo no sé si es que en España hemos tenido peor suerte que en otros países sobre este particular.

El mayor culpable es, sin duda, Walt Disney. Los lectores más veteranos de este blog sabrán que es un señor que no me cae especialmente bien. Y lo que hizo con el doblaje de sus películas tenía delito. Para Disney, todo el español que se habla en el mundo es igual (para que luego digan que nació en Almería), así que a la hora de pasarlas a nuestro idioma, tarea que llevaban a cabo los propios estudios Disney, mezclaba dobladores de prácticamente todos los países hispanohablantes: mexicanos, argentinos, cubanos, portorriqueños, chilenos y españoles. Con lo cual el resultado era algo así como el Festival de la OTI, pero con bichos. Esta situación se prolongó durante muchos años, creo, aunque podría estar equivocado, que hasta La sirenita (1989), primera cinta Disney doblada íntegramente en España. Eso sí, aún hubo que esperar hasta La bella y la bestia (1991) para que una película de dibujos animados se estrenara también en versión original.

El Dvd nos ha permitido recuperar algunos de los títulos clásicos y escucharlos por fin con las voces de los actores originales: George Sanders y Louis Prima en El libro de la selva (1967), Vincent Price en Basil, el ratón súperdetective (1986), James Woods en Hércules (1997)… El problema es que ahora los dobladores españoles se han pasado, y consideran que una película de dibujos animados queda menos graciosa si no se mete en el doblaje, como mínimo, a un par de graciosetes televisivos. Cruz y Raya, los -para mí- insoportables Gomaespuma, Florentino Fernández y últimamente Edu Soto han encontrado aquí una verdadera mina. Y al final, una vez más, cualquier parecido con el original es pura coincidencia.

Un par de detalles para terminar: a veces, doblar dibujos animados puede ser especialmente humillante. Que se lo digan si no a Clarence Nash, que durante décadas puso su voz al pato Donald y, cuando ya con más de noventa años, acudió a la ceremonia de los Oscar para recoger un premio honorífico… ¡tuvo que dar las gracias con voz de pato! Ni siquiera con un pie en el catafalco le dejaron hablar por sí mismo.

Y la gran pregunta: ¿Por qué el doblaje de las pelis antiguas de Disney me parece tan malo… y el de los cortos de la Warner me parece insuperable? ! “¡Bugs: eres desppppreciable!”

lunes, febrero 18, 2008

Calladito estoy más guapo

Un ataque brutal de alergia que no me ha dejado dormir varias noches. El trancazo que ha llegado durante/después. Más medicinas que en una temporada completa de House. El mundo visto como a través de un cristal traslúcido. Si se preguntaban por qué no ha habido entradas en los últimos días, aquí tienen la respuesta. Bueno, vamos al tema:

Me comentaban el otro día en el blog la desilusión que ha supuesto para algunos ir a ver No es país para viejos en versión doblada y darse cuenta de que la voz de Javier Bardem no es la suya (le dobla Jordi Boixaderas). El caso es que no sé si sería peor el remedio que la enfermedad. Este es un problema que se nos ha planteado desde hace algunos años, es decir, desde que los actores españoles comenzaron a trabajar en producciones americanas, que luego llegan a nuestros cines. Y la gran pregunta es ¿deben doblarse a sí mismos en la copia que se va a exhibir en su país natal?

Mi respuesta es un rotundo no. Nunca sale bien. Los dobladores, alguno de los cuales como Ramón Langa ha conseguido dar el salto a la interpretación, hablan de una manera muy determinada, cuidando la pronunciación y procurando adaptar las inflexiones de su voz a los movimientos de boca del actor del que doblan. Un actor, en cambio habla de forma mucho más espontánea, más como ustedes y como yo, y por eso la diferencia es abismal. Son dos mundos opuestos: una película doblada tiene su propio ritmo de sonido, y a él nos acostumbramos, y una película con voces originales, el suyo. Lo que no se puede hacer es mezclarlos.

Ejemplos no nos faltan. Recuerdo cuando me tragué Two Much (1995) en versión doblada, y me pareció un verdadero truño de película. Luego la vi en versión original, y me pareció simplemente mala. Lo malo de verla en español era el contraste entre las voces dobladas de Daryl Hannah y Melanie Griffith, y el español malagueño/cubano, o lo que fuera, que Antonio Banderas soltaba en la película a ritmo de ametralladora. Lo mismo le había pasado en Filadelfia (1993), y le volvió a ocurrir en Asesinos (1995), con el curioso resultado de que Sylvester Stallone parecía mejor actor que él. Y cuando Aitana Sánchez-Gijón rodó aquella cursilada de Un paseo por las nubes (1995) con Keanu Reeves, pues tres cuartes de le prope, que hubiera dicho Tip.

En los últimos años, esta práctica se ha abandonado. Desde La máscara del Zorro (1998) a Banderas le dobla habitualmente Salvador Aldeguer, que tiene una voz muy parecida a la suya, y lo mismo pasa con Penélope Cruz, a la que dobla, entre otras, Isabel Valls. El resultado es bastante más natural y permite concentrarse en la película sin que le chirríen los oídos a uno cada vez que el actor español abre la boca. Aunque, lógicamente, nada como oír las voces originales, no sólo de estos intérpretes españoles, sino de todo el mundo. Para eso, siempre nos quedará el DVD.

De todos modos, queda en el aire una pregunta maliciosa: esto de lo que estamos hablando hoy ¿ha ocurrido siempre? Porque en otros tiempos era relativamente normal que algunos actores muy conocidos participasen también en el doblaje de películas. Venga, les invito a que averigüen en qué clasicazo de Billy Wilder nos encontramos entre los dobladores con el ínclito Chatín, Arturo Fernández nada menos, poniéndole su voz a un personaje secundario que no puede parecerse menos a los que interpreta habitualmente. ¿A ver si va a ser que antes los actores españoles pronunciaban mejor?

P. D. Por cierto, si se están ustedes preguntando ¿pero este tío cómo sabe tanto sobre doblaje?, pues podría tirarme el pisto y decir que lo que yo no sepa... Pero, la verdad, lo único que hay que hacer es pulsar aquí para acceder a una apabullante base de datos sobre actores extranjeros y sus voces en español.

lunes, febrero 11, 2008

Lo que hay que aguantar...


Se ha muerto Roy Scheider. ¿Saben que estuvo a punto de protagonizar El cazador? La fama que consiguió como protagonista de Tiburón (1975) -papel que obtuvo, por cierto, después de que lo hubiera rechazado Charlton Heston- le sirvió para hacerse con algunos papeles jugosos a finales de los 70, el más recordado de los cuales sea, posiblemente, All That Jazz (1979). Pero la cosa duró poco, y en la década siguiente se fue difuminando en roles secundarios y, por último, en producciones de esas que van directamente al mercado del vídeo o a los canales de televisión más cutrillos.

Una pena, porque era un estupendo actor, pero ya se sabe que el firmamento de las estrellas está reservado a unos pocos y Scheider, por lo que fuera, nunca llegó a él. Lo que sí hizo fue trabajar con muchas estrellas y, en ocasiones, soportar sus caprichos. En su libro Las aventuras de un guionista en Hollywood, William Goldman recuerda un momento especialmente tenso durante el rodaje de Marathon Man (1976). Si han visto la película, recordarán que Scheider interpreta al hermano del protagonista, Dustin Hoffman, un agente especial cuya aparición en Nueva York mete a Hoffman en un lío considerable. Bueno, pues en la película Scheider se cuela de noche en el apartamento de su hermano, que se asusta pensando que hay un ladrón en la casa, y saca una linterna de la mesilla de noche, con la que intenta localizar al intruso en la oscuridad.

El director John Schlesinger intentaba, siempre que le era posible, que los actores ensayaran las escenas antes de empezar a rodar, y esta no fue una excepción. En un decorado neutro, Hoffman esperaba en la cama, y Scheider avanzaba hasta la zona donde se supone estaba la puerta. Una vez allí, dio una patada al suelo para indicar que la había cerrado. Turno de Hoffman. Pero este no empezó a interpretar. Se dirigió a Schlesinger y le pregunto por qué su personaje tenía que tener una linterna en la mesilla de noche. El director le contestó que bueno, que quizá no era el momento de hablar de esas cosas, y que siguieran con el ensayo. Pero de eso, nada. Sigue el texto original de Goldman:

“Hoffman niega con la cabeza. El personaje que interpreta, según él, no debería tener una linterna junto a la cama.

Ahora, si no se tratara de una estrella, Schlesinger le hubiera dicho, como cualquier otro director, que estaban perdiendo el tiempo del ensayo, que tiene precio de oro, puesto que en la mayoría de los rodajes no se ensaya (…)

Pero Dustin Hoffman es una gran estrella y hay que hacerle caso. Scheider sigue en pie tranquilamente, en la puerta imaginaria, esperando.

Schlesinger dice que mucha gente tiene linternas en la mesilla.

Hoffman dice que él no está interpretando a mucha gente, sino a Babe, y que Babe no tiene por qué tener una linterna en la mesilla.

Schlesinger hace otro intento: te acaban de atacar, estás intranquilo, has tomado precauciones.

No hay manera.

Ahora, un duro asalto desde el punto de vista del director: necesitamos ese efecto de la linterna sobre las paredes para añadir interés a la escena.

Hoffman dice que no habrá escena que valga la pena si él no puede interpretarla, y él cree que no hay justificación para la maldita linterna.

Durante todo este tiempo, Scheider sigue en pie, en silencio y esperando.

Este es quizá mi recuerdo más intenso de la situación -que duró una hora, dicho sea de paso-. Scheider esperando tranquilamente, como un perfecto caballero en todo momento”.

Hay que aclarar que Goldman no le tenía ningún cariño a Dustin Hoffman, porque el actor había exigido que se cambiara el final de la novela de Goldman en la que se basaba la película. Así que quizás esta anécdota haya que cogerla con pinzas. Pero es muy ilustrativa de la diferencia que puede haber entre un actor, de éxito pero actor al fin y al cabo, y una estrella con poder suficiente como para parar una hora de ensayos por una divergencia de opiniones.

Bueno, un respeto para Roy Scheider. Voy a ver si encuentro por ahí All That Jazz, que Tiburón ya la tengo muy vista.

jueves, febrero 07, 2008

¿Sin rastro?

Jose Manuel Serrano Cueto, fiel lector de este blog y autor de interesantes libros dedicados al cine de terror clásico, me hace llegar la noticia del fallecimiento de Carlos Aured, el pasado día 11. Este director de cine, que parece haber desaparecido sin dejar rastro de la historia del celuloide patrio, ha pasado a mejor vida sin haber ganado nunca un Goya. Primero, porque no existían cuando él hacia cine y segundo, porque es muy dudoso que se lo hubieran dado a alguien cuya filmografía consta de películas como El espanto surge de la tumba (1972), Los ojos azules de la muñeca rota (1973), La venganza de la momia (1973) o El retorno de Walpurgis (1973), una más de la saga del hombre lobo creada por Paul Naschy, cuyo cartel tienen aquí a la izquierda.

El Diccionario de directores del equipo Reseña nos cuenta alguna cosa más sobre él: “dedicó nueve años de su vida a prepararse para el ingreso en la Escuela de Ingenieros de Caminos, carrera que no concluyó (…). Colaboró por un tiempo en La estafeta literaria. Fue también ayudante de dirección teatral de Gustavo Pérez Puig”. Cuando enumeran su carrera como director, se limitan a definirle como un realizador de subgéneros, entendiendo por tales el terror y el erótico, ya que a partir de 1977, se dedicó a cintas con títulos tan expresivos como Susana quiere perder eso (1977), La frígida y la viciosa (1980) o El hombre del pito mágico (1982).

Bueno, ¿y qué? Es preciso juzgar las cosas en su momento y lugar. Y conviene recordar que en los tiempos en que se hacían estas películas, el cine español estaba lanzado a tirarse a las piscinas de todo tipo de géneros, para los que siempre había una demanda. Estas cintas -pienso sobre todo en las de terror, porque las otras nunca me han interesado mucho; donde esté lo auténtico…- no sólo se estrenaban en España, sino en otros países europeos (y más allá), donde contaban con suficiente público como para generar beneficios y dar trabajo a una cantidad apreciable de profesionales: actores secundarios, carpinteros, transportistas, maquilladores, electricistas y unas cuantas profesiones más relacionadas con el cine, que subsistieron gracias a este subgénero mientras otros parían sus genialidades. Que en algunos casos, en efecto, eran genialidades; pero con dos películas buenas al año no se sostiene una industria. La industria estaba en estas películas, producidas como churros, que iniciaban tras su estreno un doble periplo, por las pantallas de otros países y por la entonces numerosísima red de salas de sesión contínua y cines de verano. En uno de ellos -el, por supuesto, desaparecido Jardín Cinema de mi ciudad natal- vi yo El retorno de Walpurgis, con catorce años, Pepsi Cola y pipas.

Tiene gracia, porque precisamente este último año parece que el cine español está empezando a regresar a eso que se llama cine de género, cuya principal finalidad es llenar las pantallas de todo tipo de historias que, sin ser grandes logros artísticos, entretengan al personal. Y parece que estamos regresando al terror, con Rec y El orfanato, entre otras. Espero que esta iniciativa se convierta en racha y, sin tener que volver al gazpacho-western, aparezcan directores decididos a meterse en el policiaco -aparte de Enrique Urbizu-, o alguno que por fin sepa de verdad hacer comedia. ¿Quieren saber lo que opino? Necesitamos más Carlos Aured.

miércoles, febrero 06, 2008

Genio y figura

A Pau Gasol le entrevisté hace un par de años, en un reportaje para National Geographic Television. Cuando se pasa del metro noventa, como le ocurre a un servidor, no es fácil encontrarse con gente que se te imponga por la estatura. Fue el caso. Me sacaba, fácilmente, cabeza y media de alto… y de ancho. Dios, que pedazo bestia. En lo físico, se entiende, porque luego, en el rato que le puse el micrófono delante, me pareció un chaval de lo más tranquilo. Recuerdo como anécdota la petición de su mánager: “Oye, no os importa que pique algo antes de la entrevista ¿No? Es que este chico, si no come…”. Dicho y hecho, le pusieron delante una bandeja de sandwiches que le duró menos que una saliva en una plancha.

Ahora Gasol está en los Lakers, lo cual significa que va a tener como uno de sus fans a Jack. No hace falta poner el apellido porque, cuando se Hollywood se trata, Jack no hay más que uno y a ti te encontré en la calle. Las relaciones entre Nicholson y el equipo de sus amores son legendarias y han dado lugar a multitud de anécdotas. Cuando está de rodaje, siempre que puede se escaquea a su caravana para ver el partido. Si esto no es posible, hace que se lo graben, y pobre del que ose adelantarle el resultado. Cuando no trabaja, es normal que viaje con el equipo de sus amores, pero sus arrebatos de hooligan le han hecho bastante impopular en campos rivales, como el de los Boston Celtics. En una ocasión en que acudió allí a ver un partido, se encontró con que las tiendas de recuerdos vendían unas camisetas con las palabras FUCK YOU, JACK. Inmediatamente, se compró una docena.

De todos modos, mi anécdota preferida de Nicholson con los Lakers es una que tuve ocasión de ver por la televisión. Eran los finales de los años 80, y Televisión Española había comenzado a ofrecer partidos de la NBA. Y fue en uno de los Lakers cuando el cámara, durante un descanso, enfocó a Jack, que estaba, como siempre, en su asiento de tribuna. De repente, aparece una chica negra enfundada en un traje rojo, de figurón no apto para cardíacos, que intenta acercarse a Jack. Al momento, el maguila de servicio se levanta y le dice a la chica que no, que al señor Nicholson no se le puede molestar. Pero el señor Nicholson se da cuenta del cacho maroma que pide audiencia, y le dice al guardaespaldas que ya la está dejando pasar si no quiere acabar en la cola del INEM, o como se llame allí. En fin. La chica pasa, se presenta, se dan dos besitos, charlan un poco, y al final ella le pasa un papelín donde cabe suponer que estaría su número de teléfono. A estas alturas, no estaba mirando el partido ni Zeus. Todos mirando a Jack, gritando, aullando y aplaudiendo. Se va la chica, entre los vítores del respetable, y Jack se pone se pie y con una sonrisa de oreja a oreja va saludando a todo el estadio, como diciendo, pues sí, me parece que voy a quedar con ella para lo que se tercie, que seguro que se tercia. ¿Pasa algo?

Fue antes de los tiempos del You Tube; si no, de verdad que la escena arrasa.

domingo, febrero 03, 2008

Zarrapastroso's night (2)


Escribo cuando faltan pocas horas para que comience un año más la plasmación más fidedigna de las inmortales palabras de Marlon Brando en Apocalypse Now: El horror, el horror… Para que vean que soy un chico coherente, me remito a la entrada que publiqué aquí hace ahora un año referente a la gala de los Goya. Entonces, por desgracia, no me equivoqué en mis predicciones, y sospecho que tampoco voy a hacerlo ahora, porque, si el espíritu de John Ford no le remedia, me temo que esto es lo que vamos a padecer a partir de las diez de la noche:

1. Un presentador que se dedicará a plagiar momentos de la gala de los Oscar, concretamente las parodias de las películas nominadas que se han convertido desde hace años en la seña de identidad de Billy Crystal cuando presenta la cerrémonia. Claro que no hará solo eso: empleará material original donde, sospecho, volverá a confundir la chocarrería con el descaro y el mal gusto con la trasgresión.

2. Un discurso oficial lleno de victimismo sobre lo mal que va el cine español, por culpa, evidentemente, de las multinacionales americanas que, como todos sabemos, nos obligan a ver sus superproducciones por la vía de la coacción directa. Aquí es posible que me equivoque, porque bien es cierto que en los dos últimos años, esta tendencia al lloriqueo ha cesado; si quieren hablar de algo serio, podrían denunciar que el cine de todo el mundo, Hollywood incluido, está sufriendo un bajón de espectadores y plantear cómo habría que enfrentarse a la piratería y a los nuevos soportes de visionado.

3. Un auditorio lleno en tres cuartas partes, con abundancia de asientos vacíos, indicando que el cine español no tiene suficientes profesionales interesados en acudir a la gala como para llenar el Palacio de Congresos de Madrid… que es grande, pero no tanto.

4. Camisetas, vaqueros, rostros sin afeitar, acento barriobajero y cheli que explica por sí sólo por que nuestros actores, sobre todo las nuevas generaciones, parecen incapaces de interpretar personajes que no pertenezcan al universo de lo marginal. ¿Smoking? ¿Chaqueta y corbata? ¿Desodorante? ¿Ducha diaria? Cosa de carcas, voto a bríos. (Eso sí, menos mal que las chicas siempre salvan el conjunto, y este año está nominada esa alegría para la vista y excelente actriz que es Maribel Verdú).

5. Chicle. Mucho chicle. Toneladas de chicle, en las quijadas de los asistentes, sin que ni siquiera la obligación de subir al escenario detenga un momento su afición a la gimnasia mandibular. Aún recuerdo el año pasado a la mujer de Agustín Almodóvar masca que te masca que te masca mientras las cámaras la enfocaban en primer plano.

6. Y, en conjunto, la misma sensación de grupo de amíguetes encantados de conocerse que en ningún momento ejercerán la más mínima autocrítica sobre su trabajo y sobre sus consecuencias sobre la marcha de nuestro cine. Y eso, a pesar de las honrosísimas y merecidas excepciones que demuestran que, cuando una película española es buena, no tiene problemas en llenar las salas. Aquí y en el extranjero.

¿Me equivoco? La solución, esta noche, para los que tengan la paciencia de verla.

jueves, enero 31, 2008

No les llega

A ver, que la cosa es para partirse. Resulta que Shaquille O’Neal, el jugador de baloncesto de la NBA que en sus ratos libres ha intervenido como ¿¿¿¿actor???? en una abominación titulada Steel -una de las peores adaptaciones de superhéroes que se hayan hecho nunca, aquí a la izquierda, de nada, un placer- está en pleno proceso de divorcio. Y claro, como se suele hacer en estos casos, el chico está haciendo todo lo posible para evitar que los abogados de su ex le saquen hasta las asauras. Y la estrategia para ello es convencer al tribunal de que, aunque no lo parezca, está a la cuarta pregunta. Tiezo, como decimos por el sur.

Claro que O’Neal ha reconocido que percibe un sueldo mensual de aproximadamente 1,3 millones de euros. Ya, ya sé que ustedes y yo hay semanas que no ganamos eso, pero es que además ustedes y yo no tenemos los problemas de presupuesto que tiene Shaquille: el angelito se gasta al mes 112.000 euros en las hipotecas de sus tres casas (para que luego digamos por aquí…), 79.000 en vacaciones, 23.000 en seguros, 43.000 en regalos, 17.000 en cuidadoras para los niños (si hay vacante, que avisen), 19.000 en gasolina y aceite para sus cuatro coches, 20.000 en criados, 12.000 en ropa, 9.000 en comida, 5.000 en lavandería, 1.600 en sus perros, 2.400 en teléfono, 1.200 en televisión por cable y 1.300 en mantenimiento de piscina y césped.

Lo de los 43.000 euros en regalos debe ser porque tiene complejo de Santa Claus, pero yo no me explico muy bien cómo cuatro coches pueden gastar 19.000 al mes en gasolina (y aceite) o qué tipo de tele por cable te clava 1.200 euros de cuota mensual. Pero no piensen que lo de Shaquille es un caso aislado. Hoy, en homenaje a la (feliz) desaparición del Tomate, vamos a cotillear un poco sobre los hábitos de consumo de algunas celebridades de la gran pantalla:

Aaron Spelling. Celebró su éxito como productor de las series de televisión más horteras del mundo -Dinastía, Vacaciones en el mar, Los ángeles de Charlie…- construyéndose una mansión de 45 millones de dólares. Eso sí, la casa venía completita con garaje para 82 coches, cuatro bares, tres cocinas, gimnasio, sala de proyección, piscina olímpica, bolera y doce fuentes. Todo para tres personas: él, su señora y su única hija, Tori.

Sting y señora: gastaron 80.000 dólares en los trajes de Versace para su boda; eso sí, se cuenta que luego los donaron para una de las campañas de salvar la amazonía a las que tan aficionado es el miembro más plasta de Police.

Madonna: 21.000 dólares en el caviar con que aprovisiona su avión privado cuando está de gira.

Michael J. Fox: 50.000 dólares en un estanque artificial cerca de su casa, para que su hijo aprendiera a pescar.

Demi Moore: 3.000 dólares al mes en agua mineral que utiliza para cocinar, lavarse… y beber (De Kim Basinger se ha dicho algo parecido; que sólo se lava con agua Evián).

Jamie Foxx: unos 40.000 dólares en un reloj que le regaló a Tom Cruise como agradecimiento por lo bien que habían trabajado juntos en Colateral (si Luis Tosar llega a enterarse, igual no se habría llevado tan mal con él durante el rodaje de Corrupción en Miami).

George Hamilton: indefinido. Pero se dice que el actor mejor peinado de Hollywood nunca usa dos veces el mismo par de calcetines. Calculen cuánto cuesta un par, y hagan cuentas, si quieren.

Así que, ¿Lo de Shaquille? Comida pa los pollos. Miren, para cerrar la entrada de hoy nada como una frase atribuida al actor George Raft cuando le preguntaron cómo se las había arreglado para pulirse una fortuna de diez millones de dólares: “Una parte se me fue en mujeres y otra parte en el juego. El resto lo gasté a lo tonto”.

miércoles, enero 30, 2008

Goyescas


Hoy tengo un poco de lío, así que voy a ser breve. Parece que este domingo vamos a tener de nuevo el placer de gozar de José Corbacho presentando la gala de los Goya, durante la cual, no cabe duda, volverá a dejar abundantes muestras de su finísimo humor inglés (“¡GUILLERMO, QUE CHINGES MUCHO ESTA NOCHE, JUA, JUA, JUA!”, fue una de las perlas de la pasada edición). Más allá de la puntería de la Academia en su elección de presentador, quisiera hacer dos preguntillas:

1. La elección de Corbacho como presentador de la gala se hizo, si mal no recuerdo, la semana pasada. ¿Debemos entender que la ceremonia se prepara apenas con quince días -como mucho- de antelación? Lo digo porque la ceremonia de los Oscar comienza a cocinarse meses antes, y las ocho últimas semanas son de trabajo frenético. Si hay tanta diferencia entre el tiempo invertido entre una y otra, la verdad es que se comprenden muchas cosas.

2. Si los premios Goya -como los Oscar, los Globos de Oro o cualquier otro galardón cinematográfico- tienen como fin principal promocionar las películas premiadas -y les aseguro que ese es el objetivo, y no otro- ¿Cómo es posible que aún no estén disponibles en DVD ninguna de las principales candidatas? Ni El orfanato, ni Las trece rosas, ni siquiera Luz de domingo.

3. Bueno, dije que eran dos, pero hay va otra de propina. ¿Algún motivo por el cual este año tampoco va a haber números musicales? ¿Queda hortera, queda cutre, ellos van a otra cosa?
Tres preguntas que, si me lo permiten, se resumen en una: ¿Es que estos chicos no van a aprender nunca?

lunes, enero 28, 2008

¡¡Dios mío, ESTO es un infierno!!

Es posible que a los lectores más jóvenes les cueste imaginar lo que significaron las películas de Rambo allá por los años 80 del siglo pasado, mucho menos si se molestan en ir a ver esta vetustilla cuarta entrega. Cinematográficamente, la verdad es que no significaron gran cosa, pero como fenómeno social… en plena era Reagan, nadie como Sylvester Stallone supo ver el filón que significaba la recuperación de los valores yanquis más vetustos, y la idea de presentar en la pantalla a americanos de pura cepa dándoles las del pulpo a los enemigos tradicionales de la nación.

Hubo otros, claro, empezando por el chuachegobernador de California y siguiendo por Chuck “visita Texas si tienes huevos” Norris, pero ya les digo, Stallone los superó a todos con su doblete conseguido en 1985 con Rambo y Rocky IV, que aparte de convertirle en multimillonario le hizo merecedor de una portada de la revista Time.

Cuesta creer que este fenómeno tuviera su origen en la novela escrita en 1972 por un profesor de literatura, David Morrell. Pero así fue: Primera sangre (publicada en España por Ultramar) llamó la atención de Hollywood nada más aparecer, pero en aquella época no se pensaba que la historia de un excombatiente de Vietnam que se volvía loco y destrozaba un pueblo entero cuando le tocaban demasiado las narices tuviera mucho atractivo. Claro que eso fue antes de que Stallone la cogiera diez años después y la convirtiera en Acorralado. Es curioso; en la película y en la novela pasan casi las mismas cosas, pero el trasfondo de la historia es muy distinto. El Rambo literario no es una masa de músculos, sino un tipo de lo más normal que, antes de que le toque ir a Vietnam, se alista voluntario en las Fuerzas Especiales porque sabe que así tendrá más posibilidad de sobrevivir. Cuando le sueltan de nuevo en la vida civil deja salir al perturbado que lleva dentro y, al final, después de más de 200 páginas de sangre y muerte, le pegan un tiro.

Esto último Stallone no lo podía permitir. Kirk Douglas cuenta en sus memorias que recibió la oferta de interpretar al coronel Trautman, el mentor de Rambo, pero que la rechazó a menos que mantuvieran el final de la novela y su personaje matara a la máquina asesina que él mismo había contribuído a crear. “Se habría perdido un negocio de mil millones de dólares”, afirma. “Pero hubiera sido lo correcto”. A Trautman lo interpretó Richard Crenna (fallecido recientemente), Rambo sobrevivió y por eso nos ha podido deleitar (?) con tres entregas más.

Un par de anécdotas sobre Rambo, la segunda peli de la serie, y la más famosa. Primero, el programa de entrenamiento físico de Stallone, que le acabó dando ese aspecto que alguien comparó con el de un condón relleno de nueces: durante cinco meses pasó seis horas al día haciendo remo, jogging y pesas, además de lecciones de tiro con arco y entrenamiento suplementario con los SWAT de Los Angeles. Durante el rodaje, se levantaba a las cuatro y media de la mañana para entrenar y trabajar en el guión de Rocky IV que, aunque parezca increíble, también necesitaba escribirse. En todas sus películas, Stallone aparece con cara de sueño, pero es que en esta, verdaderamente, se dormía de pie.

Y luego un detallito que señala acertadamente Peter Van Gelder en su libro That’s Hollywood: en la peli, Rambo mata a 57 personas, en su mayoría guardas del campo de prisioneros en Vietnam. Pero dentro sólo hay una docena de americanos capturados. ¿A quién se le ocurrió poner más de 50 soldados para vigilar a doce presos famélicos? El vietcong estaba, desde luego, sobrado de personal.

P. D. Por cierto, la famosa frase “No siento las piernas” se ha dicho en MILES de películas yanquis, pero no en la saga de Rambo. Lo que verdaderamente dice es “¡No le encuentro las piernas!” cuando al final de Acorralado recuerda la historia de un compañero suyo al que le vuelan la parte inferior del cuerpo de un bombazo. Y lo de "Dios mío, esto es un infierno", no tengo claro si la dijo Rambo... o un servidor de ustedes, cuando le tocó verla.

domingo, enero 27, 2008

In memoriam

Tal y como estaba previsto, la semana se me lió con mil cosas y he tardado más de lo que pensé en volver a postear. Pero desde luego, ustedes no me han perdido el tiempo mientras tanto… Creo que hemos batido el récord de comentarios, en un blog que no se caracteriza precisamente por la locuacidad de sus lectores, y de paso han aparecido por aquí algunos amigos nuevos. Estupendo.

Como se trata de ponerse al día, tenemos que comenzar con Heath Ledger, de quien hablábamos aquí no hace demasiado. Lo que con las casualidades, en el aeropuerto me compré el número de enero de "Empire", una de mis revistas de cine favoritas, y ¿adivinan quién estaba en la portada? Esa misma noche vi los titulares de su muerte en la tele del hotel, y me hubiera quedado clavado si no fuera por que estaba tumbado en la cama. Un detalle, por cierto: me enteré por los informativos de la CNN, que dieron la noticia en titulares de pantalla mientras hablaban de otras cosas. En esas filas de texto no cabe demasiada información, pero al hablar de su trabajo como actor, sólo se les ocurrió decir: “trabajó en la polémica "Brokeback Mountain"”. Ni los del Tomate lo hubieran hecho mejor. Es decir, nada de referirse a sus películas más recientes, ni a sus papeles aún por estrenar, sino que a la hora de elegir un título representativo, cogieron el más “polémico”. ¿Polémico por qué? ¿Por qué hacía de homosexual? Señor, señor, en cuanto se rasca un poco, cómo les sale a algunos el carca que todos llevamos dentro…

En fin, se nos ha ido un magnífico actor. Un tipo que empezó de guaperas y que no tardó en darse cuenta de que el futuro no estaba exactamente allí, sino en arriesgarse y coger papeles difíciles, de los que llaman la atención y marcan una carrera con huellas indelebles. Lastima que el futuro se le haya acabado. Yo, personalmente, estoy dispuesto a perdonarle hasta la de "Destino de Caballero"… Y como homenaje póstumo, aquí les dejo el segundo trailer de "Dark Knight", donde por primera vez podemos echarle un vistazo decente a su Joker.

Mañana seguimos, que la semana se presenta movidita con dos regresos largo tiempo temidos, digo, esperados: Rambo y… ¡Los Goyaaaaa! Dios mío, de verdad, no me siento las piernas, pero no tengo claro a cual de las dos cosas se debe…

domingo, enero 20, 2008

Titulitis

Bueno, pues ya se ha estrenado Cloverfield, de la que hablamos aquí hace una semana, y ya se conoce la fecha de estreno en España, dentro de quince días; pero, lo que es peor, también se conoce el título con el que se va a presentar la película en nuestro país: Monstruoso. Si quieren mi opinión, muy finos no han andado. Empezando por la cuestión de que la palabra es un adjetivo, no un sustantivo y un adjetivo además que, yo diría, suena un poco como a cachondeo. Eso de "monstruoso" le pega más a un anuncio de rebajas ("¡Ofertas monstruosas en Almacenes Palomeque!") que a una película que se pretende de terror.

Pero es que esto de los títulos de películas extranjeras se suele resolver de tres maneras: A) traduciendo literalmente el título original, que aquí, la verdad, con eso de “campo de tréboles” habría quedado un poco raro. B) Dejando el título en inglés, cosa cada vez más común (Batman Begins, Superman Returns), que creo que abría sido la opción más adecuada en este caso. Y C) inventándose un título que no tiene nada que ver con el original, y donde la creatividad de los distribuidores, a veces, patina más que Lewis Hamilton sin control de tracción. Aquí es donde quería llegar yo.

La idea no ha sido mía, sino que la escuché hace un par de semanas en el programa de Angels Barceló. Hablando de la imaginación con que se titulan a veces las películas yanquis, entrevistaban al director de una distribuidora (creo que era Buena Vista) y le enfrentaban a hechos tan cuestionables como por qué una película de patinadoras infantiles titulada originalmente Ice Princess ("Princesa del hielo") se había estrenado en España con el aliporiento título de Soñando, soñando… triunfé patinando. Vamos, yo es que tengo que llevar a una hija mía a ver esa peli y me calo un sombrero hasta las cejas, una barba postiza y unas gafas de sol… y a mi hija le hago lo mismo. Es que es de esos títulos queda vergüenza ajena repetir, o incluso escribir en un blog.

Ha habido otros casos, y vamos a jugar con ellos un rato. La imagen de hoy corresponde a un ejemplo un poco particular: todos conocemos West Side Story, aunque pocos de acordarán de que, originalmente, se estrenó en España como Amor sin barreras, título al cual nunca le hemos hecho demasiado caso; es uno de las pocas veces que el título español ha tenido menos éxito que el original. Pero aquí les dejo quince títulos que he ido cogiendo al azar, según me iba acordando: todos son traducción literal del original americano y que corresponden a películas (muy conocidas) que se estrenaron con una denominación muy, muy distinta. A ver cuántos pueden identificar.

1. Pinta tu caravana.
2. Norte por noroeste.
3. El sonido de la música.
4. No te lo puedes llevar contigo.
5. La galleta de la suerte.
6. A algunos les gusta caliente.
7. Mandíbulas.
8. Los magníficos Amberson.
9. Tócala otra vez, Sam.
10. El picor del séptimo año.
11. Érase una vez en el Oeste.
12. El señor Smith va a Washington.
13. El fin de semana perdido.
14. Amor y muerte.
15. El cartero.

Por cierto, voy a andar unos días fuera y, me temo, lleno de trabajo hasta las cejas. Así que probablemente no nos veamos hasta el viernes que viene. Mientras, a ver si para variar participan ustedes algo y no solo rellenan esta quiniela que les dejo, sino que me proponen más casos de traducciones desorbitadas. Seguro que se me han escapado un montón.

viernes, enero 18, 2008

Recordando a Edgar G.

Hace tiempo que quería comentarles una compra reciente: Balas o votos (1936), una película clásica de cine negro adquirida por sólo seis euretes, y que es una de las mejores ofertas en eso que se llama relación calidad / precio que me he encontrado en mucho tiempo. Y por varias razones.

Primero, por la película en sí. Dirigida en 1936 por William Keighley, sigue siendo uno de los mejores ejemplares del cine negro que la Warner sacaba en aquella época como churros, aunque es relativamente desconocida si la comparamos con clásicos como El halcón maltés o El sueño eterno… Pero esas ya nos las sabemos todos. Esta es menos popular, pero para conocerla mejor incluye un comentario en audio del historiador Dana Polan. Y no es el único extra: viene hasta los topes, y además presentados de un modo muy particular.

Verán, a la hora de ver este DVD podemos hacerlo de dos maneras: uno, dándole a la película tal cual, y dos, presionando en la opción La noche Warner en el cine, que nos la ofrece como parte de la programación de un cine yanqui de la época. Es decir, que en primer lugar tenemos el trailer de uno de los grandes éxitos del año, La carga de la brigada ligera; luego, un noticiero; a continuación, un cortometraje musical con George Hall y su orquesta, y después un corto de dibujos (“Fantasías animadas de ayer y hoy, presenta…” ¿se acuerdan?) que va de policías y ladrones, claro. Y cuando se han acabado todos los preliminares, empieza la peli en sí. No trae sólo la cinta: trae una sesión completa de cine, como si aquí los DVDs vinieran con el NO-DO y los anuncios de Movierecord.

Y ya les digo, la película ha aguantado estupendamente los años. Como protagonistas tenemos a Edward G. Robinsón y a Humphrey Bogart, pero invirtiendo los papeles por los que más se les conoce; Robinson no es aquí el gángster, sino el policía, y Bogart, en su etapa de actor secundario, repetía su sempiterno papel de malo malísimo de la muerte, a la espera de que El Halcón maltés (1941) y Casablanca (1942) le convirtieran en la estrella más taquillera de Hollywood y pudiera dejar los papeles de asesino a otros.

No tengo nada contra Bogart, pero creo que Edward G. Robinson nos ha dejado muchas más interpretaciones memorables; lo recuerdo en La mujer del cuadro (1944), de Fritz Lang, en Dos semanas en otra ciudad (1962), de mi tocayo Vincente Minnelli y, sobre todo, en su último papel, en la aún impactante Cuando el destino nos alcance (1973). Era un tipo curioso, Robinson. Alzado a la fama por sus papeles de gángster sin escrúpulos, fuera de la pantalla era una persona tranquilísima y culta, que hablaba siete idiomas y tenía una gran afición por el arte. Al final de su vida había recopilado una pinacoteca particular con cuadros de Renoir, Van Gogh, Picasso, Monet, Corot, Matisse… entre otros muchos.

Durante mucho tiempo, por cierto, su nombre fue motivo de conjeturas populares: ¿qué significaba la G de en medio? Nadie lo sabía, y él no hacía mucho por aclararlo, limitándose a decir que, seguramente, era la inicial de “Gangster” o de “God only knows” ("sólo Dios lo sabe"). La realidad era un poco más cruda: su verdadero nombre era Emmanuel Goldenberg, pero si uno quería hacer carrera en el cine de entonces, no se podía ir mostrando a las claras sus orígenes judíos. Así que, como otros muchos actores de la época, se lo gentilizó. Pero tuvo la delicadeza de conservar la inicial como recuerdo. Quizá para no olvidarse nunca de dónde venía.

martes, enero 15, 2008

La venganza del guionista


¡Esta noche tenemos House! Pero no hay que hacerse ilusiones, porque sé de buena tinta que solo van a emitir diez minutos del episodio nuevo. El resto, repeticiones. El motivo es que, con la huelga de guionistas de Hollywood, Cuatro sólo ha recibido trece episodios de la cuarta temporada en lugar de los 24 habituales, y claro, tienen que estirar su producto estrella…

Vale, lo de los diez minutos es broma. Lo otro, no. La huelga de guionistas en Hollywood está tomando un cariz cada vez más serio, y no sólo en la industria del cine: muchas series de televisión han tenido que interrumpir el rodaje por falta de guiones. Y de las ceremonias, ni hablamos. A Javier “tazón” Bardem le van a enviar el Globo de Oro por Seur (enhorabuena, por cierto... y ahora, a por la parejita), y habrá que ver qué pasa con la ceremonia de los Oscar.

Es curiosa esta presión de los guionistas. Los patitos feos de la industria han empezado a graznar, y no tienen pinta de que vayan a callarse. Digo que es curioso, porque durante mucho tiempo la figura del guionista no fue excesivamente considerada en Hollywood. David Niven contaba en sus memorias el caso de la chica contratada como guionista en un estudio: en su primer día, el jefe le enseñó su mesa de trabajo y le dijo: “Bueno, señorita, aquí ya sabe que esperamos el máximo rendimiento de nuestros guionistas, así que esos lápices que hay en su escritorio… espero que mañana por la mañana estén todos por la mitad. ¡JUA, JUA, JUA!”.

Fue la escasa consideración a este gremio lo que produjo la aparición de uno de mis directores favoritos, Billy Wilder. Este empezó como guionista y, según confesó, nunca tuvo intención de convertirse en director. Hubiera sido muy feliz limitándose a escribir guiones. Pero en 1941 escribió el guión de Si no amaneciera, una película protagonizada por Charles Boyer, donde su personaje debía esperar en México hasta que le concedieran los papeles para entrar en Estados Unidos. Para indicar la desesperación del personaje, Wilder incluyó una escena donde Boyer, tras seis semanas de espera del visado, estaba tumbado en la cama del hotel cuando avistaba una cucaracha en la pared… y se desahogaba con ella. “¿De dónde has salido tú? ¿Dónde están tus papeles? ¿Cuál es el propósito de tu viaje?”.

Wilder estaba encantado con la escena, pero el director de la película, Mitchell Leisen, le comunicó que no se filmaría. El motivo: Boyer, una de las grandes estrellas de la época, se negaba a interpretarla. Él no hablaba con cucarachas. La consideraba ridícula. Wilder tuvo que tragarse la bilis y aceptar, pero desde ese momento se juró que ninguna estrella volvería a hacerle algo así. Y la única manera de asegurarse de ello era dirigir sus propios guiones.

Así fue como se convirtió en director. Y en lo sucesivo, se ganó una verdadera fama de tirano en los rodajes por exigir a sus actores que recitaran todo el guión palabra por palabra. Hasta la última coma.

Y, sí, la foto que he escogido es la de su tumba... ¡Pero no me negarán que esto sí que es un epitafio!.

domingo, enero 13, 2008

¿Campo de tréboles?

¿Qué es Cloverfield? Sólo faltan cinco días para que los espectadores comiencen a averiguarlo de forma definitiva, pues el próximo viernes es la fecha de estreno en Estados Unidos (en España, el 1 de febrero). Mientras tanto, la Red hierve de rumores, y no tengo demasiada intención de engordar el cupo, así que esto es lo que se sabe hasta el momento: A) Es la última producción de J. J. Abrams, productor especializado en series televisivas de alto voltaje (Alias, Perdidos), que ha intentado con relativo éxito aplicar su fórmula en cine (Misión imposible 3). B) El argumento trata de un monstruo gigantesco que empieza a hacer de las suyas en Nueva York… y hasta ahí puedo leer. Y C) Tiene la particularidad estar rodada desde el punto de vista de la camcorder, o sea, como si conociéramos la historia a través de filmaciones de vídeo hechas por los mismos protagonistas; la misma fórmula que se ha utilizado anteriormente en El proyecto de la bruja de Blair (1997) y en la española Rec (2007).

Pero es muy posible que Cloverfield pase a la historia del cine por una de las mejores campañas de promoción que se hayan pensado.

Recordemos que la cosa empezó el verano pasado, cuando los espectadores yanquis que entraron a ver Transformers, que ya son ganas, se encontraron con un curioso trailer: la grabación casera de un grupo de amigos en Nueva York que organizaban una fiesta sorpresa a un colega que se iba a trabajar a Japón. Cuando todo el mundo estaba haciendo las tonterías que se hacen ante la cámara en estas ocasiones, se oye un ruido extraño y las luces se van. La gente sube a la azotea del edificio, y todo lo que ven son varias explosiones en la noche neoyorquina, acercándose cada vez más a donde están ellos. Salen a la calle, y se encuentran a gente corriendo, escenas de pánico y un caos creciente. Un objeto gigantesco cruza el cielo, y se estrella a escasos metros de donde están: cuando ven de qué se trata, todo el mundo empieza a gritar horrorizado: es la cabeza de la Estatua de la Libertad.

Y después de todo esto, en lugar del título de la película, sólo el nombre de Abrams y una fecha: 18-1-08.

Como reclamo fue infalible, sobre todo en estos tiempos, en los que se cuenta con la gasolina de Internet para propagar los rumores. En los meses siguientes se han ido averiguando más cosas, entre ellas las que les contaba al principio, y luego el propio Abrams acabó de calentar el ambiente enseñando el cartel que ilustra esta entrada.

El título de la película tardó en conocerse, y cuando lo hizo, no aclaró gran cosa: Cloverfield significa “campo de tréboles”, con lo que suena más a drama rural irlandés, de esos con Richard Harris con la gorra de tweed calada hasta las cejas, que a peli con monstruo descontrolao. También parece que la trama está relacionada con una bebida refrescante llamada slusho, que no existe (bueno, en la ficción, sí; también ha salido en Perdidos), pero que tiene su propia página Web. Y en la página oficial de la película, tenemos el segundo trailer, que cuenta algo más... pero poco. Por supuesto, nadie ha visto ninguna imagen del monstruo en cuestión (aunque circulan varias versiones en la Red), con lo que se respeta una de las normas básicas en estas producciones de Hollywood: para crear expectativas en una película de monstruos, enseña cualquier cosa, menos el monstruo.

Sólo que quizás Abrams haya dado un paso más a la hora de crear expectativas: no enseñes el monstruo y, puestos a no enseñar, no enseñes ni el título de la peli. La campaña, ya les digo, es muy buena, y sospecho que otros van a seguir el ejemplo. Ahora bien: ¿todo esto servirá para algo… o nos vamos a encontrar con una eme pinchada en un palo como fue Godzilla?

jueves, enero 10, 2008

Más malos que la tiña

“Cuanto más conseguido esté el malo, más conseguida estará la película”. Es una de las frases más célebres de Alfred Hitchcock, y desde que la pronunció, la historia del cine no ha hecho más que darle la razón (siempre que en la película haya un malo, claro). Este año parece que vamos a tener dos buenos ejemplos de esta máxima.

El primero es nuestro producto nacional, Javier Bardem, que está en lo que parece el principio de una larga ristra de premios por su papel en No Country for Old Men, la última de los Coen. El actor ha definido a este psicópata terminal como “un personaje bombón”, y no es para menos. Por lo que he podido ver de la película (Por cierto ¿Por qué narices tenemos que esperar cuatro meses desde la fecha de su estreno en Estados Unidos para disfrutarla aquí? Que estamos en el siglo XXI…), consigue ponerle los pelos de punta al público en cada una de las escenas en las que aparece, porque no se sabe lo que va a hacer… aunque se intuye que no será nada bueno, y a lo largo de la cinta va dejando tras de sí más muertos que Chuck Norris cuando le pican las almorranas. Aunque, si quieren mi opinión, yo creo que su personaje es tan malo porque lo que realmente busca es vengarse de su peluquero. ¿Pero cómo se ha dejado convencer el tío para que le hagan ese corte a tazón?

Hay otro malo que nos llegará en verano, y estoy deseando verlo. Heath Ledger, en la próxima entrega de Batman, Dark Knight, ha tomado el papel del Joker. Déjenme decirles antes de nada que a mí me gusta casi todo lo de Tim Burton. Y entre las cosas que no me gustan, están los Batman. Dos chorradas como la copa de un pino que aquí se tragaron muchos sin masticar aludiendo a la inventiva visual del director, a su estética ultramoderna, y bla, bla, bla. Chorradas, ya les digo. Tuvo que llegar Christopher Nolan para ofrecernos una visión del superhéroe mucho más fiel a los cómics en Batman Begins, con un actor protagonista -el eficacísimo Christian Bale- al que el papel de Bruce Wayne le sentaba como un guante.

Porque uno de los grandes fallos de los Batman de Tim Burton era el reparto. Michael Keaton de protagonista, por Dios… y, si quieren mi opinión, ningún papel estuvo peor adjudicado que el del Joker. La cosa fue más o menos así: cuando se supo que la película estaba en marcha, comenzó a correrse la voz de que el único actor capaz de interpretar al payaso psicópata era Jack Nicholson. La cosa había comenzado con Bob Kane, el creador de Batman, que ya dijo a principio de los 80 que era su elección personal. Se produjo el efecto bola de nieve, con cada vez más gente pensando que si Nicholson no interpretaba al Joker la película no tendría éxito… y Jack se dejaba mimar. Tanto se dejó mimar que, cuando por fin firmó, lo hizo por unas cifras que daban (y dan) vértigo: seis millones de dólares de sueldo base, más un porcentaje sobre la recaudación (bruta), más otro porcentaje sobre las ventas de la banda sonora, más otro porcentaje sobre los juguetitos y gadgets derivados de la cinta… En total, su biógrafo John Parker estima que muy bien pudo haber sacado por su papel unos sesenta millones de dólares.

¿Y qué nos dio a cambio? Una interpretación histriónica, llena de guiños a la galería, con un personaje que parecía grotesco en todo momento, y gracioso en ocasiones. Nada que ver con el malvado original. Los que hemos seguido los cómics de Batman durante años sabemos que el Joker no tiene nada de gracioso y casi, ni de humano. No busca el dominio del mundo, ni hacerse millonario. Hace el mal porque sí, según una idea personal y retorcida de la diversión, que le ha llevado a matar y mutilar a miles de personas. Aunque parezca un payaso, muchos guionistas -entre ellos Frank Miller- han sabido ir más allá y explotar su vena de personaje terrorífico.

Y esto es lo que parece que nos vamos a encontrar. Heath Ledger no es una estrellona buscando complacer al público, sino un actor que, sospecho, se ha metido en el papel con uñas y dientes. Y me estoy relamiendo de pensar que lo haya conseguido. Cuando preguntaron a Nolan por qué lo había elegido para hacer de Joker, contestó: “Porque no tiene miedo”. Ahí tienen una de las primeras fotos del personaje que han aparecido. Si este tío da risa, José Corbacho es un sex symbol.

Más malos, por favor. Que, desde que Hannibal perdió los dientes, estamos muy necesitados.

martes, enero 08, 2008

La verdad sobre Harry

Tenía unas cuantas cosas pendientes que ir metiendo en este blog los primeros días de enero, cuando me he enterado de la muerte de George MacDonald Fraser. Maldición. La verdad es que me lo veía venir, porque el hombre estaba ya muy mayor, pero no por esperada la noticia afecta menos. Se sabe que en el entierro de Ernst Lubitsch, alguien le comentó a su discípulo y amigo Billy Wilder: “Se acabó Lubitsch”, a lo que este contestó al vuelo: “Peor. Se acabaron las películas de Lubitsch”. Bueno, pues hoy me toca a mi decir: no sólo se acabó George MacDonald Fraser: también se acabó Harry Flashman.

Esta entrada, si quieren, es más literaria que cinematográfica, pero quienes hayan disfrutado como yo de la saga de Flashman reconocerán que no es para menos; para los profanos, indicaremos que las novelas de la serie -publicada en España por Edhasa- recorren la vida de Harry Flashman, hombre de acción, genio militar, caballero sin tacha y uno de los pilares del heroismo militar británico de finales del siglo XIX. Por lo menos, en la versión oficial. Porque en sus diarios, escritos en los últimos días de su larga vida, Sir Harry no tiene el menor empacho en retratarse como el mayor cobarde, traidor, pelotillero, golfo, borracho y oportunista que haya pasado por los ejércitos de su Graciosa Majestad. No existe episodio militar de su época en el que no haya estado envuelto -desde la Carga de la Brigada Ligera al tráfico de esclavos, pasando por la Guerra Civil americana, la guerra del Opio y la masacre de Little Big Horn-, y en el que no se las haya arreglado para portarse como una verdadera rata y salir con vida atribuyéndose las hazañas de otros. Una joyita, vaya. Y precisamente por eso, un personaje irresistible que ha atraído millones de lectores en todo el mundo, entre ellos este bloguero de ustedes.

Si las novelas son más que recomendables, ello no se debe solo a la calidad (enorme) de Fraser como escritor, sino a su habilidad para recorrer algunos de los episodios históricos más relevantes de la época, y a meter en la trama personajes reales, desde Otto Von Bismarck a Jack London, pasando por el general Custer o la princesa Ravolanova de Madagascar. Por si fuera poco, cada novela incluye apéndices con abundante bibliografía sobre los hechos y personajes que en ella aparecen, lo que permite al lector curioso ampliar horizontes. Y luego, por supuesto, está la prosa, más británica que Winston Churchill y David Niven juntos. Los que sepan ingles no pueden bajo ningún concepto perderse estas novelas en versión original.

Claro que, cuando hablamos de cine… la verdad es que Fraser fue también guionista, si bien contribuyó a pocas películas memorables, aunque adaptó Los tres mosqueteros en al menos tres ocasiones; se recuerda más su guión para Octopussy (1983), quizá el Bond más aburrido de toda la etapa de Roger Moore. Pero peor suerte tuvo su personaje: Flashman fue llevado a la pantalla en 1975, en una cinta dirigida sin demasiada puntería por el casi siempre interesante Richard Lester (amigo de Fraser) que se estrenó en España con el horrendo título de El cobarde heroico.

La cosa no funcionó y, si quieren mi opinión, por varios motivos: primero, cogieron la novela más floja de toda la serie de Flashman, Royal Flash, que no es sino una adaptación bastante personal de El prisionero de Zenda. Y luego, eligieron como protagonista a Malcolm McDowell, actor bastante horrible y completamente inadecuado para interpretar a Flashman que, recordemos, es capaz de engañar hasta a su madre con su porte de héroe militar.

Hubo un intento, y no más. Quizá la muerte de Fraser anime a alguna productora a hacer otro intento con Flashman. Desde luego, se lo merece. Mientras tanto, hoy no les voy a decir que se vayan a ver ninguna película: corran más bien a una librería y prepárense para morirse de risa.