lunes, octubre 22, 2007

Volando voy

Con un par de años de retraso, el gigantesco Airbus 380 ha iniciado por fin sus vuelos comerciales. La empresa que antes lo ha puesto en vuelo ha sido la muy sofisticada Singapore Airlines, y a ésta le seguirán otras. Sobre este monstruo de dos pisos se han escrito muchas cosas, no todas buenas: algunos hablan del problema que supondrá para los aeropuertos manejar semejante cantidad de pasajeros y maletas; otros hablan de riesgos de seguridad. Pero nadie se ha planteado el principal peligro que se nos viene encima con la puesta en marcha de este trasatlántico de los cielos: una nueva película de la serie Aeropuerto.

No me vengan con que hace ya 27 años desde que se estrenó la última de la serie; más años tiene La aventura del Poseidón y bien que nos colocaron una nueva versión el año pasado. Y, teniendo en cuenta que las películas de la serie se distinguían por transcurrir en los aviones más grandes y más modernos del mundo. ¿Alguien puede asegurar que estamos libres de peligro?

La verdad es que la serie de Aeropuerto se las traía. La primera se rodó en 1970, basada en un bestia seller del escritor -hoy algo olvidado- Arthur Hailey, y no estaba mal del todo (Jacqueline Bisset ayudaba lo suyo). Pero las siguientes, metidas ya de lleno en la moda de pelis de catástrofes, se convirtieron en una catástrofe en sí mismas: Aeropuerto 75 entró con todos los honores en el libro Las 50 peores películas de todos los tiempos, y Aeropuerto 80 (donde se cambiaba el tradicional Jumbo por un Concorde)… bueno, los que sepan inglés pueden desternillarse con esta prolija crítica de los chicos de The Agony Booth.

Las películas de la serie respondían todas a la misma fórmula: juntar a un montón de estrellas -alguna de primera fila, pero también viejas glorias, rostros televisivos y, como no, el inevitable y estrangulable niño sabelotodo-, subirlas al avión y hacerlas pasar por las situaciones más descabelladas posible: un avión que se estrella contra otro, obligando a un piloto a entrar en la cabina desde un helicóptero para hacerse con los mandos; un Jumbo que se estrella en el mar y queda sumergido, con todos los pasajeros atrapados bajo el agua; un Concorde que se pone a esquivar misiles supersónicos como si tal cosa, y que los engaña abriendo la ventana de la cabina (por cierto, mientras vuelan al doble de la velocidad del sonido, con dos bemoles) y disparando una pistola de bengalas…

Con todo, la mejor crítica a estas películas no vino de ningún profesional especializado, sino del periodista David Kamp que en octubre de 2003 escribió Hooked on Supersonics, un artículo magistral en Vanity Fair, donde repasaba los 27 años de historia del Concorde. Y comenzaba su texto analizando el reparto de Aeropuerto 80, con Sylvia Kristel, Eddie Albert y Charo Baeza entre esos pasajeros que, supuestamente, tenían el honor de subirse al avión comercial más exclusivo del mundo. “Como le dirá cualquier experto en aeronáutica, eso es una fantasía descabellada: ningún Concorde ha llevado jamás tanta cantidad de morralla entre sus pasajeros”.

¿Tendremos Aeropuerto 08? Yo, por su acaso, me vuelvo a ver Aterriza como puedas. ¿Ha estado alguno de ustedes en una prisión turca?

domingo, octubre 21, 2007

Mario y Jose María

Lo que más me ha gustado en el remozado El País de hoy no ha sido el cambio de maqueta (a todo hay que acostumbrarse) el nuevo tipo de letra (aunque es verdad que se lee mejor que la Times New Roman, con la que, por cierto, escribo este blog) la mayor incorporación del color ni, desde luego, el suplemento dominical (¡horrible!), sino algo tan tradicional en este diario como el artículo de Mario Vargas Llosa de su serie Piedra de Toque. Titulado Jose María y la solitaria, cuenta en él su amistad con un abogado con vocación de pintor, que comenzó en el París de 1958 y se prolongó hasta la muerte de aquél. “Entre tanta gente que me ha tocado conocer”, escribe don Mario, “nunca me topé con nadie que fuera tan naturalmente íntegro como Jose María, tan transparente, tan impráctico, tan sin dobleces y, por eso mismo, condenado a romperse la crisma en todas las empresas en las que se embarcó”.

Quizá precisamente por la lenta degradación, económica y social (nunca anímica), culminada con la ruina y el cáncer, del genuino representante de la bohemia retratado en el articulo de don Mario, éste nunca nos desvela el nombre completo de su amigo. Sí nos cuenta que entre sus múltiples actividades estivo la dirección de cine, con dos películas y una serie televisiva en su haber. La primera fue una adaptación, precisamente, de Pantaleón y las visitadoras, firmada conjuntamente por Vargas Llosa por imposición de la Paramount, que pensó que la presencia como codirector del autor de la novela serviría para atraer más público (Craso error, al menos en lo que a mí se refiere, que en cuanto me entero de que un literato se ha lanzado a dirigir, llámese Paul Auster o Ray Loriga, huyo hacia las colinas). A la segunda, Vargas Llosa la cita erróneamente como ¡Viba Azaña!, no se sabe si por mala memoria, meteduras de pata de los tipógrafos (pero qué estoy diciendo, si ya no existen) o la comprensible confusión reinante en el departamento de edición de El País, después de que el capo di tutti capi le echara para atrás al director no uno sino ¡tres! diseños previos. El nombre verdadero de la película es ¡Arriba Hazaña!, y fue estrenada en Madrid en el cine Gran Vía el 24 de mayo de 1978.

Y el nombre completo de Jose María es Jose María Gutiérrez Santos. El Diccionario de directores de la editorial Reseña nos dice lo siguiente de él: “Licenciado en derecho por Salamanca. Cursó también estudios de Filosofía y Letras, Bellas Artes, Litografia y Fotografía, estos últimos en la escuela Photo-Cinema de París. Ha trabajado como ayudante de dirección de Orson Welles, Berlanga, Cottafavi, etc”.

Después de leer el artículo de Vargas Llosa, (que respeta la identidad de su amigo, cosa que yo no he hecho), le queda a uno cierta sensación de pena por tanto talento potencial desperdiciado. Sólo dos películas; luego el vagabundeo de un empleo a otro, de un lugar a otro, y al final la ruina y la muerte. A cambio, convertirse en protagonista de un hermoso texto escrito por uno de los genios más sólidos de nuestra literatura. Y que ha servido también de toque de atención, por lo menos para este bloguero. No se trata de homenajear a los perdedores ni topicazos similares, pero si me encuentro por ahí con el DVD de ¡Arriba Hazaña!, me parece que le voy a echar un buen vistazo. Que me han entrado ganas…

jueves, octubre 18, 2007

Rosa inglesa

Se acaba de morir Deborah Kerr, a los 86 años, y con ella desaparece una de las señoras más impresionantes que jamás se hayan asomado a una pantalla. Y cuando digo señora, estoy utilizando la palabra en su sentido más antiguo o tradicional, si quieren: estilo, clase, señorío. Le salía por los poros, y la estricta educación que recibió -su gobernanta le hacía pasar horas tumbada recta sobre el suelo de madera, para enderezar su espalda- no hizo sino acrecentar esa cualidad. Quizá por eso tantos de sus papeles fueron, precisamente, de estricta dama inglesa, con la consecuencia de que Deborah Kerr -con seis nominaciones al Oscar y ninguna victoria- acabara presa de un cierto encasillamiento, que se quitó de encima en aquella famosa escena de De aquí a la eternidad (1953), donde se revolcaba por la playa con Burt Lancaster.

Pero es difícil quitarse de encima el encasillamiento. Cuatro años después, Kerr protagonizó Sólo Dios lo sabe, dirigida por John Huston y con Robert Mitchum como compañero de reparto. La historia seguía más o menos el esquema de La Reina de Africa (1951) presentando una historia de amor entre dos personajes contrapuestos, en este caso un rudo marine (Mitchum), y una monja (Kerr). Lógicamente, a diferencia de lo que ocurría en la película de Bogart, en esta ocasión el amor se mantenía en un plano completamente platónico.

Deborah Kerr sorprendió a Mitchum… agradablemente. Siempre dijo de ella que era la única compañera de reparto con la que no se había acostado. Fantasmadas aparte, indica claramente el respeto y la amistad que surgió entre ambos actores, y que siguió hasta la muerte de él, en 1997. Ella encontró en su compañero una persona mucho más sensible de lo que indicaba su leyenda de chico malo, atenta, educada y con profundos intereses intelectuales. El descubrió que la estricta dama inglesa podía jurar como un carretero cuando Huston comenzó a machacarla demasiado sobre como había que interpretar una escena. Y los tres juntos, actor, actriz y director, decidieron divertirse un poco a costa del sacerdote enviado por la Catholic Legion of Decency para vigilar que el argumento de la película transcurriera dentro de los cánones esperables de moralidad.

El sacerdote en cuestión había sido invitado por la Fox a Tobago -donde se rodó la película- y desde el primer día empezó a poner pegas, percibiendo detalles escabrosos en la más inocente de las escenas. Hasta que una mañana llegó al rodaje y, como de costumbre, permaneció al lado de Huston después de que éste gritara “¡acción!”. Kerr y Mitchum empezaron a decir su dialogo. Luego, se fueron acercando el uno al otro. Mitchum pasó la mano por los pechos de Kerr, y ésta correspondió agarrando el trasero del actor, antes de que ambos empezaran a besarse a lengua abierta. Director y personal de rodaje permanecían impávidos, mientras el sacerdote parecía al borde de la apoplejía. Por fin, preguntó a Hustón: “¿Qué está pasando aquí?”, y tranquilamente éste le respondió:

- Quédese callado, padre. ¡Joder, nos acaba de arruinar una toma perfecta!.

martes, octubre 16, 2007

La mala educación


No, no estoy hablando de la película de Almodóvar, pero es que la cosa hoy va de reflexiones personales. Resulta que los chicos de Muy Interesante me han encargado unas cosillas para su próximo especial de Preguntas y Respuestas (a la venta en diciembre, así que ya pueden empezar a hacer cola delante del quiosco), y entre las idem que tengo que contestar está la siguiente: “¿Acabará el Home Cinema con las salas?”. Estos es que son unos cachondos.

Bueno, creo que voy a dejar la información periodística para la revista propiamente dicha, y aquí voy a tirar por el terreno de la opinión. O de la experiencia propia, si quieren. Primero, vamos a afinar las cosas y vamos a considerar Home Cinema a cualquier instalación que cada uno tenga en su casa para ver pelis. Dicho lo cual, y en lo que a mí se refiere, afirmo categóricamente que, desde luego, el Home Cinema me está apartando de las salas. Por lo menos, de algunas.

Ocurre que soy uno del número creciente de ciudadanos que tiene en su hogar un televisor de pantalla plana (LCD de 32 pulgadas); y mi DVD, aunque ya tiene sus añitos, sigue funcionando fielmente a pesar de la caña que le doy. Y la verdad, verse una película en casa hoy no tiene nada que ver con lo que era hacerlo en los tiempos del vídeo, con los televisores monoaurales y la imagen borrosa del VHS. Me atrevería a decir, fíjense, que los equipos domésticos incluso superan a algunos cines, sin contar con que ofrecen algo vital para los que vivimos en la periferia de Madrid: la posibilidad de la versión original.

Sí, claro, dirán ustedes, pero se deja usted la aventura del cine. Elegir sala, sacar entrada, dejarse envolver por la oscuridad, aislarse del mundo durante las dos horas en que nos atrapan la trama y los actores. Y no, no me lo estoy dejando; pero encuentro que esas condiciones ideales cada vez son algo más raro. La zona de Martín de los Heros, en Madrid, es un agradable oásis con salas como los Golem (antiguos Alphaville), los Renoir, los Princesa… donde las películas se proyectan en versión original y son atendidas por un público deseoso de verlas, disfrutarlas y, sobre todo, respetarlas. Ahí, desde luego, da gusto ir. Pero los cines de la periferia son otra cosa. Mucha multisala, mucho sonido Dolby, mucha butaca ergonómica… y, cada vez más también mucho cafre. Desde la panda de quinceañeros con oligofrenia (nunca menos de media docena) que se pasa toda la película haciendo gracias, a los que entran veinte minutos tarde y hacen levantarse a media fila, pasando por los que no paran de hablar y de comentar cosas, no sólo para ellos sino para su entorno inmediato tres filas más allá y más acá, y, por supuesto ¡Los que no apagan el móvil!. Aún no he vuelto a encontrarme con la individua a la que le sonó el telefonito ¡dos veces! durante Los chicos del coro, pero no he perdido la esperanza, y mantengo la motosierra permanentemente afilada.

Así que ¿qúe quieren que les diga?. Cada vez son más las ocasiones en que, si tengo que elegir entre ver cine en mi hogar, dulce hogar, o llegarme hasta algún cine de los alrededores, opto por lo primero. Sin romanticismos ni nostalgias. Las cosas son así. Por supuesto, ustedes pueden estar de acuerdo o no, y llamarme todo lo que se les ocurra, pero me gustaría dejar perfectamente claro que a mí de los cines no me está echando la tecnología. Me está echando la mala educación.

P. D. ¿Por qué no me echan una mano con el articulito? Arriba a la derecha hay una nueva encuesta, que estará abierta dos semanas, sobre su manera preferida de ver el cine. Anímense y contesten, sabiendo que estarán ayudando al amigo Vince a ganarse la vida.

lunes, octubre 15, 2007

Terror barato

¿Qué se puede hacer un doce de octubre por la noche cuando uno ha decidido no salir de casa, el videoclub está cerrado, y el otro videoclub -donde tenía la tarjeta para la máquina de alquiler- ha clausurado sus actividades sin previo aviso y todo lo que queda de él son paredes vacías (menos mal que no tenía mucho saldo en la tarjeta)? Pues, como decía Hannibal Lecter, se tira de lo que hay en la nevera. Así es como acabé viendo El péndulo de la muerte (1961), que había comprado algunos meses atrás, y esperaba pacientemente su turno al lado del televisor.

El péndulo… es la segunda de las adaptaciones (bastante libres) que Roger Corman filmó sobre los relatos de Edgar Allan Poe. Aquí se han añadido muchos elementos: un viajero llega a un castillo en España para indagar sobre la misteriosa muerte de su hermana. Como la hermana en cuestión estaba casada nada menos que con Vincent Price, ya se pueden imaginar que las cosas se van a torcer un poco, sobre todo si tenemos en cuenta que la salud mental de Price ya anda delicadilla al principio de la película, y las cosas que pasan después no van a contribuir precisamente a calmarle los nervios. Añadamos a eso que vive obsesionado por el espectro de su padre, que respondiendo a los topicazos guiris sobre la España del siglo XVI era uno de los verdugos más crueles de la Inquisición, y que tiene el sótano lleno de material de trabajo. Y no les cuento más, no vaya a ser que no la hayan visto y les entren ganas.

Sorprende lo bien que aguanta la película, sobre todo si tenemos en cuenta que ya en su día se hizo con un presupuesto bastante ajustado. Aquí todo son decorados interiores, con la excepción de las vistas del castillo, situado al lado de un mar permanentemente embravecido como una metáfora visual de toda la turbulencia que aguarda dentro. Y unos actores magníficos, empezando por mi queridísimo tocayo Vincent Price y siguiendo por Barbara Steele, verdadero mito erótico del cine de terror de los 60, que se las arreglan para crear tensión sólo con lo que se cuenta y lo que se intuye. Sin (demasiada) sangre y con total ausencia de vísceras, consiguen meter la inquietud en el cuerpo del espectador a base de puro talento.

Y digo que sorprende, porque cada vez que veo un Corman de esta época me llama la atención su capacidad para que le cundieran unos presupuestos ridículos (aquí tienen una interesante entrevista con él). Unos años después, cuando España comenzó a filmar películas de terror, a cargo casi siempre de nuestro ínclito Paul Naschy, sólo consiguió verdaderos bodrios que hoy a lo que mueven es más a risa que a otra cosa.

Pero Corman sacaba de donde no había. Rodaba rápido, rodaba barato y sabía lo que quería. Dicen de él -y tendría que rebuscar de dónde saqué esa información- que en una ocasión aprovechó que aún tenía contratados a actores y decorados tras un rodaje para filmar otra película… en un fin de semana. Su explicación para semejante machada fue “bueno, queríamos ir a jugar al tenis, pero estaba lloviendo”.

viernes, octubre 12, 2007

El truco definitivo

Lógicamente, a la nueva versión de La huella le están cayendo palos por todos los lados. Lo más que se dice de ella es que es un esfuerzo digno, y que la interpretación de Michael Caine es fantástica (vaya novedad). Pero claro, el problema es que el original sigue estando ahí. Como una losa. Y también tiene una interpretación fantástica de Caine, acompañada por otra no menos fantástica de Sir Laurence Olivier. Y, por si fuera poco, detrás de la cámara estaba uno de los que, al menos para un servidor, ha sido uno de los grandes, grandísimos directores de todos los tiempos: Joseph Leo Mankiewicz. Es una obra maestra, una película imbatible. Cualquier nueva versión tiene, por lo tanto, todas las de perder. Y cabe preguntarse porqué Hollywood sigue con esta afición a hacer remakes de títulos clásicos, a los que no les hace ninguna falta una revisión.

La huella (hablo siempre de la primera versión) es una película que basa su argumento en sorpresas continuas. Pero ese no es su único apoyo. Todos los que la apreciamos la hemos visto más de una vez, así que ya nos conocemos todos los giros, todos los trucos. Pero la fuerza de guión, dirección y actores nos arrastra de una escena a otra, disfrutando con cada plano, con cada frase, y saboreando con anticipación lo que va a venir después. Es la mejor muestra de su calidad.

Pero claro, las sorpresas del guión son uno de los puntos clave de la película, así que cabe preguntarse ¿Cómo las han resuelto en la nueva versión? Hay algunos trucos que se utilizaron en la primera que no pueden volver a utilizarse aquí, y no me refiero sólo a trucos argumentales. Recordemos: la versión original sólo tiene dos actores. Pero hay más personajes. O, por lo menos, parece que los hay. Se habla de ellos, se les describe, en ocasiones se les espera, y en ocasiones, incluso aparecen. Pero siguen siendo sólo dos actores. La película original lo solucionó creando un reparto completamente ficticio: cuando empieza la cinta, después de los nombres de Michael Caine y Laurence Olivier, aparecen los siguientes: Alec Cawthorne, John Matthews, Eve Channing, Teddy Martin. Ninguno de ellos existe en realidad, pero se incluyeron en el reparto para que el espectador no supiera exactamente el número de personas que intervenían en la trama. Curiosamente, en la nueva versión repite Eve Channing (debe estar un poco mayorcita, ¿no?) y hay una pequeña aparición del premio Nóbel Harold Pinter -que se ha encargado del guión-, pero en la pantalla de un televisor.

Por lo demás, la estructura se mantiene. Otra cosa que vamos a echar en falta: aquella mansión llena de muñecos, donde destacaba el maniquí de un marinero que batía las palmas y se reía con una carcajada que daba pesadillas. Y lo vamos a echar en falta porque el actor que grabó esa risa horripilante era el mismísimo Laurence Olivier. Si alguien va a verla, que me cuente.

martes, octubre 09, 2007

Al calor del alcohol en un bar

El viernes pasado anduve de parranda. Cosa que todavía hago cuando me lo permite la edad, el trabajo y las obligaciones blogueras (que atendería con más regularidad si los chicos de Telefónica, de la compañía que les hace los routers y, ya puestos, la madre que los trajo a todos ellos, me solucionaran los problemas que tengo con el ADSL desde hace ya dos semanas largas. A ver si voy a tener que avisar a los chicos de Sopranitas Direct); el lugar fue el palco VIP del Santiago Bernabéu, que supongo pondrá los dientes largos a los lectores merengues, pero que a mí, que el fútbol no me mola ni mucho ni poco, me deja más bien frío. El lugar es muy bonito, eso sí. Y el motivo fue la fiesta de cumpleaños de un amiguete de la Facul que, en lugar de dedicarse al periodismo, prefirió fundar su propia agencia de comunicación. Los resultados de su decisión a la vista están, cosa que agradecemos mucho todos sus sedientos colegas.

Bueno, el caso es que me encontré con bastantes caras conocidas. Entre ellas, la de un compañero de clase al que veo de pascuas a ramos, pero que anda metido en cosas de la tele. De hecho, es el coordinador de guionistas de una serie española de mucho éxito, lo cual nos llevó a acodarnos en la barra durante un rato y hablar más o menos de cómo está el mundo, Facundo, sobre todo en lo que se refiere a cine y televisión. Y claro, entre pelotazos de Juanito (Black) y caladas al Davidoff, fueron cayendo opiniones y puntos de vista.

- Pues mi querido XX, me interesa tu opinión profesional -dije con todo mi aplomo profesional y agitando el puro-. ¿Cómo ves que las series españolas de televisión vayan como un tiro y el cine siga sin comerse una rosca? (Jefe, por favor, otro Johnnie etiqueta negra, y no ponga tanto hielo, que me lo va a resfriar. Gracias).

- Pues porque en general es muy malo. Pero no solo el español. Hace tiempo que se dice que el mejor cine americano se está haciendo en la tele (sí, por favor, el gin tonic con ginebra, que si no, como que no es lo mismo). Y si ves las series que se están haciendo últimamente, es verdad. Yo todavía tengo que ver una película americana reciente que tenga la calidad de Los Soprano.

- Y los fallos en el cine español ¿no vienen precisamente en la parte de los guiones? Estaba pensando en Alatriste

- Bueno, me la tragué en un cine de Argentina. Me aburrí como una ostra. ¡No pasa nada!

- Hombre, no es eso exactamente. Pasan cosas, pero tan mal estructuradas que es como si no pasaran (jefe, el Johnnie no me lo habrá puesto muy lejos, ¿No? Venga, marchando un refill).

- Mira, el problema de Alatriste es que la única escena que la gente recuerda es la escena del final. Que es, además, la mejor de todas. Cuando están rodeados por el ejército, les ofrecen una rendición honrosa y dicen los tíos: mire, agradecemos mucho la oferta, nos gustaría rendirnos, pero… es que esto es un tercio español.

- Y la cara con que lo dicen, de circunstancias, de que esto es lo que hay…

- Eso. Pero que tengas que tragarte casi tres horas de película para encontrarte con que la mejor escena, y la que encierra el espíritu de toda la historia, te la ponen faltando dos minutos para el final, tiene delito. (Jefe, mismo hielo, misma ginebra, misma tónica, pero si me hace el favor, le cambia la rodajita de limón. Gracias, majo).

- ¿Y eso es un guión mal trabajado?

- Sin duda.

- Me estaba acordando de aquella anécdota de Billy Wilder cuando estaba reunido con uno de sus coguionistas…

- Sí, tenía a I. A. L. Diamond…

- Y antes a Charles Brackett. Bueno, pues no sé con cual de los dos, pero el caso es que cuentan que cuando por fin terminaron un guión, su compañero le dijo a Wilder. Bueno, Billy, creo que ha quedado bastante bien”. Y Wilder contestó: “¿Estás de broma? ¡Es perfecto!… ¡¡Ahora vamos a mejorarlo!!”. ¿Cuántas veces repasáis los guiones en tu serie?

- Cuatro o cinco, como mínimo. Y luego me llegan a mí los guiones definitivos, y reescribo por lo menos el sesenta por ciento.

- Quizá eso es lo que no se hace en el cine. (Jefe, ese Juanito no se habrá ido muy lejos, ¿verdad? Gracias).

- Mira, Vince. Es muy sencillo: la televisión es una industria. Y el cine español son dos o tres tíos que hacen cosas.

- Entonces ¿No has visto ninguna película española que valga la pena?

Pensó un momento.

- Sí. Azul oscuro casi negro. Esa es cojonuda.

Y ese fue el momento elegido por el karaoke para atacar a toda caña. Los dos nos repartimos por la fiesta, y del encuentro tengo apuntado la obligación de alquilar Azul oscuro casi negro (a ver si cae este fin de semana), y un dolorcillo de cabeza que al día siguiente tardó en quitárseme. Dichoso cine español. Siempre dándonos jaquecas.

lunes, octubre 08, 2007

Este zombi está muy vivo

El Festival de Sitges le ha dado estos días un premio conmemorativo a George A. Romero, de profesión sus zombis. Hay otros nombres legendarios del cine de terror que han cimentado su carrera sobre todo en un personaje concreto: Bela Lugosi con Drácula, Boris Karloff con el monstruo de Frankenstein, nuestro inefable Paul Naschy con el hombre lobo… y George Romero con los muertos vivientes, si bien, a diferencia de los demás, es el único que lo ha hecho desde el otro lado de la cámara.

Antes de Romero, los muertos vivientes habían aparecido en el cine de forma más bien esporádica, aunque dieron lugar a obras maestras como Yo anduve con un zombie (1943) de Jacques Tourneur. Pero con La noche de los muertos vivientes (1968), la película que lanzó a este director a la fama, la cosa cambió. De repente nos dimos cuenta de que los zombis tenían afición a levantarse de sus tumbas llevando peor pinta que un actor español en la gala de los Goya, a moverse en pandilla por la noche y a alimentarse de vísceras humanas que a veces extraían a lo bestia, es decir, sin molestarse en pedir permiso a su poseedor... y sin tener la delicadeza de matarle primero.

En su muy recomendable y recién publicado libro Horrormanía. Enciclopedia de cine de terror (Alberto Santos Editor), Juan Manuel Serrano Cueto ofrece una lista de películas de zombis que es para marear: aparte de las clásicas tenemos Zombie army, Zombie cult massacre, zombiegeddon, zombie genocide, zombiegore, zombie planet, y así hasta el infinito. Pero, desde luego, nada como la primera, que es, entre otras cosas, todo un ejemplo de cómo el talento puede suplir a la falta de medios. George A. Romero rodó La noche de los muertos vivientes con un presupuesto de sólo 114.000 dólares, procedentes en buena parte de una empresa de publicidad que se animó a financiar la película. De hecho, la mayoría de los zombis están interpretados por empleados de esa firma publicitaria, y por los habitantes del pueblo donde se rodó… (Incluído un carnicero local, que proveyó a los cineastas con abundante sangre y vísceras). Y por cierto, al igual que en El Padrino nunca se utiliza la palabra "Mafia", en esta película jamás se usa la palabra "zombi".

Uno, la verdad, nunca ha sido muy aficionado a estas pelis, pero cuando he visto alguna, siempre me he hecho una pregunta trascendental: ¿Por qué a los buenos les cuesta tanto escaparse de los zombis, si estos se mueven a dos por hora y, encima, tambaleándose como si acabaran de salir de un botellón?

jueves, octubre 04, 2007

Mentiras gordas


En sus dos semanas de andadura, parece que a los chicos de Público no les va del todo mal. Siguen con su idea de periódico progresista, van mejorando poco a poco los contenidos, e incluso a un servidor le han publicado alguna cosilla (aunque de momento no puedo decirles qué tal pagan). Pero el mejor escribano echa un borrón, y aquí lo echaron con las mejores intenciones. Estoy hablando de las películas en DVD que regalaron durante sus primeros días en el quiosco. En general no estaban mal, e incluso hubo alguna que estaba muy bien. El fallo fue el segundo día: Fahrenheit 9/11. Ese día no me compré el diario (porque estaba de camino a una redacción donde pude leerlo by the face), pero si lo hubiera hecho, posiblemente habría pasado de lllevarme el DVD. No me sirvió de nada: unos amigos sí lo compraron y, como no tienen reproductor, me han regalado la peliculita en cuestión. Agh.

Como ya se estarán imaginando, no trago a Michael Moore. Me cae gordo, y perdón por el chiste fácil. Gordísimo. Después de haberme tragado Bowling for Columbine y la mencionada Fahrenheit, no me cogen para ver SiCko ni aunque me amarren a lo Hannibal Lecter. No tiene nada que ver con cuestiones ideológicas. De hecho, el gordinflas de la gorra y yo coincidimos en bastantes cosas. Pero soy de la opinión de que la afinidad ideológica no tiene que servir de patente de corso para que nos traguemos todo lo que nos ofrece cierta gente, sólo porque son de “los nuestros”. Y a la hora de criticar a Bush, a la guerra de Irak, al mercado de armas o al sistema sanitario yanqui, tengo referencias más pausadas -y más fiables- que las de este señor.

Moore me parece, sencillamente, un manipulador y un numerero. Las clases para controlar su ego las debe de haber tomado en Argentina, y sus dos películas anteriores abundan en maniobras de dudoso gusto para meternos su mensaje de la manera más escandalosa posible. Estoy hablando de la entrevista con Charlton Heston en Bowling... o de los planos de la madre que ha perdido a su hijo en Irak en Fahrenheit... La primera es una de las mayores encerronas que he podido contemplar en veinte años que llevo ganándome las habichuelas con esto del periodismo. Y la segunda, una utilización sin escrúpulos del dolor ajeno, prolongada más allá de lo razonable con técnicas que el periodismo amarillo tiene inventadas hace ya bastantes años. Estas cosas las hace Pepe Navarro y le caen yoyas por todos los lados; pero como las hace Michael, y encima se lleva la Palma de Oro en Cannes…

Bueno, supongo que muchos de ustedes no estarán de acuerdo con esto, pero si vieran lo a gusto que yo me he quedado... Fíjense que me está viniendo a la memoria el nombre de Edward H. Amet, otro aguerrido documentalista, este de finales del siglo XIX. En aquellos tiempos, el documental era uno de los principales géneros cinematográficos, con los operadores viajando por todo el mundo para captar los grandes acontecimientos internacionales. Amet presentó en 1898 un documental sobre la batalla naval de la Bahía de Santiago, en plena guerra entre España y Estados Unidos. Pero ni se molestó en ir allí. Lo rodó utilizando maquetas de barcos, ventiladores para reproducir las olas y cañones en miniatura, y lo estrenó con un éxito considerable.

Entre uno y otro, no sé con cual quedarme. Seguramente, con Robert Flaherty o, si quieren una referencia más popular, con Jacques Cousteau.

lunes, octubre 01, 2007

Nacido el cuatro de julio

Veo que en el próximo mes de enero, una editorial española publicará una extensa biografía sobre Louis B. Mayer, creador y magnate de la Metro Goldwyn-Mayer, la productora del león, hoy una mera sombra de lo que fue en sus años dorados. No será, desde luego, una lectura desaprovechada. Soy de la opinión de que hoy en día no se les presta suficiente atención a estos personajes, los primeros e inigualables magnates de Hollywood, de los que ya hemos hablado alguna vez aquí. Judíos emigrantes de distintas partes de Europa que comenzaron a invertir en el naciente negocio de las penny arcades, que los comerciantes gentiles despreciaban. Pero en los primeros años del siglo XX, aquellas salas donde se podían ver peliculitas mudas por el precio de un centavo -de ahí el nombre- constituían la evasión perfecta para los emigrantes que no se podían permitir otras formas de entretenimiento, que además estaban en un idioma que la mayoría de ellos no hablaba. Pronto estos emprendedores propietarios se encontraron con verdaderas montañas de dinero. De ahí pasaron a las salas de proyección, y de ahí, a los estudios.

Ya he comentado en alguna otra entrada el comentario que sobre ellos hizo el director Richard Brooks: “Eran unos monstruos, unos piratas y unos cabrones de los pies a la cabeza. Pero amaban el cine”. Desde luego, cada uno de ellos tiene en su currículo un número considerable de obras maestras. Pero eso no quiere decir que ninguno de ellos fuera una persona especialmente culta, y podemos quitar el especialmente. Mayer, por ejemplo. Todas sus decisiones sobre si se rodaba o no una película dependían de Kate Corbnaley. Pero esta mujer no era ni productora (¿en aquellos tiempos?) ni guionista ni directora: era actriz, con una gran facilidad para el mimo, que se encargaba de irle narrando las historias susceptibles de filmarse a su jefe, que tenía a gala no leer jamás libros, ni guiones de películas, ni siquiera sinopsis de los argumentos.

La fecha exacta de nacimiento de Mayer es un misterio. Se sabe que el año fue 1882, aunque él posteriormente lo cambió a 1885, y ése es el que figura en su tumba. En cuanto al día, hay indicios de que nació en otoño, pero él estableció el 4 de julio como su cumpleaños oficial, en agradecimiento a su país de adopción. Tenía motivos para estar agradecido: en la década de los 30, era el ejecutivo mejor pagado del país.

Con sus empleados era tan tiránico como cualquier otro de sus colegas, pero sabía disimularlo mediante el engaño, la adulación y la manipulación más descarada. Una de las anécdotas más conocidas que se cuentan sobre él es la de la ocasión en que el actor Robert Taylor, bajo contrato con la MGM, fue a su despacho a pedirle un aumento de sueldo. Mayer se lo negó, argumentando que no era posible en ese momento, pero que si seguía trabajando duro, algún día lo conseguiría, y remató la faena entre lágrimas abrazando al actor y manifestándole el enorme afecto que sentía hacia él. Cuando Taylor salió del despacho, le preguntaron: “Robert, ¿Conseguiste el aumento?”, y él respondió: “No. Pero he ganado un padre”.

viernes, septiembre 28, 2007

Jodie cogió su fusil


Y la lió. La llegada de la última película de la actriz de El silencio de los corderos ha sido recibida con eso que se llama división de opiniones, pero al mismo tiempo con cierta susceptibilidad por parte de un sector de la crítica, que la acusa de estar recuperando el espíritu de las películas de justicieros que tanto proliferaron en los años 80.

El argumento de La extraña que hay en ti (The brave one), dirigida por Neil Jordan, nada menos, trae desde luego algunos recuerdos de ese tipo de películas: al principio de la cinta, Jodie pasea por Central Park con su novio (el iraquí macizo de Perdidos), cuando unos delincuentes les asaltan, les golpean, a él le matan y, como estamos en el siglo XXI, graban la fechoría en su teléfono móvil. Desde ese momento, Jodie se compra una pistola y dedica, primero a cargarse a los responsables del asesinato y luego, según le va cogiendo gustillo a la cosa, a cualquier chorizo que se le ponga por delante.

No he visto la película, y hasta que lo haga no pienso juzgarla. Así, sobre el papel, parece que si en lugar de Jodie Foster tuviéramos a Charles Bronson, estaríamos ante una entrega más de la serie que comenzó en 1974 con El justiciero de la ciudad. En los 80 a Bronson, que seguía en sus trece, se le unieron Chuck Norris, Stallone, Dolph Lundgren, Steven Seagal y un sinfín de intérpretes de cuarta (los que acabo de mencionar son sólo de tercera) protagonizando engendros que se apilaban en las estanterías del videoclub.

Pero el género de vigilantes es un fenómeno de los 70. James Wolcott recordaba en un artículo publicado en Vanity Fair en 2002 (The executioners) como en los inicios de estas películas se encuentran tres que lo abordan de formas muy diferentes, y que constituyen, si no tres obras maestras, sí tres cintas muy, muy respetables: Perros de paja (1971), de Sam Peckimpah; Harry el Sucio (1971), de Don Siegel, y Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese. Curiosamente, las tres (incluso la de Harry después de la conversión de Clint en cineasta políticamente correcto) se han librado de la oleada de acusaciones de fascismo (no voy a decir que, en algunos casos, sin razón) que en la década siguiente caerían sobre Bronson y sus colegas y que ahora, por lo que se ve, parecen estar a punto de caer de nuevo sobre Foster ¡Y Neil Jordan!.

Pero, si verdaderamente quieren ver una película donde se trata de los peligros de tomarse la justicia por la propia mano, busquen donde sea Incidente en Ox-Bow, western dirigido en 1943 por William A. Wellman con un linchamiento como tema principal. Sin sangre, sin apenas acción, pero con intensidad y talento fotograma a fotograma, puede mover mucho más a reflexión sobre este tema que todos los justicieros urbanos de gatillo fácil que llegaron décadas después.

miércoles, septiembre 26, 2007

Mentirijillas

Pues ya tenemos en la cartelera una película de esas que me gustan a mí, es decir, de las que nunca serán un taquillazo pero llaman la atención por el tema que cuentan. Se trata de La gran estafa (Hoax), protagonizada por Alfred Molina, Stanley Tucci y el flamante nuevo premio Donostia, Richard Gere (un día de estos vamos a tener que hablar sobre el por qué de ese galardón a un tipo que tiene bastante más presencia mediática que talento actoral). Y la película me interesa por el tema que trata: la falsa biografía de Howard Hughes publicada en los años 70 por el periodista Clifford Irving.

Para quienes no conozcan la historia, vamos a hacer un breve repaso: en los últimos años de su vida, el multimillonario Howard Hughes (el retrato que hizo Scorsese en El aviador sobre sus primeros tiempos es bastante exacto) se hizo famoso por su comportamiento excéntrico y por convertirse en un recluso al que poquísimas personas tenían acceso. De repente, el periodista Clifford Irving apareció con su Autobiografía de Howard Hughes, escrita, según aseguraba, tras numerosas entrevistas celebradas con el magnate, que había accedido a romper su silencio para recibirle exclusivamente a él. El libro, lógicamente, fue un bombazo, por lo menos hasta que escritor y editorial fueron demandados por el (numerosísimo) equipo de abogados de Hughes, que negaba la autenticidad de la obra.

Finalmente, Irving fue incapaz de demostrar la veracidad de su libro. Aunque había proclamado contar con grabaciones, cartas y documentos exclusivos de Hughes, no presentó ni uno solo de ellos en su defensa. En 1972 fue condenado a prisión -donde pasó catorce meses- y a indemnizar a sus editores con 765.000 dólares. Pero por lo menos tuvo éxito en una cosa: en sacar al ermitaño Hughes de su escondite, pues el magnate habló en público por primera vez en diez años para denunciar a Irving en una conferencia telefónica, y negar haber tenido ningún tipo de contacto con él.

Por cierto, en España, el libro lo publicó la extinta editorial Sedmay, conocida por apuntarse al carro editorial de todo lo que pudiera sonar a escándalo (otra de sus joyas fue El día que perdí… aquello, donde famosos de ambos sexos recordaban el momento de su jura de bandera), con una portada de lo más curioso: el título era Autobiografía de Howard Hughes, pero con una cruz roja tachando las letras “auto”. En la solapa interior se aclaraba, creo recordar, que a pesar de la polémica que rodeaba la autenticidad del libro la última palabra la tenía el lector y bla, bla, bla.

De todos modos, no es la primera vez que se rueda una película sobre este tema. en 1974, Orson Welles rodó Question Mark (Fake), un semidocumental sobre lo verdadero y lo falso, lo auténtico y la falsificación. Uno de sus protagonistas era el pintor Elmyr d' Hory, especialista en pintar cuadros que imitaban el estilo de los grandes maestros con tal perfección que ningún especialista podía distinguirlos de los originales; el otro era Irving, que en un completo cierre de círculo, había escrito en 1969 una biografía de d'Hory, esta más auténtica que la de Hughes.

No sé que tal será La gran estafa; ya les digo que estoy deseando verla. Pero, si no han visto Question Mark y se la encuentran en algún videoclub (improbable), biblioteca pública (también) o en alguna emisión de madrugada de un canal televisivo ignoto (esto ya tiene más posibilidades), no se la pierdan. Y eso, a pesar de que buena parte de lo que Welles nos cuenta en ella... es también mentira.

lunes, septiembre 24, 2007

Un chico serio


Chuck Norris no ha sido, desde luego, el único actor (venga, vamos a ser buenos y llamarlo así) famoso por no cambiar nunca su expresión facial. Salvando no ya distancias, sino océanos, en los albores del cine como tal encontramos a Buster Keaton. Los amantes del cine mudo se pueden dividir, quizás, en dos categorías: chaplinianos y keatonianos, y la causa de esta división es decidir quién desprendió más genialidad en sus cortos.

Keaton se hizo famoso por no sonreír jamás en la pantalla. El mote con que se le conoció en España “el gran cara de palo” era una traducción literal de uno de sus apodos más populares en Estados Unidos “the great stone face”. Pero esa seriedad era precisamente la clave de su comicidad, la de una persona envuelta en situaciones que provocarían en otro reacciones extremas -reír, gritar, gesticular- y en las que Keaton se desenvolvía con completo hieratismo, como si la cosa no fuera con él. Su explicación a esta estrategia fue, según declaró a la revista Ladies’ Home Journal en 1926 (en un artículo recuperado por la revista Casablanca en 1982, que es, lógicamente, el que yo tengo): “me di cuenta (…) de que nunca pertenecería a la clase de cómicos que pueden bromear con el público y reírse de él. El público tenía que reírse de mí”.

Hubo otro motivo: “En todos los años en que estuve trabajando en los teatros de revista con mi padre y mi madre (…) nunca hablé, sonreí ni reí. En el curso de la representación mi padre y yo solíamos golpearnos con escobas, proporcionando así la ocasión para mis extrañas caídas y tumbos. Y si por casualidad se me ocurría reírme, el siguiente golpe sería mucho más fuerte. (…) Ni siquiera podía lloriquear”.

Se cuenta, de hecho, pero no lo he podido comprobar, que en una de sus películas (creo que en El héroe del río, de 1927, pero de nuevo aquí ando un poco perdido. Si alguien me puede iluminar, que deje un recadillo) el estudio obligó a Keaton a sonreír en la última escena. En el estreno, las cosas fueron bien hasta que se llegó precisamente a ese momento; en cuanto vieron sonreír al cómico, a los espectadores les faltó poco para quemar el cine. Hubo que volver a rodar el final, y dejar a Keaton dar paso al The End con su cara de palo de siempre.

domingo, septiembre 23, 2007

Gansada de domingo


Vale que nunca ha sido un gran actor; de hecho, sus películas son infames. Por si fuera poco, en los últimos años Chuck Norris se ha retirado del cine para perpetrar en televisión una de las series más violentas, fachas y desorbitadas que mis ojitos han tenido ocasión de ver, Walter Texas Ranger, toda una invitación a hacer turismo en el estado de Bush; ya para empezar, la letra de la canción de la serie te avisa: "Cuando estés en Texas, mira detrás tuyo / porque ahí es donde van a estar los Rangers". ¿Se imaginan? ¡Por favor, no me den de yoyas, les juro que no sé nada de ese video de Michael Moore que hay en mi mochila!.

Con todo, a mí no me cae mal. En los años 80, junto con Jean-Paul Belmondo, este chico fue el rey del videoclub, con sus películas alquilándose como rosquillas (ya he contado en alguna otra parte la anécdota de la señora que, para pedir al dependiente su ración de vídeos para el fin de semana, le soltó: ¿Y NO TIENES NINGUNA DEL CHINORRIS?). Además, que se sepa, nunca se ha metido en ninguna bronca en la vida real, y ha declarado que huye de las situaciones violentas como de la peste; normal si se es un verdadero maestro de artes marciales, y no un macarra como Jean-Claude Van Damme, que tiene varias denuncias por practicar patadas con la población civil. Pero claro. Tanto años haciendo de tío duro, durísimo, que no sonríe porque a lo mejor le sale una hernia, acaban cobrándose su precio. Y desde hace algún tiempo Chuck es el destinatario de un montón de chistes de Internet que le presentan como una mala bestia tan mala bestia que da mala reputación al resto de las malas bestias. Hace tiempo, un visitante de este blog me dejó unas cuantas en un comentario. Pueden ver la lista casi completa en www.chucknorrisfacts.com

Aunque quizá lo mejor sea echar un vistazo al vídeo (es el primero que cuelgo. ¿Saben lo difícil que es escribir con los dedos cruzados?), donde en un programa de televisión americana contrastan al verdadero Chuck Norris con algunos de esos chistes, e incluso se los hacen leer en voz alta. Hay que decir que Chuck se lo toma con mucha deportividad, e incluso se ríe en plan cuñaaaaao. Qué desilusión: era humano, después de todo.

jueves, septiembre 20, 2007

La carretera

Se cumple estos días el cincuenta aniversario de la publicación de On the road, la novela emblemática no sólo de su autor Jack Kerouac, sino de todo aquel movimiento, tan social como literario, que sacudió Estados Unidos en los años 50 y que ha quedado para la historia con el nombre de generación beatnik (o beat, según gustos). Como cabía esperar, nuestra prensa se ha llenado de artículos donde sesudos escritores y columnistas han usado a Kerouac para hablar de ellos mismos, o sea, para recordar los tiempos en los que leyeron On the road y lo que el libro significó para ellos en aquellos años suyos de juventud y rebeldía. Hasta que llegaron la hipoteca, los trienios y, en algunos casos, el coche oficial.

Pues miren, no se van a librar de que yo haga lo mismo: leí On the road con dieciséis años, una edad estupenda para escapar de inquietudes y confinamientos más o menos imaginarios viajando línea a línea en la trasera del coche de Neal Cassady. A este siguieron otros -Los vagabundos del Dharma, Ángeles de desolación- y luego la huella que dejaron se fue borrando a medida que mis gustos y curiosidades se adentraban en otros autores y otros estilos. El libro -en edición de Bruguera de 1980- sigue aquí, en casa, aunque apenas lo he abierto desde entonces, entre otras razones, por miedo a que se me derrumbe en una relectura, como pasa con tantas novelas (y películas) que mitificamos en la adolescencia.

¿Pero esto no era un blog sobre cine?

Claro, y a eso vamos. On the road es una novela que, aunque jamás se ha llevado al cine, constituye uno de los proyectos más queridos de Francis Ford Coppola, que ha anunciado repetidas veces su intención de filmarla. Y ha habido intentos, esbozos de guión, tanteos con el reparto, pero de alguna manera el proyecto nunca acabó de despegar (ahora dicen que llegará en 2009, aunque Coppola sólo producirá). Sin embargo, yo me estaba acordando de otra película que se acercó de manera impecable al mundo de los beatniks. El cartel lo tienen ahí arriba. En España se estrenó como Generación perdida (1980) y su director fue uno de los realizadores norteamericanos más interesantes de los 70, John Byrum. No está basada en ningún libro de Kerouac, sino en las memorias de Carolyn Cassady, la mujer de Neal -el miembro más importante de la generación, y el único que jamás escribió una línea-, interpretada aquí por Sissy Spacek. El resto del reparto está a su altura: John Heard como Kerouac y Nick Nolte como Neal Cassady. Tanto me gustó esta película que conseguí el póster en el Rastro de Madrid, y estuvo clavado en mi habitación durante bastantes años.

Ya les digo, las cosas cambian, y los gustos también. Y la verdad, tengo más ganas de volver a ver Heart beat que de releer On the road. Si la encuentran, no se la pierdan. Y si no han leído On the road, pues láncense, sobre todo los más jóvenes. Aunque ha pasado el tiempo, estoy seguro de que sigue siendo un libro imprescindible para ciertas edades, antes de que lleguen esos días en los que uno se da cuenta de que el alma le va pidiendo aparcar el coche. Pero, mientras tanto... carretera y manta.

miércoles, septiembre 19, 2007

El presidente de EE UU ha sido asesinado... ¡En Salamanca!

O por lo menos, lo será el año que viene. Este es el argumento de la película Vantage Point, que será estrenada en la primavera de 2008, y que se ha rodado íntegramente en la ciudad, con un reparto que incluye a Dennis Quaid, Sigourney Weaver, William Hurt y Forrest Whitaker (a la izquierda, una foto del rodaje, y aquí, el trailer). Desde luego, toda una oportunidad para los salmantinos de darse a conocer en todo el mundo, y un buen ejemplo del tema del último post, sobre el valor del cine para dejar plasmado en la historia el retrato de ciudades y escenarios reales.

De hecho, últimamente España parece estar de moda en el cine americano. Woody Allen rueda en Barcelona; El ultimátum de Bourne ofrece numerosas escenas filmadas en Madrid. Lo que ocurre es que esto está produciendo un efecto colateral que yo, personalmente, encuentro de lo más molesto. No se si recordarán, hace unas semanas, hablando del rodaje de Walkirie en Alemania, comentaba que este pedazo de superproducción había recibido cinco millones de euros en subvenciones públicas. Y recientemente, en Cataluña se ha producido una situación similar, ya que al parecer la película de Allen se ha beneficiado de ayudas cuyo importe no está claro, pero que algunos llegan a situar en veinte millones de euros.

A mí esta cifra me parece muy, muy exagerada, porque por lo general, el presupuesto de las películas de Woody ni se acerca de esa cifra. Pero ese no es el tema, como diría aquel. Lo importante es que dudo mucho que Tom Cruise o Woody Allen necesiten subvenciones europeas para llevar adelante sus películas. Al segundo lo está financiado Dreamworks, por el amor de Dios, y no creo que se pueda decir que Spielberg tenga problemas de liquidez. En cuanto a Vantage Point, no tengo noticias de si el ayuntamiento de Salamanca (o la comunidad de Castilla y León, da igual) ha contribuido económicamente al rodaje; pero de ser así, me parecería igual de mal. La política de subvenciones puede ser aceptable o no, funcionar mejor o peor; pero de ninguna manera puede justificarse que se beneficie de ella una industria multimillonaria.


Eso sí, considero en cambio que los ayuntamientos deben dar todo tipo de facilidades para unos rodajes que contribuirán a proyectar la imagen de la ciudad en todo el mundo. Aunque los ciudadanos, a veces, tengan que pagarlo con buenas dosis de paciencia. Ya lo dijo Antonio Banderas cuando cortó un día entero el centro de Málaga para el rodaje de El camino de los ingleses: “Parece mentira lo rápidamente que pasas de hijo adoptivo de la ciudad a hijo de la gran puta”.

lunes, septiembre 17, 2007

La noche y la ciudad

Retomo el blog después de algunos días sin dar señales de vida; trabajo, viajes, ya saben… el caso es que no he andado tan ocupado como para no ver el artículo que Vicente Molina Foix publicó en El País el día 14, donde hablaba de los rodajes en Madrid; más exactamente, de las dificultades de rodar en Madrid comparado con otras capitales europeas.

Coincido con él en que es una verdadera pena, y no sólo por Madrid. ¿No nos hemos fijado nunca en el papel que juega el cine a la hora de retratar el estado de ciudades y pueblos en momentos concretos de su historia? Sin salir de Madrid, si uno quiere echar un vistazo al aspecto de la capital a mediados de los años 50 no tiene más que ver Historias de la Radio (1955) y seguir a Pepe Isbert mientras recorre el Paseo de la Castellana vestido de esquimal… Unos años después, en Opera Prima (1980), Fernando Trueba nos presentaría a otro Madrid y otros madrileños… Cada uno tendrá sus recuerdos en este aspecto, pero yo les confieso que soy capaz hasta de tragarme alguna de las películas de Cine de barrio en cuanto veo algunos exteriores que me traen de vuelta al Madrid de mi infancia (y, en cuanto pasan a interiores, cambio de canal).

Curiosamente, este es un campo en el que el cine europeo le ha sacado muchísima ventaja al norteamericano. Por lo general, el Hollywood clásico lo filmaba absolutamente todo en decorados, tanto los interiores como los supuestos exteriores que podían transcurrir en cualquier país del mundo (la Casablanca de Bogart se parece a la ciudad original como un huevo a una castaña. Pero claro, a muchos nos gusta más el café de Rick que cualquier local que podamos encontrar en la ciudad auténtica), mientras que el cine del viejo continente, con presupuestos mucho más ajustados, recurría a escenarios naturales. Y bien que se agradece, unas cuantas décadas después. ¿Dónde podríamos encontrar un mejor retrato de la Italia de los últimos cincuenta años que gracias a las imágenes que tomaron De Sica, Visconti, Rossellini e, incluso a su manera y sobre todo en La dolce vita, Fellini? Más o menos al mismo tiempo, aunque el cine de Hollywood comenzaba a asomarse al exterior, en mi opinión no tuvo en general la habilidad o la intención de captar el espíritu de sus ciudades y pueblos de la misma manera que el cine europeo (aunque hay excepciones tan conocidas como la de la película que ilustra el post de hoy).

De todos modos, este tema del rodaje en las ciudades tiene un aspecto menos atractivo, que últimamente se está poniendo bastante de actualidad. Quédese para mañana.

lunes, septiembre 10, 2007

Mentira más, o mentira menos

Hablábamos por aquí hace unos días del montaje que nos venden en los extras de los DVDs y de cómo los supuestos making of están llenos de bulos montados por los estudios dedicados a ensalzar las cualidades de la estrella de turno. Ya dije entonces que no es una práctica nueva en Hollywood. De hecho, me he puesto a buscar, y he encontrado unas cuantas falsedades aplicadas a algunos de los astros más célebres de la historia del cine. Por ejemplo:

Gregory Peck (en la imagen, en una de sus películas más famosas). Se libró de luchar en la Segunda Guerra Mundial por una lesión en la espalda. Esto es cierto, pero como se la hizo durante una clase de baile en la Universidad, a los publicistas del estudio no les pareció lo bastante serio: la versión oficial fue que se había lesionado mientras competía en el equipo de remo.

David Niven. Siempre estuvo orgulloso de su herencia escocesa, y los estudios -y él mismo- se encargaron de publicitar que Escocia había sido su lugar de nacimiento. La verdad es que nació en Londres, pero supo guardar el secreto tan bien, que el hecho no se descubrió hasta después de su muerte.

Richard Burton. No es ningún secreto que el actor procedía de una familia humilde del País de Gales. Pero cuando comenzó a hacerse famoso, esto no les bastó a algunos periodistas, que llegaron a publicar que los catorce miembros de su familia vivían con un dólar a la semana.

Y luego yo, para serles sincero, daría un brazo y la yema del otro por saber cuál es la estrella del cine a quien se refiere Groucho Marx en su libro Groucho y yo, cuando narra un viaje en avión que hicieron los dos juntos: dicho actor se había hecho famoso, entre otros papeles, por sus interpretaciones de aviador heroico en las películas de guerra, pero en la vida real subirse a un avión era algo que le ocasionaba un pánico cerval. El vuelo en cuestión, según cuenta Groucho, fue una odisea, con el actor presa del terror, clavando las uñas en los reposabrazos y convencido de que se iban a estrellar al minuto siguiente, hasta el punto de que la azafata prácticamente le insinuó que, si se tranquilizaba, esa noche se iría a la cama con él. Pero ni por esas.

¿Quién podría ser? Yo apuesto por James Cagney, que hizo varias películas interpretando a un as de la aviación (Aguilas heroicas, de Howard Hawks en 1936 y Capitanes en las nubes, de Michael Curtiz, en 1942) y que, en efecto, en la vida real tenía pánico a los aviones. Pero es sólo una suposición y, por supuesto, se agradece cualquier información que puedan aportar.

jueves, septiembre 06, 2007

El discreto encanto de la bordería

Pasando por delante del quiosco, veo que los chicos de la revista Psichologies dedican su portada del mes a los atractivos de ser borde. Como era de esperar, la foto que ilustra el tema es un gran retrato del doctor House. La verdad es que el cine nos ha presentado multitud de personajes bordísimos en la pantalla (una de las mejores borderías jamás pronunciadas en una película corrio a cargo de Groucho: “Nunca olvido una cara, pero en su caso voy a hacer una excepción”), y ha contado con un número aun mayor de personajes odiosos detrás de ella. El caballero de la foto se llama Harry Cohn.

Cohn era un magnate. Un magnate de los de antes, los que crearon los estudios literalmente de la nada y controlaron las carreras y las vidas de las miles de personas que trabajaban para ellos. Su estudio era la Columbia Pictures y, aparte de ser el responsable de la producción de un buen número de obras maestras, se las arregló para ser el directivo más odiado en una comunidad que no andaba precisamente falta de especimenes semejantes. King Cohn, la biografía que de él hizo el periodista Bob Thomas, abunda en anécdotas sobre el particular. “Yo soy el rey aquí. Quien quiera que coma mi pan, canta mi canción” era su manera de definir su puesto, y sus modelos de dirección estaban algo alejados de la Harvard Business School. Amigo personal de Benito Mussolini, no sólo tenía una fotografía dedicada del Duce en su mesa, sino que había diseñado su despacho para que fuera exactamente igual que el del dictador italiano. Largo, interminable, cualquier visitante tenía que recorrer una considerable distancia hasta llegar a la mesa del jefe, que en ningún momento dejaba de taladrarle con esa mirada que pueden ustedes adivinar por la foto. “Para cuando llegan aquí”, solía decir orgulloso, “ya se han meado encima”.

Curiosamente, tras su muerte los comentarios no fueron tan unánimes como cabría esperar. John Wayne dejó clara su opinión sobre él: “Era un hijo de puta”, pero John Ford, amigo íntimo de Wayne, también dijo que “era la clase de persona en la que un apretón de manos era más fiable que un contrato redactado por todos los abogados de Filadelfia”. De todos modos, la mejor frase sobre Harry Cohn, como no podía ser menos, la acuñó él mismo: “Yo no padezco úlceras. ¡Yo las provoco!”.

miércoles, septiembre 05, 2007

Paja

“¡Tres horas de extras!” “¡Doce horas de extras!” “¡Más extras que en todas las pelis juntas de Cecil B. deMille!”. Cuando aparecieron los DVDs, se vendió como una de sus grandes ventajas frente al VHS la inclusión de contenidos extraordinarios, que permitían extender el disfrute obtenido con el visionado de la película. Hoy, más de diez años después, tras haber colocado unos cuantos cienes y cienes de títulos en mi reproductor, y haber analizado exhaustivamente los extras -cuando los había- me temo que he llegado a una conclusión decepcionante: los extras de los DVDs son una verdadera estafa.

No es que, de vez en cuando, no se encuentre material que vale la pena: por ejemplo, siempre son curiosas las escenas eliminadas, sobre todo si van acompañadas de algún comentario del director sobre las razones que le llevaron a quitarlas; precisamente los comentarios del director pueden ser muy ilustrativos -los de Coppola en la trilogía de El Padrino son una mina y, aunque les cueste creerlo, también los de John Mc Tiernan en La jungla de cristal- y algunas ediciones de clásicos incluyen buenos documentales -p.e. Matar un ruiseñor-, pero ¿El resto? El resto es material promocional rodado al mismo tiempo que la película, pensado precisamente para incluirlo en el DVD, y cuidadosamente seleccionado para no proporcionar ningún tipo de información fidedigna. Tomemos las entrevistas al reparto, sin ir más lejos: todo el mundo se deshace en elogios hacia sus compañeros, hacia el director y, faltaría más, hacia la película, por mucho que uno haya leído en fuentes generalmente bien informadas que la verdadera camaradería entre los miembros del reparto estaba más o menos a la altura de la de Alonso y Hamilton. Hasta las "tomas falsas" son sospechosas de haber sido preparadas para incluirlas en el material extra.

Y, dentro de este circo, hay casos muy divertidos. Cuando alquilé Misión imposible 2 vi que el DVD venía cuajadito de extras. Qué detalle, porque las pelis para alquiler se ofrecen muchas veces mondas y lirondas… luego me di cuenta de que en realidad sólo había un extra, pero repetido media docena de veces: Tom Cruise. Extra número uno: Tom rodando sin dobles las escenas peligrosas. Extra número dos: Tom escalando sin dobles (y sin cuerda) las montañas de Utah. Extra número tres: el director John Woo, que no olvida quién le paga, hablando de las pelotas tan gordas que tiene Tom y de cómo se lo hizo pasar mal al rodar tantas escenas de riesgo sin utilizar dobles, llegando a temer por la vida de su estrella. Extra número cuatro…

Bullshit, como diría aquel. Es cierto que Tom Cruise no utilizó un doble en las escenas peligrosas de MI2; utilizó seis. Y, tal y como cuenta Edward Jay Epstein en La Gran Ilusión, es completamente lógico: ningún estudio se arriesgará a que su estrella filme escenas potencialmente peligrosas, cuando hay gente especialmente preparada para hacerlo en su lugar. Y no ya por que pueda matarse; sólo con torcerse una rodilla obligaría a suspender el rodaje durante un periodo de tiempo, causando pérdidas que fácilmente podrían ascender a varios millones.

Pero eso da igual. Se trata de vender la película y a la estrella, incluso mintiendo como bellacos. Claro que eso lo ha hecho Hollywood toda la vida; pero ahora te obligan a comprártelo. ¿Y quién quiere gastar tanto dinero en relleno cuando el relleno es paja?