sábado, febrero 17, 2007

O te pasas o no llegas

La limitación en los discursos de agradecimiento en la gala de los Oscar que comentábamos ayer responde a una doble finalidad: primera, no aburrir al público, y segunda, mantener la duración de la ceremonia dentro de unos límites razonables. Desde hace algunos años, estos “límites aceptables” tienen un tope de tres horas y media, impuesto por la retransmisión televisiva. Más tiempo significaría que la ceremonia finalizara después de medianoche en el horario de la Costa Este de Estados Unidos, con lo cual millones de espectadores tendrían que irse a la cama sin conocer los ganadores de los premios más importantes. Algún organizador de la gala ha dicho, medio en broma, “bueno, pues esto se arregla entregando el premio a la Mejor Película al principio”. Pero claro, no se trata de eso...

Ese es el motivo de que en la ceremonia anterior algunos de los Oscar menores se entregaran con todos los nominados en el escenario (una idea chocante que espero no se repita este año), y de que la duración de las canciones se corte, y de que, en general, se haga todo lo posible para no pasarse del tiempo previsto. No siempre se ha conseguido. Y, en ocasión, ocurrió todo lo contrario, dando lugar a un final de gala completamente surrealista.

Fue en 1958, el sexto año en que la gala se retransmitía por televisión (entonces se ocupaba la cadena NBC). La ceremonia, presentada entre otros por Jerry Lewis (no he encontrado fotos de la gala, así que arriba tienen una de sus numerosos shows benéficos) tenía que haber acabado con la actriz y cantante Mitzi Gaynor interpretando la canción There’s no business like show business con los ganadores y presentadores situados tras ella haciendo los coros. Pero, mientras se representaba el número, avisaron a Lewis de que faltaban veinte minutos para que el programa cumpliera la duración estipulada por la televisión. El cómico salió al escenario y gritó: “¡veinte veces más!”, y lo curioso es que la mayoría de las estrellas obedecieron sin rechistar. Para hacer más entretenida aquella repetición incesante de la canción, algunas comenzaron a bailar en parejas: Cary Grant lo hizo con Ingrid Bergman; Natalie Wood con su marido, Robert Wagner; Tony Randall, con Eva Marie Saint; Maurice Chevalier, con Rosalind Russell; el compositor Dimitri Tiomkin con Angela Lansbury; Bob Hope, con Zsa Zsa Gabor, y Dean Martin (que aprovechó para acercarse bailando al podio de los premios y agarrar un Oscar) con Sofía Loren, todo más o menos amenizado por los comentarios de Lewis. Por fin, la NBC decidió cortar la emisión cuando Lewis comenzó a dirigir la orquesta y a interpretar un solo de trompeta. Para entonces, muchas de las estrellas se habían cansado de bailar y habían abandonado el escenario, y el patio de butacas estaba medio vacío.

Lewis nunca volvió a presentar los Oscar, aunque la culpa no fue tanto suya como del productor de la gala de ese año, Jerry Wald, y de una ceremonia que siempre es, hasta cierto punto, imprevisible. Total, con que algunos de los premiados hubieran hablado un poco más...

jueves, febrero 15, 2007

Peligro: plastas


No, con el título no me estoy refiriendo a los aquí presentes Will Ferrell y Jack Black, (aunque hay opiniones para todo). Los pongo porque hace un par de años aparecieron en la ceremonia de los Oscar para cantar una canción titulada You’re boring donde se cachondeaban de la tendencia de los premiados a soltar unos discursos interminables mientras el público asistente se aburría, se aburría y se aburría. No les faltaba razón, y es que la longitud de las palabrillas de agradecimiento ha sido siempre una de las principales preocupaciones de los organizadores. Éstos no se cansan de repetir que los premiados tienen a su disposición una sala de prensa donde cuentan con todo el tiempo del mundo para darle las gracias a quien quieran, y que en el escenario deberían intentar abreviar. Pero es inútil.

Desde 1985 se estableció la norma de los 45 segundos; ese es el tiempo máximo para dar las gracias, después del cual la orquesta empieza a tocar para indicar sutilmente al galardonado que hasta ahí. Pero la verdad es que es un plazo bastante elástico, y está pensando sobre todo para los premios menores: los ganadores de los cinco Oscar principales suelen enrollarse como persianas, y nadie les corta.

Otros, sencillamente, no hacen caso. Cuando Martin Landau ganó en 1995 el Oscar al Mejor Actor Secundario por Ed Wood, comenzó por dar las gracias a Tim Burton y continuó con Disney, Johhny Depp, los maquilladores, los periodistas, sus agentes, su hija, su mejor amigo, su hermana, toda la Academia, la rama de actores de la Academia… para entonces, el actor podía ver en los monitores de televisión situados delante suyo la frase POR FAVOR, ACABA, parpadeando en letras rojas, pero siguió adelante. Cuando llevaba dos minutos y siete segundos hablando Landau paró para tomar aliento, y fue cuando Gil Cates, organizador de la gala, dio la orden “¡Música y que le jodan!”.

No se crean que ha sido el peor caso. Cuando Greer Garson ganó el Oscar a la Mejor Actriz en 1943 por La señora Miniver se lanzó a un discurso de agradecimiento que duró cinco minutos con quince segundos, y en el que le dio las gracias incluso “al médico que me trajo a este mundo”. El monólogo dio lugar a tantos chistes que se dice que la actriz evitó volver a hablar en público durante más de un año.

Otros han sido más concisos, y además les ha dado tiempo para dejar alguna frase para la historia: “¿Puedo empeñarlo?” (Groucho Marx), “Espero que esto no sea una equivocación, porque no pienso devolverlo por nada del mundo” (Yul Brinner), y una de mis favoritas personales, la de Fernando Trueba: “Me gustaría creer en Dios para darle las gracias, pero sólo creo en Billy Wilder. Así que gracias, señor Wilder”.

Por cierto, espero que la entrada de hoy no les haya parecido demasiado larga…

martes, febrero 13, 2007

Solo ante el "streaking"



Siento no haber encontrado una imagen mejor para ilustrar la entrada de hoy, porque se refiere a una de las mejores anécdotas de toda la historia de los Oscar. Ocurrió en la ceremonia de 1974, y le tocó padecerla a David Niven, uno de los presentadores de la noche. El actor inglés estaba a punto de presentar a Elizabeth Taylor, que entregaría el premio a la Mejor Película, y anunció que a continuación aparecería en el escenario “alguien que ha supuesto una importante contribución en el mundo del espectáculo…” pero en lugar de la actriz de los ojos violetas, el que surgió tras la cortina fue el caballero que se ve en la imagen, haciendo el signo de la victoria y llevando puesto únicamente el reloj y el bigote.

Al principio, Niven quedó perplejo mientras el servicio de seguridad retiraba al streaker y el público en el patio de butacas, literalmente, se tiraba por los suelos. Por fin, no pudo más, y empezó a reírse el también. Cuando todo el mundo hubo recuperado la compostura, Niven por fin habló: “Esto, de algún modo, tenía que pasar. (Más risas del público). Pero piensen, damas y caballeros, que las únicas risas que ese hombre conseguirá en su vida habrán sido por desnudarse y enseñar sus vergüenzas”.

Niven tenía razón. Robert Opal, que tal era el nombre del nudista, consiguió a consecuencia de su acto una efímera fama como cómico, aunque lo más normal era que le invitasen a fiestas, donde también se desnudaba, y a algún show de televisión (donde permanecía vestido). En 1979 lo encontraron asesinado en el sex-shop de su propiedad, en San Francisco.

Y me hubiera encantado colgarles el vídeo, pero me ha fallado You Tube. De todos modos, es frecuente que ofrezcan la escena en los documentales sobre los premios. Si es así, no se lo pierdan. Me he reído más aquí con David Niven que en muchas de sus películas.

Nice job if you can get it



Es el título de una canción que Sinatra cantaba con Count Basie, y creo que viene que ni pintada aquí. Hablábamos ayer de una manera de ir a la ceremonia de los Oscar y encima cobrar, y esta es consiguiendo un trabajo para el que todos los años se presentan cientos de voluntarios: el de seat-filler o, traducido libremente, llenabutacas.

¿Qué hace exactamente un llenabutacas? Pues lo que su nombre indica: sentarse en los asientos que queden vacíos hasta que regrese su ocupante original. El objetivo es conseguir que el teatro dé una buena imagen durante la retransmisión televisiva, y que no se vean huecos entre la gente. Hay que aclarar que en los Oscar nadie, por muy estrella que sea, puede entrar o salir de la sala durante la ceremonia. Sólo puede abandonarse la butaca cuando se gana un premio o en los intervalos de publicidad, por otra parte muy abundantes. Cuando se reanude la retransmisión, no puede quedar ningún asiento sin ocupar.

Los llenabutacas dividen sus tareas en tres campos: están los ojeadores, que localizan los asientos que quedan vacíos; los llenabutacas en sí, que los ocupan, y los corredores, que les llevan a toda velocidad hasta su sitio. El tiempo que vayan a estar allí depende de las circunstancias: si chimeneas humanas como Leonardo DiCaprio o Russell Crowe salen a echar un cigarrito, probablemente estarán de vuelta para el próximo intermedio. En cambio, si se ocupa el asiento de un premiado puede uno contar con unos tres cuartos de hora, hasta que termine la inevitable ronda de entrevistas. Y luego están los que tienen la suerte de quedarse allí la ceremonia entera porque hay alguna cancelación de última hora, o una emergencia como ocurrió cuando la hija de Will Smith se puso enferma, y el actor y su esposa (en la foto) dejaron la entrega para llevarla al hospital.

No es fácil ser seleccionado para esta tarea: primero, hay que tener buen aspecto y no desentonar llevando un smoking (lo que, ya de entrada, descalifica a casi todos los actores del cine español) o un traje de noche en el caso de las chicas. Después, hay que practicar para llegar hasta el asiento sin dar pisotones o molestar a los que ya están sentados. Y luego está el comportamiento que hay que observar cuando a uno le toque sentarse al lado de una estrella y que se resume en dos palabras: no molestar. Pedir autógrafos está absolutamente prohibido, y no hay que dirigirle la palabra a menos que ella se la dirija a uno (la mayoría de las estrellas lo hacen, de todos modos). Si el llenabutacas está sentado junto a un nominado, puede desearle suerte.

A cambio de todo esto reciben un sueldo, y varios recuerdos de los Oscar como camisetas, gorras, etc. Y muchos repiten varios años. ¿Les parece un trabajo inaguantable... o les he puesto los dientes largos?

lunes, febrero 12, 2007

Al fondo hay sitio (pero no mucho)



A la ceremonia de los Oscar asisten los miembros de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood.

Pues vaya castaña de blog, dirán ustedes. Pero es que la cosa es más complicada de lo que parece. Hay un problema principal: la Academia tiene más miembros de los que pueden caber en ninguno de los locales que se han elegido para el acto. Literalmente, no hay sitio para todos. Contar con más butacas disponibles ha sido uno de los motivos por los que los premios estuvieron bailando durante unos años de un local a otro, pasando del Dorothy Chandler Pavilion, que puede albergar a casi 3.200 personas, al Shrine Auditorium, con capacidad para casi 6.500 (aunque ya no se celebren en ninguno de estos dos sitios).

Pero incluso todas esas butacas pueden no bastar. Veamos: estrellas, magnates y superagentes suelen ocupar las ocho primeras filas del local, zona donde también están los sitios reservados para los productores de la gala, las autoridades de la Academia, el presentador y sus invitados. A los nominados suelen colocarles cerca de los pasillos del centro, para que puedan salir sin muchas complicaciones en caso de ganar. Cada nominado recibe dos entradas para la gala, una para él y otra para su acompañante (aunque algunos, como Sean Penn el año que ganó, han conseguido hacer suficiente presión como para obtener alguna más). Y estamos hablando solo de las categorías principales; los nominados a los premios menos notables empiezan a sentarse a partir de la fila ocho, compartiendo la zona con invitados de la Academia y patrocinadores de la retransmisión televisiva. Y no nos olvidemos de las cámaras repartidas por el patio de butacas, que también ocupan el sitio equivalente a varios asientos.

Así que no queda demasiado espacio para los restantes miembros de la Academia. La solución es una lotería: los sitios vacantes se rifan entre todos los miembros que no han sido invitados, pero los ganadores deben pagar por ellos, a precios que, por lo menos a mediados de los 90, oscilaban de 50 a 200 dólares por asiento dependiendo de dónde les hubiera tocado. Es una manera de asegurarse de que sólo irán a la ceremonia aquellos que estén interesados en ir, y que nadie se dejará dos entradas sin usar en su casa.

Sin embargo, hay otra manera de asistir a la ceremonia y, quizás, acabar contemplándola desde un lugar completamente privilegiado. Y además, cobrando. Mañana lo vemos.

P. D. Sólo quería avisar que, a partir de hoy, existen dos maneras de acceder a este blog. La primera es la de siempre, tecleando la dirección. La segunda es a través de la página web de la revista Muy interesante, la publicación líder en España en el campo de la divulgación y una de las mejores revistas que se hacen en el panorama de la prensa actual. Y esto lo seguiría diciendo aunque no me hubieran hecho el honor de formar parte de los primeros títulos en su comunidad de blogeros.

domingo, febrero 11, 2007

¿Y si nos vamos todos a los Oscar?

Pero vamos a irnos como Dios manda, ¿eh? Sin colas, sin apretujones, sin incomodidades. Vamos, que no nos va a hacer falta ir a Armani a por el smoking, ni alquilar la limusina, ni gastarnos media nómina (los que la tengan) en el estilista para que nos despeine. Nosotros, como señores: sin pasar frío, sin movernos de casa, sin que sea necesario nada más que encender el ordenador y meterse en mi blog, que es el suyo.

A partir de mañana, y durante las dos semanas que restan para la entrega de los Oscar, en Pasa las Palomitas vamos a dedicarnos exclusivamente a la ceremonia; sus orígenes, su funcionamiento, y algunos de los mejores (y peores) momentos de las ediciones pasadas. Repasaremos algunas victorias y derrotas inolvidables, y algunas de las anécdotas más jugosas de un evento que las ha vivido de toda clase en sus casi 80 años de historia. Y, si les parece, culminamos el sábado 24, donde todo el que quiera, empezando por quien suscribe, dejará aquí su quiniela sobre los ganadores de este año (en las cinco categorías principales, claro, que uno tampoco es Friker).

Mañana empezamos contestando a una pregunta menos tonta de lo que parece: dejando aparte los nominados, ¿quiénes ocupan el resto de las butacas en la ceremonia?

viernes, febrero 09, 2007

Menos humos

Leo que en algunas zonas de Inglaterra y Estados Unidos han prohibido a los actores de teatro fumar en el escenario; ni siquiera se les permite utilizar cigarrillos de hierbas, de esos que suelen dar el pego cuando el actor prefiere no consumir tabaco de verdad. Precisamente el fin de semana pasado vi en DVD una peli que me permito recomendarles, Gracias por fumar, que en un tono paródico muy de agradecer habla de las argucias de la industria tabaquera para seguir vendiendo sus productos; el cine, claro, es uno de sus principales vehículos publicitarios. Todos hemos visto a Mel Gibson y Bruce Willis encadenando Marlboros y llevando a cabo proezas atléticas dignas de un campeón olímpico, y a Clint Eastwood -que es un loco de la salud, y no ha fumado jamás en la vida real- quemando un Camel tras otro en Los puentes de Madison.

Pero hay otra cara de la moneda, de la que se habla al final de la cinta: la posibilidad de censurar la aparición de tabaco en las películas, y no solo en las actuales, sino utilizando la edición digital para borrar todos los cigarrillos que puedan aparecer en las películas antiguas. La idea no es nueva, y ya la desarrolló Arthur C. Clarke en su novela de 1990 El espectro del Titanic (que no les recomiendo, por muy fans de Clarke que sean, ya que es de las peores que ha escrito), donde dos de sus protagonistas se dedican a eliminar digitalmente cigarrillos y ceniceros de todas las películas clásicas, para poder presentarlas a los sensibles espectadores del siglo XXI.

¿Ciencia-ficción? Cualquiera sabe. La censura digital ya está apareciendo en algunas películas. Si consultan la entrada del 24/09/06 en este mismo blog, verán que ya hacíamos mención a cómo George Lucas modificó la escena de Han Solo y el cazarrecompensas en La guerra de las galaxias (1976) para que pareciera que Harrison Ford disparaba en defensa propia. Y cuando Steven Spielberg sacó la edición en DVD de E. T. el extraterrestre (1981) eliminó por ordenador todas las armas que portaban los agentes federales que perseguían a los niños, y las sustituyó por walkie-talkies. Y, en temas de censura, cuando alguien da el primer paso, de repente resulta mucho más sencillo dar los siguientes. ¿Se imaginan Casablanca con Humphrey Bogart enarbolando un chupa-chup?

jueves, febrero 08, 2007

El crimen que no pudo ser



Como soy un chico de los ochenta, me hace gracia ver a Alaska en televisión. Otra cosa es que vaya a comprarme el disco nuevo que ha sacado con Fangoria; prefiero recordar los tiempos de los Pegamoides. Pero me llama la atención el título del CD, El extraño viaje, que la propia Olvido Gara confiesa que es un homenaje a la película dirigida en 1964 por Fernando Fernán-Gómez.

Una idea estupenda, en mi opinión, porque es sin duda una de sus mejores películas, a la altura de El viaje a ninguna parte (1986); aguanta perfectamente el paso de los años con su combinación de misterio, ternura (esos dos hermanos medio retrasados, medio infantiles, interpretados con tanto talento por Rafaela Aparicio y el director de cine Jesús Franco), erotismo (mejor dicho, travestismo) y terror. Y por si todo lo anterior fuera poco, encima consigue que Carlos Larrañaga parezca un buen actor. La censura de la época dejó pasar la película sin apenas molestarla, lo cual tiene mérito; la única pega estuvo en el título.

El extraño viaje era el título provisional que se puso a la cinta durante el rodaje, a la espera de que a alguien se le ocurriera algo mejor. En la productora propusieron El crimen de Mazarrón, porque, aunque la acción (basada, por cierto, en hechos reales) transcurriera en otro pueblo (el rodaje fue en Loeches) los cadáveres aparecían en esa playa. Y ahí llegaron los problemas. Como cuenta Fernán-Gómez en sus memorias “el Ministerio de Información, que se ocupaba del cine, era también Ministerio de Turismo, y como en la playa de Mazarrón una urbanizadora había empezado a construir, prohibieron el título, porque si una película se llama El crimen de Mazarrón, el turismo no querría acudir”.

“Diez años después, y por otros motivos, estuve en Mazarrón, y a pesar de la prohibición del título, seguía sin acudir el turismo”.

Bueno, el tiempo todo lo arregla, y a lo mejor una visita actual a Mazarrón convencería a Fernán-Gómez de que los de las urbanizaciones, a fin de cuentas, sabían lo que se hacían. Aquellos censores que prohibieron el título de El crimen… si acaso, fueron unos adelantados a su época.

martes, febrero 06, 2007

La arruga es bella

Me encuentro en la tele con Jane Fonda anunciando una crema especial para las mujeres “mayores”, como se dice ahora, en estos tiempos donde parece que nos avergonzamos de un proceso tan natural y deseable como es la vejez (digo deseable porque la única manera de evitarla es morirse antes, así que...). El anuncio concluye con la actriz confesando su edad: “tengo 67 años”. La verdad es que, según la IMDB y The Filmgoer’s Companion, de Leslie Halliwell, nació en 1937, así que tiene alguno más. Pero, ya puestos, para hacernos una idea más realista del porqué de su juvenil aspecto, Fonda podía haber confesado también sus operaciones de estética.

No se lo estoy censurando, que conste; cada uno hace con su cuerpo lo que quiere, y si es estrella de Hollywood, incluso algo más. Recientemente se publicaron unas declaraciones sobre Demi Moore donde se estimaba que la actriz se había gastado unos 400.000 dólares en los últimos años en operaciones de mejora que le habían permitido mantener ese cuerpo serrano, con 44 años y tres hijas. Y hace un tiempo, un magnífico documental de La 2 abordaba el tema con declaraciones de un cirujano plástico de Beverly Hills. “No voy a dar nombres sobre mi clientela”, decía, “pero piensen en cualquier estrella de más de 40 años”.

Las operaciones de estética varían según el paciente sea hombre o mujer. En los varones, lo que más se lleva es el estiramiento de la papada, aunque algunos aprovechan para solucionar otros problemas, como John Wayne, que tuvo que quitarse ojeras porque la cantidad de tejido que se había acumulado en esa zona le impedía incluso abrir bien los ojos.

Y sin embargo, hay ocasiones en que la ausencia de arrugas puede ser un impedimento más que una ventaja a la hora de encontrar trabajo: en 1980, el escritor John Guare y el director Louis Malle buscaban un actor para encarnar al gángster en decadencia de aquella obra maestra que fue Atlantic City, y pensaron en Robert Mitchum. Era la elección ideal, así que Malle le envió una copia del guión, y luego fue a verle a su casa de California. Pero, cuando el actor abrió la puerta, mostraba todos los signos de un reciente estiramiento de piel. Su rostro no tenía ni una arruga. “Lo siento”, dijo,“pero ahora sólo interpreto a tíos de cuarenta y cinco años”.

Así que el papel fue para Burt Lancaster, que no solo aparentaba su edad, sino que además se negó a utilizar ningún tipo de maquillaje que la camuflara. El resultado fue una nominación al Oscar al Mejor Actor, y una interpretación, para quien esto bloguea, absolutamente inolvidable.

lunes, febrero 05, 2007

El rebote de ¡PEEDROOOOOOO!



Por mucho que lo quiera esconder, parece que a Pedro Almodóvar le ha escocido bastante no ser nominado este año para los Oscar por su película Volver. Es verdad que ya tiene dos, cantidad que han ganado poquísimos profesionales del cine, y menos aún que no sean estadounidenses, pero eso son minucias. Se comprende que alegue enfermedades para no ir a la gala de los Goya (eso que se ha ahorrado), porque cuando no te caben los premios en casa, hay que rechazar la morralla. Lo malo es que, si uno se porta así, siempre hay el peligro de que la gente, tan malintencionada ella, empiece a decir que sufre de endiosamiento terminal.

Pero, si ése es el caso, la cosa no le viene de ahora.

¿Recuerdan su primer Oscar? Lo ganó en 2000 por Todo sobre mi madre, película que previamente había hecho un recorrido lleno de premios similar a Volver, lo cual permitió a los organizadores de la ceremonia de los Oscar de ese año hacerse una idea de lo que se les podía venir encima. En la entrega de los Globos de Oro, Almodóvar había dado las gracias con un discurso inconexo, no del todo comprensible, y extremadamente largo, así que Lili Zanuck, productora del show junto con su marido Richard (entre cuyas películas se cuentan, por citar algunas, Tiburón, El Golpe, Veredicto Final… Lili también tiene un Oscar como productora, por Paseando a Miss Daisy) pidió a Antonio Banderas y Penélope Cruz que avisaran al manchego de que si ganaba, sólo podría hablar durante los 45 segundos habituales. Fue en vano. Todos pudimos ver a ¡Peeeedroooo! haciéndonos pasar vergüenza ajena (por lo menos a mí, que soy muy pudoroso) cuando se lanzó a dar las gracias a la Virgen de Medinaceli, a Jesús del Santo Sepulcro y a medio santoral, sin que la interrupción de la orquesta sirviera para callarle, hasta que Banderas lo tuvo que sacar del escenario a tirones.

Pero la cosa no acabó ahí, como pudo comprobar y padecer Lili Zanuck en el posterior Baile del Gobernador. De repente, se encontró frente a un rebotadísimo Almodóvar que comenzó a lanzarle toda serie de protestas: estaba furioso por los organizadores por haberle cortado, estaba furioso con Banderas por haberle sacado del escenario y, ya puestos, tenía más quejas que formular: le parecía fatal que las películas extranjeras fueran seleccionadas por un comité en lugar de por todos los miembros de la Academia, y le parecía peor aún que los directores extranjeros no fueran invitados a la ceremonia de los nominados... y más que no se ve, como suele decirse.

“Me tuvo acorralada treinta jodidos minutos”, comentó después Lili. “Y pensé: Dios, ¿Cómo se habría puesto este tío si llega a perder?”

domingo, febrero 04, 2007

Trabajando sin palabras

Esta noche ponen El Álamo, la leyenda (2004) en TVE1, y la verdad es que, aunque fue un fracaso de público, a mí me gustó bastante. Yo se la recomiendo especialmente para que vean el papel que hace Jordi Mollá como Juan Seguín, uno de los pocos supervivientes del asedio. Me parece uno de sus mejores trabajos, muy alejado de sus interpretaciones de macarra colgao tan frecuentes cuando rueda en su tierra.

No es el único caso de actor español que demuestra talento y profesionalidad cuando cruza el charco. Que Luis Tosar es excelente ya lo sabíamos aquí, pero yo creo que era lo único visible de la soporífera Miami Vice, la peor peli de Michael Mann para quien esto blogea; Paz Vega estaba estupenda en Spanglish; y no podemos olvidar a gente como Javier Bardem o Elena Anaya, aparte de los ya instaladísimos Banderas y Pe, esta con nominación al Oscar incluída. A lo mejor es que soy muy patriotero, pero me alegro mucho cada vez que veo a un actor español trabajando en Hollywood; entre otras cosas porque me acuerdo de la época en que semejante cosa era impensable.

Aunque en los años 60 y 70 las coproducciones rodadas aquí dieron trabajo a muchos actores españoles, Hollywood se seguía resistiendo a contratarlos. Uno de los mayores inconvenientes era el idioma: nadie hablaba inglés, ni estaba demasiado dispuesto a aprenderlo. La excepción fue Fernando Rey, cuando hizo de malo en French Connection (1971), pero lo que poca gente sabe es que llegó allí casi por casualidad. William Friedkin, el director, dijo que para el papel de narcotraficante quería a “ese actor español que ha trabajado tanto con Buñuel”… pero se refería a Francisco Rabal. Cuando se dio cuenta, ya habían contratado al otro que, de todos modos, cumplió perfectamente con el papel. Rabal, por cierto, trabajaría años después con Friedkin en Carga maldita (1977), un remake de El salario del miedo (1955), de Henri-Georges Clouzot, que se estrelló en taquilla.

Y más curioso es todavía el caso de Jose Luis López Vázquez. George Cukor buscaba actores europeos para Viajes con mi tía (1972), que se rodaría en diversos países del viejo continente, y cuando vio las pruebas de López Vázquez, le pareció perfecto para interpretar a uno de los antiguos amantes de Maggie Smith. “Señor Cukor, hay un problema”, le dijeron. “Este hombre no habla inglés”. En lugar de hacerle doblar por otro actor, cosa bastante frecuente por aquel entonces, Cukor tomó una decisión drástica: “Entonces, que no hable”. Y, en efecto, el papel de López Vázquez en esta película es prácticamente mudo, resuelto con la habilidad gestual del que ha sido sin duda uno de los grandes interpretes de nuestro cine. ¿A dónde hubiera podido llegar -él y otros muchos- de haber pasado por una academia de idiomas?

viernes, febrero 02, 2007

Queremos tanto a Walter



Su verdadero nombre era Walter Matthow. Sin embargo, cuando en 1974 hizo un papelito (lo que más bien se llama un cameo) en Terremoto, disfrazado como el borracho de un bar, eligió aparecer en los títulos finales como Walter Matusschanskayasky. Desde entonces, muchos creyeron que ese era su verdadero nombre.

Era un melómano furibundo, y un gran admirador de Mozart. Como dijo de él su amigo Billy Wilder, “para Walter, Beethoven ya es heavy metal”. Por desgracia, también fue un jugador compulsivo, que perdió varios millones de dólares a lo largo de toda su vida.

Billy Wilder quiso contar con él como protagonista masculino de La tentación vive arriba (1954), pero el estudio no quiso emparejar a Marilyn Monroe con un actor desconocido, y obligaron al director a elegir a Tom Ewell, que había interpretado la obra en el teatro. En 1966, Wilder le juntó con Jack Lemmon en En bandeja de plata, película que le convirtió en una estrella y le hizo ganar un Oscar al Mejor Actor Secundario.

Durante el rodaje de esa película, sufrió un ataque al corazón que obligó a detener el rodaje durante cinco meses. La última escena que rodó antes del infarto es cuando, casi al final de la película, un taxi le deja enfrente de la casa de Lemmon, y la primera que rodó tras recuperarse es la que va justo después, cuando entra en el piso. Fijándose bien, se puede apreciar la pérdida de peso que sufrió entre una escena y otra.

En Primera Plana (1974) fue el director que todos los periodistas hubiéramos querido tener: tramposo, marrullero y capaz de cualquier cosa por una exclusiva, pero conocedor de todos los trucos de la profesión y listo como el hambre. Y de él aprendimos que nadie se lee nunca el segundo párrafo de una noticia.

Se llamaba Walter Matthau. ¿Y por qué estamos hablando hoy de él?

Porque hoy hace un año que perdí a la mujer que me trajo a este mundo, y Matthau era uno de sus actores favoritos. En los primeros tiempos del vídeo le llevaba a casa todas las películas de Matthau que podía encontrar, sabiendo que le harían reír y disfrutar. También le encantaba Jack Lemmon; pero se lo pasaba mejor con Matthau…

…y, qué quieren que les diga, a la hora de acordarse de los seres queridos, uno no es muy de misas.

Un beso muy fuerte, madre.

miércoles, enero 31, 2007

Nada que esconder

Hay que ver la que se ha liado porque Daniel Radcliffe haya aparecido desnudo en el teatro londinense, donde está representando Ecqus. Algunos padres se han declarado escandalizados y ya han anunciado que no piensan llevar a sus hijos a ver más películas de Harry Potter; probablemente temen que en mitad de la peli Harry se quite la túnica y enseñe a todo el patio de butacas su… bueno, su varita mágica. No veo los motivos para este escándalo, e incluso considero que tiene su lógica; Radcliffe está intentando huir del encasillamiento como niño mago y, al mismo tiempo, demostrar que puede dar el salto de actor infantil a adulto.

Y tampoco hay que ponerse así porque una estrella lo enseñe todo. La lista de actores que han practicado el fulmonti en un momento dado es más extensa de lo que parece; para no cargar en exceso el disco duro no incluiré la lista completa de las actrices que han posado para Playboy, pero en el apartado masculino encontramos gente como Charlton Heston, que posó desnudo como modelo antes de hacerse famoso; Burt Reynolds, en Cosmopolitan en 1972, o Arnold Schwarzenegger, que apareció enseñando todos sus músculos (y quiero decir todos) en una fotografía publicada en 1992 en la revista Spy. Al parecer, durante sus comienzos como culturista, era común entre los practicantes de ese deporte complementar sus ingresos posando desnudos para fans gays que estuvieran dispuestos a pagar por ello.

Luego tenemos el caso de Sylvester Stallone; es bien sabido que en sus principios como actor (bueno, vale, todavía está en ellos; quiero decir, cuando comenzaba a buscar trabajo) participó en una película porno titulada A party at Kitty and Stud’s, que en años siguientes sería reestrenada con el título The Italian Stallion para aprovechar la popularidad de su protagonista. Lo curioso es que, años después, cuando filmaba Demolition Man (1993) se filtró una foto suya tomada durante el rodaje donde volvía a aparecer absolutamente desnudo. No falto quien hiciera comparaciones entre el Sylvester de los 90 y el de The Italian Stallion, y apuntó que el único músculo del cuerpo que no crece haciendo pesas aparecía en Demolition…. De un tamaño considerablemente mayor. ¿Naturaleza, vida sana, cirugía... o un buen uso del Photoshop antes de lanzar la foto por esos mundos de Dios? En todo caso, no he podido encontrarla en Internet, aunque en su día fue publicada incluso en Fotogramas; siento dejarles con las ganas.

martes, enero 30, 2007

Cosas del directo

Parece que Nicolas Cage ha estado en Madrid, promocionando su nueva película, Ghost Rider. Y digo "parece", porque lo único que he visto de él ha sido una aparición en Telemadrid, junto a una reportera de Madrid Directo. Es algo a lo que tienen que acostumbrarse las estrellas de Hollywood que nos visitan: hace tiempo que han desaparecido del prime-time de nuestra televisión. Sencillamente, no existe ningún programa, fuera de los resúmenes del corazón y poco más, donde interese la posibilidad de entrevistarlos.

En Estados Unidos están más acostumbrados a aparecer en horario estelar, o por lo menos, en la última franja de ese horario, ocupada por los talk shows de Jay Leno o David Letterman (en la foto, con Jennifer Aniston). El equivalente español serían, actualmente, los programas de Buenafuente (Antena 3) y Eva Hache (Cuatro), pero la estructura no es exactamente la misma; sin contar con que se emiten (por lo menos el de Buenafuente) mucho más tarde, a unas horas donde ciertos entrevistados pueden no ver las ventajas de aparecer en pantalla…

… y además, los shows televisivos pueden dar sorpresitas. Mi favorita le ocurrió a Rock Hudson cuando fue entrevistado en directo en un programa de televisión. Tras algunas preguntas de lo más diplomático, el presentador soltó lo siguiente:

- Bueno, Rock, ya sabes que no solemos meternos en temas personales, pero hay una cosa que se comenta de ti desde hace años y, aunque es un tema delicado, queremos abordarlo y preguntártelo directamente.

Hudson deseó que hubiera algún sitio en el plató donde esconder sus 1,95 metros, ocultó el pánico que le entró con su mejor sonrisa, y esperó a que el presentador soltara la temida pregunta. Y en efecto:

- Dinos… ¿Es verdad que te has puesto fundas en los dientes?

(P. D. no me resisto a incluir algunas frases del artículo de Maruja Torres en El País sobre la gala de los Goya: “Un Goya más, y de los mejores. Se vio con gusto (…) espectáculo redondo y perfecto (…) guión y agilidad casi sobrehumana que se confirió a la ceremonia (…) Corbacho, que espero repita en los próximos años; un dúo entre él y la Sardá resultaría muy apetecible”).

Si el sabio no aprueba, malo / si el necio aplaude, peor. (Tomás de Iriarte).

lunes, enero 29, 2007

Los Trapps sucios


Se ha producido un pequeño rifirrafe en el apartado de comentarios sobre el post Repollos con lazo (24 de enero), todo porqué califiqué de "cursi" a Sonrisas y lágrimas (Robert Wise, 1965). Qué cosas se me ocurren... De todos modos, aunque me he comprometido a volverla a ver por si cupiera o cupiese una rectificación, no he podido evitar acordarme de la verdadera historia de la familia von Trapp, bastante alejada de lo que pudimos ver en las pantallas. De hecho, es uno de los mejores ejemplos de hasta qué punto Hollywood era capaz de torturar los hechos reales hasta que admitan ser convertidos en un argumento apto para todos los públicos. Es cierto que los Von Trapp eran una familia de músicos, que el capitan von Trapp se casó con Maria, la institutriz que contrató para que se encargara de su prole, y que huyeron de Austria para escapar de los nazis. Pero la letra pequeña es algo diferente. Vamos a repasar algunos cambios:

a) En la película, von Trapp tiene prohibida la música a sus hijos, hasta que llega María y empiezan a machacar a su papá con aquello de “do es nombre de varón…”. En la realidad, los von Trapp llevaban años dedicados a la música antes de que apareciera María por la casa.

b) Ninguna de las hijas se enamoró de un joven nazi que luego les delatara a la Gestapo.

c) Los von Trapp no abandonaron Austria en cuanto llegaron los nazis; siguieron tocando en su país durante años. Cuando llegó el momento de irse, más que pasar a Suiza atravesando los Alpes, simplemente tomaron el tren a Italia, y de allí, a América. María Augusta, la hijastra del matrimonio, recordó en sus memorias que, si verdaderamente hubieran subido por las montañas que aparecen en la película… habrían ido a parar directos a Alemania, quizás no el mejor sitio del momento si uno no quería nazis alrededor.

d) Puestos a cambiar, los guionistas cambiaron los nombres de algunos niños, que sonaban demasiado teutones: Hedwig, Werner y Martina se convirtieron en la pantalla en Louisa, Brigitta y Liesl. Y en la vida real hubo diez niños Trapp, no siete.

e) Lo más importante, María se parecía tanto a Julie Andrews como George Clooney a Julián Muñoz. Tenía, atestiguaron los niños, un carácter terrible, que algunos asociaron con el trastorno bipolar. Pasaba en segundos de ser amable y cariñosa a gritar, dar patadas a los muebles, romper la loza y dar portazos. Lo que es más, cuando el Capitán von Trapp murió de cáncer de pulmón en 1947, María tomó el control de la familia, impidiendo a los hijos ningún tipo de noviazgo, porque temía que si se casaban y formaban familia propia abandonarían el grupo. La presión fue demasiado para una de las hijas, Rosemarie, a la que nunca le había gustado la vida en los escenarios: sufrió una crisis nerviosa y escapó de casa. Cuando la encontraron, María la internó en un manicomio y autorizó que le aplicaran electroshocks.

La familia von Trapp abandonó finalmente la vida artística (María murió en 1987), y se dedicaron a machacarse entre ellos con demandas sobre dinero y royalties. Algunos descendientes tienen un hotel de montaña, pero no está en Los Alpes, sino en Vermont. La verdad es que aquí, desde luego, hay material para otra película… Pero quizás fuera mejor que la dirigiera Arturo Ripstein (o Tarantino).

(Sería completamente injusto no dar aquí las gracias a Jonathan Wankin y John Walen por su libro Based on a true story, que ha proporcionado la mayor parte del material para el post de hoy).

domingo, enero 28, 2007

Zarrapastroso's night



“A los actores, antes, se les exigía tener todo tipo de trajes. No los ponían las empresas. Encima de que cobraban poco, tenían que comprarse frac, smoking, chaqué, varios trajes de calle… mi padre tenía un baúl-percha, aquellos baúles “Hartman” que se abrían como un armario”. Esto cuenta en sus memorias la actriz española María Asquerino, recordando los tiempos de su padre, el también actor Mariano Asquerino, cuando los profesionales de la interpretación tenían que estar listos para interpretar cualquier tipo de papel. Porque había poco trabajo, y mal pagado, y no se podía ser demasiado escrupuloso al elegir. Mientras escribo esto, me viene a la memoria lo que me contó un compañero de Facultad, que en lugar de hacerse periodista, se gana la vida (y muy bien) como coordinador de guionistas y director de series en una conocida productora:

- No sabes lo difícil que es encontrar actores españoles que sepan llevar traje y corbata. Casi imposible. Van envarados, incómodos, se nota que no tienen costumbre de ponérselo, y no están a gusto.

Desde luego. En ningún lugar se ve tanto esta tendencia al torpe aliño indumentario como en la gala de los Goya, a celebrar esta noche. Diego Galán, que suele ser un tipo bastante informado en estos menesteres, contaba el viernes en El País que la ceremonia de este año intentaría alejarse de ciertas tendencias vergonzantes de ediciones anteriores. Así, decía, “Al menos, parece que esta vez no habrá referencias a la prepotencia del cine de Hollywood y el consiguiente estrangulamiento de otras cinematografías. Sería un alivio, y si además hubiera alguna autocrítica, que no parece, aún mejor”, aunque también advierte de que no nos libraremos de aguantar “chistes escatológicos de cuartel, autobombo de alipori, privado o gremial, en esa creencia vanidosa de algunos cómicos de que sus asuntos son tema de interés para todos”.

Pues Dios le oiga, y actúe en consecuencia. Pero, por mucho que se intente limitar el victimismo y la autocomplacencia -las dos grandes enfermedades de nuestro cine-, me temo que no nos libramos del pase de modelos, que indica cómo muchos de los profesionales del gremio parecen tomarse a chacota la importancia de una ceremonia donde se resume el trabajo global realizado durante el año anterior. Ellas suelen ir divinas de la muerte y muy bien que hacen, pero el personal masculino abunda en vaqueros, camisetas, chaquetitas creadas por algún diseñador con más pluma que espalda, zapatillas deportivas, barbas de tres días… ya se sabe que ponerse smoking es de horteras, y llevar traje y corbata (o, por lo que se ve en algunos casos, incluso ducharse), de fachas. El resultado es que parece que muchos se han pasado por ahí a recoger el premio de camino al botellón.

Llámenme pijo, llámenme clasista, o lo que les de la gana, pero si comparamos las pintas de la ceremonia de los Goya con las de los César franceses o los Bafta británicos (ni hablemos de los Oscar, donde no sólo los asistentes tienen que ir de etiqueta, sino también todo el equipo técnico), esto parece una reunión de amiguetes sin respeto por la ceremonia, por su cine, ni por el público. Mariano Asquerino, siempre tan elegantón, se hubiera sentido aquí como un marciano. Y si ellos mismos no se toman en serio su trabajo ¿Cómo esperan que nos lo tomemos en serio los demás?

jueves, enero 25, 2007

Las exclusivas de Friker


A mí, lo único que me gusta de Iker Jiménez es el tío que lo imita en el programa de Buenafuente. Se presenta siempre diciendo “Hola, soy FRIKER Jiménez”, y a continuación va canturreando su propia musiquilla inquietante: tin, to-ti-to-tín, to-ti-to-tín. Por lo demás, es el último en una larga serie de cantamañanas que llevan años estafando al público, dando pie a exageraciones, tergiversaciones y embustes directos que suelen agrupar bajo la palabra “paranormal”. Pero como más de veinte años de periodismo científico riguroso no parecen haber tenido excesivo efecto en la cultura general de este país, no les faltan crédulos. Ya lo dijo P. T. Barnum, uno de los nombres clásicos del mundo del espectáculo (que no del cine): “nace un primo cada minuto”.

Ahora el amigo Friker saca colección de libros y DVDs sobre ocultismo, OVNIs, complots sobrenaturales y el monstruo del Lago Ness, y su primer número incluye “misterios de Hollywood”, con casos como la muerte de Marilyn Monroe y ejemplos de “rodajes malditos”. No lo he comprado, ni pienso hacerlo, así que no me siento autorizado para hablar de su contenido, pero sí quisiera repasar hoy uno de esos rodajes malditos, muy citados por los cazaincautos, perdón, cazafantasmas: el de Terror en Amityville (1979), cinta de 1979 “basada en hechos reales”.

¿Qué hechos reales? Básicamente, la casa en cuestión fue el escenario de un séxtuple asesinato, cuando Ronald DeFeo mató a toda su familia por razones que ni él mismo supo explicar. Posteriormente, la vivienda fue adquirida por la familia Lutz, pero su tiempo de residencia en ella apenas alcanzó 28 días, durante los cuales se vieron acosados por voces fantasmales, espíritus demoníacos, sangre brotando de las paredes y demás repertorio. Finalmente, tras una noche especialmente horrible, salieron corriendo de la casa en plena madrugada, para nunca más volver. El periodista Jay Anson recogería posteriormente su testimonio y lo convertiría en un libro que fue un éxito de ventas y dio lugar a la película en cuestión.

Pero antes de que la cinta llegara a los cines, actores y equipos tuvieron que enfrentarse a un rodaje lleno de sobresaltos: objetos que desaparecían, voces misteriosas que parecían surgir de la nada, gritos y una retahíla de hechos inexplicables que les hizo pensar si la maldición de Amityville no se habría trasladado a la película. Ésta se convirtió en un éxito de taquilla y dio lugar a varias secuelas, a cual peor.

Y ahí acabaría la historia, si no fuera porque en 2005 se decidió hacer una nueva versión de la cinta original. Para entonces, habían pasado varias cosas: la historia de los Lutz había despertado numerosas dudas en los investigadores (incluído un parapsicólogo, el doctor Stephen Kaplan, que a pesar de ser un completo creyente en lo paranormal tuvo serias reservas sobre el caso), y por fin, George Lutz acabó reconociendo que todo fue pura invención. Jamás había ocurrido nada en la casa, sino que la familia fabricó toda la historia como una forma de ganar dinero y librarse de una hipoteca que no podían pagar. Lo que es más, Margot Kidder, que protagonizó la cinta original, reconoció también que todos los sucesos paranormales ocurridos en el rodaje fueron igualmente inventados, con el único objetivo de dar publicidad a la película.

Los supuestos “rodajes malditos” son todos de ese jaez, lo cual no quita para que los expertos en temas paranormales nos sigan hablando de ellos. ¿Tendrá narices Friker para sacar una historia tan desprestigiada dentro de sus misterios sin resolver? Permanezcan atentos al quiosco. Tin, to-ti-to-tin, to-ti-to-tin…

miércoles, enero 24, 2007

Repollos con lazo

El material para este blog procede de fuentes muy distintas: estrenos, noticias, libros, programas televisivos, comentarios que hace algún amigo, artículos leídos en revistas. Quiero decir que donde menos se espera salta la liebre, y de repente se encuentra uno con alguna curiosidad y, hombre, qué menos que compartirla con las visitas. Esto ha aparecido en el último número de Cosmopolitan y me ha llamado la atencíón: un artículo (sin firma) titulado 10 películas irresistibles, aunque cursis, cuya entradilla reza: “Serán empalagosas y ñoñas, vale, pero también románticas y tiernas. Después de todo, a ti te encantan (un secreto: en el fondo, a nosotros también)”.

Bueno, eso último, como todo, es discutible. Alguna la recuerdo, en efecto, como irresistible, pero en el sentido literal de la palabra. Aquí va la lista de las diez escogidas por la revista y, como siempre, se admiten opiniones. ¿Se han tragado alguna de éstas y, de ser así, les encantó... o todo lo contrario?.

La chica de rosa. Amores de instituto, con Molly Ringwald que se pasa toda la peli vestida, precisamente, de eso.

Xanadú. Musical con Gene Kelly al borde del Inserso y Olivia Newton-John de musa griega.

Donde reside el amor. Dramón doméstico con Winona Ryder (por cierto ¿qué fue de esa chica?)

Prácticamente magia. Nicole Kidman y Sandra Bullock son brujas más o menos adolescentes. Dio lugar a una serie de televisión.

Love Story (en la imagen). La frase publicitaria era “amar significa no tener que decir nunca lo siento”. Si quieren más pruebas...

El lago azul. Ñoñez con cocoteros. Brooke Shields de náufraga quinceañera con compañero de isla rubito y cachas y claro, pasa lo que pasa.

Oficial y Caballero. ¿Saben que Travolta rechazó hacer esta película? En ese momento, a su carrera no le hizo demasiado bien, pero contribuye a que hoy le veamos con mucho más cariño.

Dirty Dancing. Una de las pelis que en los 80 convirtieron en sex-symbol (un poco hortera, si quieren mi opinión) a Patrick Swayze, junto con...

...Ghost. Sí, también sale ésta. Amor más allá de la muerte, y un Oscar para Whoopi Goldberg que aún estoy intentando explicarme.

Cocktail. A mí, más que cursi, me parece una idiotez de principio a fin… esperen, que ahora que me acuerdo, Tom Cruise, además de ser un barman simpatiquísimo, hacía poesías. Cursi, sin duda alguna.

¿Están de acuerdo con la selección, o hay alguna cursilada mayestática que echen de menos?

martes, enero 23, 2007

Una y no más (2)

Vamos a seguir repasando los one-shots del cine español, pero en esta ocasión centrándonos en la otra cara de la moneda. Entre la amplia lista de bodrios disponible, he preferido escoger unos pocos ejemplos de películas (?) cuya concepción y desarrollo hacen pensar en el abuso de sustancias lisérgicas por parte de productor, director y actores. Y si no, ya me contarán cómo se justifican cosas como esta:

1. Me siento extraña. Dirigida en 1977 por el temible realizador televisivo Enrique Marti Maqueda (¿algún lector de cierta edad recuerda el programilla Palmarés?), constituyó uno de los éxitos del año, con más de un millón de espectadores. A ver si iba a ser por los abundantes numeritos lésbicos entre Bárbara Rey y una Rocío Durcal empeñada en borrar su imagen de Rocíito de la Mancha (cosa que consiguió, pardiez), que cayeron como agua de mayo en un público que, tras décadas de férrea censura, iba más salido que el rabo de una boina.

2. Makarras Connection (1977). Parodia de las películas de Kung-fu tan en boga entonces dirigida y protagonizada por los Hermanos Calatrava. No es la primera vez que esta pareja (formada, como todo el mundo sabe, por dos hermanos: el feo y el espantoso) se ha dedicado a destrozar celuloide, pero sí la única que lo han hecho desde ambos lados de la cámara.

3. Un pasota con corbata (1981). Pues resulta que por esa época hubo un señor francés que se hizo muy popular en España gracias a protagonizar los anuncios de tónica Schweppes, así que alguien tuvo la feliz idea de traerle para hacer una película cuyo guión, por lo menos, se les debió ir ocurriendo por el camino. Eso sí, Bernard Le Coq, que así se llamaba el muchacho (y que últimamente parece estar haciendo algo de cine en serio en su país), compartió pantalla con estrellas invitadas como Jesús Hermida, Micky, Alfonso Cabeza, Luis García Berlanga, y, agárrense, ¡Sam Peckimpah!. El director, Jesús Terrón, no ha reincidido.

4. Tunka, el guerrero (1983). Responsable: Joaquín Gómez Sainz. Una de las muchas imitaciones de Conan surgidas en España e Italia a principios de los 80; Yo no digo que fuera cutre, pero cuando el protagonista lanzaba su grito de guerra, el olor a ajo llegaba hasta la fila diecisiete. En el reparto, Dan Barry, Paula Farrell, Marina Mason… ¿Actores internacionales? No; seudónimos vergonzantes.

Hay algunas más, pero vamos a dejarlo aquí. Si la entrada de hoy les ha parecido muy frivolona, espérense a la de mañana. Dejamos el cine español, pero no las listas de películas.

Una y no más (1)

De mis tiempos de estudiante sin pasta (o sea, de estudiante) me queda la costumbre de hurgar en los libros de saldo, a ver qué se pesca. Hace unas semanas, encontré en un VIPS uno que me llamó la atención, y por sólo 4,95 euros. El autor era un tal Miguel Ángel Rivas, de quien nunca había oído hablar, pero que resulta tener también una magnifica página web dedicada al cine español. Tan buena, que acaba de quedar colgada como uno de los links obligatorios de este blog.

En cuanto al libro, se titula Debut y despedida (Ed. Ariel, 2001) y está dedicado a los directores españoles cuya filmografía se limitó a una sola película. La lista -completísima- de estos one shots sirve al autor para hacer un repaso breve pero intenso a la historia de nuestro cine, especificando las circunstancias en que esos realizadores pudieron estrenar (y estrenarse), y en muchos casos, las razones por las que sus carreras no tuvieron continuidad. Hay de todo, claro, pero quisiera destacar tres películas que me han llamado la atención:

1. Sangre y arena (1916). La novela de Vicente Blasco Ibáñez ha sido llevada al cine en varias ocasiones: en 1922, con Rodolfo Valentino, y en 1941, con Tyrone Power (hay también una versión española de 1989 con, agárrense, una Sharon Stone que todavía no había pegado el pelotazo con Instinto Básico), pero lo que llama la atención de esta primera versión es que fue dirigida por el propio novelista. Y aunque no repitió, debió de encontrarse a gusto en el rodaje, porque la peli que le salió dura ¡cuatro horas!. Por cierto, se creyó perdida hasta que se encontró una copia -la única que quedaba- en los archivos de la Filmvy Arciv de Praga.

2. Tú solo (1984). Seguimos en el mundo de los toros, esta vez en una cinta rodada en la Escuela de Tauromaquia de Madrid, con la participación de sus alumnos, sobre los sueños y dificultades de los aspirantes a matador. El director fue Teo Escamilla, uno de los mejores directores de fotografía de nuestro cine, que se puso tras las riendas por primera y única vez.

3. El anacoreta (1976). Muy probablemente, la mejor de las tres. Su autor fue Juan Estelrich, que antes de lanzarse a dirigir pasó décadas trabajando como ayudante de dirección, director de segunda unidad y director de producción, tanto en el cine español como en numerosas coproducciones. La historia de un hombre (interpretado por su amigo Fernando Fernán-Gómez) que, hastiado del mundo que le rodea, se encierra en su cuarto de baño con la intención de pasar allí el resto de su vida llamó lo suficiente la atención como para ganar el Oso de Plata al Mejor Actor en el Festival de Berlín de 1977, y llevar a las salas a 440.000 espectadores, cifra nada despreciable entonces… ni ahora. Pese a los buenos resultados, Estelrich no quiso repetir como director. Su hijo -que también se llama Juan- sí ha dirigido dos películas, pero, de momento, sin los resultados obtenidos por su padre.

Claro que no todo van a ser maravillas, ¿verdad? Les espero mañana para repasar una pequeña galería de horrores patrios, perpetrados por gente cuya única experiencia tras la cámara fue sin duda demasiado. No sé si para ellos, pero sí para los espectadores; los pocos que tuvieron.

lunes, enero 22, 2007

Apocagybson



Pues qué quieren que les diga, tengo bastante ganas de ver Apocalypto. Estoy convencido de que la película me va a sorprender más que los comentarios que ya se han hecho sobre ella… y sobre su director, tan previsibles como cansinos: Gibson, el facha. Gibson, el antisemita. Gibson, el machista. Gibson, el sádico. Gibson, el borrachuzo. Un montón de rasgos negativos que convierten al cineasta en algo así como la reencarnación de Lord Voldemort, y que por supuesto, debemos entender, se extienden a su cine, así que lo mejor es abstenerse de verlo. Qué pereza, señor.

Curiosamente, son los dos periódicos más apartados entre sí ideológicamente los que coinciden en presentarnos la película como una afrenta intolerable a una civilización milenaria: Para La Razón, Apocalypto “ha levantado las iras del pueblo maya”. Según El País, “Intelectuales, artistas y críticos mexicanos atacan duramente el filme sobre los mayas”. Luego uno se lee los textos, y ambos diarios citan como fuente principal al escritor maya Jorge Miguel Pocom Pech, que, en una entrevista al periódico La Jornada, ha acusado a la cinta de distorsionar la historia y de presentar a los mayas como un pueblo violento y primitivo, por lo que exige que Gibson “Nos debe pedir disculpas”. La otra fuente autorizada es, cielos, la premio Nóbel Rigoberta Menchú, que, nos cuenta El País, “no duda de que se trata de una visión equivocada de sus antepasados, a los cuales la cinta presenta como bárbaros”. Si lo dice ella, habrá que hacerle caso, porque esta mujer ha probado ser una especialista en falseamientos de la realidad… como prueban los, ejem, retoques que introdujo en su propia biografía. Ah, y de paso reconoce que no tiene necesidad de ver la película para opinar sobre ella. Y uno que se pensaba que para cerrazón mental ya tenía bastante con la COPE…

Aquí parece que a nadie le ha quedado tiempo para contestar a la pregunta clave, la única que importa: ¿es Apocalypto una buena película, o no? Para hacerme una idea más clara, recurro a los chicos del Tendido 7, es decir, a la revista Dirigido por, donde si a un crítico le gustan más de tres películas en un año le despiden por nenaza. Pero eso sí, jamás han dejado que su ideología personal se interponga en su trabajo. Y en cuatro páginas del número de enero, Antonio José Navarro disecciona la película sin prejuicios y, señores, me pone los dientes largos. Cito una parte del texto: “aunque nos disguste un sujeto fascistoide y grotesco llamado Mel Gibson, existe otro Mel Gibson que vive única y exclusivamente en la gran pantalla. (…) Ese otro Gibson ha devuelto la tragedia, la épica, la aventura, a sus fuentes primitivas originales (…), con el propósito de articular un discurso nihilista sobre los seres humanos y sus pasiones y, de este modo, revelarse como un filósofo / cineasta inmoderado que no se humilla ante los dictados de la political correctness”.

Hay películas buenas o malas. Las haga quien las haga. El resto es fanatismo y estupidez, y perdón por la redundancia. Y si uno se emperra en ir pidiendo el carné como condición previa para conocer o disfrutar de algo, puede acabar como Sam Wood (y así llegamos a la anécdota de hoy), director de las películas de los hermanos Marx Una noche en la opera y Un día en las carreras que, cuando hizo testamento en su lecho de muerte, estableció que gran parte de sus bienes pasarían a su hija… a menos que se hiciera comunista o se casara con uno, en cuyo caso quedaría desheredada automáticamente. Menos prejuicios, y a disfrutar del cine, por favor.

domingo, enero 21, 2007

Viviendo el papel

Cuando termine el novelón que me estoy leyendo (Jonathan Strange y el señor Norrell, una verdadera maravilla para quienes gusten de la literatura fantástica, donde además la autora, Susanna Clarke, consigue crear una fascinante novela de magos sin acercarse para nada al síndrome Harry Potter. Eso sí, son ochocientas páginas, así que más vale cogerla con ganas) es altamente probable que acabe en mi casa Conversaciones con Al Pacino, que acaba de publicar Belaqua. Hace unos días hablábamos aquí de Robert De Niro, y de su mutismo a la hora de explayarse con la prensa; Pacino, que tampoco es precisamente la alegría de la huerta, ha accedido en este libro a hablar largo y tendido sobre su carrera, sobre el cine y (supongo que en mucha menor medida) sobre él.

Tiene gracia que se compare a De Niro y Pacino tan a menudo, porque sus escuelas de actuación son completamente distintas. Pacino es producto del Actor’s Studio, y su mentor fue Lee Strasberg. De Niro estudió con Stella Adler en el Conversatory of Acting, donde predicaban justo lo contrario del Actor’s Studio. Así, sus maneras de acercarse a un papel no tienen nada que ver. Frecuentemente, De Niro ha optado por el entrenamiento previo para sumergirse en el personaje. Ya saben: si interpreta a un taxista, se tira semanas conduciendo un taxi por Nueva York; si es un saxofonista, aprende a tocar el saxofón (aunque luego en la película le doblen); y si es necesario, engorda o adelgaza los kilos que sean necesarios para cualquier papel. Pacino jamás ha considerado necesario hacer algo parecido.

Esta diferencia entre los actores que tienen que vivir su personaje las 24 horas, y los que se lo ponen y se lo quitan, igual que el maquillaje, al acabar la jornada, se ha hecho patente en más de un rodaje. Un buen ejemplo es Marathon Man (1976), la película que es a la ortodoncia lo que El último tango en París a las tostadas con mantequilla; si recuerdan, el personaje de Dustin Hoffman es cruelmente torturado por el dentista nazi que encarna Laurence Olivier. Una de esas escenas de tortura se rodó un lunes, y Olivier se sorprendió al ver que Hoffman llegaba al plató completamente derrengado. Preguntó qué pasaba, y le dijeron como se suponía que su personaje llevaba dos días sin dormir, Hoffman se había tirado despierto todo el fin de semana. No se lo creía. Fue a hablar con Hoffman, y la conversación, aunque breve, ha quedado como un clásico:

- Pero Dustin, ¿Cómo puedes hacer eso?

- Es mi personaje, Larry. ¿Cómo se supone que voy a hacerlo si no?

- Muchacho… ¿Y por qué no intentas actuar?

martes, enero 16, 2007

Bienvenidos a La Bombonera

¿Quiere alguien decirme por qué voy y me trago, así de repente, un buen trozo de L. A. Confidential en su último pase televisivo, cuando ya la he visto media docena de veces?. Por Dios, pero si hasta tengo el DVD en casa… La explicación, supongo, está sencillamente en que es una de las mejores películas hechas en la década pasada, con un guión que adapta con escalpelo una de las novelas más enrevesadas de James Ellroy y un reparto alicatado hasta el techo: Guy Pearce, Russell Crowe, Kevin Spacey, hasta Danny De Vito, todos están perfectos. Y luego tenemos a Kim Basinger, que se llevó el Oscar a la mejor actriz secundaria. Recordarán que interpreta a una prostituta que trabaja en un burdel donde las chicas son operadas para que se parezcan a estrellas de cine (ella es la doble de Verónica Lake). Una historia que está tomada de la novela de Ellroy… pero no creo que se deba únicamente a su imaginación.

No tengo constancia de que dicho local haya existido realmente, pero esta es la tercera vez que me encuentro con él en una historia de ficción. Aparece en Asesinato en Beverly Hills (1988), una estupenda película de Blake Edwards, con James Garner y Bruce Willis, aunque está ambientado en los tiempos del cine mudo, no en los años 50, y se le llama La bombonera. Y Garson Kanin, escritor, guionista y director, menciona un sitio similar en su novela Moviola (1981):

- ¿Nunca oyó hablar de la casa de Marie? - Preguntó Ben, sorprendido.
- No.
- Dios mío, creía que a estas alturas todo el mundo había oído hablar de la casa de Marie. Era un prostíbulo famoso donde habían tenido una gran idea. Cada una de las chicas tenía que parecerse a una de las grandes estrellas de cine de la época y…
- No entiendo - dijo Guy.
- Trataré de explicárselo. Para empezar, entiende, la chica tenía que parecerse un poco. Y estaba Marie. Era la madame y tenía allí una “Joan Crawford”, una “Theda Bara”, a las “hermanas Gish”, a una “Mary Pickford” y, por supuesto, a “Greta Garbo”.

¿Pudo La bombonera, o como se llamara, haber sido real? En todo caso, a lo mejor es sólo cuestión de tiempo hasta que a alguien se le ocurra actualizar la idea y ampliar sus servicios a hombres y mujeres: “¿El señor quiere una Kidman, una Díaz, una Pe?”. “¿Qué desea la señora, un Clooney, un DiCaprio…?” ¿La verdad es que me apetece hacerme un Cruise”. “Pues lo siento, señora, pero el mínimo de estatura de nuestros chicos es un metro cincuenta”.

lunes, enero 15, 2007

Gorgoritos

Ya sé que no se lo va a creer nadie, pero de todos modos lo aviso: no veo el Tomate, ni ningún programa similar (tampoco veo los documentales de la 2, no crean), pero es inevitable tropezarse con este tipo de cosillas en pleno zapeo. El caso es que el otro día sí perdí con él unos minutos, porque me llamó la atención: el invitado que aparecía en pantalla era un músico que había trabajado en el nuevo disco de Victoria Abril, y había acabado a tortas con la actriz (como era previsible; si hubieran seguido tan amigos, este tipo no tendría nada que hacer en ese tipo de programas).

El disco anterior de Abril, donde cantaba Bossa Nova, apareció hace un par de años, y recuerdo cómo toda la prensa se tragó la versión oficial de que era la primera incursión musical de la actriz en el mundo de la canción. Hay que tener poca memoria, porque uno, modestamente, recordaba que a finales de los años 70 esta chica había hecho incluso música disco. Un pequeño paseo por Google me permitió incluso localizar imágenes del disco anterior (ahí arriba tienen la de uno de los singles), que, por cierto, fueron publicadas en la revista donde yo trabajaba por aquel entonces. Chúpate esa, Mariñas.

Tampoco es la primera vez que un actor ha intentado ampliar su registro lanzándose al mundo de la canción. El mayor experto en este tema es, probablemente, el escritor Javier Marías, que en más de una ocasión ha confesado que colecciona discos de actores "no cantantes". Por si alguien quiere empezar colección, vamos a recordar hoy algunos: Party all the time, disco semi funky o así grabado en los 80 por Eddie Murphy; The return of Bruno, de la misma época, por Bruce Willis; Cybill sings it… to Cole Porter, versiones del compositor a cargo de la compañera de Willis en Luz de Luna; Miss Bette Davis Sings, grabado por Bette Davis en 1977; Rawhide’s Clint Eastwood sings Cowboy Songs, disco country grabado por Clint en los 60, cuando protagonizaba la serie de televisión Rawhide; y Calypso is like so, disco tropicalón y merenguero grabado por Robert Mitchum nada menos, y recomendado por Marías hasta la saciedad. A ver si la próxima vez que vaya a USA tengo tiempo de buscarlo…

Otros actores, en cambio, han reconocido que lo suyo no es la canción: James Stewart interpretó con su propia voz tres canciones de Cole Porter en el musical Nacida para la danza (1936). Fue la única vez que cantó en la pantalla… y, después de oírse en la película, anunció que también sería la última.

viernes, enero 12, 2007

Mentiras de nuestros padres

Clint Eastwood no parece haber acertado con Banderas de nuestros padres, por lo menos entre el público de su país. Aunque la mayoría de las críticas han sido favorables, la recaudación en la taquilla estadounidense ha sido decepcionante. ¿Puede haber tenido algo que ver que el argumento trate de las manipulaciones del gobierno para fabricar héroes en una guerra necesitada de ellos? Si ése es el caso, tampoco ha sido la única vez que se la han dado con queso. El tema de la película es la famosa foto de Iwo Jima. ¿Y si en lugar de una fotografía se hubiera falsificado una película entera?

Ocurrió. No fue en una situación tan espectacular, pero después de los desembarcos aliados en el norte de África, el presidente Franklin D. Roosevelt pidió que se le proyectaran los reportajes filmados de las operaciones; no se había hecho ninguno. La solución fue recurrir a algunos de los cineastas que se habían enrolado en las filas estadounidenses. Uno era el coronel Frank Capra, que servía de contacto entre el alto mando del ejército y los estudios para planificar una serie de películas que debían elevar la moral del pueblo estadounidense, y gozaba de una buena relación personal con Roosevelt. Otro era un teniente llamado John Huston, y a ambos les encargaron que reconstruyeran la batalla con todo el realismo posible.

Ambos directores escogieron como escenario similar a Africa el desierto de Mojave, y allí filmaron varias escenas con el ejército norteamericano simulando combatir contra los alemanes -interpretados también por soldados norteamericanos- por las colinas. El rodaje se completó en Florida, donde se rodaron las tomas correspondientes a la aviación. La película resultante, llamada Tunisian Victory, fue presentada al Roosevelt -y al público- como un documental auténtico.

Otro día hablaremos más extensamente de la estrategia conjunta entre el ejército y Hollywood para desarrollar una política cinematográfica que ayudara a ganar la guerra. Pero creo que lo vamos a dejar para cuando se estrene Iwo Jima. El trato dado a los japoneses por la industria del cine es especialmente jugoso...

miércoles, enero 10, 2007

Despidiendo al suplente


Como pueden ver, la imagen de arriba corresponde a la película Regreso al futuro (1985), de la que ya nos ocupamos aquí hace un par de días. Pero también se percatarán de que el actor situado al lado de Christopher Lloyd no es Michael J. Fox. No se trata de ningún truquito del Photoshop: la foto es auténtica, el actor se llama Eric Stoltz, y estuvo a punto de ser la estrella de una de las trilogías de más éxito de los años 80.

Lo que ocurrió fue lo siguiente: tanto Steven Spielberg (productor) como Robert Zemeckis (director) querían a Michael J. Fox para el papel protagonista. Pero éste estaba atrapado con la serie de televisión Enredos de familia, que le había lanzado a la fama, y los productores se negaban a dejarle ir. Spielberg y Zemeckis optaron por Stoltz y estuvieron rodando con él durante seis semanas. Pero aquello no acababa de funcionar. Según declaró posteriormente Zemeckis, quién sabe si para quitar hierro al asunto, Stoltz era un excelente actor, pero, sencillamente, no era Marty Mc Fly.

Entonces las cosas cambiaron: En Enredos… dieron permiso a Fox para que hiciera la película, siempre y cuando su rodaje no interfiriera con la serie. La solución fue volver a filmar todo lo que ya se había filmado, y trasladar el rodaje a la noche y los fines de semana, como consecuencia de lo cual Michael J. Fox declara no haber dormido más de dos horas por noche durante el tiempo que duró la filmación. Stoltz, claro, fue enviado a su casa, aunque si se fijan bien (pero muy, muy, muy bien, ¿eh?) sí aparece en la película: es quien conduce el Delorean en el aparcamiento del centro comercial, cuando le persiguen los terroristas libios.

No es la única vez que un actor ha sido reemplazado en el último momento: cuando Brian De Palma estaba preparando Los intocables de Elliot Ness (1987) tenía claro que quería a Robert De Niro para el papel de Al Capone, pero no estaba seguro de si lo conseguiría; así que contrató al actor inglés Bob Hoskins, dejándole claro que, si De Niro acababa firmando, prescindirían de él. Así fue, y Hoskins (un excelente actor que nunca ha alcanzado la categoría de estrella) abandonó el rodaje con una propina de 200.000 dólares.

Sólo hubo una pega: Giorgio Armani, que se ocupó de diseñar el vestuario para la película ya había terminado todos los trajes que Hoskins debería haber lucido, y tuvo que volver a elaborarlos para De Niro. Los anteriores, cuyo coste ascendió a medio millón de dólares, acabaron sus días en algún almacén de los estudios Universal.

domingo, enero 07, 2007

Estrellas de cine y estrellas mediáticas


Si hay algo que me ha quedado claro después de ver Infiltrados (sí, con un cierto retraso, pero más vale tarde…) es la fuerza con que se están abriendo paso los nuevos talentos. Leonardo DiCaprio, Mark Whalberg y Matt Damon consiguen interpretaciones mucho más realistas y vigorosas que la de un Jack Nicholson que parece pasarse toda la peli con el piloto automático puesto, es decir, Jack haciendo de Jack… por enésima vez.

Matt Damon me llama especialmente la atención, porque es curioso cómo está evolucionando su carrera, sobre todo si la comparamos con la de su amigo Ben Affleck. Ya se sabe que esta pareja alcanzó la fama no solo como actores, sino también como escritores, cuando vendieron a Miramax el guión de lo que se convertiría en El indomable Will Hunting. Aunque la película fue un éxito mundial, ellos apenas vieron un centavo, pues el trato firmado por el inefable productor Harvey Wenstein aseguraba que el total de la recaudación fuera para él (bueno, y para Robin Williams, que accedió a participar en la película por un 25 % de los beneficios brutos. Sólo en Estados Unidos recaudó más de cien millones de dólares, así que calculen). A cambio, ganaron el Oscar de ese año al mejor Guión, y se convirtieron en estrellas.

Pero aquí la carrera de ambos difiere: Damon se está forrando con la serie de películas sobre Jason Bourne, basada en las novelas de Robert Ludlum, es un fijo de la serie Ocean’s Eleven y está participando en The good sheperd, la segunda película dirigida por Robert de Niro. Affleck, en cambio, está cosechando gracias a Hollywoodland sus primeras críticas favorables después de años de fracasos (Sobreviviendo a la Navidad, Gigli, Diario de un ejecutivo agresivo… como para no salir a la calle, vamos) y de aparecer continuamente en la prensa amarilla gracias a su noviazgo con Jennifer López, su separación de Jennifer López, sus problemas con la bebida, y todo lo que ustedes quieran. De la vida privada de Damon, en cambio, se sabe más bien poco, por no decir nada.

Y eso me recuerda un artículo que publicó Newsweek hace unos años, donde diferenciaba a las estrellas de cine de las estrellas mediáticas. Curiosamente, no son la misma cosa. Harrison Ford, Will Smith, Tom Hanks, Robin Williams, Eddie Murphy, pertenecen al primer grupo. Affleck, Jennifer López, Jennifer Aniston, Angelina Jolie, Lindsay Lohan, están sin duda en el segundo. Son los fijos de People, acaparan portada tras portada, y su vida privada es conocida (más o menos) por millones de personas, pero a la hora de llevar gente a los cines, los que se llevan la palma son los otros. Este año hemos podido ver como Tom Cruise, tras años en el primer grupo, ha oscilado peligrosamente hacia el segundo con sus saltitos en el sofá, su matrimonio, su niña y su machaque con la cienciología. Y hay quien ha apuntado que no es casualidad que la recaudación de sus últimas películas haya bajado de forma notable.

El peor enemigo de las estrellas ¿son los críticos o los tabloides?

Física teórica


Entre la avalancha de películas con que la televisión ameniza estas fiestas tan señaladas (y felizmente terminadas, gracias a Dios), Cuatro emite la trilogía de Regreso al Futuro. Vuelvo a verla y confirmo mi opinión de que la primera película está muy bien, la segunda no tanto, y la tercera es una decepción. Pero no es tanto por razones cinematográficas como científicas.

Los fallos de Regreso al futuro radican en que los propios guionistas utilizan mal todas las variantes temporales que ellos mismos han abierto, y que se han explotado numerosas veces en otras incursiones en la ciencia-ficción. A ver si me explico: se supone que, en el caso de que fuera posible viajar al pasado (y no lo es), cualquier acto que uno cometiera allí podría cambiar todo el desarrollo de los acontecimientos futuros. Es lo que le sucede a Marty McFly (Michael J. Fox), que está a punto de hundir el matrimonio de sus padres, poniendo en peligro su propia existencia. Cuando lo soluciona, vuelve al presente, pero a un presente muy mejorado del que dejó atrás, donde su padre deja de ser el pringado que era al principio de la historia, para convertirse en un escritor de éxito.

Sin embargo, de repente aparece Doc Brown (ese maravilloso actor que es Christopher Lloyd), y le avisa de que tienen que viajar al futuro, porque, aunque a Marty y su novia “les va bien”, “hay que hacer algo con vuestros hijos”. Fin de la primera parte. Comienzo de los problemas.

El principio de la segunda parte muestra cómo se rompe la lógica interna. El Marty del futuro, del año 2010, vive prácticamente arruinado y encima le echan de su trabajo. ¿No habíamos quedado en que las cosas le iban bien? Y luego tenemos el fallo principal: si pudiéramos viajar al futuro (y eso teóricamente es más posible) y nos viéramos a nosotros mismos dentro de veinte años, ¿nuestro yo del futuro no sabría en qué fecha concreta va a ser visitado por su yo anterior? Sin embargo, el Marty de 2010 no lo sabe. ¿Conclusión? No es la misma persona.

No pretendo dármelas de original. Los fallos de la trilogía ya fueron puestos en evidencia por la revista Starlog, en un artículo que todavía conservo (me encantaría colgarlo aquí, pero es que es larguísimo), y tienen que ver con el tema argumental más explotado de la segunda parte: la creación de realidades alternativas. Según esta teoría, al interferir en el desarrollo de una línea temporal, el futuro no queda anulado, sino que se abre una nueva realidad donde los acontecimientos se suceden de otro modo. Por eso el Marty del futuro al que visita el Marty del presente no tiene idea de que va a entrar en su casa su yo del pasado. Por eso al final de la segunda película tenemos a dos Marty McFly en 1955. Y por eso, después de tanto viaje, lo lógico sería que hubiera no menos de cuatro Delorean, con sus correspondientes ocupantes, circulando por distintas épocas y realidades. Sin embargo, la tercera parte apenas utiliza estas posibilidades, siendo prácticamente una repetición de la primera, sólo que trasladando los chistes y situaciones al lejano Oeste. Del resto de futuros y pasados paralelos creados en las dos pelis anteriores, apenas queda rastro.

Un amplio resumen de la línea temporal de regreso al futuro puede encontrarse aquí. Hoy esto a lo mejor ha quedado un poco rollo, pero como por aquí se pasa de vez en cuando algún científico de otro… si quieren aportar su granito de arena soy todo oídos.

miércoles, enero 03, 2007

Películas malditas (2)

Como no se trata de comenzar el año dejando cosas pendientes, voy a retomar el tema que comentábamos hace unos días en el apartado Películas malditas, primera entrega. La verdad es que, si se trata de hablar de personajes gafados, el monstruo de Frankenstein también tiene bastante que decir. Las dos versiones clásicas más conocidas, Frankenstein (1931) y La novia de Frankenstein (1935) convirtieron en una estrella al actor inglés Boris Karloff y suponen dos obras maestras de su realizador, James Whale. Además de director de cine, éste era una persona de gran preparación cultural, con una amplia carrera en el teatro y aficionado a la pintura… además de homosexual sin fisuras, lo cual, en el Hollywood de entonces, significaba verse obligado a llevar una doble vida, si uno no quería ver su carrera arruinada (otro día hablaremos de Rock Hudson… y no sólo de él).

La muerte de Whale es uno de los misterios del Hollywood clásico: apareció ahogado en su piscina, sin que hasta hoy se haya podido aclarar si fue accidente o asesinato. Por lo menos, la historia dio lugar a una magnifica película de Bill Condon, Dioses y monstruos (1998), protagonizada por Ian McKellen y por un Brendan Fraser que demuestra que, cuando quiere, puede ser un magnífico actor.

No fue la única tragedia relacionada con estas películas; después de su primera aparición, Karloff contó con varios dobles para que le ayudaran en sus tareas de monstruo. Uno de ellos se llamaba Benjamín Torrealba, del cual se descubrió años después que también tenía una doble vida, pero bastante más siniestra que la de Whale: era un asesino en serie, que mataba gente de forma indiscriminada (no tengo el número exacto, sorry), y enterraba los cadáveres en el jardín de su casa. Como ocurre a veces, más allá del tópico, el verdadero monstruo no estaba en el cine, sino en la vida real.

martes, enero 02, 2007

Coma en Joe's (Pesci)



Durante un reciente viaje a Estados Unidos, Robert de Niro me hace picar dos veces. La primera, desde la portada de la edición norteamericana de GQ, donde anuncian fastuosa entrevista con él; la segunda, con una biografía suya escrita por John Baxter, de quien ya he leído las dedicadas a Fellini y George Lucas. Compro ambas cosas, a ver si me cuentan algo más sobre uno de los actores de personalidad más reservada del cine reciente, pero las dos son, en cierta manera, una decepción. El artículo de GQ narra más bien la persecución que de De Niro hace el periodista para que le conceda la entrevista que le prometió en su día; aún así, merece la pena leerlo. Aquí les dejo la versión online.

En cuanto a la biografía de John Baxter, es bastante floja: 380 páginas que apenas consiguen rasgar el velo del enigma De Niro. El libro, de todos modos, sostiene dos teorías que me parecen correctas, a saber:

a) De Niro alcanzó su cenit como actor durante la década de los 70. Desde entonces, nunca ha vuelto a ofrecer interpretaciones de ese calibre. Estoy de acuerdo, pero es que la serie de papelones que enlaza en esa época me parece imposible de igualar por prácticamente ningún actor: Malas Calles; El Padrino, II Parte; Taxi Driver; El Cazador; Toro Salvaje. Desde aquí me temo que sólo se puede ir cuesta abajo.

b) De Niro está incapacitado para papeles cómicos. De acuerdo también. Aunque en los últimos años haya protagonizado dos comedías de éxito (Una terapia peligrosa y Los padres de ella), en ambas interpreta papeles serios, que sirven como contrapunto al trabajo de Billy Cristal y Ben Stiller, respectivamente. De hecho, si repasamos las dos películas, vemos que el trabajo de De Niro es básicamente el mismo en ambas.

Aparte de esto, Baxter narra el descubrimiento (o, mejor dicho, redescubrimiento) de un actor muy asociado a De Niro y Scorsese en los últimos años. Cuando estaban preparando Toro Salvaje (1980), De Niro vio en televisión una película de 1975 titulada The Death Collector, y se fijó en uno de los intérpretes secundarios. Inmediatamente pensó en él para el papel de Joey, el hermano del boxeador Jake La Motta. Pero ocurría que The Death Collector era la segunda -y última- película en la que había intervenido Joe Pesci: tras unos comienzos como actor infantil en televisión, a los que siguieron algunos papeles más que secundarios terciarios, había acabado retirándose del cine y por aquel entonces llevaba un restaurante italiano en New Jersey, sin intenciones de volver a actuar. Ni siquiera el hecho de que De Niro y Martin Scorsese se pusieran en contacto con él terminó de animarle: “No pienso volver a actuar a menos que me den un papel que demuestre que soy bueno”, les dijo. “Joey no es un gran papel, pero es un buen papel”, le contestó De Niro.

Pesci aceptó, y su interpretación le valió una nominación al Oscar como Mejor Actor Secundario y el regreso a la gran pantalla como secundario de lujo. Ganaría el Oscar diez años después, cuando repitió con De Niro y Scorsese en Uno de los nuestros.